jueves, 27 de octubre de 2011

Las, cuando menos, curiosas aventuras de Onto - Capítulo 5

                                         Las, cuando menos, curiosas aventuras de Onto

                                                          El amigo imaginario de Onto.


La madre de Onto pasó delante de la cocina y se giró levemente mientras seguía caminando. Pero, al pasar de largo, se detuvo bruscamente. No podía ser… Volvió de inmediato para atrás y contempló atónita la escena que tenía delante. Onto estaba sentado en la mesa y, a su lado, un tipo de más de cuarenta años, mayor que él, gordo, casi calvo, pelirrojo con el pelo desaliñado, barba larga y descuidada, con una camiseta interior blanca de tirantes sucia, unos calzoncillos amplios de rayas blancas y azules y unas chanclas, se estaba zampando una lata de beans, que le resbalaban por la boca hasta la camiseta y el mantel de la mesa. El tipo miraba con ojos muy abiertos y asustados a la madre de Onto, que temblaba de cólera.
-Onto…- Dijo, conteniéndose…
-¡Hola mama! ¡Este es Pruden, mi amigo imaginario!
-¿Tú… qué…?- Estaba a punto de explotar…
-No puedes verlo porque yo me imagino que no está aquí.
-¿¡Qué!?
Pruden también lo miró sin entender nada. Volvió su mirada hacia aquella mujer que se intentaba controlar la furia en vano...
-Eeh... Se...señora, verá... Yo solo le seguí el rollo a este...

Desde el espacio exterior se oyó un alarido terrible:
-¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!
Y luego: ¡BLAM! ¡BLAM! ¡BLAM! ¡BLAM!...
La madre de Onto le estaba pegando el palizón de su vida a Pruden... con una escoba...
-¡Mama! ¡Que es mi amigo imaginario! ¡¡Matarás a mi amigo imaginario!! ¡¡¡Maaamaaaaaaa!!!

Detective Night - Capítulo 5

                                                                  DETECTIVE NIGHT

                                                                       La ayudante.


Hiro quedó impactado. Ante él tenía a una joven guapísima y con un cuerpo espectacular que le dejó casi sin respiración. Tenía el pelo castaño oscuro, largo y recogido en una trenza. Cuando abrió los ojos vio que los tenía de color avellana. Vestía como si fuera una colegiala, con camisa blanca, rebeca cerrada verde oscuro, falda corta del mismo color y botas bajas marrones. En una mano llevaba una cartera de un color marrón muy oscuro. Hiro no era capaz de hablar todavía…
-¡Hola! ¡Usted debe ser el señor Red, ¿verdad?! ¡Yo soy Mei y tengo diecinueve años!- Hablaba entusiasmada, sin dejar de sonreír.
-Eeeh, sí, soy yo… pero…
-¡Genial!- Dijo sin dejarle terminar y entró casi atropellándole…
Se quedó mirando la estancia llevando la vista rápidamente de aquí para allá. Cuando vio la mesa donde Hiro atendía a los clientes, se dirigió decidida hacia allí y dejó la cartera encima. Hiro se la quedó mirando mientras cerraba lentamente la puerta… y contempló atónito como se sentaba en su silla y comenzaba a vaciar la cartera.
-Um, veamos… Necesitaré esto, y esto, esto ahora no, esto… tampoco. ¡Vale!
Acto seguido comenzó a abrir cajones. Hiro estaba con la boca abierta pero no era capaz de decir nada.
-¡Señor Red! ¡Aquí hay un cajón en el que solo hay unas cuantas revistas con señoritas desnudas! ¿¡Le importa si las saco y meto mis cosas!?
Hiro reaccionó irremediablemente dirigiéndose a toda velocidad a coger las revistas que Mei había dejado sobre la mesa.
-¡Estooo…! ¡Son pruebas! ¡De un caso!- Dijo rápidamente, dudando de haber resultado convincente.
Mei no dijo nada y se puso unas gafas de montura fina que le quedaban bastante grandes, destapó un bolígrafo y abrió una pequeña libreta.
-Señor Red, le agradezco mucho que me permita ser su ayudante. Estoy segura de que aquí adquiriré valiosísimos conocimientos que me serán de indudable utilidad en mis estudios de criminología. Espero no resultarle una molestia- dijo esto último inclinando levemente la cabeza y poniendo unos ojos que brillaban suplicantes.
Hiro intentaba decirle desde hacía un buen rato que mejor que se fuera a su casa; que dudaba que él pudiera enseñarle algo a alguien… Pero al escuchar sus palabras y ver esos ojos simplemente fue incapaz…
-Vale… De acuerdo…
-¡Genial! Si no le importa vendré los lunes, miércoles y viernes ya que los otros días tengo clases que me coinciden.
-Bien… Bien…
En ese momento sonó la puerta con dos golpes. Hiro se dirigió a abrirla mientras Mei se quedaba mirando con curiosidad; enseguida decidió seguirle con la libreta y el boli en la mano. Hiro abrió. Era Aki.
-¡Aki! ¡Hola!- Dijo, sorprendido.
-Hola- dijo con cierta indiferencia. Se percató de la presencia de la joven.
Mei la miró fijamente. Hiro no estaba seguro, pero le pareció estar en medio de una especie de fuego cruzado de miradas…
-Pasa, ¿quieres tomar algo?- Dijo Hiro, dándose cuenta de que su aspecto correspondía al hecho de haberse acabado de levantar…
-No, gracias. Solo venía a darte esto- le extendió una carpeta de cartón.- Son algunos informes de última hora relacionados con el caso del que te habló Maze.
Hiro iba a hablarle de Mei, que no le quitaba la vista de encima, pero Aki se adelantó.
-Bueno… Veo que estás ocupado. Hasta luego- dijo secamente y salió por la puerta.
Hiro se quedó con la boca abierta al intentar pronunciar palabra; pero no pudo ni empezar.
-¿Quién es?- Preguntó Mei, mirando a Hiro con los ojos entornados, como si quisiera ver más allá…
Hiro se recompuso.
-Es Aki, inspectora de policía.
-¿Conocida del pasado?
-Sí. Trabajábamos juntos.
-¡Ah, sí! Mi tío ya me dijo que tú habías sido policía…- Dijo como si no lo supiera de sobras…
-Bueno… Yo voy a prepararme. Tengo mucho que hacer.
-¡Vale! ¡Yo prepararé el desayuno! Aún no he comido nada.
El detective comprobó lo bien que cocinaba Mei. Y, la verdad, le resultaba agradable la compañía. Hacía un rato, la hubiera echado inmediatamente, pero, finalmente, decidió que se dejaría llevar por la situación. Pensó un momento en Aki y decidió cambiar a otros pensamientos…
Hiro recuperó su mesa mientras Mei trabajaba con su ordenador portátil en la otra. Tenía la carpeta que le había dado Maze la noche anterior y la que le había dado Aki hacía un rato. Tanto una como otra venían encabezadas por el miso título: “Caso O.C.O (Organización Criminal Omega)”. Abrió ambas y extrajo todo el material que contenían. Era lo mismo que había visto en las diapositivas, pero ampliado. Documentos, fotos, informes… Y en la carpeta de cartón había  listas de posibles actividades llevadas a cabo por la organización. Había de todo tipo: secuestros, extorsión, robos, asesinatos… Pero no había ni una sola evidencia de que alguno de esos delitos hubiese sido cometido por la organización. Posiblemente utilizaban terceros, los cuales cargaban con todo el peso de la ley si les atrapaban; eso hablaba de la peligrosidad de la organización: los que trabajaban indirectamente para ella preferían ir a la cárcel que revelar información que, seguramente les costaría la vida… Otra de las conclusiones a las que llegó Hiro es que los miembros de la organización no debían ser muchos; los que le mostró Maze y no muchos más. Así era muy difícil dar con ellos y, por supuesto, acabar con la organización… Seguramente, pensó, estaban situados en puntos distantes de la ciudad; pero debían reunirse periódicamente… Y sí, daba por hecho que ninguno de ellos vivía lejos de la ciudad; en las afueras como mucho. Si no, la organización no sería tan fuerte, si alguno o algunos de sus miembros estaban alejados del territorio en el que operaban…
Leyó con detenimiento toda la documentación y examinó atentamente todo el material gráfico. Al cabo de una hora había terminado.
No sabía muy bien por donde empezar…
Mei se había tomado un descanso y comenzó a realizar algunos estiramientos. Hiro no pudo evitar desconcentrarse. Se levantó y se dirigió al sofá antes ocupado por la joven. Encendió la televisión. A Hiro le gustaba ver las noticias… sobretodo las deportivas.
-Vaya… no han empezado- pensó en voz alta.
Tenía que hacer un esfuerzo por no mirar a Mei, que no paraba de estirarse de diferentes maneras y adoptar distintas posturas…
-¡Pero bueno, ¿por qué no empiezan ya?!- Exclamó, algo alterado.
-¿Mm?- Mei se giró, extrañada.
Pero en ese momento algo en la pantalla llamó la atención de Hiro. Hablaban de un incendio en la ciudad que había tenido lugar la noche anterior; por lo visto, un rato después de que él llegara a su casa. En un momento determinado, escuchó unas palabras, por parte de la reportera, que le llamaron la atención:
-“…incendio de origen desconocido…”
Aún se desconocían detalles, pero, refiriéndose a la identidad de la víctima, solo dijeron que se trataba de un miembro del equipo de gobierno de Blue City.
Hiro se quedó escuchando el resto de la noticia mientras Mei lo miraba con curiosidad. Finalmente se incorporó y dijo con decisión:
-Ahora ya sé por donde empezar.

Hiro dejó a Mei a cargo de la agencia. Se dirigió hacia su coche y fue rumbo al edificio en el que había sido asesinado el abogado del que le habló Maze y que estaba relacionado con el caso O.C.O. Estaba algo lejos.
Justo cuando llegó a la calle en la que estaba situado el edificio, recibió una llamada. Era Izo.
-¡Hola, Hiro! ¡Je, je, je!- Reía con nerviosismo.
-¡Anda, pero si es Izo! ¡Ya te cogeré!- Dijo no muy en serio; aunque Izo no lo captó…
-¡Perdona! Pero es que estaba tan entusiasmada…
Hiro sonrió.
-No te preocupes… Todo está bien.
-Gracias, amigo.
-No hay de qué. Oye, ahora iba a llamarte de todos modos; ¿has visto u oído las noticias? El incendio…
-¿Hum? No, no… ¿por qué?
-Supongo que aún estarán intentando apagarlo. Luego habrá una investigación sobre el origen del mismo. Necesito que me mantengas informado.
-Cuenta con ello.
-Bien, gracias.
Hiro guardó el móvil y bajó del coche para recorrer los metros que le separaban del lugar hacia donde se dirigía.
El número 46. El portal era bastante grande. Antes de entrar miró hacia arriba y pudo ver los restos de las llamas en los muros, a pesar de que la casa donde se habían originado pertenecía a un piso elevado. Justo en ese momento salía una señora mayor que dejó la puerta abierta. Hiro la sujetó con la mano y pasó al interior. Llegó hasta el ascensor y, al entrar, vio que los números a marcar llegaban hasta el 20. El piso al que tenía que ir era el 19. Pulsó el botón correspondiente y esperó un buen rato hasta llegar hasta dicho piso. Al salir del ascensor, se encontró de inmediato, a su derecha, con una barrera puesta por la policía. Se acercó y la apartó lo suficiente para poder pasar. La puerta se abrió con facilidad ya que había sido forzada, seguramente por los bomberos. Cuando entró tuvo una sensación incómoda, de desasosiego. A medida que avanzaba, dicha sensación se iba intensificando. Todo había sido devorado por las llamas. La víctima no tuvo escapatoria: según el informe, durante unos segundos la temperatura fue extrañamente superior a lo normal en estos casos y, como ya le había adelantado Maze, no había ni un indicio de cual había sido el origen del fuego. Muy extraño. Al cabo de unos instantes llegó a una sala más grande que las anteriores que había visto; tenía el aspecto de ser el despacho en el que el abogado atendía a sus clientes. Se fijó bien y, rápidamente, salió de la estancia y miró las paredes y el techo del pasillo. Volvió a entrar y se volvió a fijar: aquí el color negro dejado por las llamas parecía más intenso y, además, los destrozos parecían haber sido mayores. Eso quería decir que el incendio, muy probablemente, se había originado en aquella estancia. Según el informe, el fuego se declaró en un intervalo de tiempo que correspondía al horario laboral de la víctima. El asesino se había asegurado de que estuviera en su despacho. Pero, ¿cómo lo había hecho? No podía haber provocado un cortocircuito a distancia, ni podía haber sido una bomba ya que se hubiese oído una explosión, además de que los daños en el lugar hubiesen sido mayores… Hiro recorrió la sala de arriba abajo durante un buen rato mientras intentaba desentrañar aquel enigma. Entonces pensó que la mejor manera de haberlo hecho era lanzarle un artefacto incendiario desde afuera, a través de la ventana… pero era un piso 19; y alguien podría haberlo visto… Se dirigió hacia la ventana que estaba abierta y por el que entraba el sonido del tráfico intenso del mediodía. Se asomó y observó los alrededores. Los edificios de alrededor estaban a cierta distancia… también el de enfrente. Pero algo llamó la atención del joven detective: a pesar de la distancia, pudo ver claramente, bajo la ventana que quedaba justo enfrente de la que él estaba, un cartel: “Se alquila”. En seguida supo que ya no tenía nada más que hacer allí… pero sí en el edificio situado delante. Salió colocando la barrera como estaba, intentando que no quedaran señales de su presencia en aquel lugar; tomó el ascensor y salió al exterior. Con cierta dificultad llegó al otro lado de la abarrotada calle, ya que en aquel punto no había un semáforo cercano… y, además, Hiro quería llegar cuanto antes a donde se dirigía. No podía esperar. El portal era más pequeño que el del edificio en el que acababa de estar; se trataba de un edificio más modesto. Tocó a un botón del portero automático, al azar.
-¿Sí?- Contestó un voz de mujer de mediana edad.
-Publicidad, ¿puede abrirme, por favor?
La voz no contestó pero sonó el sonido que indicaba que podía abrir la puerta. Nuevamente se dirigió al piso 19. Llegó ante la puerta de la casa situada justo enfrente de la del abogado asesinado. Tocó el timbre esperando que alguien le abriese. Hiro sonrió satisfecho al oír pasos. La puerta se abrió y apareció ante él un hombre de más de sesenta años, casi calvo y con el pelo blanco, de complexión media; vestía con camisa, corbata, pantalones y zapatos de oficinista.
-¿Puedo ayudarle en algo?
-Buenos días, estaba interesado en este piso. ¿Podría pasar y echarle un vistazo?
-¡Claro, pase!- Le cambió la cara al confirmar el “motivo” de la visita.
Hiro se hizo el interesado y tuvo que escuchar todas las explicaciones sobre las bondades de aquella vivienda.
-Me interesa ver el salón.
-¡Claro! Por aquí.
Al llegar, Hiro se fue dirigiendo hacia la ventana, mientras aquel hombre seguía con su “discurso”. “Al menos le gusta hablar… Eso me puede venir muy bien”, pensó Hiro. Cuando llegó a la altura de la ventana, la examinó. En el suelo no había ningún resto… pero en el hueco por donde se deslizaba la ventana pudo ver algo de una especie de polvo de color rojizo.
-Perdone, ¿podría traerme un vaso de agua, por favor?
-¡Como no! ¡Ahora vengo!
Hiro ya estaba bastante seguro de que el asesino no podía ser el casero. Hubiese reaccionado al verle cerca de la ventana y ante la petición para que saliese un momento. Extrajo de uno de sus bolsillos un pincel pequeño y de otro una bolsita de plástico con cierre. Tomó una muestra del polvo rojizo y se la guardó justo antes de que apareciese aquel buen hombre con el vaso.
-Muchas gracias- dijo tomando el vaso con agua.
-¡No hay de qué!
Hiro bebió un sorbo y habló.
-Oiga, con lo bien que está esta casa es extraño que nadie viva en ella, ¿no?
-Bueno, la verdad es que el último cliente era un tipo un poco extraño. Pagó un mes y se fue. Además, parece que ni siquiera estuvo todo el tiempo aquí…
Lo tenía.
-¿Y no se acuerda de su nombre, su aspecto…? Es que es posible que sea amigo mío…
-Uum, respecto a su aspecto, iba con sombrero, gafas de sol y gabardina… Siempre estaba mirando hacia otro sitio cuando hablaba; de modo que le aseguro que no sé como era. Respecto al nombre, recuerdo que se llamaba Albert Damihr. ¿Es su amigo?
-No, no lo es… Pero gracias de todos modos. Tengo que irme. Le llamaré si decido alquilar la casa.
Hiro se fue. Mientras volvía a su coche pensó que, aparte del polvo que había recogido, no tenía mucho más… El nombre seguramente sería falso. De todos modos, más tarde llevaría la muestra del polvo rojo a analizar. Y, además de esperar, poco más podía hacer…

Llegó a la agencia y, antes de abrir la puerta, oyó a Mei hablando con alguien. Entró y vio que estaba sentada en su mesa y una mujer de unos sesenta años estaba de espaldas, frente a la joven. Mei, al verle, se incorporó de un salto y exclamó exultante:
-¡Hiro, una cliente!

jueves, 20 de octubre de 2011

Las, cuando menos, curiosas aventuras de Onto - Capítulo 4

                                          Las, cuando menos, curiosas aventuras de Onto

                                                                El peligro está cerca…


Onto llegó corriendo, sudando y jadeando, con una tira de papel higiénico saliéndole por la parte de atrás de los pantalones, a la cocina, donde su madre estaba preparando la comida.
-¡Mama! ¡Mama!- La urgió, asustado y desesperado.
La madre de Onto suspiró.
-¿Qué te paasaa, Onto?- Dijo sin dejar de pelar las patatas.
-¡Mama! ¡Me quiere matar! ¡Está en contra de que siga vivo! ¡No está de acuerdo con el hecho de que respire!.. ¡Discrepa…!
-¡Vale, vale, ya te he entendido! A ver, ¿quién te quiere matar?
Onto tragó saliva.
-El váter.
La madre de Onto paró de inmediato con lo que estaba haciendo y golpeó con el cuchillo en la mesa.
-¡¿Ya estamos?! ¡¡¿Ya estamos?!!
-Pero mama…
-¡Ni peros ni calabazos! ¡¿Cuándo vas a parar?! ¡¡¿Cuándo?!!
-Pero, mama… el váter…
-¡Onto! ¡Tienes 42 años! ¡Ya es hora de que te des cuenta de que las cosas no son como piensas!
-Pero…
-¡No lo son! ¡Y ahora vete a dar una vuelta!
Onto, resignado, obedeció y salió al pasillo. Entonces miró al fondo, de donde había venido, y pudo ver en el interior del cuarto de baño, en la puerta, al váter con una mirada maliciosa y una boca abierta y sonriente formada por dos hileras de multitud de puntiagudos dientes, mientras portaba un cuchillo afilado de 20 centímetros en una mano y una granada de mano en la otra.
Lo último que se vio desde el cuarto de baño, mientras se cerraba la puerta, fue la mirada de terror de Onto y la mueca formada por su boca ahora torcida mientras temblaba de arriba abajo, antes de oírse un portazo y hacerse la oscuridad.

Detective Night - Capítulo 4

                                                               DETECTIVE NIGHT

                                                            La organización Omega.


Era la hora de la noche en la que menos personal había en la comisaría. En el despacho del comisario Kaito Maze, el propio Maze y el detective Hiro Red se encontraban reunidos.
-Bien, Hiro- comenzó a hablar el comisario, serio.- Hay un motivo muy importante por el que realmente estás aquí.
Hiro estaba cada vez más intrigado. El comisario encendió un proyector electrónico y se dirigió a desenrollar una pantalla que ocupaba casi toda una pared. Abrió la carpeta que había ido a buscar a la estantería y comenzó a extraer documentos, fichas, fotos… Apagó la luz justo antes de sentarse en su silla y comenzar a manipular el ordenador portátil que ahora estaba conectado al proyector, quedando la estancia únicamente iluminada por la luz reflejada en la pantalla de la pared. En la misma, apareció una imagen de un edificio en el cual una de las casas estaba en llamas y el humo cubría gran parte de la escena. Había mucha gente abajo y los bomberos intentaban sofocar las llamas, aunque la casa en cuestión pertenecía a un piso elevado y apenas podían llegar, aún con las escaleras móviles. Hiro creía recordar que había oído hablar de este suceso y no hacía mucho de ello.
-La casa que está ardiendo pertenece a un prestigioso abogado de la ciudad; se trataba, además, de su despacho. Vivía solo y murió solo. Se llamaba Roland Talbot.
A continuación, el comisario pasó a otra imagen. En esta ocasión una ambulancia y varios coches de policía flanqueaban un coche accidentado a la entrada de un túnel ya iluminado por ser de noche. El coche estaba tan destrozado que costaba adivinar el modelo.
-El coche pertenece a Robert Cullum, miembro de la policía secreta. Sobra decir que no sobrevivió…
Seguidamente volvió a pasar de imagen y esta vez apareció un hombre de unos cuarenta años acribillado a balazos, sentado y echado hacia atrás en la silla de un local que, por lo que Hiro pudo distinguir con la poca luz que había, era de alterne.
-La víctima es Jeffrey Carlyle. Importante hombre de negocios… de negocios turbios.
-Supongo que todas las víctimas tienen un nexo en común.
-Se nota que eres detective…- Maze sonrió muy levemente.- El señor Carlyle no era el único que tenía algo que ocultar. El señor Talbot tenía tratos con clientes de difícil defensa, para que nos entendamos. Y el señor Cullum parece que trabajaba a dos bandas…
Hiro asintió lentamente mientras escuchaba con atención.
-Pero eso no es lo que único que une a estas tres víctimas; porque sí, todos fueron asesinados… por el mismo asesino.
Hiro creía comenzar a entender.
-Entonces se trata de encontrar a dicho asesino…
Maze suspiró.
-Lo que ocurre es que no se trata de un único asesino, sino de varios. Lo que quiero decir es que nos enfrentamos a una organización criminal. Sus métodos son precisos y efectivos. Nunca hay pistas, nunca hay pruebas. Uno de nuestros agentes ha conseguido obtener información sobre la organización y varios de sus miembros… pero a cambio de su vida.
Poco a poco Hiro iba tomando consciencia de la gravedad de la situación.
Maze pasó a otra imagen. Era una ficha, pero donde tendría que haber una fotografía había un recuadro negro.
-“El ilusionista”. Creemos que se trata de un varón joven, experto en “trucos” de todo tipo. Es hábil con el disfraz y muy inteligente.
Siguiente ficha.
-“El gourmet”. Por la información de que disponemos, pensamos que es un hombre de entre cuarenta y cincuenta años, culto y un apasionado de la alta cocina. Parece que tiene a varios hombres a sus órdenes que le realizan la mayor parte del “trabajo”.
Siguiente ficha.
-“El pirómano”. Es un tipo que conoce el fuego como si fuera parte de él mismo. No tenemos ninguna pista sobre su edad o aspecto físico, solo que es muy “inestable”. Como probablemente estarás pensando, creemos que es el responsable del incendio en el despacho de Talbot. Todavía no se conoce el origen de la deflagración que lo provocó…
Siguiente ficha.
-“El melómano”. Tiene estudios de arquitectura… aunque de una arquitectura bastante heterodoxa… Gran amante de la música clásica. Siempre la escucha cuando elabora diseños con características “especiales”.
Siguiente ficha.
-“El atormentado”. Es uno de los más “normales”, pero también uno de los más peligrosos… Tiene entre treinta y cuarenta años y es un experto asesino a sueldo.
Siguiente ficha. En este caso, en la foto, aparecía una mujer cubierta con una gorra y gafas de sol, y apenas se la veía de perfil. Tan solo una larga cabellera rubia atada en una cola y los labios pintados de un rojo intenso. Llevaba una chaqueta de cuero y guantes de motorista.
-“La dama cruel”. Te aseguro que su nombre es muy adecuado, aunque quizá se quede corto… Es, tal vez, la más peligrosa de todos los individuos que has visto hasta ahora.
Maze se dispuso a pasar a la siguiente ficha.
-Y, por último…
Siguiente y última ficha. Recuadro negro en lugar de foto y un signo de interrogación tras el apartado subrayado “Información.” Pero sí que encabezaba un nombre.
-“El Jefe”. Es el líder de la organización. La organización criminal “Omega”.
Hiro se quedó pensativo. Intentaba recordar y ordenar toda la información que Maze le acababa de proporcionar. Con la ficha de “El Jefe” aún en pantalla, Maze se dirigió a Hiro señalando la carpeta.
-En esa carpeta está toda la información de que disponemos. Verás una carpeta más pequeña en el interior. Contiene una copia de todo, llévatela. Necesito que me ayudes a detener a estos sujetos. Por eso te he mandado llamar.
Hiro buscó la carpeta y la encontró. La dejó aparte y miró hacia la pantalla.
-¿Tienen algún objetivo especial?
-Ah, sí… Sí que lo tienen…
Maze tardó unos segundos en contestar.
-Se dedican a varios tipos de actividades delictivas, pero su objetivo final parece que es el de convertirse en la organización criminal que controle a las demás. Aunque… Sospecho que hay algo más.
-¿Algo más?
-No te sabría decir… Es solo una sospecha.
Ambos se quedaron mirando la pantalla unos segundos.
-Hiro, ¿nos ayudarás?
-Por supuesto- contestó Hiro sin vacilar.

Al cabo de unos minutos, Hiro salía del edificio y se dirigía a su coche. No paraba de darle vueltas a todo lo que Maze le había mostrado. Se había tenido que enfrentar a muchos delincuentes y situaciones peligrosas, antes, cuando era agente de policía, y ahora, como detective privado… Pero esto lo superaba todo. Sabía que su vida iba a cambiar bastante a partir de aquel momento. Mientras conducía rumbo a su casa, sintió que estaba cansado de tanto pensar; y además, no tenía ganas de llegar aún. Aparcó a cierta distancia del edificio en el que vivía y se dirigió por las callejuelas solitarias rumbo a un  local nocturno muy tranquilo que solía frecuentar; sobretodo cuando necesitaba no pensar en nada…
Al cabo de unos cinco minutos, y portando la carpeta que le había proporcionado el comisario, llegó a un bar nocturno cuyo cartel de luces de neón rezaba: “Moon”. Entró por aquella puerta que solía cruzar varias veces por semana, más o menos a las mismas horas, cuando no faltaba mucho para el momento del cierre. Como de costumbre, el local estaba casi vacío; tan solo alguna pareja ocupando una de las mesas y algún que otro tipo solitario apurando un vaso de whiscky tras, probablemente, haberlo estado contemplando durante largo rato. Limpiando las mesas que habían estado ocupadas hacía poco estaba una joven, muy atractiva, pelirroja y el pelo recogido en una cola no muy larga, con pecas y ojos de color castaño claro. Llevaba una camisa blanca ajustada con varios botones desabrochados dejando a la vista un generoso escote y unos pantalones vaqueros de color azul, también ajustados, marcando sus pronunciadas curvas; además llevaba un mandil blanco a la cintura. Se la veía algo cansada y sudaba levemente. Alzó la vista y vio a Hiro, que se la había quedado mirando.
-¡Hola, Hiro! ¡¿Qué tal todo?!
-Hola, Tina. ¿Mucho trabajo?
-Bueno… A veces compensa…-dijo mirando a Hiro con una mirada especial, que ya había visto en otras ocasiones, y que sabía que decía mucho más de lo que expresaba con palabras…
-Voy a ver que se cuenta el gruñón de tu jefe…
Tina sonrió y no dijo nada más, al tiempo que se concentraba en lo que estaba haciendo.
Hiro llegó a la barra y se sentó en el taburete alto de costumbre. Curiosamente, siempre estaba vacío, como si estuviese preparado para él.
-Hola, Dwayne. ¿A quién has matado hoy?
El tipo alto y corpulento que estaba de espaldas colocando algunas botellas se giró de golpe.
-¡Hiro! ¡Ya llevabas tres noches sin aparecer por aquí!
-He estado liado…
Dwayne Sand, el dueño del local “Moon”, era un tipo de unos cincuenta años, con algo de barriga; tenía el pelo canoso y barba abundante. Vestía con camisa y pantalones de vestir, y sus zapatos negros estaban impecables.
-¿Qué vas a tomar?
-Lo que tú y yo sabemos…
-Je, je, ¡por supuesto!
Dwayne tomó una botella de los estantes, un tipo de refresco de cola, y de un armario pequeño situado fuera de la vista de los clientes sacó una botella de cristal sin etiqueta. Era un licor especial, de baja graduación, que había aprendido a hacer cuando estuvo en la guerra, como le había contado una y mil veces a Hiro… Mezcló ambos líquidos calculando con cuidado y se lo sirvió al detective con su correspondiente hielo en abundancia.
-“El olvido del condenado”. Que lo disfrutes.
-Gracias.
-¿Qué te cuentas, Hiro?- Preguntó mientras este bebía un largo sorbo.
Hiro miró la carpeta que tenía a un lado y contestó.
-Ya sabes… Con mis casos y eso… Poca novedad.
-Ya… ¿No has pensado nunca en volver al cuerpo?
-No.
Dwayne no contestó. En ese asunto prevalecía su mentalidad de ex-militar. En varias ocasiones le había transmitido al joven detective una velada desaprobación por haber abandonado un trabajo que él tanto admiraba.
En ese momento, una mujer que estaba sola y en la que Hiro no había reparado cuando entró, se levantó de una mesa y se dirigió a la puerta. Durante tan solo un instante, le pareció que se trataba de Aki, y toda su atención de dirigió hacia aquella joven… Pero se fijó mejor y vio que no era ella. Decidió que había llegado la hora de irse.
Se despidió de Dwayne y de Tina y se dirigió a su casa.

Al llegar comenzó a ponerse cómodo y estuvo a punto de mirar si había mensajes en el contestador; pero estaba muy cansado y decidió que lo haría al día siguiente al levantarse.

El despertador sonó y Hiro se desperezó. Aún medio dormido fue hacia aquel contestador que, en realidad, no hacía falta que consultara tanto, ya que demasiadas pocas veces tenía algo interesante que decir… Pulsó el botón y vio en la pantalla que tenía un mensaje sin escuchar. Con gran curiosidad pulsó el botón correspondiente para escucharlo.
-Eeeh, hola Hiro. Soy Izo. Bueno... Verás… Ayer no te lo quise decir porque estábamos ocupados con el caso, pero resulta que ya tenía pensado ponerme en contacto contigo para ver si me podías hacer un favor… El caso es que tengo una sobrina que está estudiando criminología en la ciudad, y alguna que otra vez le he hablado de ti y de tus hazañas, je, je… La verdad es que se ha entusiasmado mucho  y me ha pedido que le dejes ser su ayudante, o algo así,  para aprender… Como sé que tu respuesta sería sin duda negativa, me he permitido preparar un encuentro para que la conozcas y, si puedes, te niegues… ¡Espero que me perdones! ¡Y gracias!
Hiro tenía los ojos muy abiertos. No se lo podía creer… Izo lo había vuelto a hacer.
-¡Iiizooooo!- Gritó apretando el puño ante él.
En ese preciso instante sonó la puerta. “No puede ser”, pensó Hiro. Se dirigió a la puerta mientras despotricaba mentalmente y en voz baja contra Izo. La abrió y se encontró con una jovencita con los ojos cerrados y una amplia sonrisa en la cara.

viernes, 14 de octubre de 2011

Un crucero de pesadilla

                                                            Un crucero de pesadilla


Comenzaba a atardecer cuando zarpaba el barco de recreo “La Centuria” del puerto de la isla de Malva rumbo a otra, a mucha distancia hacia el sureste, la isla de Ofelia. En el barco había sitio para cientos de pasajeros… pero, aparte de la tripulación, el capitán y quince hombres más, sólo iban cuatro personas como pasaje: se trataba del grupo de música heavy trash rock turbo metal “Kings of Final Down”. Como estaban acostumbrados a hacer lo que les daba la gana y, además, se lo podían permitir, decidieron alquilar el barco para su uso exclusivo. Soñaban con pasarse las horas en la enorme piscina en cubierta, comer del buffet libre hasta reventar y correr por las diferentes zonas del barco dando alaridos y saltando “obstáculos”. Así hasta llegar a su destino, donde tenían un gran y brutal concierto, al igual que lo habían tenido en la isla de la que partían.
El capitán era un hombre corpulento, de cerca de sesenta años, una mirada dura a través de sus ojos azules y una barba larga y canosa que no llegaba a alcanzar la blancura impecable del traje propio de su rango. La idea de llevar a cuatro tipejos caprichosos, melenudos y de dudosa higiene, forrados por soltar horribles berridos ante miles de pobres diablos con gusto musical inexistente, sinceramente, no le acababa de gustar. La compañía a la que pertenecía “La Centuria” y para la que él y sus hombres trabajaban estuvo, por descontado, encantada de llevar a esos jóvenes talentosos, ídolos y modelos a seguir por parte de una juventud prometedora, aceptando sus lógicas condiciones. El capitán tenía un dicho: “El mar es juez de quién transita por sus dominios; aceptará dejar pasar a quién realmente tenga que hacerlo; no así con quién no muestre su respeto hacia las aguas profundas”. La verdad es que era un dicho que había ido perfeccionando y completando a lo largo de las múltiples travesías a medida que había ido observando a los diferentes tipos de pasajeros que había tenido que transportar bajo su mando; había visto de todo, auténticos idiotas que parecían burlarse del mar… pero nunca como aquellos cuatro elementos.

Johnny Megadeath estaba tumbado tranquilamente en la enorme piscina del barco, completamente solo, sobre una tumbona flotante, con posavasos, en el que tenía un gran cóctel con multitud de sombrillitas, algunas bengalas encendidas, trozos de fruta y hielo. Llevaba unas gafas de sol con la parte superior formando una ligera “V” y un bañador con una calavera metálica en cada pernera. Tenía el pelo largo y negro, extendido en el agua, la cual reflejaba el sol poniente, ahora de un color anaranjado. Era el vocalista, guitarrista primero y líder de la banda.
Bernard Iron había cogido una muestra de cada uno de los postres preparados en el gran comedor y los tenía dispuestos en una enorme mesa en la que, por descontado, sólo estaba él. Comía como si no fuera a haber mañana… como si no fuera a haber nada dentro de cinco minutos. Mientras comía mezclando todos los sabores que podía, no le perdía la vista a los postres que aún le quedaban por probar, contribuyendo a aumentar de volumen su ya enorme barriga. También tenía el pelo largo y castaño, dos enormes pendientes, un aro de oro en cada oreja, y vestía unas bermudas negras y un chaleco del mismo color, abierto, dejando al descubierto aquel pozo sin fondo que no paraba de aumentar. Era el batería del conjunto.
Joseph Metalfire estaba en el casino, jugando a todos los juegos que podía con varios miembros de la tripulación, que cobraban una “propina” extra por este servicio especial. Los hombres del capitán jugaban, y perdían, sin cambiar su expresión de seriedad y profesionalidad, mientras Joseph no paraba de hacer alboroto cada vez que ganaba a la ruleta o al Blackjack. En realidad no solo debían jugar con él… sino que también debían perder; eso sí, sin que se notara demasiado… ¡¿Cómo se iba a divertir Joseph entonces?! Vestía una especie de traje de chaqueta blanco con zapatos y camisa negra. Tenía una fina barba recortada rubia y una larga cabellera del mismo color. Era el bajista del grupo.
Roy Speed era el más joven de la banda, tendría unos veintitantos años. Pelo negro largo pero no tanto como sus compañeros, bastante delgado y un aro en el labio inferior; ataviado con ropa y protecciones de skater en tonos negros y grises. Iba por todo el barco con un monopatín que manejaba con maestría. Llegaba a las escaleras que bajaban hasta uno de los varios halls de la gran embarcación y se deslizaba por la barandilla a toda velocidad.
-¡Yujuuuuuu!- gritó antes de aterrizar limpiamente y seguir su recorrido con el turbo puesto.
Era el teclista de la formación.
El capitán los observaba, uno a uno, a través de los monitores del puente de mando, sin cambiar la dureza y seriedad de su expresión. “Ojalá hubiese un banco de tiburones cerca…” pensó; pero sabía que los bancos de tiburones más cercanos se situaban más hacia el suroeste…
Finalmente llegó la noche y los cuatro componentes de “Kings of Final Down” se reunieron en un enorme camarote de lujo con cuatro camas y todo lo que necesitaban; y si no, no dudaban en llamar por el interfono.
-¡Oiga! ¡Se han olvidado las rosquillas recubiertas de chocolate con almendras!- Se quejaba Bernard mientras mantenía pulsado el botón.
-¿Qué pasa, ya has acabado con todo lo que había en el buffet, magnazampabollos?- Preguntó Joseph con su tono incisivo e irónico.
Bernard lo miró con furia.
-¡Si no fuera porque me faltan fuerzas por no comer lo suficiente…!
-¡Me voy a dar otra vuelta antes de que me coma a mí!- Dijo Roy haciendo amago de levantarse de la cama para coger su monopatín.
Roy y Joseph comenzaron a reír a carcajadas y Bernard, que no había soltado el dedo del interfono, estaba enrojecido de rabia.
-¡Os voy a…!
-Tranquilos chicos- dijo en un tono sosegado Johnny, el líder.- Disfrutemos del viaje- concluyó al tiempo que terminaba de abrocharse una camisa de manga corta que le quedaba por fuera con multitud de pequeños esqueletos con sombrero de paja, gafas de sol con montura de color rosa y tocando el ukelele.
Como de costumbre, los demás hicieron caso a su líder, al cual respetaban y admiraban.
-Dinos Johnny, ¿Cuándo está previsto nuestro desembarco?- preguntó Joseph con su característico tono.
-Deberíamos llegar mañana poco antes del mediodía. Aún tenemos tiempo de exprimir este lugar…
-Sí, he visto una sala llena de videojuegos- dijo Roy, como quién revela algo que guardaba para el momento oportuno.
-¡Videojuegos!- Gritaron los cuatro al unísono y se pusieron a saltar y aullar de alegría y emoción.

Los gritos llegaron hasta los oídos del capitán, que miraba fijamente hacia el horizonte, con expresión de hartazgo y resignación.
En ese momento uno de los tripulantes se acercó al capitán.
-¡Señor! Hemos divisado un banco de niebla más adelante.
-¿Niebla? Eso no es posible.
-Es muy extraño señor… Es como si… estuviese viva.
-¿Qué estupidez es esa?
-Es la opinión que compartimos los que la hemos avistado.
-Continúen el rumbo previsto.
-Pero, señor…
-¡Continúen el rumbo!
-¡Sí, señor!- Contestó el oficial poniéndose firme y saliendo inmediatamente en dirección a transmitir la orden del capitán.

A medida que el gigantesco barco avanzaba, el cielo, los alrededores, y el mar sobre el que navegaba iban quedando ocultos bajo aquella niebla extraña que parecía envolverlo.
-¡Visibilidad nula, señor!
-¡Utilicen los instrumentos! ¡Para eso los llevamos!
En el enorme camarote de la banda había un ambiente de risas y jolgorio. Prácticamente habían vaciado dos de los cuatro muebles-bar llenos de refrescos de todo tipo, algunos realmente exóticos como el de sandía con burbujas, y chocolatinas traídas de diversos países; de algunos incluso desconocían su existencia…
-En cierto modo se podría decir que te has comido el mundo- dijo Joseph dirigiéndose a Bernard al tiempo que miraba de reojo a Roy.
Este último se tiró por los suelos poniéndose las manos en la barriga sin poder parar de reír. Bernard miró a uno y a otro alternativamente.
-¡Callad! ¡Yo todo esto lo quemo en la batería!
Joseph giró la cara para ocultar la sonrisa que precedía a una carcajada contenida. Bernard se dio cuenta y enrojeció de rabia sin dejar de comer chocolatinas y beber tragos de refresco de kiwi.
-Claro, Bernard. Todos sabemos que lo das todo en tu puesto- dijo Johnny, consiguiendo que Bernard se calmara y siguiese comiendo satisfecho por el comentario de su líder.
-¿Mm? ¿Habéis visto eso por la ventanilla?- Dijo Joseph acercándose al ojo de buey.
-¿Qué ocurre?- Preguntó Bernard con la boca llena.
-Niebla…- Dijo Johnny, pensativo.
¡Toc, Toc! Sonó la puerta.
-¿Ya has pedido algo, Bernard?- Preguntó Joseph agudizando su tono de siempre.
Bernard le miró extrañado con media chocolatina asomándole por la boca y negó con la cabeza.
Roy se levantó y se intentó recomponer mientras se dirigía a la puerta. Los demás se fijaron en la niebla, y en la manera extraña en que se movía.
Cuando Roy abrió la puerta apareció ante él un tipo de unos dos metros de altura; era como un esqueleto que aún conservaba algo de piel y vestía con ropa raída, como de otro tiempo. Con el ojo enrojecido que no tenía colgando le miró fija e intensamente. Roy se quedó quieto, sin mover un músculo, como si aquello que tenía delante no fuera real. Volvió a cerrar la puerta, con tranquilidad pero tenso.
-¿Quién era?- Inquirió Joseph acercándose.
Roy tardó unos segundos en contestar.
-Nadie… No era nadie...
-¿Cómo que no era nadie? Lo hemos oído perfectamente…
-En serio tío… Te he dicho que no era nadie…- Le interrumpió con creciente nerviosismo.
Volvieron a oírse tres golpes más en la puerta, pero esta vez sonaron retumbando con eco por toda la estancia, como si alguien golpeara desde algún lugar lejano.
-¡¿Qué ha sido eso, tíos?! Me está entrando muy mal rollo…- Dijo Bernard, evidentemente asustado.
-Tranquilo, Bern. A lo mejor es cosa de la tripulación. Deben ser seguidores nuestros…- Intentó tranquilizarle Joseph, inquieto, sin resultar muy convincente.
El pomo de la puerta comenzó a girar.
-¡Tíos, esa cosa va a entrar!- Dijo alarmado Roy.
De algún modo, todos sabían que aquello no era nada bueno.
-¡Coged lo que encontréis como arma!- Les urgió Johnny al tiempo que se abalanzaba sobre la puerta y se apoyaba sobre ella empujando mientras agarraba el pomo con las dos manos.
Joseph se acordó de su equipo de golf y fue a buscar el palo que llevaba. Roy se comenzó a colocar su equipo de skater e inmediatamente se haría con su monopatín. Y Bernard se empezó a llenar los bolsillos de chocolatinas…
-¡Chicos, sea lo que sea, va a entrar!- Dijo Johnny mientras el pomo terminaba de girar y “aquello” comenzaba a abrir la puerta.
Los demás se dispusieron detrás de Johnny, preparados para entrar en acción. Joseph miró hacia los bolsillos de Bernard.
-¡¿Esas son tus armas?! ¡¿Piensas acabar con nuestro “amigo” a base de chocolatinazos?!
-¡Calla! ¡Me darán la fuerza que necesito!
-¡Tíos, preparaos!- Gritó Roy.
La puerta se abrió. Aquel ser estaba furioso y entró abalanzándose hacia los cuatro compañeros.
-¡¿Dónde crees que vas?!- Dijo Johnny con una voz fiera al tiempo que le daba un tremendo puñetazo en la cara.
El ser se tambaleó.
-¡Vamos!- Les dijo el líder a los demás.
Joseph le dio un fuerte golpe con el palo de golf en la cabeza, Bernard le empujó y Roy pasó a su lado señalándole con el dedo.
-¡Ahí te quedas “casi-muerto”!
Cuando los cuatro compañeros estaban corriendo juntos por el largo pasillo, Joseph se dirigió sonriente hacia Roy.
-¡”Casi- muerto”! ¡Eso ha sido genial!
Oyeron al casi-muerto cómo aullaba mientras les perseguía, aún a cierta distancia.
-¡Chicos, será mejor que no nos coja!- Dijo Johnny tocándose el puño dolorido que le sangraba levemente.
-¡Creo que deberíamos ir al puente de mando, con el capitán y la tripulación!- Dijo Joseph.
-¿¡Y dónde estaba!?- Preguntó Bernard.
No hubo ningún chiste. Silencio. Estaba claro que ninguno lo sabía. No les había importado saberlo… Hasta ahora.
-¡Yo no estoy seguro, pero creo que hay varios caminos que llevan al puente! Dijo Roy, que mantenía la velocidad para ir a la par que sus compañeros.
-¡Roy! ¿¡Puedes ir delante para ver si encuentras alguno de los caminos y volver para guiarnos!?- Preguntó Johnny, consciente del entusiasmo que iba a despertar en el joven.
-¡Eso está hecho!- Dijo alzando el puño y saltando levemente con el monopatín.
-¡Nos separaremos e intentaremos llegar al puente de mando cada uno por su cuenta!- Resolvió el líder.
-¡Bien!- Dijeron los demás al unísono.
Y al llegar a una encrucijada cada uno tomo un camino distinto.

Como siguiendo su instinto, Bernard llegó de nuevo al gran comedor. Se detuvo en medio de la sala vacía, exhausto. Se apoyó en las rodillas flexionando la espalda e intentó recuperar el aliento con la boca totalmente abierta. Entonces miró de reojo la mesa, en la que aún quedaban postres sin terminar, y decidió que, si quería llegar al puente de mando, debía cargarse de las fuerzas suficientes para conseguirlo… y eso sólo lo conseguiría comiendo “un poco”. Comenzó a devorar lo que no se había terminado antes, y estaba a punto de dirigirse hacia las bandejas a por más comida cuando divisó algo al fondo de la sala, por donde había venido. Una enorme bola de helado naranja cayó al suelo mientras contemplaba a otro casi-muerto. Este parecía más joven, era más bajo y llevaba unos pantalones cortos vaqueros rotos y desgastados. Respiraba agitadamente, mirándole con evidente ansiedad. Sin quitarle la vista de encima, Bernard comenzó a moverse para salir corriendo de allí al tiempo que el casi-muerto se lanzó a una velocidad pasmosa hacia él.
-¡Uuuooooh!- Gritaba Bernard mientras corría aún llevando los helados.
Al comprobar con desesperación que “aquello” le iba a alcanzar comenzó a lanzarle helado sin dejar de correr y casi sin mirar hacia donde apuntaba. Aún así consiguió acertarle varias veces, llenándole de multitud de colores. Algunos helados se le cayeron a los pies y Bernard cayó al suelo horrorizándose ante la inevitable caza del casi-muerto. Pero este también resbaló con el helado que se derretía hacia sus pies. Estaban los dos en el suelo, pero no se podían levantar. Cada vez que lo intentaban volvían a resbalar. Bernard intentó desplazarse por el suelo como podía, mientras que el casi muerto se enfurecía cada vez más al no poder ponerse en pie. Aún así, el casi-muerto avanzaba.Y alcanzó a Bernard llegando como pudo. Bernard notó como le agarraba el pie; se giró desesperado y comenzó a propinarle patadas con todas sus fuerzas, indiscriminadamente, aunque la mayoría le alcanzaban en la cara. Al mismo tiempo, y a su pesar, comenzó a lanzarle las chocolatinas que llevaba en el bolsillo, hasta que se le acabaron. Ante su sorpresa parecía que le había dejado ligeramente aturdido. Intentó levantarse entonces y, aún con algún que otro resbalón, consiguió incorporarse. El casi-muerto aún estaba atontado pero parecía que se iba recuperando. Durante unos instantes Bernard miró hacia las bandejas repletas de manjares pero, resignándose, salió corriendo del gran comedor.

Joseph había logrado llegar a cubierta.
-No puedo estar muy lejos del puente…- Dijo para si.
Llegó a una zona donde había multitud de mesas y sillas vacías, claro. La niebla lo envolvía todo, menos el interior del barco, aún la cubierta. Entonces, del interior del bar exterior salió una figura. Una figura femenina. Una casi-muerta. Llevaba un vestido ajustado rojo con un gran escote y muy corto. Aún conservaba un largo cabello castaño claro liso, aunque descuidado. Joseph se dispuso a salir corriendo, pero tropezó con una de las mesas, cayéndosele el palo de golf y la casi-muerta no tardó en alcanzarle tirándole al suelo de espaldas y quedando encima de él. Para sorpresa de Joseph la casi-muerta se lo quedó mirando con una mirada extraña… ¡No podía ser!
-Lo siento cielo, pero no funcionaría. Estoy demasiado vivo para ti- dijo justo antes de lanzarla a un lado ayudándose de las manos y los pies, empujándola con todas sus fuerzas. Joseph se levantó enseguida y fue a recuperar su palo de golf. Salió corriendo sabiéndose perseguido por la casi-muerta, que no estaba dispuesta a rendirse…

Roy no paraba de dar vueltas por los diferentes e interminables pasillos y las distintas zonas del gigantesco barco. Había tenido que evitar ya a varios casi-muertos. Ahora pasaba al lado de uno que por poco lo agarra con su esquelética mano. Al joven le daba la impresión de que cada vez había más de aquellas “cosas”. Al bajar deslizándose por una de las barandillas, comprobó con sorpresa que un casi-muerto estaba abajo, esperándole…
-¡Te vas a enterar! ¡Abre la boca!- Exclamó saltando para caer con todo su peso sobre la cara del ser, golpeándole violentamente con el monopatín.
Al aterrizar, continuó a toda velocidad girándose lo justo para comprobar como aquel casi-muerto se desplomaba. Roy sonrió satisfecho.
Después de recorrer un pasillo que lo había llevado a uno de los halls por los que ya había pasado y tras haber esquivado a dos casi-muertos más por el camino, se detuvo en seco y alzó los puños al aire gritando a pleno pulmón.
-¡¿Dónde está el puente de mandooooo?!- Harto, sabiendo que nadie le daría la respuesta en aquel instante y lugar.

Johnny había llegado al mayor hall de todo el barco. Lleno de enormes lámparas y flanqueado por dos escaleras que comunicaban con diferentes pasillos a varios niveles ascendentes. Estaba totalmente iluminado y en silencio. No había nadie más aparte de él… hasta que oyó una respiración agitada que provenía del amplio pasillo por el que había venido. Era el casi-muerto al que le había dado el puñetazo. Estaba muy enfadado. Johnny se terminó de dar la vuelta para encararle, sonriendo de mala gana.
-Vaya, hombre. Imagino que vienes a devolvérmela… Bien. ¡Pero eso será si puedes! Dijo poniéndose en guardia con los puños en alto.
El casi-muerto se enfadaba más y más por momentos. Tras mirar con furia a Johnny comenzó a avanzar cada vez a más velocidad hacia él. Cuando llegó a su altura, Johnny le lanzó un puño con la derecha, pero el casi muerto lo detuvo con la mano y le propinó un revés con la otra cerrada. Johnny cayó hacia atrás, al suelo. El casi-muerto se balanzó sobre él con las manos como garras, pero Johnny reaccionó a tiempo y le dio una patada en el estómago con la que consiguió echarle levemente hacia atrás, dolorido. Johnny se levantó de inmediato y, muy cabreado, comenzó a darle golpes con los puños en la cara, desde todos los ángulos que se le ocurría, uno y otro, y otro, al tiempo que el casi-muerto retrocedía. Johnny notaba como los puños le dolían terriblemente y la sangre saltaba cada vez en mayor cantidad. Finalmente, entrelazó las manos y las apretó con fuerza, formando una maza con la que se dispuso a asestar el golpe de gracia.
-¡Uuuaaargh!- Gritó Johnny con todas sus fuerzas al tiempo que le arrancaba la cabeza al casi-muerto con un terrible mazazo.
Johnny jadeaba sin perder de vista el cuerpo inmóvil, sin cabeza, que aún permanecía en pie. En ese momento llegó corriendo Bernard, sin aliento, por otro de los pasillos.
-¡Johnny!- Exclamó preocupado al ver la sangre brotar de sus manos.
-Estoy bien, estoy bien…- Dijo quitándole importancia mientras alzaba una mano.
Por otro de los pasillos se comenzaron a oír pasos que se aproximaban a gran velocidad.
-¡Te he dicho que lo nuestro no puede ser!- Dijo Joseph mirando hacia atrás, por donde aún no se divisaba a nadie.
-¡Josh!- Exclamó Bernard, alegrándose de ver a su compañero.
Joseph contempló la escena y luego dirigió su mirada a uno de los pasillos superiores, siendo imitado por el resto, de donde surgía Roy en su monopatín y acto seguido bajaba, como de costumbre, por la barandilla.
Cuando todos quedaron reunidos miraron hacia todas direcciones.
-Está claro que no sabemos donde está el puente de mando- concluyó Joseph, haciendo uso de su acostumbrado tono agudizado.
Entonces contemplaron horrorizados y con impotencia como, de aquí y de allá comenzaban a aparecer cada vez más casi-muertos. Por el pasillo por el que llegó Joseph apareció la casi-muerta que lo perseguía, con expresión de evidente satisfacción. Y el casi-muerto al que había derrotado Johnny fue a recuperar su cabeza, sosteniéndola con el brazo contra un costado, mientras esbozaba una maligna sonrisa. Los cuatro compañeros se cerraron espalda con espalda todo lo que pudieron, pero estaban rodeados…
-Maldita sea…- dijo Johnny con rabia.
No podían escapar.

En el puente de mando, un casi-muerto terminaba de obligar a sentarse al último miembro de la tripulación que había sido atado. El capitán permanecía de pie, rodeado de cerca por varios más, armados con sables oxidados y, ante él, una figura de más envergadura que él mismo se encontraba con los brazos cruzados. Llevaba una casaca roja antigua, pantalones raídos, botas y guantes viejos y un sombrero muy característico. El casi-muerto llevaba una barba que se asemejaba a un montón de algas blancas, y un enorme sable en la cintura. Se trataba del capitán pirata Gabriel Bloodsaber, desaparecido hacía doscientos años.
-Es muy extraño, capitán- comenzó a decir tranquilamente Bloodsaber.- ¿Dónde está todo el mundo? Mis hombres han capturado a cuatro pasajeros, pero ¿y el resto?
-Eso es todo- contestó el capitán de mala gana.
-¿Un barco tan grande para tan pocos hombres?
-Esos cuatro estúpidos alquilaron el barco entero para ellos solos. Parece mentira que se hayan hecho tan ricos con esa horrible música…
-¿Mmm? ¿Música?- Dijo Bloodsaber abriendo los ojos con interés.
El capitán pirata se quedó pensando unos instantes. Finalmente habló.
-Capitán, creo que podremos llegar a un trato.

En un enorme escenario, en una especie de coliseo que parecía que había estado sumergido, recubierto de restos marinos por todas partes, se encontraban los cuatro componentes de “Kings of Final Down”, en sus puestos, con los instrumentos a punto. Todo estaba a oscuras, bajo la noche profunda, con una luna enorme de un amarillo pálido que sobrecogía. De pronto, un haz de luz iluminó el escenario parcialmente. Luego otro que terminó de iluminar al grupo. Se oía un murmullo creciente a sus pies. Entonces Johnny Megadeath, el líder de la banda, habló a sus compañeros.
-Chicos, encontraremos la manera de salir de aquí, pero, hasta entonces… ¡Destrocémosles los tímpanos (o lo que les quede de ellos)!- Gritó transmitiéndoles su usual entusiasmo al tiempo que rasgaba su guitarra eléctrica con la mano vendada.
La música acelerada y salvaje de “Kings of Final Down” hizo volver locos a la enfervorecida multitud de cientos y cientos de casi-muertos que se movían y saltaban frenéticamente.
En un palco, sentado con una pierna sobre la otra, y el puño apoyado sobre la cara, mientras golpeaba, rítmicamente con un dedo sobre el reposabrazos, se encontraba el capitán pirata Gabriel Bloodsaber, que sonreía satisfecho mientras la música cruzaba la oscura noche y se perdía a través de las aguas profundas envueltas en tinieblas.