sábado, 26 de enero de 2013

La Misión de Lehmin - Capítulo 5

La Misión de Lehmin

El ladrón de la Alegría.


El viaje estaba resultando de lo más ajetreado… No había obstáculo que Barn no pudiera sortear… a costa de los dos pobres duendes, que se sujetaban con todas sus fuerzas para adaptarse a los continuos movimientos del oso polar…
-“Vaya viajecito…”- Pensó Lehmin, incluso echando de menos el trineo de Arthur…
Habían pasado las últimas tres horas descendiendo por las montañas, por caminos no habilitados (y lo estaban notando), internándose en bosquecillos y atravesando zonas realmente agrestes. Los animales que se encontraban de vez en cuando debían apartarse de inmediato si no querían ser “atropellados” por el veloz Barn… con el consiguiente sobresalto de los dos duendes…
Entonces, llegado un punto, el oso polar aminoró la marcha hasta detenerse en un saliente desde donde se podía contemplar el terreno que se extendía delante. Ante ellos se encontraba el Valle del Silencio; más abajo para ser exactos.
-¿Es ahí adonde vamos, no?- Preguntó Lalia a Lehmin.
Este consultó el mapa y, cuando pareció estar seguro, asintió.
-¡Agárrate!- Exclamó el duende al notar que Barn se disponía a emprender la marcha de nuevo…

Ahora, el veloz oso polar ya no avanzaba a tanta velocidad. Habían entrado en la zona donde debía encontrarse uno de los que poseían las piezas robadas…
Progresivamente habían ido descendiendo, hasta estar seguros de encontrarse en el interior del valle arbolado. Y, poco a poco, Barn había ido reduciendo la marcha hasta llegar a ir caminando… para alivio de los dos sufridos duendes.
Tanto Barn como Lehmin y Lalia iban mirando a su alrededor a medida que avanzaban al paso. Ya habían llegado al punto que Taido había señalado en el mapa; pero ahora ya no sabían adonde dirigirse exactamente…
De pronto, unos ruidos provenientes de más adelante los alertó… pero no les daría tiempo a ocultarse tras los árboles… Instintivamente, Lehmin y Lalia se llevaron las manos a sus armas; y Barn apretó los dientes y preparó las garras dispuesto a defender a sus pasajeros…
-¡Como te lo digo, tío! ¡Menuda movida!- Exclamó una voz con evidente tono “pasota”.
Del recodo de más adelante, llegando por la derecha, apareció un grupo de individuos de baja estatura que iba riendo a carcajadas y hablando a gritos en tono burlón…
Lehmin y Lalia parpadearon varias veces como para asegurarse de lo que estaban viendo: la “panda” de cinco individuos eran… ¡Figuras de pan de jengibre!
-¡Eh, tíos! ¡Mirad ahí!- Dijo uno de ellos señalando con su mano sin dedos hacia donde se encontraban los duendes y Barn.
-¿Quiénes son esos?- Preguntó otro con cierto deje amenazante…
-¡Eh, vosotros! ¡¿Qué hacéis por aquí?!- Preguntó el que iba en cabeza y que parecía el líder (cuyo único rasgo distintivo de los demás era precisamente el hecho de ir delante…)
Lehmin y Lalia no dijeron nada; permanecían en tensión, al igual que Barn…
-¡Tío, mira!- Dijo uno que aún no había hablado, con repentina preocupación, dándole con el codo al que tenía al lado y señalando hacia el oso, que gruñía…
Lentamente, y en silencio, la panda pasó al lado del grupo sin quitarles la vista de encima, con unos ojos amenazadores, en un momento de alta tensión… El tiempo parecía no pasar mientras los duendes “vigilaban” con la mirada al grupo hostil… Finalmente, y para su fastidio, la panda de figuras de jengibre pasó de largo sin decir una palabra. Al ver a Barn sabían lo que les convenía…
Cuando aquellos cinco se hubieron perdido de vista, Lehmin y Lalia se relajaron y soltaron las armas, aún ocultas; Barn también se tranquilizó. Entonces volvieron a oír risotadas desde lo lejos…
-Mejor vayámonos de aquí…- Propuso Lehmin.
Lalia asintió, totalmente de acuerdo.
Barn reemprendió el paso y continuaron adelante por el ancho camino nevado rodeado de abetos situados en terreno ligeramente más elevado.

Pasaron varias horas. Lo que había a su alrededor apenas variaba por mucho que continuaran avanzando. No veían apenas el cielo cubierto por la espesura de los árboles, que se inclinaban formando un techo verde oscuro. Pero había algo que sí notaban, aunque ni Lehmin ni Lalia lo habían comentado: a medida que seguían adelante, una sensación de pesadumbre y de tristeza les embargaba cada vez más profundamente, provocando que oscuros pensamientos amenazaran con hacerse más presentes y fuertes… Era como una pesadez en el alma que cada vez se hacía más insoportable… También les parecía que aquel lugar cada vez era más oscuro y desolador…
En un momento determinado, Lalia levantó la mirada, ahora apagada, y miró a Lehmin... permaneciendo así durante unos instantes…
-Lehmin…- Dijo al fin.
El duende pareció despejarse levemente de aquella triste somnolencia…
-¿Sí…?
La duende se quedó en silencio un momento.
-Nada… No es nada…- Decidió finalmente…
Lehmin volvió a mirar al frente, bajando la mirada, sin dar más importancia a aquello… Porque seguramente no era nada importante…
Incluso Barn se veía afectado por aquel ambiente pesumbroso por el que avanzaban… Y, por lo tanto, iba más lento, y más lento…
Desde detrás de un árbol, una figura alta y ligeramente encorvada, observaba a los dos duendes montados sobre el oso polar, avanzando cada vez más lentamente… Mientras no les quitaba la vista de encima, una maligna sonrisa se perfilaba en su rostro pérfido y anguloso, acompañado de una desagradable risita que no podía contener…
Ambos duendes, y Barn, estaban a punto de desfallecer de lo desanimados que estaban ya… Casi habían olvidado qué hacían allí… Y, hasta tal punto había llegado su extraño pesar, que prácticamente ya ni les importaba…
Entonces, como un misil, algo impactó en el suelo con estruendo justo al lado de Barn, haciendo que el gran oso polar cayese a un lado entre una ola de nieve… Ambos duendes se soltaron y cayeron al suelo, sin saber qué estaba ocurriendo…
Cuando hubo pasado mínimamente la confusión, Lehmin, Lalia y Barn dirigieron las miradas hacia el lugar donde se había producido el impacto: allí, erguido, alto, delgado y encorvado, se encontraba un ser de color verde, con ojos saltones y una sonrisa maléfica… Y había algo que a los duendes les llamó mucho la atención; iba vestido de forma similar a Santha Klaus, incluso con el gorro… pero de forma más grotesca… y su ropa era vieja y sucia…
-Ji, ji, ji, ji… ¿Qué es lo que tenemos aquí? Ji, ji, ji, ji…- Los duendes se estremecían al oír aquella inquietante sonrisita…
Lehmin se incorporó y se sacudió la nieve.
-¡¿Quién eres?!- Exclamó, amenazante, el duende a aquel extraño individuo que estaba seguro haber visto antes…
Lalia aún permanecía en el suelo, asustada; Barn no dejaba de mirar al siniestro recién llegado, enseñando los dientes y gruñendo…
-Estáis en mis dominios. Mi nombre es Girinch y todo el mundo me conoce por aquí… ¡Por eso ya no hay nadie por aquí, jua, jua, jua, jua…!- Aquel tipo se desternillaba inquietando más a Lehmin y asustando más a Lalia…
Entonces, cuando Girinch se hubo controlado un poco, se fijó mejor en los dos duendes…
-Un momento… Claaaro- dijo, chocando un puño en la palma de la otra mano- ¡Vosotros sois dos de aquellos duendes que trabajan con Santha Klaus!- Cayó en la cuenta…
Lehmin y Lalia no dijeron nada… Girinch entonces prosiguió.
-Pero, ¿Qué puede traer a dos de aquellos afanosos duendes hasta mis tierras?- Hablaba en tono burlón- Sois los primeros que las pisáis… Bueno, a excepción de aquel estúpido que se me escapó por poco…- Al decir esto, durante un instante, dejó de sonreír…
Lehmin y Lalia estaban seguros de que aquel tipo se refería a Taido…
-¡Sabes perfectamente lo que hemos venido a hacer aquí!- Se enfrentó Lehmin- ¡Tú te llevaste algo que no te pertenece!
Al principio, Girinch no tenía ni idea de lo que aquel duende “gallito” le estaba hablando… pero no tardó en recordar.
-¡Ah, claro que sí! ¡Las tuercas! Pero en una cosa te equivocas: son mías. Estoy buscando un sitio en mi casa para colocarlas…- Se burlaba haciendo gestos de “decorador”…
Lehmin apretó los dientes de rabia. Lalia se incorporó, más enfadada que asustada. Girinch observó a ambos duendes y volvió a sonreír con aquella intranquilizadora sonrisa…
-Vaya, vaya… Así que os envía el bueno de Santha para que le hagáis el trabajo sucio… Muy bien… pues… ¿Qué haréis ahora?- Cuestionó con marcado acento de burla…
La verdad es que ahora, Lehmin no sabía qué decir. Se dio cuenta entonces de algo que le había pasado desapercibido hasta aquel momento: se escuchaba el rumor, no muy lejano, de agua correr…
Lalia buscaba con la mirada las mochilas… Habían quedado semienterradas en la nieve después del vuelco… Y es que era evidente que de este ser no se harían amigos como con Zaros…
-¡Muy bien!- Exclamó súbitamente Girinch poniéndose en posición de pasar al ataque…- ¡Si habéis venido a buscar pelea, eso es lo que tendréis! ¡A ver cuánto duráis, jua, jua, jua, jua, jua!
Lehmin apretó los puños; Barn se dispuso a atacar; Lalia fue corriendo a donde se encontraban las mochilas y extrajo a toda velocidad la espada de Lehmin…
-¡Ten!- Exclamó la duende al tiempo que se la lanzaba a un sorprendido Lehmin, que reaccionó de inmediato y agarró la espada al vuelo.
Mientras tanto, Lalia extrajo su arco y las flechas y comenzó a prepararse apresuradamente…
-¡Vaya, vaya! ¡Qué bien preparados os veo…!- El tono de burla comenzaba a mutarse en enfado…
-¡Uaaaah!- Exclamó Lehmin lanzándose al ataque.
Pero Girinch lo esperaba bastante tranquilo. Lehmin lanzó un tajo horizontal hacia la cara de su enemigo… pero este solo tuvo que agarrar el brazo del duende por la muñeca, con aparente facilidad y para rabia de su pequeño atacante…
-Vaya decepción… Creía que me divertiría más con vosotros que con aquel del pelo azul…- Se mofaba poniendo cara de “pena”…
Entonces, Girinch se percató de que Lalia le estaba apuntando con el arco… Durante un instante, sintió un ligero sobresalto…
-¡Suéltale!- Le advirtió la duende sin dejar de apuntar…
Girinch, con inicial cara de casi preocupación, volvió a sonreír… A Lalia aquello le dio mucha rabia… y disparó.
La flecha, que iba hacia su pecho, no llegó a su destino, ya que aquel monstruo la agarró al vuelo, como si fuera algo de lo más fácil… Lalia no se lo podía creer… Entonces, Girinch le dedicó una horrible sonrisa y se giró arrastrando a Lehmin por la muñeca… Lalia, presa de la desesperación, y pensando que no serviría de nada lanzarle más flechas a aquel ser, lanzó el arco a un lado y salió corriendo para liberar a Lehmin…
-¡Suéltale! ¡Suéltale…!- Exclamaba muy enfadada mientras golpeaba a Girinch en la espalda con todas sus fuerzas, haciéndose daño en las manos…
Pero Girinch no se detenía, llevando al duende hacia los árboles fuera del camino, haciendo caso omiso de los estériles intentos de Lalia por liberar a su compañero…
-¡Lalia, para! ¡Vete de aquí!- Le decía Lehmin…
Pero Lalia no estaba dispuesta a detenerse.
-¡Suéltale ya!- La duende no podía contener las lágrimas de rabia… tenía las manos más que doloridas…
Girinch atravesó la línea de árboles y llegaron a lo que parecía un saliente… Entonces Lehmin supo de donde venía aquel rumor que ahora se escuchaba claramente. Allí abajo, a no mucha distancia, corría un río de aguas bravas. Entonces Girinch elevó a Lehmin del brazo del que lo tenía agarrado y lo dejó suspendido en el aire.
-¡Nooo!- Lalia ya no tenía más fuerzas…
Girinch se giró y agarró a la exhausta duende por un brazo, a la altura de la muñeca al igual que Lehmin, e hizo lo propio dejándola sobre el vacío…
-Lalia… Te dije que huyeras…- Le “recriminaba” Lehmin, sin fuerzas y sin sentir el brazo, que Girinch le apretaba mientras no dejaba de sonreír ante los dos duendes que tenía agarrados con ambas manos…
Entonces la duende reaccionó.
-¡Cállate!- Exclamó para sorpresa de Lehmin y Girinch, lanzando una patada con todas sus fuerzas al codo de este último…
El inesperado golpe le dio en tal punto, que Girinch gritó de dolor, soltando a ambos duendes, que pudieron agarrarse a duras penas del resbaladizo saliente… Girinch se había llevado una mano al dolorido codo…
-¡Ay, ay, ay! ¡Malditos duendes! ¡Siempre acabáis haciéndome enfadar!- Bramaba terriblemente…
Entonces, cuando se hubo recuperado, se agachó ante aquellos indefensos duendes que apenas podían sujetarse…
-Os hablaré del río que tenéis ahí abajo… Se lo conoce como “El Río del Pesar”… Por que cuando alguien cae, se congela de inmediato y queda sumido en una tristeza perpetua… Pero bueno… ¡Ahora lo comprobaréis vosotros mismos!- Gritó furioso con un aterradora sonrisa levantando una garra en el aire… Ambos duendes cerraron los ojos con fuerza ante el inminente final…
Entonces, algo llamó la atención de Girinch, que se dio la vuelta de inmediato al escuchar el sonido de algo que se aproximaba a donde se encontraba… Y se encontró con la imponente figura de Barn, el oso polar, que levantó las patas delanteras y lo empujó con un rugido que resonó en la distancia… El impresionado Girinch “voló” por encima de las cabezas de los dos duendes hasta caer al río… Rápidamente, Barn se aproximó a Lehmin y Lalia, que no habían visto lo que había pasado, y que habían abierto de pronto los ojos al oír algo caer al agua, y se agarraron de inmediato a las patas delanteras del oso polar. Este tiró hacia atrás y ambos duendes descansaron en “tierra firme”. Preguntándose qué habría pasado con Girinch se asomaron para ver más abajo… Y allí, encallado, lo vieron dentro de una prisión de hielo a medida, dándoles la impresión que los miraba con una furia infinita… Hasta que la fuerza del agua hizo que se incorporara a la corriente, perdiéndose de vista finalmente…
Se tomaron un tiempo para recuperarse. Entonces Lehmin se dio cuenta de algo.
-¿Y ahora cómo encontraremos las tuercas?- Preguntó, desalentándose…
Lalia observó como Barn se dirigía hasta un árbol lejano y les llamaba la atención con leves rugidos… Ambos duendes miraron hacia allí y vieron un saco junto a un tronco. Lehmin y Lalia se miraron y se levantaron de inmediato como si se hubieran leído la mente mutuamente… Se acercaron al saco y lo abrieron juntos…
-¡Aquí están!- Exclamó Lehmin al ver las cinco tuercas robadas.
-Parece que iba a esconderlas en alguna parte…- Dedujo Lalia, con lo que ambos duendes fueron conscientes de lo cerca que habían estado de fracasar en la misión…
Lalia se acercó a Barn.
-Muchas gracias Barn- le dijo con ternura.
-Muchas gracias, Barn- Le dijo Lehmin con todo el énfasis que pudo.
Barn pareció sentirse abrumado y agitaba la cabeza.
Lehmin y Lalia rieron, dándose cuenta de que toda aquella tristeza y pesar habían desaparecido totalmente.

lunes, 21 de enero de 2013

La Misión de Lehmin - Capítulo 4

La Misión de Lehmin

El ermitaño.


Lehmin y Lalia se hallaban, atenazados por el frío, ante la cueva donde vivía Zaros, el ermitaño.
-Parece… que ya hemos llegado- dijo Lehmin para romper el prolongado silencio.
Lalia asintió, intranquila, con la mirada clavada en el interior de aquella cueva.
-¡Quiénes sois vosotros!- Exclamó furibunda una voz por encima de sus cabezas.
Ambos duendes se sobresaltaron y dirigieron sus miradas de inmediato hacia la pared rocosa y nevada que se elevaba hasta el cielo.
Un tipo más bien bajo, con el cuerpo fornido y algo orondo, con el pelo y la barba castaño oscuro descuidados y apareciendo como una sola cosa, y mirándoles con unos profundos ojos oscuros, con el ceño fruncido, estaba apoyado con una mano en el saliente de una roca mientras tenía las piernas flexionadas adaptadas al difícil terreno…
-¡Ah! ¡Tú eres Zaros!- Exclamó Lehmin.
Al oír su nombre, el tipo de aspecto fiero reaccionó y, ante la sorpresa de Lehmin y Lalia, saltó desde considerable altura en dirección al suelo… Cayó con contundencia debido, a pesar de su altura, a su constitución. Entonces ambos duendes pudieron fijarse mejor en su aspecto: vestía con ropas andrajosas, una especie de túnica de abrigo confeccionada por alguien con poca pericia en tal menester, botas gastadas de un tamaño considerable… y una maza de gran tamaño atada a la espalda. Al incorporarse, se llevó una mano a la maza y la agarró con ambas, esgrimiéndola amenazante…
-¡¿Cómo sabéis mi nombre?!- Exclamó con el mismo tono fiero a aquellos intrusos.
Lehmin y Lalia se miraron uno al otro, sin entender.
-Lo pone ahí…- Dijo Lehmin, extrañado, señalando con el pulgar el cartel de madera que había atrás…
Zaros parpadeó un par de veces, cayendo en la cuenta de aquella obviedad… Entonces pareció enfadarse aún más.
-¡¿Y qué es lo que queréis?!- Intentó intimidar a ambos duendes, consciente de que ahora ya no les resultaba tan amenazante…
Lalia observaba a aquel tipo: cuanto más parecía enfadarse, curiosamente, menos miedo le daba… Lehmin carraspeó.
-Hemos venido a recuperar la pieza que robaste del taller de Santha Klaus- le advirtió. Al principio, Zaros no pareció saber de qué le estaba hablando aquel duende…
-¿Una pieza…? Ah… sí… ¡La pieza!- Exclamó retomando su papel de tipo fiero y peligroso al caer en la cuenta de a qué se refería el duende…
Lehmin y Lalia lo miraban sin saber qué pensar…
-Bueno… Pues eso… Que hemos venido a recuperarla- Dijo Lehmin con una sobrevenida calma.
Lalia prestó atención a la reacción de aquel tipo; había algo en él que daba que pensar a la duende…
-¡Largaos de aquí! ¡Iros si no queréis que me enfade!- Intentaba amenazarles… Pero a aquellas alturas ya había perdido toda su credibilidad…
Lehmin y Lalia hacía rato que se habían dado cuenta de que intentaba aparentar algo que no era…
-¿Vives aquí solo?- Preguntó de pronto Lalia ante la sorpresa de Lehmin, que se la quedó mirando con la boca abierta.
Aquello desarmó al tipo con el ceño fruncido. No se lo esperaba en absoluto.
-¿Qué…? ¿Yo…? Pues… Sí, claro… ¡¿Acaso no has leído el cartel?! ¡Soy un ermitaño!- Dijo, recordando que hacía un momento él mismo se había olvidado de la existencia del cartel…
Lalia lo miró con cierta compasión.
-¿Y no tienes amigos?- Preguntó ante la expresión de incredulidad de Lehmin, que no entendía lo que estaba haciendo Lalia…
Zaros parpadeó y, sin darse cuenta, bajo la maza.
-No… La verdad es que no… Y es normal, claro… ¿Quién va a venir hasta aquí para verme?- Se le estaba comenzando a soltar la lengua…
De algún modo, Lehmin percibió que la sensación de peligro había desaparecido. Zaros estaba en aquellos momentos pensativo, apesadumbrado…
-¿Y por qué no vas a vivir al pueblo al pie de estas montañas?- Preguntó Lalia recordando el punto en el mapa que tenían en el que aparecía el nombre de un pequeño pueblo de montaña.
Ahora sí que la expresión de Zaros fue de completa tristeza.
-Yo nací en ese pueblo- confesó.
Los dos duendes vieron que aquel hombre iba a comenzar un relato del pasado y guardaron silencio para escucharle…
-Desde pequeño, yo nunca he sido normal… Mi padre se casó con una ocrid, también conocidos como los enanos de las montañas. Pero mi madre murió cuando yo era muy pequeño y, desde ese momento, mi padre se encargó de cuidarme. Los demás niños ya veían que yo era diferente a ellos… y cuando no me hacían de lado, se burlaban de mí y me insultaban… Cuando, un día, y debido a la tristeza, mi padre también murió… me quedé solo. Y nadie quiso hacerse cargo de un niño tan… diferente. De modo que me fui a las montañas, a esta cueva que encontré, y decidí alejarme del mundo que me había dado la espalda…
Lehmin y Lalia habían quedado sinceramente conmovidos por la historia de aquel hombre que ya no aparecía en absoluto como una amenaza…
-Entonces, lo del robo…- Recordó Lalia.
El hombre bajó la mirada, avergonzado.
-Yo… la verdad es que para mí era una oportunidad de vengarme… Y, además, una excusa para salir de aquí por una vez…- Hablaba, consciente de que solo eran excusas ante un hecho injustificable…
Entonces, para sorpresa de Lehmin y del propio Zaros, Lalia se acercó a este último y le posó una mano en uno de sus gruesos brazos. El hombre estuvo tentado de apartarse ante aquel gesto inesperado… pero no lo hizo; miró a la jovencita duende y se encontró con una reconfortante sonrisa…
La verdad es que a Lehmin no le hacía demasiada gracia aquella escena… Pero lo entendía. Entonces, Zaros tomó una determinación.
-De acuerdo. Voy a ir al castillo de Santha Klaus para pedirle perdón- Resolvió.
Lalia se alegró de oír aquello; y Lehmin también al ver cómo se había resuelto la situación.
-Por cierto…- Comenzó a decir el duende.
-¿Mm?- Zaros lo miró sin saber qué le iba a decir.
-La pieza…- Le recordó.
El hombre cayó en la cuenta.
-¡Ah, sí! La pieza… ¡Esperadme aquí un momento!- Dijo, de repente muy animado, mientras se dirigía al interior de la cueva en donde tenía su casa…
Los duendes le esperaron durante varios minutos. Aquel lugar era silencioso, y ahora muy tranquilo…
Al cabo de unos instantes, apareció Zaros con el pequeño cilindro de piedra con inscripciones que se había llevado del taller de Santha Klaus…
-Aquí lo tenéis- Dijo, tendiéndoselo a Lalia, la cual lo recogió con una sonrisa de agradecimiento.
Ya tenían dos de las cinco piezas robadas. Ahora ya podían marcharse. Pero cuando ambos duendes estaban dispuestos a emprender la marcha, Zaros les detuvo.
-¡Un momento! ¿Queréis quedaros a descansar un poco? La verdad es que iba a comer justo cuando habéis llegado…
Lehmin y Lalia se dieron cuenta de que se encontraban cansados y hambrientos. Se miraron y se dieron cuenta de que ambos estaban de acuerdo.
-Muchas gracias- dijeron casi al unísono con una leve reverencia provocando que Zaros se sintiera abrumado…
Al cabo de unas pocas horas en las que ambos duendes pudieron reponer fuerzas y escuchar algunas historias de su anfitrión, decidieron que había llegado la hora de ponerse en marcha. Había llegado el momento de despedirse de su nuevo amigo.
-Gracias por todo…- Les dijo Zaros con absoluta sinceridad.
Ambos duendes le respondieron con una sonrisa.
-Por cierto… ¿Y ahora qué harás?- Le preguntó Lehmin al caer en ello.
Zaros miró hacia su alrededor, como si viera más abajo.
-Iré al pueblo de aquí abajo. Trabajaré como herrero, el oficio de mi padre. Vosotros me habéis mostrado que no todo el mundo es igual… y que tarde o temprano haré nuevos amigos… Ya no quiero estar solo.
Lehmin y Lalia se alegraron de oír aquellas palabras. Se despidieron de Zaros, que estaba viviendo sus últimos momentos como ermitaño, y se marcharon.

Estaba anocheciendo. Cuando volvieron a vislumbrar la parada del servicio de transporte en trineo recordaron algo que habían olvidado completamente hasta aquel momento.
-¡Oh, no! ¡El próximo trineo no pasará hasta mañana!- Dijo Lehmin.
Lalia miró a su alrededor, amplio y desguarecido…
-Tendremos que pasar la noche aquí…- Dijo, observando la parada techada.
Lehmin observó la estructura y estuvo de acuerdo. Comenzaron a preparar las cosas.

Era una noche fría y estrellada. Ambos duendes estaban abrigados con todo lo que llevaban, ante un fuego que habían prendido justo frente a la parada. Lalia dormía plácidamente mientras Lehmin hacía la guardia. Aunque, la mayor parte del tiempo, no dejaba de lanzar furtivas miradas a la duende, que descansaba iluminada por la cálida luz de la hoguera…

A la mañana siguiente, el fuego se había apagado. Lehmin se había quedado dormido finalmente… El frío matinal les despertó y comenzaron a desperezarse. Desayunaron un poco y comenzaron a recogerlo todo. Pasaron al menos un par de horas.
-¿Cuándo crees que pasará?- Preguntó Lalia.
-La verdad es que Arthur no lo especificó…- Contestó Lehmin, lamentando no poder dar otra respuesta…
El tiempo pasaba y comenzaban a pensar que algo ocurría… Ya debería haber llegado el siguiente trineo…
Entonces, algo comenzó a divisarse en la distancia…
-¡Mira!- Exclamó Lehmin señalando.
-¡Ah!- Lalia también lo vio.
Pero, a medida que se aproximaba a los dos duendes, cada vez estaba más claro que aquello que se acercaba no era ningún trineo… Era…
-¡Barn!- Lehmin reconoció al oso polar que tiraba del trineo que conducía Arthur.
-¡Sí! Pero…- Lalia observó algo que le llamó la atención…
-¿Qué pasa? Anda…- Lehmin también se dio cuenta.
Barn llegaba solo, sin ningún trineo del que tirara. Al cabo de unos segundos, el gran oso polar se detuvo a unos pocos centímetros de los dos perplejos duendes. Ambos observaron que Barn tenía una silla de montar colocada al lomo; y, de un bolsillo de la misma, sobresalía un sobre amarillento hacia el cual parecía señalar el oso polar con el hocico…
Mientras Lehmin se acercaba para recoger el sobre, Lalia, ya sin miedo, le ponía una de sus pequeñas manos en el hocico del agradecido animal.
-¿Dónde está tu dueño?- Le preguntaba cariñosamente.
Lehmin había cogido la carta del interior del sobre y le había dado un rápido vistazo. Se acercó de inmediato a Lalia.
-Mira esto- le dijo mostrándole la carta.
Ambos se pusieron a mirar atentamente el contenido:

“Queridos amigos:

Debido a una orden dada desde la jefatura, ha quedado suspendido el servicio de transporte en trineo hasta nueva orden. Los motivos son que la situación en el reino es de grave peligro; aunque no se ha especificado más…
Espero que me disculpéis. En compensación, os envío a Barn. Él os llevara gustoso a donde le indiquéis; es muy listo y sabe leer mapas. Es lo que tiene tener un dueño tan genial, je, je, je…

Cuidaros mucho y buena suerte.

Atentamente, Arthur.”

La misiva finalizaba con la firma de Arthur y un monigote sonriente (seguramente dibujado por él mismo) que representaba que era él…
Ambos duendes se miraron mutuamente. Luego miraron a Barn y la silla de montar; tenía espacio para colocar sus mochilas.
-Bueno, pues… creo que ya podemos irnos…- Le dijo Lehmin a Lalia esperando su opinión…
Esta asintió. Entonces se acordó de algo.
-Hay que enseñarle el siguiente lugar al que tenemos que ir.
Lehmin se dio cuenta de que no había caído…
-¡Es verdad!- Exclamó al tiempo que se dirigía hacia su mochila para recoger el mapa. Se acercó a Lalia mientras lo examinaba.
-A ver… Tenemos que ir aquí: al Valle del Silencio. Hacia el Oeste.
Lalia observó el punto exacto que había señalado Taido. Cuando se hubo asegurado de que la duende lo había visto, Lehmin se lo mostró a Barn. Este miró con atención y asintió al duende. Acto seguido, el gran oso polar se agachó lo suficiente para permitir que pudieran subir ambos duendes. Estos se apresuraron a colocar sus mochilas en la silla y subieron; Lehmin iba delante y Lalia detrás. La duende era reticente a agarrarse de su compañero…
-¡Muy bien, Barn! ¡Vámonos!- Exclamó Lehmin con energía provocando que Barn también se animara y, con un rugido, comenzara a dar media vuelta para ponerse en marcha, provocando que a Lalia no le quedara más remedio que sujetarse a Lehmin…
La verdad es que este no se lo esperaba…
Barn comenzó a ganar velocidad mientras dejaba atrás la parada solitaria, con ambos duendes dispuestos a continuar la búsqueda de las piezas robadas.

domingo, 13 de enero de 2013

La Misión de Lehmin - Capítulo 3

La Misión de Lehmin

Arthur, el conductor de trineo.


Poco a poco, Taido fue abriendo los ojos. Cuando estos enfocaron bien lo que había a su alrededor, descubrió que se encontraban en el interior de la cabaña que había pertenecido a Forost, el muñeco de nieve. Lehmin y Lalia se encontraban situados cada uno en una pared, uno frente a otro y dormidos. Era de día. Taido notaba todo el cuerpo dolorido. Aunque le fastidiaba reconocerlo, demasiado para seguir adelante…
Lalia comenzó a despertarse al notar que Taido se movía…
-¡Ah! ¡Estás despierto!- Se incorporó la duende de inmediato llevándole una cantimplora con forma similar a una calabaza.
Mientras Taido la cogía y se ponía a beber, lenta pero largamente, Lehmin comenzó a despertarse también. También se acercó al duende convaleciente.
-Menos mal que teníamos la casa de aquel muñeco de nieve cerca…- Comentó Lehmin.
Taido asintió. Entonces, dejando de beber y tendiéndole de vuelta la cantimplora a Lalia, se quedó pensativo largo rato antes de hablar.
-Tengo que deciros algo- comenzó a decir el duende, captando de inmediato la atención de Lehmin y Lalia- No creo que pueda continuar… No por el momento.
Los dos duendes se quedaron sin habla.
-Pero… Entonces… ¿Cómo vamos a proseguir con la misión?- Preguntó Lehmin, al borde de la desesperación…
Lalia no decía nada pero en su rostro se reflejaba la preocupación…
Taido sonrió levemente, con esfuerzo.
-Recuerda que esta es misión- le dijo a Lehmin- Yo solo soy un guía.
Antes de que Lehmin y Lalia pudieran protestar, el duende les detuvo con un gesto de la mano y se dispuso a continuar hablando.
-Tengo un mapa. Un mapa del reino. Puedo trazaros la ruta que debéis seguir- miraba alternativamente a uno y otro a medida que hablaba- No olvidéis que tenemos poco tiempo: solo nos quedan cuatro días para llegar a tiempo… y aún nos quedan cuatro piezas…- Su tono se iba revistiendo de gravedad…
-Pero… ¿Y tú qué harás?- Le preguntó Lalia.
Taido miró a su alrededor.
-Yo me quedaré aquí hasta que me recupere. Entonces os alcanzaré. Hasta ese momento, todo dependerá de vosotros…
Lehmin y Lalia eran conscientes de la responsabilidad que tenían en aquellos momentos… El silencio se hizo durante varios minutos en aquella cabaña destartalada; tan solo se escuchaba de vez en cuando el viento silbar desde el exterior…
-¡De acuerdo! ¡Cuenta con nosotros!- Exclamó Lehmin, decidido.
Lalia asintió, también con decisión, mostrando estar de acuerdo con el duende. Taido miró a uno y a otro, sus actitudes, y pareció sentir algo de tranquilidad.
-De acuerdo. Traedme el mapa.

Lehmin y Lalia se dirigían al noroeste, a las montañas. Taido les había marcado en el mapa el camino que debían seguir. Pero las montañas quedaban lejos…
-¿Cómo llegaremos a tiempo?- Hizo Lalia la pregunta que se hacían los dos…
Lehmin miró hacia delante, hacia donde se dirigían, y se detuvo, provocando que Lalia casi chocase con él… El duende se llevó una mano a la barbilla y se quedó pensativo.
-No lo sé- confesó bajando los brazos.
Entonces, los desanimados duendes comenzaron a escuchar algo proveniente de la lejanía, aunque no acababan de distinguir claramente la dirección… Miraban a todas partes pero no veían nada… El sonido era como de un cascabel… Y entonces comenzó a dibujarse en la lejanía lo que provocaba dicho sonido…: Un trineo, en el cual un tipo de alta estatura sujetaba las riendas, tirado por un oso polar de gran envergadura, se aproximaba a toda velocidad hacia donde se encontraban Lehmin y Lalia…
-¡Detente, Barn!- Exclamó el individuo que estaba de pie sobre el trineo al oso polar, que obedeció de inmediato…
El trineo, con un gran cascabel en la parte delantera, se detuvo justo al lado de los sorprendidos duendes, levantando nieve alrededor debido a la brusca parada. Entonces ambos pudieron fijarse mejor en aquel tipo: Vestía con una especie de frac de color verde claro, guantes y botas (de un número desmesurado) marrones y un sombrero de copa del mismo color que el traje. El tipo tenía el pelo negro en gran parte gris, aunque no parecía tan mayor, con dos largas y pobladas patillas a ambos lados de la cara; su nariz era aguileña y sus ojos saltones, castaños oscuro. Les miraba con una sonrisa de satisfacción.
-¡Buenos días, mis pequeños amigos!- Exclamó exultante con un amplio ademán, cogiéndose la visera del sombrero.
Lehmin y Lalia permanecían en silencio, observándolo algo tensos y parpadeando varias veces con los ojos… El tipo se dio cuenta de esto y comprendió.
-Oh… Disculpad. Imagino que no tendréis ni idea de quién soy ni de lo que hago aquí… ¿Me equivoco?- Preguntó inquisitivamente.
Ambos duendes se afanaron en negar con la cabeza. El tipo del trineo prosiguió.
-Mi nombre es Arthur. Sí, a mi madre siempre le han gustado las leyendas artúricas… Y soy el conductor del trineo número 9, perteneciente a la red de transporte en trineo del reino. Santha me dijo que os encontraría por aquí…
Al oír el nombre de Santha, ambos duendes parecieron tranquilizarse, aunque aún intentaban asimilar todo aquello, de lo que no tenían ni idea…
-Yo me llamo Lehmin- se presentó el duende.
-Y yo Lalia- dijo sin quitar la vista del oso polar, que había girado su cabeza cubierta por una especie de casco para mirarla…
-¡Lalia! Bonito nombre para una bonita duende, sin duda…- Dijo aquel tipo deleitándose en sus palabras.
Lalia no pudo evitar sonreír al oír aquello; pero Lehmin no sonrió en absoluto…
-Bueno, pues, ¿a dónde queréis que os lleve?- Preguntó el conductor al ver cómo le había cambiado la cara al duende…
Lehmin, intentando calmarse, cogió el mapa que llevaba a mano en todo momento y se acercó a aquel adulador…
-Tenemos que llegar hasta aquí…- Dijo señalando un punto en el mapa, en las montañas de más adelante…
El tipo se quedó mirando el mapa unos instantes, provocando que Lehmin comenzara a impacientarse de estar tanto rato en la misma posición con el dedo señalando…
-¡Vale!- Exclamó Arthur provocando el sobresalto de todos (incluso del oso)- Cerca de ese lugar hay una parada; puedo llevaros hasta allí- Concluyó.
Lehmin se giró hacia Lalia y ambos sonrieron ante aquella posibilidad.
-Y ahora, subid deprisa. Ya hace rato que me he salido de mi ruta y podemos colapsar el servicio…- Dijo ante la extrañeza de los duendes y la expresión de hastío del oso, que negaba con la cabeza al oír las palabras de ese exagerado…
Los duendes se subieron de inmediato al trineo y, cuando Arthur hubo comprobado que estaban sujetos y acomodados, dirigió su mirada al frente.
-¡Vamos, Barn! ¡A las montañas!- Exclamó apuntando con el dedo hacia adelante.
El oso polar se puso en marcha inmediatamente al recibir la orden y el trineo comenzó a moverse a una creciente velocidad que Lehmin y Lalia no se esperaban…

El trineo surcaba la llanura ya a su velocidad habitual. Arthur, sujetando las riendas, se giró lo suficiente para dirigirse a aquellos dos entusiasmados duendes…
-¡¿Vais bien?!- Tenía que gritar para ser escuchado en medio del fuerte e intenso sonido provocado por el trineo deslizándose a toda velocidad por la nieve…
Ambos duendes desviaron su atención del paisaje que se desplazaba velozmente y asintieron con expresión de estar pasándoselo en grande… Arthur sonrió, satisfecho, y se giró de nuevo para mirar hacia delante…
El sol quedaba en lo más alto, justo encima de sus cabezas.

Hacía mucho rato que el terreno había comenzado a ascender. Apenas podían ver el paisaje a su alrededor porque el camino por donde seguían subiendo estaba totalmente rodeado por altos abetos que no dejaban ver más allá… Debían ir por una de las vías del servicio de transporte de trineos…
-¡Mi padre ayudó a abrir este camino!- Dijo Arthur orgulloso mientras el trineo avanzaba a gran velocidad por aquel camino estrecho y sinuoso que no paraba de cambiar de dirección…
Lehmin sentía que se estaba comenzando a marear…

Finalmente, el paisaje volvió a abrirse y el cielo de las alturas se mostró ante ellos, ligeramente nuboso, pero con un sol radiante y blanquecino. Mirando alrededor podía verse lo alto que estaban…
Al cabo de un rato, el trineo, por primera vez en mucho rato, comenzó a disminuir su velocidad… Fue progresivamente aminorando hasta que finalmente se detuvo ante una estructura de madera que indicaba los horarios a los que pasaba el transporte en trineo…
-¡Mis pequeños amigos: ya hemos llegado!- Exclamó Arthur con un deje de solemnidad.
-“Menos mal…”- Pensó Lehmin, aliviado…
Ambos duendes recogieron sus cosas y bajaron del trineo. Tras echar una rápida ojeada a su extenso derredor se situaron uno al lado del otro ante el conductor del trineo.
-Si miráis los horarios, veréis que el siguiente trineo pasará mañana por la mañana. Aunque… No os puedo asegurar que sea yo el que venga…- Dijo con pesar.
Pesar compartido por Lehmin y Lalia, que ya le habían cogido suficiente aprecio al estrambótico conductor del trineo; y a su oso, que los miraba con ojos algo tristes…
-Gracias por todo…- Dijo Lalia, con los ojos ligeramente humedecidos.
-Sí, muchas gracias…- Dijo Lehmin, que no esperaba que llegaría a echar de menos a aquel tipo.
Intentando recomponerse de golpe, el conductor sujetó de nuevo las riendas y trató de recobrar su activa actitud de costumbre.
-¡Bueno, amigos! ¡Buena suerte!- Exclamó apartando la vidriosa mirada antes de dar media vuelta y ponerse en marcha a toda velocidad.
Al cabo de unos instantes ni siquiera se escuchaba ya el trineo. Lehmin y Lalia se quedaron mirando hacia donde se había perdido de vista aún durante varios minutos…
-Tenemos que seguir…- Resolvió Lehmin.
Lalia le miró y asintió.
Ambos duendes avanzaron en aquel amplio y expuesto lugar. Sin duda, se encontraban en una de las cumbres más elevadas de aquellos lares: las demás se veían más abajo. Siguieron por el camino que había a continuación de la parada hasta internarse en un bosque. No tardaron mucho en salir del mismo y tener que detenerse.
Ante ellos se extendía un largo puente de madera. Y allí abajo, casi no se distinguía el suelo… Al otro lado, un único pico se erguía solitario en medio del vacío.
-Tendremos que pasar por ahí…- Dijo Lehmin.
Lalia no contestó. Tenía los ojos azules muy abiertos y había comenzado a temblar… Lehmin se percató de esto.
-Puedes esperar aquí…- Comenzó a proponerle.
La duende, sin contestar, y sin dejar de mirar hacia donde tenían que ir, intentando controlar los temblores, negó con la cabeza apretando los dientes…
-No… Yo también voy…- Dijo, claramente asustada pero decidida…
Lehmin, mirándola con expresión seria y preocupada, asintió.
-De acuerdo… pero yo iré delante- Dijo.
Caminaban lentamente, con extrema precaución, por aquel larguísimo puente de cuerdas gastadas y tablones crujidores… Además, se balanceaba peligrosamente ante cualquier ligero movimiento brusco… Lehmin sabía que Lalia lo estaba pasando muy mal, pero la duende no se quejaba en ningún momento… Siguieron avanzando… Ya llevaban la mitad del camino hecho…
Y entonces un tablón se partió bajo los pies de Lalia.
-¡¡Lehmin!!- Gritó la duende agarrándose a tiempo al tablón que tenía delante, pero notando como se le resbalaban los dedos…
Lehmin había reaccionado de inmediato y se lanzó, cogiendo la mano de Lalia justo cuando esta se había soltado… Ahora Lehmin sujetaba a Lalia de la mano; la duende se encontraba suspendida en el aire, mientras el puente se movía y crujía peligrosamente… Lalia comenzó a mirar hacia abajo…
-¡No mires!- Le gritó Lehmin.
Lalia hizo caso bruscamente y cerrando los ojos con fuerza. Entonces se dio cuenta de algo…
-Lehmin… Los dos juntos pesamos demasiado…- Intentó decir.
Lehmin no podía creer que Lalia le estuviese diciendo aquello…
-¡Cállate! ¡¿Qué pretendes decirme?!- La gritó sabiendo perfectamente la respuesta…
Lalia reunió fuerzas.
-Recuerda que lo importante es la misión…- Casi rogaba…
Lehmin no pudo más.
-¡¡¡Callaaaaaa!!!- Gritó con las lágrimas brotándole de los ojos mientras elevaba a Lalia con una única mano y caían ambos hacia atrás, quedando la duende tendida sobre Lehmin…
Poco a poco, Lalia, que aún permanecía con los ojos apretados, los fue abriendo y se dio cuenta de cual era su situación, la de ambos… Sus ojos se encontraron con los de Lehmin, que yacía agotado justo debajo de ella, y que tenía cerrados por el esfuerzo que había hecho… Rápidamente, y ruborizada, la duende se incorporó lo suficiente para apartarse a un lado… Quedó sentada, mirando al duende, que comenzaba a abrir los ojos mientras no dejaba de jadear… Lehmin miró a Lalia.
-No iba a dejar que te cayeras…- Le dijo muy seriamente con una sonrisa.
Lalia no sabía qué decir…
-Gracias…- Dijo al fin, casi en un susurro.
Lehmin comenzó a incorporarse, aún con esfuerzo.
-Vamos- le dijo a la duende tendiéndole una mano.
Esta, al principio reticente mirando la mano, se la cogió. Y, sin soltarse, ambos terminaron de cruzar el puente.
Tras descansar durante un rato, continuaron avanzando. Ahora bordeaban aquel pico solitario que habían logrado alcanzar.
Y caminando hacia la parte posterior, comprendieron que habían llegado: una cueva y un cartel de madera clavado en el suelo. Se acercaron al cartel para ver lo que había escrito:

Aquí vive Zaros, el ermitaño.

lunes, 7 de enero de 2013

La Misión de Lehmin - Capítulo 2

La Misión de Lehmin

El muñeco de nieve.


Había transcurrido media jornada desde que Lehmin, Taido y Lalia emprendieran la marcha desde el castillo de Santha Klaus. El cielo había permanecido despejado desde ese momento y el sol y la ausencia de viento ayudaban a soportar el frío.
-Oye, Taido…- Le comenzó a preguntar Lehmin.
Taido, que iba en cabeza, sin dejar de caminar, se giró hacia el duende, que lo miraba con curiosidad.
-¿Qué pasa?
Lalia, que hasta ese momento había permanecido distraída mirando por donde pisaba, puso su atención en la conversación.
-Santha dijo que tú habías sido guía de viajeros antes de unirte a nosotros…
Taido siguió mirando al frente.
-Sí. Hace mucho tiempo de eso- dijo escuetamente.
Los pájaros trinando eran el único sonido que les acompañaron durante unos segundos, uniéndose al de sus pasos en la nieve.
-Por eso tienes espada…- Insistió Lehmin.
Taido, que en un principio no tenía ninguna intención de hablar sobre ello, se dio cuenta de que cuanto antes lo contara mejor.
-Exacto. Un guía necesita un arma para enfrentarse a los innumerables peligros del reino… Por eso un día decidí que quería una vida más tranquila y fui a ver a Santha Klaus- concluyó el duende, dejando claro que no iba a decir nada más.
Lehmin guardó silencio, dándose por satisfecho.
-¿Y cómo sabes a dónde tenemos que ir?- Preguntó inesperadamente Lalia.
Lehmin la miró de soslayo, pensando en que él también se hacía la misma pregunta. Taido se la esperaba.
-Aunque iban encapuchados, sé quienes eran los que vinieron a robar las piezas de la maquinaria al castillo.
Lehmin y Lalia se quedaron de piedra. Taido prosiguió.
-Como guía, era mi trabajo saber estas cosas. Antes de marchar, además, hablé con Santha para obtener más información que ni siquiera yo conocía… Sospechamos que cada uno de los cuatro que acompañaban al tipo de la espada ha regresado a su guarida para proteger la pieza que custodia… Y yo sé donde deben de estar cada uno de ellos.
Justo cuando Lehmin abría la boca con la intención de lanzarle montones de preguntas, Taido se detuvo bruscamente y les hizo detenerse con una mano… Lehmin y Lalia casi chocaron al pararse de golpe…
-¿Qué ocurre?- preguntó la duende con preocupación al ver a Taido intentar escuchar en la lejanía…
-¡Algo se acerca! ¡Rápido, ocultémonos tras esos árboles!- Les urgió el duende guía a los otros dos señalando unos abetos cercanos de los innumerables que rodeaban el camino…
Todos fueron a ocultarse, agachándose y permaneciendo en tenso silencio, mirando hacia el camino que acababan de abandonar…
Al principio, Lehmin y Lalia no oían nada… Pero, al cabo de unos segundos, podían escuchar claramente el sonido de un animal acercarse… El sonido de un gran animal… Taido permanecía expectante con una expresión de gravedad…
Entonces, Lehmin y Lalia abrieron mucho los ojos y la boca al verlo aparecer. Incluso Taido se quedó boquiabierto. Era un lobo, un gran lobo. Se había plantado en medio del camino, justo donde los tres duendes habían estado unos momentos atrás y miraba en todas direcciones… Y ante la alarma de Taido (que obviamente se lo temía), el enorme lobo olfateó las pisadas que aún estaban frescas en el blanco suelo… Entonces levantó la mirada hacia donde se encontraban ocultos.
-¡Oh, no!- Exclamó Taido en un susurro, al tiempo que Lalia cerraba fuerte los ojos apoyando su cabeza en la espalda de Lehmin, que no sabía qué hacer…
El lobo, que seguía mirando con su imponente cabeza hacia donde estaban, comenzó a avanzar hacia ellos. Lehmin se dio cuenta de que el gran animal llevaba algo en la boca: parecía una bolsa alargada cosida…
El enorme lobo, cuando le faltaban unos pasos para llegar a su ya evidente escondite, se detuvo y dejó caer la bolsa en la nieve. Entonces, Taido se fijó mejor y abrió mucho los ojos.
-¡Esperad! ¡Es Worof!- Exclamó el duende con alivio.
-¿Quién?-Preguntó Lehmin, aún con reservas…
Lalia comenzó a abrir los ojos y quedó impactada al ver lo cerca que estaba aquel impresionante animal. Entonces los tres se impresionaron cuando el lobo abrió la boca.
-¿Vais a quedaros todo el día ahí escondidos?- preguntó para sorpresa de todos.
Lehmin y Lalia intercambiaron miradas de asombro.
-¿Tú sabías que hablaba?- le preguntó Lehmin a Taido…
Este solo negó lentamente con la cabeza en respuesta, sin dejar de mirar al lobo…
-Me envía Santha Klaus- insistió Worof con un leve tono de resignación al ver que aquellos tres duendes no salían…
Entonces, para sorpresa de Lehmin y Taido, Lalia, decidida, salió del escondite y se encaminó hacia el lobo; Lehmin iba a protestar, quedando con la boca abierta mientras la seguía con la mirada… Entonces decidió seguirla. Taido, al ver que aquellos dos ya no temían por su seguridad, decidió salir también; aunque sabía que Worof era un aliado, no le hacían mucha gracia los lobos…
-Vaya, ya era hora- exclamó Worof con ironía- Os he traído esto de parte de Santha. Lo necesitaréis- dijo señalando con la pata la bolsa que permanecía en el suelo parcialmente cubierta de nieve.
Lalia se acercó y la levantó. Ante la atenta mirada de Lehmin, la abrió y pudieron ver lo que había en el interior: un arco y un carcaj con flechas, y una espada con su funda.
-Santha me dijo que sabríais a quién pertenece cada una de estas armas cuando las tuvieseis delante- explicó el lobo, mientras Taido observaba la escena.
Lalia, desde el primer momento, se había quedado prendada del arco plateado. Lehmin no podía dejar de mirar la empuñadura de la espada. Sin hablar, se las repartieron entre los dos. Entonces miraron al lobo, que tenía una expresión de satisfacción.
-Muy bien. Yo ya he cumplido mi cometido. Buena suerte- dijo Worof antes de partir corriendo por donde había venido.
-¡Gracias!- Gritaron Lehmin y Lalia al unísono, no muy seguros de haber sido oídos por el lobo, que ya estaba bastante lejos…
Taido se quedó mirando por donde ya había desaparecido Worof y luego desvió la mirada hacia aquellos dos que contemplaban entusiasmados sus nuevas “adquisiciones”.
-¿Estás seguro de lo que haces, Santha…?- Murmuró el duende.

Continuaron avanzando todo el día, tan solo deteniéndose a comer de las provisiones que llevaban en las mochilas. En aquellos momentos, caminaban por un tramo en el cual cada vez había menos árboles a su alrededor, aproximándose a una llanura helada… Pero en los abetos que había, podían distinguirse claramente luciérnagas de luces de colores que permanecían posadas sobre las ramas, iluminándolos en la incipiente noche…
-Oooh…- No pudo evitar decir Lalia ante aquel espectáculo… Luces azules, rojas, verdes, amarillas… se reflejaban en sus maravillados ojos…
También Taido y Lehmin las contemplaban a medida que proseguían adelante… Las luciérnagas les acompañaron durante largo trecho…
-Por cierto… Quería preguntaros algo- Cayó de repente en la cuenta Taido.
Lehmin y Lalia se extrañaron y prestaron atención al duende, el cual hizo la pregunta al ver que ya tenía su atención.
-¿Acaso sabéis manejar esas armas?- Preguntó imaginándose la respuesta…
Ambos duendes interpelados observaron las armas que les había traído Worof por requerimiento de Santha Klaus.
-La verdad es que nunca había usado una…- Confesó Lehmin ante la confirmación de Taido.
-Yo sí que he manejado un arco- dijo Lalia de pronto.
Los otros dos duendes se detuvieron quedando muy sorprendidos. El viento soplaba con más fuerza y hacía más frío a medida que la noche comenzaba a cerrarse…
-¿Que tú qué?- Preguntó Lehmin incrédulo.
Lalia frunció el ceño.
-¡¿Qué pasa?!- Exclamó la duende, ofendida- ¡¿Por qué no puedo saber manejarlo?!
Lehmin retrocedió intentando calmarla con un gesto de las manos…
-¿Y cuándo aprendiste?- Preguntó Taido, ayudando a que la situación se relajara.
Lalia se quedó mirando a Taido, ignorando deliberadamente a aquel tonto de Lehmin…
-Estuve preparándome para las pruebas para formar parte de las fuerzas de seguridad del castillo… Pero al final no llegué a hacerlas…- Hablaba con creciente pesadumbre.
-¿Por qué?- Se interesó Taido.
Lalia miró furtivamente a Lehmin, que parecía ajeno a aquella conversación. Entonces Taido creyó comprender y, al ver que la duende no contestaba habiéndose quedado pensativa, no insistió.
Entonces Lehmin creyó ver algo más adelante.
-¿Qué es aquello?- Dijo señalando.
Lalia y Taido dirigieron la mirada hacia donde señalaba el duende. Se alcanzaba a ver una vieja y destartalada cabaña aún a cierta distancia.
-Ya estamos llegando- Dijo Taido.

Aquella cabaña estaba todavía en peor estado de lo que se adivinaba en la distancia. Estaba levantada en medio de la llanura de nieve; ya no había árboles alrededor. La luna había aparecido hacía rato en la oscuridad nocturna.
-¿Quién vive en esa cabaña?- Preguntó Lehmin creyendo saber aproximadamente la respuesta…
Avanzaban con cautela.
-Aquí vive Furost, el muñeco de nieve- reveló Taido a los dos duendes- Es uno de los que robaron las piezas.
Al principio Lehmin y Lalia se quedaron callados, asimilando con cierto temor la revelación que les había hecho Taido…
-¿Y dónde está? No parece que en esa cabaña haya nadie…- Observó Lalia.
Taido no contestó. Ya llegaban a la defectuosa construcción.
-A lo mejor tenemos suerte…- Dijo Taido, casi más para si mismo, cuando se plantaron ante la puerta…
La carcomida puerta de madera se abrió con un chirrido que escandalizó a Lehmin y Lalia; y en parte a Taido, que no sabía exactamente qué esperar… Se introdujeron en el interior y miraron a su alrededor: una estancia absolutamente vacía. Entonces Taido se fijó mejor.
-¿Mm?- El duende aguzó la vista en aquel espacio oscuro…
Observó dos elementos que no había distinguido antes al tener que acostumbrársele los ojos a la oscuridad: en un rincón de la única estancia de la que se componía aquella cabaña mal hecha, había un sombrero de copa y una bufanda. Taido comenzó a mirar preocupado hacia todas direcciones…
-¿Qué pasa?- Le preguntó Lalia al darse cuenta de la preocupación del duende…
Lehmin observó a Taido, esperando impaciente la respuesta…
-Debemos salir de aquí inmediatamente. Está cerca- sentenció.
Lalia y Lehmin mostraron una expresión de alarma miraron a todos lados por si encontraban escondido, acechando, a aquel muñeco de nieve…
Una vez fuera, ninguno de los tres dejaba de mirar a los alrededores… Pero parecía que allí no había nadie.
-Quizá haya ido a dar una vuelta…- Comentó Lehmin, no muy convencido…
Taido escrutaba con expresión muy seria en la creciente ventisca que comenzaba a levantarse en la oscuridad; estaban en medio de la llanura, habiéndose alejado de la cabaña.
-Nunca se van muy lejos sin su sombrero y su bufanda… Los muñecos de nieve son así…- Explicó sin dejar se intentar penetrar con su vista en la ventisca.
“¡La ventisca!”, Taido cayó demasiado tarde en la cuenta de lo que estaba pasando.
Súbitamente, todo el viento de los alrededores, transportando infinidad de copos de nieve, se arremolinó justo detrás del duende, que ya sabía lo que iba a ocurrir a continuación… Ante el sobrecogimiento de Lehmin y Lalia, una figura comenzó a formarse a espaldas de Taido: un muñeco de nieve. Aquellos se llevaron las manos a sus armas recién adquiridas mientras veían con estupor la cara con aquella sonrisa maliciosa del muñeco de nieve casi formado del todo… Aparecía con los brazos extendidos a ambos lados del cuerpo con los codos flexionados y las manos en garras…
-¡Maldita sea!- Exclamó Taido al comprobar que no podía moverse ni casi girarse: estaba atrapado en aquella ventisca que no había terminado de formar el cuerpo del muñeco de nieve- ¡Aaaaaargh!
Lehmin y Lalia contemplaron con horror como el muñeco de nieve maligno agarraba los brazos de Taido con sus garras y lo levantaba, introduciéndole en un remolino que giraba con mucha fuerza… Si aquello seguía así…
Entonces, ante la sorpresa de Forost, una flecha voló… clavándosele en un ojo.
-¡¡Uaaaaaaaah!! ¡¡¿Qué es esto?!!- Exclamaba con inmenso dolor aquel muñeco de nieve con la flecha clavada…
Lalia permanecía de pie, aún apuntando… y temblando…
El remolino en el que había estado atrapado Taido, al quedar fuera de control, hizo que el duende saliera despedido.
-¡¡¡Ahora verás!!!- Gritaba amenazante Forost a la duende, que no era capaz de moverse…
Entonces, Lehmin apareció saltando de un lado y le cortó la nariz naranja y puntiaguda de un tajo con su espada ligeramente curvada.
-¡¡¡Uuuuuuuuh!!!- Exclamaba el muñeco de nieve de dolor y rabia…
Lehmin estaba preparado para continuar… Forost bajó la mirada de su único ojo y se dispuso a destrozar a aquel maldito duende con sus garras formadas por afiladas ramas…
Y entonces una espada cercenó la cabeza de Forost, el muñeco de nieve desde atrás. La cabeza, con expresión de pasmo, salió volando hasta estrellarse en el suelo… Detrás del cuerpo, separado de su cabeza, del muñeco de nieve, estaba Taido empuñando su espada, manteniéndose en pie con sus últimas fuerzas…
-¡Taido!- Exclamó Lehmin al ver que el duende se desvanecía.
Lalia observaba como el viento se llevaba poco a poco el cuerpo inerte del muñeco de nieve… Entonces se acercó a Lehmin y Taido. Este estaba tendido de espaldas, luchando por permanecer consciente…
-Lo hemos conseguido…- Dijo sonriendo con esfuerzo mirando hacia donde antes estaba el cuerpo de Forost, señalando algo a Lehmin y Lalia. Ambos se giraron y la vieron: una rueda semienterrada en la nieve.
Habían recuperado una de las piezas robadas.