sábado, 28 de julio de 2012

El Jinete Olvidado - Capítulo 8

El Jinete Olvidado

El jinete contra el leñador.


Las montañas, envueltas en niebla, no aparecían ahora tan lejanas. El cielo estaba encapotado; en cualquier momento comenzaría a llover. Hacía rato que no había camino. Ethant, montado en Hildergart, avanzaba entre los árboles de una zona boscosa que se extendía varios kilómetros. Era ya por la tarde. El aire era más que fresco y cada vez hacía más viento.
A medida que atravesaban la extensa arboleda, la separación entre árbol y árbol era cada vez menor. La tierra, privada de la suficiente luminosidad, tenía un color oscuro, y comenzaba a desprender un aroma húmedo. Las ramas se agitaban alrededor, y el sonido de las hojas lo inundaba todo. Ethant notaba como se le revolvía el pelo y tenía que entornar los ojos cuando el aire soplaba de cara…
Al pasar un rato, el joven jinete podía ver que más adelante había un claro. Desmontó, sin apartar la vista de aquel lugar, y le dio dos palmadas en el torso a Hildergart. Este, en respuesta, agitó la cabeza y resopló dando breves pisotones.
Ethant se dirigió sólo hacia la obertura en el bosque.
Avanzaba con cautela, escuchando el sonido de sus pisadas al pasar sobre ramitas y hojas secas. El viento soplaba con fuerza intermitentemente, dificultándole en esas ocasiones el avance…
Al acercarse, veía numerosos troncos de árboles talados. Finalmente, llegó al límite del claro.
El contraste le permitía contemplar la altitud de aquellos árboles cuyas copas tenían forma piramidal, y cuyas ramas se movían, balanceándose, cada vez con más fuerza. Notó algunas gotas cayéndole en las manos y en la cara…
Ethant se detuvo y se quedó quieto mirando al frente. En medio del claro, sobre un amplio tronco cortado, se encontraba un enorme individuo sentado, apoyado sobre una rodilla flexionada. Parecía estar descansando. Una enorme hacha doble se encontraba a un lado, en el suelo, sumergida en las briznas de hierba que bailaban junto a las copas de los árboles de alrededor. Aquel individuo miraba fijamente a Ethant, que le devolvía la mirada. Así transcurrieron unos instantes. Ambos se miraban con gesto serio, con la tensión aún controlada…
Aquel hombre era Athlas. Ethant observó que había ganado peso desde la última vez que lo vio… pero aquello le daba un aspecto más temible. Tenía el pelo azul claro más largo, el cual se agitaba levemente con el fuerte aire, y su aspecto era más desaliñado que de costumbre. Detrás de él, a unos metros de distancia, había varios troncos acumulados, junto a los cuales había varias cuerdas, preparadas para atarlos.
-Deberías estar muerto…- Dijo Athlas al fin, sin cambiar la expresión de gravedad de su rostro.
Ethant permanecía en pie con los brazos a ambos lados del cuerpo.
-Parece que todos me vais a decir lo mismo…- Dijo, sin dejar de vigilarle con la mirada.
Athlas comenzó a revolverse con desgana. Puso ambos pies en el suelo y le dio la espalda al joven.
-¿Qué has venido a hacer aquí?- Preguntó Athlas, aunque sabía perfectamente la respuesta…
La expresión seria pero serena de Ethant no varió.
-Solo quiero que me digas donde está…- Dijo.
Athlas llevó la vista hacia su hacha en el suelo.
-¿A quién te refieres?- Respondió, haciéndose el ignorante…
La mirada y la expresión de Ethant se endurecieron.
-Sabes muy bien a quién me refiero- el tono de su voz comenzaba a ser amenazador…
El viento soplaba ahora con tal fuerza que los troncos se inclinaban levemente de un lado a otro. Las cada vez más numerosas gotas de agua que caían, lo hacían ahora de forma oblicua…
-¿Me estás diciendo que solo has venido para preguntarme eso? ¿Nada más?- Fingió incredulidad el hombre inmenso, sin dejar de mirar hacia el hacha…
Ethant observaba cada uno de sus gestos y movimientos. Comenzaba a adivinarle las intenciones…
-Solo tengo que matar a alguien más…- Sentenció, con un deje de advertencia en sus palabras…
Athlas frunció el ceño y abrió mucho los ojos. A una velocidad impropia de alguien de su envergadura se agachó y recogió su gran hacha, se giró de inmediato, y la lanzó con una fuerza brutal hacia la dirección de Ethant, girando el arma en el aire velozmente, sonando amenazadoramente mientras iba cortando el aire…
El joven jinete reaccionó de inmediato y saltó a un lado, esquivando el hacha que pasó muy cerca, siguiendo su recorrido, hasta impactar contra el árbol más cercano, cortándolo; el sonido del hacha girando sobre si misma se había alejado momentáneamente… hasta que volvió a aumentar, indicando que regresaba, a más velocidad si cabía… Ethant, que no había dejado de mirar hacia atrás la vio aparecer entre la espesura, y esta vez tuvo que agacharse, flexionando las rodillas, para evitarla. La enorme hacha doble llegó a la mano de su dueño, que la detuvo contundentemente, siendo arrastrado algunos centímetros hacia atrás por el impacto…
Entonces un nuevo sonido comenzó a llegar a los oídos de Ethant proveniente de detrás de él. El tronco del árbol el cual había sido atravesado por el hacha, había quedado partido en dos y comenzaba a caer hacia delante… El joven se aseguró de que caía a la suficiente distancia, a su lado, y no se movió. El tronco llegó al suelo con estrépito, haciendo vibrar el suelo…
Ethant no se movió durante unos instantes. Sus ojos quedaban cubiertos por el cabello castaño… Athlas también se había quedado quieto, sosteniendo el hacha con una mano mientras observaba a Ethant…
Al fin, el joven jinete alzó la mirada y atravesó al hombretón con la misma… Este, con el ceño fruncido, apretó los dientes, temblando ligeramente… Aunque intentaba ocultarlo, sus ojos mostraban miedo…
Como si quisiera sacudírselo, Athlas sujetó la enorme hacha con ambas manos y realizó varios cortes amplios en el aire, haciendo sonar el arma con un grave y reverberante sonido metálico al desgarrar el aire circundante… Finalmente hizo girar el hacha con una sola mano y, con un golpe seco metálico, el arma se detuvo entre las enormes manos de su dueño…
Ethant, que no había perdido detalle, no se sentía, ni mucho menos, intimidado. Comenzó a incorporarse lentamente sin apartar la seria e intensa mirada del gran leñador. Athlas se irritaba al tiempo que se asustaba cada vez más…
-Te lo diré otra vez. Dime dónde está y te dejaré en paz- Insistió el joven, consciente del temor que producía en Athlas…
Este sonrió forzadamente.
-¡Je! ¡¿Me perdonas la vida, acaso?! ¡Estás muy seguro de ti mismo!- Le atacaba, negándose a reconocer ante el joven jinete lo que sabía que era evidente…
Ethant tomó aire y lo expulsó largamente, resignado.
-No le debes lealtad… Aunque lo mereces, no tengo ningún interés en matarte…- Insistió el joven.
El gran leñador pareció pensárselo durante unos instantes…
-Eres un monstruo…- Dijo, finalmente, sin poder ocultar un deje de miedo en sus palabras…
Ethant no dijo nada. El viento volvía a soplar con fuerza y silbaba gravemente entre las ramas de los árboles, las cuales se mecían violentamente. Ahora comenzaba a llover, mojando la escasa hierba que se agitaba en la dirección que le ordenaba el viento cambiante.
Ambos contendientes se quedaron largo rato manteniendo la mirada… esperando que el otro atacara… pero ninguno de los dos se movía…
Athlas no pudo aguantar más. Durante un instante, abrió mucho los ojos y llevó el hacha atrás con una mano para tomar impulso de nuevo… Simultáneamente, a Ethant le cambió la mirada y afianzó su posición…
-¡Huooooo!- Bramó el hombre enorme lanzando una vez más su hacha, esta vez más baja y más horizontalmente…
Ethant la esperaba; llegaba a toda velocidad, interrumpiendo la caída vertical de las gotas de lluvia, hasta la posición del joven jinete, que no la perdía de vista…
Ethant flexionó las piernas para coger impulso… y saltó en el preciso momento que pasaba, en dirección a sus piernas y se dirigía hacia los árboles que había detrás.
Pero esta vez, el hacha no llegó tan lejos y comenzó el recorrido de regreso antes que la primera, justo cuando Ethant acababa de llegar al suelo… Justo a tiempo, y por muy poco, saltó de nuevo hacia un lado evitándola, quedando cerca del suelo con las manos apoyadas en el mismo. El hacha regresó a las manos de Athlas. Ahora llovía con más fuerza.
Nuevamente, Ethant y Athlas, calados, se quedaron mirándose durante unos instantes…
Y nuevamente, Athlas elevó el hacha para lanzarla por tercera vez… Pero en esta ocasión, Ethant reaccionó de inmediato y salió corriendo en dirección a su enorme oponente… Athlas volvió a lanzar el hacha, ahora más verticalmente, y el arma atravesaba el aire balanceándose levemente… El joven jinete la esquivó, con relativa facilidad, y continuó corriendo hacia Athlas… Este levantó los puños y se puso en guardia… Al llegar Ethant a su altura, haciendo saltar el agua de los charcos recién formados con sus veloces pisadas, Athlas le lanzó un puñetazo a la altura de la cabeza… Ethant lo esquivó agachándose y le lanzó un gancho a la barbilla que le dio de lleno… Ethant se apartó de inmediato al escuchar el sonido del hacha de Athlas acercándose a toda velocidad… Este, momentáneamente aturdido, con la cara y la mirada hacia arriba tras recibir el duro golpe, también escuchó el sonido de su arma aproximándose… Ethant dirigía la mirada hacia su contendiente… Athlas se recuperó y agarró en el último momento el hacha, con una mano, del extremo inferior y, acto seguido, con dicha mano, atacó verticalmente hacia el joven que se encontraba muy cerca… Ethant saltó hacia atrás y el hacha impactó en el suelo haciendo saltar agua y tierra…
Pero Athlas no pensaba detenerse. Afianzó la enorme hacha doble con sus dos manos y se abalanzó sobre Ethant, atacándole horizontalmente en esta ocasión… Pero el joven volvió a esquivar el ataque saltando de nuevo hacia atrás…
Athlas se enfurecía por momentos. No conseguía alcanzarle…
-¡Aaaaaaah!- Exclamó corriendo hacia el joven con el hacha a un lado de la cara.
Comenzó a atacar indiscriminadamente, cortando sonoramente el agua y el aire, levantando salpicaduras de barro bajo sus enormes botas, mientras Ethant esquivaba una y otra vez los ataques…
Pero el último, oblicuo, le pasó muy cerca de la cara. El suelo, cada vez más embarrado, hacía que sus movimientos fuesen más lentos…
Durante unos instantes se quedaron vigilándose mutuamente con la mirada; no se encontraban a mucha distancia… La lluvia comenzaba a amainar, aunque el cielo continuaba cubierto por oscuras nubes y el viento no cesaba de soplar…
Ethant vio en el cambio en la mirada de su adversario que se disponía a atacar de nuevo… Aferró la empuñadura de su espada…
Athlas volvió a lanzarse al ataque con potentes tajos con su hacha… los cuales iba esquivando Ethant, aunque cada vez con más dificultad… El joven jinete notaba como sus pies se quedaban momentáneamente atrapados en numerosas ocasiones… Su adversario se daba cuenta de esto y ganó seguridad en si mismo… Ahora sus ataques eran más potentes, si eso era posible… Ethant notaba que cada vez le llegaban más cerca, hasta llegar a notar el acero rozándole…
Entonces Ethant notó que no podía sacar el pie del barro… Lo había metido sin darse cuenta en una hendidura en el suelo… Athlas sonrió de satisfacción… El joven jinete notaba que, al intentar sacarlo, se le hundía más…
-Je, je, je… Parece que eres humano, después de todo…- Sonreía burlonamente el hombretón sosteniendo el hacha con ambas manos, en una posición relajada…
Ethant apretaba los dientes… Era evidente que estaba en apuros…
Atlas le rodeó lentamente, recreándose; mientras caminaba, le miraba con desdén mientras continuaba con su sonrisa burlona…
-Veamos… ¿Cómo podría terminar esto…? ¿Te corto por la cintura? ¿O poco a poco…? ¡Claro que sí! ¿¡Qué prisa tenemos!? ¡Ja, ja, ja, ja…!- Athlas estaba exultante…
El hombre inmenso no esperaba encontrarse en aquella tesitura hacía tan solo unos momentos atrás…
Ethant estaba atrapado…
Entonces, se dio cuenta de que solo había algo que podía hacer para salir de aquella situación…
Ampliando su sonrisa triunfal, Athlas elevó su el hacha por encima de su cabeza, apuntando al joven…
-¿Sabes qué…? ¡Quiero acabar con esto ya! ¡Ya!- Exclamó el gran leñador haciendo descender el hacha a toda velocidad, oblicuamente, hacia el tronco de Ethant…
Entonces, para sorpresa de su enorme contrincante, el joven jinete desenvainó su espada y dio un veloz tajo en dirección a su propia pierna… pero no iba hacia su pierna, sino hacia el barro que la aprisionaba, el cual cedió increíblemente, saltando a chorros en todas direcciones, ante el golpe de aire del corte, dejándola libre… El joven saltó de inmediato a un lado evitando el ataque mortal de Athlas… Este aún no se lo podía creer… Entonces, Ethant le atacó con su espada oblicuamente con un amplio tajo que le alcanzó de parte a parte del tronco.
Athlas, con los ojos muy abiertos, comenzó a dar pasos hacia atrás, lentamente… La herida comenzó a sangrar de inmediato, saltando abundante sangre que se mezclaba con el barro…
Pero Athlas, enfurecido, aún tenía suficientes fuerza para seguir… de modo que lanzó su hacha una vez más, gruñendo con fiereza…
Ethant la esquivó a tiempo y el hacha se perdió tras la arboleda… A continuación, Ethant envainó su arma y fue corriendo hacia su contrincante… Este, ciego de furia, le lanzaba ganchos laterales y verticales… Pero Ethant los esquivaba todos… Finalmente, tras esquivar un golpe que iba a su cara, le dio un tremendo golpe en el rostro, haciéndole girar la cabeza a un lado…
Ahora sí que Athlas había estallado de furia. No sentía dolor… solo quería acabar con Ethant…
Miró de nuevo al frente… pero el jinete se apartó de inmediato a un lado y el hacha de Athlas pasó velozmente cortando el inmenso brazo del hombre enorme, que no pudo reaccionar, como si fuera el tronco de un árbol…
-¡Uaaaaaaah!- Se dolía, desesperado, Athlas.
El hacha había quedado clavada en el suelo embarrado.
Ethant se acercó y se detuvo ante él. Athlas, doloriéndose con los dientes apretados, lo miró.
-Mal… Maldita sea... Llegué a pensar que podría acabar contigo… ¡Maldita sea!- Se lamentaba el hombretón, que no paraba de sangrar por las heridas y por la boca.
-Donde está…- Preguntó, por última vez, el joven jinete.
El grandullón miró hacia un lado, resignándose…
-La… La Torre… Él es ahora el Guardián de la Torre…- Dijo sin mirarle…
Ethant sabía a qué torre se refería Athlas…
-Puedo intentar ayudarte…
Athlas sonrió, ocultando la mirada, en medio del dolor, el sudor, la sangre y el barro… Lentamente, se dirigió hacia donde se encontraba clavada su enorme hacha… La sujetó con la mano que le quedaba y la alzó.
-¡Uuaaaaargh!- Gritó con sus últimas fuerza levantando el hacha hacia el cielo, ante un estático Ethant…
Y el hombretón consiguió su objetivo. Su herida del cuerpo se abrió aún más y perdió la consciencia cayendo hacia delante… Athlas estaba muerto.
La lluvia aumentó una vez más, cayendo sobre el cuerpo inerte del leñador y sobre Ethant, que no dejaba de observarlo…
Al cabo de un largo rato, ya había parado de llover. El cielo comenzaba a despejarse a retazos. El viento había amainado. Incluso se escuchaban a algunos pájaros trinar.
Hildergart llegó tranquilamente, respondiendo a la palmada que su amigo le daba en el costado. Ethant subió a lomos de su fiel corcel y cruzó el claro.
Continuaron por el camino que había aparecido entre los árboles, dejando atrás un gran montón de tierra, con un enorme hacha doble al lado que reflejaba los incipientes rayos del sol. La tumba de Athlas, el leñador.

sábado, 21 de julio de 2012

El Jinete Olvidado - Capítulo 7

El Jinete Olvidado

Los recuerdos perdidos…


Pasaron varias jornadas desde que dejaron Vaisora detrás. Ethant había intentado alejarse lo máximo posible cuanto antes… Y, aunque intentaba quitársela de la cabeza, no lo conseguía…
El paisaje no había variado demasiado durante aquellos días: bosques en los alrededores, alternados por amplias zonas de pastoreo, y pequeñas aldeas aquí y allá. El tiempo había empeorado; casi siempre permanecía el cielo gris, con algunas lloviznas ocasionales, y hacía más viento y frío que días atrás.
No faltaba mucho para el mediodía; aunque el sol seguía sin hacer acto de presencia. Ethant, a lomos de Hildergart, contemplaba el camino descuidado que se extendía delante; cada vez estaba en peores condiciones, como si se difuminara, amenazando con borrarse… La maleza cubría salvajemente los alrededores, impidiendo ver más allá.
Como le venía ocurriendo desde que abandonaran Vaisora, el joven se encontraba inmerso en sus pensamientos… A veces se sentía confuso… perdido…
Entonces, a su izquierda, pudo ver entre los matorrales un camino prácticamente oculto que se internaba en la espesura. Ethant instó a Hildergart para que se detuviese. En ese momento, una brisa fría agitó su cabello mientras miraba, muy quieto, hacia el camino recién descubierto… En esos instantes, su atención se centró en aquello. No sabía por qué, pero algo le decía que debía ir por allí; y, por algún motivo, comenzaba a tener una sensación que le resultaba lejanamente familiar…
Se internaron por el camino cubierto de vegetación, claro indicio de haber sido abandonado hacía mucho tiempo. Avanzaron durante largo rato, enlentecidos por los obstáculos que el bosque había puesto en el camino; Ethant debía ayudarse con las manos para apartar las ramas y las hierbas altas. En determinados momentos, tuvo que utilizar su espada para abrirse paso…
Tras avanzar un largo rato, llegó un momento en que el camino estaba cada vez más despejado, hasta que ya no hubo prácticamente ningún obstáculo para avanzar con normalidad.
A medida que continuaba adelante, aquel lugar le resultaba más y más familiar…
Finalmente, llegaron a un claro rodeado de altos árboles. Casi oculta entre otros más bajos y de ramas retorcidas, se encontraba una pequeña casa. Ethant detuvo a Hildergart y observó la construcción con atención.
Era una casa no muy grande. Le faltaba el tejado y la madera estaba carcomida y ennegrecida. Las ventanas estaban cerradas desde dentro, al igual que la puerta desvencijada y de madera astillada…
Ethant desmontó de su fiel corcel y se dirigió lentamente hacia la entrada, como atraído por algo que lo llamaba desde el interior de aquella casa…
Se detuvo ante la puerta. El cielo se había oscurecido levemente. Llevó la mano hasta la agarradera y abrió, haciendo chirriar los goznes de la vieja puerta… Cruzó el umbral.
Dentro, a pesar de no tener techo, se conservaba una atmósfera lóbrega… El polvo flotaba en el aire y había telarañas por todas partes. Los pocos muebles que había en la estancia, estaban volcados y rotos; era evidente que habían desvalijado aquella vivienda. Al caminar, el suelo de madera levantada crujía bajo sus pasos.
Llegó a un corto pasillo que daba a las otras estancias de la casa. Se detuvo en la primera y se asomó. Era una habitación pequeña. Había una cama destrozada, sin ropa, una estantería en el suelo, sin un estante en condiciones, y un escritorio partido en dos con algún tipo de arma contundente. Ethant sentía algo en aquella habitación… pero no sabía de qué se trataba… El joven contemplaba hasta el más mínimo detalle de aquella habitación, cuya ventana estaba abierta. La ventana… El joven se aproximó y miró desde dentro: daba a una hondonada que quedaba a unos cien metros de distancia, con las montañas, borrosas, al fondo; las nubes grises, se movían cada vez a más velocidad, oscureciéndose poco a poco. Aquella visión… ya la había visto antes… Pero, ¿dónde? ¿En un sueño?
Y entonces, al girarse, vio que algo se encontraba semioculto bajo los restos astillados de la cama. Se acercó y se agachó para recogerlo: era un caballo de madera, tallado con esmero…
Entonces Ethant lo comprendió. No es que aquel lugar hubiera aparecido en un sueño… Es que él ya había estado allí antes… Era su casa.
Los recuerdos comenzaron a llegar a su mente como una tromba de agua que lo inunda todo. La puerta, cerrada a cal y canto, tras la cual se guardaban, se había abierto de golpe y salían con una fuerza desbordante…
Aquel caballo de madera lo había tallado su padre cuando él tenía nueve años. Pero, aunque lo intentaba, no conseguía recordar el rostro de su padre, que aparecía en sombras… Al igual que el de su madre…
Pero lo que sí podía recordar claramente era la sensación de seguridad y la calidez de su hogar… Incluso llegó a sentir la felicidad de cuando era pequeño… algo que no había vuelto a sentir hasta aquel momento, aunque fuera de manera fugaz…
Pero entonces sus recuerdos comenzaron a tornarse más oscuros…

Él estaba jugando con el caballo de madera que le había tallado su padre, y sus padres estaban con él en la sala de estar. Fuera era de noche y llovía; llovía muy fuerte… Entonces se escucharon cascos de caballo aproximarse, acompañados de los furiosos relinchos de más de uno, como si fueran a tirar la casa abajo… Su padre se levantó de inmediato y comenzó a apagar apresuradamente las luces de las lámparas mientras su madre lo rodeaba con sus brazos, asustada, y se lo llevaba a un rincón de la estancia… Su padre les hacía una seña para que guardaran silencio…
Al cabo de un rato, ya no se oía ruido del exterior; parecía que, quien fuera que se hubiese aproximado a la casa, ya se había marchado…
Pero no era así.
La puerta se abrió estrepitosamente tras propinarle una patada una figura de pelo largo y bien cuidado enfundada en ropa elegante. Su madre sofocó un grito tapándose la boca con fuerza, mientras que su padre dio un paso al frente, encarando a la negra figura…
-“¿¡Quién eres?! ¡Fuera de mi casa!” Le exhortó levantando el puño apretado. Ahora Ethant recordaba que su padre tenía un espeso bigote y los ojos igual que él…
La figura sonrió burlona mostrando los dientes y se apartó dejando paso a otro hombre, más alto y corpulento, ataviado con una armadura que solo le dejaba la cabeza al descubierto.
-“Buenas noches. Nos hemos acercado hasta tu morada porque llevamos días viajando y tenemos hambre. Necesitamos comer algo decente. ¿No hay nada que nos puedas ofrecer?” Hablaba con voz grave y que no terminaba de inspirar confianza…
Su padre pareció bajar la guardia. Dio unos pasos al frente acercándose a aquel hombre, envuelto en la penumbra, que le acababa de hablar.
-“Si os doy comida, ¿os marchareis?” Preguntó, esperanzado…
Lo siguiente que sucedió transcurrió muy rápido. La figura que se había quedado a un lado se abalanzó sobre su padre tras escucharse un sonido metálico y le atravesó con una larga espada de hoja estrecha. Su madre no pudo evitar emitir un sonido de desesperación aún con la boca tapada. Él estaba totalmente paralizado, como si todo aquello fuera una horrible pesadilla… Su padre inclinaba el cuerpo y poco a poco se le iban doblando las rodillas hasta clavarlas en el suelo. La figura que le había atacado extrajo rápidamente el arma y la volvió a envainar.
-“¿Es que no puedes controlarte un poco?” decía el hombre que más imponía reprobando levemente al otro.
-“No hace falta que perdamos el tiempo, jefe.” Contestó.
El otro hombre no dijo nada, sin mostrarse del todo convencido; aunque parecía que poco a poco le iba dejando de importar…
Su padre, mientras los otros dos seguían hablando, se giró con esfuerzo para mirar hacia donde se encontraban él y su madre. Entonces recordó el cabello pelirrojo, largo y ondulado de su madre, y sus ojos color avellana. Aquellos ojos inundados en lágrimas que miraban fijamente a su herido padre.
En ese instante, sin apartar la mirada, vio que su madre asentía con dificultad y comenzó a incorporarse sin soltarle. Sin hacer ruido, y sin dejar de mirar a su padre, ella prácticamente lo arrastraba hacia el pasillo; él miró hacia su padre, que ahora lo miraba, y vio como una afable sonrisa, como tantísimas otras veces, se dibujaba en su rostro, provocando que las lágrimas resbalaran por sus mejillas, cayendo una de ellas en el caballo de madera que tenía aferrado en todo momento… Su padre se alejaba, se alejaba, hasta que fue engullido por la oscuridad…
Y en ese momento, su mirada se desvió a la vez que dos ojos de luz rosa le enfocaban intensamente a través de la negrura, mientras su madre le llevaba a su habitación, cerrando la puerta de inmediato… Iban dando lentos pasos hacia atrás; notaba cómo su madre temblaba y lloraba, agarrándole con fuerza.
Pasaron varios minutos y casi no se escuchaba a aquellos dos hombres hablar. Pero estaba claro que seguían allí. De vez en cuando se escuchaban pasos que iban y venían de un lado a otro de la sala.
Entonces, las voces elevaron el tono.
-“¡Nunca!” Oyó claramente a su padre. Su madre no pudo contener una exclamación.
Lo siguiente que escuchó fue un fuerte golpe acompañado por un gemido de dolor de su padre y otro golpe contra el suelo.
Su madre se llevaba lentamente una mano a la boca; tenía los ojos muy abiertos y estaba horrorizada. Entonces comenzaron a escucharse las voces y los pasos de los intrusos aproximándose a la habitación. Él apretaba el caballo de madera con más fuerza si cabía…
-“No lo entiendo, jefe. ¿Qué le ha dado con ese niño?” Decía el que había atacado a su padre.
El otro no contestó. Ambos se detuvieron ante la puerta. Él y su madre contuvieron la respiración…
El pomo de la puerta giró lentamente… y, cuando quien intentaba abrir vio que no podía, giró y empujó con fuerza y la puerta se abrió resquebrajándose con estrépito.
El tipo más imponente aparecía ante él; dio unos pasos al frente, mirándole desde su altura…
-“¡Corre Ethant! ¡Por la ventana!” Su madre lo apartaba y lo empujaba hacia la ventana, que ahora estaba cerrada, y se interponía entre él y los dos hombres…
Pero él se quedó paralizado; no quería dejar a su madre sola con aquellos dos malditos…
-“Su padre y yo hemos llegado a un acuerdo… o se podría decir que así ha sido…” Mintió aquel hombre de pelo largo y un extraño halo de majestuosidad…
Pero su madre no se movía, bloqueando el paso con los brazos extendidos…
-“Jefe…” Se iba a ofrecer el otro… pero no pudo acabar de hablar.
Horrorizada, su madre vio como el tipo corpulento la agarraba por el cuello con su mano rugosa y la alzaba del suelo. Él contemplaba la escena muerto de miedo y saltó a agarrarse a su madre, intentando bajarla al suelo mientras se convulsionaba desesperada…
-“Huye… Ethant…” Fueron sus últimas palabras antes de dejar caer la cabeza…
Notaba como sus lágrimas no se detenían y le caían en la ropa, y en la de su madre, que ya no se movía…
Aquel hombre simplemente soltó la mano y su madre cayó como un peso muerto. Ethant se arrodilló, sosteniendo con fuerza el caballo de madera, y contempló, deseando despertar de aquella pesadilla, el rostro en paz de su madre…
-“Vamos, pequeño amigo… Tenemos que irnos” Le decía el hombre que acababa de matar a su madre. –“Podemos esperar a que los entierres…” Concluyó.
El otro miró incrédulo a su jefe… Pero se lo había dicho en serio.
Ethant se incorporó y miró a su madre. Mientras tanto, los dos hombres salieron de la habitación.
En ese momento ya no sabía si aquello era real, si era una pesadilla… o ni una cosa ni otra…
Desde ese momento ya no se cuestionaba nada. Tardó varias horas pero enterró a sus padres, justo al lado de la casa.
-“Nos vamos” Dijo el hombre de la armadura negra.
Ahora Ethant veía claramente sus rostros: eran Jezabelt y Amadheus.
No dijo nada. Estaba cubierto de tierra. Jezabelt le subió a la grupa de su bravo corcel, detrás de él. Emprendieron el camino en mitad de la noche. Ni siquiera se giró para ver su casa por última vez…

Ethant salió al pasillo y siguió mirando el resto de las vacías estancias hasta llegar a la cocina. Entonces llevó la vista a la puerta de atrás de la casa y siguió recordando…

Por la mañana llegaron a una especie de campamento levantado en la llanura. Estaba rodeado por una cerca de altas y gruesas estacas de madera, acabadas en punta. Un tipo muy delgado, calvo, con un fino y largo bigote, ataviado solo con pantalones, cinturón y botas salió a su encuentro. Podían escucharse gritos y sonidos de látigos a lo lejos. Más allá, el terreno descendía hasta llegar a un barranco que daba al desierto. Aquello era un campo de entrenamiento.
-“Hola Tarbas.” Comenzó a decir Jezabelt. –“Como te prometí, aquí te traigo a alguien que puede valer… Ahora estamos en paz.” Terminó.
Aquel tipo le miraba desagradablemente con sus ojos pequeños y expresión desconfiada…
-“Si tú lo dices…” Dijo sin mucha convicción.
-“Dentro de cinco años volveré a buscarle.” Dijo Jezabelt.
Cogió a Ethant y lo bajó al suelo con inusual cuidado.
El tipo delgado no acababa de verlo claro… pero asintió.
-“Espero que no muera en seguida… Necesito mercenarios para seguir con el negocio. Este te lo devolveré pero a cambio de un porcentaje de lo que consiga contigo… Entonces estaremos en paz de verdad” Quiso dejar claro el tipo sibilino.
-“Descuida” Zanjó Jezabelt comenzando a irse, seguido por Amadheus, dirigiéndole una última mirada, con sus duros e intensos ojos de color rosa oscuro...

Aquella noche durmió en la que sería su “habitación” durante los cinco años siguientes: una celda, oscura y húmeda, con una cama mugrienta; alguna rata entraba de vez en cuando, atravesando los barrotes, pugnando con él por atrapar la comida que le dejaban en un plato en el suelo, a veces, una vez al día…

Lo siguiente no lo veía con claridad… Sangre, sudor, dolor, gritos, golpes, arena, huesos rotos, cadenas, latigazos… llegaban a su memoria de forma confusa…

Y llegó el día.
-“Hoy se cumplen cinco años desde que llegaste aquí. Ahora veremos qué has aprendido…” Decía Tarbas con desprecio.
Él estaba en medio del círculo de arena en el que se desarrollaban los combates, vestido con ropas sucias y raídas. Miró a su alrededor y vio que estaban todos: los ayudantes de Tarbas, armados con sus látigos, y sus compañeros de entrenamiento, individuos, todos mayores que él, venidos de varias partes, criminales, los cuales, en su mayoría, le habían maltratado en mayor o menor medida… y los demás les habían seguido el juego burlándose e insultándole… Y ante él el peor de todos: Koros, un tipo enorme de pelo y ojos negros, no mucho mayor que él, pero que ya había asesinado a varios de sus “compañeros” durante los entrenamientos, para satisfacción de Tarbas y sus ayudantes… Llevaba un sable enorme, largo y ancho, y sonreía malévolamente con impaciencia. Koros le odiaba desde el principio y había instigado a otros para hacerle la vida imposible… e incluso quitársela…
Tarbas se acercó y lanzó un arma a los pies de Ethant. Era un sable oxidado y astillado, que parecía que se podía romper en cualquier momento…
-“¡Empezad!” Exclamó Tarbas.
Ethant se había quedado mirando el sable… Era la primera vez que le daban un arma que no fuera de madera… Miró hacia arriba y vio a Koros abalanzarse hacia él con el sable en alto, dispuesto a acabar el duelo cuanto antes… Él se agachaba, como si todo transcurriera a cámara lenta, sin quitarle la vista de encima, y rodeaba la empuñadura del sable con su mano vendada… mientras que Koros ya llegaba…
La mirada de furia Ethant se intensificó hasta casi desaparecer sus pupilas. Y todo se volvió negro.

Jezabelt llegó acompañado de Amadheus y Athlas. Miraba alrededor, sin comprender…
Entonces vieron a Ethant sobre una roca solitaria, en medio de todo aquello… Estaba sentado, apoyado sobre una rodilla flexionada, sudando y jadeando, cubierto por sangre que no era la suya, con las manos heridas y sosteniendo el arma manchada de un rojo oscuro… Levantó la mirada y se cruzó con la de Jezabelt. Este miró de nuevo alrededor. Amadheus y Athlas llevaban un rato contemplando atónitos en todas direcciones.
Todo estaba lleno de cadáveres. La sangre se confundía con la arena. Solo Ethant quedaba vivo.
-“¿Qué… qué ha pasado aquí?” Preguntó Athlas adelantándose a examinar los cuerpos…
-“No puede ser…” Decía Amadheus negando, sin aceptarlo, con la cabeza...
-“¡Están… Están destrozados… Como si los hubiera atacado una fiera salvaje…!” Exclamaba, casi aterrorizado, Athlas.
Jezabelt escuchaba estas palabras mientras seguía mirando a Ethant, que le devolvía la mirada, desafiante, sin dejar de jadear…
Entonces Jezabelt, con una expresión de orgullo en su severo rostro, sonrió.

Ethant salió al exterior y se detuvo ante las tumbas de sus padres. Sostuvo el caballo de madera y lo miró durante unos instantes. Entonces recordó lo que le dijo su padre cuando se lo dio, recién terminado, sin él poder contener la ilusión…
-“Ethant, a este caballo lo llamaremos… Hildergart.”
Ethant miró hacia el cielo, un cielo rosado de atardecer, sin poder contener las lágrimas.
Entonces abrió los ojos, decidido. Guardó el caballo de madera en sus alforjas. Subió a lomos de Hildergart y, tras mirar una última vez hacia su casa... y hacia la tumba de sus padres… miró hacia la dirección por la que se había ido de allí una vez… e, intensificando la decidida mirada, agitó las riendas para salir al galope.
Hacia su venganza.

domingo, 15 de julio de 2012

El Jinete Olvidado - Capítulo 6

El Jinete Olvidado

La venganza en su nombre…


Ethant y Amadheus mantuvieron la mirada durante unos largos y tensos instantes. Cyntia miraba extrañada a su acompañante.
-Ey… ¿Estás bien?- Preguntó.
Pero Ethant no pareció escucharla.
En determinados momentos, Amadheus parecía a punto de sonreír, debatiéndose entre la incredulidad y la alarma…
Era como si el ruido de alrededor hubiese desaparecido. Y entonces comenzó la música. La gente comenzó a danzar en pareja ante el ritmo de la pieza musical que tocaba una banda en un extremo de la amplia sala. Ethant y Amadheus se perdían de vista intermitentemente al pasar alrededor parejas bailando…
-Oye… Ya ha empezado…- La chica casi rogaba tirando de la manga al estático Ethant.
Entonces, cuando una pareja de jóvenes terminó de pasar por su línea de visión, Ethant comprobó alarmado que Amadheus ya no estaba en el mismo lugar. Llevó la vista inmediatamente hacia arriba, buscándolo urgentemente… Y vio como se perdía por uno de los pasillos superiores a toda velocidad. El joven jinete sabía muy bien adónde había ido…
-Cyntia… Lo siento…- le dijo, sin apenas mirarla, a sus decepcionados ojos, que no comprendían…
La joven iba a decir algo cuando Ethant salió a toda prisa hacia una de las grandes puertas laterales, la situada a la izquierda.
Al cruzarla, notó el efecto de salir de aquel ambiente musical y festivo que se había creado en el salón. Aunque no podía dejar de pensar en Cyntia y en la manera en que lo había mirado…
El pasillo estaba desierto en aquellos instantes… pero Ethant comprobó que un guardia estaba situado al otro extremo, mirando hacia lo que había más allá del recodo, al pasillo que se abría hacia la derecha. No tenía tiempo para excesivas precauciones… Los grandes ventanales estaban abiertos de par en par y daban a los jardines de la casa del duque. Ethant apoyó un pie en el alféizar y se asomó al exterior.
-¡Hildergart!- Llamó llevándose una mano al lado de la boca para intensificar el sonido.
Como estaba seguro, no tuvo que esperar mucho para escuchar los cascos de su fiel corcel aproximándose hacia donde se encontraba.
Hildergart apareció dando cabezadas afectuosas hacia su amigo.
-Muy bien, Hildergart…- Le decía al tiempo que le acariciaba efusivamente la larga crin negra.
Entonces Ethant recuperó su espada y se la colocó a un lado de la cintura.
-Nos veremos luego…- Le dijo, sin estar muy seguro de si esto sería realmente posible…

En el piso superior, Amadheus atravesaba los pasillos corriendo. Los guardias, al verle pasar, se extrañaban, y algunos hacían amago de preguntar qué ocurría a su superior.
-¡Si veis pasar a un tío con una espada, no le detengáis! ¡Repito, no le detengáis!- Ordenaba sin dejar de correr asegurándose de que todos le escuchaban.
Los guardias se miraban entre sí sin comprender.
Amadheus llegó a la puerta de su alcoba y se dispuso a girar el pomo de oro cuando una voz le interrumpió.
-Señor. ¿Ocurre algo?- Le preguntaba un hombre ataviado con ropa semejante a la de los guardias pero más recargada, de algo más de treinta años; tenía la cara redonda y los ojos claros. Era el siguiente al mando por debajo de Amadheus.
Amadheus pensó rápidamente y se giró hacia su segundo. Se acercó a él buscando algo en uno de sus bolsillos.
-Si dentro de media hora no he bajado de la azotea, ven con todos los guardias y mata al que encontrarás arriba- le dijo muy serio entregándole un pequeño reloj de arena.
El hombre se quedó mirando el reloj.
-Pero, señor…- Intentó decir.
-Es una orden- Dijo Amadheus, tajante.
El jefe de la guardia se cuadró de inmediato y se dirigió a informar al resto de sus hombres. Cuando se hubo perdido de vista, Amadheus entró en su alcoba.
Al pasar y cerrar la puerta tras de sí, una mujer de larga y ondulada melena oscura se irguió sobresaltada en la cama; las sábanas enredadas apenas cubrían su cuerpo desnudo de piel caoba.
-Ya has vuelto… ¿Se ha acabado el baile?- Preguntaba con voz insinuante entornando los ojos.
Amadheus miraba atentamente a su alrededor…
-Cállate- dijo, intentando ignorarla, mientras seguía buscando con la mirada.
Entonces se dirigió a un rincón de la estancia; apartó un vestido de mujer, colocado de cualquier manera, y encontró lo que buscaba: su espada. Lanzó el vestido a la cama.
-Cuando vuelva, espero que te hayas ido- le dijo a la mujer sin mirarla, con un deje de desprecio, mientras se encaminaba hacia la puerta, seguido con la mirada por aquella…
Amadheus salió al pasillo y, tras mirar hacia la dirección del pasillo por la que había venido, se encaminó por la otra, rumbo a la azotea.

Ethant entró de nuevo en el gran salón. La gente seguía bailando, ajena a todo lo que ocurría fuera de aquella enorme estancia. Ethant pensó que le vendría bien todo aquel ruido para pasar desapercibido…
Cuando se dirigía hacia las escaleras que conducían al primer piso, en el otro extremo de la sala, Cyntia se percató de su presencia. Pensaba que se habría marchado… Ethant comenzó a subir los escalones, intentando ocultar en lo posible su espada mientras controlaba a los guardias con la vista… Cyntia lo seguía con la mirada mientras el joven iba ascendiendo hacia el piso superior…
Ethant llegó al final de las escaleras; el guardia que quedaba detrás parecía distraído… A su derecha se extendía un largo pasillo; Amadheus había ido por allí… Lanzó un último vistazo al guardia, que miraba hacia la zona de baile, y aceleró el paso, saliendo de la gran estancia y dejando la gente, la música y el ruido atrás… y a Cyntia, que probablemente se habría vuelto a su casa, muy enfadada… Esta no le había quitado la vista de encima hasta que desapareció, quizá para siempre…
Pero la chica no estaba dispuesta a que todo quedara así. Su mirada se volvió decidida, borrando cualquier rastro de la tristeza que la había envuelto tan solo hacía unos instantes, se quitó los finos guantes, lanzándolos a un lado al suelo, y se soltó el pelo… Fue tras Ethant.

El joven jinete atravesaba el largo pasillo. Le extrañaba no encontrar ningún guardia; hasta que giró un recodo y vio a uno, que apareció repentinamente a escasos metros de distancia… Ethant se llevó la mano a la empuñadura de su espada. No quería herir a nadie, pero tampoco estaba dispuesto a permitir que nadie se interpusiera en su camino… Pero, por algún motivo, el guardia se lo quedó mirando, muy tenso y apretando los labios, con los ojos furiosos y asustados; parecía debatirse para no coger su arma, un sable colocado a un lado de la cintura… Ethant pasó lentamente a su lado, vigilándole, con la mano abierta cerca de la empuñadura de su arma… Ambos se controlaban con la mirada mientras Ethant avanzaba… Cuando ya varios metros los separaban, el jinete miró una última vez al guardia, que no podía ocultar su rabia y frustración, y siguió adelante atravesando el pasillo.
Al girar un nuevo recodo, vio que el camino terminaba un poco más adelante. Dio unos cuantos pasos y, a la izquierda, encontró una nueva escalera de anchos escalones que subían hasta llegar a una puerta solitaria en lo alto. Estaba seguro de quién se encontraba al otro lado de la puerta…
Ascendió los últimos escalones. Ahora se encontraba ante la puerta. La abrió.
Una brisa fría le dio en el rostro, agitando su cabello. Traspasó el umbral y se encontró bajo el manto de la noche, bajo un cielo estrellado iluminado por la luna creciente. Allí arriba no llegaba el ruido del gran salón. Entonces distinguió una figura unos metros a su izquierda, de espaldas.
-La verdad es que creía que habías muerto- dijo la figura, oculta en las sombras.
Amadheus se dio la vuelta y sonrió burlonamente.
Ethant dio unos pasos y se encaró a él, manteniendo la distancia…
-Tu cabello…- Comenzó a decir el joven.
Amadheus intensificó su sonrisa.
-Te has dado cuenta, ¿eh? Para pasar mínimamente desapercibido, tenía que cambiármelo de color… y pensé en ponérmelo del mismo color que ella…- Amadheus se detuvo y observó la reacción de Ethant.
Este guardó silencio; aunque comenzaba a aumentar su furia…
-La verdad es que era preciosa, ¿verdad?- Prosiguió Amadheus- Si no hubiera tenido que seguir órdenes… y tú no hubieses estado allí… te aseguro que la habría hecho durar mucho más… ju, ju, ju…- Hablaba sin perder de vista al joven, que iba frunciendo el ceño y apretando los dientes, hasta mostrarlos, a medida que la rabia crecía más y más en su interior…
Entonces, ante la sorpresa de Amadheus, Ethant pareció recuperar parte de su serenidad.
-Por eso estoy aquí… Yo la vengaré en su nombre- sentenció, desenvainando su espada y colocándose en guardia.
Amadheus parpadeó varias veces. Entonces recuperó la compostura levemente perdida y volvió a sonreír con malicia.
-Ju, ju, ju… ¿De qué me hablas? ¿Que la vengarás? Lo último que vio era que tú estabas allí conmigo… ¿Crees que ella querría que tú la vengarás? ¡¿Y quién se encargará luego de ti?!- Gritó repentinamente enfurecido.
Estas últimas palabras hicieron reaccionar al joven jinete.
-¡Huaaaaaa!- Bramaba Ethant dirigiéndose a toda velocidad, con la espada en alto, hacia Amadheus, que aún no había desenvainado la suya… Y parecía muy confiado…
Entonces Ethant, con una velocidad que su adversario no se esperaba, lanzó un tajo descendente que este evitó por poco, algunos cabellos del cual fueron segados ante su estupefacción… Cuando Ethant volvió a atacar, esta vez más horizontalmente, Amadheus desenvainó apresuradamente su larga espada de hoja estrecha y detuvo justo a tiempo el duro impacto de la hoja del joven…
Algunas hojas de sudor resbalaban por el rostro de Amadheus, aún conteniendo el ataque, mientras Ethant lo miraba fijamente a los ojos, con una mirada intensa y decidida, sin dejar de ejercer presión, con la tranquilidad del que se sabe superior…
-¡¿Qué haces?!- Exclamó una voz femenina que Ethant reconoció de inmediato.
Ambos contendientes dirigieron momentáneamente la vista hacia la recién llegada, que se encontraba delante de la puerta, por la que llegaba luz del pasillo, y saltaron hacia atrás sin abandonar la guardia.
-¡¿Qué haces aquí?!- Le gritó Ethant.
La joven frunció el ceño.
-¡A mí no me hables así! ¡He venido a buscarte!- Dijo, ofendida.
Amadheus miraba a uno y a otro alternativamente. La sonrisa maliciosa volvió a su socarrona expresión.
-Vaya, vaya… Muy bien… No está nada mal la chica…- Le decía Amadheus a Ethant. Aquel pensó durante unos segundos y continuó- Os diré lo que vamos a hacer: diré que tú mataste a la chica… y por eso yo te tuve que matar a ti…- Mientras escuchaban estas palabras Ethant se enfurecía por momentos y Cyntia comenzaba a estremecerse…
-Sí que eres el forajido del cartel… No es que solo te parezcas…- Se dio cuenta la joven.
Ethant la miró, aterrado. No debía haber dicho aquello en presencia de Amadheus…
Amadheus inclinó levemente la cabeza al tiempo que cerraba los ojos y sonreía fingiendo resignación.
-Tranquila… Tú y yo antes nos tenemos que divertir… Ju, ju, ju…- Reía con expresión lasciva a la vez que la chica se horrorizaba…
Ethant no pudo aguantar más. Apretó las manos alrededor de la empuñadura de su espada y se lanzó de nuevo al ataque.
Volvió a atacar verticalmente… pero esta vez Amadheus detuvo el arma de Ethant sin problemas; inmediatamente este volvió a atacar horizontalmente… y su contrincante lo volvió a detener sin aparente esfuerzo…
Ethant estaba muy alterado sabiendo que Cyntia estaba en peligro… Y Amadheus era consciente de ello… Los ataques del joven no tenían la potencia de antes…
Entonces Amadheus le atacó oblicuamente… Ethant, a duras penas, lo detuvo… pero Amadheus, con un rápido movimiento, envolvió la espada de Ethant con la suya y lo desarmó, volando el arma al suelo, a los pies de Cyntia…
Ahora el sorprendido Ethant estaba a merced del crecido Amadheus.
-¿Sabes?- Comenzó a decir este- El jefe creía firmemente que tú eras diferente… que tenías algo especial… Yo siempre tuve mis dudas al respecto… Pero veo que no me equivocaba, ju, ju, ju…- Reía, satisfecho…
La mención de Jezabelt obró un cambio en el interior de Ethant. Su mirada cambió y se intensificó. Ahora solo importaba destruir a su adversario. Mientras tanto, Cyntia se agachó y recogió la espada del joven, quedándose durante unos instantes mirando la empuñadura… hasta que tuvo que levantar la vista.
Amadheus, triunfal, elevó su arma dispuesto a terminar el duelo de una vez por todas… Con todas sus fuerzas, atacó oblicuamente a Ethant, que permanecía de pie ante él, inmóvil, ocultos los ojos tras el cabello… Amadheus daba por hecho que se había rendido…
Entonces Ethant se desplazó a una velocidad increíble hacia delante y detuvo con su antebrazo, bloqueándole el brazo que portaba la espada, el ataque de Amadheus. El impacto había sido terrible. Amadheus retrocedió, con el brazo dolorido, sin comprender qué había pasado… Y se encontró con la mirada fulminante de Ethant.
-¡Ten!- Le dijo Cyntia al joven, que se giró, y aquella le lanzó su espada por la empuñadura, atrapándola Ethant al vuelo.
Amadheus no estaba dispuesto a perder ante él.
-¡Aaaaaaaah!- Rugió sosteniendo la espada con fuerza nuevamente y dispuesto a atacar por última vez…
Pero Ethant giró sobre sí mismo, llevando la espada a la diestra… Amadheus cargaba… pero notaba como si un tornado se generara ante él… Súbitamente, Ethant aumentó la velocidad, de forma casi inhumana, y lanzó un preciso tajo horizontal a la altura de la mitad del tronco de Amadheus. Este detuvo el ataque, quedándose muy quieto, con los ojos muy abiertos y la boca entornada… Un chorro de sangre manó de la amplia herida y de su boca… Intentó sostenerse en pie, clavando la espada en el suelo… pero esta se le cayó de las manos mientras caía hacia atrás…
Ethant sacudió su espada y la envainó. Sabía que tenía poco tiempo. Se dirigió de inmediato hacia Amadheus, que se retorcía en el suelo… Se inclinó y le agarró por las solapas.
-¡¿Dónde está?!- Exigió saber.
Amadheus le dirigió la mirada lentamente, sangrando abundantemente por la boca y, al verle la expresión, sonrió de forma burlona.
-Je, je, je… Con él sí que no podrás… Je, je… ¡Uugh!- En un último estertor, abrió mucho los ojos antes de cerrarlos… y expirar.
Ethant apretó los dientes, maldiciendo. Entonces se escucharon pasos corriendo aproximarse desde abajo. Eran los guardias. Ethant se incorporó de inmediato y se encaminó al borde de la azotea.
-¡Espera!- Le dijo Cyntia, pasando corriendo al lado del cuerpo sin vida de Amadheus.
Ethant se detuvo. No sabía si sería capaz de mirarla a la cara…
-Lo sé, lo sé… Gracias- dijo sin girarse.
-¡No es eso!- Protestó la joven- No… No te vayas… por favor- Consiguió decir.
Ethant se sintió desarmado. Se giró y se acercó a la joven.
-Tengo que irme…- Intentó decir…
-¡¿Por qué?!- La chica no se resignaba…
Ethant la miró a los ojos, que brillaban, humedecidos, a la luz de la luna…
-Yo soy como él…- Dijo, apartando levemente la mirada.
Ella negó, rotunda.
-¡No! ¡Tú no eres así!- La joven no pudo contener las lágrimas…
Entonces Ethant, como impulsado por una fuerza desconocida, la besó. Sentía sus suaves labios y estrechaba el cuerpo tembloroso de la joven contra el suyo. Para los dos, el tiempo se había detenido… No existía nada más a su alrededor…
Al separar los labios, se miraron durante un largo instante, mientras Ethant cogía las manos de la joven… Y entonces los pasos y gritos de los guardias llegaron por la puerta… Estaban a punto de irrumpir en la azotea. Ethant, sin dejar de mirarla a los ojos, comenzó a dar pasos hacia atrás, mientras la mano de Cyntia se deslizaba bajo la suya, hasta separarse finalmente… Ethant se asomó al borde: allá abajo había un carruaje lleno de paja. Se giró una última vez, siendo su mirada correspondida por la de la joven, que no podía contener las lágrimas que surcaban sus blancas mejillas… Cuando aparecieron los guardias, encabezados por el segundo de Amadheus, Cyntia desvió la mirada un momento… y cuando se giró, Ethant ya no estaba…
-¿Qué es lo que ocurre aquí?- Los guardias se apartaron dejando paso a un hombre de casi cincuenta años, ojos castaño oscuro, pelo largo y negro, con canas, al igual que el bigote y la barba de forma puntiaguda; vestía con ropas elegantes, semejantes a una armadura completa, y una ostentosa capa.
Era el duque Vohn Casel. Miró hacia el cuerpo de Amadheus. Levantó la vista hacia el jefe de la guardia e hizo un gesto con la cabeza para que se lo llevaran de allí, sin cambiar su expresión de indiferencia. Cyntia contempló la escena.
-¿Tú eres Cyntia? ¡Claro que sí! ¿Qué haces aquí?- Cyntia veía como aquel hombre se acercaba sonriendo afablemente mientras sus hombres se llevaban a Amadheus dejando un visible rastro de sangre…- ¿Has venido con tu prometido? Me parece un joven muy adecuado para ti… Sí, conozco a su familia y sé que serás muy feliz- decía sin dejar de sonreír.
Cyntia no sabía qué decir.
-He venido sola- dijo finalmente.
-Oh, vaya… Bueno, te acompaño al salón- decía mientras levantaba una mano con la palma hacia arriba en dirección a la puerta y comenzaba a caminar- Bueno, pues como te decía, me alegra que te cases, ya que, y perdona mi atrevimiento, ya tienes veintisiete años y…- Pero Cyntia no le escuchaba.
Mientras caminaba hacia la puerta, se giró una última vez para ver el lugar donde había desaparecido Ethant…
El joven jinete estaba cubierto de paja hasta arriba. Entonces oyó unos cascos de caballo acercándose a su izquierda.
-¡Vámonos Hildergart!- Dijo saliendo del carro y sacudiéndose al mismo tiempo.
Ethant subió a lomos de su corcel y se dirigieron de inmediato a la salida antes de que se diera la voz de alarma.

La ciudad de Vaisora, iluminada, quedaba a su espalda en la noche despejada y estrellada. Ethant miró hacia allí una última vez. Por un instante, pensó que… si las cosas hubiesen sido diferentes… Pero desechó aquella idea de inmediato e instó a Hildergart para continuar el viaje, sintiendo que algo de él, dolorosamente, se quedaba atrás…

sábado, 7 de julio de 2012

El Jinete Olvidado - Capítulo 5

El Jinete Olvidado

Cyntia.


Tras varios días de viaje, Ethant, a lomos de su fiel corcel, Hildergart, desde lo alto de un barranco, podía divisar la ciudad de Vaisora, la capital de Alenia. Aún en la distancia, podía apreciarse perfectamente la grandeza y majestuosidad de la urbe. No estaba a más de dos horas de camino. Primero habrían de descender de la montaña en la que se encontraban y luego encontrar el camino principal que llevara a la ciudad.
El día era soleado, sin apenas nubes, con un aire fresco que llegaba a ser frío en contadas ocasiones. Al bajar de la montaña por un camino pedregoso, encontraron de inmediato el camino principal, más acondicionado, que se abría paso entre el gran bosque que rodeaba la mayor parte de la ciudad.
Se cruzaron con varios carros que transportaban diferentes cantidades de sacos, barriles y otras cargas. Nadie parecía fijarse en el jinete que se aproximaba a la ciudad.
Vaisora estaba rodeada por altos muros de piedra, con torres de vigilancia en sus vértices, y por los cuales se podía ver circular soldados reales. En el centro de la inmensa ciudad, estaba ubicado el castillo del rey de Alenia.
Las calles eran bulliciosas y la gente iba de arriba abajo; los niños jugaban aquí y allá y se podían ver animales de todo tipo. El ambiente que se respiraba era, en general, muy agradable. La ciudad estaba viva, alegre… por lo menos así era en sus calles principales.
Cuando Ethant, que avanzaba ahora más despacio, montado sobre Hildergart, pasó al lado del muro de una taberna; vio algo que le llamó la atención… Había cuatro carteles ofreciendo una recompensa por cuatro forajidos: los tres primeros eran Jezabelt, Amadheus y Athlas; y, aunque las cifras eran descendentes siguiendo este orden, las cantidades que se ofrecían eran desmesuradas. Se les buscaban vivos o muertos. Y más apartado de los demás, un cuarto cartel, con una cifra bastante menor como recompensa, aunque considerable, aparecía desgarrado e incompleto, de forma que prácticamente no se distinguía el rostro ni el nombre del forajido buscado… Ethant sabía perfectamente quién era el cuarto forajido… y, durante unos instantes, como en tantas otras ocasiones, se odio a sí mismo por ello…
El joven y su corcel llevaban avanzando durante un rato, y ya habían salido de la abarrotada calle principal, que se dirigía directamente al castillo del rey, y ahora seguían por una calle adyacente, menos transitada y de ambiente no tan animado…
Entonces, comenzó a escuchar voces de una chica provenientes de más adelante. Ethant no veía a nadie, así que dedujo que provenía de una de las calles estrechas transversales… Desmontó de Hildergart y se dirigió a toda prisa a la callejuela situada a la izquierda de la que oía venir las voces que continuaban y cada vez oía con más claridad…
-¡Dejadme en paz! ¡Alejaos de mí!- Les exhortaba una joven de larga melena rubia, ataviada con un vestido rosa, muy escotado, que le llegaba a las rodillas, a la que Ethant pudo ver claramente al doblar la esquina.
Acosándola, había dos individuos desarrapados, que probablemente tenían menos edad de la que aparentaban, y que se iban inclinando lentamente hacia ella…
-¡No me toquéis! ¡Me dais asco!- La voz de la joven sonaba más amenazadora que asustada…
-¡Vamos, cállate! ¡Si es lo que quieres…!- Decía el que estaba más cerca, un tipo con una pequeña cola en el desaliñado pelo.
-¡Sí…! ¡Si te vistes así será por algo…!- Dijo el otro, más bajo y gordo y de aspecto igualmente descuidado.
La joven cada vez estaba más asustada, sin dejar de mirarlos con sus ojos desafiantes, y ya tocaba con la espalda en la pared… Estaba atrapada…
Entonces, cuando el primero de aquellos desagradables tipos estaba a punto de tocar a la joven a la altura del pecho, en la piel tersa y temblorosa, con los ojos desorbitados, una fuerte mano lo agarró por la muñeca. El tipo se giró y se encontró a Ethant ante él.
-¡Eh, tú! ¡¿Qué haces?! ¡Suéltame! ¡¿Es que no ves que esta tía me está provocando?! ¡Lo que quiere es que la…!- No pudo seguir al recibir un brutal puñetazo en la cara que casi le gira la cabeza.
El tipo inconsciente se quedó “colgando” del brazo que aún mantenía sujeto Ethant. El otro tipo tenía los ojos como platos mientras contemplaba aterrorizado la expresión de dolor, con la boca totalmente abierta y los ojos en blanco, de su compinche… Entonces llevó la vista a los ojos de Ethant que lo estaban fulminando con la mirada… Salió corriendo atolondradamente y se perdió callejón abajo. Ethant soltó al tipo a un lado cayendo este al suelo como un peso muerto.
Mientras Ethant lo miraba de soslayo, con desprecio en la mirada, la joven, que había contemplado toda la escena sin perder un detalle, miraba al joven con sus ojos verdes claro con una mezcla de temor y admiración.
Entonces Ethant se dio la vuelta y comenzó a caminar. Al cabo de unos pasos se detuvo.
-¿Estás bien?- Preguntó a la chica sin girarse.
Al ver que no le contestaba, giró levemente la cabeza para mirarla casi de reojo; la joven, con la misma expresión, asintió levemente, aún contra la pared. Ethant volvió a mirar hacia delante y siguió caminando.
Entonces la joven reaccionó.
-¡E… Espera!- Consiguió decir, sin saber muy bien cómo continuar…
Ethant se volvió a detener.
-Gracias…- Le dijo la joven.
Ethant no dijo nada y siguió adelante.
Entonces la chica frunció el ceño y se dirigió decidida a cortarle el paso…
-¡Eh! ¡Te he dicho gracias! ¡Por lo menos deberías mirarme a la cara! ¡Eres muy amable pero muy maleducado…!- Le espetó al joven que no creía lo que estaba pasando…
-Si no te importa… Tengo que irme…- Ethant trataba de evadir la mirada de reproche de aquella joven que tenía inclinada ante él en jarras.
-¡Ni siquiera me has dicho cómo te llamas! ¡Ni me has preguntado mi nombre!- Continuaba aquella chica ante el atónito Ethant…
Entonces el joven no pudo evitar fijarse en ella. Era muy guapa y aquel vestido no dejaba mucho a la imaginación… Su cabello rubio claro le caía por el rostro de piel clara y sus ojos brillaban con fuerza y viveza. Observó que, casi ocultas por el mar de pelo sedoso, llevaba unas pocas finas trenzas que le caían por delante de los hombros.
-Lo siento… No puedo decirte mi nombre- le dijo Ethant, esperando que lo comprendiese y le dejara irse…
Aquello no pareció convencer del todo a la muchacha.
-Vale… vale…- Aceptaba de mala gana- Pero, a cambio, debes aceptar lo que te voy a proponer…- Ethant vio un destello de sana malicia en los ojos de aquella joven que cada vez más le fascinaban…
Ethant no dijo nada, esperando la propuesta; si esa era la manera de poder marcharse…
-Esta noche hay un baile. Está organizado por el duque Vohn Casel; es muy amigo del rey y al baile irán muchos personajes distinguidos de Vaisora. Quiero que tú seas mi acompañante- terminó resuelta.
Ethant se quedó perplejo.
-Oye… Lo siento mucho, en serio… Pero no creo que sea buena idea…- Ethant intentaba que lo entendiera…
Pero aquella joven no estaba dispuesta a aceptar una negativa por respuesta…
-¡¿Qué dices?! ¡Una chica te invita a un baile por el que muchos matarían por asistir, ¿y tú dices que no?!
-Lo siento...- Dijo finalmente Ethant pasando a su lado sin dirigirle la mirada.
La joven bajó los brazos, decepcionada…
-Me recuerdas al lugarteniente del duque… aunque, pensándolo mejor, en realidad no te pareces en nada…- La joven no sabía exactamente porqué decía esto.
Ethant se paró en seco.
-¿El lugarteniente del duque?- Ethant tuvo un presentimiento.
La chica vio que, de algún modo, había captado su atención…
-Sí… Llegó aquí hace dos años. Nadie sabe cómo se llama… y siempre va con su espada… Aunque a lo mejor se lo ha dicho a alguna de sus muchas “amigas”…- Decía, intentando, presurosa, recordar más información…
Ethant se dirigió hacia la joven y le puso las manos sobre los hombros. Al mirarla, la chica se estremeció ligeramente y, aunque Ethant no llegó a percibirlo, se ruborizó.
-¿Cómo es?- Preguntó de forma precisa.
La chica intentó recuperar la compostura y desvió la mirada, intentando recordar. Entonces se acordó de algo.
-Yo y mis amigas lo llamamos “el forajido”- Ethant abrió mucho los ojos mientras la chica seguía hablando- Porque su aspecto recuerda al de un forajido muy buscado. Pero no puede ser él, claro… Además, tienen el pelo de distinto color…- Cuando la chica parecía a punto de llegar a alguna conclusión con sus comentarios, se vio interrumpida por el joven, que la apretó ligeramente los hombros.
-Iré… Iré contigo a ese baile-Dijo, decidido.
A la chica se le iluminó la mirada y una sonrisa se dibujó en su rostro.
-¡Estupendo! ¡Y ahora… vamos de compras!- Dijo “liberándose” de las manos del joven y caminando decidida hacia la salida del callejón en el que se encontraban.
Ethant repetía en voz baja, incrédulo, mirando hacia un punto perdido, las últimas palabras de la chica… Entonces se giró al ver que la joven se había detenido.
-Me llamo Cyntia- le dijo con una amplia y cálida sonrisa cerrando suavemente los ojos.

Caminaban por una de las calles del mercado de la ciudad. Numerosos puestos estaban dispuestos en fila a ambos lados de la calle, en los cuales podían comprarse las más diversas cosas. Cyntia miraba de un lado a otro sin perder detalle de lo que se ofrecía en cada puesto…
-Mmm… aquí hay muchas cosas pero no veo nada que nos sirva…- Dijo pensativa.
Ethant se veía a sí mismo caminando con ella por un lugar así y cada vez se sentía más desconcertado…
En un momento determinado, mientras seguían caminando, Cyntia se agarró al brazo de Ethant ante la sorpresa de este. Cyntia iba sonriendo apoyándose cada vez más en el joven, que miraba a un lado y a otro sin saber qué hacer…
Una pareja de ancianos pasó al lado de ambos y aquellos les observaron con expresión afable; la señora sonrío y dirigió la mirada a Ethant antes de pasar de largo.
-“¡Pero bueno! ¡¿Por qué nos miran así?!”- Se preguntaba el joven sin comprender…
-Oye…- Le comenzó a decir Cyntia- ¿Te has fijado que todo el tiempo nos está siguiendo un caballo más atrás?- Dijo girándose hacia Hildergart, que avanzaba entre la gente, provocando que muchos de los viandantes se lo quedaran mirando, sin perder de vista a su amigo y a la joven que iba con él.
Ethant se giró y lo vio.
-Va conmigo. Se llama Hildergart- dijo.
La joven miraba a Ethant con los ojos muy abiertos, sorprendida.
-¡Pero si no está atado! ¡¿Cómo es posible que te siga y no se vaya por ahí… a vivir su vida?!- Preguntaba la chica pareciéndole algo muy razonable…
-Hildergart es mi amigo… y es libre de ir a donde quiera…- Le intentaba explicar Ethant.
La joven no se lo acababa de explicar y se detuvo en seco, haciendo que Ethant también se detuviera, esperando a que Hildergart los alcanzase.
El magnífico corcel se abría paso entre la gente despertando admiración y curiosidad entre los que se encontraban más cerca; y los que se percataban de su presencia, en general. Llegó a la altura de ambos jóvenes y se detuvo. Cyntia lo miraba maravillada y lo acarició con sus delicadas manos en la cabeza y la frente. Hildergart respondía, encantado, con leves movimientos de cabeza, y uno de ellos fue tan efusivo que desplazó a la chica unos centímetros.
-¡Ey, ja, ja, ja!- Exclamó la joven, divertida.
Emprendieron la marcha seguidos de más de cerca por el noble corcel.
Después de recorrer una gran parte de los puestos del mercado salieron a una amplia calle en la que solo había tiendas, tiendas de todo tipo. Cyntia seguía cogida del brazo de un “paciente” Ethant…
-¡Ah! ¡Allí!- Exclamó la chica después de mirar a su alrededor y fijar su vista en una tienda que quedaba más adelante a la derecha.
Ethant se fijó en el cartel; se trataba de una tienda de ropa para hombre.
Entraron. Cyntia soltó al fin el brazo del joven y se perdió entre las telas y prendas de vestir que inundaban el local. Una mujer joven se acercó sonriente a Ethant.
-Buenos días. ¿Desea algo?- Le preguntó la mujer, muy atractiva, con el pelo negro, liso y en media melena, y los ojos color avellana; vestía camisa, pantalones largos y zapatos cómodos de tacón.
-Eeeh… Yoo…- Balbuceaba Ethant sin saber qué contestar…
Entonces apareció Cyntia con varias prendas sobre las manos.
-¡Mira, pruébatelo!- Le dijo emocionada.
-Muy bien, veo que pueden arreglárselas. Si necesitan algo, no duden en llamarme- decía sonriente la mujer que regresaba al mostrador.
Cyntia asentía sonriendo agradecida sin apenas poder contener las ganas que tenía de que Ethant se probara lo que le llevaba. Entonces le tendió el montón de ropa al joven que casi lo atrapó al vuelo. Ethant bajó la vista y observó lo que la chica le había buscado: unas mallas azul celeste, una camisa emperifollada del mismo color y un sombrerito de tela semejante a una boina, con rabito, a juego con lo demás. Ethant abrió la boca, con los ojos muy abiertos, horrorizado…
-No pienso ponerme esto…- dijo, sin apenas cambiar la expresión y temblando ligeramente…
Cyntia no pareció decepcionarse pero se extrañó al revisar la ropa.
-Mmm… Vale. Creo que no era lo más adecuado. ¡Ahora vengo!- Dijo antes de arrebatarle las espantosas prendas celestes y perderse de nuevo en las profundidades de aquel lugar misterioso e indómito a los ojos de Ethant…
Cyntia volvió de nuevo cargada con ropa.
-Ve al probador y ponte esto- le dijo, al tiempo que casi le golpeaba al pasársela, con una sonrisa y mirada de satisfacción, muy segura de su elección...
Ethant recelaba mirando la ropa que tenía en las manos, y se preguntaba cómo había llegado a aquella situación mientras se dirigía al probador…
Al cabo de un rato, salió ataviado con una túnica de un verde no muy oscuro, chaleco gris con solapas, cinturón negro de hebilla, pantalones negros y botas no muy altas marrón oscuro.
-¡Fantástico! ¡Eso es!- Exclamaba Cyntia entusiasmada mientras le iba recolocando la ropa a su gusto…
Incluso a Ethant le agradaba aquella indumentaria; se sentía extraño sin el peso de la armadura…
Se dirigieron al mostrador y la mujer sonrió al ver a Ethant de arriba abajo y viceversa.
-¿Se lo llevará puesto?- Preguntó.
-Sí- contestó Cyntia.
La joven pagó y ambos salieron a la calle. Ethant guardó su ropa y armadura en los fardos que portaba Hildergart, al lado de la espada.
-Oye…- Le comenzó a decir Cyntia a Ethant.
-¿Mm?- La miró el joven.
-¿Tienes hambre?
Al cabo de un rato estaban sentados en la mesa de una terraza. Alrededor, la mayoría de las mesas estaban ocupadas.
-¿Te gusta? Lo llaman “crema fría”. Curioso, ¿verdad?- Le decía Cyntia mientras se llevaba una cucharada de aquella crema, color amarillo claro, a la boca.
Ethant asentía mientras degustaba la suya, color verde, saboreándola y sin dar crédito a lo fría que estaba. Entonces se dio cuenta de que llevaba varias horas sin pensar en todo aquello que había ocupado sus pensamientos, acompañándolo, durante los últimos tiempos. Tenía que reconocer que el tiempo que pasaba con Cyntia era muy agradable y algo a lo que no estaba acostumbrado… Ethant miró a Cyntia y esta le dedicó una de sus radiantes sonrisas. El joven se la devolvió a su manera. No tenía ni idea de que en la vida pudiera haber algo así…
Cuando terminaron su “crema fría” se separaron durante unas horas y quedaron en verse en el salón principal de la casa del duque. Cyntia había insistido en que podía quedarse en una de las habitaciones de invitados de su casa, pero Ethant no aceptó. La idea le producía un temor que no podía explicar…

Cuando comenzaba a anochecer, Ethant llegó a lomos de Hildergart ante la casa del duque. En realidad se trataba de un pequeño palacio, con guardia personal.
Ethant se despidió de Hildergart. Se dirigió a la puerta de entrada, custodiada por dos guardias armados con ornamentadas alabardas. Se detuvo ante ellos, pero estos se apartaron dejándole pasar. Por lo visto tenían su descripción; eso quería decir que Cyntia ya estaría dentro…
Atravesó un amplio vestíbulo que llevaba directamente al gran salón. Numerosas parejas de todas las edades y debidamente engalanadas iban llegando y dirigiéndose inexorablemente al lugar donde tendría lugar el baile.
Cuando Ethant cruzó el umbral, se encontró ante una sala enorme, llena de cuadros y objetos de arte, en cuyo techo había una lámpara inmensa. La sala estaba repleta de gente que hablaba y reía. Una amplia escalera cubierta por una alfombra rojiza subía hasta el piso superior, en donde se encontraban algunos de los guardias.
Ethant miraba a los alrededores. Y entonces la vio.
Cyntia llevaba un vestido de seda azul celeste, muy escotado, y zapatos blancos de tacón. Llevaba el dorado cabello recogido y portaba dos pendientes que brillaban; aunque no tanto como su rostro… Miraba hacia otro lado, distraída. Entonces se percató de la presencia de Ethant, que se la había quedado mirando, sin moverse, olvidándose de todo durante unos instantes…
-¡Hola!- Lo saludaba la joven con su mano enguantada en blanco hasta casi el codo.
Ethant respondió con un torpe agitar de una mano. La joven se acercó con paso veloz.
-¡Llegas justo a tiempo! ¡El baile va a comenzar!- Decía impaciente.
Ethant no sabía como resolvería aquello de “bailar”… Pero entonces algo reclamó su atención.
Lentamente se giró hacia la escalera… Con los pies en diferentes escalones, mirándolo con expresión incrédula, como si hubiera visto un fantasma, se encontraba un hombre vestido elegantemente… con el pelo largo y bien cuidado…  fino bigote y barba pequeña… El pelo era de diferente color, azul oscuro… pero era él…
Era Amadheus.