La bestia
Era una noche fría de otoño. Hacía un rato que había comenzado a llover y cada vez con más fuerza. Por un sendero de la montaña, en medio de la oscuridad interrumpida apenas por la Luna menguante, caminaba una figura menuda ataviada con una capa verde oscuro y un sombrero cónico de paja sujeto a la barbilla. Era un joven de la raza de los galfing, similar a la humana, pero de menor estatura. Su nombre era Siroh. Llevaba caminando unas dos horas, ascendiendo por la ladera de la montaña; venía de la aldea situada más abajo, al otro lado del río. Iba cargado con una bolsa a la espalda en la que llevaba comida que acababa de comprar en diferentes puestos: huevos, leche, fruta… y un objeto muy especial. Llevaba tiempo ahorrando suficientes monedas de plata para comprar un colgante a un tendero que venía una vez al mes; el colgante era de un metal extraño pero similar a la plata, y tenía una representación de la Luna con símbolos de la diosa Arisia en su interior. Estaba muy contento porque por fin había podido conseguirlo, tras haber tenido que trabajar mucho: era carpintero, y también hacía figuras hechas de madera que luego vendía en un puesto varias veces a la semana. Pero había merecido la pena. Solo de pensar en la cara que pondría Kasia, la joven con la que vivía en una casita en la zona alta de la montaña, cuando viese el colgante, recuperaba fuerzas para llegar cuanto antes por la cada vez más pesada –y embarrada- cuesta.
Pasó un rato y los primeros relámpagos iluminaron el cielo, seguidos por los truenos, que cada vez eran más cercanos. Llovía más intensamente. A Siroh normalmente no le molestaba la lluvia, pero en esa ocasión empezaba a ser incómoda. En un momento determinado, al tiempo que se iluminaba el cielo y retumbaba un violento trueno, tuvo un mal presentimiento; no sabía lo que era, pero no le gustaba nada. Solo sabía que tenía que llegar a casa cuanto antes…
Con fuerzas renovadas por la repentina urgencia, completó el trecho que le separaba del final de la cuesta. El camino seguía pero ya no subía. Cada vez había más vegetación que hacía el camino más estrecho. No podía parar. En ocasiones estuvo a punto de tirar la bolsa cargada a un lado del camino y salir corriendo hacia la casa. Finalmente llegó tras cruzar un umbral formado por dos árboles altos y frondosos, cuyas ramas se agitaban por el cada vez más intenso viento, que llevaba el agua de lluvia en todas direcciones. Algo iba mal. Estuvo a punto de caerse un par de veces al tropezar. Cuando recuperó el equilibrio la segunda vez, contempló consternado como la puerta de su casa estaba destrozada en un lado del camino de piedra que conducía a ella.
-¡Kasia!- Gritó al tiempo que dejaba la bolsa en el suelo y salía corriendo hacia el interior de la casa.
Antes de entrar comprobó que los escalones de madera y el suelo de la entrada estaban hundidos y hechos pedazos. Entró como pudo y miró en todas direcciones. Estaba oscuro.
-¡Kasia! ¡¿Dónde estás?!
Se dirigió corriendo hacia un mueble de pie, no muy alto, que tenía dos puertas; las abrió de par en par y de uno de los estantes cogió un par de piedras pequeñas de color rojizo que golpeó en el extremo de la vela de un candil situado sobre el mismo mueble y una pequeña llama se encendió al tiempo que ascendía un humo fino. Rápidamente se giró e iluminó la estancia. Abrió los ojos de par en par. Observó horrorizado cómo había gran cantidad de sangre desparramada por el suelo y la pared de la puerta de la entrada. Brillaba con un rojo intenso al estar aún húmeda. Había varios objetos por el suelo tirados, varios muebles movidos de su sitio y dañados… y algo que desearía no haber visto nunca. En medio de un charco de sangre, distinguió claramente un jirón del vestido que llevaba Kasia aquella mañana. Siroh cayó de rodillas, con la mirada perdida, y notó cómo se le llenaban los ojos de lágrimas. Cuando estaba a punto de perder el conocimiento por el dolor se dio cuenta de algo. Se levantó de inmediato y dejó el candil encima de la mesa, preparada con dos platos, vasos y cubiertos y una fuente llena de verdura recién preparada. Kasia había estado terminando de hacer la cena... Volvió a su pensamiento anterior y salió corriendo al exterior de la casa. Se había acordado de algo en lo que, en un principio, no había reparado: cuando se había aproximado a la casa, tropezó en dos ocasiones pero… ¿con qué? Volvió al lugar donde había estado a punto de caerse dos veces y observó el suelo bajo la persistente y sonora lluvia. La luz de un rayo lejano fue suficiente para que descubriera varias huellas enormes, en las que podría caber perfectamente, de un ser con tres dedos unidos por membranas. Aguzando la vista creyó ver restos rojizos en varias de la huellas de ida de la izquierda. Volvió corriendo a la casa y miró frenéticamente en todas direcciones. Lo encontró. Un cuchillo manchado de sangre estaba en el suelo, más apartado que el resto de objetos desperdigados aquí y allá. Un hilo de esperanza recorrió su corazón. Se dirigió de inmediato a un arcón situado en la pared en el lado opuesto, a la izquierda, del mueble donde había cogido el candil. Intentó abrirlo pero estaba cerrado con llave. Fue a otro mueble contiguo, esta vez de cajones, y del último extrajo una llave antigua y gastada de color dorado apagado. Abrió el arcón y extrajo un objeto envuelto cuidadosamente en una tela marrón. Lo desenvolvió con cuidado pero deprisa. Era una espada. Ligeramente curva, bruñida y afilada. Era un legado de su padre, el cual fue soldado del rey Galfinigand IV, y sirvió durante la guerra contra las fuerzas oscuras del noroeste, hacía ya unos diez años. Siroh dirigió su mirada, furiosa y decidida, hacia el exterior de la casa, hacia las huellas de la bestia que se había llevado a Kasia.
-Seas lo que seas voy a matarte…
Siroh estuvo varios minutos siguiendo las huellas dejadas por la bestia, internándose en el bosque hacia el interior de la montaña… aunque le parecieron horas. Estaba cada vez más desesperado. Llovía más intensamente que antes y hacia mucho más viento, lo que le dificultaba avanzar. Además, se había comenzado a formar una fina niebla que se iba espesando poco a poco.
Entonces lo oyó. Al principio pensaba que a lo mejor se lo había parecido, pero al avanzar un poco más comprobó que no eran imaginaciones suyas. Oía golpes muy fuertes más adelante. A medida que avanzaba, no solo oía más claramente los golpes, sino que notaba como el suelo retumbaba cada vez con más fuerza. Siguió avanzando a toda prisa, sin importarle lo que pudiera llegar a encontrarse… Los golpes eran ya muy fuertes y el suelo vibraba tanto que comenzaba a afectarle a la hora de avanzar. En ocasiones debía pararse para mantener el equilibrio… Estaba rodeado de niebla, pero no dejaba de avanzar… y avanzar… y avanzar… hasta que finalmente lo encontró.
La niebla se había disipado un poco, lo suficiente para ver una figura borrosa del tamaño de los árboles de los que estaba rodeado.
-¡Eh, tú!- Gritó sin importarle el peligro…
Con un fuerte estruendo, mayor que los anteriores, la enorme figura se detuvo terminando de posar su pata en el suelo. La niebla se disipó más todavía hasta casi desaparecer, y la lluvia amainó levemente. Todo esto fue suficiente para que Siroh pudiera contemplar como aquella bestia se giraba emitiendo un gruñido que se oía en todas direcciones. Solo distinguió dos ojos, de un color amarillo apagado, como si tuvieran luz propia, y abiertos de par en par, que miraban hacia atrás. Siroh observó que llevaba un saco a la espalda de donde salía cabello rubio. ¡Era Kasia! ¡Esa maldita bestia la llevaba ahí dentro! Finalmente la criatura bajó levemente aquella fantasmagórica mirada y reparó en la presencia de Siroh.
Siroh desenvainó la espada bajo la lluvia que volvía a empeorar y un rayo iluminó la escena. La bestia vio la espada y se giró provocando un pequeño remolino en el aire y la lluvia a su alrededor. Echó la cabeza hacia delante y abrió las fauces mostrando dos hileras de dientes puntiagudos al tiempo que emitía un rugido largo y espantoso que le llegaba a dañar los oídos. Siroh, decidido, sostuvo con fuerza la espada ante él, sin apartar la mirada de la bestia.
-¡Devuélvemela!- Gritó con furia, temblando por la rabia y el miedo.
La bestia se dispuso a atacar. Antes, Siroh se abalanzó con rabia hacia su enemigo y se dispuso a hundirle la espada en cuanto tuviera ocasión. Durante un segundo se fijó en que tenía su enorme pata izquierda herida… Seguramente donde Kasia le clavó el cuchillo. Aún le manaban finos regueros de sangre. Su objetivo pasó a ser esa pata… pero ya había desviado su atención el tiempo suficiente como para que la bestia se le adelantara lanzándole la garra que tenía libre. Siroh se percató justo a tiempo y consiguió apartarse a un lado, aunque le consiguió desgarrar parte de la capa. Acto seguido intentó cortar descendentemente la garra que tenía justo delante, pero la bestia le dio un manotazo con el dorso que le hizo estrellarse de espaldas contra un árbol cercano. Cuando cayó al suelo hacia delante comprobó que aún tenía la espada sujeta y, dolorido, comenzó a incorporarse, apretando los dientes y con un ojo cerrado por la rabia y el dolor. La bestia vio que Siroh aún intentaba luchar y comenzó a dirigirse hacia él, con intención de acabar con aquella “molestia”. Siroh había conseguido ponerse totalmente en pie y sujetó la espada con ambas manos delante de él. La espalda le dolía más de lo que quería aceptar y comenzaba a ver ligeramente borroso. Los ojos de la bestia parecían brillar al aproximarse bajo aquella lluvia interminable. Levantó la garra. A Siroh le flaqueaban las fuerzas… La bestia bajó su mano armada con fuerza y velocidad… Siroh pensó durante un instante que aquello era el final…
Se oyó un sonido metálico tremendo acompañado de un desagradable chirrido. Siroh se recuperó un poco y vio con sorpresa que la garra había impactado en un escudo casi tan grande como él y lo había dejado muy magullado y arañado. El escudo lo portaba una mujer alta, ataviada con una armadura que le cubría todo el cuerpo excepto la cabeza, una coraza, y en la otra mano llevaba una enorme espada que relucía en la oscuridad nocturna. La mujer era muy atractiva, con el pelo largo, cobrizo, que le llegaba a cubrir parte de los brazos y la cara. Los ojos azul claro miraban con furia a la bestia con la que aún forcejeaba mientras ambos contendientes se mostraban los dientes.
-Será mejor que te escondas por ahí…- Dijo la mujer con una voz dura y dejando claro que Siroh representaba un estorbo en aquella situación.
Siroh no estaba dispuesto a obedecer y se lanzó hacia la bestia… la cual se lo volvió a quitar de encima con su enorme cola. Siroh voló y la espada cayó a unos metros de él. Quedó tendido boca arriba en el suelo mientras veía las gotas de lluvia caer sobre él como aguijones. La mujer misteriosa se zafó empujando con fuerza a la bestia aprovechando el momento de distracción. Tiró el escudo inservible a un lado y sujetó la espada con ambas manos enguantadas en cuero. La bestia lanzó la garra directamente a su cara y la joven se agachó justo a tiempo. La garra impactó contra el árbol que había detrás, arrancándolo por la zona del impacto. La mujer intentó clavarle la espada en el abdomen pero la bestia reaccionó con velocidad dándole una patada con la pata sana que la mandó a varios metros de distancia. La guerrera cayó al suelo haciendo saltar el barro en todas direcciones. Se levantó enseguida y las innumerables gotas de lluvia se encargaron de ir apartando los restos de barro que aún quedaban en la espléndida armadura. La bestia vio como aquella humana seguía entera, como si nada, con la espada en alto, esperando… Se enfureció. Rugió hacia ella más fuerte que antes. Parecía como si la lluvia no pudiese pasar por la zona donde viajaba el atroz sonido. Comenzó a caminar a toda la velocidad que podía haciendo temblar el suelo. Un trueno restalló. La joven misteriosa parecía segura de sí misma… aunque le dolía gran parte del cuerpo. Cuando estuvieron a la misma altura la mujer hizo volar su acero horizontalmente hacia el cuello de la bestia… pero una pierna le falló en el último instante causándole un dolor terrible. La bestia aprovechó y la atacó con la cola. Le dio de lleno. La joven cayó hacia atrás y la espada se le deslizó de la mano. Antes de que pudiera recuperarla, la bestia le pisó el peto hundiendo cada vez más su peso sobre ella. La joven notaba cada vez más dolor y que no podía respirar. Los dos ojos se clavaron en los de la mujer. La criatura iba a atacar por última vez. Elevó la garra mientras gruñía, y se quedó así unos instantes… La joven no pensaba cerrar los ojos… Estaba furiosa por no poder hacer nada… La garra bajó.
Y cuando estaba a punto de tocar la cara de la joven se detuvo en seco. La bestia elevó las fauces al cielo emitiendo un alarido de dolor espantoso. La mujer guerrera vio que Siroh le había clavado su espada en la parte trasera de la pierna antes sana. Estaba exhausto y jadeaba; a los pocos instantes quedó con una rodilla apoyada en el suelo con la cabeza hacia la misma dirección. La joven, al no notar el peso en el pecho, alargó la mano hacia la empuñadura de su espada. La bestia bajó la cabeza con la boca abierta al notar movimiento a sus pies. Lanzó sus fauces para matar a su presa… La joven elevó su espada hacia el cielo inundado y se la clavó en el interior de la boca. Sabía que le había llegado a atravesar la cabeza… La sangre resbalaba por la hoja diluyéndose por la lluvia antes de llegar a su mano; la otra la tenía apoyada en el suelo. Extrajo el arma y comenzó a levantarse. La bestia tenía la mirada perdida y estaba quieta, temblando intermitentemente. Pronto comenzó a tambalearse. Siroh levantó la vista y vio que soltaba el saco donde tenía a Kasia. Con fuerzas que no sabía de donde le venían se incorporó y la cogió al vuelo, al tiempo que la bestia caía a un lado, ya inerte. Con ayuda del fuerte estruendo que el cuerpo causó, el saco terminó de deslizarse del cuerpo de Kasia.
Siroh la tenía en brazos, con el largo pelo rubio tocándole la cara. La miró detenidamente con urgencia. Su vestido tenía diversos desgarros, y estaba manchado de sangre… pero no estaba herida. Se la acercó aún más y escuchó atentamente. Estaba dormida. No pudo evitar que las lágrimas se le deslizasen por las mejillas, cayendo sobre las de Kasia; aunque quedaban ocultas inmediatamente por la lluvia que ahora iba remitiendo…
La mujer se dirigió a una roca situada no muy lejos. Mientras caminaba envainaba la espada. Sobre aquella roca había un casco que completaba la armadura y una capa de color blanco. La joven se puso la capa, que no parecía haber retenido el agua de lluvia, y tomó el casco dirigiéndose de nuevo hacia Siroh, que sostenía a Kasia en brazos cerca del suelo.
Siroh la miró y asintió.
-Gracias…- Tan solo pudo decir.
-Debería dártelas yo a ti- dijo en el mismo tono que antes pero esbozando una ligera sonrisa en su expresión dura y orgullosa.
La joven se colocó el casco y se giró levantando ligeramente la mano.
-Adiós.
-Adiós…- Dijo Siroh, no muy seguro de haber sido oído.
La joven misteriosa desapareció en las profundidades del bosque. Entonces Siroh observó el escudo dañado en el suelo. No se lo podía creer. Tenía el emblema de los caballeros del rey Validant, antiguo aliado del rey Galfinigand IV en la guerra del pasado. Escuchó a lo lejos el relinchar de un caballo y su posterior galope, alejándose. La lluvia ya había parado, no hacía viento y el cielo se había despejado. Se quedó mirando unos instantes a Kasia, que dormía tranquila, antes de emprender el camino a casa.