La Misión de Lehmin
El ladrón de la Alegría.
El viaje estaba resultando de lo más ajetreado… No había obstáculo que Barn no pudiera sortear… a costa de los dos pobres duendes, que se sujetaban con todas sus fuerzas para adaptarse a los continuos movimientos del oso polar…
-“Vaya viajecito…”- Pensó Lehmin, incluso echando de menos el trineo de Arthur…
Habían pasado las últimas tres horas descendiendo por las montañas, por caminos no habilitados (y lo estaban notando), internándose en bosquecillos y atravesando zonas realmente agrestes. Los animales que se encontraban de vez en cuando debían apartarse de inmediato si no querían ser “atropellados” por el veloz Barn… con el consiguiente sobresalto de los dos duendes…
Entonces, llegado un punto, el oso polar aminoró la marcha hasta detenerse en un saliente desde donde se podía contemplar el terreno que se extendía delante. Ante ellos se encontraba el Valle del Silencio; más abajo para ser exactos.
-¿Es ahí adonde vamos, no?- Preguntó Lalia a Lehmin.
Este consultó el mapa y, cuando pareció estar seguro, asintió.
-¡Agárrate!- Exclamó el duende al notar que Barn se disponía a emprender la marcha de nuevo…
Ahora, el veloz oso polar ya no avanzaba a tanta velocidad. Habían entrado en la zona donde debía encontrarse uno de los que poseían las piezas robadas…
Progresivamente habían ido descendiendo, hasta estar seguros de encontrarse en el interior del valle arbolado. Y, poco a poco, Barn había ido reduciendo la marcha hasta llegar a ir caminando… para alivio de los dos sufridos duendes.
Tanto Barn como Lehmin y Lalia iban mirando a su alrededor a medida que avanzaban al paso. Ya habían llegado al punto que Taido había señalado en el mapa; pero ahora ya no sabían adonde dirigirse exactamente…
De pronto, unos ruidos provenientes de más adelante los alertó… pero no les daría tiempo a ocultarse tras los árboles… Instintivamente, Lehmin y Lalia se llevaron las manos a sus armas; y Barn apretó los dientes y preparó las garras dispuesto a defender a sus pasajeros…
-¡Como te lo digo, tío! ¡Menuda movida!- Exclamó una voz con evidente tono “pasota”.
Del recodo de más adelante, llegando por la derecha, apareció un grupo de individuos de baja estatura que iba riendo a carcajadas y hablando a gritos en tono burlón…
Lehmin y Lalia parpadearon varias veces como para asegurarse de lo que estaban viendo: la “panda” de cinco individuos eran… ¡Figuras de pan de jengibre!
-¡Eh, tíos! ¡Mirad ahí!- Dijo uno de ellos señalando con su mano sin dedos hacia donde se encontraban los duendes y Barn.
-¿Quiénes son esos?- Preguntó otro con cierto deje amenazante…
-¡Eh, vosotros! ¡¿Qué hacéis por aquí?!- Preguntó el que iba en cabeza y que parecía el líder (cuyo único rasgo distintivo de los demás era precisamente el hecho de ir delante…)
Lehmin y Lalia no dijeron nada; permanecían en tensión, al igual que Barn…
-¡Tío, mira!- Dijo uno que aún no había hablado, con repentina preocupación, dándole con el codo al que tenía al lado y señalando hacia el oso, que gruñía…
Lentamente, y en silencio, la panda pasó al lado del grupo sin quitarles la vista de encima, con unos ojos amenazadores, en un momento de alta tensión… El tiempo parecía no pasar mientras los duendes “vigilaban” con la mirada al grupo hostil… Finalmente, y para su fastidio, la panda de figuras de jengibre pasó de largo sin decir una palabra. Al ver a Barn sabían lo que les convenía…
Cuando aquellos cinco se hubieron perdido de vista, Lehmin y Lalia se relajaron y soltaron las armas, aún ocultas; Barn también se tranquilizó. Entonces volvieron a oír risotadas desde lo lejos…
-Mejor vayámonos de aquí…- Propuso Lehmin.
Lalia asintió, totalmente de acuerdo.
Barn reemprendió el paso y continuaron adelante por el ancho camino nevado rodeado de abetos situados en terreno ligeramente más elevado.
Pasaron varias horas. Lo que había a su alrededor apenas variaba por mucho que continuaran avanzando. No veían apenas el cielo cubierto por la espesura de los árboles, que se inclinaban formando un techo verde oscuro. Pero había algo que sí notaban, aunque ni Lehmin ni Lalia lo habían comentado: a medida que seguían adelante, una sensación de pesadumbre y de tristeza les embargaba cada vez más profundamente, provocando que oscuros pensamientos amenazaran con hacerse más presentes y fuertes… Era como una pesadez en el alma que cada vez se hacía más insoportable… También les parecía que aquel lugar cada vez era más oscuro y desolador…
En un momento determinado, Lalia levantó la mirada, ahora apagada, y miró a Lehmin... permaneciendo así durante unos instantes…
-Lehmin…- Dijo al fin.
El duende pareció despejarse levemente de aquella triste somnolencia…
-¿Sí…?
La duende se quedó en silencio un momento.
-Nada… No es nada…- Decidió finalmente…
Lehmin volvió a mirar al frente, bajando la mirada, sin dar más importancia a aquello… Porque seguramente no era nada importante…
Incluso Barn se veía afectado por aquel ambiente pesumbroso por el que avanzaban… Y, por lo tanto, iba más lento, y más lento…
Desde detrás de un árbol, una figura alta y ligeramente encorvada, observaba a los dos duendes montados sobre el oso polar, avanzando cada vez más lentamente… Mientras no les quitaba la vista de encima, una maligna sonrisa se perfilaba en su rostro pérfido y anguloso, acompañado de una desagradable risita que no podía contener…
Ambos duendes, y Barn, estaban a punto de desfallecer de lo desanimados que estaban ya… Casi habían olvidado qué hacían allí… Y, hasta tal punto había llegado su extraño pesar, que prácticamente ya ni les importaba…
Entonces, como un misil, algo impactó en el suelo con estruendo justo al lado de Barn, haciendo que el gran oso polar cayese a un lado entre una ola de nieve… Ambos duendes se soltaron y cayeron al suelo, sin saber qué estaba ocurriendo…
Cuando hubo pasado mínimamente la confusión, Lehmin, Lalia y Barn dirigieron las miradas hacia el lugar donde se había producido el impacto: allí, erguido, alto, delgado y encorvado, se encontraba un ser de color verde, con ojos saltones y una sonrisa maléfica… Y había algo que a los duendes les llamó mucho la atención; iba vestido de forma similar a Santha Klaus, incluso con el gorro… pero de forma más grotesca… y su ropa era vieja y sucia…
-Ji, ji, ji, ji… ¿Qué es lo que tenemos aquí? Ji, ji, ji, ji…- Los duendes se estremecían al oír aquella inquietante sonrisita…
Lehmin se incorporó y se sacudió la nieve.
-¡¿Quién eres?!- Exclamó, amenazante, el duende a aquel extraño individuo que estaba seguro haber visto antes…
Lalia aún permanecía en el suelo, asustada; Barn no dejaba de mirar al siniestro recién llegado, enseñando los dientes y gruñendo…
-Estáis en mis dominios. Mi nombre es Girinch y todo el mundo me conoce por aquí… ¡Por eso ya no hay nadie por aquí, jua, jua, jua, jua…!- Aquel tipo se desternillaba inquietando más a Lehmin y asustando más a Lalia…
Entonces, cuando Girinch se hubo controlado un poco, se fijó mejor en los dos duendes…
-Un momento… Claaaro- dijo, chocando un puño en la palma de la otra mano- ¡Vosotros sois dos de aquellos duendes que trabajan con Santha Klaus!- Cayó en la cuenta…
Lehmin y Lalia no dijeron nada… Girinch entonces prosiguió.
-Pero, ¿Qué puede traer a dos de aquellos afanosos duendes hasta mis tierras?- Hablaba en tono burlón- Sois los primeros que las pisáis… Bueno, a excepción de aquel estúpido que se me escapó por poco…- Al decir esto, durante un instante, dejó de sonreír…
Lehmin y Lalia estaban seguros de que aquel tipo se refería a Taido…
-¡Sabes perfectamente lo que hemos venido a hacer aquí!- Se enfrentó Lehmin- ¡Tú te llevaste algo que no te pertenece!
Al principio, Girinch no tenía ni idea de lo que aquel duende “gallito” le estaba hablando… pero no tardó en recordar.
-¡Ah, claro que sí! ¡Las tuercas! Pero en una cosa te equivocas: son mías. Estoy buscando un sitio en mi casa para colocarlas…- Se burlaba haciendo gestos de “decorador”…
Lehmin apretó los dientes de rabia. Lalia se incorporó, más enfadada que asustada. Girinch observó a ambos duendes y volvió a sonreír con aquella intranquilizadora sonrisa…
-Vaya, vaya… Así que os envía el bueno de Santha para que le hagáis el trabajo sucio… Muy bien… pues… ¿Qué haréis ahora?- Cuestionó con marcado acento de burla…
La verdad es que ahora, Lehmin no sabía qué decir. Se dio cuenta entonces de algo que le había pasado desapercibido hasta aquel momento: se escuchaba el rumor, no muy lejano, de agua correr…
Lalia buscaba con la mirada las mochilas… Habían quedado semienterradas en la nieve después del vuelco… Y es que era evidente que de este ser no se harían amigos como con Zaros…
-¡Muy bien!- Exclamó súbitamente Girinch poniéndose en posición de pasar al ataque…- ¡Si habéis venido a buscar pelea, eso es lo que tendréis! ¡A ver cuánto duráis, jua, jua, jua, jua, jua!
Lehmin apretó los puños; Barn se dispuso a atacar; Lalia fue corriendo a donde se encontraban las mochilas y extrajo a toda velocidad la espada de Lehmin…
-¡Ten!- Exclamó la duende al tiempo que se la lanzaba a un sorprendido Lehmin, que reaccionó de inmediato y agarró la espada al vuelo.
Mientras tanto, Lalia extrajo su arco y las flechas y comenzó a prepararse apresuradamente…
-¡Vaya, vaya! ¡Qué bien preparados os veo…!- El tono de burla comenzaba a mutarse en enfado…
-¡Uaaaah!- Exclamó Lehmin lanzándose al ataque.
Pero Girinch lo esperaba bastante tranquilo. Lehmin lanzó un tajo horizontal hacia la cara de su enemigo… pero este solo tuvo que agarrar el brazo del duende por la muñeca, con aparente facilidad y para rabia de su pequeño atacante…
-Vaya decepción… Creía que me divertiría más con vosotros que con aquel del pelo azul…- Se mofaba poniendo cara de “pena”…
Entonces, Girinch se percató de que Lalia le estaba apuntando con el arco… Durante un instante, sintió un ligero sobresalto…
-¡Suéltale!- Le advirtió la duende sin dejar de apuntar…
Girinch, con inicial cara de casi preocupación, volvió a sonreír… A Lalia aquello le dio mucha rabia… y disparó.
La flecha, que iba hacia su pecho, no llegó a su destino, ya que aquel monstruo la agarró al vuelo, como si fuera algo de lo más fácil… Lalia no se lo podía creer… Entonces, Girinch le dedicó una horrible sonrisa y se giró arrastrando a Lehmin por la muñeca… Lalia, presa de la desesperación, y pensando que no serviría de nada lanzarle más flechas a aquel ser, lanzó el arco a un lado y salió corriendo para liberar a Lehmin…
-¡Suéltale! ¡Suéltale…!- Exclamaba muy enfadada mientras golpeaba a Girinch en la espalda con todas sus fuerzas, haciéndose daño en las manos…
Pero Girinch no se detenía, llevando al duende hacia los árboles fuera del camino, haciendo caso omiso de los estériles intentos de Lalia por liberar a su compañero…
-¡Lalia, para! ¡Vete de aquí!- Le decía Lehmin…
Pero Lalia no estaba dispuesta a detenerse.
-¡Suéltale ya!- La duende no podía contener las lágrimas de rabia… tenía las manos más que doloridas…
Girinch atravesó la línea de árboles y llegaron a lo que parecía un saliente… Entonces Lehmin supo de donde venía aquel rumor que ahora se escuchaba claramente. Allí abajo, a no mucha distancia, corría un río de aguas bravas. Entonces Girinch elevó a Lehmin del brazo del que lo tenía agarrado y lo dejó suspendido en el aire.
-¡Nooo!- Lalia ya no tenía más fuerzas…
Girinch se giró y agarró a la exhausta duende por un brazo, a la altura de la muñeca al igual que Lehmin, e hizo lo propio dejándola sobre el vacío…
-Lalia… Te dije que huyeras…- Le “recriminaba” Lehmin, sin fuerzas y sin sentir el brazo, que Girinch le apretaba mientras no dejaba de sonreír ante los dos duendes que tenía agarrados con ambas manos…
Entonces la duende reaccionó.
-¡Cállate!- Exclamó para sorpresa de Lehmin y Girinch, lanzando una patada con todas sus fuerzas al codo de este último…
El inesperado golpe le dio en tal punto, que Girinch gritó de dolor, soltando a ambos duendes, que pudieron agarrarse a duras penas del resbaladizo saliente… Girinch se había llevado una mano al dolorido codo…
-¡Ay, ay, ay! ¡Malditos duendes! ¡Siempre acabáis haciéndome enfadar!- Bramaba terriblemente…
Entonces, cuando se hubo recuperado, se agachó ante aquellos indefensos duendes que apenas podían sujetarse…
-Os hablaré del río que tenéis ahí abajo… Se lo conoce como “El Río del Pesar”… Por que cuando alguien cae, se congela de inmediato y queda sumido en una tristeza perpetua… Pero bueno… ¡Ahora lo comprobaréis vosotros mismos!- Gritó furioso con un aterradora sonrisa levantando una garra en el aire… Ambos duendes cerraron los ojos con fuerza ante el inminente final…
Entonces, algo llamó la atención de Girinch, que se dio la vuelta de inmediato al escuchar el sonido de algo que se aproximaba a donde se encontraba… Y se encontró con la imponente figura de Barn, el oso polar, que levantó las patas delanteras y lo empujó con un rugido que resonó en la distancia… El impresionado Girinch “voló” por encima de las cabezas de los dos duendes hasta caer al río… Rápidamente, Barn se aproximó a Lehmin y Lalia, que no habían visto lo que había pasado, y que habían abierto de pronto los ojos al oír algo caer al agua, y se agarraron de inmediato a las patas delanteras del oso polar. Este tiró hacia atrás y ambos duendes descansaron en “tierra firme”. Preguntándose qué habría pasado con Girinch se asomaron para ver más abajo… Y allí, encallado, lo vieron dentro de una prisión de hielo a medida, dándoles la impresión que los miraba con una furia infinita… Hasta que la fuerza del agua hizo que se incorporara a la corriente, perdiéndose de vista finalmente…
Se tomaron un tiempo para recuperarse. Entonces Lehmin se dio cuenta de algo.
-¿Y ahora cómo encontraremos las tuercas?- Preguntó, desalentándose…
Lalia observó como Barn se dirigía hasta un árbol lejano y les llamaba la atención con leves rugidos… Ambos duendes miraron hacia allí y vieron un saco junto a un tronco. Lehmin y Lalia se miraron y se levantaron de inmediato como si se hubieran leído la mente mutuamente… Se acercaron al saco y lo abrieron juntos…
-¡Aquí están!- Exclamó Lehmin al ver las cinco tuercas robadas.
-Parece que iba a esconderlas en alguna parte…- Dedujo Lalia, con lo que ambos duendes fueron conscientes de lo cerca que habían estado de fracasar en la misión…
Lalia se acercó a Barn.
-Muchas gracias Barn- le dijo con ternura.
-Muchas gracias, Barn- Le dijo Lehmin con todo el énfasis que pudo.
Barn pareció sentirse abrumado y agitaba la cabeza.
Lehmin y Lalia rieron, dándose cuenta de que toda aquella tristeza y pesar habían desaparecido totalmente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario