jueves, 5 de febrero de 2015

La Maldición del Espejo - Capítulo 4


La Maldición del Espejo

La sala.

 
Arthur escuchó con atención el relato de Everton. No le interrumpió en ningún momento. Esperó hasta que concluyese y entonces se produjo un silencio prolongado…
-Y eso es todo- dijo el dueño de la casa, como resignándose y tratando de mantener la compostura.- Estoy dispuesto a responder todas y cada una de las preguntas que tenga que hacerme- se ofreció…
En efecto, Arthur tenía muchas preguntas. Pero debía ceñirse al caso…
Carraspeó.
-Señor Everton. Me habló de una serie de objetos y mobiliario que trajo usted de Bélgica. ¿Podría echarles un vistazo?
Everton asintió, en actitud colaboradora. Le indicó que lo siguiera hasta la salida del comedor. Lugar (pensó Arthur) donde había comenzado aquella espeluznante matanza…
Entonces se acordó de algo, justo cuando habían cruzado la puerta.
-¡Ah! Acabo de acordarme que necesitaré una cosa que tengo en mi habitación…- Le informó.
Everton lo entendió.
-Bien. Lo acompañaré hasta el hall y lo esperaré ahí- le propuso.
Arthur asintió, conforme.
Una vez llegaron a la amplia estancia en la entrada de la mansión, Arthur subió las escaleras con paso ligero. Debería haber llevado aquello en el bolsillo…
Llegó casi corriendo, abrió la puerta y la cerró tras de si.
Fue derecho al escritorio, donde había dejado su equipo de investigador… No tardó en encontrar lo que estaba buscando: un péndulo; había sido un legado de su abuelo, cuando estuvo en Siria. Cuando comenzó todo. Sacudió la cabeza al notar cómo se perdía entre sus recuerdos y se dio cuenta de que estaba tardando demasiado…
Entonces alguien tocó a la puerta. Fueron dos golpes, no muy fuertes. Más bien fueron golpecitos…
-¿Sí?- Preguntó Arthur, deduciendo que no podía haber sido Philip.
Aún pasaron unos segundos hasta que recibió la contestación…
-Hola… Le traigo su chaqueta, señor… Ya está limpia- dijo una voz de mujer joven.
A Arthur aquello lo pilló totalmente desprevenido. Era Rosalyn. Sin más dilación fue a  abrir la puerta…
Ambos reaccionaron de forma parecida. Se alteraron visiblemente ante la presencia del otro… La chica tenía su chaqueta cuidadosamente apoyada en su brazo descubierto…
-¿Ya está seca…?- Fue lo único que se le ocurrió decir al joven investigador…
Rosalyn (que comenzaba a ruborizarse mientras Arthur mantenía en ella fija su mirada) desvió su atención a la prenda de vestir…
-Sí. Hoy hace mucho sol. Todavía se puede notar el calor…- Dijo, pasando una delicada mano sobre el tejido…
Al notar la joven que Arthur se había quedado mirándola -de arriba abajo-, le tendió su chaqueta…
-Ah, gracias- le dijo él, tomándola con cuidado.
La chica dio un paso atrás, poniendo una mano sobre otra sobre su delantal.
-Y perdóneme por lo de antes- le pidió, agachando ligeramente la cabeza.
Arthur, abrumado, se apresuró a negar con la cabeza.
-¡No, no! No te preocupes. No pasa nada…- No sabía como decirle que no le importaba en absoluto lo que había pasado… gracias a lo cual ahora ella estaba allí…
Sin decir nada más, y tras esbozar una tímida sonrisa, Rosalyn se marchó, quedándose Arthur en la puerta de su habitación, con la chaqueta en las manos… Y una sensación de desolación que no hacía más que aumentar…
Ahora que tenía su chaqueta limpia casi le daba pena ponérsela tan pronto. Pero finalmente se la puso y cerró la puerta para volver a reunirse con Everton y comenzar la investigación…

Everton aguardaba pacientemente a los pies de la escalera, observando su propio retrato; quizás recordando otros tiempos… Al percatarse del regreso de Arthur, sacó las manos de los bolsillos de su chaqueta…
-¿Ya ha encontrado lo que buscaba?- Le preguntó, sin un interés concreto.
Arthur terminó de bajar los escalones.
-Sí. Podemos ir a donde tenga todo…- Dijo, asumiendo de nuevo su papel de investigador…
Everton señaló al fondo de la sala. Justo al lado de la gran escalera pero más atrás. Arthur no había reparado en la presencia de una puerta doble que -le parecía- estaba escondida entre dos estatuas…
Fueron hasta allí y el anfitrión abrió ambas puertas, como queriendo revelar algo que estuviera oculto por demasiado tiempo…
-Hace mucho que no se abren estas puertas- le contó.
Llegaba luz del exterior. Al final de un pasillo ancho que se extendía ante ellos podían divisarse unas cristaleras, pertenecientes a la parte alta de otra doble puerta -cada una más alta y estrecha que la que quedaba enfrente, observó Arthur- que, sin duda, era una entrada trasera… Everton se dirigió a él.
-Sígame, es por aquí.
Traspasaron el umbral y llegaron al pasillo bien iluminado en aquel día soleado que comenzaba a nublarse…
Había una puerta a cada lado de aquel pasillo de poca longitud. Estas eran macizas y labradas -como las del resto de la casa-. En aquella parte olía a cerrado. Y Arthur, al dar un nuevo paso, tuvo de pronto una mala sensación que lo hizo ponerse alerta…
Everton se encontraba a un metro de él, en medio del pasillo, con las manos cruzadas atrás y mirando hacia el trozo de cielo que se divisaba desde allí. Entonces, como si le hubieran desafiado, giró la cabeza hacia la puerta situada a su izquierda. Arthur pudo ver la severidad en su mirada…
-¿Es ahí?- Preguntó el investigador, tras percibir la lucha interna que estaba librando aquel hombre en esos momentos…
Este asintió, lentamente.
-Ahí es- fue su única respuesta.
Al ver que -de alguna manera- el dueño de la casa estaba paralizado, Arthur tomó la iniciativa y, sin decir nada, se aproximó a la puerta, agarrando el pomo inmediatamente…
Everton no habló. Ni trató de detenerlo. Ni de persuadirlo. Arthur se dispuso a abrir…
La puerta cedió con un chirrido hacia dentro.
Llegó un fuerte olor a humedad. Mientras se formaba la imagen de lo que tenía delante, observó que un amplio ventanal, a un lado en la zona superior, dejaba entrar la luz del día. Everton se había quedado muy quieto detrás de él…
Lo que apareció ante los ojos de Arthur fue una cantidad de muebles, objetos, estatuas, etc., que le recordó a más de una tienda de antigüedades en la que había estado en los últimos tiempos…
Tras examinar de forma visual y general todo aquello se dirigió a Everton, que apenas había cruzado la puerta.
-¿Todo lo que hay aquí forma parte de lo que trajo de Bélgica?- Quiso saber, serio.
Everton movió la cabeza lentamente, recorriendo con la mirada cansada aquel montón de trastos que ya debería haber quemado y destruido hacía tiempo…
-Sí- contestó sin mirarle.- Todo está aquí.
Arthur dio dos pasos, en dirección al “bosque” de madera, piedra y metal, pero se detuvo al instante al caer en la cuenta de que tenía que utilizar el instrumento que llevaba consigo… Everton miró con curiosidad mientras Arthur lo sacaba del bolsillo…
-¿Qué es eso?- Se interesó bastante.
Arthur lo miró, no sabiendo -durante un instante- muy bien a lo que se refería; hasta que siguió la mirada de Everton que apuntaba directamente al objeto que tenía en la mano…
-¡Ah! Esto. Es un péndulo- Respondió.
Pero la intriga de Everton iba en aumento.
-¿Un péndulo? ¿Y qué piensa hacer con él?- Le preguntó.
Arthur comprendió que tendría que explicárselo antes de poder concentrarse en lo que tenía que hacer; además, tenía derecho a estar al tanto de todos los detalles de la investigación…
Entonces se acordó de la visita de la noche anterior en su habitación.
-¿Ha oído hablar de la rabdomancia?- Se centró Arthur…
Everton abrió los ojos, negando con la cabeza, sin importarle reconocer su absoluta ignorancia al respecto…
-No. ¿De qué se trata? No había oído nunca hablar de ello…
Arthur tuvo que contener una media sonrisa de satisfacción: ahora tenía una oportunidad para demostrar sus conocimientos adquiridos con estudio, esfuerzo y dedicación durante años…
-Es una técnica que, aunque algunos piensen que es nueva, en realidad tiene muchos siglos de antigüedad, utilizada tan solo por aquellos con conocimientos de lo oculto…
Everton escuchaba con gran interés aquella explicación. Arthur, consciente de ello, prosiguió su exposición.
-Se utiliza un péndulo como este- dijo, mostrándoselo abriendo la mano.- Se sujeta por el extremo del cordel y se acerca al lugar, objeto -e, incluso persona- que se quiera analizar… Entonces el péndulo puede moverse o no. Y, si se mueve, describirá círculos más rápidos y amplios o más lentos y cortos…
A Everton le asaltó una pregunta en consecuencia.
-Y, ¿cómo funciona, exactamente?
Arthur se quedó mirando el péndulo y lo soltó tras asegurarse de que lo tenía sujeto por el extremo. Mientras hablaba, un halo misterioso pareció envolverlo, comenzando el péndulo a oscilar de un lado a otro, acompañando las enigmáticas palabras del joven investigador…
-En todo lo que nos rodea, hay energía. El péndulo reacciona a las vibraciones de la energía presente. Y también puede decir si esa energía es conveniente o no…
Everton estaba fascinado, como hipnotizado por aquel objeto oscilante…
-¿A qué se refiere cuando dice “conveniente”?
Aquí Arthur se puso serio de nuevo, más que antes.
-Hay quien lo llama mala energía… o maligna. Si no es conveniente me refiero a esta última…
Se produjo un silencio que parecía estar, de algún modo, a punto de romper el péndulo…
Finalmente, Arthur relajó el rostro.
-Aunque también hay quien dice que es obra del propio usuario del péndulo. Que, de manera inconsciente, uno lo mueve al percibir vibraciones, del tipo que sean. En cualquier caso, es un instrumento muy útil si se sabe interpretar de manera adecuada- concluyó…
A pesar de las últimas palabras de Arthur, no le había quitado “magia” a todo aquel tema; Everton había quedado impresionado y con ganas de saber más. Había muchas cosas que no conocía y que, al parecer, nos rodean continuamente allá donde nos encontremos…
Arthur dio media vuelta y, aprovechando que ya tenía el péndulo desplegado, comenzó a caminar lentamente hacia el primer cuadro que tenía más cerca, atento al movimiento pendular… Everton observaba lo que hacía el joven con atención…
El cuadro -que representaba a una mujer desnuda contra un árbol; Eva, pensó Arthur- estaba apoyado sobre una cómoda decorada de forma muy cargada, a la que, a continuación, le seguía una estatua de un cazador con arco y flechas, apuntando al cielo… A medida que el joven avanzaba, observaba concentrado el péndulo, que apenas se movía…
Entonces un golpe se escuchó en la cristalera de arriba, como si fuera a romperse… Ambos dirigieron la vista de inmediato hacia el ventanal, pudiendo observar que el cielo se había cubierto de nubes grises…
-Debe haber sido el viento- trató de relajar el ambiente Arthur, no muy convencido de lo que acababa de decir…
Y podía haberlo sido perfectamente. Pero entonces Arthur se percató de que Everton tenía los ojos muy abiertos, como asustado, sin poderlos apartar de lo que aquel tenía sujeto con las manos…
Arthur miró hacia el péndulo y el corazón le dio un vuelco. El objeto estaba girando a toda velocidad, describiendo círculos muy amplios, amenazando con escapársele de las manos…
Un nuevo golpe, más fuerte, sonó en el cristal. Everton, instintivamente, se agachó ligeramente, casi esperando una lluvia de cristales… Arthur llevó la mirada al rectángulo transparente que daba al cielo: allí no estaba la fuente de lo que estaba sucediendo. Estaba dentro, en aquella sala…
El péndulo parecía girar más deprisa… y más fuerte… Arthur sabía que tenía que hacer algo…
Entonces se giró, sujetando con fuerza el cordel y miró a su alrededor… Tenía muy claro lo que todo aquello significaba y, por lo tanto, como neutralizarlo… Comenzó a caminar, más deprisa que antes…
Mientras tanto, los golpes se sucedían en el cristal… Everton, ya aterrorizado, daba pasos cautelosos hacia atrás, mirando hacia arriba con la boca desencajada… Rememorando aquel día…
Arthur se daba prisa; buscaba y buscaba, desplazándose al lado de los innumerables pasillos formados por la disposición de los muebles y objetos repartidos en aquella sala de grandes dimensiones… El joven investigador notaba cómo el péndulo se le estaba a punto de escapar de los dedos… debía mantenerlo alejado o podría herirlo…
Entonces lo vio. Al final de la estancia. Casi tocando la pared de piedra, había un espejo.
Arthur era consciente de que algo trataba de evitar a toda costa que se acercara a alguna cosa en concreto… Y tuvo una corazonada. Si se equivocaba, el péndulo podría llegar a destrozarlos a los dos…
Haciendo acopio de fuerzas, decidido, “tiró” de aquel instrumento descontrolado y fue derecho hacia el espejo situado varios metros más allá…
Los golpes proseguían, ahora también en la misma pared…
Arthur avanzaba… El péndulo parecía tirar de él, dificultándole cada vez más el avance…
Los golpes eran ya muy feroces y seguidos… Everton cayó de espaldas, quedando sentado en el suelo con las manos apoyadas en el mismo…
Arhur ya casi estaba… con un último y gran esfuerzo atrajo el instrumento hasta conseguir situarlo delante de la superficie reflectante…
El cristal de arriba se rompió en mil pedazos. Justo en el mismo momento en que Arthur consiguió colocar la mano que sujetaba el cordel (manchado por la sangre de sus dedos) delante mismo del espejo… Los golpes cesaron… solo se escuchaban los minúsculos fragmentos de vidrio caer al suelo en un incesante tintineo…
El péndulo se había parado.