La Maldición del
Espejo
La precipitación
de los acontecimientos…
Hans aún tenía los ojos abiertos, mirando hacia arriba
aunque ya sin vida… era evidente que había sufrido hasta el momento
final… Arthur contemplaba consternado el cuerpo suspendido de su amigo mientras
Rosalyn -a su espalda- se tapaba la boca con ambas manos, presa del horror, sin
dejar de temblar…
Arthur reaccionó.
-Deberías salir de aquí. Busca a Philip y pídele ayuda…- Le solicitó
a la muchacha, que se lo quedó mirando, admirada por el aplomo que manifestaba el
joven en aquella situación…
No pudo más que asentir, desviando fugazmente la mirada
hacia arriba antes de darse la vuelta y salir enseguida por la puerta. Arthur
escuchaba todavía sus pasos alejarse cuando devolvía de nuevo su atención al
joven fallecido…
Entonces Arthur comenzó a notar algo. Algo malo… Notaba una
repentina urgencia por salir de aquella sala en seguida… Pero no podía dejar el
cuerpo inerte de su amigo allí… colgado de aquella manera…
La sensación era más intensa. Instintivamente, Arthur giró
la cabeza y lo vio al fondo de la sala: el espejo. Al principio, pensó que se
lo imaginaba… pero pronto se dio cuenta de que era real lo que estaba
viendo…
El cristal del espejo se había iluminado, con un azul
sobrenatural, y en su interior parecía estar formándose un remolino que
aumentaba poco a poco de revoluciones… Arthur no sabía qué estaba pasando… Y
(por algún motivo) echó de menos no tener su péndulo a mano…
Ahora el remolino giraba a gran velocidad; los muebles,
objetos, etc., vibraban y algunos de pequeño tamaño se precipitaban al suelo
causando estruendo al chocar e, incluso, romperse… Arthur sabía que debía
abandonar aquella estancia, foco indiscutible de la actividad que tenía
lugar en la mansión… Pero no pensaba abandonar a su amigo… otra vez…
En ese preciso instante apareció Rosalyn, corriendo, con
Philip -en pijama- detrás… Se detuvieron de golpe al ver lo mismo que estaba
mirando Arthur, abriendo mucho los ojos y quedando como hipnotizados ante aquel
creciente resplandor… Arthur se dio cuenta de esto.
-¡Rápido! ¡Philip, tenemos que bajarle y sacarle de aquí
cuanto antes…! ¡Rosalyn, tú tienes que salir ya!- Casi le exhortó a la chica
que, en un primer momento, se quedó impactada por la actitud autoritaria del
joven para con ella…
Pero no le iba a servir de nada.
-¡No me voy a ir! ¡Me quedaré a ayudaros!- Trataba de
hacerse oír ante aquel murmullo creciente que se estaba formando alrededor y,
ante todo, de hacerse valer…
Arthur no se esperaba aquella respuesta. La verdad, era que
apenas la conocía…
Philip observaba con atención la disposición del cuerpo: el
otro extremo de la soga estaba atado directamente en una viga del techo,
viéndose claramente cómo la cuerda había dado innumerables vuelta previas sobre
la misma antes de quedar atada con un nudo muy extraño pero eficaz…
-Pero… ¿qué es esto…?- Estaba anonadado…
Arthur se puso a su lado casi de un salto.
-¡Philip! ¿Hay una escalera lo suficientemente alta para
acceder al techo?- Le urgía el joven al asombrado mayordomo…
Este volvió en si y vio que ambos muchachos -cuyos cabellos
y ropajes se veían mecidos por el viento cada vez de forma más violenta- esperaban
impacientes su respuesta… Pensó un momento y les contestó.
-No tan alta. Me temo que es imposible de alcanzar…- Dijo,
apesadumbrado.
No era la respuesta que esperaba Arthur, cuya impotencia se
reflejaba en su rostro…
Entonces, ¿qué podía hacer? Ya no quedaba tiempo…
Como si fuera una respuesta, algo ocurrió. Algo que ninguno
olvidaría el resto de sus vidas…
Del espejo (no demasiado lejos de donde se encontraban los
tres), en medio de una especie de torbellino controlado que se había formado en
aquella enorme estancia -ahora iluminada de aquel azul de otro mundo-… surgió
una figura… Una figura femenina… Arthur, Rosalyn y Philip contemplaban
estupefactos cómo, poco a poco, se iba distinguiendo mejor aquella mujer, la
cual iba dando pasos confiados en su dirección…
Ahora podían verla con claridad: era pelirroja, de cabellos
muy largos y ondulados; sus ojos eran verde claro; de figura alta y esbelta; la
piel, blanca, se podía distinguir en su totalidad al quedar claro que estaba
desnuda; su cuerpo era exuberante. Caminaba contoneándose, manteniendo una
sonrisita burlona en su atractivo rostro…
Pero todos podían percibir el mal en su mirada. La mujer se
detuvo, quedando en una pose provocativa, llevando el peso a una de las caderas
sobre la que apoyó una mano de largas uñas pintadas de rojo sangre. No parecía
que tuviese ni treinta años…
Entonces, esta dirigió su mirada hacia Hans, estático en el
techo a pesar de las corrientes reinantes… Con una mezcla de burla y
satisfacción, abrió la boca en una sonrisa más amplia, dirigiendo un dedo hacia
él… Pudieron ver cómo la soga firmemente atada, se comenzaba a desprender al
deshacerse aquel nudo que parecía imposible de deshacer… Arthur consiguió
reaccionar de inmediato y se situó debajo de Hans en el mismo momento que este
caía a plomo, provocando que el joven cayese también al suelo a la vez que
recuperaba a su amigo…
-¡Señor Arthur! ¡¿Se encuentra usted bien?!- Se aproximó
Philip en el acto, seguido por Rosalyn…
Arthur permanecía en el suelo, boca arriba, ligeramente
aturdido, con el cuerpo rígido de Hans echado sobre él, en la misma posición…
Vio al mayordomo y a la joven y comprendió que era ahora o nunca.
-¡Vamos! ¡Salgamos de aquí!- Decía mientras trataba de
incorporarse al tiempo que levantaba como podía a Hans…
Philip y Rosalyn le ayudaron en seguida, siendo el cuerpo
del joven transportado finalmente por Arthur y el primero, uno de cada lado,
procurando que apenas arrastrara los pies…
Pero, a pesar de que -momentáneamente- se habían olvidado de
ella, seguía allí. Arthur dirigió una última mirada a la extraña mujer
antes de perderla de vista al cruzar la puerta… Para su sorpresa, se mantenía
en el sitio, sin hacer nada. Y -le parecía a él- era como si le estuviese
sonriendo… pero como alguien que mira desde arriba, desde un lugar
inalcanzable… ¿Acaso le estaba dejando marchar? “Les”, se corrigió
inmediatamente…
Rosalyn cerró la puerta al cruzar
todos y se alejó dando unos pasos atrás, no muy segura de lo que pudiera
suceder a continuación… Arthur observó que, aunque se la veía asustada, no era
alguien que se dejaba dominar por el miedo fácilmente… Y eso le gustaba.
Durante unos instantes quisieron creer que todo había sido
una pesadilla. Como si cerrando aquella puerta todo lo perverso quedaba
ahí dentro, encerrado… Arthur llegó a la conclusión de que, lo que debía hacer
Everton -y todos los demás habitantes de la casa- era abandonar inmediatamente
aquella mansión, sin más demora…
Pero, como si le hubiese leído el pensamiento, la casa
pareció rebelarse de forma súbita. Todo comenzó a temblar. Los cristales de los
ventanales estallaron y un fuerte viento inundó el pasillo en el que se
encontraban…
-¡Debemos reunirnos con Helen y con el señor Everton cuanto
antes y salir de aquí!- Gritó Philip, haciéndose oír por encima de las fuertes
corrientes de aire que estaban recorriendo la casa en aquellos momentos…
Salieron al hall y se sobrecogieron. Podían ver cómo la
práctica totalidad de los objetos situados en cualquier punto de la estancia se
movían como si tuvieran vida propia; como si bailasen…
-¡Cuidado!- Avisó Arthur a Rosalyn y a Philip al darse
cuenta de que el voluminoso retrato de Everton estaba a punto de desprenderse
de sus sujeciones…
Todos reaccionaron a tiempo y se apartaron con suficiente
antelación para evitar que el pesado marco les alcanzara antes de impactar con
un estruendo monumental en el suelo…
Tras cruzarse las miradas, coincidieron en silencio en que
debían continuar con la huída de aquel sitio que amenazaba con derrumbarse…
-¡Philip, Rosalyn, quedaos aquí! ¡Yo iré a buscar a Helen y
a Everton!- Se ofreció Arthur, confiando el cuidado de su amigo sin vida a un
Philip que asentía al comprender lo que aquel le pedía.
Rosalyn estaba a punto de decir algo. Ella también quería ir
a buscar a su madre; y acompañar a Arthur…
Pero ni ella pudo hablar ni Arthur ir más allá del primer
escalón, teniendo que sujetarse en la barandilla. Philip -que no soltaba a
Hans- cayó hacia atrás encontrándose con la pared, que lo sostuvo…
La casa entera se movía. Era una sensación aterradora pero
absolutamente real… Notaban en el estómago cómo la inmensa mansión de los
Everton… se elevaba. El suelo se resquebrajaba, los cristales se quebraban, los
cuadros caían en su mayoría, así como los jarrones y las estatuas, que se
hacían añicos formando masas grotescas de cuerpos humanos de piedra decapitados
y desmembrados… Y la casa no paraba de ascender…
Entonces sucedió algo más: del exterior, a través de las
ventanas rotas, se introducían multitud de raíces que parecían estar dotadas de
vida propia… Gruesas y nudosas, avanzaban retorciéndose y enredándose en lo
primero que encontraban en su camino…Arthur, Rosalyn y Philip temían que les
estuviesen buscando a ellos…
Pero, por el contrario, aquellos tentáculos manchados de
tierra, parecían detenerse y afianzarse en los lugares “elegidos”. Era evidente
que la casa había parado de elevarse, también…
Por fin se paró del todo. Incluso había dejado de soplar
aquel viento interno, quedando tan solo el aire frío que entraba desde fuera
por las numerosas oberturas; así y todo, bloqueadas por las impresionantes
raíces…
Arthur, con una expresión de asombro que sostuvo mientras
caminaba, se dirigió casi corriendo hacia la ventana más cercana…
-¡Tenga cuidado, señor Arthur!- Le rogó, con evidente
preocupación el fiel mayordomo…
Rosalyn, aunque no dijo nada, también mantuvo el alma en
vilo al ver cómo el joven se acercaba directamente a aquellas “cosas”…
El joven -no habiendo quedado claro que hubiese escuchado a
Philip- llegó hasta donde se dirigía y, tras echar un vistazo de cerca a la
raíz más próxima y que apenas le permitía vislumbrar el exterior, se asomó…
Era increíble. Efectivamente, se habían elevado varios metros,
por lo que pudo atisbar…
Desde afuera, se veía la casa como sostenida sobre un “nido”
de raíces marronáceas que, además, envolvían la mansión, bloqueando todas las
posibles salidas, y dispuestas como una mano de largos dedos que en cualquier
momento pudiera cerrarse y aplastarlo todo…
Arthur determinó que se encontraban a altura suficiente como
para que resultase excesivamente peligroso una huída por la ventana. No creyó
que fuera muy prudente comprobar la resistencia de aquellos “troncos” que
habían irrumpido de semejante manera allí; por lo que prefirió -por el momento-
no tocarlos…
Sí que fue, en cambio, derecho a la puerta principal,
seguido con la mirada por Rosalyn y Philip… El joven investigador se plantó
delante y se dispuso a abrir la puerta doble ante la expectación de su reducido
público…
No se abría. Las manillas ni siquiera cedían un milímetro…
Estaban atrapados en aquella mansión.
Durante unos minutos se quedaron todos en silencio; como tratando
de asimilar lo que acababa de pasar…
Pero aquellos instantes de aparente quietud acabaron
súbitamente. La doble puerta por la que acababan de llegar al hall, se abrió de
golpe, con tal fuerza que golpeó contra la pared a ambos lados… del otro lado, provenía
un resplandor azulado que ya habían visto escasos momentos atrás… En el mismo
instante que emergía la figura -sin duda, femenina- que ya habían visto antes,
Arthur, sin pararse a mirar, echó a correr hacia donde se encontraban los
demás.
-¡Venga! ¡Por las escaleras!- Les apremiaba, sin dejar de
correr…
Se situó de nuevo en el lado que le correspondía para llevar
a Hans, justo cuando Rosalyn reaccionaba y Philip se incorporaba sujetando
firmemente el cuerpo del amigo de Arthur…
Comenzaron a subir por las escaleras -todo lo deprisa que
les era posible- bajo las sombras amenazadoras que se formaban en las paredes,
al lado de las cuales pasaban (estando seguros de que no les pertenecían en
absoluto)…
Y cuando llegaron al punto más alto desde el cual aún se
podía divisar el hall, se detuvieron al unísono y miraron hacia abajo…
Parecía que había pasado un huracán. No quedaba
prácticamente nada en pie. Interminables grietas recorrían el suelo y las
paredes; y había por el techo, también.
Y allí abajo, erguida, dándoles la espalda aunque con la
cabeza lo suficientemente vuelta como para mirarles de reojo, se encontraba lo
que creían que era una mujer… Por fuera, desde luego, lo era.
Una nueva sonrisa se dibujó en su rostro, de una belleza
terrible y fascinante… Al mismo tiempo, daba la impresión de que miraba de
forma provocadora… a Arthur. Rosalyn percibió esto desde el mismo
momento que apareció en la sala del espejo… Arthur también era consciente; pero
no podía dejar que su mente se nublara ante aquella presencia…
Sabía muy bien que esa ya no era una mujer. Era una
bruja…
Sin embargo, esta se quedó quieta, en la misma postura,
mirando y sonriendo, como si les estuviese dejando marchar…
-Tenemos que seguir…- dijo al fin Arthur.
Y, como despertando de un sueño, los tres siguieron
escaleras arriba hasta perderla de vista…
Sin
dejar de sonreír, pero centrándose, la “recién llegada” miró a su alrededor y
no tardó en encontrar lo que buscaba: en una vitrina, un maniquí femenino llevaba
puesto un vestido negro de tirantes, muy escotado, y que llegaba a los
tobillos; además de un cinturón dorado y un par de zapatos rojos, en tono
brillante, de tacón. No sabía a quién habría pertenecido, pero ya hacía tiempo
que le había echado el ojo… Con un gesto de la mano hizo estallar el vidrio y
el vestido y sus complementos se desprendieron del maniquí, flotando hasta
rodear el sensual cuerpo de la bruja, hasta quedar totalmente vestida… y
maquillada. Con un sonoro paso de tacón, se dio la vuelta, quedando con el peso
más sobre una cadera que en la otra, en la que apoyó el puño, dejando la otra
mano suelta con el brazo laxo, y miró hacia arriba, con la misma expresión
malintencionada, hacia donde habían huido aquellos tres… hacia donde había
huido aquel chico…