DETECTIVE NIGHT
Al acecho.
La oscura y cerrada estancia en la cual, a pesar de todo, se podía distinguir el desorden reinante, tan solo quedaba iluminada por el resplandor de la pantalla de un ordenador. Ante la misma, el tipo con gafas, un hombre de treinta y muchos años, permanecía concentrado tecleando sin parar, con el ceño fruncido y en tensión; apenas podían distinguírsele los ojos tras aquellas lentes que reflejaban la pantalla con toda su artificial luminosidad… Tras él, a cierta distancia, callado, con las manos metidas en los bolsillos de su gabardina, aguardaba “El Rastreador”, mirando hacia su alrededor con creciente impaciencia…
-¿Todavía no tienes nada?- Preguntó intentando controlar el tono de su voz…
El tipo que permanecía sentado se detuvo un instante y giró la cabeza lo suficiente para dirigirse a aquel individuo que no le gustaba nada…
-Ya te he dicho que no sería rápido… ni fácil. Tengo que ir con cuidado para que no se presente aquí una brigada entera de policía…
El tipo de la gabardina emitió un chasquido con la lengua mostrando su fastidio.
Transcurrieron largos minutos. El hacker paró de teclear y se quedó mirando fijamente la pantalla.
-Perfecto. Ya lo tengo- dijo con un controlado tono triunfal.
Al escucharlo, el otro individuo volvió de su ensimismamiento y se aproximó de inmediato.
-¿Y bien?- Preguntó prestando mucha atención.
El hacker se frotó la barbilla.
-Habrá un “agujero” en la seguridad de aquí a diez días.
“El rastreador” se irguió, sin variar su expresión y mirada implacables desde la oscuridad que le proporcionaba su sombrero de ala.
-Diez días…- Repitió, valorándolo…
-De todos modos, lo difícil ya está hecho. Será más rápido de aquí a ese tiempo- el hacker hablaba sin molestarse en ocultar cuanto confiaba en sus habilidades…
El tipo de la gabardina guardó silencio unos instantes y, sin decir nada más, se encaminó hacia la salida, abriendo la puerta y marchándose, ante la atenta mirada del otro, que había quedado de espaldas a la luminosa pantalla, asegurándose de que aquel individuo, por fin, se había ido del todo…
Hiro se encontraba sentado ante su mesa reclinado hacia atrás en la silla, en equilibrio, y mirando al techo. Era mediodía. Aún evocaba el encuentro con Yuri que había tenido lugar hacía ya tres días. Desde entonces, no había parado de recordar momentos del pasado. Hiro no podía ocultar una ligera sonrisa al acordarse del momento en el que se despidieron y en el que Yuri le dio su nuevo número de teléfono; la chica le había dicho que, si le apetecía, podían quedar algún día para ir a tomar algo. Era muy probable, pensaba el joven, que hiciera uso de dicho número en breve...
Entonces sonó la puerta. La primera vez desde hacía días. Y, estaba seguro, se trataba de Mei. Hiro se dirigió hacia la entrada para abrir.
-Hola Mei, ¿cómo estás?- Preguntó a la chica, que no había vuelto desde que le dijo que había salido del hospital…
Como respuesta, Mei se limitó a sonreír… Aunque, por primera vez, Hiro percibió que le costaba hacerlo… Definitivamente, algo había cambiado.
La chica entró intentando aparentar normalidad. Intentó ser ella misma, la de costumbre.
-¡Uff! Hoy ha sido un día agotador… Entre las clases y los trabajos… Oye, Hiro… ¿Podría utilizar la ducha?- Preguntó con una mirada que a Hiro le pareció… se le pasó por la cabeza que era… insinuante.
Pero no podía ser, pensó, tragando saliva…
-Claro, claro… Ya sabes donde está…- Se apresuró a decir el joven intentando aparentar naturalidad… sin demasiado éxito…
Mei se dirigió al baño dejando a Hiro solo. El joven intentaba calmarse buscando cosas en las que ocuparse en aquellos momentos…
Entonces sonó el portero automático. Hiro se dirigió, extrañado, a contestar. Cuando se encendió la pantalla, no estaba seguro de creerse lo que estaba viendo.
-¿Eeh, quién es?- Preguntó sin atreverse a afirmar lo que ya sabía…
-Hiro… Soy Aki.
Hiro no se equivocaba. Era ella. No se lo podía creer…
-¡Ah, hola Aki! ¡Te abro!- Dijo pulsando el botón de inmediato y “revisándose” acto seguido su aspecto general, y el de la casa…
A medida que transcurrían los segundos, notaba como los nervios crecían en su interior, deseando que Aki llegase ya antes de que le diera algo…
Cuando oía los pasos de la joven aproximarse, abrió la puerta intentando controlarse…
-¡Hola! ¿¡Cómo estás!?- Ya se estaba embalando…
-Hola…- Dijo Aki, con un tono apagado y una casi imperceptible sonrisa.
Hiro, con un gesto de la mano, la hizo pasar y cerró la puerta tras ella.
-¿Quieres tomar algo?- Se ofreció el joven.
-No… No gracias…- Hablaba sin mirarle directamente. Hiro percibió que no era la misma que había visto la última vez en la comisaría…
-Bueno, pues… Me alegro de verte…- El joven no sabía exactamente qué decir…
Entonces, cuando Aki, con visible esfuerzo, se dispuso a decirle algo a Hiro…
-Hiiirooo- le llamaba con voz cantarina (aunque no precisamente alegre) Mei llegando hasta donde se encontraban Hiro y Aki.
En ese instante, ambos se giraron y a Hiro se le pusieron los ojos como platos: Mei caminaba, de forma resuelta y contoneándose, llevando tan solo su ropa interior de encaje blanco… Se había quitado las gafas y llevaba el pelo suelto, por el cual se pasaba la mano haciendo que su larga melena ondeara al aire.
Sin que Hiro se diera cuenta, a Aki le cambió la mirada, fulminando momentáneamente a aquella niña descarada… Mei lo advirtió y se mostró más desafiante si cabía…
-Me… Me… Mee… Mei…- Consiguió decir el joven con la boca desencajada…- Pero… Pero… Estás… Es decir, no llevas…- Nada… No había manera…
-¿Dónde guardas las toallas limpias?- Preguntaba ignorando totalmente a Aki.
Hiro se había quedado sin palabras cuando tuvo a la chica delante, mostrando casi por completo sus encantos…
Entonces, Hiro reaccionó y se giró hacia Aki. Para su consternación, la joven iba camino de la puerta.
-Aki…- Comenzó a decir, levantando una mano suplicante…
La joven se detuvo.
-Tengo que irme. No quisiera molestar- dijo secamente sin siquiera girarse e inmediatamente agarrando el pomo de la puerta.
-Pero… Pero… Aki…- Hiro notaba que perdía las fuerzas…
-No te preocupes. No era nada importante- contestó sabiendo lo que el joven le intentaba decir.
Mei observaba la escena sin decir nada, como si estuviera comprobando que todo salía como tenía previsto…
-Adiós- dijo Aki, sin girarse, abriendo la puerta y cerrándola al salir, siendo evidente que había hecho un gran esfuerzo por no dar un portazo…
La desolación crecía en el interior de Hiro a medida que escuchaba los pasos de la joven alejarse… tal vez por última vez…
Mei no podía ocultar su satisfacción… Aunque no era completa al ver cómo se había quedado Hiro.
-¿Te encuentras bien, Hiro?- Preguntó, haciéndose la inocente.
Hiro cerró los ojos con resignación… y entonces se acordó de que tenía a Mei detrás casi desnuda… Procurando no mirarla (con gran esfuerzo) señaló hacia el pasillo por el que había llegado la chica.
-La habitación de al lado del baño… En el armario pequeño hay toallas…
-¡Gracias!- Exclamó la joven, mostrándose contenta (aunque de forma nada natural) mientras se alejaba dando ligeros saltitos hacia la habitación donde le había señalado Hiro.
El joven, cuando Mei estuvo fuera del alcance de su vista, se dirigió lentamente hacia el sofá y se dejó caer como un peso muerto… Cerró los ojos y quiso desaparecer…
Al llegar el día “acordado”, el tipo de la gabardina se encontraba de nuevo en aquella oscura y desordenada habitación iluminada solamente por la pantalla del ordenador que manejaba el tipo de las gafas de lentes redondas; este vestía más o menos igual que la última vez y parecía más delgado…
-Creía que habías dicho que esta vez sería más rápido…- Dijo el tipo de la gabardina, que permanecía con los brazos cruzados, comenzando a impacientarse una vez más…
El hacker no dejaba de teclear…
-Esto requiere su tiempo…- Contestó, irritado…
Tras unos minutos, el hacker terminó de teclear.
-Muy bien… Dentro de veinte segundos se abrirá la “puerta”… Es hora de introducir la información…
-Sky Grey del 96- dijo “El Rastreador” de memoria.
El otro tipo introdujo los datos y dio una última y enérgica pulsación, permaneciendo, a continuación, a la espera… Al cabo de los segundos que restaban, apareció la información buscada.
-¡Ahí está! El dueño del vehículo es…- Se detuvo de golpe, aterrorizado…
“El rastreador” hizo un chasquido con la lengua y negó con la cabeza. El otro comenzó a girar lentamente la cabeza, con el rostro transfigurado por el miedo, temblando y sudando… Deseaba, en vano, que aquel tipo no le hubiese oído…
-¡Haré… Haré como que no he visto nada! ¡Por favor! ¡Ha sido un descuido!- Imploraba inmerso en la desesperación…
El tipo de la gabardina descruzó los brazos y se aproximó al otro extrayendo algo de debajo de su gabardina…
-Ya sabes cuáles son las normas- le recordó mientras le apuntaba con una pistola…
-¡Por favor! ¡Nooo!- Gritó el tipo…
Y fue lo último que hizo. El tipo de la gabardina apretó el gatillo y se produjeron un fogonazo y un estruendo. El disparo había atravesado la frente del hacker, que aún permanecía con los ojos muy abiertos mientras se desplomaba hacia el suelo, boca abajo… Las gafas cayeron también, resquebrajándose una de las lentes… Aún salía humo de la culata. “El rastreador” miró con alerta a su alrededor, escuchando atentamente por si alguien había oído el potente ruido… Tal y como pensaba, en aquel edificio, si alguien lo había oído, ni se había inmutado; probablemente ya estaban acostumbrados a cosas así…
“El rastreador” apartó la silla, que chocó contra el cuerpo inerte del hacker, y se aproximó a la pantalla… Si aquel estúpido no se había equivocado, tan solo permanecería la información en pantalla durante unos instantes… Esperaba que aún siguiera allí…
Y seguía allí. Una fotografía y un nombre: Hiro Red.
Hiro lo había pasado francamente mal durante los últimos días. No tenía ganas de nada; había descuidado su alimentación; casi no salía… Todo esto, unido a la habitual falta de clientes, hacía que el joven se viera inmerso en una especie de mundo triste y lóbrego del que pensaba que no iba a salir ya… Y, por supuesto, no había tenido nuevas noticias de Aki. Ni siquiera Mei había vuelto desde aquel día.
En aquellos momentos, se encontraba tumbado, como había tomado últimamente la costumbre, en el sofá de la sala, con la misma ropa de hacía días, la de dormir, sin afeitar y con varias cajas de pizza vacías por la mesa y latas de refresco por el suelo. Suponía que sería por la tarde, ya que permanecía con las persianas casi echadas del todo desde hacía un tiempo. Miraba al techo; tenía la sensación de que, durante aquellos días, había dormido suficiente para el resto de su vida… como si de aquella manera la tristeza pudiera olvidarse… Pero no era así. Aunque ya empezaba a estar harto de mirar hacia el techo; el mismo punto cada día… Notaba que su cuerpo le pedía movimiento…
Con gran esfuerzo, consiguió incorporarse; pero esta vez no iría al baño o a la cocina… y volvería de inmediato a su “refugio”… Necesitaba reaccionar…
-Ya sé lo que haré… Debo ir allí- Resolvió.
El tipo de la gabardina iba caminando entre las sombras de un oscuro callejón. Emergió y encontró lo que andaba buscando: una cabina telefónica. Se introdujo en la misma, fuera de cualquier mirada; allí no había nadie. Antes, había tenido que informar del “desafortunado” incidente en el cual el hacker había sido “cesado” de su actividad. Ahora la organización tendría que buscarse a otro de aquellos colgados para cubrir su puesto… Encontró lo siguiente que buscaba: un listín telefónico, en bastante mal estado, pero entero.
Tras unos instantes, localizó la información: Hiro Red. Detective privado. Calle Ocean, nº 36, 2º.
“El rastreador” cerró el listín de golpe y sonrió con una malicia exultante.
Hiro se había afeitado, vestido y salido a la calle. La luz del sol, que hacía rato que había comenzado a declinar, le llegaba a molestar en los ojos. Tras un rato caminando, llegó a su destino.
Heladería, Pastelería, Bollería.
Hiro entró, como había hecho durante tantas veces en su vida, en aquel maravilloso local.
Al cabo de un rato, salía con una bolsa de papel cargada y un bollo relleno de chocolate cogido con la boca. Mientras caminaba por la calle, comiéndose el bollo camino de la agencia con los ánimos renovados, recordó algo.
-“¡Yuri!”
Se dio cuenta de que no había caído hasta aquel momento. Podía llamarla. De hecho, tenía muchas ganas de hacerlo. En cuanto llegara a casa lo haría.
Mientras caminaba, distraído con sus pensamientos, repentinamente contento por la decisión tomada, no se percató de que, desde lo lejos, semioculto tras una esquina, lo observaba atentamente un hombre ataviado con un sombrero de ala y una larga gabardina, con una mirada implacable…