jueves, 24 de noviembre de 2011

Las, cuando menos, curiosas aventuras de Onto - Capítulo 9

                                         Las, cuando menos, curiosas aventuras de Onto

                                                                     Supervivencia.


-¡¡Ontooo!! ¡¡Ven!! ¡¡Deprisa!!- Gritaba aterrorizada la madre de Onto desde la cocina.
Onto llegó y tropezó con nada cayendo boca abajo como un peso muerto contra el suelo con estruendo.
-¿¡Qué pasa mama!?- Preguntó, doloriéndose.
-¡¡Ahí!! ¡¡Una araña!!
Una arañita de tres milímetros iba subiendo por la pared…
-¡¡Onto, haz algo!!
Pero Onto salió corriendo a tal velocidad en dirección contraria que abrió una brecha en el espacio-tiempo llegando hasta la Prehistoria…
En medio de varios géiseres activos de ácido sulfúrico y con un volcán en erupción tras él, se encontraba  Onto intentando recuperar el aliento.
-¡Por lo menos aquí estaré a salvo!- Dijo mientras cinco enormes Tyrannosaurus Rex hambrientos se aproximaban hacia él a toda velocidad…

Detective Night - Capítulo 9

                                                                DETECTIVE NIGHT

                                                         La identidad de “El Pirómano”.


Hiro regresó a la agencia. Por el camino había estado madurando la conclusión de que el tipo al cual buscaba se trataba de Lerbat Midrah. Cuando hubo aparcado, el móvil sonó. Era Izo.
-Dime, Izo.
-Hiro. Novedades respecto al incendio...
-Te escucho.
-Origen desconocido. ¿Te suena?
-Se trata del mismo individuo...
-Una cosa más. En la casa incendiada se ha encontrado restos de una sustancia rojiza en forma de polvo...
“Confirmado”, pensó Hiro.
-¿Algo más?
-Esto es todo por ahora...
-¿Puedes hacerme otro favor?
-Tú dirás.
-¿Puedes comprobar si la ventana del piso de enfrente pertenece a una casa en alquiler y el nombre del último inquilino?
-Eso está hecho.
-Gracias, Izo. Estaremos en contacto.
-Para eso estamos. Hasta luego.
Hiro estaba ya convencido de que Lerbat Midrah era el responsable de aquellos dos incendios, perpetrados por orden de la organización Omega. Ahora el problema era localizar al ex-profesor de química...
Todos estos pensamientos lo acompañaron hasta llegar a su casa. Cuando entró vio que Mei ya había llegado. Le había proporcionado una copia de las llaves para el caso de que él no estuviese en la agencia para abrirle.
¡Hola, Hiro!- Exclamó con su habitual jovialidad.
-Hola, Mei.
Estaba en la mesa de Hiro (a lo que estaba cada vez más acostumbrado) trabajando con su ordenador portátil, que siempre llevaba en la cartera.
-Esta tarde tengo que estar en la universidad; pero luego volveré un rato hasta la noche.
-Muy bien. ¿Alguna llamada?- Preguntó con tono de imaginarse la respuesta...
-No, ¿qué raro, no?
-Sí, sí... muy raro.
Mei se llevó su ordenador a la otra mesa mientras Hiro dejaba la gabardina. Este “recuperó” su sitio y encendió su portátil. Tenía que buscar información sobre la empresa Quimitechnics.
Durante un buen rato estuvo buscando; primero en la página oficial, la cual no tenía demasiada información concreta, y luego noticias en la prensa, la mayoría económicas. Lo que sí tenía era la dirección del edificio central. Hasta ahí debía ir.
Hiro se dispuso a salir de inmediato hacia allí. Se despidió de Mei y bajó a la calle. El edificio al que se dirigía estaba un poco lejos, casi fuera de la ciudad, en un polígono industrial.
Debido al abundante tráfico tardó bastante más de lo que pensaba en llegar a su destino. Por fin, ante él aparecía un edificio con una forma muy particular, con enormes chimeneas metálicas, y extensiones que parecían haber sido añadidas a posteriori. Parecía un motor de coche, tal y como pensó Hiro...
Entró en recepción y miró a su alrededor. Gente que iba y venía, todos trabajadores de oficina. Probablemente los empleados que manipulaban la maquinaría y los productos químicos entraban por otra parte. Pensó unos instantes lo que le preguntaría a la mujer de recepción, delgada, con gafas, media melena rubio oscuro y movimientos rápidos, con el ordenador, el teléfono... Hiro se acercó. Durante un buen rato la mujer pareció ignorarlo, ocupada en mil cosas a la vez. Finalmente se dirigió a él.
-Buenos días.
-Buenos días. Estaba buscando a Lerbat Midrah- decidió que no era necesario andarse con rodeos...
La mujer se lo quedó mirando unos instantes, con los ojos abiertos... Hizo unas consultas en el ordenador y en unos papeles y habló, como eligiendo muy bien sus palabras...
-El señor Midrah ya no trabaja aquí.
-¿Y podría decirme cuando dejó de trabajar en la empresa y adónde fue?
La mujer se lo quedó mirando unos segundos más, pensando lo que iba a decir. Hiro empezó a sentirse cada vez más incómodo…
-No puedo decirle más...- dijo mirando hacia abajo.
Hiro sabía que le estaba mintiendo; pero sabía que tampoco podría sacar nada más...
-Bueno... Gracias por todo. Hasta luego- dijo comenzando a alejarse.
-Buenos días- dijo la mujer, por “obligación”, sin dejar de mirar hacia abajo.
Hiro sintió que debía salir de allí cuanto antes...
Fue al aparcamiento, mirando en todas direcciones, sin ver a nadie. Subió al coche, arrancó y salió al exterior, alejándose todo lo deprisa que pudo. Comprobó por los espejos retrovisores que no saliese ningún coche de la zona del edificio... y que no le siguiera.
“Creo que he dado un paso en falso”, pensó Hiro con rabia. Ahora era consciente de que debía darse prisa en dar con su objetivo...
Cuando se internó más en la ciudad decidió aparcar y entrar en el primer bar que encontrara. En ningún momento dejó de comprobar que nadie lo seguía, ni lo vigilaba...
Dentro del local, y tras pedir un refresco y sentarse en la barra, sacó su móvil y se conectó a la red. Buscó en la lista de direcciones oficial de Blue City la correspondiente a Lerbat Midrah. De vez en cuando, levantaba la mirada para ver si sorprendía a alguien mirándole... No conseguía tranquilizarse. Encontró lo que buscaba. Sabía que podía ser una dirección ya en desuso, pero era lo único que le quedaba... Guardó la dirección en la memoria y se bebió el refresco, intentando tranquilizarse y sin apartar la mirada de la calle.
Cuando pasó una media hora salió del bar y fue a buscar su coche de nuevo. Al no ver nada anormal durante todo ese rato, parecía que se iba calmando... Se dirigió de nuevo rumbo a la agencia. Era la hora de comer, pero él no tenía hambre...
Al llegar, antes de abrir la puerta ya pudo percibir un olor delicioso; sin duda, procedía del interior... Cuando entró vio dos platos servidos en la mesa y a Mei en el sofá, aún con el delantal puesto, mirando la televisión. Hasta ese momento no se había dado cuenta de la presencia de Hiro.
-¡Hola! ¡La comida está lista!
Hiro se acercó y se la quedó mirando. Tenía la sensación de que conocía a aquella jovencita desde hacía mucho tiempo. Se dio cuenta de que conocer a Mei era una de las mejores cosas que le había pasado en los últimos años...
-Gracias- dijo con toda la sinceridad que pudo.
Mei incluso se vio afectada por el agradecimiento de Hiro...
-No hay de qué...- Dijo suavemente, bajando la voz.
Ambos intentaron volver a la “normalidad” y comieron las delicias preparadas por Mei. Hiro se dio cuenta, al cabo de un buen rato, que no había estado pensando en la preocupación que le perseguía antes de llegar a la agencia. Hasta ese momento...
Al rato, Hiro se dispuso a irse.
-Hasta luego, Mei.
-¡Hasta luego, Hiro!- Dijo con una amplia sonrisa, como de costumbre.
Hiro la miró unos segundos al tiempo que sonreía también. Durante unos instantes, pensó en decirle algo, no sabía qué... pero, finalmente, salió por la puerta dejando a Mei en la agencia. Fue a su coche y puso rumbo a la dirección guardada en el móvil.

Ya no miraba en todas direcciones para comprobar si le seguían. De todos modos... Llegó a la urbanización a la que pertenecía la dirección: varias filas de casas individuales de dos pisos; una de aquellas calles era a la que se dirigía.
Aparcó donde pudo y bajó del coche. Comprobó una vez más la dirección y buscó el número correspondiente. Cuando al fin se encontraba ante la casa comprobó lo que ya se imaginaba: ahí probablemente no vivía nadie. Era lógico pensar que su domicilio fuese ahora un lugar secreto... Aún así quería entrar por si encontraba alguna pista.
Utilizó una ganzúa especial que le había sido muy útil en varias ocasiones. No le costó demasiado abrir la puerta de la verja; ni tampoco fue problema la puerta de la entrada principal. Cuando pasó al interior podía oír el eco que producían sus pasos. La casa estaba completamente vacía. Miró una por una todas las estancias, pero no encontró nada. Subió las escaleras y buscó por las habitaciones. Nada de nada. Observó una puerta que parecía subir a la azotea, pero detrás había una puerta de barras metálicas cerrada que impedía el paso. Hiro decidió que ya había visto suficiente... Salió de la casa.
En el exterior se quedó pensando un rato. Ahora ya no sabía como seguir. Entonces sonó el teléfono. Llamaba Izo.
-Hiro. Tengo el nombre.
-Adelante.
-Albert Damihr.
Hiro guardó silencio unos instantes; entonces abrió los ojos de par en par al darse cuenta de algo...
-Gracias Izo. Estamos en contacto.
-De nada. Espero que te sirva.
Le servía más de lo que Izo se imaginaba... Sacó rápidamente una libreta y se puso a escribir el nombre que le había proporcionado Izo y que ya conocía: “Albert Damihr”; y entonces volvió a escribir otro nombre utilizando las mismas letras cambiadas de lugar: “Lerbat Midrah”. ¡Era él! Ahora ya tenía la confirmación que necesitaba. “Solo” quedaba encontrarle...
Hiro decidió que iría a la comisaría de policía para intentar averiguar algo en su base de datos. Comenzó a caminar hacia donde tenía aparcado su coche.
Unos ojos llenos de odio lo seguían mientras se alejaba. Una figura cubierta con una gabardina gris y un sombrero del mismo color, que no dejaban nada más al descubierto que una furibunda mirada, se encontraba de pie en la azotea de la casa a la que había accedido Hiro hacía unos minutos...
Hiro tenía una extraña sensación que poco a poco se iba haciendo más fuerte. No le gustaba nada...

Pasó bastante rato en la comisaría buscando información tanto de Lerbat Midrah como de Albert Damihr; pero no obtuvo nada que no supiera ya o que le fuera de utilidad.
Decidió ir un rato a un bar para intentar poner su mente en orden. Comenzaba a atardecer.

Cuando regresaba a la agencia ya iba habiendo cada vez menos luz... y más tráfico. Tardó mucho más de lo que pensaba en llegar...
Aparcó y bajó del coche. En el momento que cerró con llave una aguda sensación de que algo no iba bien invadió al detective. Tenía que volver a casa ya...
Hizo el camino de regreso lo más rápido que pudo, casi corriendo... La sensación de urgencia no hacía más que aumentar...
Cuando al fin se encontró ante la puerta de la agencia dudó unos instantes antes de abrirla...
Al entrar le sorprendió encontrarlo todo a oscuras… Mei debería estar todavía… Encendió la luz y vio horrorizado como la mesa que había delante del televisor estaba volcada y el sofá desplazado de lugar. Pero lo peor fue comprobar como las cosas de Mei estaban esparcidas por el suelo…
Hiro miró desesperado en todas direcciones. Algo llamó su atención: sobre su mesa había un objeto que no recordaba haber dejado allí… Fue corriendo tropezando con la mesa caída y cogió el objeto atropelladamente. Se trataba de un paquete rectangular de 20x10 centímetros y unos cinco de grosor. Tenía algo escrito; Hiro pudo leerlo con la luz que llegaba de la calle:

“Si quieres recuperar a la chica, dirígete al edificio abandonado del barrio industrial nº 4; es el más alto de todos. El fuego te mostrará la localización exacta.”

-¡Maldita sea!- Exclamó Hiro apretando el puño que no sujetaba el paquete.
Entonces comenzó a percatarse de un sonido repetitivo que se escuchaba muy bajo; era un sonido consistente en breves pitidos. Le dio la vuelta al paquete y vio sorprendido como una cuenta atrás en un marcador digital de números rojos iba ya por el 10. 9, 8…
Hiro levantó la vista y comprobó que las ventanas estaban cerradas. 7, 6, 5…
Con todas sus fuerzas se preparó para lanzar el paquete a través del cristal… aún sabiendo que aquello podría provocar la explosión… 4, 3, 2…
No había tiempo para más… Lanzó el paquete, el cual atravesó el cristal e intentó retroceder cubriéndose con el brazo. 1, 0…
Una explosión de llamas iluminó el exterior y destrozó el resto de cristales de las ventanas. Hiro apartó la vista del fuerte resplandor flamígero. Se quedó mirando el fuego suspendido en el aire, quedando su mirada iluminada por el mismo.
Entonces comprendió que había llegado la hora de enfrentarse a su pasado…

jueves, 17 de noviembre de 2011

Las, cuando menos, curiosas aventuras de Onto - Capítulo 8

                                         Las, cuando menos, curiosas aventuras de Onto

                                                                  Onto, el cantautor


Se celebraba un casting para ingresar en un famoso programa de televisión en el que se competiría por ver quién era el mejor cantante. Tras pedírselo unas catorce mil millones ochocientas treinta y cuatro mil cuatrocientas ochenta y siete veces, la madre de Onto accedió a darle permiso para presentarse… Y acompañarle. No le gustaba nada… nada de nada…
Los diferentes participantes habían mostrado un buen nivel… Y ahora le tocaba a Onto. Su madre estaba sentada en la zona del público, temblando y sudando… Aquello no le gustaba nada, de nada, de nada…
Onto estaba en medio del escenario. Le habló uno de los tres miembros del jurado.
-Muy bien. Nombre.
-¡Me llamo Onto y canto que lo flipas!
Los tres componentes del jurado se cruzaron miradas. La madre de Onto miró al techo y cerró los ojos…
-Bien, Onto, ¿qué nos vas a cantar?
-¡Una canción que he hecho yo! ¡Pero la he hecho yo, eh!
Nuevamente hubo un cruce de miradas. La madre de Onto buscó la salida de emergencia con ojos que reflejaban una evidente preocupación en aumento…
-Bien, Onto. Canta.
Y Onto cantó…
-¡BUOUOUOUOOOO, BEIBI COM BUIZ MI, BEIBI!
Un miembro del jurado se puso a vomitar. La madre de Onto negaba con la cabeza…
-¡¡BUUUOOO, MAI JART!!
Otro de los jueces se escondió debajo de la mesa y se puso a llorar, aterrorizado. La madre de Onto comenzó a sonreír, cada vez más ida…
-¡¡¡BEIBI, BEIBI, BEIBI, BEIBI, OOOOOH BEIBI, BEIBI, BEIBI…!!!
El juez que había hablado con Onto desde el principio se tapaba inútilmente los oídos. Los equipos de sonido comenzaron a cortocircuitarse y los focos iban explotando. La madre de Onto reía frenéticamente con la boca desencajada y la mirada perdida…
-¡¡¡Ya es suficiente!!! ¡¡¡BASTAAAA!!!- Gritaba el juez, sin oírse a si mismo…
-¡¡¡¡¡BEIBIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!!!!


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Detective Night - Capítulo 8

                                                                DETECTIVE NIGHT

                                                            Investigación en la U.B.C.


Al día siguiente de la resolución del caso del cofre, todo pareció volver a la normalidad. Es decir, ningún mensaje en el contestador... Era ya mediodía y Mei aún no había llegado. Hiro había utilizado la mañana para resolver algunos “asuntos económicos” pendientes, gracias al pago de la señora Moore por los servicios prestados. En el banco no se lo podían creer cuando vieron aquellas monedas de oro tan antiguas...
Desde el día anterior, no había parado de darle vueltas a la cabeza respecto al resultado del análisis del polvo rojo. Pero aún no se había detenido a analizarlo en profundidad y empezar a colocar las piezas del rompecabezas... Pensó que aquel era un buen momento.
-“Muy bien. Tenemos un compuesto desconocido, formado por unos componentes conocidos y otros no identificados. ¿Quién está capacitado para hacer algo así? Obviamente, alguien con conocimientos en química. Tiene que ser alguien que se encuentre en esta ciudad y, como mínimo, desde hace algún tiempo; es decir, alguien de quién haya constancia en algún documento oficial. Doy por hecho que el que ha elaborado el polvo rojo es el mismo que ha efectuado los dos asesinatos, ya que, probablemente, no lo confiaría a otro después de haberse tomado tantas molestias... También es de suponer que el que lo manipula tiene que tener concimientos precisos sobre cantidades y precauciones, porque estamos hablando de un compuesto incendiario de gran poder destructivo... Volviendo al tema de quién está capacitado para elaborar algo así, ¿quienes tienen conocimientos en química? Hay dos opciones: una, que sea alguien autodidacta, bastante común en estos casos; o, alguien que ha cursado estudios en la materia. Es más, podría ser incluso un profesor... De instituto o de universidad. En este último caso sería alguien que ya no ejerce como tal, para tener dedicación completa a sus nuevas “actividades”...”
Hiro decidió que comenzaría a indagar por esta última posibilidad. Se dirigió a su mesa y encendió el ordenador portátil que tenía cerrado a un lado. En ese momento tocaron a la puerta. Seguramente se trataba de Mei. Hiro se levantó para abrir, dándose cuenta por el camino de que estaba contento porque la joven siguiese viniendo, después de la situación de peligro vivida el día anterior...
-¡Hola, Hiro!- Exclamó, sonriente y alegre, como de costumbre.
Esto tranquilizó a Hiro. Comprobó que no estaba en absoluto afectada...
-Hola, Mei. ¿Cómo estás?
-¡Genial!- Dijo al tiempo que entraba como la primera vez que lo hizo.- ¿Has desayunado?
-La verdad es que no...
-¡Cómo que no! ¿¡Cómo piensas resolver casos en estas condiciones!?
-Estooo...- Hiro se sorprendió viéndose reprendido, con una mano en la nuca y bajando la mirada, sin saber que decir...
-¡No te preocupes! Prepararé algo ahora mismo.
Mei observó que Hiro estaba utilizando el ordenador en su mesa, de modo que dejó su cartera sobre la mesa situada entre el sofá y la televisión, y se dirigió a la cocina canturreando algo que Hiro no llegó a escuchar bien.
Hiro regresó a su mesa. El salvapantallas estaba activado: pistolas de varios tipos y diferentes modelos de coches, en pequeño tamaño, iban apareciendo aquí y allá, hasta que, finalmente, una imagen de dos policías de ficción, uno blanco y uno negro, rodeados de otros personajes, criminales y algunas mujeres despampanantes, con un fondo lleno de explosiones, más coches y una ciudad detrás llenaba la pantalla. Era la serie de televisión favorita de Hiro desde que era un niño; hacía ya años que acabó, pero, de vez en cuando, la volvía a ver entera... Movió el ratón y accedió a la red.
Hiro tenía acceso a un buscador especial de la policía. Comenzó pidiendo un listado de los institutos de Blue City: 12. A continuación solicitó un listado de los profesores de química de cada centro de los últimos cinco años. Eligió este margen temporal porque pensó que alguien que crea un compuesto así puede necesitar bastante tiempo para ello... pero al mismo tiempo se le exigirá que lo complete cuanto antes al pertenecer a una organización como aquella. Ya tenía la lista y la cifra: 307. Debía efectuar una criba. Descartó todos aquellos que aún estaban en activo, y el resultado ahora era de 23. Pero comprobó que la mayoría eran jubilados y algunos habían fallecido... Algo le decía que por aquí no llegaría a donde quería ir. Solo le quedaba la Universidad de Blue City. Comprobó, al igual que antes, el número de profesores de los últimos cinco años de la facultad de química: 82. Ahora tenía que hacer el mismo descarte que había llevado a cabo hacía unos minutos: 4. Un jubilado... y los otros tres solicitaron la excedencia. Hiro sospechó que, entre aquellas tres personas, era muy probable que se encontrara el individuo al que estaba buscando... Ahora la búsqueda de información se centró en aquellos tres profesores que ya no ejercían como tales: Thomas Range, 48 años; Julius Jefferson, 37 años; y Lerbat Midrah, 41 años. Prácticamente no encontró nada más... Había algo en aquellos nombres que le llamaba la atención... pero no sabía decir qué era.
-“No me quedará más remedio que ir a la universidad...”
En ese momento apareció Mei trayendo algunos platos a la otra mesa, que, al levantarse y aproximarse, Hiro comprobó que tenían una pinta deliciosa... Se sentaron ambos en el sofá  después de que Mei terminara de traer un par de refrescos.
-Mei...- Dijo Hiro con la boca llena, intentando tragar antes de seguir.
-¿Sí?
-Me alegra que estés aquí- dijo, mientras saboreaba y disfrutaba de la comida.
-Ji, ji, ji... –rió Mei al tiempo que se tapaba la boca con el dorso de la mano, colorada...
El resto del día transcurrió como tantos otros en la vida reciente de Hiro, ya que Mei se tuvo que ir antes para hacer un trabajo de una asignatura; es decir, el teléfono en silencio... Siguió buscando información en la red sobre expertos en química, pero los resultados arrojados le hacían seguir decantándose por la opción de que se tratara de uno de los tres ex-profesores... Decidió, definitivamente, que al día siguiente a primera hora estaría en la facultad de química de la universidad para investigar sobre el terreno...

Tal y como había decidido el día anterior, se levantó muy temprano (a su pesar), se preparó y se dirigió rumbo a la universidad. Todo aquello le traía recuerdos de su época de estudiante; aunque él solo llegó a estar dos años en la facultad... Se había decantado por la Psicología, materia que le gustaba mucho; de hecho, tenía bastantes libros sobre el tema, algunos leídos más de una vez, y en alguna que otra ocasión había pensado en volver... pero le parecía una vida que no pegaba con él. A veces se daba cuenta de que, al ser detective, llevaba a cabo acciones propias de las dos opciones que siempre había barajado desde que era un niño: el ser Agente de Policía y la Psicología. Todos estos pensamientos tuvo tiempo de desarrollarlos ampliamente por el camino, ya que la Universidad de Blue City se encontraba en las afueras de la ciudad, no muy lejos, pero había que seguir una carretera que, sobretodo a aquellas horas de la mañana, se saturaba de tráfico, haciendo que el, en realidad, corto trayecto se pudiera llegar a convertir en una odisea... y si encima llovía como aquel día la cosa empeoraba sobremanera.
Finalmente llegó. La universidad estaba compuesta por varias facultades, que eran edificios independientes, repartidos en una amplia extensión de terreno. Tenía unas completas instalaciones deportivas, un biblioteca enorme de dos pisos, un salón de actos... y todo lo que una universidad puede necesitar y ofrecer.
Hiro no recordaba muy bien por donde quedaba la facultad de química, por lo que decidió aparcar en una zona muy extensa habilitada para ello y seguir buscando a pie. Ya había parado de llover. Caminar entre los edificios era parecido a hacerlo por los bulevares de una gran ciudad, con zonas de césped, algunos mini-lagos artificiales, y muchos árboles por las aceras. Hiro pensó con nostalgia que la verdad es que se trataba de un sitio bastante agradable; comprobó que pocas cosas habían cambiado: alguna nueva facultad y remodelaciones de algunos trazados y exteriores. Cuando llevaba un rato caminando, vio acercarse ante él a tres chicas de más o menos la edad de Mei que iban hablando sobre asignaturas, exámenes, etc.; quizás más jóvenes. Hiro se paró delante de ellas.
-Hola, chicas. Perdonad que os interrumpa- Las chicas se detuvieron y dejaron de hablar.- ¿Podríais decirme donde se encuentra la facultad de química, por favor?
La chica del centro, una joven rubia con gafas, se adelantó a sus compañeras, que se lanzaban miraditas...
-Es aquel edificio de allí- dijo señalando el otro extremo de la universidad.
Hiro miró.
-Vaya, es un paseo... Muchas gracias- dijo sonriéndolas y comenzando a caminar.
Tras él pudo oír risitas y comentarios por lo bajo que no llegó a escuchar claramente...
Cuando no faltaba mucho para llegar, pasó al lado de una cafetería medio llena por alumnos y algún que otro profesor. Al sentir hambre y darse cuenta de que aún le pesaba el madrugón decidió ir a tomarse un café y algún (o algunos) bollos... y si eran rellenos mucho mejor.
Dicho y hecho. Ahora se sentía con energías suficientes para comenzar las pesquisas...
Por fin, ante él, la facultad de química de la Universidad de Blue City. Ya hacía rato que había salido el sol. Al entrar en el amplio vestíbulo, la notable ausencia de alumnos por los alrededores le indicaba que era horario de clase. Se aproximó a un tablón en el cual se podía ver un plano completo del edificio. Encontró lo que buscaba: los despachos de los profesores. Debía ir al segundo piso, al ala este. Nadie le hizo preguntas, como suele pasar en la universidad; debían pensar que se trataba de un profesor... o un alumno muy repetidor. Al llegar, y teniendo que disimular en ocasiones cuando pasaba alguien, fue recorriendo una a una las puertas de los despachos, comprobando el nombre que figuraba en cada una de ellas. Cuando hubo recorrido todos los pasillos y pasado delante de todos los despachos, comprobó que en ninguna de las puertas se podía leer ninguno de los tres nombres, como era de esperar... pero era una comprobación que tenía que hacer.
En ese momento se aproximaba por el pasillo un hombre de mediana edad, con evidentes entradas en su pelo negro con algunas canas, vestido con ropa “típica” de profesor, con americana marrón, pantalones grises y zapatos de un marrón más claro. Llevaba un maletín.
- “No hay duda, es un profesor.”
Hiro pensó además que, debido a su edad, probablemente tendría bastante información que proporcionarle...
-Disculpe- Dijo Hiro levantando la mano.
-¿Mm?- El hombre lo miró extrañado.
-Verá, soy un antiguo alumno y venía a visitar a tres profesores que tuve en su día... pero veo que ya no tienen despacho...
El hombre lo miró con cierto recelo.
-Yo llevo bastante tiempo por aquí y no le recuerdo, joven...
Hiro vio que le había tocado un hueso duro de roer...
-Sí, bueno... Es que solo estuve un año...- Hiro esperaba que aquello bastara para convencerlo...
-¿Y qué profesores son esos?
Parecía que había colado, pensó Hiro...
-Uno es Thomas Range.
-¡Ah, sí! ¡Thomas! Me temo que está muy lejos de aquí... Se casó y se fue a otro país, de donde es su mujer.
“Este no es”, concluyó Hiro.
-También buscaba a Julius Jefferson...
Aquí le cambió la cara a aquel hombre. Se puso más serio.
-Creo que le tocó la lotería... Y no volvimos a saber nada de él. Sí señor, eso es vocación...- Dijo con evidente sarcasmo.
“Si este tampoco es...”
-Lerbat Midrah...
Y ahora sí que le cambió la cara de verdad. Abrió los ojos de par en par y su expresión era mezcla de furia y miedo...
-Joven... Estoy seguro de que si supiera lo que aquel desgraciado hizo no le estaría usted buscando para saludarlo...
“¡Es él!”.
-¿A qué se refiere?
El hombre guardó silencio, dudando si contestar o no. Finalmente, con cierta resignación, comenzó a hablar.
-Hace un año y medio, cuatro alumnos suyos, tres chicos y una chica, estaban en el laboratorio haciendo prácticas... pero se trataba de una práctica diferente. Para que nos entendamos, no la hubiese aprobado el jefe de departamento que estaba por encima de Midrah.
Hiro asentía, escuchando atentamente.
-¿Y qué ocurrió?
-La verdad es que no se sabe mucho al respecto... la versión oficial es que los alumnos realizaron mal una mezcla y se produjo una enorme explosión que arrasó el laboratorio y las aulas colindantes... En aquellos momentos, avanzada la noche, solo estaban ellos cuatro... pero no sobrevivieron.
Hizo una pausa negando con la cabeza y conteniendo algo de emoción. Continuó con los ojos húmedos.
-Según dicha versión oficial, los alumnos no siguieron las instrucciones correctamente y se saltaron varias medidas de seguridad. Midrah quedó destrozado y se retiró... Pero la versión no oficial, y la que yo creo que es la auténtica...- Iba aumentando el volumen de voz al tiempo que se iba enfureciendo cada vez más- ...es la que habla de que los mejores alumnos de Midrah estaban manipulando un compuesto ideado por él mismo y les utilizó para experimentar con ello, con la excusa de que se trataba de un trabajo... Les prometería un aumento de nota o algo así... Y tras el accidente pidió la excedencia porque había sido contratado por una importante empresa química... Quimitechnics, creo...
Parecía que aquel hombre no podría hablar más...
-Muchas gracias... Creo que me iré a casa...
El hombre asintió sin mirarle y siguió su camino, intentando recomponerse...
Cuando se hubo marchado, Hiro decidió que ya había terminado lo que había ido a hacer allí.
-“Lerbat Midrah... ¿Es él “el pirómano”?

viernes, 11 de noviembre de 2011

Las, cuando menos, curiosas aventuras de Onto - Capítulo 7

                                          Las, cuando menos, curiosas aventuras de Onto

                                                                 Onto, el astronauta


Plataforma de lanzamiento de la Agencia Espacial.

El cohete despegó sin problemas, tras los arduos preparativos de meses y meses de trabajo. Una vez se encontraba en órbita el comandante de la tripulación se dirigió a los otros tres miembros:
-Señores, es un honor trabajar con gente tan capaz, seria y preparada como ustedes. Estoy convencido del éxito de la misión.
Los tres estaban uno al lado del otro, escuchando las palabras del comandante: la oficial científica Melissa Andrews, con un largísimo currículum en investigaciones biológicas y químicas. El oficial científico George Stanton, físico reputado con multitud de trabajos publicados en prensa especializada y varios libros en su haber, algunos con ideas revolucionarias. Y el oficial científico Andrej Korolov, ingeniero jefe… Por lo menos eso era lo que ponía en la identificación de su traje, porque en realidad se trataba de Onto…
Onto llamó la atención del comandante por que no paraba de sonreír como un estúpido…
El comandante se acercó a una ventana y contempló la Tierra.
-Es maravilloso. Merece la pena el esfuerzo que realizamos para… ¿Eh…? ¿Pero qué es…? ¡OH, NO! ¡¡KOROLOV!! ¿¡¡¡QUÉ HACE AHÍ!!!?
Fuera de la nave, Onto flotaba de un lado a otro tras la ventanilla, con los ojos y el resto del cuerpo hinchados como un globo a punto de explotar… Pero seguía con la misma estúpida sonrisa…

En ese mismo momento.
C.E.P.I.S. (Centro Especial Para Idiotas Superiores).

En una de las celdas de máxima seguridad…
-¡Oigan! ¡Sáquenme de aquí! ¡Que soy ingenierro! ¡Tengo trres carrerras y catorrce másterrs! ¡Hubo una confusión en el centrro de tests! ¡El mío se confundió con el de un botarrate! ¡¡Oigan!! ¡¡¡Esto es un ultrraje!!!
Un enfermero pasaba por ahí y lo escuchó.
-Sí, sí. Veremos si después de los cuarenta porrazos eléctricos te quedan ganas de seguir…

Detective Night - Capítulo 7

                                                                DETECTIVE NIGHT

                                                                 El cofre (2ª parte).


Hiro, Mei y Theresa Moore se aproximaron a la obertura que acababa de aparecer en la pared. Hiro rebuscó en uno de los bolsillos de su gabardina y sacó una pequeña linterna, de luz bastante potente.
-Señora Moore, ¿no tiene más información sobre lo que puede haber ahí dentro?- preguntó Hiro mientras Mei asentía varias veces.
La señora Moore negó con la cabeza mientras lo miraba con ojos aún de sorpresa.
-Vamos allá, pues- dijo Hiro al tiempo que se introducía en la entrada secreta, seguido por Mei y la señora Moore.
El pasadizo era del mismo tamaño que la propia entrada, por lo que tenían que ir un poco agachados. Se respiraba un aire cargado de humedad, y hacía algo de corriente. Tras varios minutos caminando se detuvieron ante unas escaleras que descendían y hacia las que Hiro apuntó el haz de luz de su linterna. No se veía el final. Siguieron avanzando y comenzaron a descender.
-Cuidado con la cabeza…- Dijo Hiro al oír un golpe y notar que Mei se frotaba la cabeza mientras reprimía una queja de dolor.
Como en el pasillo de antes, la monotonía reinaba durante el recorrido, aunque la sensación de humedad y frío eran mayores que antes.
Finalmente, llegaron ante una puerta de rejas, algo oxidadas, que tenía una cerradura para una llave algo más grande que las normales.
-Señora Moore, ¿no tendrá la llave por uno de esos casuales?- Preguntó Mei mientras Hiro observaba atentamente la puerta de metal, recorriéndola  con la luz de la linterna, a la vez que esperaba la respuesta de la señora Moore.
-No recuerdo tener ninguna llave que pueda valer para esa cerradura…
Mei se decepcionó un poco. “Aquí termina nuestra aventura…”, pensó con fastidio.
-Creo que la he encontrado…- Dijo Hiro ante la sorpresa de Mei y la señora Moore.
El joven detective se agachó ante la puerta y comenzó a apartar tierra de un recuadro de madera que comenzaba a hacerse cada vez más visible. Tenía un aro de metal, del cual Hiro tiró. Como esperaban los tres, antes ellos se encontraba la que seguramente era la llave de la puerta; una llave algo antigua, más grande de lo normal y un poco desgastada. Hiro la cogió y abrió la puerta, que cedió con dificultad y un desagradable chirrido. Apuntó con la linterna para intentar vislumbrar lo que había más allá. El pasillo se redondeaba y se ampliaba un poco. Y, a lo lejos, parecía divisarse una salida.
-Sigamos.
No tardaron mucho en alcanzar dicha salida. La cruzaron y, aún sin ver claramente donde estaban, sabían que era un lugar muy amplio. Aquí la humedad era bastante molesta y el ambiente era gélido. Hiro iluminó hacia arriba y pudieron contemplar con bastante claridad donde se encontraban: se trataba de una cueva de enormes dimensiones, llena de estalactitas y estalagmitas de todos los tamaños. Las estalactitas eran todas similares, pero las estalagmitas tenían formas de todo tipo. Aquí y allá se oían las gotas caer, contribuyendo a seguir transformando aquel paisaje que parecía de otro mundo…
-¡Esto es impresionante!- Exclamó Mei.
-Tenía una cueva bajo su casa…
-No tenía ni idea…
Hiro barrió la zona con el haz de la linterna. Vio que el terreno descendía un poco y, más allá de unas grandes rocas que parecían estar “tiradas” se veía claramente una nueva obertura en la roca.
-Creo que es por allí…- Dijo apuntando con la linterna.
Mei y la señora Moore miraron hacia donde señalaba Hiro y le siguieron cuando este comenzó a caminar.
Hiro notó como el suelo era resbaladizo.
-Cuidado con el suel…- No le dio tiempo a terminar ya que se encontró a Mei sentada en el suelo de tierra húmeda, doloriéndose.
-Uy, uy… estoy bien, je, je, je…- Rió forzadamente, aguantándose el dolor.
Hiro se acercó para ayudarla a levantarse. El final del trecho que les separaba de la obertura, Mei lo hizo agarrada del brazo de Hiro, resbalando con frecuencia y agarrándose entonces con más fuerza, hasta el punto de casi hacerle caer a él también en varias ocasiones…
Al llegar a la obertura, y como en veces anteriores, Hiro iluminó el interior en primer lugar y continuó. Aún tenía a Mei agarrándole por el brazo. Al cabo de no demasiado caminar, los tres llegaron a una bóveda natural, de considerable tamaño, sin más salidas. Arriba había más estalactitas; y aquí se encontraban en el lugar, sin duda, más húmedo.
Hiro se había centrado en primer lugar en la zona de arriba y en buscar más oberturas en las paredes de roca… y no había reparado hasta aquel momento en un montículo rocoso con un objeto encima. Avanzó en solitario sin dejar de iluminarlo y cada vez podía ver más claramente de qué se trataba: era el cofre.
-¡Es el cofre!- No pudo contenerse Mei.
-No puedo creerlo…- Dijo la señora Moore, notándosele claramente la emoción en la voz.
Se encontraban ante el cofre, mirándolo con curiosidad. Hiro se aproximó y, tras inspeccionarlo cuidadosamente, y los alrededores, intentó abrirlo. Cerrado. Hiro observó la cerradura.
-Vaya…- Dijo Mei sin poder contener la decepción.
La señora Moore miró a los alrededores. Hiro hizo lo mismo. No le pareció que en esta ocasión la llave estuviese tan cerca; las paredes de piedra eran lisas y pulidas, por lo que, desde donde se encontraban no se divisaba ningún escondrijo secreto que pudiera ocultar la llave del cofre…
Entonces Hiro rodeó el cofre y señaló con el haz de luz. Había algo detrás. Era una inscripción que rezaba:

“Las lágrimas de la reina llegan hasta aquí”

“Las lágrimas…”, pensó Hiro. Entonces se le ocurrió algo.
-Volvamos un momento afuera.
Regresaron a la gran cueva y, justo al salir, Hiro se detuvo y escuchó lo que estaba buscando. Apuntó con la linterna primero a la izquierda… y luego a la derecha. Ahí estaba. Como pudo comprobar, desde el techo de piedra, y deslizándose por la roca, descendían dos regueros de agua que llegaban hasta el suelo y se perdían por sendos agujeros que se perdían en las profundidades. Y en medio de ambos regueros, un agujero por el que podía caber una mano.
-¿Has visto eso, Hiro?- Le preguntó Mei.
Hiro no contestó y se aproximó al lugar donde estaba el agujero, seguido por Mei y la señora Moore.
Al llegar, dudó unos instantes y, finalmente, dirigió la mano al interior… aunque no le hacía demasiada gracia. Tanteó en el interior húmedo y frío… hasta que tocó algo pequeño y metálico; su mano se cerró sobre el objeto y lo extrajo: una llave.
-¡Esa debe ser la llave del cofre!- Exclamó Mei.
Regresaron a la estancia natural anterior y llegaron donde estaba el cofre. Hiro introdujo la llave con cuidado y la giró. Un chasquido metálico: ahora el cofre se podía abrir. Hiro lo fue abriendo poco a poco sin dejar de iluminarlo. Los tres se quedaron con los ojos abiertos al contemplar lo que tenían delante: monedas de oro; muchas monedas de oro… Hiro habló:
-Bien, señora Moore, caso cerrado.
-¡Y yo os estoy muy agradecido!- Sonó una voz grave de hombre detrás de ellos.
Los tres se giraron y vieron a un hombre alto y corpulento, vestido de traje, con el pelo corto, pegado a la cabeza y blanco. Se iluminaba con una linterna y les apuntaba con una pistola.
-¡Mr. Banik! ¿¡Se puede saber qué hace!?- Exclamó enfadada Theresa Moore.
-Tenía curiosidad por saber para qué necesitaba la ayuda de un detective privado. Me imaginaba que podía ser para algo así…
-Eso quiere decir que usted seguía a la señora Moore…- Dijo Hiro, pensando sin parar en cómo resolver la situación…
-¡Vaya! ¡Es usted muy bueno, ja, ja, ja!
Hiro no dijo nada.
-Señora Moore, lo siento… pero no puedo desaprovechar una oportunidad así- dijo al tiempo que elevaba el arma y apuntaba a la señora Moore.
Hiro debía actuar ya.
En ese instante, algo le cayó en la cabeza a Mr. Banik, provocando un golpe seco, y un gran estruendo al caer al suelo, seguido del múltiple tintineo de objetos más pequeños.
-“¡Mei!”- Hiro iluminó fugazmente a Mei que jadeaba por el esfuerzo.
-¡Pero qué…!- Mr. Banik se giró, dolorido y enfadado.
Encontró a Mei que miró con ojos asustados como aquel hombre furioso llevaba el arma a apuntarle a la cabeza. Hiro no se lo pensó y salió lanzado. Mr. Banik se giró y Hiro le propinó un puñetazo en la cara. Luego otro en el estómago. Mr. Banik intentó utilizar el arma pero Hiro le desarmó con una mano. Ahora era él el que le apuntaba con la pistola.
-¿Estás bien, Mei?- le preguntó Hiro.
-¡Uf! ¡Sí, muchas gracias!
-“Gracias a ti”, quiso haberle dicho Hiro…

Avisaron a la policía y Mr. Banik fue detenido. La señora Moore les agradeció la ayuda a Hiro y Mei y les pagó… con unas cuantas monedas de oro.
Ambos volvían rumbo a la agencia.
-Mei…
-¿Sí?
Hiro le lanzó una moneda con el pulgar y formando una parábola. Mei la atrapó al vuelo.
-Considéralo un adelanto.
-¿Estás seguro? Tiene mucho valor…
-Como tú… en todos los sentidos.
Mei se ruborizó y se puso roja.
-Gra… gracias.
-A ti…
No dijeron nada más durante el camino.

Mei se fue a su casa y volvería el día siguiente tras una clase de prácticas en la universidad. Hiro cenó una pizza que había encargado y estuvo un rato viendo la televisión. Ya era noche muy avanzada. Entonces el teléfono sonó. Hiro se dirigió a su mesa y descolgó.
-Diga.
-Señor Red, ¿le pillo en mal momento?
-¿Seitei? No, tranquilo. ¿Qué ocurre?
-Es respecto a la prueba que debía ser analizada…
-Te escucho.
-Señor Red… Es muy extraño. En el laboratorio no me han sabido decir de qué compuesto se trata. Nunca habían visto nada igual.
Hiro se sorprendió.
-Pero, ¿han identificado los componentes?
-Sí, la mayoría… Están terminando el informe ahora mismo.
-Muy bien, mañana iré a la comisaría a buscarlo.
-Pregunte por mí e iré a buscarlo para dárselo.
-Gracias.
Seitei dijo que no eran necesarias y Hiro colgó.
“¿Desconocido?”, pensó. Se dirigió a la ventana y contempló el paisaje urbano nocturno mientras le daba vueltas a la cabeza.
-Esto será más complicado de lo que creía…

jueves, 3 de noviembre de 2011

Las, cuando menos, curiosas aventuras de Onto - Capítulo 6

                                           Las, cuando menos, curiosas aventuras de Onto

                                                                     ¿Dónde estoy?


Cinco lunas de diferentes tamaños y colores se podían divisar en un cielo verde esmeralda, surcado por una especie de rayas que iban dejando una estela de un polvo luminoso, el cual caía sobre la hierba alta de color violeta que ocupaba una enorme extensión de terreno, recorrido por unos seres parecidos a elefantes, de color azul, y con unas patas y un cuello larguísimos. Aquí y allá se formaban remolinos de antimateria que llegaban hasta un lago de color naranja suave del cual emergían de vez en cuando una especie de delfines con cabeza semejante a cocodrilos, de color amarillo, emitiendo un sonido extrañísimo que resonaba en la distancia.
Y en medio de un claro, con una taza vacía en la mano, se encuentra de pie Onto, mirando atónito a su alrededor, mientras resuenan en su cabeza las últimas palabras que le dijo su madre:
-“Onto, anda, deja de ver eso en la televisión, y ve a pedirle al vecino un poco de sal”.

Detective Night - Capítulo 6

                                                                  DETECTIVE NIGHT

                                                                   El cofre (1ª parte).


Mei no podía esperar más para explicarle a Hiro el caso…
-Esta es la señora Moore.
-¿Cómo está?- Preguntó Hiro, sonriendo amablemente.
La señora Moore sonrió también.
-Bien, gracias. Bueno, aunque tengo un problema…- Dijo mirando a Mei, que se moría de ganas de decirlo ella…
-Lo que ocurre es que la señora Moore ha recibido una carta misteriosa…- Dijo, poniéndose misteriosa ella también… y consiguiendo el efecto deseado.- Resulta que su marido murió hace cinco años… y la carta se la manda precisamente él…
Hiro se sorprendió.
-¿Está segura de que la escribió su marido?
-Sí… Es una carta manuscrita… y es su letra…- Dijo, visiblemente entristecida.
-¿Cuál es el contenido de la carta?
Mei observaba con gran curiosidad como la señora Moore extraía un sobre, que reflejaba bastante el paso del tiempo, del bolso que traía. Estaba abierto; sacó un papel escrito a mano y se lo pasó a Hiro.
-¿Qué pone, qué pone?- Preguntó Mei, impaciente.
Hiro leyó la carta:
“Querida Theresa:

Cuando recibas esta carta yo ya no estaré contigo. Mi enfermedad no me habrá permitido seguir más tiempo a tu lado.
Es posible que estés sorprendida. Hay un motivo por el que he hecho esto.
Como sabes, en las fechas que lees estas palabras, expira el plazo para pagar la deuda que contrajimos con Mr. Banik. Si todavía no has podido pagarla, no desesperes. Hay una posibilidad.
Mi abuelo me contó una vez que en algún lugar de la casa se encuentra un cofre lleno de monedas de oro. Hay más que suficiente para cancelar la deuda. El problema es que en vida intenté encontrarlo en multitud de ocasiones y nunca lo logré. Lo único que sé es como comenzar. Una frase que me dijo mi abuelo: “La reina mira la ofrenda”. Nunca supe qué quería decir. Ya sabes… los acertijos no eran lo mío.
Confío en que tú sí que logres encontrarlo. Busca ayuda si es necesario.

Siempre estaré contigo.”
Al ver la mirada suplicante de Mei le dio la carta. Hiro se quedó pensativo durante unos instantes.
-Supongo que lo que usted quiere es que le ayudemos a encontrar el cofre…
La señora Moore asintió con los ojos humedecidos. Mei levantó la mirada levemente para mirar a Hiro antes de leer la carta por segunda vez.
-No se preocupe. La ayudaremos- dijo, al tiempo que Mei esbozaba una sonrisa.

Hiro le dijo a la señora Moore que se dirigirían a su casa aquella misma tarde. Antes tenía que ir a la comisaría de policía para llevar a analizar la muestra del polvo rojizo que había recogido unas horas antes. Mei tenía muchas ganas de visitar la comisaría. Cuando llegaron había bastante movimiento tanto en el exterior como en el interior del edificio. Hiro y Mei accedieron al interior.
Hiro buscaba a alguien conocido. Mei miraba fascinada en todas direcciones con unos ojos que brillaban de emoción.
-¡Me encanta este sitio!
Hiro sonrió levemente. Aún no estaba preparado para reconocer que a él también…
Entonces Hiro vio no muy lejos a Seitei, que iba un poco despistado…
-¡Ey! ¡Seitei!
Seitei miró hacia los alrededores buscando de donde procedía la llamada. Entonces vio a Hiro. Se acercó rápidamente.
-¡Hola, señor Red!- Dijo con una amplia sonrisa.
-¿Cómo lo llevas?- Preguntó Hiro, también alegrándose de verle.
Entonces Seitei se fijó en Mei, que lo miraba con desconfianza. Seitei tragó saliva y se puso muy nervioso…
-¿Y… y… cóm… cómo uste… ed p-por a… aquí?
-¿Te encuentras bien?- Preguntó Hiro extrañado.
Seitei consiguió recomponerse lo suficiente.
-¿Puedo ayudarle?
Hiro sacó de uno de los bolsillos de su gabardina la bolsita con el polvo rojo.
-¿Podrías llevar esto a analizar e informarme lo antes posible?
Seitei cogió la bolsita que Hiro le tendía y la miró con curiosidad.
-Lo primero está hecho; en cuanto a lo segundo…
-Ya… Veo que hay cosas que siguen igual… Bueno, gracias.
-De nada. Hasta luego- dijo dirigiéndose a Hiro.- Has… hast… hasta luego- consiguió decir finalmente dirigiéndose a Mei, que solo se lo quedó mirando con aquella mirada de desconfianza…

La casa donde vivía Theresa Moore estaba situada en las afueras de la ciudad. Durante un buen rato, la carretera estaba rodeada de árboles que formaban un frondoso bosque, el cual se extendía algunos kilómetros. Se podían ver las montañas bajas, a las que el sol aún tardaría unas horas en alcanzar.
Al cabo de unos minutos se comenzó a vislumbrar una casa bastante grande de aspecto antiguo.
-¡Esa debe ser!- Exclamó Mei, emocionada.
El coche atravesó un portal de piedra con un semicírculo de metal en la parte superior, mismo material de las dos puertas que estaban abiertas de par en par. Theresa Moore estaba a un lado del camino, esperándoles.
Hiro aparcó en una zona amplia a la izquierda de la gran casa. Cuando salieron del vehículo se quedaron unos instantes contemplándola. La señora Moore se había encaminado a encontrarse con ellos.
-Muchas gracias por venir.
-No hay de qué. Esta casa es enorme…- Comentó Hiro.
-¿Vive más gente con usted?- Preguntó Mei, ante la aprobación de Hiro.
-No, vivo sola.
Hiro y Mei se miraron, sorprendidos. La señora Moore sonrió.
-Ya sé lo que piensan… Una mujer de cierta edad viviendo sola en una casa tan grande en un lugar apartado… Pero siempre ha sido así. Además, no podría permitirme contratar servicio…
Hiro contemplaba el paisaje mientras escuchaba a la señora Moore y, al oír sus últimas palabras, recordó el objeto de su visita.
-Creo que deberíamos echar un vistazo al interior de la casa…
-Sí, sí, por supuesto- dijo al tiempo que se dirigía hacia la entrada principal.
Hiro y Mei comenzaron a seguirla. Mei estaba cada vez más emocionada. “Un misterio en una casa tan antigua… Un cofre oculto con monedas de oro… ¡Genial!”, pensaba.
Cuando estaban llegando a la entrada, oyeron un sonido que les llamó la atención a los tres: un cerdito muy pequeño llegaba andando muy deprisa y algo torpemente con sus pequeñas patas. Mei lo vio y se le iluminaron los ojos.
-¡Oh, que cerdito más mono!- Dijo cogiéndolo y estrechándolo contra su pecho.
-Vaya, ya se ha vuelto a escapar…- Dijo la señora Moore con una sonrisa.
-¡Mira Hiro, se parece un poco a ti! ¡Ja, ja, ja!
Hiro entornó los ojos e hizo una media sonrisa.
-Te recuerdo, Mei, que tenemos un caso…- Dijo, haciéndose un poco el molesto.
La señora Moore se dio cuenta de que hacía tiempo que no sonreía durante tanto rato seguido como en aquellos momentos.
Mei dejó al cerdito en el suelo, que se dirigía por donde había venido, andando igual que antes, deprisa y algo torpemente, mientras emitía su sonido característico.
-¡Hasta luego, Oink-Hiro!
La señora Moore no pudo evitar echarse a reír, mientras Hiro mantenía la misma expresión de antes, sonriendo un poco más…
Finalmente, se dirigieron al interior de la casa. Al pasar bajo el amplio porche, de construcción algo más reciente, atravesaron la puerta y se encontraron en un enorme vestíbulo con dos escaleras, una a cada lado de la gran estancia, que se dirigían curvándose hacia arriba.
-Aquí abajo está el salón, la cocina, un baño, algunas salas que hacen la función de almacén, una habitación de invitados, y una sala de arte.
-¿Sala de arte?- Preguntó Hiro.
-Sí. Mi marido, su padre y su abuelo fueron adquiriendo obras de arte de todo tipo y las reunieron en una sala especialmente acondicionada para ello.
-¿Y arriba qué hay?- Preguntó Mei con su libreta en mano y el bolígrafo a punto.
-La habitación donde yo duermo, otro baño, otras habitaciones para allegados y una sala de reuniones. Más arriba hay un amplio desván que hace la función de biblioteca.
-Me gustaría ir a la sala de arte- dijo Hiro.
-Por aquí- dijo la señora Moore mientras se encaminaba hacia la puerta que quedaba justo enfrente de la de entrada, entre las dos escaleras. Atravesaron un pasillo y llegaron a otra puerta, situada al final del mismo.
Al entrar, Hiro y Mei contemplaron asombrados la cantidad ingente de cuadros y esculturas que había en la estancia. Al cabo de un rato Mei comentó:
-¿Y por qué no vende algo de aquí y salda la deuda?
Hiro iba a hacer la misma pregunta. La señora Moore sonrió con tristeza.
-Seguro que así sería… Pero siempre fue expreso deseo de mi marido que se conservaran estas piezas. No tienen solo valor económico… Detrás de cada una de ellas hay una historia y un valor altamente sentimental… Son parte de la casa y esta quedaría incompleta si faltase una sola. Al fin y al cabo se podría decir lo mismo de la casa en sí…
Hiro comprendió. Mei parecía no estar del todo de acuerdo, pero consideró que no era asunto suyo…
Hiro comenzó a hacer una ronda fijándose con atención en todas y cada una de las piezas, caminando por una extensa alfombra antigua que recorría la gran y alargada estancia, formando un extenso rectángulo a modo de camino. Al llegar al extremo de la sala, reparó en el cuadro enorme situado ante él: El retrato de una reina. “La reina mira la ofrenda”, recordó. Se fijó en que, efectivamente, la mirada de la reina se dirigía hacia un punto abajo a la izquierda. Hiro siguió la mirada y vio la estatua de una especie de monja, muy bella, con los ojos cerrados y expresión serena, arrodillada en el pedestal, que representaba el suelo, y con las manos delante de ella, juntas con las palmas hacia arriba.
“Era muy sencillo”, pensó Hiro con el ceño fruncido y una media sonrisa.
-¡Mei!
Mei fue corriendo a su encuentro.
-¿Sí?- Le preguntó con unos ojos interrogantes tras sus gafas más grandes de lo necesario.
La señora Moore se había acercado también.
-Señora Moore, ¿No tiene aquí algún objeto que quepa adecuadamente ahí?- Dijo señalando las manos de la monja.
La señora Moore se quedó mirando la estatua y pensó unos instantes. Sin decir nada se dirigió a una estantería cercana, en la que Hiro no había reparado, en la que había varios libros antiguos, algunos enormes. Cogió uno y se dirigió con decisión hacia la estatua. Inmediatamente lo depositó sobre las palmas. Los tres se quedaron en silencio, sin apartar la mirada de la escultura de la monja sosteniendo el libro. Entonces la manos se desplazaron levemente hacia abajo, ante la sorpresa general, y se oyó el sonido de piedra deslizándose. Finalmente un golpe. Hiro desandó un poco el camino recorrido y observó una obertura del tamaño de una entrada rectangular que antes no estaba. Mei y la señora Moore también la vieron.
-Sospecho que es por aquí…- Dijo Hiro.