La Maldición del Espejo
Recuerdos indelebles (1ª parte).
15 años atrás.
Damasco, Siria.
Yo caminaba por las atestadas calles estrechas de aquella bulliciosa ciudad, bajo un sol inclemente, al lado de la alta figura de mi padre. Ambos íbamos vestidos de tal forma -con las ropas más elegantes que teníamos, teniendo en cuenta nuestra ajustada posición económica- que desentonaban totalmente con los viandantes, de paso ligero, atareados en su mayoría… Además de estar pasando bastante calor…
Tras cruzar una callejuela -igualmente abarrotada por vendedores ambulantes y transeúntes- llegamos a una nueva calle “ancha”; no tardamos en divisar a dos individuos como nosotros…
Nos detuvimos frente a un hombre que debía tener la misma edad que mi padre. Y su hijo, de la misma que yo mismo.
-Finalmente has venido, amigo mío- le estrechaba la mano aquel hombre de cabello corto y bigote blancos, con ojos profundos de color azul claro, tras unas gafas de montura fina con un cordel dorado; sus ropajes eran grisáceos y nuevos; más caros que los nuestros, seguramente…
Ambos hombres pasaron de darse la mano a un abrazo propio de dos antiguos camaradas. Al separarse, mi padre aún mantenía las manos en sus hombros.
-Me alegro mucho de verte, Elvin. Hace muchos años ya que hablábamos sobre la posibilidad de que llegara este día…- Dijo mi padre.
Aquello me intrigaba. Realmente no sabía muy bien para qué habíamos venido a Siria, más allá de visitar a mi abuelo, al que nunca he llegado a ver…
Mi padre era alto, de expresión afable, cabello oscuro y ojos del mismo color; llevaba una barba no demasiado larga y bien arreglada; sus ropas eran marrones y grises (como las mías). Él era de aquel lugar; aquella ciudad había sido donde se había criado y crecido. Y por ello también había insistido desde hacía tiempo en que realizáramos juntos aquel viaje: para conocer la tierra donde nació.
Al lado del padre de mi amigo, se encontraba su hijo, que me miraba y apartaba la vista alternativamente, sin darme tiempo a siquiera saludarle…
-Arthur, te presento a Elvin Clayton. Es amigo mío desde que tenía tu edad…
Aquel hombre me dirigió una sonrisa cordial y me ofreció su recia mano, que apretó fuerte la mía, aunque sin llegar a hacerme daño.
-Tu padre me ha hablado mucho de ti. Te aseguro que te pareces a tu madre- me dijo con un deje de tristeza que en aquel momento no percibí.
Aquella fue la única vez que se mencionó a mi madre. Más adelante, con el paso de los años, me di cuenta por qué…
Aún sentía la fuerza del apretón, que intentaba en vano devolverle… Entonces volvió a hablarme mi padre.
-Y él es su hijo, Hans. Tiene tu misma edad- dijo, refiriéndose al chaval, que parecía incómodo en aquella reunión…
Tenía el pelo tirando a corto, negro, con los ojos castaño claro, algo más bajo que yo, delgado y desgarbado; su gorra gris oscuro estaba más nueva que la mía…
De pronto, dio un paso adelante y me ofreció él su mano; su padre me soltó para que pudiera saludarle y nos estrechamos las manos, dirigiéndome una media sonrisa y mirándome casi de reojo. La verdad es que no sabía muy bien qué pensar de él…
-Bueno, lo primero que tenemos que hacer es acompañaros a buscar vuestras cosas. Supongo que tenéis dónde alojaros… Si no, tenéis nuestra casa a vuestra entera disposición- Nos ofreció el señor Clayton.
Mi padre sonrió, negando con la cabeza.
-No te preocupes, Elvin. Nos quedaremos en la casa de mi padre. Aquella donde yo viví y crecí hasta que tuve tu edad- esto último me lo dijo a mí, con orgullo y nostalgia en la voz y en la mirada…
El señor Clayton, que ya se esperaba la respuesta, no insistió.
-Vamos pues. ¿Habéis dejado vuestro equipaje en la estación?
Ahora fui yo el que asintió.
-Sí, en una taquilla- confirmé.
El señor Clayton me miró. A aquellas alturas de la reunión, su hijo, Hans, ya no me rehuía la mirada…
-Muy bien. Y después, nos tomaremos un delicioso té de hierbabuena en un sitio que conozco- anunció con entusiasmo, arrancando a andar hacia la estación de tren, seguido inmediatamente por Hans y -tras haber girado lo suficiente la cabeza sin mirarme directamente- mi padre.
En ese momento, tras echar un vistazo a mi alrededor -y cruzarme la mirada con una señora no demasiado mayor que pasaba cerca, cargada con una cesta llena de vegetales-, me uní al grupo que formábamos, prácticamente ya sin atraer ninguna mirada a nuestro paso…
Tras recoger nuestras cosas en la taquilla de la estación, paramos en una amplia tetería cerca de la misma. El té de hierbabuena -que era la primera vez que lo probaba- era en verdad una delicia; dulce y con un sabor tan agradable que repetí gustoso cuando el señor Clayton me ofreció echarme más (en el vasito de vidrio rojo) de la jarra ornamentada… Aunque insistió en invitarnos, mi padre solo aceptó pagar nuestra parte. Era muy orgulloso en ese aspecto… Al terminar, emprendimos camino hacia la casa de mi abuelo que, al parecer, quedaba a un buen trecho desde allí.
Ir andando hubiera sido un esfuerzo innecesario y bastante agotador, de modo que paramos a un porteador y nos subimos los cuatro al pequeño e incómodo carro tirado por dos mulas, atravesando las calles a duras penas; esta vez, fue tanta la insistencia del amigo de mi padre, que finalmente este aceptó que aquel se hiciera cargo del pago del trayecto…
Tardamos bastante más de lo que pensaba; pero es que circular por aquella ciudad era harto complicado… sobretodo cuando nos cruzábamos con otros porteadores y había que decidir quién pasaba primero…
Damasco era una ciudad increíble, llena de vida. Ruidosa y cubierta de colores y de olores: de los puestos de especias, de los de frutas y verduras recién recogidas, de esencias de lo más variado, de los tejidos cuidadosamente confeccionados que portaban luego las mujeres… Vi muchas, jóvenes y no tanto, bellísimas, en aquella ciudad… Los niños, sucios por el polvo, corrían y gritaban felices allá donde los vieses; aunque también es cierto que nosotros fuimos, en su mayor parte, por las calles principales…
Al fin, llegamos al principio de una calle tan estrecha que, obviamente, ni las mulas ni el carro hubiesen podido pasar por ahí… Bajamos junto con nuestras cosas y el señor Clayton pagó al porteador, que se fue muy contento, saludándonos efusivamente en su despedida.
Ante nosotros, un camino de tierra, con hierba seca por el centro, que bajaba durante un centenar de metros. Pasamos por algunas casas a nuestro lado. El camino comenzaba a abrirse y se podía contemplar el campo delante, más allá de la última casa del camino, un poco separada del resto, y que era precisamente hacia donde nos dirigíamos…
Nos encontrábamos en el portal de aquella casa más bien humilde, aunque bien cuidada. Habíamos pasado por una primera entrada -cuya puerta pintada de verde estaba abierta de par en par- y ahora estábamos en un patio más parecido a una selva que a otra cosa… Multitud de macetas con las más variadas plantas, nos rodeaban hasta casi quedar por encima de nuestras cabezas; el trinar de algunos pajarillos, que seguramente allí habían encontrado una especie de oasis, en medio del campo árido, no dejaba de repetirse, como si nos saludaran. El ambiente en aquel punto era fresco y agradable, en contraste con el itinerario que habíamos tenido que seguir, entre la multitud y el sol severo… Mientras atravesamos el par de metros que separaban la puerta del exterior de la otra entrada, el señor Clayton y mi padre habían hecho algunos comentarios sobre esta o aquella planta; Hans y yo nos habíamos mirado con cara de, en cambio, no tener ni idea…
Pero aquel sonido de conversación fue suficiente para que no fuese necesario llamar a la puerta. Esta se abrió y, al apartar la tela de colores apagados situada delante de la misma, apareció una joven de una belleza que me dejó paralizado…
-Hola- dijo tan solo, en su lengua natal, sonriéndonos a pesar de que era evidente que no nos conocía…
Mi padre, durante un segundo sorprendido, fue el primero en hablar a aquella hermosa joven que (¿me lo parecía a mi?) no podía evitar lanzarme breves miradas acompañadas de aquella sonrisa embriagadora…
-Hola, jovencita. ¿Se encuentra el maestro en casa?- Le preguntó en nuestra lengua.
Así es como se refería cariñosamente mi padre al suyo cuando hablaba de él: “el maestro”.
Sorprendentemente, la chica comenzó a hablar, sin demasiada dificultad, también en nuestra lengua…
-Sí. Usted debe de ser el señor Naoum. Mucho gusto. Mi nombre es Dalia- se presentó de forma ligeramente sumisa al comprender quién tenía delante…
Mi padre no tardó en hacerla ver, agitando rápidamente la mano, que no era necesaria aquella actitud…
-Dalia. ¿Quién es?- Preguntó una voz de anciano desde el interior.
¿Sería aquel mi abuelo? Aquel del que tantas veces -y tantas historias- había oído hablar a mi padre…
-Son visitantes. Creo que vienen a verle…- Dijo Dalia, alzando la voz y utilizando un tono elocuente, guiñándole un ojo a mi padre mientras lo decía.
Él sonrió al ver la viveza de aquella joven.
-Aaah. ¡Han venido! Dalia, hazles pasar…- Aquel hombre pareció revivir al entender lo que la chica quería decir…
Tras inclinarse levemente, indicándonos que pasásemos, el grupo que habíamos llegado accedimos al interior de aquella vivienda de paredes blancas, cubierta por algunas enredaderas, y decorada con platos artesanales en varios puntos de la fachada.
Tardamos un poco en acostumbrarnos a la menor luz del interior. La casa era más bien estrecha y estaba llena de objetos y cachivaches por todas partes, en todos los rincones, llenando estantes y repisas… Atravesamos la casa sin caminar demasiado hasta llegar a un patio de inesperadas dimensiones…
Más que un patio, aquello era un bosque, con limoneros y otros árboles frutales, impidiendo casi totalmente la llegada de los rayos solares hasta el suelo. Entre dos troncos medianos, sobre una especie de hamaca que más parecía para sentarse, mullida y con cojines de colores, había un hombre visiblemente anciano, aunque no por ello dejaba de irradiar vitalidad…
-Hola, padre- dijo mi progenitor, al plantarse ante aquel hombre que lo miraba tembloroso y con los ojos muy abiertos…
El anciano se levantó sin apenas dificultad y estrechó lentamente a su hijo, como si no se lo creyera aún… Le daba fuertes palmadas mientras se separaba para verle mejor.
-Hijo, me alegro de verte. Ya no sabría si vendrías alguna vez…
Me fijo mejor en mi abuelo: tez oscura, aunque no demasiado, pelo ya gris y largo, recogido en una cola de caballo, barba también muy larga, rala, aunque sin bigote; va vestido con una larga túnica blanca que lleva muy limpia, y un turbante sencillo que no tarda en quitarse, mostrando que aún es poseedor de abundante cabello. Va descalzo y anda con cierta dificultad. Dirige una mirada a su alrededor y nos ve.
-Dalia, trae sillas para todos. Y fruta. Y té.
Pero Dalia ya traía un par de sillas de las que había junto a la pared que daba al interior de la casa. A una mirada de nuestros respectivos padres -aunque innecesaria- Hans y yo nos lanzamos a ayudarla en lo que pudiéramos, teniendo en cuenta nuestro desconocimiento de donde se encontraban las cosas… Llevamos cada uno las sillas que faltaban y nos quedamos un instante sin saber qué hacer. Dalia pasó ante nosotros agradeciendo -con una leve reverencia y una encantadora sonrisa- nuestra ayuda, pero nos indicaba que no hacía falta que nos preocupásemos, que ya se encargaba ella del resto.
Así que decidimos sentarnos. Todos quedamos situados alrededor de mi abuelo. Entonces este se fijó en mí.
-Tú eres Arthur, ¿no?- Me dijo, señalándome.
La verdad es que me sentí un poco cohibido. No sabía cómo debía comportarme con él…
-Sí…- Solo fui capaz de decir, tímidamente a mi pesar…
Pero mi abuelo tampoco sabía muy bien cómo comportarse. Aquello me tranquilizó.
-Me alegro de conocerte, nieto- me dijo, alargándome una sincera y afectuosa mano, en actitud de quien trata con un hombre…
Mi abuelo ya me había ganado. Entonces llegó Dalia, con una bandeja que colocó sobre una mesa de mimbre situada al lado de la hamaca, la cual acercó con nuestra nueva intervención, de Hans y mía, que ella agradeció; sobre la bandeja plateada y ornamentada había un plato grande de cristal con frutas variadas y dátiles, una tetera y cinco vasitos de cristal de colores que poco a poco iba llenando.
Entonces me fijé en ella: no era muy alta, de complexión media, tenía el pelo largo y negro azabache, casi azul, recogido en una gruesa trenza que le llegaba más allá de la mitad de la espalda, ojos oscuros casi como su cabello; el color de su piel era el propio de una muchacha de aquella tierra; iba vestida con ropas ajustadas, de un color rosa vivo, camisa de manga larga y pantalones largos, con unas sandalias rojas; llevaba pendientes pequeños y una pulsera fina en uno de los tobillos. Me fijé que tenía un pequeño tatuaje en el hueco de la mano entre los dedos pulgar e índice. Creo que era plenamente consciente del “análisis” que le estaba haciendo; aunque no parecía importarle…
Entonces me di cuenta de que yo no era el único que la estaba observando: Hans estaba haciendo lo propio, aunque de forma bastante evidente. Demasiado, pensé… la seguía incluso con la cabeza… Como resultado ella acabó y se retiró en seguida.
Una vez estábamos todos sentados -a excepción de Dalia, que iba de aquí para allá, llevando a cabo sus quehaceres- nos pusimos a hablar tendida y tranquilamente. Bueno, más bien mi padre y el señor Clayton con mi abuelo, ya que Hans y yo nos limitábamos a escuchar. Al principio, la conversación había tratado sobre el largo viaje que habíamos hecho mi padre y yo, el reencuentro con el señor Clayton y su hijo, y recuerdos del pasado junto con una puesta al día en general. En un momento determinado, mi padre movió la cabeza en dirección a Dalia, justo cuando acababa de cruzar la puerta hacia el interior de la casa…
-Padre. ¿Y esta joven encantadora?- Le preguntó, con evidente curiosidad.
Entonces mi abuelo se puso más serio. Guardó unos segundos de silencio antes de contestar.
-Sus padres fueron asesinados. Les asaltaron un día un grupo de bandidos. Ella se quedó sola y yo decidí que se quedara conmigo. Me ayuda mucho- Respondió.
Mi padre no preguntó más al respecto. Todos nos quedamos unos instantes callados al oír aquello.
Entonces mi abuelo rompió el silencio.
-Bueno. Llegó el momento de explicaros, jóvenes, por qué estáis hoy aquí.
Por fin, había llegado la hora. Estaba intrigado y emocionado a partes iguales…
Entonces, cuando se disponía a hablar, alguien comenzó a aporrear la puerta y a dar voces. Todos nos giramos hacia la zona de donde provenía el sonido. Apareció Dalia y se quedó mirando a mi abuelo con expresión interrogante, sin saber qué hacer… Las voces continuaban y los golpes ya eran de desesperación…
-Es el vecino. Dalia, ve a abrirle.
La joven desapareció y, al cabo de unos momentos, irrumpió en el patio un hombre muy delgado, con turbante, sudando de arriba abajo y con el rostro desencajado… Detrás, lenta y cautamente, llegó Dalia.
-¿Qué sucede Amir?- Le preguntó mi abuelo, en inglés.
Aquel hombre se esforzó en hablar, tratando de recuperar el aliento para ello…
-Mi… Mi hermano…
Los que éramos recién llegados comenzamos a revolvernos en nuestros asientos.
-¿Sí, Amir? ¿Qué sucede con tu hermano?- Inquirió mi abuelo, escrutándole con los ojos entornados…
El hombre reunió fuerzas y entereza para lo que dijo a continuación.
-Él… Él está… poseído.