sábado, 30 de junio de 2012

El Jinete Olvidado - Capítulo 4

El Jinete Olvidado

Los forajidos.


Hace tres años…

Era un día luminoso de agosto. El cielo estaba casi despejado y no hacía tanto calor como cabría esperar por la época del año. Por un camino principal, rodeado de altos árboles, circulaba un carro tirado por cuatro caballos y escoltado por varios hombres con la armadura y los distintivos del rey de Alenia. Se trataba de un carruaje real conducido por un tipo con expresión dura y seria, de alrededor de cuarenta años. Y protegiendo dicho carruaje iban cuatro soldados armados con sus espadas y mirando con recelo a los alrededores.
Desde lo alto de una loma cercana, cuatro figuras, montadas en sus respectivas monturas, veían avanzar al grupo un poco más abajo; estaban llegando a su altura.
-A mi señal, haremos lo planeado- dijo, con voz grave y autoritaria el que quedaba ligeramente más adelantado que el resto.
Los demás no contestaron pero estaba claro que sabían lo que tenían que hacer…
El carruaje avanzaba pesadamente y el sonido de las ruedas rozando contra el suelo se confundía con el de los cascos de los caballos, tanto unas como otros levantando abundante polvo del suelo al pasar.
Los cuatro individuos que vigilaban permanecían en silencio, atentos… Entonces, el que había hablado levantó una mano despacio y con seguridad… El grupo de más abajo quedaba justo delante en aquel mismo instante…
Y bajó la mano hacia adelante con un movimiento rápido y contundente, e inmediatamente el resto salió al galope en dirección al grupo.
El conductor y los soldados escucharon de inmediato el sonido de los cascos aproximándose a toda velocidad… El conductor detuvo el carruaje y los soldados desenfundaron sus armas casi al unísono…
-¡Preparaos!- Les ordenó el que tenía más edad de los soldados, un tipo con el pelo corto y gris y bigote del mismo color.
Los demás soldados permanecían atentos, en tensión, escuchando el sonido de varios corceles galopando hacia ellos, cada vez más cerca…
Entonces, de entre los árboles, surgió en primer término un hombre muy corpulento sobre un caballo marrón oscuro, también de considerable envergadura, que se abalanzó hacia el primer soldado que tenía delante, portando una enorme hacha doble sujeta con una mano… El soldado intentó protegerse, pero el enorme asaltante, emitiendo un gutural sonido, le golpeó en el cuerpo con el hacha, aunque no con los filos, derribándolo de su montura y haciéndole quedar inconsciente en el suelo. Entonces los demás soldados y el conductor pudieron fijarse en el hombre que vigilaba al soldado que acababa de tumbar: entre treinta años y los cuarenta, el pelo fino hacia atrás, algo largo, de color azul claro, barba media y los ojos negros; vestía una túnica gris oscuro, un amplio chaleco azul de tono similar, un ancho cinturón de hebilla y guantes y botas marrón oscuro.
Acto seguido llegaron los dos compañeros del tipo del hacha, quedando uno más adelantado que otro.
-¡Siempre tienes que adelantarte!- Exclamó el que iba más adelantado, sobre un corcel gris, sonriendo socarronamente.
Era un hombre de cerca de cuarenta años; pelo largo bien cuidado con una raya en medio y llegándole a la altura de los hombros, color castaño claro, con un bigote fino y una pequeña barba bajo los labios, ambos de un color más oscuro, y ojos castaños; vestía elegantemente a pesar de tratarse de un forajido: túnica rojo oscuro, un chaleco negro ceñido, al igual que los pantalones de cuero, del mismo material y color que los guantes, y altas botas marrón oscuro. A un lado del cinturón no muy ancho, portaba una espada enfundada de hoja estrecha y con un amplio y ornamentado guardamano.
-¡Je, je, je! ¡Ya me conoces!- Respondió con su vozarrón el hombre inmenso.
Los soldados no se atrevían a actuar… Sus miradas iban de uno a otro, sin apenas reparar en el otro forajido que había quedado un poco más atrás…
Era Ethant. Y su montura era Hildergart.
-¡Muy bien! ¡Abandonad este carruaje y no os pasará nada! ¡Yo os recomiendo que hagáis caso…! ¡Mi amigo es hasta simpático de buen humor… pero enfadado…!- Les decía en voz alta el tipo del caballo gris a los soldados, que mantenían sus armas en alto…
En ese momento, el soldado real que mandaba a los demás, espoleando con furia a su montura, se dirigía hacia aquel indeseable que les acababa de casi perdonar la vida… Mientras se aproximaba, aquel hombre de porte elegante bajaba la vista con una sonrisa de simulada resignación mientras meneaba la cabeza cerrando los ojos…
Solo levantó la mirada cuando ya tenía al soldado encima… Cuando este alzó la mano con la que empuñaba su arma y se disponía a atacar, su contrincante, con un movimiento veloz y preciso, desenvainó su espada, reverberando el sonido de la hoja deslizándose fuera de su vaina, y cercenó el brazo de su atacante… Era como si el tiempo se hubiera ralentizado mientras el veterano soldado veía, primero incrédulo, y luego horrorizándose por momentos, su brazo volar por el aire, separado de su cuerpo, durante unos instantes que parecía que no se fueran a acabar nunca…
-¡Uuuaaaaaah!- Gritó desgarradoramente el hombre mientras se miraba y sujetaba el brazo herido con la otra mano, sin poder contener la abundante hemorragia que no se detenía…
Los demás soldados, y el conductor, quedaron sobrecogidos ante aquella escena que habían contemplado. El conductor comenzaba a removerse en su asiento mirando desesperadamente en todas direcciones. Quedaban dos soldados más que observaban consternados como su superior caía de su montura perdiendo la consciencia por momentos…
-Los que quedan te los dejo a ti- le dijo el hombre del corcel gris a Ethant mientras envainaba de nuevo su pulida espada.
Ethant había visto la escena sin moverse ni decir nada. Al cabo de unos segundos asintió levemente con la cabeza sin perder de vista a los dos soldados con los que tendría que vérselas…
No llevaba armadura; iba ataviado con una túnica verde oscuro con un cinturón medio de hebilla negro, pantalones gris oscuro y guantes y botas marrones.
Comenzó a avanzar lentamente a lomos de Hildergart… Los soldados le aguardaban poniéndose delante del carruaje… Ethant se llevaba la mano a la empuñadura de su espada a medida que se aproximaba…
Entonces, uno de los soldados arremetió con su espada verticalmente hacia el joven, con un grito de furia… pero Ethant lo detuvo desenfundando a tiempo la suya, que brillaba bajo los rayos del sol, haciendo que el choque de las hojas resonara en la distancia… Inmediatamente, le asestó un contundente puñetazo en la cara con el otro puño y tiró al soldado al suelo, que quedó aturdido… En ese instante, el otro soldado intentó hundirle la hoja de su espada en un costado… pero el joven desvió el ataque con su arma a un lado y golpeó fuertemente con la empuñadura al pecho de su atacante, el cual soltó la espada por el impacto y cayó tembloroso al suelo llevándose las manos a la zona golpeada… Ethant bajó la mano con la que sujetaba el arma y rodeó sobre Hildergart a ambos hombres tirados en el suelo, atento…
El conductor vio que estaba solo, a manos de aquellos forajidos, y saltó del carruaje dispuesto a correr hasta que se le doblasen las piernas… Pero al llegar al suelo, se encontró de pie a su lado al tipo que le había cortado el brazo al soldado al mando. Se quedó mudo, temblando de arriba abajo…
-Lo siento, amigo… pero no podemos dejarte ir…- Decía, con falsas disculpas, mientras se acercaba a aquel hombre bajo y con visible barriga, que intentaba retroceder pese a la paralización que le provocaba el miedo que crecía en su interior…
Al fin consiguió darse la vuelta… pero el forajido le rodeó el cuello con su brazo musculado y, apretándolo intensamente durante un segundo, con la otra mano le rompió el cuello. El forajido soltó al hombre ya inerte y este se desplomó levantando una nube de polvo.
-¡Tienes que terminar con esta costumbre!- Escuchó una voz proveniente del otro lado.
Al dar la vuelta vio al jefe de los forajidos, un hombre de algo más de cuarenta años, llegar lenta pero decididamente a lomos de su imponente corcel negro, en cuyo cuerpo se podían ver las señales de la batalla…
Era un hombre de considerable envergadura, ataviado con una armadura negra que le cubría todo el cuerpo, a excepción de la cabeza. Tenía el pelo hacia atrás, muy largo y de agudas ondulaciones, color rosa oscuro, al igual que sus pobladas cejas, en una sempiterna expresión de gravedad, y sus ojos penetrantes e intensos, que le daban un aire de adulterada majestuosidad…
Ethant se giró y le vio llegar mirándole con expresión reprobatoria y extrañamente paternal, observando a los dos soldados derrotados por Ethant y que aún permanecían con vida...
-Jezabelt…- Pronunció el joven sin perderle de vista...
En ese momento, el primer soldado al que había derribado Ethant se movió en el suelo, con dificultad, aún dolorido.
-¿Je… Jezabelt…?- Repitió, sin dar crédito a sus oídos...
Al escuchar al soldado pronunciar su nombre negó con la cabeza. Se acercó al soldado, el cual estaba de rodillas con las manos apoyadas en el suelo al que miraba, intentando levantarse sin conseguirlo. El alto y corpulento hombre desenvainó su enorme espada de hoja ancha y se la clavó sin miramientos al soldado por la espalda hasta atravesarle y hundirla en el suelo. El impresionado soldado sentía su sangre deslizarse por la hoja de la espada hasta el suelo, hasta que perdió definitivamente el conocimiento… El jefe de los forajidos extrajo la espada del cuerpo sin vida del soldado lanzándole una mirada de desprecio de soslayo y ahora se dirigía inmediatamente hacia el segundo soldado al que había derribado Ethant…
-¿Cuántas veces he dicho que no debemos nombrarnos entre nosotros cuando actuamos…?- Le recordó al joven con tono de reprobación…
Cuando se aproximó lo suficiente al soldado, el cual permanecía boca arriba con las manos en el dolorido pecho, apretando los dientes y con un solo ojo abierto, aunque semicerrado por el dolor, le miró durante un segundo… y ante la expresión de terror del soldado, elevó la espada, tapando el sol, y la descendió de inmediato y de forma contundente en dirección a su cuello desprotegido…
Ethant observaba la escena sin cambiar la expresión; como si aquellas muertes no le afectasen en absoluto… como si no sintiera absolutamente nada…
-¡Athlas! ¡Encárgate de los otros dos!- Ordenó al hombre enorme, mientras miraba hacia el soldado que este había derribado, el cual aún permanecía inconsciente, y hacia el jefe de los soldados, que se arrastraba lenta y dificultosamente por el suelo, presa de la desesperación, sin parar de sangrar por el brazo…
-¡Cuente con ello, jefe!- Dijo el hombretón llevándose con pasmosa facilidad la enorme hacha doble al hombro y sonriendo con satisfacción.
-Creía que había dicho que no nos nombrásemos entre nosotros, jefe…- dijo sonriendo con cordial malicia el hombre que había asesinado al conductor aproximándose al cabecilla de la banda.
 Jezabelt le miró un momento y una media sonrisa se dibujó en aquel duro rostro.
-¡Cállate, Amadheus, y ven a ayudarnos a Ethant y a mí con el botín!- Respondió sonriendo divertido.
Tanto uno como otro sabían de sobras que ya eran demasiado conocidos en el reino de Alenia… y en varios de los alrededores…

La guarida de los forajidos se encontraba en una cueva elevada que daba al llano, el cual se extendía hasta el reino colindante. Una hoguera estaba encendida. Athlas llevaba sacos pesados de un lado a otro con increíble soltura. Ethant se encontraba sentado a la salida de la cueva, apoyado en la pared y mirando hacia el cielo, contemplando las aves rapaces que lo surcaban en busca de su presa. Algo en él había cambiado desde el último asalto…
En un lugar apartado de la guarida, Jezabelt y Amadheus conversaban en voz baja mientras iban lanzando miradas a Ethant, con cuidado de no ser descubiertos… Pero Ethant estaba absorto en sus pensamientos.
Por la noche estaban los cuatro sentados alrededor del fuego, encima del cual un jabalí se estaba cocinando ensartado en un palo sujeto a su vez por otros dos, con el sonido del crepitar de las llamas inundando la estancia.
-Mañana daremos un nuevo golpe- dijo decidido Jezabelt.
-¡Magnífico!- Exclamó Athlas golpeando al aire con su enorme puño, exultante.
Ethant estaba mirando el fuego, como si no lo hubiera escuchado… como si nada le importara… Al verle, Amadheus y Jezabelt se lanzaron una imperceptible mirada…
-Ethant…- Comenzó a decir Amadheus- Nos encargaremos tú y yo. Iremos a una granja situada no muy lejos de aquí…
Antes de que Athlas pudiera protestar, Jezabelt intervino.
-Tú y yo nos quedaremos a cierta distancia, vigilando…- Esto convenció a medias al hombretón.
Ethant asintió sin dirigirles la mirada. Tras un silencio, Jezabelt volvió a hablar.
-Bien. Saldremos por la mañana.

A la mañana siguiente atravesaron amplias llanuras hasta divisar una granja rodeada de campos de trigo. Como había sido planeado, Jezabelt se quedó con Athlas a cierta distancia, dejándoles el “trabajo” a Amadheus y a Ethant.
-Es mejor que nos acerquemos a pie- sugirió Amadheus al joven.
Ethant bajó de Hildergart y le acarició la crin para intentar calmarle; por algún motivo, Hildergart estaba inquieto… y él mismo también lo estaba…
Al pasar Ethant delante de Amadeus, camino a la granja, este dirigió una última mirada a Jezabelt, que se la devolvió sin inmutarse.
Caminaron un buen rato, atravesando uno de los extensos campos de trigo para no ser vistos.
Al llegar, se encontraron ante un amplio granero y, a no muchos metros de distancia, a la izquierda, una casa de tamaño considerable.
-Vamos- dijo Amadheus, muy serio y sin mirar a Ethant, dirigiéndose hacia la casa.
El joven se extrañó.
-¿No vamos al granero? Nadie lo está vigilando…- Observó.
Amadheus siguió avanzando hacia la casa sin detenerse, ocultando una sonrisa maliciosa.
Aún sin entender las intenciones de Amadheus, llegaron al portal de la casa. La puerta estaba abierta.
Ethant le siguió al interior de la casa, la cual era muy acogedora. Todo estaba muy limpio y ordenado, y les llegaba el olor delicioso de comida preparándose desde la cocina…
Como guiados por el aroma, llegaron hasta dicha estancia. En ella una mujer de mediana edad, con un delantal, estaba de pie ante una olla, removiendo el contenido con un gran cucharón, rodeada del vapor del agua calentada. Amadheus se detuvo en medio de la cocina con un último y sonoro paso al apoyar la bota contra el suelo. La mujer, sumergida en el sonido del guiso al hervir, levantó ligeramente la mirada, extrañada.
Ethant se detuvo aguardando lo que haría ahora Amadheus: ¿La asustaría? ¿La ataría?
Entonces la mujer se giró de inmediato y soltó bruscamente el cucharón llevándose una mano a la boca, sin poder gritar del miedo que tenía…
Amadheus se aproximaba llevándose un dedo a los labios, mostrándole con una sonrisa inquietantemente tranquila que debía guardar silencio… La mujer intentaba ir hacia atrás, con cuidado de no quemarse con la olla…
Y, ante la sorpresa de Ethant, Amadheus desenvainó la espada y la atravesó a la altura del vientre.
-¡¿Qué haces?!- Exclamó Ethant mientras la mujer expiraba.
-No grites…- Le dijo Amadheus ligeramente irritado.
Extrajo la espada y la mujer quedó sentada contra el mueble sobre el que aún hervía aquel guiso que ya no tenía olor… Ethant se acercó lentamente, titubeante… En ese momento alguien entró en la cocina.
-¿¡Qué ocurre aquí!? ¡Nooo!- Exclamó un hombre de más o menos la misma edad que aquella mujer, no muy alto y con poco pelo, cuando la vio en el suelo sangrando.
Amadheus casi no se giró y lo miró de reojo. Cuando aquel hombre, sin pensar, se abalanzó desesperado en dirección a su mujer, Amadheus describió un círculo preciso en el aire, degollándolo…
Ethant estaba paralizado ante todo aquel horror… un horror sin sentido… No podía quitar la vista de aquel hombre que, irremediablemente, se desangraba por la herida del cuello mientras, en vano, se intentaba detener la hemorragia con una mano. Fue cayendo al suelo hasta morir desangrado.
Entonces Ethant reparó en una nueva presencia en la estancia: en la puerta había una chica de unos quince años, temblando y con los ojos muy abiertos e inundados en lágrimas… El joven quería que le mirara para decirle que huyera… pero Amadheus también se percató de su presencia… Este sonrió malévolamente.
-Bien, Ethant… Te toca a ti…- Sus palabras estremecieron al joven.
La chica, con dificultad por el miedo que la retenía, comenzó a retroceder muy lentamente intentando huir de allí…
Ethant lo vio claro. Todo.
-No pienso hacer eso- contestó de forma retadora…
Amadheus le dirigió una mirada fulminante desde su altura. Podía ver en los ojos del joven el brillo de la rebeldía… Mientras tanto, la chica había dado la espalda y comenzó a correr por el pasillo… Inmediatamente, Amadheus cogió un cuchillo de cocina y se lo lanzó a la espalda… Ante la consternación de Ethant, que aún seguía paralizado, el cuchillo se clavó y la chica cayó al suelo. Dejó de moverse casi al instante de caer.
Amadheus envainó su espada y pasó delante de Ethant, resonando sus pasos en la estancia, y se dirigió hacia la puerta de la cocina.
-Te espero fuera- le dijo muy serio antes de salir y comenzar a atravesar el pasillo hacia el exterior de la casa…
Ethant miró a su alrededor. Primero hacia la mujer… luego hacia el hombre, que yacía sobre un espeso charco rojo oscuro… Y finalmente hacia la chica.
Se aproximó a ella y se fijó en su rostro cubierto por el largo pelo azul oscuro. Su expresión parecía de paz…
Cubrieron el recorrido de vuelta por el camino principal que llevaba a la granja. Ninguno habló durante el trayecto. Ethant no podía levantar la mirada del suelo; y Amadheus solo miraba al frente.
Un poco más adelante los esperaban Athlas, que iba desmontado, y Jezabelt. Al aproximarse lo suficiente, mientras seguían caminando, Amadheus le dirigió una mirada muy seria a Jezabelt, negando casi imperceptiblemente con la cabeza. No era la respuesta que esperaba Jezabelt. Sin apartar la mirada de los ojos de Amadheus, intentando no mostrar su oculto pesar, hizo un leve movimiento afirmativo con la cabeza…
Cuando se reunieron, Ethant miraba alrededor buscando a Hildergart.
-¿Dónde está Hildergart?- Preguntó.
Athlas miró a Jezabelt antes de contestar.
-Lo he atado junto a mi caballo y al de Amadheus a un árbol no muy lejos de aquí. Están bien, ahora iremos por ellos- dijo Athlas como si lo hubiera ensayado repetidas veces…
-Yo me adelanto a la guarida. Os espero- dijo Jezabelt sin mirar a nadie y ordenó a su montura emprender el galope en la llanura, cerrando los ojos intentando contener su cínica aflicción…
Ethant se quedó solo con Athlas y Amadheus. Aquello no le gustaba nada…
-¿Qué hacemos aquí?- Preguntó finalmente.
-Lo siento mucho, Ethant… Debiste hacerme caso ahí dentro…- Se disculpaba no muy convincentemente Amadheus al tiempo que Ethant se daba cuenta demasiado tarde de lo que estaba pasando.
Antes de que pudiera reaccionar, sintió un golpe tremendo en la base del cuello, comprendiendo mientras caía inconsciente que se lo había asestado Athlas… Quedó tendido boca abajo en el suelo.
-¿Qué hacemos con su caballo? ¿Lo matamos?- Preguntó Athlas mientras levantaba al joven como si fuera un saco y se lo cargaba al hombro.
-No. El jefe quiere que lo soltemos lejos- confirmó Amadheus.
-¿Y con él?- Preguntó Athlas haciendo un leve movimiento de cabeza hacia el joven inconsciente.
Amadheus guardó silencio.

Poco a poco, Ethant fue abriendo los ojos, con dificultad. Hacía mucho calor… y casi no podía ver por la potente luz solar que lo inundaba todo. Cuando veía con más claridad, miró a su alrededor. Era un desierto. Notaba que no se podía mover. Estaba fuertemente atado a una gran estaca hundida en la arena del desierto de Alenia, suspendido a casi medio metro de altura. Los buitres revoloteaban sobre su cabeza. Ethant pensó que estaba perdido.
Entonces comenzaron a arremolinársele las imágenes en su cabeza: Amadheus asesinando a aquella familia… a aquella chica… Athlas golpeándole… diciéndole que Hildergart está en otra parte… Y Jezabelt…
A medida que las imágenes se repetían cada vez a más velocidad, Ethant apretaba los dientes y la rabia le daba una fuerza desmesurada… Combatía contra las cuerdas, tensando su cuerpo… Notaba la piel de sus músculos hiriéndose al aumentar de volumen… El sudor recorría su frente hasta llegarle a la barbilla por el tremendo esfuerzo…
-¡Huuaaaaaaaa!- Rugió Ethant haciendo estallar las cuerdas violentamente utilizando sus últimas fuerzas.
Al quedar libre cayó al suelo de arena. Entonces levantó la mirada… Todo era borroso a su alrededor… No le quedaban fuerzas para salir de aquel desierto interminable…
Entonces le pareció ver algo más adelante, a lo lejos. Bajó la vista… y consiguió levantarla otra vez. Aquello, que probablemente sería un espejismo, parecía estar más cerca… Bajó una vez más la vista… no creía que la pudiese levantar más… Pero lo hizo y vio que aquello que se aproximaba no era ningún espejismo…
-¡Hil… Hildergart…!- Consiguió decir justo cuando su fiel amigo apareció dándole con el hocico en la cara.
Ethant le puso una débil mano sobre el morro. Ahora sabía que sobreviviría.


Hoy…

Ethant avanza montado en Hildergart, atravesando la llanura bajo la luz anaranjada del atardecer. Ha pasado los últimos tres años viajando… haciéndose más fuerte… Solo con un objetivo…
Sabe perfectamente donde se encuentran dos de ellos… Y no descansará hasta encontrar al tercero…
Hasta matarlos a todos.

jueves, 21 de junio de 2012

El Jinete Olvidado - Capítulo 3

El Jinete Olvidado

Algo más que la sangre…


El sol ya comenzaba a desaparecer tras las montañas distantes cuando las extensas llanuras desoladas finalizaron abruptamente en un espeso bosque que se extendía varios kilómetros más adelante. Ethant decidió acampar en aquel mismo lugar. No le pareció que fuera muy buena idea internarse en un bosque inmenso justo cuando comenzaba a anochecer; aunque, si sus cálculos eran correctos, la noche les alcanzaría al día siguiente en medio de aquel mar de altos árboles…
Encendió una hoguera, y él y Hildergart comieron de las provisiones que había en los fardos. Bajo la luz y el calor del fuego, Ethant durmió profundamente, como si se hubiera ido a un lugar muy lejano…

Se encontraba en medio de la oscuridad, en una sala de suelo de mármol blanco. Estaba descalzo y sin guantes, y no llevaba ni su espada ni su armadura. No veía a Hildergart por ninguna parte. No le gustaba nada la sensación que recorría su interior: desasosiego, tensión… miedo. De pronto, una figura se aproxima en la oscuridad. Es una mujer. Aunque no se la distingue muy bien, Ethant comprueba que está desnuda. Se aproxima lentamente hacia él, pero no puede verle la cara… La mujer levanta los brazos hacia el joven cuando está a punto de alcanzarle… Las manos de la desconocida comienzan a rodearle, aún sin tocarle… Él no puede moverse… No quiere moverse… Entonces una sensación de terror le recorre de arriba abajo justo cuando la mujer le acaricia con la punta de los dedos… y siente como cae en el vacío… en un vacío de oscuridad…

Ethant despertó sobresaltado. Tardó unos instantes en ser consciente de donde se encontraba… de que lo que había visto había sido un sueño… o una pesadilla… Aunque él tenía la sensación de que eran ambas cosas a la vez…
Se incorporó y miró hacia donde se encontraba Hildergart, que aún descansaba. Este, al ver que su amigo se había levantado, hizo lo propio.
Desayunaron. Ethant recogió las cosas y terminó de preparar los fardos. Se colocó la espada enfundada a un lado de la cintura y subió a lomos de Hildergart. Miró hacia el cielo y vio que se trataba de una mañana nublada. Era posible que llegara a llover. Había llegado la hora de adentrarse en el gigantesco bosque.

Multitud de sonidos le llegaban de todas partes en medio del silencio aparente: pájaros, insectos, las ramas de los árboles meciéndose haciendo sonar las hojas de múltiples tamaños y formas…
No había ningún camino, por lo que Ethant dedujo que no era un lugar muy transitado. Había puntos del recorrido por los que parecía que no podría pasar; lugares en los que los troncos de los árboles se unían a otros, con sus ramas enredadas, creando formas grotescas con aspecto de seres indescriptibles…
El día seguía nublado, y la débil luz de la mañana se filtraba entre la hojarasca, creando haces fantasmagóricos aquí y allá.
Al llegar la tarde, una fina lluvia roció el bosque durante más de una hora, haciendo que el aire se impregnara de un aroma intenso de tierra húmeda. Por todas partes brillaban las gotas que aún se deslizaban por la vegetación, iluminadas por el sol que comenzaba a aparecer tímidamente entre las cada vez menos abundantes nubes.
Ethant y Hildergart llegaron a un barranco. Imperceptiblemente, el terreno había ido ascendiendo; y ahora, desde donde se encontraban, descendía de forma algo más abrupta. Ethant miró la panorámica que tenía delante y algo le llamó la atención: no muy lejos de donde se encontraban se podía divisar un castillo, no muy grande, que parecía confundirse con el bosque que lo engullía… En ese instante contempló como una bandada de cuervos sobrevolaba aquella oscura y solitaria construcción, grajeando desde la distancia… El cielo parecía volver a cubrirse de nubes y, a lo lejos, las montañas aparecían casi ocultas por una espesa niebla. Ahora hacía más frío, más frío que todos los días anteriores. Volvía a llover.
Ethant instó a Hildergart para continuar avanzando. Fueron descendiendo con cuidado por el agreste terreno en el que había menos árboles. Se iban encontrando con árboles arrancados, probablemente por la acción de alguna tormenta, que mostraban sus raíces como si pretendieran capturar a alguna presa entre sus largas garras... De vez en cuando, Hildergart parecía dar un paso en falso, pero se recobraba de inmediato pese a la dificultad del descenso; algunas rocas de considerable tamaño aparecían desperdigadas incrustadas sobre la tierra reblandecida. Hacía un rato que llovía con más fuerza.
Finalmente, llegaron a terreno llano, y los árboles volvían a extenderse ante ellos.
La lluvia comenzaba a amainar, al igual que el día, que ya estaba dando paso a la noche con sus sonidos característicos. Ethant decidió que aquel era el lugar más adecuado para acampar por aquella noche.
Cuando se disponía a preparar la hoguera, una sensación de inquietud le alertó, e inmediatamente oyó sonidos no muy lejos de allí; algo o alguien atravesaba el follaje en dirección hacia donde se encontraban…
Ethant se llevó la mano a la empuñadura de su espada y se quedó agazapado, en silencio, mirando atentamente hacia la zona de donde provenían los pasos que se aproximaban…
Entonces, de entre unos arbustos, salió atolondradamente un tipo de algo más de veinte años, algo bajo y delgado, con el pelo un poco largo, liso y rubio oscuro, la cara alargada y los ojos pequeños, de color castaño oscuro; vestía ropa similar a la que usan los bufones, de diversos tonos de verde, con guantes y zapatos marrones. Al ver a Ethant se paró en seco y una expresión de alarma se dibujó en su rostro.
-¡Uaaah! ¡No! ¡Me han encontrado!- Exclamaba aterrorizado.
Ethant no soltaba la empuñadura. Hildergart se encontraba en tensión, sin perder de vista al tipo que tenía los ojos desorbitados.
-¿”Quién” te ha encontrado?- Preguntó Ethant lentamente sin cambiar la expresión.
El tipo recién llegado le miró con detenimiento y pareció tranquilizarse.
-Ah… Tú no pareces uno de ellos… No, no parece que lo seas…- Iba diciendo encerrándose en si mismo por momentos…
Ethant no perdía de vista cada uno de los gestos y movimientos de aquel extraño.
-¿A qué te refieres? ¿Quiénes son “ellos”?- Quiso saber.
El tipo miraba nervioso a los alrededores. Cuando se escuchaba algún pequeño sonido se sobresaltaba y escudriñaba preocupado intentando averiguar su procedencia…
-¿Te has metido en este lugar sin saber lo que hay? Deberías tener cuidado…- Le advertía sin dejar de mirar alrededor, con una expresión más seria.
Hildergart permanecía erguido, intranquilo…
-¿Podrías decirme de una vez a qué temes tanto?- Ethant no podía ocultar que aquel tipo comenzaba a impacientarle…
El asustado individuo tragó saliva y miró a Ethant directamente a los ojos.
-Vampiros… En este lugar hay vampiros…- Decía casi susurrando.
El joven jinete miró hacia el lugar por donde había llegado el tipo con aspecto de bufón.
-El castillo…- Dedujo.
El tipo abrió más los ojos durante un instante.
-Exacto… Allí es donde se ocultan… Yo vengo huyendo de allí…- Relataba con una mirada que denotaba pavor…
-¿No hay nadie más contigo?- Preguntó Ethant.
El tipo negó con la cabeza.
-Llevo días huyendo y escondiéndome…- Hizo una pausa antes de continuar- Pero allí en el castillo hay alguien… Una doncella a la que han capturado…
Ethant reaccionó.
-¿No la han matado?
El tipo guardó silencio unos segundos, sin mirarle, antes de contestar.
-La última vez que la vi estaba viva… Creo que la necesitaban para algo…- Decía sin dirigirle la mirada.
Entonces se escuchó el sonido de pájaros levantando el vuelo de las ramas de los alrededores. El tipo dio un respingo.
-¡Tengo que irme! ¡Tú deberías hacer lo mismo!- Dijo mientras salía corriendo internándose de nuevo en el bosque por otra dirección ante el intento inútil de Ethant de obtener más información…
Cuando el bufón se hubo perdido entre los árboles, el silencio volvió a adueñarse de la noche. Ethant se quedó pensativo un buen rato. Su intención inicial era no acercarse al castillo… hasta que supo de la doncella cautiva.
Decidió no encender ninguna hoguera y mantenerse alerta, intentando descansar. Dentro de unas horas se dirigirían al castillo…

Ya era noche cerrada y la luna menguante aparecía entre las nubes hechas jirones. Ethant avanzaba a lomos de Hildergart a través de la maleza reinante. Los árboles parecían seres diabólicos dispuestos a atacarles en cualquier momento… Hacía frío pero no mucho viento. A medida que se aproximaban al castillo el silencio se hacía más y más intenso…
Entonces, una bandada de cuervos pasó sobre sus cabezas. A Ethant le pareció que tenían los ojos rojos…
A pesar de avanzar con cautela, no tardaron demasiado en llegar al castillo. Era un edificio no muy grande para su clase, antiguo y desgastado; la vegetación lo había cubierto en gran parte y las enredaderas se extendían por todas partes, atravesando puertas y ventanas. No parecía probable que nadie habitara ese lugar; por lo menos nadie vivo…
Ethant se detuvo ante la puerta principal, una puerta doble de madera podrida, y descabalgó de Hildergart.
-No tardaré demasiado… espero- le dijo a su amigo posándole una mano en la crin.
Hildergart meneó ligeramente la cabeza como respuesta; Ethant veía preocupación en sus nobles ojos negros…
El jinete encaró la entrada principal y se dirigió, decidido, a abrirla. Posó ambas manos en la puerta doble y empujó con fuerza… Al cabo de unos segundos venció la resistencia que esta ofrecía y la abrió del todo. Cruzó el umbral.
En el interior todo estaba oscuro, pero la luz de la luna se filtraba por las ventanas desvencijadas y las cortinas vaporosas y ondulantes, agitadas por el viento ululante que circulaba por la amplia estancia. La luz que iluminaba la estancia la confería un tono azulado. Una enorme lámpara muy ornamentada se balanceaba sobre su cabeza, cubierta, como gran parte del vestíbulo, de extensas telarañas. Ethant prefería no pensar en el tamaño que tendrían que tener aquellas arañas para tejer semejantes redes…
Entonces un crujido le advirtió de que algo ocurría. Inmediatamente levantó la vista hacia la lámpara que ahora se balanceaba más deprisa… Y el joven jinete consiguió reaccionar a tiempo lanzándose a un lado justo cuando la enorme lámpara se desprendía del techo y caía a gran velocidad hacia donde se encontraba…
La lámpara se estrelló en el suelo con un enorme estruendo y quedó rota en varios fragmentos. Ethant se incorporó sin apartar la vista del lugar donde había caído la lámpara y que había levantado una espesa nube de polvo.
En ese momento, comenzó a distinguir una figura situada justo sobre los restos de la lámpara y que aún quedaba difuminada por la cortina de polvo que comenzaba a desvanecerse… Entonces vio a un individuo, de edad indeterminada, sin apenas pelo, ataviado con ropas viejas y rotas, que estaba encorvado con la mirada perdida hacia otra dirección… Súbitamente, dirigió la mirada hacia el joven jinete, y entonces este pudo distinguir claramente a la luz blanquecina de la estancia, los colmillos erosionados y los ojos inyectados en sangre de aquel ser que se encontraba ante él…
Ethant desenvainó su espada en el momento justo que el vampiro se abalanzaba hacia él… El ser saltó y se dirigía derecho a su cuello… pero Ethant le atravesó la garganta con la espada y el vampiro quedó momentáneamente suspendido en el aire, ensartado en el arma que Ethant sostenía con una sola mano… hasta que finalmente dejó de moverse.
Ethant lo lanzó a un lado y el ser quedó boca arriba con los ojos en blanco.
Entonces el jinete percibió algo y miró de inmediato hacia lo alto de las escaleras… Le pareció ver a una mujer que se lo quedaba mirando e inmediatamente desaparecía…
El joven jinete comenzó a ascender de inmediato por aquellas amplias escaleras, cuya alfombra estaba sucia, vieja y rota.
Un nuevo vampiro se cruzó en su camino de algún lugar indeterminado en la oscuridad… Pero, justo después de abrir la boca de forma amenazadora mostrando los colmillos y emitiendo un gruñido salvaje, Ethant, velozmente, le atravesó la cabeza por un ojo… El ser se arrodillaba lentamente, temblando, a medida que paraba de convulsionarse… Ethant extrajo la espada apoyando un pie en el pecho inerte del vampiro. Continuó el ascenso.
Cuando hubo llegado arriba, un largo y ancho pasillo se extendía ante él. Vio como la puerta del fondo estaba entreabierta y la corriente de aire frío que salía de ella llegaba hasta donde se encontraba, amenazando con helarle por dentro…
A medida que avanzaba, con la espada en alto, podía observar como, apoyados en las paredes o extendidos por el suelo a ambos lados del pasillo, iluminados por la luz que atravesaba los ventanales, se encontraban los cadáveres de hombres ataviados con armaduras, cuyas espadas se encontraban tiradas cerca de ellos. Estaban cubiertos de polvo y telarañas; y las expresiones de las calaveras le decían que habían sufrido horriblemente antes de morir…
Ethant no se detuvo y siguió avanzando hacia la puerta.
Un nuevo vampiro salió inesperadamente de una de las puertas laterales. Se dirigió precipitadamente hacia el jinete emitiendo una especie de gemido furioso… Pero Ethant le asestó un potente puñetazo con el puño que sujetaba la empuñadura de la espada; el ser dio unos pasos hacia atrás, aturdido… Entonces volvió a lanzarse hacia Ethant, pero este, que había envainado la espada, le cogió por las solapas y lo lanzó hacia el ventanal que quedaba a la izquierda… El vampiro lo atravesó con gran estrépito y quedó hundido boca arriba en los cristales que se elevaban atravesándole el torso. Quedó con la boca totalmente abierta y los ojos en blanco. Ethant lo miró unos instantes para asegurarse de que había acabado con él y continuó hacia la puerta…
Lentamente se aproximó. Apoyó una mano y terminó de abrirla. Una vez dentro, se encontraba en una larga sala abovedada con amplios ventanales a un lado, similares a los del pasillo precedente. Y en el otro extremo de la estancia la vio.
Una mujer, con un vestido blanco, se encontraba de espaldas al final de la sala. Ethant no podía dejar de mirarla… Había llegado hasta allí atraído por una fuerza hipnótica desde que la vio en las escaleras… Desde donde se encontraba podía distinguir claramente su larga melena negra cayendo sobre su espalda descubierta; estaba descalza.
Entonces, el vestido se le deslizó por el cuerpo hacia el suelo y quedó totalmente desnuda. Se giró levemente mirando de reojo al joven jinete. Ethant notaba que estaba levemente paralizado… Unos ojos de un azul como de otro mundo le miraron intensamente. La mujer se giró del todo y se dirigió hacia el joven lentamente… Ethant podía contemplar la belleza de aquella mujer de piel blanca, no mucho mayor que él, que caminaba mostrando sus generosos encantos bajo la luz mortecina de la luna que atravesaba los agrietados ventanales. Ethant cada vez se sentía con menos fuerzas…
Cuando aquella mujer misteriosa se encontraba cerca de él, se detuvo y le miró fijamente a los ojos… y el joven le devolvió la mirada… Entonces, el joven jinete percibió que algo cambiaba en su expresión… La mujer dio un paso atrás e hizo amago de girarse… como si no quisiera que aquel joven la mirase en aquel momento… Pero volvió a mirarle; aunque ahora sus ojos tenían un brillo distinto. Ethant notaba que estaba menos paralizado que antes…
La mujer estaba tan cerca del joven que podía rodearle con los brazos… Ethant sintió el contacto del cuerpo de la joven con el suyo, aunque no percibía calor… solo ahora en su mirada… Ethant sabía que podría atacarle en cualquier momento…
Entonces la miró durante unos instantes a sus ojos azules… Era como si a través de ellos viera a la auténtica persona que una vez fue y de la que aún quedaba un atisbo…
El sonido de la espada desenfundándose resonó en la estancia mientras Ethant contemplaba como aquella joven ahora lo miraba con una mirada suplicante… Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas mientras sus pupilas titilaban…
Ethant cerró los ojos…
La joven abrió mucho los ojos… La espada le había atravesado el corazón… Ethant vio en los ojos de aquella joven paz… y felicidad… antes de cerrarlos para siempre… Ethant la sostuvo en brazos hasta colocarla sobre el frío suelo.
Fue a por su vestido para cubrirla. Pero cuando se giró vio que su cuerpo ya no estaba… solo una brisa pura que le acarició el rostro…

Ethant salió fuera del castillo y Hildergart se acercó a su amigo con efusión. Ethant le acarició la frente. Partieron.

Cuando llevaban un rato avanzando, escucharon un sonido más adelante de alguien corriendo hacia ellos…
De entre dos árboles surgió el tipo con aspecto de bufón. Se quedó paralizado al ver a Hildergart, que lo miraba fijamente… Asustado, se giró de inmediato y se encontró a Ethant de pie ante él… Apenas podía verle el rostro… Solo los ojos que lo sentenciaban… El tipo se aterrorizó y abrió la boca para gritar, mostrando los colmillos… El sonido de la espada cortando el aire fue lo último que escuchó. La cabeza del bufón vampiro, después de elevarse, caía al suelo mientras el cuerpo decapitado se desplomaba hacia atrás… Ethant sacudió su arma y la enfundó.
Cuando subió a lomos de Hildergart y emprendieron la marcha, miró hacia el cielo. Estaba comenzando a amanecer.

sábado, 16 de junio de 2012

El Jinete Olvidado - Capítulo 2

El Jinete Olvidado

Hildergart.


Pasaron varios días. Ethant y su corcel recorrieron grandes extensiones de praderas desnudas bajo un cielo de nubes veloces y espesas. Las montañas lejanas, azuladas por la lejanía, mostraban claramente las nieves perpetuas de sus cimas. Aún en la distancia, imponían por su magnitud y las grandes extensiones abarcadas por sus estribaciones. El aire era cada vez más fresco y la luz del día se apagaba antes.
Había comenzado la tarde. El suelo había ido ascendiendo ligeramente desde hacía más de una hora. Ahora avanzaban por un camino de reciente aparición.
Al cabo de un rato divisaron un pequeño arroyo de aguas cristalinas que corría paralelo al camino. Ethant se detuvo para que su caballo pudiera beber el agua refrescante al tiempo que desmontaba y hacía lo propio.
Tras beber hasta quedar saciado y echarse agua en la cara, Ethant alzó la mirada y vio varias casas a lo lejos. Parecía que se trataba de granjas, ya que también pudo divisar varios campos de cultivo y algunas vacas aquí y allá. Podía escuchar a lo lejos el mugir de los animales y los cencerros repicar entre los silbidos del viento que se había levantado.
Entonces Ethant se giró alarmado al percibir movimiento a su derecha. Un niño de unos siete años había surgido de entre la maleza. Miraba con los ojos abiertos de par en par, con un brillo de entusiasmo, el corcel negro de Ethant.
-Vaaayaa…- Dijo, embelesado, el chaval mientras se acercaba lentamente sin poder dejar de admirar aquel magnífico animal.
Ethant se relajó al ver que no había peligro.
Mientras el niño rodeaba al caballo, que permanecía erguido y tranquilo, Ethant llenaba completamente las cantimploras.
-No deberías acercarte a un extraño- le advirtió al chaval sin apenas mirarle.
Pero aquel niño parecía no haberle escuchado. Iba murmurando palabras de asombro mientras seguía contemplando al corcel.
-¿Cómo se llama?- Preguntó con evidente confianza.
Ethant se detuvo ante su caballo y le posó una mano en la frente, gesto que fue correspondido con un leve movimiento descendente de la cabeza del animal, en cuyos ojos, que iba entrecerrando, se reflejaba el afecto hacia su jinete.
-Hildergart. Ese es su nombre- dijo dejándose llevar por recuerdos lejanos…
Ethant volvió a colocar las cantimploras las cuales quedaban cerca de la espada, que llevaba sujeta junto a los fardos, y montó a lomos de su corcel. Este comenzó a mover las patas preparándose para proseguir la marcha. El niño se apartó lentamente, intentando aprovechar al máximo aquellos últimos instantes en que podría ver a Hildergart.
-Debe estar muy orgulloso de ser su dueño…- Le dijo a Ethant prácticamente mirándole por primera vez.
Ethant comprobó que todo estaba en su sitio y miró levemente hacia la dirección que ahora tomarían.
-No soy su dueño. Es mi amigo- le dijo casi esbozando una sonrisa antes de dar la vuelta y comenzar a alejarse de aquel niño que se había quedado de pie en medio del camino con las últimas palabras de Ethant resonándole en la cabeza. El chaval había quedado impresionado.

No había transcurrido mucho rato desde que Ethant, a lomos de Hildergart, reanudara la marcha cuando escuchó voces provenientes de más adelante. Por lo que alcanzaba a escuchar parecía que se trataba de varios hombres. Ethant, al no percibir peligro, decidió proseguir; aunque se mantenía alerta…
Al cabo de unos minutos, el joven jinete vio a dos hombres sobre un carro tirado por dos caballos de avanzada edad. Parecían discutir mientras iban mirando a menudo hacia atrás.
-¡Te dije que no debíamos acercarnos!- Le reprochaba al otro un hombre de mediana edad, con el pelo corto y negro y los ojos mostrando claramente una mezcla de preocupación y desesperación mientras sudaba y respiraba deprisa.
-¡No íbamos a quedarnos esperando eternamente! ¡Sabes perfectamente que estamos en peligro!- Le respondía un tipo algo más mayor, de pelo gris y barba corta del mismo color, cuyos ojos, fruncido el ceño, miraban al frente en un serio semblante.
Ethant observó que se giraron al mismo tiempo. Al segundo siguiente se escuchó un gemido de dolor proveniente de la parte trasera del carruaje. El jinete instó a Hildergart a que fuera aminorando la marcha hasta casi detenerse.
Los dos individuos del carro repararon en la presencia del joven. El hombre del pelo gris se dirigió al desconocido sin detenerse.
-Ten mucho cuidado… Allá abajo hay una banda de malhechores muy peligrosos- le advirtió mientras pasaba a su lado, mientras el otro tipo, que sudaba de forma considerable, lo miraba atentamente con expresión preocupada.
Entonces Ethant vio a un tercer hombre tendido en el suelo de la parte trasera del carro. Se llevaba una mano a una herida en un costado que no paraba de sangrar del todo. Tenía la ropa manchada de sangre, al igual que el suelo a su alrededor; algunas viejas herramientas de labranza se encontraban desperdigadas sobre la superficie. El tipo se movía, dolorido, como si no supiera donde se encontraba, ahogando un gemido de dolor.
El carro comenzaba a alejarse en dirección contraria. Los dos hombres seguían discutiendo, aunque ahora estaban bajando la voz debido a la cercanía del extraño. El carro se movía lastimeramente, como si también hubiese sido herido.
Ethant miró al frente. Más adelante parecía que había un montón de indeseables que daban serios problemas a la poca gente de los alrededores… Entonces, como transportadas por el viento, le llegaron unas palabras a los oídos que hicieron que se detuviera justo antes de seguir adelante.
-¡Tengo que pensar en mi hijo pequeño! ¡Si nos quedamos nos matarán!- Gritaba ahora el hombre del pelo negro.
Ethant pensó de inmediato en el chaval de hacía un rato que había quedado fascinado con la presencia de Hildergart. Seguramente se refería a él…
Ethant se giró y vio que el carruaje ya se encontraba a bastante distancia. Nuevamente volvió a mirar hacia el frente. Su plan inicial de tomar una ruta que evitara el encuentro con los malhechores había cambiado…

Después de cerca de una hora avanzando, Ethant y Hildergart llegaron a un barranco desde donde se podía divisar, bajo un cielo parcialmente cubierto de nubes grises, las extensas llanuras de más abajo, en las cuales la escasa vegetación se acababa algo más adelante, dando paso a un terreno árido a merced de los vientos. Ethant entornó ligeramente los ojos al distinguir en la lejanía lo que parecían algunas casas en medio de aquella incipiente desolación. Junto a las mismas veía una entrada excavada en una gran roca solitaria; desde aquella distancia parecía que se trataba de una mina. Justo al lado había una construcción parecida a una pequeña torre que probablemente se trataba de un almacén.
El joven jinete pasó un rato calculando distancias y probabilidades. Al ver el sol comenzar a aproximarse a las majestuosas montañas, decidió que aquella noche la pasaría en aquel mismo lugar, vigilando…

Durante la noche no había podido ver movimiento desde aquel lugar tan alejado, pero las luces del interior de algunas de las casas le indicaban que aquel lugar estaba habitado. Aquellos tipos no podían estar en otro lugar…

A la mañana siguiente, tardaron casi tres horas en descender el barranco por un camino pedregoso y difícil. Por el otro lado había uno más asequible, en el cual se podían distinguir las huellas recientes dejadas por cascos de caballos y las ruedas de un carruaje; pero Ethant no quería dejarse ver, aún en la lejanía.
Una vez abajo, la llanura se extendía ante él y su amigo. Ahora no tendría lugar para ocultarse; tan solo las distorsiones provocadas por el sol, el viento y la distancia…

Se aproximaba el mediodía cuando ya no faltaba mucho para llegar al pequeño conjunto de casas viejas y destartaladas que, en su día, fueron el refugio de los mineros que trabajaron en aquel apartado lugar. Porque era obvio que en aquel lugar hacía tiempo que ya no trabajaba ningún minero… La mina estaba abandonada.
Ethant no había perdido de vista lo que tenía delante en ningún momento; no había visto a nadie entrar ni salir ni de las casas ni del almacén ni de la mina. Había intentado pasar cerca de algunos arbustos que llegaban a alcanzar un metro de altura y que iban apareciendo aquí y allá; pero era consciente de que no le podían proporcionar la posibilidad de ocultarse lo suficiente…
A medida que se aproximaba, el silencio parecía intensificarse a su alrededor; un silencio tenso y amenazador… El viento silbaba levantando nubes de polvo de forma ocasional. Hacía mucho rato que no había visto ningún animal, por pequeño que fuera.
Ethant llegó finalmente al conjunto de edificaciones de madera vieja y erosionada. Una especie de calle principal quedaba formada separando las pocas y pequeñas casas en dos grupos. La mina, con el almacén al lado, quedaba al fondo. Avanzaba con cautela, mirando atentamente de un lado a otro sin mover la cabeza…
Entonces percibió movimiento tras una de las casas a su derecha. Se detuvo.
Tras la casa, un tipo con un pañuelo sucio al cuello y ropas llenas de polvo acababa de divisar al jinete que se había internado en el poblado improvisado. Al ver su armadura y la gallardía de su montura se puso nervioso. Aquel no era el típico granjero al que estaban acostumbrados a “tratar”… Al cabo de unos instantes, y tras pensarlo mejor, llegó a la conclusión de que, de todos modos, no debería haber problema… Solo era uno.
El tipo extrajo un machete que llevaba en la espalda, enfundado a la altura de la cintura, y volvió a asomarse cautelosamente. Ya no estaba. Se había esfumado el jinete y su caballo…
Súbitamente, se giró al notar que no estaba solo y se encontró a Ethant de pie ante él mirándolo con ojos sentenciadores… El tipo no se lo pensó dos veces y le atacó con el machete… pero Ethant le agarró la muñeca de la mano que portaba el arma y le asestó un contundente puñetazo en el estómago, haciendo que al tipo casi se le salieran los ojos de las órbitas. Cayó inconsciente al suelo.
Ethant miró a su alrededor en busca del resto de sus compinches. Estaba seguro de que le habían tendido una emboscada, urdida al verle llegar a lo lejos…
En el interior de la pequeña casa, otros dos individuos de indumentaria similar al anterior y con los mismos gestos y maneras, se encontraban agazapados, armados con espadas viejas con desperfectos en las hojas. Estaban algo intranquilos ya que habían escuchado ruido fuera…
-¿Crees que Sgut habrá acabado con ese?- Preguntó nervioso el que era más gordo.
El otro, de gestos más pausados, como si le costara moverse, y piel curtida alzó la cabeza para escuchar atentamente.
-Ya debería haber venido a avisarnos…- Concluyó.
En ese momento los cristales de la ventana que quedaba sobre sus cabezas se hicieron añicos con gran estrépito al ser atravesados por el cuerpo inconsciente de Sgut, que cayó sobre ellos junto a una lluvia de cristales…
-¡¿Qué pasa?!- Exclamó el primero intentando quitarse a su compinche fuera de combate de encima.
Mientras tanto, el otro contemplaba asombrado como por la ventana entraba ágilmente aquel jinete desconocido al que estaban esperando desde hacía rato… Pero al cabo de unos segundos se lanzó al ataque con la espada gastada pero letal… Ethant la esquivó oblicuamente, bloqueándole el brazo durante menos de un segundo, tiempo suficiente para darle un codazo en la cara que lo dejó sin sentido. La espada cayó al suelo ante la atónita mirada del otro tipo que acababa de deshacerse del peso de Sgut; levantó la vista con recelo hacia Ethant, que ni siquiera le dirigía la mirada, aunque le estaba controlando totalmente de reojo… El tipo salió huyendo.
Esta reacción pilló ligeramente por sorpresa al joven jinete; pero ya debería haber supuesto que se enfrentaba a un hatajo de cobardes…
Salió caminando al exterior, de regreso a la breve calle principal. Miró a su alrededor y no vio ni escuchó a nadie. Se dirigió a la casa adyacente. La puerta se abrió bruscamente al propinarle una patada. Miró en el interior de la defectuosa construcción y solo encontró la misma suciedad y restos de botines que en la anterior.
Ethant repitió la misma operación en todas y cada una de las casas. Una tras otra las puertas se iban abriendo estrepitosamente después una potente patada del joven jinete. Lo que encontró fue similar en todas; pero allí no había nadie… Ethant sabía perfectamente, y ahora de una forma más concreta al observar los indicios en los interiores de las casas, que aquella banda de malhechores no estaba compuesta por únicamente tres individuos… Calculaba que debían ser aproximadamente una decena.
Ya solo le quedaba por mirar en el interior de la mina y en el almacén.
Y un leve sonido le llegó desde el almacén similar a un torreón. La trampa consistía en ir allí… Pues bien, hacia allí.
El joven jinete cubrió los metros que le separaban de la relativamente alta construcción de madera, que parecía que fuera a desmoronarse en cualquier momento, al igual que el resto de casas, inmerso en el punto álgido del silencio reinante…
Subió una rampa que conducía a la entrada consistente en una puerta doble. Esta vez no tuvo que abrir por la fuerza. Se internó en la estancia, mucho más amplia de lo que parecía desde fuera. Estaba llena de cajas de madera, vacías por lo que dedujo… Aunque cayó en la cuenta demasiado tarde en que no estaban del todo vacías.
Una de las cajas a un lado de donde se encontraba se abrió de golpe y surgió uno de aquellos tipos desarrapados con una daga que, indudablemente, no siempre le había pertenecido a él. Cuando atacó a Ethant, este le dio un puñetazo en la cara que lo sacó de la caja… Se habían estado ocultando en las cajas, dentro y fuera. Ethant comprobó que se había equivocado en sus cálculos… Eran más de los que pensaba.
Uno de ellos le intentó alcanzar con una hoz, pero Ethant lo esquivó y le dio una patada en el pecho… pero otro de los malhechores llegaba en ese momento por detrás y le golpeaba con un garrote en la espalda. Ethant quedó dolorido unos instantes, pero inmediatamente golpeó con el antebrazo armado a la cara de su agresor, lanzándole hacia atrás…
Todo era cada vez más confuso.
Otro le atacaba con un cuchillo y el jinete lo desarmaba y le daba un puñetazo en un costado, haciendo que aquel fuera al suelo y se llevara una mano por el dolor… Apareció otro que le intentaba golpear con una de las tapas de las cajas; Ethant se protegía con los brazos, pero no pudo ver una patada que le alcanzaba en el estómago. Ethant retrocedió.
Detrás, la pared. Delante, más de diez individuos armados y dispuestos a acabar con él… Y no llevaba su espada…
Y cuando estaban a punto de abalanzarse contra él, la doble puerta del almacén, que había sido atrancada desde dentro por los malhechores para que Ethant no pudiera salir, se abrió totalmente destrozándose junto a la tabla que la bloqueaba. Hildergart entró en escena relinchando.
-¡Hildergart!- Exclamó Ethant.
Los malhechores estaban desconcertados… Se miraban los unos a los otros mientras veían aquel magnífico corcel que corría hacia su amigo derribando a coces a todo aquel que se cruzara en su camino… Los que no habían sido golpeados se apartaban apresuradamente. Hildergart llegó a la altura de Ethant y bajó ligeramente la cabeza.
-Gracias, amigo- le decía al oído mientras le ponía una mano en la frente.
Rápidamente, el jinete recuperó su espada y la desenfundó. Se giró y vio que aún quedaban unos cinco individuos… que salieron huyendo.
Ethant salió corriendo tras ellos, deslizándose por la rampa por la que se accedía al almacén, mientras aquellos que huían habían pretendido tenderle una nueva emboscada… Antes de llegar al suelo fue atacado por ambos flancos por armas cortantes… pero Ethant, con una velocidad increíble, dio sendos tajos a sus atacantes que cayeron abatidos… Al llegar al suelo los tres que quedaban se abalanzaron sobre el jinete… pero este describió tres arcos en el aire que parecían uno solo, haciendo saltar regueros de sangre que dejaban los tipos mientras caían al suelo levantando nubes de polvo…
Ethant sacudió su espada antes de enfundarla de nuevo. Justo en ese instante Hildergart salía al exterior.
Ethant miraba a su alrededor. Había esperado no tener que utilizar su espada, pero no le habían dejado alternativa…
Entonces escuchó un ruido proveniente del interior de la mina. Llevándose la mano a la empuñadura de su espada se dirigió de inmediato hacia la entrada. Cuando llegó, tras caminar unos metros iluminado por la luz de una antorcha vio a un chaval de unos quince años que temblaba de arriba abajo.
-No… No me mate… por favor…- rogaba casi con lágrimas en los ojos.
Ethant quitó la mano de la empuñadura. Entonces miró hacia la antorcha.
-Quémalo todo y marchaos de aquí. Si vuelvo a veros os mataré- sentenció el joven jinete antes de comenzar a girarse sin perder de vista al chaval.
Este asentía desesperado sin poder articular palabra. Ethant salió de la mina y regresó junto a Hildergart que le esperaba en la entrada. Sabía que si los granjeros divisaban el humo sabrían que algo habría pasado. Miró a su alrededor hasta estar seguro de que ya había acabado allí… Montó en Hildergart.

El joven jinete, montado en su fiel amigo Hildergart, se marchó retomando su camino mientras unas altas columnas de humo se elevaban en el cielo a su espalda, ya a lo lejos…

sábado, 9 de junio de 2012

Información

Hola. Esta es una ampliación de la relación de contenidos del blog.

-El barco de madera.
-La profecía.
-Las peripecias del señor Bigotón.
-El Jinete Olvidado (serie de 10 capítulos).

La próxima semana, el 2º capítulo de "El Jinete Olvidado".

¡Gracias y hasta la semana que viene!

sábado, 2 de junio de 2012

El Jinete Olvidado - Capítulo 1

El Jinete Olvidado

La amenaza en la noche.


El otoño había comenzado su andadura días atrás. El sol de la tarde brillaba en un cielo azul parcialmente cubierto por nubes blancas. El aire, que comenzaba a ser fresco, transportaba los aromas de la pradera, cuyas briznas de hierba alta se agitaban con diferente intensidad a la vez que las ramas de los árboles, que se mecían haciendo sonar las hojas que estaban próximas a caer. El sonido de alguna pequeña ave oculta resonaba de vez en cuando en aquella extensa soledad.
Por un camino que atravesaba los escasos árboles del trecho, dejando vislumbrar las altas montañas lejanas, avanzaba un jinete sobre su corcel. El jinete era un joven de treinta años. Su cabello no era corto, castaño y sus ojos eran azul oscuro. Su expresión era seria y decidida. Iba ataviado con una armadura gris oscuro, ceñida y sin ornamentos, que le protegía la parte superior del cuerpo, hombros, antebrazos y piernas por encima de las rodillas. Su ropa era de color verde oscuro y llevaba guantes, cinturón y botas color marrón de misma tonalidad. A un lado de la cintura llevaba una espada enfundada. Había varios fardos tras la silla de su montura. Su corcel era un caballo negro, cuya larga crin oscura se movía con el viento que comenzaba a soplar proveniente del norte, hacia donde se dirigían.
La luz del sol que poco a poco comenzaba a ocultarse, hacía que las tierras que se extendían alrededor refulgieran con destellos anaranjados, que contrastaban con la luz menguante de derredor. El sonido del viento silbar se convertía progresivamente en protagonista junto al sonido de los cascos del corcel.
Al pasar cerca de una hora ya casi se había ocultado el sol en su totalidad. El camino se había internado en una zona boscosa. Comenzaban a inundarse los alrededores de sonidos nocturnos: búhos, animales deslizándose a sus guaridas, ramas crujiendo aquí y allá… El joven jinete podía escuchar claramente el sonido de agua cercana; probablemente se trataba de un arroyo.
Al cabo de un rato llevó la vista hacia el cielo parcialmente estrellado y pudo ver la luminosa luna llena surgiendo tras una nube del color de la noche. Comenzó a pensar que iba siendo hora de detenerse y acampar; aunque no le hacía demasiada gracia pasar la noche en un bosque…
Entonces un grito de una joven atravesó el aire llegando hasta sus oídos. Provenía de algún punto no muy lejano hacia la derecha del camino, en las profundidades del bosque. El jinete había notado como su corcel también se agitaba. El joven no se lo pensó dos veces y se internó junto a su caballo en la oscura espesura.
Intentaba avanzar deprisa, evitando las ramas cercanas y mirando a su alrededor intentando encontrar a la joven. A medida que avanzaban, el sonido del agua correr se hacía más intenso.
No sin dificultad, consiguieron salir lo más deprisa posible de entre la frondosa vegetación. Ante ellos apareció el arroyo, en el cual podía verse reflejada la luna llena.
El joven jinete notó algo moverse unos metros a su izquierda. La luz de la luna le permitió vislumbrar a alguien saliendo del agua a toda prisa. Se dirigió hacia allí.
Al llegar vio como una joven de unos diecisiete años se sobresaltaba ante la aparición del jinete y su montura. Se le veía el miedo reflejado en sus ojos claros; estaba desnuda, cubriéndose parcialmente con un vestido blanco algo gastado que había recogido del suelo apresuradamente ante la aparición del joven. Tenía el largo pelo castaño oscuro húmedo cubriéndole parte de la cara y el cuerpo.
-¿Te encuentras bien?- Dijo el joven.
La chica no podía ocultar su miedo y desconfianza hacia aquel desconocido. Entonces miró hacia un punto más lejano y abrió mucho los ojos, aterrorizada.
El jinete llevó la vista hacia el punto que miraba la chica. Pudo ver entre las sombras del bosque, no demasiado lejos, un lobo que caminaba de un lado a otro, con los ojos iluminados.
Entonces el lobo aulló largamente. El jinete pudo ver de reojo como la joven se estremecía encogiéndose aún más. Finalmente el lobo se alejó y se perdió entre la maleza.
-Era un lobo. No ocurre nada- le dijo, tranquilo, el joven jinete a  la chica.
Esta parecía comenzar a calmarse.
-Yo… Yo… creía…- Intentaba decir mirando en la dirección donde había visto al lobo la primera vez.
El jinete se acercó.
-¿Quieres que te lleve a tu casa?- Se ofreció.
La chica aún mantenía cierta desconfianza, pero prefería irse con aquel desconocido que quedarse un segundo más sola en aquel bosque…

La joven iba sentada tras el jinete, el cual le había hecho sitio suficiente para que pudiera subirse. Permanecía cabizbaja y en silencio, manteniendo la distancia con aquel joven. Aún no tenía plena confianza en él...
Tras volver al camino avanzaron durante varios minutos en medio de la más absoluta oscuridad. Oyeron algunos aullidos lejanos. El joven jinete percibía que esto alteraba sobremanera a la chica…
Tras un rato comenzaron a aparecer algunas casas hasta que entraron en una pequeña aldea. Pero algo ocurría en aquel lugar… El joven jinete lo percibía… Las casas estaban a oscuras; y no se oía nada ni a nadie. Era como si aquel lugar estuviese abandonado…
-¿Es aquí donde vives?- Quiso saber el jinete.
-Sí- contestó mostrando su desconfianza.
El joven miró atentamente alrededor.
-¿Por qué están todas las casas a oscuras? ¿Es que vives aquí tú sola?- Insistió.
La joven no estaba segura de si debía contestar.
Entonces una figura se aproximó de entre las sombras tras escucharse una puerta abrirse.
-¿Ralia? ¿Eres tú?- Preguntó una voz de mujer claramente preocupada.
-¡Mamá!- Ralia desmontó con cierta dificultad y se dirigió corriendo a trompicones hacia su madre.
Ambas se abrazaron con fuerza.
-¡Ralia! ¡¿Dónde te habías metido?!- Le preguntó ahora comenzando a mostrar enfado.
La chica se la quedó mirando con los ojos llorosos al tiempo que negaba lentamente con la cabeza, sin saber qué decir.
Entonces la mujer reparó en la presencia del joven jinete y su corcel.
-¿Tú has traído hasta aquí a mi hija?- Le preguntó con los ojos humedecidos aún por la emoción.
El joven permanecía entre las sombras, en silencio.
-Debo seguir mi camino- dijo finalmente.
La chica le miraba y le escuchaba atentamente.
-Muchas gracias. Nos gustaría que pasaras a nuestra casa. Te prepararé algo para cenar. También tenemos comida y techo para tu caballo- se ofreció la mujer ante la mirada de alarma de la joven hacia su madre.
-Gracias. Acepto- dijo el jinete mientras la chica lo fulminaba con la mirada.
Ya en el interior de la casa, la mujer encendió algunas velas que iluminaron tenuemente la estancia. Al joven le dio la impresión de que su intención era que la estancia no estuviese demasiado iluminada…
-Puedes sentarte- le dijo la mujer al jinete mientras se encaminaba a la cocina.
La joven no le quitaba la vista de encima al jinete; lo cual hizo que, sin darse cuenta, se le cayera al suelo un puñal que había llevado oculto hasta aquel momento…
La madre de la chica se detuvo en seco al escuchar el sonido y se giró de inmediato para confirmar sus sospechas. Al ver el puñal en el suelo se dirigió inmediatamente hacia Ralia. Le dio una bofetada. La chica se llevó una mano a la mejilla dolorida mientras se le saltaban las lágrimas. Su madre se llevó una mano a la boca, sin poder contener el llanto.
-¡¿Qué es lo que pretendías?!- Le gritó su madre a Ralia.
La chica se quedó callada unos instantes sin atreverse a mirarla a los ojos mientras su madre se mostraba desesperada.
-Estoy harta…- Comenzó a decir la joven- ¡Estoy harta! ¡Ese monstruo mató a papá y nadie hace nada por acabar con él!- Gritaba furiosa entre lágrimas.
-¡¿Y qué pensabas… que podrías acabar con ese ser tú sola?! ¡Lo único que conseguirías es que te matara!- Gritaba también su madre.
Ralia se calló mordiéndose el labio inferior. Odiaba reconocer que su madre tenía razón…
-¡Prefiero eso que vivir con miedo!- Dijo la chica antes de dirigirse a su habitación subiendo las escaleras y cerrar la puerta de un portazo.
El joven y la madre de Ralia se quedaron unos instantes en silencio. Él esperaba que se tranquilizara…
-Su padre fue asesinado hace unos días…- Dijo la mujer al fin.
El joven no contestó inmediatamente.
-¿“Qué” lo mató?- Preguntó muy serio.
La mujer observó al joven antes de contestar.
-Un licántropo. Hace unas dos semanas ha aparecido en la zona un licántropo. Casi todas las noches ataca… La aldea de al lado ahora está vacía… Además de mi marido ha matado a otras tres personas de la nuestra- consiguió decir.
Entonces se escuchó un grito de dolor de un hombre proveniente del exterior. El jinete y la mujer salieron de inmediato. Varias personas salieron también de sus casas. El joven comprobaba que habían permanecido ocultos…
-¡Es Matt!- Decía un joven delgado que se dirigía corriendo hacia una figura que se tambaleaba en la oscuridad.
El jinete se aproximó hacia donde se encontraba el hombre. Este cayó al suelo.
-¡Matt!- Corría un hombre de unos sesenta años con una frondosa barba y una barriga prominente- ¡Matt, hijo!
El jinete pudo observar bajo la luz de la luna que tenía una terrible herida de garra en el hombro. El joven herido intentaba hablar.
-Casi… Casi lo consigo…- Dijo levantando una daga ligeramente ensangrentada antes de perder el conocimiento.
¡Matt! ¡Oh, no!- Se desesperaba su padre.
Un hombre algo más mayor se aproximó al joven y lo examinó.
-Tranquilo, Bont. Su vida no corre peligro… siempre y cuando deje de hacer locuras- le advirtió.
Entonces varios de los presentes repararon en la presencia del joven desconocido. Se comenzaron a escuchar murmullos…
El hombre más mayor se percató de las murmuraciones y se giró. Al ver al joven jinete se incorporó y se comenzó a acercar lentamente hacia él.
-Hola, joven. Soy el médico y el líder de esta aldea. ¿Qué se te ofrece?-Preguntó, acallando momentáneamente los comentarios a la espera de la respuesta…
El joven jinete miró a los que estaban a su alrededor. Mirara donde mirara veía miedo. Entonces vio que Ralia observaba oculta desde la ventana de su habitación…
-Yo mataré al licántropo- dijo, serio.
El silencio se impuso dejando escuchar los grillos cercanos. El médico, la madre de Ralia y los demás aldeanos allí presentes observaban a aquel joven desconocido, iluminado bajo la luz de la luna, con una leve esperanza pero con gran incertidumbre…

El joven jinete avanzaba lentamente por el descuidado camino secundario que llevaba a la aldea vecina. Los sonidos de la noche se habían intensificado sobremanera y el viento soplaba con más fuerza.
Súbitamente, algo se cruzó en el camino ante el jinete y su corcel haciendo que se detuvieran de inmediato. El joven se llevó la mano a la empuñadura de su espada.
-¡Espera! ¡Soy yo!- Dijo la voz de Ralia.
El jinete dejó la empuñadura y se quedó en silencio. Ralia se acercó.
-Ya sé que quieres que vuelva… Pero quiero ayudar…- Casi rogó.
El jinete se la quedó mirando unos instantes sin decir nada.
-En realidad me viene muy bien que estés aquí… Necesito un cebo- dijo esbozando una ligera sonrisa en su serio rostro.
Ralia no estaba segura de alegrarse por esas palabras…

Al cabo de un rato, Ralia se encontraba sentada sobre una roca plana rodeada de varios troncos de árboles de madera podrida, bajo la luz de la luna llena que resplandecía en un cielo ahora considerablemente despejado. Permanecía bajo la atenta y vigilante mirada del joven jinete que ahora estaba desmontado, oteando los alrededores sin perder de vista a la joven…
Entonces algo surgió repentinamente de la oscuridad sobresaltando a Ralia. Apareció una figura ataviada con ropas raídas: túnica azul oscuro, pantalones grises del mismo tono y un cinturón ancho negro de hebilla grisácea. A la luz de la luna se le podían ver claramente las fauces abiertas y las garras de las manos y los pies. Al acercarse a la joven se le distinguían cada vez con más claridad los ojos negros de mirada ansiosa… No había duda: era el licántropo.
-Hola pequeña…- Decía el licántropo arrastrando las palabras- Eres justo lo que llevaba tiempo buscando… Tranquila… Matarte no es lo primero que haré…- Sonrió de forma lasciva.
La joven, que temblaba de forma incontrolada con los ojos muy abiertos, se estremeció al escuchar las últimas palabras.
Entonces el jinete entró en escena desenfundando la espada produciendo un sonido que atravesó el aire de la noche. La hoja refulgía bajo la luz de la luna como los ojos del jinete…
Ralia reunió el valor suficiente y aprovechó el momentáneo desvío de atención del licántropo para intentar clavarle el puñal en el corazón; el joven jinete se sorprendió ya que ese no era el plan… Pero el ser, aunque inicialmente pillado por sorpresa, reaccionó de inmediato y le dio un fuerte golpe de revés con el brazo a la joven, la cual salió despedida contra un árbol quedando inconsciente…
El joven jinete actuó de inmediato. Se dirigió hacia el licántropo y este intentó alcanzarle con sus garras en varias ocasiones… pero el joven jinete esquivaba una y otra vez. Al levantar la espada el licántropo retrocedió.
El ser estaba contrariado y furioso.
-Tú no eres de aquí…- Dijo con su manera de arrastrar las palabras.
El jinete no dijo nada, manteniendo la guardia sin moverse.
Entonces el licántropo apoyó las manos en el suelo, como si fuera un animal, mirando hacia abajo durante unos instantes… El jinete veía como la musculatura del ser se tensaba; sabía que se disponía a atacar…
Y entonces el licántropo se abalanzó impulsado hacia el joven con las garras extendidas y las fauces abiertas totalmente, dispuesto a destrozar a aquel forastero…
Pero al llegar a la posición del joven jinete, este no estaba. El licántropo no se lo podía creer. Miraba incrédulo y loco de rabia en todas direcciones… Entonces se giró y, sin saber cómo, el jinete se encontraba ante él mirándolo con expresión seria e intensa… Y le clavó la espada a la altura del vientre, empujándolo con tal fuerza que, a su vez, se clavó en uno de los troncos de madera podrida que tenía justo detrás.
El licántropo sangraba por la herida y por la boca mientras miraba, estremecido, la espada que tenía clavada. Entonces elevó la mirada hacia el joven; en aquel momento la luz de la luna le permitía verle claramente el rostro. Y algo le llamó la atención.
-Un… Un momento… Yo a ti… te he visto en alguna parte…- Dijo con esfuerzo pero impulsado por el repentino recuerdo…
Antes de que pudiera seguir hablando, el jinete retorció la empuñadura y la espada se clavó aún más en el cuerpo del licántropo, haciendo que la madera del tronco se resquebrajara de forma sonora. El licántropo quedó con los ojos en blanco y expiró.
El joven se aseguró de que estaba muerto y le extrajo la espada.
Algo se movía a su espalda. Se giró de inmediato y vio a Ralia que se tambaleaba.
-Gracias…- Consiguió decir al tiempo que perdía el conocimiento de nuevo, cayendo lentamente mientras el joven corría a sostenerla, al tiempo que las lágrimas brillantes como perlas de la joven quedaban suspendidas en el aire nocturno iluminado por el resplandor de la luna llena.

A la mañana siguiente, el joven jinete se hallaba sobre su corcel rodeado por la gente de la aldea. Le ofrecieron provisiones, que aceptó, y quedarse si quería… pero él les dijo que debía irse.
-Tengo cosas que hacer- dijo tan solo.
Al alejarse bajo un cielo nublado de una mañana aún algo fría percibió que alguien le había seguido durante un rato. Se detuvo y se giró. Era Ralia. La joven parecía no saber qué decir…
-¿Cómo… Cómo te llamas?- Consiguió preguntar con la voz ligeramente afectada.
El jinete se giró totalmente junto a su corcel. Al principio no tenía ninguna intención de decirle su nombre… hasta que vio sus ojos…
-Mi nombre es Ethant- dijo.
Ralia se llevó una mano al pecho. Antes de que pudiera decir nada, el joven jinete levantó dos dedos juntos despidiéndose de ella mientras se volvía a dar la vuelta y comenzaba a alejarse con su corcel ante la atenta e intensa mirada de la joven.