Un crucero de pesadilla
Comenzaba a atardecer cuando zarpaba el barco de recreo “La Centuria” del puerto de la isla de Malva rumbo a otra, a mucha distancia hacia el sureste, la isla de Ofelia. En el barco había sitio para cientos de pasajeros… pero, aparte de la tripulación, el capitán y quince hombres más, sólo iban cuatro personas como pasaje: se trataba del grupo de música heavy trash rock turbo metal “Kings of Final Down”. Como estaban acostumbrados a hacer lo que les daba la gana y, además, se lo podían permitir, decidieron alquilar el barco para su uso exclusivo. Soñaban con pasarse las horas en la enorme piscina en cubierta, comer del buffet libre hasta reventar y correr por las diferentes zonas del barco dando alaridos y saltando “obstáculos”. Así hasta llegar a su destino, donde tenían un gran y brutal concierto, al igual que lo habían tenido en la isla de la que partían.
El capitán era un hombre corpulento, de cerca de sesenta años, una mirada dura a través de sus ojos azules y una barba larga y canosa que no llegaba a alcanzar la blancura impecable del traje propio de su rango. La idea de llevar a cuatro tipejos caprichosos, melenudos y de dudosa higiene, forrados por soltar horribles berridos ante miles de pobres diablos con gusto musical inexistente, sinceramente, no le acababa de gustar. La compañía a la que pertenecía “La Centuria” y para la que él y sus hombres trabajaban estuvo, por descontado, encantada de llevar a esos jóvenes talentosos, ídolos y modelos a seguir por parte de una juventud prometedora, aceptando sus lógicas condiciones. El capitán tenía un dicho: “El mar es juez de quién transita por sus dominios; aceptará dejar pasar a quién realmente tenga que hacerlo; no así con quién no muestre su respeto hacia las aguas profundas”. La verdad es que era un dicho que había ido perfeccionando y completando a lo largo de las múltiples travesías a medida que había ido observando a los diferentes tipos de pasajeros que había tenido que transportar bajo su mando; había visto de todo, auténticos idiotas que parecían burlarse del mar… pero nunca como aquellos cuatro elementos.
Johnny Megadeath estaba tumbado tranquilamente en la enorme piscina del barco, completamente solo, sobre una tumbona flotante, con posavasos, en el que tenía un gran cóctel con multitud de sombrillitas, algunas bengalas encendidas, trozos de fruta y hielo. Llevaba unas gafas de sol con la parte superior formando una ligera “V” y un bañador con una calavera metálica en cada pernera. Tenía el pelo largo y negro, extendido en el agua, la cual reflejaba el sol poniente, ahora de un color anaranjado. Era el vocalista, guitarrista primero y líder de la banda.
Bernard Iron había cogido una muestra de cada uno de los postres preparados en el gran comedor y los tenía dispuestos en una enorme mesa en la que, por descontado, sólo estaba él. Comía como si no fuera a haber mañana… como si no fuera a haber nada dentro de cinco minutos. Mientras comía mezclando todos los sabores que podía, no le perdía la vista a los postres que aún le quedaban por probar, contribuyendo a aumentar de volumen su ya enorme barriga. También tenía el pelo largo y castaño, dos enormes pendientes, un aro de oro en cada oreja, y vestía unas bermudas negras y un chaleco del mismo color, abierto, dejando al descubierto aquel pozo sin fondo que no paraba de aumentar. Era el batería del conjunto.
Joseph Metalfire estaba en el casino, jugando a todos los juegos que podía con varios miembros de la tripulación, que cobraban una “propina” extra por este servicio especial. Los hombres del capitán jugaban, y perdían, sin cambiar su expresión de seriedad y profesionalidad, mientras Joseph no paraba de hacer alboroto cada vez que ganaba a la ruleta o al Blackjack. En realidad no solo debían jugar con él… sino que también debían perder; eso sí, sin que se notara demasiado… ¡¿Cómo se iba a divertir Joseph entonces?! Vestía una especie de traje de chaqueta blanco con zapatos y camisa negra. Tenía una fina barba recortada rubia y una larga cabellera del mismo color. Era el bajista del grupo.
Roy Speed era el más joven de la banda, tendría unos veintitantos años. Pelo negro largo pero no tanto como sus compañeros, bastante delgado y un aro en el labio inferior; ataviado con ropa y protecciones de skater en tonos negros y grises. Iba por todo el barco con un monopatín que manejaba con maestría. Llegaba a las escaleras que bajaban hasta uno de los varios halls de la gran embarcación y se deslizaba por la barandilla a toda velocidad.
-¡Yujuuuuuu!- gritó antes de aterrizar limpiamente y seguir su recorrido con el turbo puesto.
Era el teclista de la formación.
El capitán los observaba, uno a uno, a través de los monitores del puente de mando, sin cambiar la dureza y seriedad de su expresión. “Ojalá hubiese un banco de tiburones cerca…” pensó; pero sabía que los bancos de tiburones más cercanos se situaban más hacia el suroeste…
Finalmente llegó la noche y los cuatro componentes de “Kings of Final Down” se reunieron en un enorme camarote de lujo con cuatro camas y todo lo que necesitaban; y si no, no dudaban en llamar por el interfono.
-¡Oiga! ¡Se han olvidado las rosquillas recubiertas de chocolate con almendras!- Se quejaba Bernard mientras mantenía pulsado el botón.
-¿Qué pasa, ya has acabado con todo lo que había en el buffet, magnazampabollos?- Preguntó Joseph con su tono incisivo e irónico.
Bernard lo miró con furia.
-¡Si no fuera porque me faltan fuerzas por no comer lo suficiente…!
-¡Me voy a dar otra vuelta antes de que me coma a mí!- Dijo Roy haciendo amago de levantarse de la cama para coger su monopatín.
Roy y Joseph comenzaron a reír a carcajadas y Bernard, que no había soltado el dedo del interfono, estaba enrojecido de rabia.
-¡Os voy a…!
-Tranquilos chicos- dijo en un tono sosegado Johnny, el líder.- Disfrutemos del viaje- concluyó al tiempo que terminaba de abrocharse una camisa de manga corta que le quedaba por fuera con multitud de pequeños esqueletos con sombrero de paja, gafas de sol con montura de color rosa y tocando el ukelele.
Como de costumbre, los demás hicieron caso a su líder, al cual respetaban y admiraban.
-Dinos Johnny, ¿Cuándo está previsto nuestro desembarco?- preguntó Joseph con su característico tono.
-Deberíamos llegar mañana poco antes del mediodía. Aún tenemos tiempo de exprimir este lugar…
-Sí, he visto una sala llena de videojuegos- dijo Roy, como quién revela algo que guardaba para el momento oportuno.
-¡Videojuegos!- Gritaron los cuatro al unísono y se pusieron a saltar y aullar de alegría y emoción.
Los gritos llegaron hasta los oídos del capitán, que miraba fijamente hacia el horizonte, con expresión de hartazgo y resignación.
En ese momento uno de los tripulantes se acercó al capitán.
-¡Señor! Hemos divisado un banco de niebla más adelante.
-¿Niebla? Eso no es posible.
-Es muy extraño señor… Es como si… estuviese viva.
-¿Qué estupidez es esa?
-Es la opinión que compartimos los que la hemos avistado.
-Continúen el rumbo previsto.
-Pero, señor…
-¡Continúen el rumbo!
-¡Sí, señor!- Contestó el oficial poniéndose firme y saliendo inmediatamente en dirección a transmitir la orden del capitán.
A medida que el gigantesco barco avanzaba, el cielo, los alrededores, y el mar sobre el que navegaba iban quedando ocultos bajo aquella niebla extraña que parecía envolverlo.
-¡Visibilidad nula, señor!
-¡Utilicen los instrumentos! ¡Para eso los llevamos!
En el enorme camarote de la banda había un ambiente de risas y jolgorio. Prácticamente habían vaciado dos de los cuatro muebles-bar llenos de refrescos de todo tipo, algunos realmente exóticos como el de sandía con burbujas, y chocolatinas traídas de diversos países; de algunos incluso desconocían su existencia…
-En cierto modo se podría decir que te has comido el mundo- dijo Joseph dirigiéndose a Bernard al tiempo que miraba de reojo a Roy.
Este último se tiró por los suelos poniéndose las manos en la barriga sin poder parar de reír. Bernard miró a uno y a otro alternativamente.
-¡Callad! ¡Yo todo esto lo quemo en la batería!
Joseph giró la cara para ocultar la sonrisa que precedía a una carcajada contenida. Bernard se dio cuenta y enrojeció de rabia sin dejar de comer chocolatinas y beber tragos de refresco de kiwi.
-Claro, Bernard. Todos sabemos que lo das todo en tu puesto- dijo Johnny, consiguiendo que Bernard se calmara y siguiese comiendo satisfecho por el comentario de su líder.
-¿Mm? ¿Habéis visto eso por la ventanilla?- Dijo Joseph acercándose al ojo de buey.
-¿Qué ocurre?- Preguntó Bernard con la boca llena.
-Niebla…- Dijo Johnny, pensativo.
¡Toc, Toc! Sonó la puerta.
-¿Ya has pedido algo, Bernard?- Preguntó Joseph agudizando su tono de siempre.
Bernard le miró extrañado con media chocolatina asomándole por la boca y negó con la cabeza.
Roy se levantó y se intentó recomponer mientras se dirigía a la puerta. Los demás se fijaron en la niebla, y en la manera extraña en que se movía.
Cuando Roy abrió la puerta apareció ante él un tipo de unos dos metros de altura; era como un esqueleto que aún conservaba algo de piel y vestía con ropa raída, como de otro tiempo. Con el ojo enrojecido que no tenía colgando le miró fija e intensamente. Roy se quedó quieto, sin mover un músculo, como si aquello que tenía delante no fuera real. Volvió a cerrar la puerta, con tranquilidad pero tenso.
-¿Quién era?- Inquirió Joseph acercándose.
Roy tardó unos segundos en contestar.
-Nadie… No era nadie...
-¿Cómo que no era nadie? Lo hemos oído perfectamente…
-En serio tío… Te he dicho que no era nadie…- Le interrumpió con creciente nerviosismo.
Volvieron a oírse tres golpes más en la puerta, pero esta vez sonaron retumbando con eco por toda la estancia, como si alguien golpeara desde algún lugar lejano.
-¡¿Qué ha sido eso, tíos?! Me está entrando muy mal rollo…- Dijo Bernard, evidentemente asustado.
-Tranquilo, Bern. A lo mejor es cosa de la tripulación. Deben ser seguidores nuestros…- Intentó tranquilizarle Joseph, inquieto, sin resultar muy convincente.
El pomo de la puerta comenzó a girar.
-¡Tíos, esa cosa va a entrar!- Dijo alarmado Roy.
De algún modo, todos sabían que aquello no era nada bueno.
-¡Coged lo que encontréis como arma!- Les urgió Johnny al tiempo que se abalanzaba sobre la puerta y se apoyaba sobre ella empujando mientras agarraba el pomo con las dos manos.
Joseph se acordó de su equipo de golf y fue a buscar el palo que llevaba. Roy se comenzó a colocar su equipo de skater e inmediatamente se haría con su monopatín. Y Bernard se empezó a llenar los bolsillos de chocolatinas…
-¡Chicos, sea lo que sea, va a entrar!- Dijo Johnny mientras el pomo terminaba de girar y “aquello” comenzaba a abrir la puerta.
Los demás se dispusieron detrás de Johnny, preparados para entrar en acción. Joseph miró hacia los bolsillos de Bernard.
-¡¿Esas son tus armas?! ¡¿Piensas acabar con nuestro “amigo” a base de chocolatinazos?!
-¡Calla! ¡Me darán la fuerza que necesito!
-¡Tíos, preparaos!- Gritó Roy.
La puerta se abrió. Aquel ser estaba furioso y entró abalanzándose hacia los cuatro compañeros.
-¡¿Dónde crees que vas?!- Dijo Johnny con una voz fiera al tiempo que le daba un tremendo puñetazo en la cara.
El ser se tambaleó.
-¡Vamos!- Les dijo el líder a los demás.
Joseph le dio un fuerte golpe con el palo de golf en la cabeza, Bernard le empujó y Roy pasó a su lado señalándole con el dedo.
-¡Ahí te quedas “casi-muerto”!
Cuando los cuatro compañeros estaban corriendo juntos por el largo pasillo, Joseph se dirigió sonriente hacia Roy.
-¡”Casi- muerto”! ¡Eso ha sido genial!
Oyeron al casi-muerto cómo aullaba mientras les perseguía, aún a cierta distancia.
-¡Chicos, será mejor que no nos coja!- Dijo Johnny tocándose el puño dolorido que le sangraba levemente.
-¡Creo que deberíamos ir al puente de mando, con el capitán y la tripulación!- Dijo Joseph.
-¿¡Y dónde estaba!?- Preguntó Bernard.
No hubo ningún chiste. Silencio. Estaba claro que ninguno lo sabía. No les había importado saberlo… Hasta ahora.
-¡Yo no estoy seguro, pero creo que hay varios caminos que llevan al puente! Dijo Roy, que mantenía la velocidad para ir a la par que sus compañeros.
-¡Roy! ¿¡Puedes ir delante para ver si encuentras alguno de los caminos y volver para guiarnos!?- Preguntó Johnny, consciente del entusiasmo que iba a despertar en el joven.
-¡Eso está hecho!- Dijo alzando el puño y saltando levemente con el monopatín.
-¡Nos separaremos e intentaremos llegar al puente de mando cada uno por su cuenta!- Resolvió el líder.
-¡Bien!- Dijeron los demás al unísono.
Y al llegar a una encrucijada cada uno tomo un camino distinto.
Como siguiendo su instinto, Bernard llegó de nuevo al gran comedor. Se detuvo en medio de la sala vacía, exhausto. Se apoyó en las rodillas flexionando la espalda e intentó recuperar el aliento con la boca totalmente abierta. Entonces miró de reojo la mesa, en la que aún quedaban postres sin terminar, y decidió que, si quería llegar al puente de mando, debía cargarse de las fuerzas suficientes para conseguirlo… y eso sólo lo conseguiría comiendo “un poco”. Comenzó a devorar lo que no se había terminado antes, y estaba a punto de dirigirse hacia las bandejas a por más comida cuando divisó algo al fondo de la sala, por donde había venido. Una enorme bola de helado naranja cayó al suelo mientras contemplaba a otro casi-muerto. Este parecía más joven, era más bajo y llevaba unos pantalones cortos vaqueros rotos y desgastados. Respiraba agitadamente, mirándole con evidente ansiedad. Sin quitarle la vista de encima, Bernard comenzó a moverse para salir corriendo de allí al tiempo que el casi-muerto se lanzó a una velocidad pasmosa hacia él.
-¡Uuuooooh!- Gritaba Bernard mientras corría aún llevando los helados.
Al comprobar con desesperación que “aquello” le iba a alcanzar comenzó a lanzarle helado sin dejar de correr y casi sin mirar hacia donde apuntaba. Aún así consiguió acertarle varias veces, llenándole de multitud de colores. Algunos helados se le cayeron a los pies y Bernard cayó al suelo horrorizándose ante la inevitable caza del casi-muerto. Pero este también resbaló con el helado que se derretía hacia sus pies. Estaban los dos en el suelo, pero no se podían levantar. Cada vez que lo intentaban volvían a resbalar. Bernard intentó desplazarse por el suelo como podía, mientras que el casi muerto se enfurecía cada vez más al no poder ponerse en pie. Aún así, el casi-muerto avanzaba.Y alcanzó a Bernard llegando como pudo. Bernard notó como le agarraba el pie; se giró desesperado y comenzó a propinarle patadas con todas sus fuerzas, indiscriminadamente, aunque la mayoría le alcanzaban en la cara. Al mismo tiempo, y a su pesar, comenzó a lanzarle las chocolatinas que llevaba en el bolsillo, hasta que se le acabaron. Ante su sorpresa parecía que le había dejado ligeramente aturdido. Intentó levantarse entonces y, aún con algún que otro resbalón, consiguió incorporarse. El casi-muerto aún estaba atontado pero parecía que se iba recuperando. Durante unos instantes Bernard miró hacia las bandejas repletas de manjares pero, resignándose, salió corriendo del gran comedor.
Joseph había logrado llegar a cubierta.
-No puedo estar muy lejos del puente…- Dijo para si.
Llegó a una zona donde había multitud de mesas y sillas vacías, claro. La niebla lo envolvía todo, menos el interior del barco, aún la cubierta. Entonces, del interior del bar exterior salió una figura. Una figura femenina. Una casi-muerta. Llevaba un vestido ajustado rojo con un gran escote y muy corto. Aún conservaba un largo cabello castaño claro liso, aunque descuidado. Joseph se dispuso a salir corriendo, pero tropezó con una de las mesas, cayéndosele el palo de golf y la casi-muerta no tardó en alcanzarle tirándole al suelo de espaldas y quedando encima de él. Para sorpresa de Joseph la casi-muerta se lo quedó mirando con una mirada extraña… ¡No podía ser!
-Lo siento cielo, pero no funcionaría. Estoy demasiado vivo para ti- dijo justo antes de lanzarla a un lado ayudándose de las manos y los pies, empujándola con todas sus fuerzas. Joseph se levantó enseguida y fue a recuperar su palo de golf. Salió corriendo sabiéndose perseguido por la casi-muerta, que no estaba dispuesta a rendirse…
Roy no paraba de dar vueltas por los diferentes e interminables pasillos y las distintas zonas del gigantesco barco. Había tenido que evitar ya a varios casi-muertos. Ahora pasaba al lado de uno que por poco lo agarra con su esquelética mano. Al joven le daba la impresión de que cada vez había más de aquellas “cosas”. Al bajar deslizándose por una de las barandillas, comprobó con sorpresa que un casi-muerto estaba abajo, esperándole…
-¡Te vas a enterar! ¡Abre la boca!- Exclamó saltando para caer con todo su peso sobre la cara del ser, golpeándole violentamente con el monopatín.
Al aterrizar, continuó a toda velocidad girándose lo justo para comprobar como aquel casi-muerto se desplomaba. Roy sonrió satisfecho.
Después de recorrer un pasillo que lo había llevado a uno de los halls por los que ya había pasado y tras haber esquivado a dos casi-muertos más por el camino, se detuvo en seco y alzó los puños al aire gritando a pleno pulmón.
-¡¿Dónde está el puente de mandooooo?!- Harto, sabiendo que nadie le daría la respuesta en aquel instante y lugar.
Johnny había llegado al mayor hall de todo el barco. Lleno de enormes lámparas y flanqueado por dos escaleras que comunicaban con diferentes pasillos a varios niveles ascendentes. Estaba totalmente iluminado y en silencio. No había nadie más aparte de él… hasta que oyó una respiración agitada que provenía del amplio pasillo por el que había venido. Era el casi-muerto al que le había dado el puñetazo. Estaba muy enfadado. Johnny se terminó de dar la vuelta para encararle, sonriendo de mala gana.
-Vaya, hombre. Imagino que vienes a devolvérmela… Bien. ¡Pero eso será si puedes! Dijo poniéndose en guardia con los puños en alto.
El casi-muerto se enfadaba más y más por momentos. Tras mirar con furia a Johnny comenzó a avanzar cada vez a más velocidad hacia él. Cuando llegó a su altura, Johnny le lanzó un puño con la derecha, pero el casi muerto lo detuvo con la mano y le propinó un revés con la otra cerrada. Johnny cayó hacia atrás, al suelo. El casi-muerto se balanzó sobre él con las manos como garras, pero Johnny reaccionó a tiempo y le dio una patada en el estómago con la que consiguió echarle levemente hacia atrás, dolorido. Johnny se levantó de inmediato y, muy cabreado, comenzó a darle golpes con los puños en la cara, desde todos los ángulos que se le ocurría, uno y otro, y otro, al tiempo que el casi-muerto retrocedía. Johnny notaba como los puños le dolían terriblemente y la sangre saltaba cada vez en mayor cantidad. Finalmente, entrelazó las manos y las apretó con fuerza, formando una maza con la que se dispuso a asestar el golpe de gracia.
-¡Uuuaaargh!- Gritó Johnny con todas sus fuerzas al tiempo que le arrancaba la cabeza al casi-muerto con un terrible mazazo.
Johnny jadeaba sin perder de vista el cuerpo inmóvil, sin cabeza, que aún permanecía en pie. En ese momento llegó corriendo Bernard, sin aliento, por otro de los pasillos.
-¡Johnny!- Exclamó preocupado al ver la sangre brotar de sus manos.
-Estoy bien, estoy bien…- Dijo quitándole importancia mientras alzaba una mano.
Por otro de los pasillos se comenzaron a oír pasos que se aproximaban a gran velocidad.
-¡Te he dicho que lo nuestro no puede ser!- Dijo Joseph mirando hacia atrás, por donde aún no se divisaba a nadie.
-¡Josh!- Exclamó Bernard, alegrándose de ver a su compañero.
Joseph contempló la escena y luego dirigió su mirada a uno de los pasillos superiores, siendo imitado por el resto, de donde surgía Roy en su monopatín y acto seguido bajaba, como de costumbre, por la barandilla.
Cuando todos quedaron reunidos miraron hacia todas direcciones.
-Está claro que no sabemos donde está el puente de mando- concluyó Joseph, haciendo uso de su acostumbrado tono agudizado.
Entonces contemplaron horrorizados y con impotencia como, de aquí y de allá comenzaban a aparecer cada vez más casi-muertos. Por el pasillo por el que llegó Joseph apareció la casi-muerta que lo perseguía, con expresión de evidente satisfacción. Y el casi-muerto al que había derrotado Johnny fue a recuperar su cabeza, sosteniéndola con el brazo contra un costado, mientras esbozaba una maligna sonrisa. Los cuatro compañeros se cerraron espalda con espalda todo lo que pudieron, pero estaban rodeados…
-Maldita sea…- dijo Johnny con rabia.
No podían escapar.
En el puente de mando, un casi-muerto terminaba de obligar a sentarse al último miembro de la tripulación que había sido atado. El capitán permanecía de pie, rodeado de cerca por varios más, armados con sables oxidados y, ante él, una figura de más envergadura que él mismo se encontraba con los brazos cruzados. Llevaba una casaca roja antigua, pantalones raídos, botas y guantes viejos y un sombrero muy característico. El casi-muerto llevaba una barba que se asemejaba a un montón de algas blancas, y un enorme sable en la cintura. Se trataba del capitán pirata Gabriel Bloodsaber, desaparecido hacía doscientos años.
-Es muy extraño, capitán- comenzó a decir tranquilamente Bloodsaber.- ¿Dónde está todo el mundo? Mis hombres han capturado a cuatro pasajeros, pero ¿y el resto?
-Eso es todo- contestó el capitán de mala gana.
-¿Un barco tan grande para tan pocos hombres?
-Esos cuatro estúpidos alquilaron el barco entero para ellos solos. Parece mentira que se hayan hecho tan ricos con esa horrible música…
-¿Mmm? ¿Música?- Dijo Bloodsaber abriendo los ojos con interés.
El capitán pirata se quedó pensando unos instantes. Finalmente habló.
-Capitán, creo que podremos llegar a un trato.
En un enorme escenario, en una especie de coliseo que parecía que había estado sumergido, recubierto de restos marinos por todas partes, se encontraban los cuatro componentes de “Kings of Final Down”, en sus puestos, con los instrumentos a punto. Todo estaba a oscuras, bajo la noche profunda, con una luna enorme de un amarillo pálido que sobrecogía. De pronto, un haz de luz iluminó el escenario parcialmente. Luego otro que terminó de iluminar al grupo. Se oía un murmullo creciente a sus pies. Entonces Johnny Megadeath, el líder de la banda, habló a sus compañeros.
-Chicos, encontraremos la manera de salir de aquí, pero, hasta entonces… ¡Destrocémosles los tímpanos (o lo que les quede de ellos)!- Gritó transmitiéndoles su usual entusiasmo al tiempo que rasgaba su guitarra eléctrica con la mano vendada.
La música acelerada y salvaje de “Kings of Final Down” hizo volver locos a la enfervorecida multitud de cientos y cientos de casi-muertos que se movían y saltaban frenéticamente.
En un palco, sentado con una pierna sobre la otra, y el puño apoyado sobre la cara, mientras golpeaba, rítmicamente con un dedo sobre el reposabrazos, se encontraba el capitán pirata Gabriel Bloodsaber, que sonreía satisfecho mientras la música cruzaba la oscura noche y se perdía a través de las aguas profundas envueltas en tinieblas.