La Misión de Lehmin
El muñeco de nieve.
Había transcurrido media jornada desde que Lehmin, Taido y Lalia emprendieran la marcha desde el castillo de Santha Klaus. El cielo había permanecido despejado desde ese momento y el sol y la ausencia de viento ayudaban a soportar el frío.
-Oye, Taido…- Le comenzó a preguntar Lehmin.
Taido, que iba en cabeza, sin dejar de caminar, se giró hacia el duende, que lo miraba con curiosidad.
-¿Qué pasa?
Lalia, que hasta ese momento había permanecido distraída mirando por donde pisaba, puso su atención en la conversación.
-Santha dijo que tú habías sido guía de viajeros antes de unirte a nosotros…
Taido siguió mirando al frente.
-Sí. Hace mucho tiempo de eso- dijo escuetamente.
Los pájaros trinando eran el único sonido que les acompañaron durante unos segundos, uniéndose al de sus pasos en la nieve.
-Por eso tienes espada…- Insistió Lehmin.
Taido, que en un principio no tenía ninguna intención de hablar sobre ello, se dio cuenta de que cuanto antes lo contara mejor.
-Exacto. Un guía necesita un arma para enfrentarse a los innumerables peligros del reino… Por eso un día decidí que quería una vida más tranquila y fui a ver a Santha Klaus- concluyó el duende, dejando claro que no iba a decir nada más.
Lehmin guardó silencio, dándose por satisfecho.
-¿Y cómo sabes a dónde tenemos que ir?- Preguntó inesperadamente Lalia.
Lehmin la miró de soslayo, pensando en que él también se hacía la misma pregunta. Taido se la esperaba.
-Aunque iban encapuchados, sé quienes eran los que vinieron a robar las piezas de la maquinaria al castillo.
Lehmin y Lalia se quedaron de piedra. Taido prosiguió.
-Como guía, era mi trabajo saber estas cosas. Antes de marchar, además, hablé con Santha para obtener más información que ni siquiera yo conocía… Sospechamos que cada uno de los cuatro que acompañaban al tipo de la espada ha regresado a su guarida para proteger la pieza que custodia… Y yo sé donde deben de estar cada uno de ellos.
Justo cuando Lehmin abría la boca con la intención de lanzarle montones de preguntas, Taido se detuvo bruscamente y les hizo detenerse con una mano… Lehmin y Lalia casi chocaron al pararse de golpe…
-¿Qué ocurre?- preguntó la duende con preocupación al ver a Taido intentar escuchar en la lejanía…
-¡Algo se acerca! ¡Rápido, ocultémonos tras esos árboles!- Les urgió el duende guía a los otros dos señalando unos abetos cercanos de los innumerables que rodeaban el camino…
Todos fueron a ocultarse, agachándose y permaneciendo en tenso silencio, mirando hacia el camino que acababan de abandonar…
Al principio, Lehmin y Lalia no oían nada… Pero, al cabo de unos segundos, podían escuchar claramente el sonido de un animal acercarse… El sonido de un gran animal… Taido permanecía expectante con una expresión de gravedad…
Entonces, Lehmin y Lalia abrieron mucho los ojos y la boca al verlo aparecer. Incluso Taido se quedó boquiabierto. Era un lobo, un gran lobo. Se había plantado en medio del camino, justo donde los tres duendes habían estado unos momentos atrás y miraba en todas direcciones… Y ante la alarma de Taido (que obviamente se lo temía), el enorme lobo olfateó las pisadas que aún estaban frescas en el blanco suelo… Entonces levantó la mirada hacia donde se encontraban ocultos.
-¡Oh, no!- Exclamó Taido en un susurro, al tiempo que Lalia cerraba fuerte los ojos apoyando su cabeza en la espalda de Lehmin, que no sabía qué hacer…
El lobo, que seguía mirando con su imponente cabeza hacia donde estaban, comenzó a avanzar hacia ellos. Lehmin se dio cuenta de que el gran animal llevaba algo en la boca: parecía una bolsa alargada cosida…
El enorme lobo, cuando le faltaban unos pasos para llegar a su ya evidente escondite, se detuvo y dejó caer la bolsa en la nieve. Entonces, Taido se fijó mejor y abrió mucho los ojos.
-¡Esperad! ¡Es Worof!- Exclamó el duende con alivio.
-¿Quién?-Preguntó Lehmin, aún con reservas…
Lalia comenzó a abrir los ojos y quedó impactada al ver lo cerca que estaba aquel impresionante animal. Entonces los tres se impresionaron cuando el lobo abrió la boca.
-¿Vais a quedaros todo el día ahí escondidos?- preguntó para sorpresa de todos.
Lehmin y Lalia intercambiaron miradas de asombro.
-¿Tú sabías que hablaba?- le preguntó Lehmin a Taido…
Este solo negó lentamente con la cabeza en respuesta, sin dejar de mirar al lobo…
-Me envía Santha Klaus- insistió Worof con un leve tono de resignación al ver que aquellos tres duendes no salían…
Entonces, para sorpresa de Lehmin y Taido, Lalia, decidida, salió del escondite y se encaminó hacia el lobo; Lehmin iba a protestar, quedando con la boca abierta mientras la seguía con la mirada… Entonces decidió seguirla. Taido, al ver que aquellos dos ya no temían por su seguridad, decidió salir también; aunque sabía que Worof era un aliado, no le hacían mucha gracia los lobos…
-Vaya, ya era hora- exclamó Worof con ironía- Os he traído esto de parte de Santha. Lo necesitaréis- dijo señalando con la pata la bolsa que permanecía en el suelo parcialmente cubierta de nieve.
Lalia se acercó y la levantó. Ante la atenta mirada de Lehmin, la abrió y pudieron ver lo que había en el interior: un arco y un carcaj con flechas, y una espada con su funda.
-Santha me dijo que sabríais a quién pertenece cada una de estas armas cuando las tuvieseis delante- explicó el lobo, mientras Taido observaba la escena.
Lalia, desde el primer momento, se había quedado prendada del arco plateado. Lehmin no podía dejar de mirar la empuñadura de la espada. Sin hablar, se las repartieron entre los dos. Entonces miraron al lobo, que tenía una expresión de satisfacción.
-Muy bien. Yo ya he cumplido mi cometido. Buena suerte- dijo Worof antes de partir corriendo por donde había venido.
-¡Gracias!- Gritaron Lehmin y Lalia al unísono, no muy seguros de haber sido oídos por el lobo, que ya estaba bastante lejos…
Taido se quedó mirando por donde ya había desaparecido Worof y luego desvió la mirada hacia aquellos dos que contemplaban entusiasmados sus nuevas “adquisiciones”.
-¿Estás seguro de lo que haces, Santha…?- Murmuró el duende.
Continuaron avanzando todo el día, tan solo deteniéndose a comer de las provisiones que llevaban en las mochilas. En aquellos momentos, caminaban por un tramo en el cual cada vez había menos árboles a su alrededor, aproximándose a una llanura helada… Pero en los abetos que había, podían distinguirse claramente luciérnagas de luces de colores que permanecían posadas sobre las ramas, iluminándolos en la incipiente noche…
-Oooh…- No pudo evitar decir Lalia ante aquel espectáculo… Luces azules, rojas, verdes, amarillas… se reflejaban en sus maravillados ojos…
También Taido y Lehmin las contemplaban a medida que proseguían adelante… Las luciérnagas les acompañaron durante largo trecho…
-Por cierto… Quería preguntaros algo- Cayó de repente en la cuenta Taido.
Lehmin y Lalia se extrañaron y prestaron atención al duende, el cual hizo la pregunta al ver que ya tenía su atención.
-¿Acaso sabéis manejar esas armas?- Preguntó imaginándose la respuesta…
Ambos duendes interpelados observaron las armas que les había traído Worof por requerimiento de Santha Klaus.
-La verdad es que nunca había usado una…- Confesó Lehmin ante la confirmación de Taido.
-Yo sí que he manejado un arco- dijo Lalia de pronto.
Los otros dos duendes se detuvieron quedando muy sorprendidos. El viento soplaba con más fuerza y hacía más frío a medida que la noche comenzaba a cerrarse…
-¿Que tú qué?- Preguntó Lehmin incrédulo.
Lalia frunció el ceño.
-¡¿Qué pasa?!- Exclamó la duende, ofendida- ¡¿Por qué no puedo saber manejarlo?!
Lehmin retrocedió intentando calmarla con un gesto de las manos…
-¿Y cuándo aprendiste?- Preguntó Taido, ayudando a que la situación se relajara.
Lalia se quedó mirando a Taido, ignorando deliberadamente a aquel tonto de Lehmin…
-Estuve preparándome para las pruebas para formar parte de las fuerzas de seguridad del castillo… Pero al final no llegué a hacerlas…- Hablaba con creciente pesadumbre.
-¿Por qué?- Se interesó Taido.
Lalia miró furtivamente a Lehmin, que parecía ajeno a aquella conversación. Entonces Taido creyó comprender y, al ver que la duende no contestaba habiéndose quedado pensativa, no insistió.
Entonces Lehmin creyó ver algo más adelante.
-¿Qué es aquello?- Dijo señalando.
Lalia y Taido dirigieron la mirada hacia donde señalaba el duende. Se alcanzaba a ver una vieja y destartalada cabaña aún a cierta distancia.
-Ya estamos llegando- Dijo Taido.
Aquella cabaña estaba todavía en peor estado de lo que se adivinaba en la distancia. Estaba levantada en medio de la llanura de nieve; ya no había árboles alrededor. La luna había aparecido hacía rato en la oscuridad nocturna.
-¿Quién vive en esa cabaña?- Preguntó Lehmin creyendo saber aproximadamente la respuesta…
Avanzaban con cautela.
-Aquí vive Furost, el muñeco de nieve- reveló Taido a los dos duendes- Es uno de los que robaron las piezas.
Al principio Lehmin y Lalia se quedaron callados, asimilando con cierto temor la revelación que les había hecho Taido…
-¿Y dónde está? No parece que en esa cabaña haya nadie…- Observó Lalia.
Taido no contestó. Ya llegaban a la defectuosa construcción.
-A lo mejor tenemos suerte…- Dijo Taido, casi más para si mismo, cuando se plantaron ante la puerta…
La carcomida puerta de madera se abrió con un chirrido que escandalizó a Lehmin y Lalia; y en parte a Taido, que no sabía exactamente qué esperar… Se introdujeron en el interior y miraron a su alrededor: una estancia absolutamente vacía. Entonces Taido se fijó mejor.
-¿Mm?- El duende aguzó la vista en aquel espacio oscuro…
Observó dos elementos que no había distinguido antes al tener que acostumbrársele los ojos a la oscuridad: en un rincón de la única estancia de la que se componía aquella cabaña mal hecha, había un sombrero de copa y una bufanda. Taido comenzó a mirar preocupado hacia todas direcciones…
-¿Qué pasa?- Le preguntó Lalia al darse cuenta de la preocupación del duende…
Lehmin observó a Taido, esperando impaciente la respuesta…
-Debemos salir de aquí inmediatamente. Está cerca- sentenció.
Lalia y Lehmin mostraron una expresión de alarma miraron a todos lados por si encontraban escondido, acechando, a aquel muñeco de nieve…
Una vez fuera, ninguno de los tres dejaba de mirar a los alrededores… Pero parecía que allí no había nadie.
-Quizá haya ido a dar una vuelta…- Comentó Lehmin, no muy convencido…
Taido escrutaba con expresión muy seria en la creciente ventisca que comenzaba a levantarse en la oscuridad; estaban en medio de la llanura, habiéndose alejado de la cabaña.
-Nunca se van muy lejos sin su sombrero y su bufanda… Los muñecos de nieve son así…- Explicó sin dejar se intentar penetrar con su vista en la ventisca.
“¡La ventisca!”, Taido cayó demasiado tarde en la cuenta de lo que estaba pasando.
Súbitamente, todo el viento de los alrededores, transportando infinidad de copos de nieve, se arremolinó justo detrás del duende, que ya sabía lo que iba a ocurrir a continuación… Ante el sobrecogimiento de Lehmin y Lalia, una figura comenzó a formarse a espaldas de Taido: un muñeco de nieve. Aquellos se llevaron las manos a sus armas recién adquiridas mientras veían con estupor la cara con aquella sonrisa maliciosa del muñeco de nieve casi formado del todo… Aparecía con los brazos extendidos a ambos lados del cuerpo con los codos flexionados y las manos en garras…
-¡Maldita sea!- Exclamó Taido al comprobar que no podía moverse ni casi girarse: estaba atrapado en aquella ventisca que no había terminado de formar el cuerpo del muñeco de nieve- ¡Aaaaaargh!
Lehmin y Lalia contemplaron con horror como el muñeco de nieve maligno agarraba los brazos de Taido con sus garras y lo levantaba, introduciéndole en un remolino que giraba con mucha fuerza… Si aquello seguía así…
Entonces, ante la sorpresa de Forost, una flecha voló… clavándosele en un ojo.
-¡¡Uaaaaaaaah!! ¡¡¿Qué es esto?!!- Exclamaba con inmenso dolor aquel muñeco de nieve con la flecha clavada…
Lalia permanecía de pie, aún apuntando… y temblando…
El remolino en el que había estado atrapado Taido, al quedar fuera de control, hizo que el duende saliera despedido.
-¡¡¡Ahora verás!!!- Gritaba amenazante Forost a la duende, que no era capaz de moverse…
Entonces, Lehmin apareció saltando de un lado y le cortó la nariz naranja y puntiaguda de un tajo con su espada ligeramente curvada.
-¡¡¡Uuuuuuuuh!!!- Exclamaba el muñeco de nieve de dolor y rabia…
Lehmin estaba preparado para continuar… Forost bajó la mirada de su único ojo y se dispuso a destrozar a aquel maldito duende con sus garras formadas por afiladas ramas…
Y entonces una espada cercenó la cabeza de Forost, el muñeco de nieve desde atrás. La cabeza, con expresión de pasmo, salió volando hasta estrellarse en el suelo… Detrás del cuerpo, separado de su cabeza, del muñeco de nieve, estaba Taido empuñando su espada, manteniéndose en pie con sus últimas fuerzas…
-¡Taido!- Exclamó Lehmin al ver que el duende se desvanecía.
Lalia observaba como el viento se llevaba poco a poco el cuerpo inerte del muñeco de nieve… Entonces se acercó a Lehmin y Taido. Este estaba tendido de espaldas, luchando por permanecer consciente…
-Lo hemos conseguido…- Dijo sonriendo con esfuerzo mirando hacia donde antes estaba el cuerpo de Forost, señalando algo a Lehmin y Lalia. Ambos se giraron y la vieron: una rueda semienterrada en la nieve.
Habían recuperado una de las piezas robadas.
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