El Jinete Olvidado
Hildergart.
Pasaron varios días. Ethant y su corcel recorrieron grandes extensiones de praderas desnudas bajo un cielo de nubes veloces y espesas. Las montañas lejanas, azuladas por la lejanía, mostraban claramente las nieves perpetuas de sus cimas. Aún en la distancia, imponían por su magnitud y las grandes extensiones abarcadas por sus estribaciones. El aire era cada vez más fresco y la luz del día se apagaba antes.
Había comenzado la tarde. El suelo había ido ascendiendo ligeramente desde hacía más de una hora. Ahora avanzaban por un camino de reciente aparición.
Al cabo de un rato divisaron un pequeño arroyo de aguas cristalinas que corría paralelo al camino. Ethant se detuvo para que su caballo pudiera beber el agua refrescante al tiempo que desmontaba y hacía lo propio.
Tras beber hasta quedar saciado y echarse agua en la cara, Ethant alzó la mirada y vio varias casas a lo lejos. Parecía que se trataba de granjas, ya que también pudo divisar varios campos de cultivo y algunas vacas aquí y allá. Podía escuchar a lo lejos el mugir de los animales y los cencerros repicar entre los silbidos del viento que se había levantado.
Entonces Ethant se giró alarmado al percibir movimiento a su derecha. Un niño de unos siete años había surgido de entre la maleza. Miraba con los ojos abiertos de par en par, con un brillo de entusiasmo, el corcel negro de Ethant.
-Vaaayaa…- Dijo, embelesado, el chaval mientras se acercaba lentamente sin poder dejar de admirar aquel magnífico animal.
Ethant se relajó al ver que no había peligro.
Mientras el niño rodeaba al caballo, que permanecía erguido y tranquilo, Ethant llenaba completamente las cantimploras.
-No deberías acercarte a un extraño- le advirtió al chaval sin apenas mirarle.
Pero aquel niño parecía no haberle escuchado. Iba murmurando palabras de asombro mientras seguía contemplando al corcel.
-¿Cómo se llama?- Preguntó con evidente confianza.
Ethant se detuvo ante su caballo y le posó una mano en la frente, gesto que fue correspondido con un leve movimiento descendente de la cabeza del animal, en cuyos ojos, que iba entrecerrando, se reflejaba el afecto hacia su jinete.
-Hildergart. Ese es su nombre- dijo dejándose llevar por recuerdos lejanos…
Ethant volvió a colocar las cantimploras las cuales quedaban cerca de la espada, que llevaba sujeta junto a los fardos, y montó a lomos de su corcel. Este comenzó a mover las patas preparándose para proseguir la marcha. El niño se apartó lentamente, intentando aprovechar al máximo aquellos últimos instantes en que podría ver a Hildergart.
-Debe estar muy orgulloso de ser su dueño…- Le dijo a Ethant prácticamente mirándole por primera vez.
Ethant comprobó que todo estaba en su sitio y miró levemente hacia la dirección que ahora tomarían.
-No soy su dueño. Es mi amigo- le dijo casi esbozando una sonrisa antes de dar la vuelta y comenzar a alejarse de aquel niño que se había quedado de pie en medio del camino con las últimas palabras de Ethant resonándole en la cabeza. El chaval había quedado impresionado.
No había transcurrido mucho rato desde que Ethant, a lomos de Hildergart, reanudara la marcha cuando escuchó voces provenientes de más adelante. Por lo que alcanzaba a escuchar parecía que se trataba de varios hombres. Ethant, al no percibir peligro, decidió proseguir; aunque se mantenía alerta…
Al cabo de unos minutos, el joven jinete vio a dos hombres sobre un carro tirado por dos caballos de avanzada edad. Parecían discutir mientras iban mirando a menudo hacia atrás.
-¡Te dije que no debíamos acercarnos!- Le reprochaba al otro un hombre de mediana edad, con el pelo corto y negro y los ojos mostrando claramente una mezcla de preocupación y desesperación mientras sudaba y respiraba deprisa.
-¡No íbamos a quedarnos esperando eternamente! ¡Sabes perfectamente que estamos en peligro!- Le respondía un tipo algo más mayor, de pelo gris y barba corta del mismo color, cuyos ojos, fruncido el ceño, miraban al frente en un serio semblante.
Ethant observó que se giraron al mismo tiempo. Al segundo siguiente se escuchó un gemido de dolor proveniente de la parte trasera del carruaje. El jinete instó a Hildergart a que fuera aminorando la marcha hasta casi detenerse.
Los dos individuos del carro repararon en la presencia del joven. El hombre del pelo gris se dirigió al desconocido sin detenerse.
-Ten mucho cuidado… Allá abajo hay una banda de malhechores muy peligrosos- le advirtió mientras pasaba a su lado, mientras el otro tipo, que sudaba de forma considerable, lo miraba atentamente con expresión preocupada.
Entonces Ethant vio a un tercer hombre tendido en el suelo de la parte trasera del carro. Se llevaba una mano a una herida en un costado que no paraba de sangrar del todo. Tenía la ropa manchada de sangre, al igual que el suelo a su alrededor; algunas viejas herramientas de labranza se encontraban desperdigadas sobre la superficie. El tipo se movía, dolorido, como si no supiera donde se encontraba, ahogando un gemido de dolor.
El carro comenzaba a alejarse en dirección contraria. Los dos hombres seguían discutiendo, aunque ahora estaban bajando la voz debido a la cercanía del extraño. El carro se movía lastimeramente, como si también hubiese sido herido.
Ethant miró al frente. Más adelante parecía que había un montón de indeseables que daban serios problemas a la poca gente de los alrededores… Entonces, como transportadas por el viento, le llegaron unas palabras a los oídos que hicieron que se detuviera justo antes de seguir adelante.
-¡Tengo que pensar en mi hijo pequeño! ¡Si nos quedamos nos matarán!- Gritaba ahora el hombre del pelo negro.
Ethant pensó de inmediato en el chaval de hacía un rato que había quedado fascinado con la presencia de Hildergart. Seguramente se refería a él…
Ethant se giró y vio que el carruaje ya se encontraba a bastante distancia. Nuevamente volvió a mirar hacia el frente. Su plan inicial de tomar una ruta que evitara el encuentro con los malhechores había cambiado…
Después de cerca de una hora avanzando, Ethant y Hildergart llegaron a un barranco desde donde se podía divisar, bajo un cielo parcialmente cubierto de nubes grises, las extensas llanuras de más abajo, en las cuales la escasa vegetación se acababa algo más adelante, dando paso a un terreno árido a merced de los vientos. Ethant entornó ligeramente los ojos al distinguir en la lejanía lo que parecían algunas casas en medio de aquella incipiente desolación. Junto a las mismas veía una entrada excavada en una gran roca solitaria; desde aquella distancia parecía que se trataba de una mina. Justo al lado había una construcción parecida a una pequeña torre que probablemente se trataba de un almacén.
El joven jinete pasó un rato calculando distancias y probabilidades. Al ver el sol comenzar a aproximarse a las majestuosas montañas, decidió que aquella noche la pasaría en aquel mismo lugar, vigilando…
Durante la noche no había podido ver movimiento desde aquel lugar tan alejado, pero las luces del interior de algunas de las casas le indicaban que aquel lugar estaba habitado. Aquellos tipos no podían estar en otro lugar…
A la mañana siguiente, tardaron casi tres horas en descender el barranco por un camino pedregoso y difícil. Por el otro lado había uno más asequible, en el cual se podían distinguir las huellas recientes dejadas por cascos de caballos y las ruedas de un carruaje; pero Ethant no quería dejarse ver, aún en la lejanía.
Una vez abajo, la llanura se extendía ante él y su amigo. Ahora no tendría lugar para ocultarse; tan solo las distorsiones provocadas por el sol, el viento y la distancia…
Se aproximaba el mediodía cuando ya no faltaba mucho para llegar al pequeño conjunto de casas viejas y destartaladas que, en su día, fueron el refugio de los mineros que trabajaron en aquel apartado lugar. Porque era obvio que en aquel lugar hacía tiempo que ya no trabajaba ningún minero… La mina estaba abandonada.
Ethant no había perdido de vista lo que tenía delante en ningún momento; no había visto a nadie entrar ni salir ni de las casas ni del almacén ni de la mina. Había intentado pasar cerca de algunos arbustos que llegaban a alcanzar un metro de altura y que iban apareciendo aquí y allá; pero era consciente de que no le podían proporcionar la posibilidad de ocultarse lo suficiente…
A medida que se aproximaba, el silencio parecía intensificarse a su alrededor; un silencio tenso y amenazador… El viento silbaba levantando nubes de polvo de forma ocasional. Hacía mucho rato que no había visto ningún animal, por pequeño que fuera.
Ethant llegó finalmente al conjunto de edificaciones de madera vieja y erosionada. Una especie de calle principal quedaba formada separando las pocas y pequeñas casas en dos grupos. La mina, con el almacén al lado, quedaba al fondo. Avanzaba con cautela, mirando atentamente de un lado a otro sin mover la cabeza…
Entonces percibió movimiento tras una de las casas a su derecha. Se detuvo.
Tras la casa, un tipo con un pañuelo sucio al cuello y ropas llenas de polvo acababa de divisar al jinete que se había internado en el poblado improvisado. Al ver su armadura y la gallardía de su montura se puso nervioso. Aquel no era el típico granjero al que estaban acostumbrados a “tratar”… Al cabo de unos instantes, y tras pensarlo mejor, llegó a la conclusión de que, de todos modos, no debería haber problema… Solo era uno.
El tipo extrajo un machete que llevaba en la espalda, enfundado a la altura de la cintura, y volvió a asomarse cautelosamente. Ya no estaba. Se había esfumado el jinete y su caballo…
Súbitamente, se giró al notar que no estaba solo y se encontró a Ethant de pie ante él mirándolo con ojos sentenciadores… El tipo no se lo pensó dos veces y le atacó con el machete… pero Ethant le agarró la muñeca de la mano que portaba el arma y le asestó un contundente puñetazo en el estómago, haciendo que al tipo casi se le salieran los ojos de las órbitas. Cayó inconsciente al suelo.
Ethant miró a su alrededor en busca del resto de sus compinches. Estaba seguro de que le habían tendido una emboscada, urdida al verle llegar a lo lejos…
En el interior de la pequeña casa, otros dos individuos de indumentaria similar al anterior y con los mismos gestos y maneras, se encontraban agazapados, armados con espadas viejas con desperfectos en las hojas. Estaban algo intranquilos ya que habían escuchado ruido fuera…
-¿Crees que Sgut habrá acabado con ese?- Preguntó nervioso el que era más gordo.
El otro, de gestos más pausados, como si le costara moverse, y piel curtida alzó la cabeza para escuchar atentamente.
-Ya debería haber venido a avisarnos…- Concluyó.
En ese momento los cristales de la ventana que quedaba sobre sus cabezas se hicieron añicos con gran estrépito al ser atravesados por el cuerpo inconsciente de Sgut, que cayó sobre ellos junto a una lluvia de cristales…
-¡¿Qué pasa?!- Exclamó el primero intentando quitarse a su compinche fuera de combate de encima.
Mientras tanto, el otro contemplaba asombrado como por la ventana entraba ágilmente aquel jinete desconocido al que estaban esperando desde hacía rato… Pero al cabo de unos segundos se lanzó al ataque con la espada gastada pero letal… Ethant la esquivó oblicuamente, bloqueándole el brazo durante menos de un segundo, tiempo suficiente para darle un codazo en la cara que lo dejó sin sentido. La espada cayó al suelo ante la atónita mirada del otro tipo que acababa de deshacerse del peso de Sgut; levantó la vista con recelo hacia Ethant, que ni siquiera le dirigía la mirada, aunque le estaba controlando totalmente de reojo… El tipo salió huyendo.
Esta reacción pilló ligeramente por sorpresa al joven jinete; pero ya debería haber supuesto que se enfrentaba a un hatajo de cobardes…
Salió caminando al exterior, de regreso a la breve calle principal. Miró a su alrededor y no vio ni escuchó a nadie. Se dirigió a la casa adyacente. La puerta se abrió bruscamente al propinarle una patada. Miró en el interior de la defectuosa construcción y solo encontró la misma suciedad y restos de botines que en la anterior.
Ethant repitió la misma operación en todas y cada una de las casas. Una tras otra las puertas se iban abriendo estrepitosamente después una potente patada del joven jinete. Lo que encontró fue similar en todas; pero allí no había nadie… Ethant sabía perfectamente, y ahora de una forma más concreta al observar los indicios en los interiores de las casas, que aquella banda de malhechores no estaba compuesta por únicamente tres individuos… Calculaba que debían ser aproximadamente una decena.
Ya solo le quedaba por mirar en el interior de la mina y en el almacén.
Y un leve sonido le llegó desde el almacén similar a un torreón. La trampa consistía en ir allí… Pues bien, hacia allí.
El joven jinete cubrió los metros que le separaban de la relativamente alta construcción de madera, que parecía que fuera a desmoronarse en cualquier momento, al igual que el resto de casas, inmerso en el punto álgido del silencio reinante…
Subió una rampa que conducía a la entrada consistente en una puerta doble. Esta vez no tuvo que abrir por la fuerza. Se internó en la estancia, mucho más amplia de lo que parecía desde fuera. Estaba llena de cajas de madera, vacías por lo que dedujo… Aunque cayó en la cuenta demasiado tarde en que no estaban del todo vacías.
Una de las cajas a un lado de donde se encontraba se abrió de golpe y surgió uno de aquellos tipos desarrapados con una daga que, indudablemente, no siempre le había pertenecido a él. Cuando atacó a Ethant, este le dio un puñetazo en la cara que lo sacó de la caja… Se habían estado ocultando en las cajas, dentro y fuera. Ethant comprobó que se había equivocado en sus cálculos… Eran más de los que pensaba.
Uno de ellos le intentó alcanzar con una hoz, pero Ethant lo esquivó y le dio una patada en el pecho… pero otro de los malhechores llegaba en ese momento por detrás y le golpeaba con un garrote en la espalda. Ethant quedó dolorido unos instantes, pero inmediatamente golpeó con el antebrazo armado a la cara de su agresor, lanzándole hacia atrás…
Todo era cada vez más confuso.
Otro le atacaba con un cuchillo y el jinete lo desarmaba y le daba un puñetazo en un costado, haciendo que aquel fuera al suelo y se llevara una mano por el dolor… Apareció otro que le intentaba golpear con una de las tapas de las cajas; Ethant se protegía con los brazos, pero no pudo ver una patada que le alcanzaba en el estómago. Ethant retrocedió.
Detrás, la pared. Delante, más de diez individuos armados y dispuestos a acabar con él… Y no llevaba su espada…
Y cuando estaban a punto de abalanzarse contra él, la doble puerta del almacén, que había sido atrancada desde dentro por los malhechores para que Ethant no pudiera salir, se abrió totalmente destrozándose junto a la tabla que la bloqueaba. Hildergart entró en escena relinchando.
-¡Hildergart!- Exclamó Ethant.
Los malhechores estaban desconcertados… Se miraban los unos a los otros mientras veían aquel magnífico corcel que corría hacia su amigo derribando a coces a todo aquel que se cruzara en su camino… Los que no habían sido golpeados se apartaban apresuradamente. Hildergart llegó a la altura de Ethant y bajó ligeramente la cabeza.
-Gracias, amigo- le decía al oído mientras le ponía una mano en la frente.
Rápidamente, el jinete recuperó su espada y la desenfundó. Se giró y vio que aún quedaban unos cinco individuos… que salieron huyendo.
Ethant salió corriendo tras ellos, deslizándose por la rampa por la que se accedía al almacén, mientras aquellos que huían habían pretendido tenderle una nueva emboscada… Antes de llegar al suelo fue atacado por ambos flancos por armas cortantes… pero Ethant, con una velocidad increíble, dio sendos tajos a sus atacantes que cayeron abatidos… Al llegar al suelo los tres que quedaban se abalanzaron sobre el jinete… pero este describió tres arcos en el aire que parecían uno solo, haciendo saltar regueros de sangre que dejaban los tipos mientras caían al suelo levantando nubes de polvo…
Ethant sacudió su espada antes de enfundarla de nuevo. Justo en ese instante Hildergart salía al exterior.
Ethant miraba a su alrededor. Había esperado no tener que utilizar su espada, pero no le habían dejado alternativa…
Entonces escuchó un ruido proveniente del interior de la mina. Llevándose la mano a la empuñadura de su espada se dirigió de inmediato hacia la entrada. Cuando llegó, tras caminar unos metros iluminado por la luz de una antorcha vio a un chaval de unos quince años que temblaba de arriba abajo.
-No… No me mate… por favor…- rogaba casi con lágrimas en los ojos.
Ethant quitó la mano de la empuñadura. Entonces miró hacia la antorcha.
-Quémalo todo y marchaos de aquí. Si vuelvo a veros os mataré- sentenció el joven jinete antes de comenzar a girarse sin perder de vista al chaval.
Este asentía desesperado sin poder articular palabra. Ethant salió de la mina y regresó junto a Hildergart que le esperaba en la entrada. Sabía que si los granjeros divisaban el humo sabrían que algo habría pasado. Miró a su alrededor hasta estar seguro de que ya había acabado allí… Montó en Hildergart.
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