viernes, 25 de diciembre de 2015

La Maldición del Espejo - Capítulo 11

La Maldición del Espejo

La precipitación de los acontecimientos…


Hans aún tenía los ojos abiertos, mirando hacia arriba aunque ya sin vida… era evidente que había sufrido hasta el momento final… Arthur contemplaba consternado el cuerpo suspendido de su amigo mientras Rosalyn -a su espalda- se tapaba la boca con ambas manos, presa del horror, sin dejar de temblar…
Arthur reaccionó.
-Deberías salir de aquí. Busca a Philip y pídele ayuda…- Le solicitó a la muchacha, que se lo quedó mirando, admirada por el aplomo que manifestaba el joven en aquella situación…
No pudo más que asentir, desviando fugazmente la mirada hacia arriba antes de darse la vuelta y salir enseguida por la puerta. Arthur escuchaba todavía sus pasos alejarse cuando devolvía de nuevo su atención al joven fallecido…
Entonces Arthur comenzó a notar algo. Algo malo… Notaba una repentina urgencia por salir de aquella sala en seguida… Pero no podía dejar el cuerpo inerte de su amigo allí… colgado de aquella manera…
La sensación era más intensa. Instintivamente, Arthur giró la cabeza y lo vio al fondo de la sala: el espejo. Al principio, pensó que se lo imaginaba… pero pronto se dio cuenta de que era real lo que estaba viendo…
El cristal del espejo se había iluminado, con un azul sobrenatural, y en su interior parecía estar formándose un remolino que aumentaba poco a poco de revoluciones… Arthur no sabía qué estaba pasando… Y (por algún motivo) echó de menos no tener su péndulo a mano…
Ahora el remolino giraba a gran velocidad; los muebles, objetos, etc., vibraban y algunos de pequeño tamaño se precipitaban al suelo causando estruendo al chocar e, incluso, romperse… Arthur sabía que debía abandonar aquella estancia, foco indiscutible de la actividad que tenía lugar en la mansión… Pero no pensaba abandonar a su amigo… otra vez…
En ese preciso instante apareció Rosalyn, corriendo, con Philip -en pijama- detrás… Se detuvieron de golpe al ver lo mismo que estaba mirando Arthur, abriendo mucho los ojos y quedando como hipnotizados ante aquel creciente resplandor… Arthur se dio cuenta de esto.
-¡Rápido! ¡Philip, tenemos que bajarle y sacarle de aquí cuanto antes…! ¡Rosalyn, tú tienes que salir ya!- Casi le exhortó a la chica que, en un primer momento, se quedó impactada por la actitud autoritaria del joven para con ella…
Pero no le iba a servir de nada.
-¡No me voy a ir! ¡Me quedaré a ayudaros!- Trataba de hacerse oír ante aquel murmullo creciente que se estaba formando alrededor y, ante todo, de hacerse valer…
Arthur no se esperaba aquella respuesta. La verdad, era que apenas la conocía…
Philip observaba con atención la disposición del cuerpo: el otro extremo de la soga estaba atado directamente en una viga del techo, viéndose claramente cómo la cuerda había dado innumerables vuelta previas sobre la misma antes de quedar atada con un nudo muy extraño pero eficaz…
-Pero… ¿qué es esto…?- Estaba anonadado…
Arthur se puso a su lado casi de un salto.
-¡Philip! ¿Hay una escalera lo suficientemente alta para acceder al techo?- Le urgía el joven al asombrado mayordomo…
Este volvió en si y vio que ambos muchachos -cuyos cabellos y ropajes se veían mecidos por el viento cada vez de forma más violenta- esperaban impacientes su respuesta… Pensó un momento y les contestó.
-No tan alta. Me temo que es imposible de alcanzar…- Dijo, apesadumbrado.
No era la respuesta que esperaba Arthur, cuya impotencia se reflejaba en su rostro…
Entonces, ¿qué podía hacer? Ya no quedaba tiempo…
Como si fuera una respuesta, algo ocurrió. Algo que ninguno olvidaría el resto de sus vidas…
Del espejo (no demasiado lejos de donde se encontraban los tres), en medio de una especie de torbellino controlado que se había formado en aquella enorme estancia -ahora iluminada de aquel azul de otro mundo-… surgió una figura… Una figura femenina… Arthur, Rosalyn y Philip contemplaban estupefactos cómo, poco a poco, se iba distinguiendo mejor aquella mujer, la cual iba dando pasos confiados en su dirección…
Ahora podían verla con claridad: era pelirroja, de cabellos muy largos y ondulados; sus ojos eran verde claro; de figura alta y esbelta; la piel, blanca, se podía distinguir en su totalidad al quedar claro que estaba desnuda; su cuerpo era exuberante. Caminaba contoneándose, manteniendo una sonrisita burlona en su atractivo rostro…
Pero todos podían percibir el mal en su mirada. La mujer se detuvo, quedando en una pose provocativa, llevando el peso a una de las caderas sobre la que apoyó una mano de largas uñas pintadas de rojo sangre. No parecía que tuviese ni treinta años…
Entonces, esta dirigió su mirada hacia Hans, estático en el techo a pesar de las corrientes reinantes… Con una mezcla de burla y satisfacción, abrió la boca en una sonrisa más amplia, dirigiendo un dedo hacia él… Pudieron ver cómo la soga firmemente atada, se comenzaba a desprender al deshacerse aquel nudo que parecía imposible de deshacer… Arthur consiguió reaccionar de inmediato y se situó debajo de Hans en el mismo momento que este caía a plomo, provocando que el joven cayese también al suelo a la vez que recuperaba a su amigo…
-¡Señor Arthur! ¡¿Se encuentra usted bien?!- Se aproximó Philip en el acto, seguido por Rosalyn…
Arthur permanecía en el suelo, boca arriba, ligeramente aturdido, con el cuerpo rígido de Hans echado sobre él, en la misma posición… Vio al mayordomo y a la joven y comprendió que era ahora o nunca.
-¡Vamos! ¡Salgamos de aquí!- Decía mientras trataba de incorporarse al tiempo que levantaba como podía a Hans…
Philip y Rosalyn le ayudaron en seguida, siendo el cuerpo del joven transportado finalmente por Arthur y el primero, uno de cada lado, procurando que apenas arrastrara los pies…
Pero, a pesar de que -momentáneamente- se habían olvidado de ella, seguía allí. Arthur dirigió una última mirada a la extraña mujer antes de perderla de vista al cruzar la puerta… Para su sorpresa, se mantenía en el sitio, sin hacer nada. Y -le parecía a él- era como si le estuviese sonriendo… pero como alguien que mira desde arriba, desde un lugar inalcanzable… ¿Acaso le estaba dejando marchar? “Les”, se corrigió inmediatamente…
Rosalyn cerró la puerta al cruzar todos y se alejó dando unos pasos atrás, no muy segura de lo que pudiera suceder a continuación… Arthur observó que, aunque se la veía asustada, no era alguien que se dejaba dominar por el miedo fácilmente… Y eso le gustaba.
Durante unos instantes quisieron creer que todo había sido una pesadilla. Como si cerrando aquella puerta todo lo perverso quedaba ahí dentro, encerrado… Arthur llegó a la conclusión de que, lo que debía hacer Everton -y todos los demás habitantes de la casa- era abandonar inmediatamente aquella mansión, sin más demora…
Pero, como si le hubiese leído el pensamiento, la casa pareció rebelarse de forma súbita. Todo comenzó a temblar. Los cristales de los ventanales estallaron y un fuerte viento inundó el pasillo en el que se encontraban…
-¡Debemos reunirnos con Helen y con el señor Everton cuanto antes y salir de aquí!- Gritó Philip, haciéndose oír por encima de las fuertes corrientes de aire que estaban recorriendo la casa en aquellos momentos…
Salieron al hall y se sobrecogieron. Podían ver cómo la práctica totalidad de los objetos situados en cualquier punto de la estancia se movían como si tuvieran vida propia; como si bailasen…
-¡Cuidado!- Avisó Arthur a Rosalyn y a Philip al darse cuenta de que el voluminoso retrato de Everton estaba a punto de desprenderse de sus sujeciones…
Todos reaccionaron a tiempo y se apartaron con suficiente antelación para evitar que el pesado marco les alcanzara antes de impactar con un estruendo monumental en el suelo…
Tras cruzarse las miradas, coincidieron en silencio en que debían continuar con la huída de aquel sitio que amenazaba con derrumbarse…
-¡Philip, Rosalyn, quedaos aquí! ¡Yo iré a buscar a Helen y a Everton!- Se ofreció Arthur, confiando el cuidado de su amigo sin vida a un Philip que asentía al comprender lo que aquel le pedía.
Rosalyn estaba a punto de decir algo. Ella también quería ir a buscar a su madre; y acompañar a Arthur…
Pero ni ella pudo hablar ni Arthur ir más allá del primer escalón, teniendo que sujetarse en la barandilla. Philip -que no soltaba a Hans- cayó hacia atrás encontrándose con la pared, que lo sostuvo…
La casa entera se movía. Era una sensación aterradora pero absolutamente real… Notaban en el estómago cómo la inmensa mansión de los Everton… se elevaba. El suelo se resquebrajaba, los cristales se quebraban, los cuadros caían en su mayoría, así como los jarrones y las estatuas, que se hacían añicos formando masas grotescas de cuerpos humanos de piedra decapitados y desmembrados… Y la casa no paraba de ascender…
Entonces sucedió algo más: del exterior, a través de las ventanas rotas, se introducían multitud de raíces que parecían estar dotadas de vida propia… Gruesas y nudosas, avanzaban retorciéndose y enredándose en lo primero que encontraban en su camino…Arthur, Rosalyn y Philip temían que les estuviesen buscando a ellos…
Pero, por el contrario, aquellos tentáculos manchados de tierra, parecían detenerse y afianzarse en los lugares “elegidos”. Era evidente que la casa había parado de elevarse, también…
Por fin se paró del todo. Incluso había dejado de soplar aquel viento interno, quedando tan solo el aire frío que entraba desde fuera por las numerosas oberturas; así y todo, bloqueadas por las impresionantes raíces…
Arthur, con una expresión de asombro que sostuvo mientras caminaba, se dirigió casi corriendo hacia la ventana más cercana…
-¡Tenga cuidado, señor Arthur!- Le rogó, con evidente preocupación el fiel mayordomo…
Rosalyn, aunque no dijo nada, también mantuvo el alma en vilo al ver cómo el joven se acercaba directamente a aquellas “cosas”…
El joven -no habiendo quedado claro que hubiese escuchado a Philip- llegó hasta donde se dirigía y, tras echar un vistazo de cerca a la raíz más próxima y que apenas le permitía vislumbrar el exterior, se asomó…
Era increíble. Efectivamente, se habían elevado varios metros, por lo que pudo atisbar…
Desde afuera, se veía la casa como sostenida sobre un “nido” de raíces marronáceas que, además, envolvían la mansión, bloqueando todas las posibles salidas, y dispuestas como una mano de largos dedos que en cualquier momento pudiera cerrarse y aplastarlo todo…
Arthur determinó que se encontraban a altura suficiente como para que resultase excesivamente peligroso una huída por la ventana. No creyó que fuera muy prudente comprobar la resistencia de aquellos “troncos” que habían irrumpido de semejante manera allí; por lo que prefirió -por el momento- no tocarlos…
Sí que fue, en cambio, derecho a la puerta principal, seguido con la mirada por Rosalyn y Philip… El joven investigador se plantó delante y se dispuso a abrir la puerta doble ante la expectación de su reducido público…
No se abría. Las manillas ni siquiera cedían un milímetro… Estaban atrapados en aquella mansión.
Durante unos minutos se quedaron todos en silencio; como tratando de asimilar lo que acababa de pasar…
Pero aquellos instantes de aparente quietud acabaron súbitamente. La doble puerta por la que acababan de llegar al hall, se abrió de golpe, con tal fuerza que golpeó contra la pared a ambos lados… del otro lado, provenía un resplandor azulado que ya habían visto escasos momentos atrás… En el mismo instante que emergía la figura -sin duda, femenina- que ya habían visto antes, Arthur, sin pararse a mirar, echó a correr hacia donde se encontraban los demás.
-¡Venga! ¡Por las escaleras!- Les apremiaba, sin dejar de correr…
Se situó de nuevo en el lado que le correspondía para llevar a Hans, justo cuando Rosalyn reaccionaba y Philip se incorporaba sujetando firmemente el cuerpo del amigo de Arthur…
Comenzaron a subir por las escaleras -todo lo deprisa que les era posible- bajo las sombras amenazadoras que se formaban en las paredes, al lado de las cuales pasaban (estando seguros de que no les pertenecían en absoluto)…
Y cuando llegaron al punto más alto desde el cual aún se podía divisar el hall, se detuvieron al unísono y miraron hacia abajo…
Parecía que había pasado un huracán. No quedaba prácticamente nada en pie. Interminables grietas recorrían el suelo y las paredes; y había por el techo, también.
Y allí abajo, erguida, dándoles la espalda aunque con la cabeza lo suficientemente vuelta como para mirarles de reojo, se encontraba lo que creían que era una mujer… Por fuera, desde luego, lo era.
Una nueva sonrisa se dibujó en su rostro, de una belleza terrible y fascinante… Al mismo tiempo, daba la impresión de que miraba de forma provocadora… a Arthur. Rosalyn percibió esto desde el mismo momento que apareció en la sala del espejo… Arthur también era consciente; pero no podía dejar que su mente se nublara ante aquella presencia…
Sabía muy bien que esa ya no era una mujer. Era una bruja…
Sin embargo, esta se quedó quieta, en la misma postura, mirando y sonriendo, como si les estuviese dejando marchar…
-Tenemos que seguir…- dijo al fin Arthur.
Y, como despertando de un sueño, los tres siguieron escaleras arriba hasta perderla de vista…
Sin dejar de sonreír, pero centrándose, la “recién llegada” miró a su alrededor y no tardó en encontrar lo que buscaba: en una vitrina, un maniquí femenino llevaba puesto un vestido negro de tirantes, muy escotado, y que llegaba a los tobillos; además de un cinturón dorado y un par de zapatos rojos, en tono brillante, de tacón. No sabía a quién habría pertenecido, pero ya hacía tiempo que le había echado el ojo… Con un gesto de la mano hizo estallar el vidrio y el vestido y sus complementos se desprendieron del maniquí, flotando hasta rodear el sensual cuerpo de la bruja, hasta quedar totalmente vestida… y maquillada. Con un sonoro paso de tacón, se dio la vuelta, quedando con el peso más sobre una cadera que en la otra, en la que apoyó el puño, dejando la otra mano suelta con el brazo laxo, y miró hacia arriba, con la misma expresión malintencionada, hacia donde habían huido aquellos tres… hacia donde había huido aquel chico…

jueves, 19 de noviembre de 2015

La Maldición del Espejo - Capítulo 10


La Maldición del Espejo

Lo inevitable.


Arthur aún sostenía el libro entre las manos, asimilando aquella información. Aunque, realmente, ya sospechaba que podía tratarse de aquello…
Mientras tanto, en otra parte de la casa, ante la puerta que Arthur le había advertido expresamente que no abriera, se encontraba Hans. Ya no estaba tan seguro de hacer lo que tenía en mente al respecto…
Con la mano casi tocando el pomo de la puerta, Hans se había detenido, de repente, al notar como si un escalofrío le recorriera el espinazo… Arthur levantó la cabeza, apartando la mirada que hasta ese momento había estado centrada en aquel viejo volumen y notó una extraña sensación, como de alarma, que no era la primera vez que sentía…
Tras vacilar unos instantes, debatiéndose con dureza, Hans optó, finalmente, por desistir de abrir aquella puerta que parecía repelerle y atraerlo con la misma intensidad… En la biblioteca del sótano, Arthur pareció relajarse, y volvió a dirigir su atención al pesado libro que tenía delante…
Hans dio media vuelta y, con la firme intención de volver en otro momento -y aquí tenía la imagen de Arthur en mente-, se alejó poco a poco, acelerando el paso después, en dirección a su habitación, sita en el piso superior.
Arthur llegó a la conclusión de que ya había averiguado todo lo que podía aquella noche; se sentía cansado… Tomó la decisión de guardar el libro de nuevo -era muy voluminoso para llevarlo a su habitación y, además, habría de volver a este lugar-, memorizando el punto exacto de aquella estancia -en la gran estantería- en el que se encontraba, y marcharse, portando el candil que le iluminaba lo justo el camino de salida.
Mientras Hans se alejaba -notando una extraña urgencia-, algo lo miraba desde el otro lado de la puerta que dejaba atrás… Y se había fijado en él…

La noche transcurría lentamente. Arthur se encontraba sobre su cama, vestido, sin poder pegar ojo. Se le acumulaban los pensamientos: la investigación y lo que había averiguado… la posibilidad de que apareciese Elizabeth en cualquier momento… la llegada de su amigo… Rosalyn…
Entonces, cuando parecía estar lo suficientemente distraído como para empezar a sentir el sueño, una imagen se formó ante él, a los pies de la cama: era Elizabeth -que casi parecía estar subida en la misma-, con una expresión urgente en su blanquecino rostro…
-Ayúdale…- Lo apremiaba, con una voz atenuada por la lejanía…
Arthur se incorporó en seguida, aguzando el oído para escucharla mejor…
-Elizabeth, ¿qué pasa? ¿Te encuentras bien?- Le preguntó, confundido…
Lo último que hizo antes de desaparecer de su vista fue señalar hacia la puerta de la habitación, sin apartar una mirada inquietante de los ojos de Arthur, que llegó a estremecerse…
-Va a por…- Pero la voz de la joven se apagó, como su débil imagen en la oscura habitación.
Arthur también se quedó con la palabra en la boca, contemplando con impotencia cómo se esfumaba la chica… Igual que si lo hubiese soñado.
Tardó unos segundos en reaccionar.
-“Que le ayude… ¿A quién?”- Trataba de comprender…
Entonces cayó en la cuenta. Dio un salto de la cama y, sin ponerse siquiera los zapatos, fue directo hacia la puerta. ¿Cómo no lo había entendido desde el principio? Ahora estaba seguro de a quién se refería…
La puerta no se abría. Al principio pensó que estaba haciendo algo mal pero no tardó en averiguar que, por alguna razón, no era capaz de mover la manilla, por muy fuerte que la empujara…
-“¡Maldita sea!”
Utilizaba ambas manos, luego todo el peso de su cuerpo… nada. Se detuvo unos segundos a descansar…
Pero no podía permitirse no conseguirlo.

En su habitación, Hans tampoco podía dormir. Sus dos pensamientos… sus dos obsesiones… giraban en torno a aquella sala y a aquella chica… Incluso fantaseaba con ella en el interior de aquella enigmática estancia…
Entonces se sobresaltó. No estaba seguro, pero le había parecido que “algo” se había movido más adelante, cruzando de una parte a otra de su campo visual… Trató en vano de no pensar en ello, de ignorarlo. Hasta que volvió a verlo, esta vez con más claridad: una sombra negra, pasando cerca del techo, de lado a lado…
Ahora se fijó mejor. Con la escasa luz que entraba por la ventana semitapada por el visillo, alcanzó a distinguir una figura que permanecía estática sobre su cabeza… Hans no se lo quería creer; no podía ser nada más que el producto de su imaginación, fruto del cansancio por el viaje… Pero abrió mucho los ojos al ver que aquello no se lo estaba imaginando…
A duras penas consiguió salir de la cama justo antes de que aquella extraña forma se abalanzase sobre él, hundiendo el lecho hasta hacer estallar las patas del mismo…
Desesperado, fue como pudo hasta la puerta y luchó por encontrar la manilla, imposible de ver con aquella penumbra… al mismo tiempo, la forma sombría se iba incorporando, como rehaciéndose, preparando una nueva embestida contra el joven…
Este, en el último momento, logró abrir la puerta y salir al pasillo, cerrándola de golpe antes de ver, horrorizado, cómo esa “cosa” se lanzaba irremediablemente hacia él…
Pero, para su desconcierto, no hubo impacto. ¡¿Qué estaba pasando aquí?! ¡¡¿Qué era eso?!! Tal vez no había sido tan buena idea llegar hasta aquella mansión…
Antes de ir, Hans había pensado que podría obtener algo de todo ese asunto; al fin y al cabo, él también era investigador… Con el tiempo, había conseguido considerables beneficios siguiendo la corriente a incautos que pensaban encontrarse ante manifestaciones del otro mundo… Y él les daba lo que querían. Luego les cobraba todo lo que podía, sin ningún tipo de compasión ni escrúpulo -¿para qué?-, desapareciendo antes de que pudieran sospechar cuán estúpidos habían sido en confiar en sus “servicios”…
Pero lo que estaba viviendo ahora no era como en aquellas ocasiones. Se acordó de la primera vez, en Siria, cuando fue testigo de aquel terrible espectáculo del supuesto poseído…
Su atención regresó de inmediato a aquel momento y a aquel lugar: a su izquierda, a pocos metros de distancia, la iluminación nocturna alcanzaba a dibujar una enorme silueta, de un encapuchado, que sujetaba con su larga y huesuda mano una soga… la cual, en su mayor parte, arrastraba por el suelo… Y había algo más: por las manos, le resbalaba sangre sin parar, deslizándose por la soga… la parte baja de la larga y raída túnica, que arrastraba por el suelo, estaba manchada por sangre ya seca… Y, mientras comenzaba a caminar, lenta pero inexorablemente, hacia un atemorizado Hans al que le flaquearon las piernas, iba dejando un espantoso rastro sanguinolento por donde iba pasando…
-¡Socorro! ¡¡Socorro!!- Gritaba con todas las fuerzas que el miedo le permitía…
Pero sus gritos no se escuchaban en absoluto en la habitación del señor Everton… ni en la de Helen y su hija, Rosalyn… ni en la de Philip… La boca de Hans se movía pero no llegaba sonido alguno más allá de donde se encontraba…
Sin embargo Arthur -de una forma inexplicable- le oyó, claramente.
-¡Hans! ¡¿Qué pasa?!- Trató de hacerse oír, mientras seguía forcejeando con la puerta…
Ahora fue Hans quien pudo oír a Arthur, justo cuando aquel era presa de la desesperación más absoluta…
-¡Arthur! ¡Ayúdame!- Le pedía, paralizado, mientras aquello se aproximaba pesadamente, con un movimiento antinatural, como si fuera a descoyuntarse en cualquier momento…
-¡Hans, corre! ¡¡Corre!!- Le instó Arthur, seguro de que, fuera lo que fuese lo que estaba pasando, eso era lo que debía hacer…
Como si despertara de golpe, Hans logró poner en marcha sus piernas, con extrema dificultad, y comenzar a desplazarse cada vez a más velocidad por aquel gélido pasillo… La forma proseguía su irremediable avance…
Entonces, como si se hubiera desecho de una presa, Hans comprobó que ya podía correr con normalidad… Y corrió.
El encapuchado se detuvo, ligeramente desconcertado en apariencia. Y continuó avanzando…

Súbitamente, Arthur consiguió abrir la puerta, habiendo desaparecido aquella resistencia. Sin pensárselo dos veces, salió al pasillo y fue derecho a la habitación de Hans…
Al llegar, la encontró abierta; y vacía… aunque todo estaba en orden… ¿Dónde podía estar, en aquella enorme mansión…?
Entonces, en ese instante, tuvo un presentimiento. Debía dirigirse de inmediato allí…

Hans bajaba a trompicones por la escalera, estando a punto de caer por la misma en varias ocasiones; de vez en cuando, miraba hacia atrás, pensando en algún momento que ya se había librado de su perseguidor… Pero, si se quedaba quieto, ahí estaba de nuevo, con paso lento pero continuo… Sin aliento, con el rostro pálido y sudoroso, reemprendía, asustado, la huída… Sentía ganas de llorar del miedo que tenía…

Al pasar Arthur frente a la habitación de Rosalyn -situada en el mismo ala de aquel piso- esta se despertó. La primera persona en la que pensó fue en el joven. No se paró a pensar por qué… Simplemente, se levantó, con mucho cuidado de no despertar a Helen, que dormía a su lado, y fue, descalza, hasta la puerta… La abrió, despacio, procurando no hacer ruido y se asomó: llegó a ver a Arthur desapareciendo por las escaleras que descendían al hall de la mansión…
En camisón (y sin calzado), cerró la puerta tras de si y se encaminó en la misma dirección que había tomado el joven investigador…

Hans había llegado al hall. Se paró unos segundos para recobrar el aliento: jadeaba con violencia, sujetándose las rodillas con ambas manos… Elevó la mirada y allí estaba: aquello continuaba imparable su “progreso”, arrastrando la soga que -ahora que se fijaba- parecía tener vida propia… Con una mueca de hastío, pareciendo acto seguido que iba a ponerse a llorar, el joven se irguió y buscó urgentemente con la mirada hacia dónde podía seguir huyendo…
Solo en el último instante de su vida se preguntaría por qué tomó aquella decisión.
Se giró y “se encontró” con la puerta que llevaba a la zona norte de la mansión; la misma que había cruzado escasas horas antes… Enfiló hacia dicha puerta y perdió -momentáneamente- de vista a aquel que (desconocía por qué) quería darle caza…

Arthur bajaba las escaleras. Y seguía bajando. Y…
Un momento. Aquello era muy extraño. Bajaba y bajaba, recorriendo infinidad de escalones… y no llegaba a ninguna parte. Se detuvo, contrariado. Miró hacia delante… no parecía haber nada anormal… Se acercó a la barandilla y se asomó abajo: era aterrador. Las escaleras descendían infinitamente… no se veía el final… Comenzando a notar vértigo, se alejó, dando dos pasos, del límite de la escalera… ¿Qué estaba pasando? ¿Cuánto había que descender para llegar a alguna parte? Decidió seguir el descenso, confiando en que, tarde o temprano (y, al igual que había sucedido con la puerta de su habitación), aquello cesara y pudiese llegar al hall para reunirse con su amigo…
Siguió bajando escalones, todo lo deprisa que podía, tratando de no pensar en aquella locura que estaba viviendo…

Rosalyn avanzaba con cautela por el pasillo; no quería que Arthur la descubriese… aún. Pero, con cada paso que daba, sentía más temor… no sabía cual debía ser la razón… Había oído historias sobre aquella mansión; pero no había visto ni oído nada fuera de lo común en el tiempo que, junto a su madre, trabajaba en aquella casa. Aunque era cierto que… Decidió no pensar más en ello (como hacía en ocasiones como esa) y continuar tras los pasos de aquel joven que se había hecho dueño de sus pensamientos en demasiado poco tiempo…

Hans cerró la puerta nada más cruzarla, torpemente. Ahora se encontraba, solo, en aquel pasillo, pudiendo vislumbrar el cielo nocturno a través de los ventanales situados en la parte alta de la pared situada al otro extremo… llegó a ver que se trataba de una noche despejada… Mientras la contemplaba, comenzaba a pensar que, quizá, no había sido buena idea ir hasta aquel lugar… De hecho, se arrepentía amargamente.
No podía ser. Sus ojos se abrieron mucho, de terror, al comprobar que la puerta que tenía a su espalda, comenzaba a ceder… ¡Pero, todavía no era posible que hubiese llegado hasta allí, a aquella velocidad…! Con todas sus fuerzas, posó las manos sobre la puerta doble que acababa de atravesar hacía apenas unos instantes y empujó, usando todo su cuerpo en un momento dado…
Pero era inútil. Aquel ente, o lo que fuera, tenía demasiada fuerza… No era capaz de contenerlas… Finalmente desistió y se echó atrás casi de un salto…
Mientras daba aún medio paso atrás, contempló con estupor cómo se abrían ambas puertas, hacia dentro, dando paso a la misma y amenazadora figura que venía persiguiéndolo desde arriba…
No había más remedio, pensó: iría derecho a la sala “prohibida”. A punto de tropezar al darse la vuelta, consiguió llegar a tiempo para abrir la puerta de aquella estancia, tardando unos frenéticos segundos en hacerlo, que acortaban la distancia entre él y aquel monstruo… Por fin, pudo acceder al interior y cerrar con un portazo que dio con toda su alma…
Silencio. Hans, temblando, aguzaba el oído…

Arthur corría escaleras abajo, consciente de que podía continuar de aquella manera indefinidamente… Pero no podía detenerse…

Hans se atrevió incluso a acercarse a la puerta. Quizá aquello se había marchado… Tal vez todo consistía en un susto para que se largara de allí; para que aprendiese la lección… Pues bien, en cuanto pudiera, se iría de aquella mansión -esa misma noche si era posible- y volvería a su casa. Se prometió a si mismo que cambiaría, que sería mejor persona…
La puerta se abrió de forma absolutamente sobrenatural, pasando de estar cerrada a abierta… Hans vio con resignación cómo aquella figura lo señalaba con la mano que no llevaba la soga… Entonces, el joven comprendió que era demasiado tarde… para todo.
La soga, totalmente independiente de su portador, se abalanzó sobre él, siendo lo último que vería en este mundo…

De pronto Arthur se dio cuenta. La escalera volvía a tener sus dimensiones normales. No se paró a tratar de averiguar nada y fue directamente a la sala del espejo…
Cuando llegó quedó impresionado por lo que se encontró: de una soga sujeta de forma imposible, en el techo, estaba colgado su amigo, por el cuello. Estaba ahorcado. Y, por la forma en que se encontraba situado, sabía que no había sido él… A continuación, llegó apresuradamente Rosalyn, que había logrado dar alcance a Arthur…
Su grito se escuchó por toda la mansión, llegando al exterior transportado por el viento nocturno.

sábado, 24 de octubre de 2015

La Maldición del Espejo - Capítulo 9

La Maldición del Espejo

Recuerdos indelebles (2ª parte).


La expresión de mi abuelo era de gravedad. Miraba hacia un punto invisible más adelante, en el suelo, mientras se terminaba de abotonar una túnica de mangas largas y anchas de un color blanco amarillento, al igual que los pantalones, que también se los había cambiado; Dalia llegaba corriendo con sus zapatos, marrones, en una mano y una bolsa de piel curtida, llena, en la otra…
-Aquí tiene- le decía la joven, entregándole primero los zapatos, de forma apresurada, y aguardando a que se los pusiera sujetando la bolsa, por las asas con ambas manos, contra su cuerpo…
Mi abuelo seguía muy serio y concentrado; observándole, era una persona diferente a la que nos habíamos encontrado a nuestra llegada… Mientras tanto, mi padre y el de Hans hablaban en voz baja, igualmente preocupados; nosotros estábamos ahí en medio, sin saber qué hacer ni qué pasaría a continuación… Una vez mi abuelo hubo terminado de prepararse se detuvo bruscamente al encontrarnos en su camino.
-Vosotros…- Comenzó, pensando rápidamente lo que había de decirnos…
Nuestros padres se acercaron y se mantuvieron a la expectativa de lo que aquel hombre sabio fuera a decidir… Finalmente mi abuelo tomó una decisión.
-Sí. No hay duda. Habéis venido cada uno desde muy lejos precisamente para esto: ellos deben venir- esto último lo dijo mirando a nuestros respectivos progenitores…
Estos no dijeron nada. No parecían muy contentos con aquella idea… Pero sabían que mi abuelo tenía razón. Y yo, creí comenzar a entender por qué había ido en realidad hasta aquel país junto a mi padre…
Mi abuelo se giró lo suficiente hacia Dalia para hacerla entender que había llegado el momento de ponerse en marcha… Esta reaccionó en seguida y continuó llevando la bolsa hasta que salimos fuera de la casa.
Una vez afuera nos encontramos con el tipo que había venido pidiendo ayuda por su hermano, implorando al cielo con el rostro apesadumbrado… Al ver que a Dalia parecía pesarle ligeramente aquella enigmática bolsa, no dudé en aproximarme a ella y ofrecerme a llevarla yo…
-No, debe hacerlo ella. Ya sabe donde tengo las cosas…- dijo mi abuelo, nada más advertirlo, tras la inicial vacilación de la chica.
No insistí, obviamente. Decidí limitarme a mirar y escuchar todo lo que pasase a continuación.
Tras cerrar con llave la puerta del exterior, mi abuelo se colocó un sombrero, de estilo occidental, que le daba un aire totalmente distinto y misterioso, puesto que apenas se adivinaban sus ojos, de fuerte mirada, bajo el ala ancha del mismo…
Caminamos nuevamente, cuesta arriba, por donde habíamos venido. Resultaba que la casa hacia donde nos dirigíamos, efectivamente, estaba muy cerca de allí, en aquel mismo camino de tierra árida; de hecho, pasamos al lado instantes atrás. Todos seguíamos a mi abuelo, con Dalia a su lado, mis padres justo detrás y nosotros atrás del todo, intercambiando miradas llenas de elocuencia…
Junto a la puerta de verja que daba al pequeño jardín de la entrada, a distancia prudencial de la misma, había una mujer de mediana edad, llorando amargamente, abrazando a una niñita de unos ocho o nueve años, muy asustada y cayéndole también las lágrimas entre sonoros sollozos… no había duda de que habíamos llegado…
Cuando nos detuvimos, comprobamos cómo aquel hombre, el que nos había venido a avisar, se había quedado atrás, rezagado, paralizado por el miedo… Tenía la cabeza girada hacia otro lado y la mirada perdida… Tan solo fue capaz de levantar una mano temblorosa y señalar hacia el interior de la casa. La mujer y la niña, sin dejar de llorar, nos miraban fijamente; mis ojos se cruzaron con los de la pequeña, que me sostuvo la mirada sin poder evitar comenzar de nuevo a sollozar…
Entonces lo oímos. Del interior de la casa, provenían unos gritos pertenecientes a un varón, unos gritos desgarradores y lastimeros… Una mala sensación me llenó en aquel momento… Nuestros padres se adelantaron y se dirigieron a mi abuelo, que escuchaba con atención…
-Padre. Es muy peligroso. Aún no saben nada de todo esto…- Le dijo mi padre al suyo.
-Sí. Ellos deberían quedarse afuera…- Convino el señor Clayton.
Mi abuelo nos miró, a Hans y a mí, y se quedó pensativo unos instantes…
-Muy bien. Que lo decidan ellos. Escuchadme: ahí dentro no hay peligro para vosotros; pero siempre puede salir algo mal… Es decisión vuestra estar o no presentes- concluyó.
Ya me imaginaba lo que podía encontrarme allí dentro -o no-, pero, estaba seguro de una cosa: quería estar presente. Una atracción inexplicable me atraía sin remedio hacia las profundidades de aquella casa…
-Yo quiero ir- dije sin dudar.
Mi padre se quedó sorprendido al oír mi respuesta y, además, con aquella determinación. Pero no tardó en sonreír de orgullo… Al igual que mi abuelo, que ahora dirigía la mirada hacia un dubitativo Hans…
-¿Y bien, muchacho? ¿Qué harás tú?
Hans temblaba ligeramente; no cabía duda de que en aquellos momentos estaba librando una batalla interna… No era capaz de mirar a los ojos a mi abuelo, permaneciendo en el sitio, tenso, con los puños apretados… El señor Clayton, al ver a su hijo en aquel estado, dio un paso al frente para posar una mano en su hombro, seguramente no para animarle, sino para decirle que no hacía falta que entrara en la casa, que no pasaba nada…
-¡Yo también quiero ir!- Soltó de golpe.
Ahora fue su padre el que se llevó una sorpresa; aunque, en este caso, no fue acompañada con una mirada orgullosa por su parte…
Mi padre y mi abuelo intercambiaron una mirada de complicidad y ambos asintieron. Era como si hubiésemos pasado una primera prueba…
Una vez decidido, nos dispusimos a acceder al interior de aquella vivienda en la que se respiraba un ambiente inquietante, y del que provenían velados lamentos…
-De acuerdo. Vosotros dos- dijo, en tono exhortativo, mi abuelo, dirigiéndose a Hans y a mí.- No os separéis de mí. Y vosotros, guardadles las espaldas- esta vez dirigiéndose a nuestros padres…
El mío asintió de inmediato, pero el señor Clayton no parecía muy conforme con aquella situación…
Mi abuelo iba en primer lugar, con Dalia a su lado, un paso por detrás; Hans y yo apenas veíamos lo que había delante ya que estábamos situados justo detrás de aquel hombre, valiente y decidido; y detrás de nosotros, muy cerca, nuestros padres… las voces se oían cada vez más próximas… Empezaba a sentir auténtico miedo…
Llegamos a la habitación de donde llegaba el ruido. Era un dormitorio. Y, sobre la cama grande, en unas sábanas sucias y llenas de una sustancia extraña y viscosa, un tipo tumbado como si acabaran de tirarlo desde arriba… Estaba rígido, con los brazos estirados y pegados al tronco a  ambos lados, las piernas también como palos; se encontraba ligeramente ladeado y la cabeza, echada sobre la almohada manchada, se movía con casi imperceptibles espasmos, igualmente agarrotada en línea con el cuerpo encorvado…
Me fijé mejor: tenía los ojos en blanco. Y una especie de espuma blanca le brotaba todavía de la boca medio abierta… Hans y yo nos quedamos quietos; más bien paralizados por aquella perturbadora visión… Mi abuelo, dando paso y medio adelante, sin apartar la vista de aquel pobre tipo, se giró y dirigió una mirada a mi padre con la expresión muy seria.
-Retrocedamos- me dijo, tras ponerme una mano en el hombro y casi arrastrarme hasta quedar detrás de él…
Comprobé que algo similar le había ocurrido a Hans, que ahora se encontraba una vez más a mi lado…
-Dalia, mi bolsa- le dijo a la chica, muy adelantada respecto a casi todos los demás, en primera línea al lado de mi abuelo…
Pero, una vez le hubo acercado la bolsa, este no esperó un segundo a indicarle con un ademán que se dirigiera al fondo de la habitación, en una esquina, un poco más retrasada que Hans y yo y a cierta distancia; pero con vía libre para llegar al lado de mi abuelo en cualquier momento…
Mi anciano familiar, al que había conocido hacía unas escasas dos horas, se encontraba ahora rebuscando en aquella bolsa que había apoyado sobre una silla situada junto a la pared; hasta que, finalmente, pareció encontrar lo que buscaba: un libro, antiguo y gastado, de lomo negro, que casi cabría en la mano… Una vez lo hubo encontrado, se situó ante la cama, dándonos la espalda.
Entonces mi abuelo, comenzó a susurrar unas palabras en otra lengua: no tardé en reconocer que se trataba de latín… poco a poco, los susurros iban subiendo de volumen hasta alcanzar el nivel normal de una conversación… Nuestros padres hacían la función de “parapeto” mientras todo esto sucedía…
Aquel cuerpo casi sin vida aparente se movió. Progresivamente, comenzó a retorcerse en su cama, arrugando las sábanas inmundas… Mi abuelo seguía con aquella retahíla, totalmente concentrado, comenzando a percibirse la urgencia en su voz…
Ahora no solo se movía, como si estuviera apartándose algo de encima, sino que, además, empezaba a emitir de nuevo aquel gemido lastimero que escuchásemos desde fuera…
El hombre que se encontraba ahí de pie, parecía aumentar de tamaño ante nosotros a medida que se erguía y alzaba la voz cada vez con más intensidad…
Un grito horripilante hizo que tuviésemos incluso que taparnos los oídos. Aquel tipo se había incorporado en la cama de golpe y, aún sentado, como si no pudiera moverse de ahí, se había dirigido furibundo hacia mi abuelo, que no le miraba a él sino al libro…
Los sonidos provenientes de aquel que una vez debió ser un hombre, nos estremecían a Hans y a mí… Pude ver que Dalia, aunque trataba de permanecer entera, también estaba muy asustada…
El tipo trataba de alcanzarle con las manos, como si fueran garras, retorciéndose y gruñendo de impotencia y con una rabia descontrolada… Mientras tanto, mi abuelo proseguía imperturbable recitando aquellas palabras que ya se escuchaban, con probabilidad, en el exterior…
Pero entonces sobrevino el desastre. El individuo que nos había venido a pedir ayuda -y al que no habíamos visto llegar- irrumpió en la habitación y, al ver a su hermano en aquel estado, estalló en lloros y lamentaciones. Casi nos tira cuando pasó al lado de Hans y mío y, de algún modo, consiguió pasar a través del muro que formaban nuestros padres de forma escurridiza… golpeando a mi abuelo mientras pasaba. El ímpetu fue tal que hizo que el libro se le cayera de las manos hasta el suelo… Cuando aquel enajenado llegó al lado de su hermano, se arrodilló a su lado, tratando ingenuamente de hacerle entrar en razón…
Pero el poseído, libre de las cadenas que había formado mi abuelo mientras recitaba las palabras, apartó a su hermano recién llegado de un empujón con una mano, estampándole contundentemente contra la pared y haciéndole perder el sentido…
Lo que pasó a continuación transcurrió muy rápido y en medio de una soberana confusión.
El tipo poseído se abalanzó de pronto sobre mi abuelo mientras este se encontraba agachado, tratando de recoger el libro del suelo. Se disponía a estrangularle cuando, inmediatamente, se vio sujetado por mi padre, al que vino enseguida a ayudar el señor Clayton… se produjo un breve forcejeo mientras mi abuelo se llevaba una mano al dolorido cuello… Entonces reaccionó y fue a recoger el libro… Pero aquel tipo era ahora mismo poseedor de una fuerza sobrenatural y se deshizo de sus apresadores con un espantoso sonido gutural; mi abuelo buscaba rápidamente entre las páginas el punto exacto en el que se había quedado, ya que el marcador de página de tela roja se había desprendido al “volar” el libro hasta el suelo por segunda vez…
No le dio tiempo a encontrarlo. De un manotazo, el enfurecido tipo lo lanzó lejos de su alcance… hasta quedar cerca de donde se encontraba Dalia. Esta, sin pensarlo, lo recogió del suelo, ya sin atisbo de miedo en su semblante: solo pensaba en ayudar a mi abuelo. Se apresuró en buscar el punto exacto en el que este se había quedado… Y no tardó en encontrarlo. Dalia se puso a recitar…
El poseído, ante mi atemorizado abuelo, en aquellos momentos desarmado, desvió su atención de él hacia la insolente joven que se atrevía a intentar detenerle… Le dirigió unas palabras amenazadoras en una lengua desconocida, con una voz que parecía provenir de otro mundo, mientras se encaminaba con suficiencia hacia aquella chica…
Ahora la entidad que poseía el cuerpo de aquel infeliz tenía pleno control sobre el mismo…
Entonces se detuvo un instante… como si no pudiera seguir caminando… Pronto se dio cuenta de que aquella “estúpida” sabía muy bien lo que hacía… Aceleró el paso, con dificultad, mientras aquel rostro, ya de por si desencajado, volvía a mostrar un enojo inusitado… Entretanto, Dalia continuaba…
En un momento determinado, al ver que Dalia flaqueaba durante una milésima de segundo, el tipo gritó desgarradoramente, abalanzándose sobre ella, la cual temblaba con fuerza al notar lo que se le venía encima…
Y, no sé de donde, encontré las fuerzas para lanzar todo mi peso sobre él, cargando con el hombro, consiguiendo que los dos nos fuéramos al suelo… Dalia levantó un instante la vista, cruzándonos las miradas. Ella entendió enseguida lo que le estaba diciendo, sin hablar, y se puso de inmediato a seguir pronunciando las palabras, ahora con más aplomo y seguridad…
Lo estaba consiguiendo. Había una lucha interna entre el poseedor (cada vez más debilitado) y el poseído… Pero Dalia, que nunca había hecho aquello antes, se estaba agotando…
En ese preciso instante, cuando las fuerzas la abandonaban y el ente poseedor parecía ganar terreno, apareció la ruda mano de mi abuelo y se hizo con el libro, exclamando dura y claramente las palabras que faltaban de aquel texto…
Tras un largo y ensordecedor chillido, el cuerpo del poseído se desplomó, como vacío, en el suelo de la habitación.
Se produjo el silencio. Solo se escuchaba la fuerte respiración de cada uno de nosotros… Mi abuelo permanecía alerta, con los ojos muy abiertos, en dirección a aquel cuerpo tendido… El señor Clayton ayudaba a mi padre, que tenía un golpe en un lado de la frente; me acerqué de inmediato para interesarme pero mi progenitor me tranquilizó con un gesto de la mano. Entonces me puso esa misma mano en el hombro y me sonrió, mirándome con orgullo; comprendí que lo había visto todo… La sombra de mi abuelo, cubrió a una asustada Dalia que se encontraba encogida en el suelo, de rodillas y abrazada a si misma, haciendo esfuerzos por no llorar… Aquel le tendió una cálida mano y esta, tras mirarle con ojos llorosos, no pudo evitar levantarse de un salto y abrazarle fuertemente, desahogándose en lágrimas e hipidos. El hombre sonreía mientras le acariciaba la cabeza.
Toda esta escena -probablemente desde que el hermano del poseído pasó al lado nuestro- la había contemplado Hans desde la puerta, sin hacer nada…

Algunos días después, nos encontrábamos en la estación. Iba a despedirme de mi padre. Había decidido que me quedaría con mi abuelo para aprender todo lo que solo él podía enseñarme… Lo tenía muy claro. Hans, por su parte, había decidido en el último momento que también se quedaba, aunque su padre no parecía muy contento al respecto… Ni él muy seguro.
Mientras veíamos el tren alejarse, atestado de viajeros, desde el mar de familiares y amigos que les despedía, dirigí la mirada hacia Dalia, que ya me estaba mirando, y nos sonreímos. Aunque Dalia, ahora, me miraba de un modo diferente…
Y Hans, con el semblante serio, no perdía detalle…

miércoles, 16 de septiembre de 2015

La Maldición del Espejo - Capítulo 8

La Maldición del Espejo

Recuerdos indelebles (1ª parte).


15 años atrás.
Damasco, Siria.

Yo caminaba por las atestadas calles estrechas de aquella bulliciosa ciudad, bajo un sol inclemente, al lado de la alta figura de mi padre. Ambos íbamos vestidos de tal forma -con las ropas más elegantes que teníamos, teniendo en cuenta nuestra ajustada posición económica- que desentonaban totalmente con los viandantes, de paso ligero, atareados en su mayoría… Además de estar pasando bastante calor…
Tras cruzar una callejuela -igualmente abarrotada por vendedores ambulantes y transeúntes- llegamos a una nueva calle “ancha”; no tardamos en divisar a dos individuos como nosotros…
Nos detuvimos frente a un hombre que debía tener la misma edad que mi padre. Y su hijo, de la misma que yo mismo.
-Finalmente has venido, amigo mío- le estrechaba la mano aquel hombre de cabello corto y bigote blancos, con ojos profundos de color azul claro, tras unas gafas de montura fina con un cordel dorado; sus ropajes eran grisáceos y nuevos; más caros que los nuestros, seguramente…
Ambos hombres pasaron de darse la mano a un abrazo propio de dos antiguos camaradas. Al separarse, mi padre aún mantenía las manos en sus hombros.
-Me alegro mucho de verte, Elvin. Hace muchos años ya que hablábamos sobre la posibilidad de que llegara este día…- Dijo mi padre.
Aquello me intrigaba. Realmente no sabía muy bien para qué habíamos venido a Siria, más allá de visitar a mi abuelo, al que nunca he llegado a ver…
Mi padre era alto, de expresión afable, cabello oscuro y ojos del mismo color; llevaba una barba no demasiado larga y bien arreglada; sus ropas eran marrones y grises (como las mías). Él era de aquel lugar; aquella ciudad había sido donde se había criado y crecido. Y por ello también había insistido desde hacía tiempo en que realizáramos juntos aquel viaje: para conocer la tierra donde nació.
Al lado del padre de mi amigo, se encontraba su hijo, que me miraba y apartaba la vista alternativamente, sin darme tiempo a siquiera saludarle…
-Arthur, te presento a Elvin Clayton. Es amigo mío desde que tenía tu edad…
Aquel hombre me dirigió una sonrisa cordial y me ofreció su recia mano, que apretó fuerte la mía, aunque sin llegar a hacerme daño.
-Tu padre me ha hablado mucho de ti. Te aseguro que te pareces a tu madre- me dijo con un deje de tristeza que en aquel momento no percibí.
Aquella fue la única vez que se mencionó a mi madre. Más adelante, con el paso de los años, me di cuenta por qué…
Aún sentía la fuerza del apretón, que intentaba en vano devolverle… Entonces volvió a hablarme mi padre.
-Y él es su hijo, Hans. Tiene tu misma edad- dijo, refiriéndose al chaval, que parecía incómodo en aquella reunión…
Tenía el pelo tirando a corto, negro, con los ojos castaño claro, algo más bajo que yo, delgado y desgarbado; su gorra gris oscuro estaba más nueva que la mía…
De pronto, dio un paso adelante y me ofreció él su mano; su padre me soltó para que pudiera saludarle y nos estrechamos las manos, dirigiéndome una media sonrisa y mirándome casi de reojo. La verdad es que no sabía muy bien qué pensar de él…
-Bueno, lo primero que tenemos que hacer es acompañaros a buscar vuestras cosas. Supongo que tenéis dónde alojaros… Si no, tenéis nuestra casa a vuestra entera disposición- Nos ofreció el señor Clayton.
Mi padre sonrió, negando con la cabeza.
-No te preocupes, Elvin. Nos quedaremos en la casa de mi padre. Aquella donde yo viví y crecí hasta que tuve tu edad- esto último me lo dijo a mí, con orgullo y nostalgia en la voz y en la mirada…
El señor Clayton, que ya se esperaba la respuesta, no insistió.
-Vamos pues. ¿Habéis dejado vuestro equipaje en la estación?
Ahora fui yo el que asintió.
-Sí, en una taquilla- confirmé.
El señor Clayton me miró. A aquellas alturas de la reunión, su hijo, Hans, ya no me rehuía la mirada…
-Muy bien. Y después, nos tomaremos un delicioso té de hierbabuena en un sitio que conozco- anunció con entusiasmo, arrancando a andar hacia la estación de tren, seguido inmediatamente por Hans y -tras haber girado lo suficiente la cabeza sin mirarme directamente-  mi padre.
En ese momento, tras echar un vistazo a mi alrededor -y cruzarme la mirada con una señora no demasiado mayor que pasaba cerca, cargada con una cesta llena de vegetales-, me uní al grupo que formábamos, prácticamente ya sin atraer ninguna mirada a nuestro paso…

Tras recoger nuestras cosas en la taquilla de la estación, paramos en una amplia tetería cerca de la misma. El té de hierbabuena -que era la primera vez que lo probaba- era en verdad una delicia; dulce y con un sabor tan agradable que repetí gustoso cuando el señor Clayton me ofreció echarme más (en el vasito de vidrio rojo) de la jarra ornamentada… Aunque insistió en invitarnos, mi padre solo aceptó pagar nuestra parte. Era muy orgulloso en ese aspecto… Al terminar, emprendimos camino hacia la casa de mi abuelo que, al parecer, quedaba a un buen trecho desde allí.
Ir andando hubiera sido un esfuerzo innecesario y bastante agotador, de modo que paramos a un porteador y nos subimos los cuatro al pequeño e incómodo carro tirado por dos mulas, atravesando las calles a duras penas; esta vez, fue tanta la insistencia del amigo de mi padre, que finalmente este aceptó que aquel se hiciera cargo del pago del trayecto…
Tardamos bastante más de lo que pensaba; pero es que circular por aquella ciudad era harto complicado… sobretodo cuando nos cruzábamos con otros porteadores y había que decidir quién pasaba primero…
Damasco era una ciudad increíble, llena de vida. Ruidosa y cubierta de colores y de olores: de los puestos de especias, de los de frutas y verduras recién recogidas, de esencias de lo más variado, de los tejidos cuidadosamente confeccionados que portaban luego las mujeres… Vi muchas, jóvenes y no tanto, bellísimas, en aquella ciudad… Los niños, sucios por el polvo, corrían y gritaban felices allá donde los vieses; aunque también es cierto que nosotros fuimos, en su mayor parte, por las calles principales…
Al fin, llegamos al principio de una calle tan estrecha que, obviamente, ni las mulas ni el carro hubiesen podido pasar por ahí… Bajamos junto con nuestras cosas y el señor Clayton pagó al porteador, que se fue muy contento, saludándonos efusivamente en su despedida.
Ante nosotros, un camino de tierra, con hierba seca por el centro, que bajaba durante un centenar de metros. Pasamos por algunas casas a nuestro lado. El camino comenzaba a abrirse y se podía contemplar el campo delante, más allá de la última casa del camino, un poco separada del resto, y que era precisamente hacia donde nos dirigíamos…
Nos encontrábamos en el portal de aquella casa más bien humilde, aunque bien cuidada. Habíamos pasado por una primera entrada -cuya puerta pintada de verde estaba abierta de par en par- y ahora estábamos en un patio más parecido a una selva que a otra cosa… Multitud de macetas con las más variadas plantas, nos rodeaban hasta casi quedar por encima de nuestras cabezas; el trinar de algunos pajarillos, que seguramente allí habían encontrado una especie de oasis, en medio del campo árido, no dejaba de repetirse, como si nos saludaran. El ambiente en aquel punto era fresco y agradable, en contraste con el itinerario que habíamos tenido que seguir, entre la multitud y el sol severo… Mientras atravesamos el par de metros que separaban la puerta del exterior de la otra entrada, el señor Clayton y mi padre habían hecho algunos comentarios sobre esta o aquella planta; Hans y yo nos habíamos mirado con cara de, en cambio, no tener ni idea…
Pero aquel sonido de conversación fue suficiente para que no fuese necesario llamar a la puerta. Esta se abrió y, al apartar la tela de colores apagados situada delante de la misma, apareció una joven de una belleza que me dejó paralizado…
-Hola- dijo tan solo, en su lengua natal, sonriéndonos a pesar de que era evidente que no nos conocía…
Mi padre, durante un segundo sorprendido, fue el primero en hablar a aquella hermosa joven que (¿me lo parecía a mi?) no podía evitar lanzarme breves miradas acompañadas de aquella sonrisa embriagadora…
-Hola, jovencita. ¿Se encuentra el maestro en casa?- Le preguntó en nuestra lengua.
Así es como se refería cariñosamente mi padre al suyo cuando hablaba de él: “el maestro”.
Sorprendentemente, la chica comenzó a hablar, sin demasiada dificultad, también en nuestra lengua…
-Sí. Usted debe de ser el señor Naoum. Mucho gusto. Mi nombre es Dalia- se presentó de forma ligeramente sumisa al comprender quién tenía delante…
Mi padre no tardó en hacerla ver, agitando rápidamente la mano, que no era necesaria aquella actitud…
-Dalia. ¿Quién es?- Preguntó una voz de anciano desde el interior.
¿Sería aquel mi abuelo? Aquel del que tantas veces -y tantas historias- había oído hablar a mi padre…
-Son visitantes. Creo que vienen a verle…- Dijo Dalia, alzando la voz y utilizando un tono elocuente, guiñándole un ojo a mi padre mientras lo decía.
Él sonrió al ver la viveza de aquella joven.
-Aaah. ¡Han venido! Dalia, hazles pasar…- Aquel hombre pareció revivir al entender lo que la chica quería decir…
Tras inclinarse levemente, indicándonos que pasásemos, el grupo que habíamos llegado accedimos al interior de aquella vivienda de paredes blancas, cubierta por algunas enredaderas, y decorada con platos artesanales en varios puntos de la fachada.
Tardamos un poco en acostumbrarnos a la menor luz del interior. La casa era más bien estrecha y estaba llena de objetos y cachivaches por todas partes, en todos los rincones, llenando estantes y repisas… Atravesamos la casa sin caminar demasiado hasta llegar a un patio de inesperadas dimensiones…
Más que un patio, aquello era un bosque, con limoneros y otros árboles frutales, impidiendo casi totalmente la llegada de los rayos solares hasta el suelo. Entre dos troncos medianos, sobre una especie de hamaca que más parecía para sentarse, mullida y con cojines de colores, había un hombre visiblemente anciano, aunque no por ello dejaba de irradiar vitalidad…
-Hola, padre- dijo mi progenitor, al plantarse ante aquel hombre que lo miraba tembloroso y con los ojos muy abiertos…
El anciano se levantó sin apenas dificultad y estrechó lentamente a su hijo, como si no se lo creyera aún… Le daba fuertes palmadas mientras se separaba para verle mejor.
-Hijo, me alegro de verte. Ya no sabría si vendrías alguna vez…
Me fijo mejor en mi abuelo: tez oscura, aunque no demasiado, pelo ya gris y largo, recogido en una cola de caballo, barba también muy larga, rala, aunque sin bigote; va vestido con una larga túnica blanca que lleva muy limpia, y un turbante sencillo que no tarda en quitarse, mostrando que aún es poseedor de abundante cabello. Va descalzo y anda con cierta dificultad. Dirige una mirada a su alrededor y nos ve.
-Dalia, trae sillas para todos. Y fruta. Y té.
Pero Dalia ya traía un par de sillas de las que había junto a la pared que daba al interior de la casa. A una mirada de nuestros respectivos padres -aunque innecesaria- Hans y yo nos lanzamos a ayudarla en lo que pudiéramos, teniendo en cuenta nuestro desconocimiento de donde se encontraban las cosas… Llevamos cada uno las sillas que faltaban y nos quedamos un instante sin saber qué hacer. Dalia pasó ante nosotros agradeciendo -con una leve reverencia y una encantadora sonrisa- nuestra ayuda, pero nos indicaba que no hacía falta que nos preocupásemos, que ya se encargaba ella del resto.
Así que decidimos sentarnos. Todos quedamos situados alrededor de mi abuelo. Entonces este se fijó en mí.
-Tú eres Arthur, ¿no?- Me dijo, señalándome.
La verdad es que me sentí un poco cohibido. No sabía cómo debía comportarme con él…
-Sí…- Solo fui capaz de decir, tímidamente a mi pesar…
Pero mi abuelo tampoco sabía muy bien cómo comportarse. Aquello me tranquilizó.
-Me alegro de conocerte, nieto- me dijo, alargándome una sincera y afectuosa mano, en actitud de quien trata con un hombre…
Mi abuelo ya me había ganado. Entonces llegó Dalia, con una bandeja que colocó sobre una mesa de mimbre situada al lado de la hamaca, la cual acercó con nuestra nueva intervención, de Hans y mía, que ella agradeció; sobre la bandeja plateada y ornamentada había un plato grande de cristal con frutas variadas y dátiles, una tetera y cinco vasitos de cristal de colores que poco a poco iba llenando.
Entonces me fijé en ella: no era muy alta, de complexión media, tenía el pelo largo y negro azabache, casi azul, recogido en una gruesa trenza que le llegaba más allá de la mitad de la espalda, ojos oscuros casi como su cabello; el color de su piel era el propio de una muchacha de aquella tierra; iba vestida con ropas ajustadas, de un color rosa vivo, camisa de manga larga y pantalones largos, con unas sandalias rojas; llevaba pendientes pequeños y una pulsera fina en uno de los tobillos. Me fijé que tenía un pequeño tatuaje en el hueco de la mano entre los dedos pulgar e índice. Creo que era plenamente consciente del “análisis” que le estaba haciendo; aunque no parecía importarle…
Entonces me di cuenta de que yo no era el único que la estaba observando: Hans estaba haciendo lo propio, aunque de forma bastante evidente. Demasiado, pensé… la seguía incluso con la cabeza… Como resultado ella acabó y se retiró en seguida.
Una vez estábamos todos sentados -a excepción de Dalia, que iba de aquí para allá, llevando a cabo sus quehaceres- nos pusimos a hablar tendida y tranquilamente. Bueno, más bien mi padre y el señor Clayton con mi abuelo, ya que Hans y yo nos limitábamos a escuchar. Al principio, la conversación había tratado sobre el largo viaje que habíamos hecho mi padre y yo, el reencuentro con el señor Clayton y su hijo, y recuerdos del pasado junto con una puesta al día en general. En un momento determinado, mi padre movió la cabeza en dirección a Dalia, justo cuando acababa de cruzar la puerta hacia el interior de la casa…
-Padre. ¿Y esta joven encantadora?- Le preguntó, con evidente curiosidad.
Entonces mi abuelo se puso más serio. Guardó unos segundos de silencio antes de contestar.
-Sus padres fueron asesinados. Les asaltaron un día un grupo de bandidos. Ella se quedó sola y yo decidí que se quedara conmigo. Me ayuda mucho- Respondió.
Mi padre no preguntó más al respecto. Todos nos quedamos unos instantes callados al oír aquello.
Entonces mi abuelo rompió el silencio.
-Bueno. Llegó el momento de explicaros, jóvenes, por qué estáis hoy aquí.
Por fin, había llegado la hora. Estaba intrigado y emocionado a partes iguales…
Entonces, cuando se disponía a hablar, alguien comenzó a aporrear la puerta y a dar voces. Todos nos giramos hacia la zona de donde provenía el sonido. Apareció Dalia y se quedó mirando a mi abuelo con expresión interrogante, sin saber qué hacer… Las voces continuaban y los golpes ya eran de desesperación…
-Es el vecino. Dalia, ve a abrirle.
La joven desapareció y, al cabo de unos momentos, irrumpió en el patio un hombre muy delgado, con turbante, sudando de arriba abajo y con el rostro desencajado… Detrás, lenta y cautamente, llegó Dalia.
-¿Qué sucede Amir?- Le preguntó mi abuelo, en inglés.
Aquel hombre se esforzó en hablar, tratando de recuperar el aliento para ello…
-Mi… Mi hermano…
Los que éramos recién llegados comenzamos a revolvernos en nuestros asientos.
-¿Sí, Amir? ¿Qué sucede con tu hermano?- Inquirió mi abuelo, escrutándole con los ojos entornados…
El hombre reunió fuerzas y entereza para lo que dijo a continuación.
-Él… Él está…  poseído.

lunes, 10 de agosto de 2015

La Maldición del Espejo - Capítulo 7


La Maldición del Espejo

La identidad de la condenada…


Arthur no daba crédito a lo que estaba teniendo lugar. Hacía tanto tiempo que no lo veía que ya casi había desaparecido de su memoria…
Era de la misma edad que él. Tenía el pelo con un corte similar pero moreno, ojos castaño oscuro y de complexión algo más fuerte, además de ligeramente más alto; sus ropas también eran parecidas: pantalones azul marino, al igual que la chaqueta, camisa marrón, cinturón y zapatos negros, y en la mano llevaba una gorra del mismo color que la chaqueta y los pantalones. Justo al lado de la puerta de entrada, dentro, había una bolsa de viaje bastante abultada de color caramelo…
-Arthur… me alegro de verte- dijo el recién llegado, dando un paso y medio en su dirección, titubeante.
Philip miró primero a Arthur y luego a Hans.
-Entonces, ¿conoce a este joven, señor Arthur?- Preguntó, sin poder ocultar su curiosidad…
Arthur observaba con el semblante serio -casi con gravedad- a aquel con el que había mantenido una estrecha relación de compañerismo durante el tiempo que pasó en Siria. Aquel que había sido su amigo…
Hans comprendió enseguida que el tiempo no había pasado desde la última vez que se encontraron…
-Sospecho que no te alegras excesivamente de verme, compañero…- Lamentaba el joven.
Philip, que paseaba la mirada de uno a otro, comenzaba a percibir cierta tensión en el ambiente, en su mayor parte proveniente de un Arthur que no decía nada…
-En realidad sí que me alegro…- Dijo al fin, en un tono que no se correspondía con lo que acababa de decir…
A pesar de esto, y viendo que Hans no sabía muy bien cómo ponerse, optó por deshacer aquella situación tan incómoda y se acercó a estrecharle la mano, aunque sin demasiado entusiasmo…
Hans miró la mano que Arthur le tendía y le sonrío nerviosamente antes de estrechársela, con la habitual fuerza que Arthur recordó en ese momento que tenía. Mientras se disponían a hablar, Philip se acercó a la puerta principal y la cerró. Comenzaba a entrar un viento frío y él debía retomar sus funciones de mayordomo…
-En serio, tenía muchas ganas de verte de nuevo- trató de sincerarse el joven visitante, algo más tranquilo.
Arthur se limitó a asentir. Todavía no tenía ganas de sonreír.
-¿Cómo supiste que estaba aquí?- Le asaltó de pronto a la mente…
Ahora Hans parecía ponerse algo nervioso de nuevo y le soltó la mano, dando casi un paso atrás…
-Verás. Cuando llegué a Londres, hará un par de semanas, estuve buscándote como un loco. Entonces averigüé que habías venido a este lugar. La verdad es que me costó mucho dar con tu paradero…
Arthur se quedó pensativo un momento.
-Creo que solo te mencioné una vez, por carta, que me había instalado en una pequeña pensión en un barrio apartado de Londres…
Hans asintió, preparado para seguir relatando cómo había dado con él…
-Y yo conservaba esa misiva. Arthur, vengo de muy lejos para pedirte perdón.
Se produjo un silencio en el hall de entrada de la mansión. Philip comprendió que era mejor dejarles solos.
-Señor Arthur. Señor Hans- dijo, dirigiéndose a cada uno de ellos.- Si me necesitan me encontraré en la cocina, preparando algo para ustedes.
Ambos asintieron en señal de agradecimiento, sin decir nada, y aguardaron a que el mayordomo se hubiese retirado por la puerta situada más a la derecha de la estancia.
Hans volvió a dirigirse hacia el que él seguía considerando su amigo…
-Arthur. Sé que no actué correctamente. Lo lamento y solo quiero arreglar las cosas…- Se le veía bastante afectado…
Arthur, que no era ajeno a esto, tuvo que hacer un esfuerzo para decir lo que sabía que tenía que decir.
-Aquello ya pasó. No tiene sentido que permanezcamos enredados en el pasado. Ocurrió lo que ocurrió y punto- Arthur, tras el esfuerzo inicial, pareció ser capaz de expulsar de su interior el rencor que permanecía dentro, mientras pronunciaba aquellas palabras…
Hans sonrió, aliviado.
-Gracias- fue lo único que se atrevió a decir. Y a hacer.
Arthur se sentía más relajado.
-Bueno, ¿por qué no vamos a ver a Philip y luego me explicas cómo ha ido tu viaje desde Alemania?- Le dijo, en tono distendido, pasando ante él y dirigiéndose hacia la misma puerta por donde había salido Philip…
Hans se fijó en su amigo al pasar.
-Claro- respondió, sin apartarle la vista de encima…
 
Por expreso deseo de ambos, tomaron té y galletas en el comedor de invitados. Afuera las nubes se habían ido acumulando, y algún trueno lejano se hacía sentir cada cierto rato.
-Parece que está a punto de llover- comentó Arthur, intentando mantener el ambiente de normalidad alcanzado…
Hans asintió tras beber un sorbo de su té. Por la expresión que ponía no acababa de ser de su agrado.
-Bueno, ya te he explicado mis peripecias hasta encontrarte. Ahora me gustaría que me explicases tú algo: ¿cómo has llegado a parar a este lugar? ¿Qué te ha traído hasta aquí, exactamente?
Arthur apoyó su taza de té tras darle un nuevo sorbo y el sonido se escuchó claramente, como un preludio de lo que iba a decir.
-Cuando estaba en Londres, un mensajero me encontró y me dio un papel. Era la petición del dueño de esta casa para que me desplazase y le prestara mis servicios…
Hans no perdía detalle de cada palabra, de cada gesto de Arthur; definitivamente había apartado el té y las galletas ni las había tocado…
-¿Dices que un mensajero te “encontró”?- Preguntó, torciendo el gesto por la extrañeza.
Arthur no notó ninguna doble intención en aquella pregunta de su recuperado amigo. Sencillamente contestó, sin pretender ocultar nada…
-Sí. No sé cómo lo hizo. Poca gente sabía donde vivía y no he llegado a anunciarme en ningún medio…- Le explicó, inocentemente.
Pero lo que Arthur no sabía, era que Hans se había publicitado reiteradamente, de las más diversas formas, sin apenas resultado…
La expresión de Hans ya no era tan amistosa como a su llegada.
Y dime, Arthur, ¿podría conocer los detalles de tu investigación? ¿O pertenecen al secreto profesional?- Esto último lo dijo empleando un tono cercano a la ironía.
Esta vez sí que se dio cuenta Arthur. Ya casi había olvidado aquel rasgo de la personalidad de Hans.
-Claro que puedo contártelo.
Y Arthur, sin pensarlo, le explicó pormenorizadamente todos los detalles de su investigación. Bueno… no todos: ni una palabra de Elizabeth y de la biblioteca.
Hans se quedó en silencio unos instantes, sin duda asimilando la información que Arthur le acababa de proporcionar…
-Entonces, ¿crees que el origen de lo que ocurre en esta mansión se encuentra en aquella sala? ¿En aquel… espejo?- Quiso saber, de forma veladamente inquisitiva…
Arthur tenía la desagradable sensación de que había hablado demasiado.
-Hans… Si estás pensando en acercarte a aquella estancia, te advierto que no lo hagas. Es muy peligroso- le dijo Arthur, muy serio.
A Hans no parecieron gustarle esas palabras. Aunque no lo mostró ni manifestó…
-Pero tú fuiste y conseguiste salir de allí…- Insistió.
Arthur comenzaba a ponerse nervioso ante la evidente desconfianza hacia su advertencia…
-Mira Hans, te he avisado. Aún no sé exactamente qué es lo que pasa aquí; de modo que te agradecería que no entorpecieras mi investigación…- No pudo evitar decir.
Se creó una tensión elevada en un momento. Arthur sabía que debía intervenir para rectificar lo último que había dicho…
-Lo que quiero decir… es que no puedo estar preocupándome por tu seguridad si no me haces caso… Te aseguro que es muy peligroso. No puedo decirte más porque desconozco aún mucho de lo que sucede aquí…- Empleó un tono de disculpa, tratando de rebajar los ánimos visiblemente encendidos en su amigo
Este dio muestras de relajarse.
-Por lo menos te pido que me indiques dónde está.
Arthur pensó un momento.
-Bien. Así sabrás cuál es la puerta que no ha de abrirse bajo ningún concepto- le recordó, insistiendo él por su parte, tratando de sonreír para no disgustarle más todavía…
Hans ni hizo el esfuerzo de devolverle la sonrisa. Desvió la mirada y llevó sus pensamientos a otros asuntos.
Arthur comprendió que no había cambiado en absoluto…

Al llegar la noche todos se reunieron de nuevo en el comedor de invitados. “Todos” eran Arthur, Hans, Philip… y el señor Everton, que finalmente había salido de su habitación y había bajado hacía un rato. Arthur le presentó inmediatamente a Hans -que había pasado la tarde descansando en una habitación acondicionada en tiempo récord para él por Philip-, buscando las palabras adecuadas para mostrar la mejor imagen posible del visitante; pero Hans no decía nada. Incluso daba la impresión en algunos momentos de no estar de acuerdo con los comentarios insuficientes de Arthur…
-De modo que ustedes dos se conocieron en Siria…- Se interesó Everton.
Ambos asintieron.
-Sí. Nuestros padres ya se conocían. Y se reunieron en aquel país por el mismo motivo: para introducirnos en los secretos de las ciencias ocultas- le explicó Hans, con cierta vehemencia.
En ese momento llamaron a la puerta principal. Todos lo escucharon claramente y Philip reconoció al instante aquella forma de llamar.
-Es Helen y Rosalyn, señor. Voy a abrirles- dijo el mayordomo y, al gesto afirmativo del dueño de la casa, se marchó de inmediato a abrir a las dos mujeres.
Hans frunció el ceño y se dirigió a Arthur en voz baja.
-¿Quiénes son?
Arthur cayó en la cuenta de que él no las conocía.
-Helen es la cocinera y Rosalyn es su hija- respondió con naturalidad.
Hans reaccionó al instante.
-¿Hija? Y, ¿cómo es?- Se mostró súbitamente interesado…
A Arthur no le apetecía en absoluto hablar de Rosalyn con Hans.
-La verdad es que la conozco poco. Pero es buena chica- dijo, esperando que con eso le bastara para acabar el “interrogatorio” típico de Hans…
Efectivamente, este no había tenido suficiente.
-Vamos, ya me entiendes. Quiero decir que cómo…- Pero no pudo acabar de preguntarle.
Ambas irrumpieron en la estancia aún ataviadas con sus ropas de viaje. Tenían las mejillas enrojecidas por el aire frío que se había levantado fuera; en el caso de Rosalyn, le confería un atractivo al que Arthur no era indiferente. La chica, sabiéndose observada por el joven, trataba de no mirarle directamente; salvo cuando este no la estaba mirando…
Pero Rosalyn llamó la atención de alguien más: Hans la devoraba con la mirada, de arriba abajo, sin importarle si la joven (que acababa de darse cuenta de la presencia de alguien más) se sentía incómoda ante semejante asedio…
-Buenas noches tengan- Helen hizo una pausa y miró a su hija, que enseguida hizo un gesto parecido a una reverencia hacia los demás.- Sentimos habernos retrasado, pero el tiempo ha empeorado y eso ha ralentizado nuestra marcha en las últimas dos horas. Si me disculpan y tienen un poco de paciencia, les prepararé la cena. Veo que tenemos una visita…- Dijo al ver a Hans.
Rosalyn se encontraba realmente incómoda ante la mirada persistente de aquel joven…
-Sí. Es un amigo de nuestro invitado Arthur. Viene desde muy lejos. Y, por supuesto, ahora también es nuestro invitado- dijo Everton, con la finalidad de informar a los miembros del servicio…
Arthur no podía dejar de pensar que Hans se había auto-invitado
-Si nos disculpan…- Comenzó a decir Helen.
-No te preocupes, Helen. Tú y Rosalyn debéis ir a descansar. Philip nos preparará algo.
Helen, que ya tenía una mano posada en el brazo de su hija para indicarle que debían salir a dejar las cosas y cambiarse para ponerse con la cena, se giró hacia Everton.
-Muchas gracias, señor. La verdad es que estamos cansadas. Con su permiso nos retiramos a nuestra habitación. Que pasen una buena noche- dijo y ambas salieron del comedor.
Justo antes de salir por la puerta, Hans observó cómo Rosalyn le lanzaba una mirada a un distraído Arthur, que ni se enteró… El gesto de Hans se tornó sombrío.
Cenaron en silencio, salvo alguna pregunta ocasional por parte de Everton relacionada con los dos jóvenes. Pero, a raíz de lo escuetas que eran las respuestas, aquel se dio cuenta de que ni uno ni otro tenían muchas ganas de rememorar el pasado; el ambiente entre los dos estaba enrarecido…
Cuando acabaron, se encaminaron hacia el piso superior, guiados por Philip. Everton se despidió por aquel día deseándoles que descansaran. Luego le llegó el turno a Hans, que parecía tener prisa por entrar en su habitación…
-Bueno, hasta mañana- le dijo a Arthur, casi con esfuerzo.
Este tampoco se encontraba muy por la labor…
-Hasta mañana.
Y la puerta se cerró al mismo tiempo que Arthur se daba la vuelta para dirigirse a la suya.
Pero esa no era su intención. Philip se había retirado hacía unos minutos, dejándoles solos -por petición de Arthur y Hans, que le habían dicho que no hacía falta que les acompañase-. Y ahora el que estaba solo era él. Era el momento de continuar con lo que tuvo que posponer horas atrás.
Mientras se marchaba intentando hacer el menor ruido posible para evitar revelar hacia dónde se dirigía, Hans se encontraba de espalda a la puerta, pegado a ella y aguzando el oído. No pensaba dejar estar lo de aquella sala...

Arthur llegó a la biblioteca y comprobó que todo estaba como lo había dejado. Los candiles aún iluminaban suficientemente la oscura estancia. Entonces se aproximó al punto donde había dejado el que llevara en la mano y se agachó. Y lo vio.

Hans -completamente ajeno a lo que estaba haciendo Arthur en aquellos momentos- se desplazaba sigilosamente por el pasillo enmoquetado, rumbo a las escaleras. Mientras avanzaba, notaba cómo una sensación de aversión hacia su antiguo compañero de estudios crecía en su interior con cada paso que daba… Y al acordarse de aquella chica… Tuvo que desechar un terrible pensamiento que le vino a la cabeza. Al igual que había tenido que hacer otras veces en el pasado…

Arthur encontró el libro que buscaba. No perdió tiempo yendo al escritorio. Se sentó con las piernas cruzadas y comenzó a pasar las páginas, buscando…

Siguiendo sus indicaciones, Hans abrió la puerta que comunicaba con el pasillo que daba a las otras, apenas iluminado por la escasa luz proveniente del exterior. Una de esas era la que buscaba…

Por lo que Arthur pudo averiguar, en la aldea más cercana, existió alguien, una mujer, que fue prendida. Y condenada…

Hans se plantó ante la puerta, desafiante. La puerta de la sala prohibida.

Arthur lo entendió todo. Aquella mujer, cuyo nombre, por alguna misteriosa razón, aparecía continuamente tachado, fue acusada y condenada a morir en la hoguera…
Acusada de brujería.
“La condenada” era una bruja.

lunes, 20 de julio de 2015

La Maldición del Espejo - Capítulo 6


La Maldición del Espejo

El visitante.

 
Continuaron corriendo hasta que Arthur quedó sin aliento. Ya no podía más. Se detuvo finalmente, sujetándose las rodillas con ambas manos y tratando de recuperar el resuello…
La joven -que lo había advertido- también se detuvo, dirigiendo una mirada más atrás, a lo lejos, por donde habían venido…
-Creo que ya ha pasado- dijo ella, con seguridad y el semblante serio pero sereno.
Arthur -aún jadeando- giró la cabeza hacia la mansión, ahora de considerable menor tamaño… teniendo en cuenta la distancia que habían recorrido por aquel prado que poco a poco subía…
Estaban ambos solos, en el silencio de la noche, rodeados por una amplia extensión de la cual no podían ver más allá a aquellas horas; a pesar de la irrupción de la luz de la luna…
Ahora que el peligro parecía haber pasado, Arthur decidió que era el momento de hacer preguntas…
-¿Qué… Qué era eso?- Todavía le faltaba aire suficiente para hablar. Así y todo, se incorporó para terminar de recuperarse erguido.
La joven guardó silencio durante unos instantes, con la mirada como perdida en la distancia… hacia la casa… Arthur no estaba muy seguro de que fuera a contestar…
Pero para su sorpresa, sí lo hizo.
-No volverá… de momento- le avisó.
Arthur (que había conseguido tranquilizarse) volvió a sentir inquietud ante aquellas enigmáticas palabras. Antes de volverle a preguntar, se pensó muy bien lo de confirmar su identidad… Ella se dio cuenta de esto.
-Si ya has hablado con mi padre, ya sabes quién soy- dijo.
Arthur la miró. Su silueta quedaba recortada contra el fondo oscuro de la noche, como rodeada de un halo similar al de la esfera del cielo nocturno…
No dijo nada. Ya tenía su confirmación…
-Entonces…- Titubeó.- ¿Te llamas Elizabeth, verdad?
Ella, con cierta suspicacia en su expresión, sonrió amablemente.
-Sí. Así es- satisfizo su curiosidad…
Arthur tenía tantas preguntas que hacerle que no sabía por donde empezar.
-Oye, yo…- Pero no pudo más que apenas abrir la boca…
Elizabeth miró preocupada a su alrededor. Luego a la casa. Se acercó y se quedó frente al joven investigador, que no sabía exactamente cómo debía sentirse ante su presencia…
-Escucha…- Hablaba con urgencia.- Durante los próximos tres días, estarás a salvo. No tiene poder suficiente en estos momentos para hacer nada más…
Arthur se quedó boquiabierto. Se apresuró en preguntarle antes de que ya no pudiera hacerlo…
-¿Quién no tiene poder?- Quiso saber…
Ahora él pudo ver el miedo en sus ojos clavados en los suyos.
-Ella. Sabe que estás aquí y que le representas una amenaza…
La siguiente pregunta del joven era evidente…
-¿”Ella”? ¿Quién es “ella”…?- Su ansiedad por saber más se había disparado y estuvo a punto de sujetarla por los hombros…
Nuevamente la joven pareció alarmarse por alguna amenaza que Arthur no podía ni intuir… Entonces, sin que este se lo esperara, la chica fue la que se acercó más a él y le puso sus delicadas (pero apremiantes) manos en los brazos; aproximándole tanto la cara que a Arthur se le llegó a pasar por la cabeza la posibilidad de…
-¡La biblioteca! ¡Ve a la biblioteca! ¡Busca el libro negro con el título: “La condenada”…! Así lo descubrí yo todo…- Dijo esto último como sumergiéndose en sus recuerdos… sus tristes recuerdos…
Una vez más algo sobresaltó a Elizabeth.
-¡Ten cuidado!- Le pidió, soltándole y separándose de él, alejándose en contra de su voluntad y rogándole con la mirada…
Súbitamente, se levantó una brisa que agitó la tupida hierba bajo sus pies, transformándose durante un segundo en un viento inesperado… Arthur, que se había resguardado del vendaval encogiéndose y viéndose obligado a cerrar los ojos, al abrirlos se quedó contrariado.
Ella no estaba. Lentamente, el joven comenzó a recordar que algo parecido había pasado la noche anterior… lo mismo, en realidad… Cuando la vio por primera vez…
Ahora era él el que se había quedado solo en medio de aquella extensión. Se quedó pensando durante largo rato en lo que había sucedido… en lo que Elizabeth le había dicho…
-“¡El libro!”- Casi se le había “olvidado”…
Ahora ya tenía por dónde empezar.
Se dejó caer de espaldas sobre el mullido manto natural y se quedó dormido mirando las estrellas…
 
Cuando llegó el día le despertó el trino de los pajarillos que volaban no muy por encima de su cabeza… Progresivamente, fue moviéndose hasta quedar sentado, con las manos apoyadas a ambos lados y las piernas totalmente estiradas: ahora podía ver mejor el lugar donde se encontraba…
Como ya comprobase previamente, no solo había verde a su alrededor; había gran cantidad de diversos tipos de flores, como si en aquel lugar prevaleciera una eterna primavera… La verdad era que se trataba de un lugar fantástico y le hubiera gustado pasar allí el resto de la mañana, bajo ese cielo azul y soleado… Pero debía irse.
Tenía que continuar con la investigación, pensó, poniéndose serio. Se levantó y emprendió el regreso a la casa.
Volvió sobre sus pasos por el mismo camino que recorrieron la noche antes… Ella y él, recordó quedándose ensimismado durante unos instantes… Ya casi había llegado hasta la puerta que Elizabeth abriera con la llave. Al pasar, la cerró y volvió a guardarla en el lugar exacto en el que había visto que ella la había tenido escondida…
Volvió a subir la precaria escalera de madera y llegó a la azotea. Allí no pudo evitar pasar unos minutos sin otear a su alrededor, contemplando el increíble paisaje que no podía verse desde lugar alguno en kilómetros: las montañas, los bosques, la naturaleza dominándolo todo, la soledad reinante… Cuando hubo quedado satisfecho, accedió al interior de la casa por la puerta del ventanuco de barrotes.
Una vez en el interior, comprobó que todo parecía normal. ¿Acaso nadie más escuchó lo que había ocurrido la pasada noche? Bien podía ser posible. Si eso era así, aparentaría normalidad. En nada beneficiaría a la investigación levantar alarmas de las que -por ahora- no era necesario preocuparse…
Llegó a la puerta de su habitación tras comprobar que, visiblemente, no había desperfectos: nada roto, ni marcas, ni huellas… Era extraño. Pero no demoró más la entrada a su estancia.
Cuando estuvo dentro, lo primero que hizo fue acercarse al armario… No se lo podía creer…
Estaba intacto. Ni siquiera había las virutas que advirtiese el primer día… Justo cuando introdujo la cabeza para mirar mejor, se vio bruscamente sobresaltado por dos sonoros golpes en la puerta…
-Señor Arthur. El desayuno está listo- le llamó Philip.
Arthur -con el corazón en la boca- comprobó que, efectivamente, no parecían haber oído nada de lo que había pasado apenas unas horas atrás…
 
Se encontraban desayunando en el comedor de invitados (Arthur lo había preferido cuando Philip le había dado a elegir). Al parecer, Everton no se encontraba demasiado bien aquella mañana y se había quedado en su habitación. Ya bajaría para la hora del almuerzo.
-¿Necesita algo más, señor Arthur?- Le preguntó servicial, como siempre, Philip.
Arthur terminó de tomar el sorbo del café que le había preparado el mayordomo, apresurándose en contestar.
-No, está todo bien. Gracias Philip, un desayuno magnífico.
Philip sabía que tanto Rosalyn como su madre, eran mejores cocineras que él; aún así agradeció la amabilidad del joven.
Como si le hubiera leído el pensamiento, Arthur preguntó.
-Oye, Philip: ¿Y Helen? ¿Y… Rosalyn?- Había procurado “colocarlas” en aquel orden para disimular quién le interesaba realmente…
Philip, distraído, tuvo que pensarlo un momento para recordarlo bien.
-Rosalyn tenía que visitar a su abuela; la pobre está mayor y quiere verla a menudo. Helen… me contó que, cuando la llevaba a ver a su anciana madre, ella aprovechaba para comprar un par de cosas que solo podía encontrar en su pueblo natal…- Ahora había sido Philip el que parecía haber tenido cuidado de hablar en un orden concreto de cada una de ellas…
Pasaron unos minutos en los cuales ambos apuraron el desayuno. El ambiente era plácido y podrían haberse quedado allí el resto de la mañana…
Pero Arthur tenía trabajo que hacer.
-Philip- el joven investigador se puso (sin ser consciente de ello) serio.- Quería preguntarte algo.
El mayordomo advirtió este cambio en la expresión del muchacho.
-Dígame, señor Arthur.
Este estuvo tentado durante un momento de decirle que no era necesario aquello de “señor”… Pero, tras llegar a la conclusión de que Philip (por motivos profesionales) no sería capaz de dejar de hacerlo, desistió y se centró en lo que le iba a preguntar. Además, ya se había acostumbrado y le hacía cierta gracia…
-¿En esta casa existe una biblioteca?- Preguntó directamente, a pesar de ya conocer la respuesta…
Philip abrió más los ojos. Ni se le podía pasar por la cabeza para qué podría necesitar una “biblioteca”.
-Además de la personal del señor Everton, existe una sala en esta mansión dedicada por entero a tal menester…- Explicó, vehementemente.
Eso era, pensó Arthur con aire triunfal contenido.
-Y, ¿podría tener acceso a ella? ¿O al menos verla?- Probó.
La verdad era que Philip no las tenía todas consigo. Por él no habría ningún problema, pero sabía que el dueño de la casa era muy celoso de los libros que guardaba en aquella estancia, a la que solo podía entrar él -por expresa orden suya- desde que se quedara solo… Tras meditarlo unos segundos respondió.
-Tendré que consultárselo al señor Everton. Digamos que es una de las zonas restringidas de la casa- se permitió la “licencia”…
A Arthur le pareció lo más lógico; sabía lo importante que podía llegar a ser una biblioteca para alguien que ama los libros…
Philip le pidió que esperara unos instantes mientras recogía todo. Arthur se había ofrecido para agilizar el proceso, pero Philip se había negado rotundamente; de todos modos, al cabo de unos escasos minutos, ya estaba todo recogido y la mesa despejada…
-Acompáñeme, señor Arthur. Iremos a ver al señor Everton para pedirle permiso.
Al joven le sabía mal molestar a Everton si en aquellos momentos no se encontraba bien; no olvidaba que, en aquellos momentos, estaba intentando satisfacer su curiosidad más que otra cosa… Entonces se dio cuenta de que no se trataba solo de eso: si Elizabeth le había dado aquella indicación debía ser por algo muy importante relacionado con lo que estaba ocurriendo en aquella casa… Se limitó a guardar silencio y a seguir al mayordomo hasta la salida del comedor.
Subieron hasta el primer piso y llegaron ante la puerta de Everton. Philip tocó dos veces -más bien aporreó, observó Arthur- la puerta y esperó a escuchar la voz del señor de la casa.
-¿Sí?- Un preocupante hilillo de voz llegó hasta sus oídos, dirigiéndose ambos una mirada de inquietud…
Philip se dispuso a hablar.
-Señor Everton- dudó unos instantes.- El señor Arthur desea acceder a la biblioteca de la mansión. Veníamos a obtener su permiso- pidió.
Arthur aguardó por si tenía que intervenir él…
Tras un breve silencio del otro lado de la puerta, nuevamente la débil voz de Everton les llegó afuera.
-Muy bien. Si necesita ir no hay ningún problema. Tú también puedes entrar, Philip, por supuesto. Necesitará alguien que le oriente un poco… aunque no creo que tenga mayor problema. El señor Naoum tiene pleno acceso a cualquier estancia de esta casa- sentenció.
Al parecer, Everton creía que él no estaba presente, pensó Arthur.
-Muchas gracias, señor Everton. No le pediría invadir de esta manera su casa si no pensara que es necesario- se explicó.
Everton, en el interior de su habitación a oscuras, metido en la cama con sudor frío, sonrió.
-Confío en usted, Arthur- le dijo con sinceridad y una voz más clara…
Arthur reaccionó.
-Gracias, señor- tan solo fue capaz de decir, consciente de la enorme responsabilidad que suponían aquellas amables palabras…

Llegaron a la biblioteca. El polvo flotaba después de haberse desprendido de la vieja puerta, que no había sido abierta en mucho tiempo… Aquel lugar se encontraba en un sótano al que se accedía desde unas escaleras ocultas en medio del largo y abarrotado pasillo que llevaba al gran comedor. Y ahora estaban allí. Philip encendió varias antorchas diseminadas por aquella estancia de grandes proporciones, que se iban revelando a medida que el mayordomo encendía pequeñas llamas que amenazaban con extinguirse a la menor brisa que pudiese correr…
Aunque en aquel subterráneo no corría el aire; era un lugar cargado y ciertamente agobiante… oscuro a pesar de la creciente iluminación…
Ahora ya estaban todas aquellas antorchas encendidas. Philip -tras colocar la que llevaba en la mano en el último soporte correspondiente- prosiguió con el encendido de la biblioteca pasando a prender varios candiles que Arthur no había advertido. Aquello cada vez tenía (dentro de lo que cabía) mejor aspecto… El joven vio que uno de los candiles se encontraba sobre un amplio escritorio en el que cabrían dos o tres personas, aunque solo había una banqueta de madera… Una vez Philip hubo realizado su trabajo, se dirigió a Arthur, que no dejaba de admirar las numerosas estanterías de libros que rodeaban las cuatro largas paredes y que -pudo ver- se extendían a un piso superior al que se accedía por una escalera metálica, con barandillas, y por la que se llegaba a una especie de suelo -también metálico- por donde continuaba la barandilla, cada una por su lado, y que rodeaba totalmente aquella sala.
-Le dejo este encendedor por si lo necesita- le ofreció Philip.
Entonces, al darse cuenta de su despiste, el mayordomo se apresuró en dirigirse hacia las escaleras metálicas para repetir la operación de encendido, candil a candil, que había llevado a cabo, en el piso superior… Pero no pudo llegar a pisar un solo escalón.
Se oyeron golpes lejanos provenientes, inequívocamente, de la puerta principal, en el piso de arriba…
-Que raro… Helen y Rosalyn no han de llegar hasta la noche…- Comentó el mayordomo, extrañado y aún a contrapié…- Discúlpeme. Iré a ver de quién se trata…
Arthur siguió al mayordomo con la mirada mientras este se marchaba con premura por la puerta. ¿Quién sería? Sonaron nuevos golpes (que ahora parecían más impacientes) mientras le llegaba el sonido de los pasos de Philip subiendo los escalones todo lo deprisa que podía…
Pero el joven investigador no podía abstraerse de aquel lugar sobrecogedor en el que se encontraba. Rápidamente, tomó un candil y empezó a examinar los lomos de los antiguos volúmenes que ocupaban los viejos estantes… algunos títulos le llamaban poderosamente la atención…
-Hola. ¿Está Arthur Naoum aquí?- Le llegó una voz que venía desde arriba. Una voz que conocía muy bien…
Dejó de inmediato de buscar, apoyando el candil en el suelo de aquel mismo punto, y salió corriendo hacia el piso superior, hacia la planta baja de la casa… Sin saber que, iluminado por el haz de la vela, allí mismo se encontraba el libro que buscaba…

Al llegar arriba, atravesó el tramo del pasillo que lo separaba del hall y llegó a la estancia ampliamente iluminada por la luz del día, en contraste con la penumbra del sitio que acababa de abandonar…
Reconoció al visitante de inmediato. Este, aún en la puerta, frente a Philip, también le vio a él.
-Cuánto tiempo… Arthur…
El joven no se lo esperaba. Se trataba de Hans, su compañero de estudios durante su estancia en Siria…