viernes, 21 de julio de 2023

Everard, el Vampiro Proscrito

 Everard, el Vampiro Proscrito

 

Año 1842.

Londres, Inglaterra.

 

La inmensa luna llena iluminaba la niebla que circulaba por las calles de Whitechapel aquella lúgubre noche de otoño. Unos pasos rápidos comenzaron a resonar por las calles vacías, que comenzaban a desaparecer bajo el manto blanco y espeso. Un jadeo inexistente acompañaba aquel sonido producido por unas botas que parecían querer alejarse a toda velocidad de algo o de alguien… poco a poco, una figura masculina comenzaba a formarse a través de la masa fría y ondulante…

-“Mierda…”- Blasfemaba interiormente lo que parecía un joven de unos diecisiete años de edad.

De pelo negro con brillos plateados, y ojos del mismo color grisáceo, el joven de estatura y constitución media portaba ropajes humildes que parecían no corresponder a su talla; como si los hubiera cogido y hubiese salido corriendo…

-¡Detente! ¡Detente, maldito ladrón!- Vociferaba un policía bastante más alto que él que le iba pisando los talones…

El joven se disponía a acelerar el ritmo. Pero ya se estaba cansando de huir…

El policía iba acortando distancias. Aparentemente lo atraparía sin remedio en cualquier momento…

-¡Ahora te enseñaré lo que les hago a los ladronzuelos como tú! ¡No volverás a robarle nada a nadie en tu miserable vida!- Alzó aún más la voz el encolerizado policía…

Aquellas últimas palabras atravesaron la mente del joven como un rayo. Se detuvo en seco.

El policía, sorprendido, también se detuvo, convencido de que aquel deshecho de la sociedad se había rendido al fin. Ahora lo tenía en sus manos…

-Bueno, bueno, bueno…- Avanzaba el hombre, recreándose en sus palabras, mientras golpeaba una larga y amenazadora porra contra una mano enorme.

Comenzaba a dibujarse su rostro de forma clara, iluminándosele con la luz de la farola bajo la que se encontraba, totalmente detenido, el muchacho que había estado corriendo hacía tan solo unos instantes atrás, y que ahora daba la impresión de estar resignado a su suerte… Un frondoso bigote rubio potenciaba el fuego en la mirada de ojos azules de aquel tipo corpulento que se aproximaba, lenta e inexorablemente, a la figura indefensa que se erguía en medio de la calle…

-De hecho… te diré más- el policía administraba sus palabras… Entonces su expresión se tornó severa.- Nunca más volverás a utilizar las manos- sentenció, al tiempo que elevaba la porra hacia el cielo…

En ese instante, la luna llena, contra la que estaba recortada el arma que el hombre estaba a punto de utilizar, se pudo ver con claridad sobre sus cabezas. La niebla pareció apartarse de forma súbita de ambas figuras que permanecían aún en la misma posición… Los ojos de aquel individuo empezaron a ser los de un maníaco… El joven permanecía totalmente estático, con el rostro oculto en sombras, a pesar del peligro que se cernía sobre el mismo…

Pero sabía perfectamente lo que estaba pasando. Un segundo antes, la luz de la farola ya se había apagado, de forma inexplicable. El cuerpo del policía impactó con brutalidad contra el poste, escuchándose de forma contundente el quebramiento de los huesos. Y un último sonido gutural que se apagó apenas hubo empezado a surgir…

El cuerpo cayó pesadamente y el joven apareció de espaldas, como si no hubiera intervenido en aquella violenta escena. La luz de la luna tan solo logró iluminar una parte del rostro de aquel muchacho, que permanecía impertérrito… Lo que sin duda era un colmillo, refulgía bajo la intensa luz. Entonces, el joven se dio la vuelta, mirando fijamente el cuerpo inerte de aquel policía.

-Yo no le he robado nada a nadie. Aquel chico ya estaba muerto…- Le habló, indignado, a pesar de que sabía que no le podía oír.

Le pareció escuchar un ruido. Sabía que aquel maldito policía era la menor de sus preocupaciones. Debía moverse y pronto. Emprendió de nuevo la carrera internándose en la niebla y la oscuridad…

 

 

Una joven muy atractiva de rostro pálido se acercaba una copa de un líquido rojizo a sus carnosos labios, más rojos todavía. Se diría que tenía diecisiete años; tenía el pelo ni muy corto ni muy largo, liso y rojo (como sus enormes ojos), y vestía con un vestido corto y ajustado de color negro, con largas botas que le cubrían más allá de las rodillas. Al abrir su delicada boca podían verse sendos colmillos puntiagudos, amenazadores en contraste, aunque pasaron desapercibidos en aquella taberna mal iluminada… Ninguno de los hombres ebrios que había a su alrededor reparó en el “secreto” de la jovencita delgada -y, sin embargo, de formas voluptuosas- que se encontraba sentada sobre un alto taburete frente a la barra del “Lonely Drunk Man”, un local semioculto en la parte antigua de la ciudad. Era el lugar donde solían reunirse los que eran como ella. Y precisamente se encontraba esperando a alguien… alguien que se retrasaba…

De forma súbita se escuchó la puerta abrirse de forma destartalada, seguido de unos pasos decididos que se dirigían derechos hacia donde se encontraba…

-Ah, aquí estás…- Afirmó una voz masculina que acompañaba dichos pasos al llegar a su lado.

La joven abrió los ojos al escuchar aquella voz, todavía con los labios pegados a la copa que ya solo contenía un cuarto de su contenido…

-Llegas tarde. He tenido que pedir esto para matar el tiempo. Y el hambre…- Aseguró, con un ligero desdén, dejando la copa de vino caliente sobre la sucia superficie de la barra.

El joven que había llegado tendría la misma edad que ella. Su cabello rebelde era azul y su perenne mirada seria tenía el mismo color marino. Era de altura media, un poco más alto que la joven, y de constitución fuerte comparado con otros de su edad… Vestía de forma similar, con botas, pantalones casi ajustados y chaqueta de color negro, y una camisa a juego con sus ojos que llevaba por fuera. Ambos no parecían de su tiempo.

-Me he entretenido. Te pido disculpas. Aunque tenía un buen motivo para ello…- Afirmó, observando con disimulada fascinación los labios de la joven mientras esta esbozaba una leve sonrisa.

-¿Ah, sí? ¿Cuál es ese “motivo” del que me hablas?- Quiso saber, con un tono juguetón que no le pasó desapercibido al recién llegado…

Antes de que pudiera contestar, el tabernero, que hasta ese momento había permanecido oculto en las sombras, limpiando vasos con un trapo sucio, se acercó al ver que un nuevo cliente se encontraba en su establecimiento… Dudó unos segundos al contemplar el mismo tono pálido en la piel de ambos jóvenes.

-¿Qué vas a tomar?- Preguntó, con esfuerzo debido al cansancio y al sobrepeso, el hombre con ojeras, calvo y un bigote que lo asemejaba a una morsa, de mandil blanco con manchas evidentes…

El joven lo miró con desprecio, ignorando que hacía su trabajo y solo teniendo en cuenta que los había interrumpido.

-Nada, gracias- dijo, seco, indicándole con la mirada que dejara de importunarles.

El hombre se dio la vuelta lentamente, negando con la cabeza.

-“Malditos niñatos. ¿Quiénes se habrán creído estos mamarrachos? ¡Fíjate como visten!”- Pensaba mientras se alejaba a su rincón oscuro lleno de vasos sucios y por secar…

El joven volvió a dirigirse a la chica, que lo miraba divertida ante la escena que acababa de tener lugar. Aquel la ignoró y siguió con lo que le estaba diciendo.

-Esta noche, he visto como un policía mataba a golpes a un humano de corta edad. Debía tener la misma que aparentamos. Al parecer había participado en el robo a un banco hacía dos días…- Mientras hablaba, podían vislumbrarse claramente un par de colmillos que el joven no se molestaba en disimular.

La chica se sorprendió.

-¿Y? ¿Te has quedado a disfrutar del espectáculo? A mí también me gusta mirar…- Esto último lo dijo dirigiéndole una mirada -con una sonrisita- al joven que este no supo exactamente cómo interpretar.

-No es eso. Me da igual que los humanos se maten entre ellos. Pero vi algo. Fue muy rápido…  pero creo que le he visto.

La chica dejó de sonreír. Casi se puso tan seria como su “compañero”.

-¿Estás seguro? Eso querría decir que sigue en esta ciudad…- Dedujo.

El joven se quedó pensativo un instante.

-Estoy seguro. Esa velocidad es impropia de un humano. Salió corriendo tras cogerle la ropa al muchacho y el policía fue tras él… Pero los perdí en la niebla…

Al oír esto, la chica se ahorró el preguntarle por qué no había salido corriendo en su busca.

-Entonces estamos perdiendo el tiempo. Vamos a por él; es por lo que estamos aquí… Es nuestra misión- sentenció.

Su compañero asintió. Casi obedeció. La chica dejó una moneda sobre la barra, de forma tan sensual que el joven tuvo que reprimir aquellos pensamientos… La joven sonreía porque sabía perfectamente en qué estaba pensando.

Ambos desaparecieron del lugar ante la sobresaltada mirada del tabernero, que dejó el vaso que estaba secando para abalanzarse sobre la barra, comprobando con alivio que aquellos dos no se habían ido sin pagar…

 

El silencio reinante en la solitaria callejuela fue bruscamente interrumpido por los sonoros pasos del joven cuyos ropajes no eran los suyos. No había parado de correr, con la esperanza de no volver a toparse con ningún policía o similar que tratara de detenerlo en su huida… su huida a ninguna parte… De todos modos, no eran los agentes de la ley -humanos, al fin y al cabo- los que le preocupaban…

De pronto se detuvo en seco. No pudo evitar dejar la boca entreabierta por la sorpresa. Justo delante suyo se encontraba un niño, que no tendría más de seis años, mirándolo -sobre todo- con curiosidad.

Era de estatura y constitución media, para un niño de su edad. Su cabello era castaño, no muy largo, y sus ojos verdes claro. Iba bien vestido. Con ropas gris oscuro, camisa blanca limpia y zapatos negros como el pequeño cinturón que asomaba bajo su chaqueta de perfecta medida. No le quitaba la vista de encima, tan sorprendido como él mismo…

Entonces se dio cuenta de algo que le llamó poderosamente la atención: a pesar de su corta edad, aquel niño estaba observando detenidamente sus ropas recién “adquiridas”. Aunque pudiera parecer increíble, estaba seguro de que se había dado cuenta de que aquella chaqueta marrón enorme con remiendos y aquellos pantalones que parecían hechos con un saco de patatas no le pertenecían en absoluto…

De pronto, algo le despertó de su ensimismamiento. Notaba una sensación de peligro. Y se iba agudizando cada vez más… Alguien se acercaba y a toda prisa… Entonces se giró de nuevo al niño, que permanecía en la misma posición como si jugara a alguna clase de juego.

-Oye. Tú. ¿Qué haces aquí? Ir de noche por estas calles es peligroso…- Le dijo, en un poco creíble tono paternal…

El niño cerró lentamente la boca y adoptó una actitud extrañamente tranquila.

-No estoy solo. Mi padre ha entrado en esa casa- dijo, señalando directamente con el dedo la casa hacia la que se encontraba casi encarado, a pocos centímetros de la puerta de entrada…

El joven miró hacia la misma sin entender.

-Entonces, ¿qué haces aquí afuera?- Insistió…

Ahora la expresión del niño se tornó seria. Como si aquel desconocido no tuviera ni idea de las cosas que él sabía…

-Porque es menos peligroso fuera que dentro- afirmó, con pleno conocimiento de causa.

Ahora sí que tenía claro que aquel niño no era normal.

Iba a insistir de nuevo cuando la puerta se abrió de repente.

-Muchas gracias señor Naoum… No sé cómo puedo agradecerle todo lo que ha hecho…- Comenzó a decir un hombre mayor, casi llorando de emoción, a otro que iba en primer lugar, colocándose el sombrero.

El hombre, más joven, que también portaba una capa gris y botas de un tono más claro, era alto, esbelto, con unos profundos y bondadosos ojos oscuros, y un bigote negro como su cabello bien cortado, que le daba más distinción -si cabía- a su rostro amable.

-No se preocupe- le decía agitando tranquilamente la mano.- Recuerde que su hija ahora necesitará descanso y mucha atención. Pero ya está liberada- concluyó, tornándose serio el gesto, aunque nunca sin un asomo de severidad…

El hombre volvió a agradecerle otra vez, cerrando la puerta con cuidado cuando ya no podía contener el llanto… Entonces el hombre joven se fijó en el muchacho que el niño seguía mirando sin inmutarse.

-Arthur, ¿todo bien?- Le preguntó, aunque miraba al joven, que trataba de que no le asomara ninguno de sus colmillos…

Arthur se limitó a señalarlo, sin ninguna mala intención.

-Es un vampiro- aseguró, sin dudarlo, con la inocencia propia de su temprana edad…

El muchacho dio un respingo. Y otro cuando el señor Naoum le dirigió una firme mirada.

Durante unos instantes muy tensos, el joven no supo qué hacer. Aquel humano (porque lo era, estaba seguro) le imponía como ningún otro al que hubiera conocido antes. Y aquel niño… El hombre lo estuvo observando largos segundos, al igual que hubiera hecho su hijo pequeño unos instantes atrás… Finalmente, tras haberle escrutado atentamente, habló.

-Sí. No hay duda. Sin embargo eres muy joven…- Observó.- ¿Cómo te llamas, muchacho?

Este estaba desconcertado. Primero parecen adivinar con extraordinaria facilidad su naturaleza… ¡Y ahora quieren saber su nombre! Cualquier otro hubiera salido corriendo solo con verle…

-Everard- dijo al fin, rindiéndose al único ser, vivo o no, que le había tratado con amabilidad en su, todavía, no demasiado larga existencia…

El hombre advirtió cómo Everard se apercibía de la proximidad de lo que, sin duda, sería un peligro para todos los que se encontraban, en ese momento, en aquel lugar al abrigo de la niebla.

-Creo que tienes problemas, ¿me equivoco? Perdona que no me inmiscuya en vuestros asuntos, pero tengo que proteger a mi hijo…- Le dijo muy serio.

Everard, aún con la sorpresa dibujada en el rostro, miró de pronto al niño. Este, increíblemente, no parecía tener ningún miedo ante todo aquello… El joven vampiro se limitó a asentir, comprendiendo, y agradeciendo que no intentara retenerlo ni nada parecido.

-Debo irme- tan solo fue capaz de decir.

El señor Naoum también asintió levemente, con una sonrisa afable asomándole en los labios.

-Sigue por esta calle. Métete por la segunda a la derecha. Continúa y llegarás a una fábrica abandonada. Quizá puedas esconderte el tiempo que necesites…

Aún sin comprender por qué lo estaba haciendo, no pudo evitar sentirse agradecido ante la ayuda inesperada de aquel humano. Con un último intercambio de miradas pasó delante del hombre, que agachó ligeramente la cabeza como despedida, y se dispuso a reemprender la fuga, no sin antes cruzarse con los curiosos y serenos ojos de aquel niño que estaba seguro de que algún día se volvería a encontrar…

Y se marchó corriendo, bajo la atenta mirada del padre y el hijo.

Entonces el hombre pudo escuchar -y notar- cómo se acercaban dos presencias a toda velocidad…

-¡Vamos Arthur! ¡Al callejón!- Le instó, con urgencia, sin elevar demasiado la voz, y rodeándolo con su capa hasta un hueco de la calle, más adelante, en el lado izquierdo de la misma…

Permanecieron ocultos y en silencio, atentos. En un momento determinado, fueron capaces de ver dos sombras fugaces, un chico y una chica, sin duda de la misma edad del que acababan de ver. Pudieron verles las caras. El hombre permanecía alerta; y el niño ahora sí que aparecía ligeramente asustado… Era evidente que iban tras él.

Aún permanecieron un rato más ocultos, a pesar de que ya no quedaba ni rastro de ningún no muerto en la estrecha calle iluminada por la luna llena…

 

Siguiendo las indicaciones de aquel hombre, Everard acabó llegando a lo que, efectivamente, era una fábrica abandonada. No sabía decir si hacía mucho o poco que había cesado su actividad, pero estaba lo suficientemente deteriorada como para proporcionarle cobijo y poder ocultarse mientras permanecía allí durante un tiempo prudencial.

Entonces una apremiante sensación de alarma le recorrió de arriba abajo…

-¡No!- Exclamó en un susurro mientras miraba sobre sus hombros.

No podía verlos… pero estaban cerca… Finalmente habían dado con él.

Everard decidió que no se dejaría atrapar tan fácilmente y buscó apresuradamente un lugar donde ocultarse. Al menos el tiempo que pudiese… Aquel lugar estaba abarrotado de utensilios y maquinaria ya fuera de uso. Era increíble lo efímero que podía resultar todo lo que los humanos fabricaban… Sacudió la cabeza. No había tiempo de reflexiones; aquellos que lo perseguían desde hacía meses eran demasiado rápidos y aparecerían de un momento a otro… Más adelante, divisó lo que parecía un carro con una máquina extraña encima, vieja y oxidada. Se dirigió hacía allí velozmente y se ocultó debajo lo mejor que pudo, permaneciendo muy atento y en absoluto silencio…

Pero, como esperaba, no tardaron en aparecer. Edric y Medora. Con ambos había compartido numerosas aventuras. O al menos así llamaban ellos a las misiones que el propio padre de Everard les había encomendado en tantas ocasiones. Aunque todo cambió el día en que la misión consistió en arrebatar la vida de un humano. Se trataba de un ser miserable; pero él nunca había estado de acuerdo con el asesinato, ni siquiera a humanos. Era evidente que pertenecían a especies diferentes en este mundo… pero él siempre había pensado que la convivencia era posible. Aunque al parecer era el único de los suyos que pensaba de tal manera…

-¡Everard! ¡Da la cara de una vez!- Exclamó Edric.- No puedes esconderte siempre…

Los recién llegados avanzaron unos pasos, mirando atentamente en todas direcciones.

-Tu padre nos ha pedido que vayamos a buscarte. Está dispuesto a perdonarte si vuelves y cumples con tu deber…- En esta ocasión, fue Medora la que habló, tratando de convencerle.

Everard permanecía muy quieto, escuchando atentamente. Él sabía que ya jamás podría volver.

-Todavía no entiendo qué fue lo que te impidió cortarle la cabeza a aquel gordo explotador… Fue muy fácil, te lo aseguro.- Afirmó Edric, sin poder contener una sonrisa maliciosa al recordar cuánto había disfrutado atemorizando a aquel humano infeliz para finalmente acabar con su existencia…

Everard comenzó a escuchar como apartaban de mala manera los objetos que se iban encontrando a su paso. No estaban ya demasiado lejos…

-¿En serio te vas alimentando de las sobras, como si fueras un perro? Nos hemos topado con algún carnicero muy enfadado…- Medora no pudo contener una risita.- Deberías probar la sangre humana de una vez, Everard. No hay nada mejor. Yo puedo enseñarte lo que es bueno para ti…- Esto lo dijo con un tono que hizo que Edric se girase hacia ella, viendo esa lascivia que ya había podido contemplar en otras ocasiones en los ojos de la joven vampiresa…

A Everard no le pasó esto desapercibido. Pero sabía lo peligrosa que era ella. Probablemente más que su acompañante…

De pronto, comenzaron a escucharse voces que se aproximaban al interior de aquel lugar. Parecían dos muchachos de no más de doce años. Habían entrado, desconociendo completamente que no se encontraban solos…

-¡Cuidado con eso! No quiero saber nada si te haces daño- le advertía al otro el primero en aparecer tras la ruinosa maquinaria, delgado y rubicundo, mirando hacia atrás.

Entonces apareció el otro, más bajo y rechoncho, con el pelo castaño y rizado.

-¡Yo no soy tan torpe como tú!- Se defendió este.

Aunque tuvo que tragarse sus palabras al chocar con su amigo, el cual se había parado en seco ante él, permaneciendo de espaldas como si no hubiera notado nada…

-¡Ey! ¿¡Qué haces!?- Exclamó, bastante molesto.

Pero su amigo seguía quieto. Aunque le pareció notar que comenzaba a temblar de forma descontrolada… Dirigió la vista hacia lo que este parecía estar mirando y no pudo evitar abrir mucho los ojos…

Al fondo, aunque a no mucha distancia, se erguía una chica mayor que ellos, muy guapa… muy, muy guapa… Pero había algo en sus ojos… algo que no era de este mundo… El muchacho más bajito cogió del brazo al otro, casi espachurrándoselo…

-¡Vámonos! Aquí ya está ocupado…- Dijo, tratando de quitar importancia a aquel encuentro… como si dando media vuelta fuese lo mismo que no haber venido…

No tardó en comprender su error. Se dio cuenta de que su amigo no le hacía caso…

-¡Ey, venga! ¿¡Qué haces!?

No entendía qué le pasaba. Entonces se acercó más para mirarle la cara. Jamás había sentido tanto miedo en toda su vida… Abrió mucho la boca y los ojos, comenzando a sudar de forma descontrolada…

Su amigo tenía los ojos en blanco. Y la boca muy abierta, de una forma extraña; como hacia arriba y abajo… era como si algo lo estuviera aplastando desde los lados… No tardó en comprender que aquella chica extraña y fascinante tenía algo que ver en todo ello… Sobre todo cuando le vio los colmillos.

-¡Uaaah!- Emitió un alarido de pánico y salió corriendo de forma atropellada, chocando con todo lo que encontraba, abandonando a su amigo y pensando tan solo en salvar su propio pellejo…

El que se había quedado era consciente de todo lo que pasaba, pero el dolor (y el miedo) que sentía era tan terrible que dejó de preocuparse por su “amigo” antes incluso de que saliese huyendo. Medora sonrió.

-¡Everard! ¡Si no sales reventaré por dentro a este pobre incauto!- Amenazó.

Everard maldijo para sí. Sabía que Medora era capaz de eso y de más. Y, aunque también maldecía a aquellos dos por haberse colado en aquel sitio en ruinas en el peor de los momentos, no podía dejar que su antigua camarada pusiera fin a su incipiente vida…

Pero, apenas salió de su escondite, entendió demasiado tarde que no había sido lo suficientemente silencioso al maldecir… Se encontró ante él a Edric.

-¡Cuánto tiempo Everard!- Vociferó, impactando con la palma de la mano en el pecho desprotegido del joven vampiro, el cual salió despedido contra lo que había sido su refugio, destrozando el carro y su contenido en mil pedazos…

Medora desvió su atención hacia el lugar exacto donde había tenido lugar aquel estruendo. Ahora ya no necesitaba a aquel insecto…

-Lárgate- dijo, con desprecio, al pobre muchacho que caía desplomado al quedar liberado del aprisionamiento perpetrado por la vampiresa.

Este, al verse libre, se recompuso como pudo y, apresuradamente, salió poniendo pies en polvorosa hacia cualquier lugar lejos de allí.

Una vez quedaron solos los tres, Medora se dirigió sin demora hacia donde se encontraba Edric. De pie frente a una figura maltrecha en el suelo…

-¿Le has matado?- Preguntó de inmediato a Edric, tratando de que no sonara preocupada…

Este la miró. No era ignorante de los sentimientos que había mostrado albergar en el pasado por aquel que yacía ahora a sus pies…

-No. Tranquila. Nuestra misión es llevarlo vivo, ¿no? ¿Cargo con él o te encargas tú?- Su tono iba transformándose en algo parecido a la burla.

Medora lo miró con desagrado. Pero no pudo contestarle como se merecía…

Everard se incorporó de un salto, para sorpresa de ambos, y le propinó una patada con el empeine a  Edric, impactándole por debajo de la barbilla con tal fuerza, que lo levantó del suelo varios metros. Y al caer, le devolvió el golpe de antes, propinándole un brutal puñetazo en la cara, que lo envió a unas cajas que había más allá y que quedaron hechas añicos al impactar el desprevenido vampiro… Medora se quedó mirando a Everard, que se giró de inmediato, quedando ligeramente de espaldas, con el puño preparado y la mirada desafiante, asomando el colmillo de forma amenazadora…

Medora había quedado muy sorprendida. No recordaba que Everard fuera tan fuerte. Sin duda se había estado entrenando; preparándose quizá para un momento como aquel…

-Hola Everard. ¿Por qué no vuelves con nosotros?

Este terminó de darse la vuelta, relajándose momentáneamente pero, por supuesto, sin bajar la guardia…

-Yo ya no tengo nada que ver con vosotros. Podéis volver por donde habéis venido- dijo, mostrando claramente que no se alegraba en absoluto de verles allí y en ese momento. Ni siquiera a ella.

Esto no le gustó nada a la joven vampiresa. Su gesto era el que había antes del odio…

-¿Por qué insistes en engañarte a ti mismo?- Se escuchó la voz de Edric desde alguna parte desde donde no se lo podía ver.- Encontramos al policía…

Everard apretó los dientes. Aquel maldito policía…

-No era mi intención hacerlo…- Trató de excusarse, consciente de que no tenía excusa.

Edric siguió hablando.

-No puedes ir contra tu propia naturaleza. Nosotros estamos por encima de ellos. Ellos son nuestro alimento y nuestros esclavos. No seas estúpido…- Dijo, en un último intento por tratar de convencerle

Pero Everard no se dejaría convencer. Estaba seguro de sus propias convicciones y era inmune a aquellas palabras…

-No pienso seguir con esto. Lo que dices no es verdad. Podemos convivir como con las demás especies…- Aseguró, creyendo firmemente en lo que decía.

Pero aquello último que dijo enfureció a Edric como ninguna otra cosa que hubiera hecho o dicho antes.

-¡Eres un ignorante! ¡Habrá que enseñarte por las malas!- Exclamó casi desgañitándose.- ¡¡”Caída de la Noche”!!

Everard abrió mucho los ojos. Súbitamente, todo se había vuelto oscuridad. Solo podía ver a lo lejos a Edric, lo único “iluminado” en su campo de visión, con una luz blanca mortecina…

-“¡Una técnica de nivel dos! No sabía que Edric había llegado tan lejos…”- Se sorprendió el joven vampiro.

Entonces notó algo agitarse a su espalda. Era Medora, cuya tenue luz era roja como la sangre…

-¡Yo también quiero enseñarte algo! ¡”Danza de las Rosas Sangrientas”!- Exclamó, haciendo aparecer un remolino de rosas rojas a su alrededor…

Everard estaba incluso más sorprendido. Esa técnica era de nivel tres… Consistía en transformar la sangre coagulada de insectos, roedores y pequeños vertebrados cercanos en unas “rosas” muy peligrosas…

Medora no dudó en lanzar el remolino rojizo contra aquel maldito… Él se lo había buscado…

Everard contemplaba cómo el remolino de rosas sangrientas se aproximaba a toda velocidad… podía destrozarle sin posibilidad de regenerarse… Entonces vio una tercera luz: la de la luna llena.

-“¡Explosión de la Luna Llena!”- Exclamó, en seguida, sin ninguna intención de contenerse…

Una explosión de luz blanca hizo desaparecer la oscuridad impenetrable que se había creado, y deshizo el remolino de rosas hasta alcanzar a su lanzadora, mandándola con fuerza contra la pared más cercana… Medora cayó de espaldas hasta el suelo, más impresionada porque Everard dominara esa técnica que dolorida…

En el otro extremo, Edric se encontraba cegado, cubriéndose con los brazos en vano y luchando por mantenerse con los pies pegados al suelo… Hasta que finalizó la onda expansiva de la explosión…

-¿Có… Cómo es posible? ¿Esa… Esa técnica es…?- No acertaba a decir lo que todavía no pensaba con claridad…

Pero tampoco le dio tiempo a hacerlo. Al apartar los brazos y las manos de delante suyo, se encontró con Everard, que lo miraba con firmeza. Edric abrió mucho los ojos, sin tiempo para reaccionar. Everard le dio un tremendo rodillazo en la boca del estómago que lo dejó inconsciente casi al momento. No había caído el cuerpo inmóvil de Edric al suelo cuando Everard ya miraba en dirección contraria…

Medora había conseguido levantarse, aunque le costaba caminar. Entonces, sin saber cómo, notó cómo tenía a Everard justo detrás de ella.

-¿Pero cómo…? ¿Cómo has llegado ahí?- Le preguntó, incrédula…

Everard la miraba muy serio.

-Por favor, Medora. Dile esto a mi padre: no importa cuantos emisarios envíe para buscarme… acabaré con todos. No pienso volver. Yo estoy del lado de los humanos y esto es una decisión irrenunciable- dijo, finalmente.

Esta vez Medora no se burló.

-Pero, ¿por qué Everard? Ellos jamás te aceptarán. Siempre te temerán y algunos incluso tratarán de matarte- le dijo, sin acabar de entenderle…

-Ya lo sé. Perdóname Medora- se limitó a decir antes de asestarle un golpe certero en el cuello, haciendo que cayera inconsciente.

La sujetó mientras caía suavemente como un velo de seda. De seda roja…

Entonces Everard vio cómo un murciélago de largos colmillos salió volando desde su escondrijo, donde había permanecido oculto todo el rato, tras una de las viejas vigas del techo. Sabía perfectamente de qué se trataba y no podía hacer nada para detenerlo. Quizá fuera mejor así. Dejó con cuidado a Medora en el suelo y, tras dar un último vistazo alrededor, desapareció tras los escombros en dirección a la salida de la fábrica, bajo los rayos de la luna llena que penetraban por los considerables agujeros del techo en aquel, ahora ya, silencioso lugar…

 

El murciélago hizo el viaje de vuelta. Era noche cerrada y la luna ya había comenzado a decrecer. Llegó al torreón más alto de un inmenso castillo en ruinas. Sobre un precipicio tan elevado que nadie se acercaba allí desde hacía décadas. Por lo menos nadie humano… En el interior, sobre un trono construido a base de huesos humanos, una figura corpulenta se encontraba meditando. Abrió los ojos, iluminados como dos llamas de un azul pálido, en cuanto apareció la criatura alada, la cual se posó en su enorme antebrazo sin que por ello lo moviese un milímetro. El murciélago clavó sus largos colmillos en la carne y, tras unos segundos, los extrajo, alzando de nuevo el vuelo sin que aquella figura le dirigiera en ningún momento la mirada. Pasaron unos segundos hasta que aquel que ocupaba el macabro trono abrió de nuevo los ojos, esta vez de par en par… Se incorporó, mostrando su auténtica envergadura a pesar de quedar tenuemente iluminado por la escasa luz que se colaba por el amplio y ornamentado ventanal. Y cerró el puño frunciendo el ceño.

-¿Ah, sí? Pues entonces no me quedará más remedio que ir a buscarte yo mismo, hijo mío- sentenció con una voz temible.

Y cerró la mano alrededor de la empuñadura de una espada, tan grande como él, dejando atrás el trono y partiendo en su busca.

Mensaje del Autor

Hola a todos/as. Gracias por haber seguido visitando el blog a pesar de que hace tiempo que no publico nada nuevo. El blog seguirá. Pero, mientras tanto, os dejo este "One-Shot" cuya acción transcurre en el mismo universo que "La Maldición del Espejo". Espero que lo disfrutéis. 

Mil gracias.

lunes, 7 de enero de 2019

La Maldición del Espejo - Capítulo 16

La Maldición del Espejo

Arthur contra la bruja


-¿La espada bendecida?- Repetía un pasmado Hans.
Elizabeth asintió con vehemencia, orgullosa.
-Sí. Se lo puse yo, ¿sabes?
Hans guardó silencio un momento. Luego sonrió.
-Muy bien, chica. ¿Y de qué es capaz esa arma maravillosa?
Ahora fue Elizabeth la que permaneció unos segundos sin hablar; miraba a Hans con mezcla de inocencia y expresión dubitativa…
-No lo sé… sinceramente- confesó al fin.
Ambos dirigieron sus miradas hacia aquel objeto del que, al parecer, ninguno tenía conocimiento alguno…
-Bueno. Pero tú crees que eso puede ayudar a Arthur, ¿no?- Quiso saber Hans, que había adoptado una pose seria y decidida.
Elizabeth advirtió este cambio en el joven. Le respondió de inmediato, aliviada de no haber perdido la confianza de este…
-Sí- dijo, asintiendo con total seguridad en lo que decía.
Hans volvió a alzar la mirada hacia aquel objeto clavado en la fría losa.
-Muy bien. Saquemos esa espada- le dijo a la joven, que permanecía expectante, sonriéndole.
Y los dos ascendieron la vieja escalinata hasta llegar a lo más alto, a la altura de la “espada bendecida”.
Los dos jóvenes se miraron. Entonces Hans asintió.
-Vamos allá.
Elizabeth sonrió, decidida, y sujetó el arma por su lado.
-A la vez…- Le dijo a Hans.
Y ambos se dispusieron a usar todas sus fuerzas para extraer aquel objeto de allí…

Claire se había quedado callada. Estaba muy seria. Arthur juraría que estaba dolida… le daba la impresión de que no le había gustado nada la forma en que se había dirigido a ella…
-De modo que se dedicaba a vencer a los “seres” como yo…- Repitió, con un tono sin apenas variación, confirmándole a Arthur sus sospechas.
La bruja cerró los ojos un momento, como intentando dominar sus emociones (tal y como había venido haciendo todo el tiempo) y los abrió de nuevo, aparentemente más serena… Arthur permanecía atento a lo que aquella mujer le fuese a decir…
Pero Claire no dijo nada. Alzó una mano y la dirigió hacia un sorprendido Arthur, que no pudo hacer nada para evitar salir despedido varios metros hacia atrás y caer de forma estrepitosa sobre el suelo.
-¡Arthur!- Gritó Rosalyn, tremendamente preocupada por él…
-¡Señor Arthur!- El mayordomo temía por la vida del joven…
La bruja permanecía con la mano alzada, apuntando todavía hacia su víctima, con su habitual mirada como si no le importara nada de lo que hubiese a su alrededor.
-Te la debía.
Arthur -que al principio no se movía- comenzó a revolverse lentamente en el suelo.
-Ugh… Vaya golpe… No me lo esperaba- decía, en voz alta pero para si mismo…
Terminó de incorporarse, aunque aún permanecía encogido por el dolor… Entonces, súbitamente, levantó la mirada, desafiante, hacia aquella bruja.
Esta, que lo vio, abrió mucho los suyos, al tiempo que estiraba totalmente la mano que tenía levantada, con la palma apuntando hacia Arthur, separando y estirando los dedos totalmente…
-¡No!- Se lamentaba con impotencia el joven al notar que, en esta ocasión, era su cuerpo el que se agarrotaba de modo que era incapaz de moverlo…
Rosalyn y Philip -atrapados aún en aquellas raíces que los mantenían alejados del suelo- observaban todo lo que ocurría (con la boca abierta y sin parpadear), tan horrorizados que apenas podían emitir sonido…
La bruja, con su mirada sin expresión, mantenía al joven paralizado.
-Y ahora… dame eso.
Arthur comprobó con estupor cómo el péndulo que le había regalado su abuelo paterno en Siria, que sujetaba del cordel aún después de haber “volado” justo hacía un instante, se desprendía de su mano casi sin fuerza y salía disparado hacia la que Claire tenía libre…
Esta cerró la mano una vez tuvo el antiguo objeto en su palma.
-Espero que no te importe que guarde esto yo, cariño- le dijo, sonriendo levemente antes de ser consciente de lo que acababa de decir.
Arthur también escuchó aquella última palabra claramente. Pero decidió no dedicarle un segundo más a aquello…
-¡Dame eso! ¡Bruja!- Le exigió, con rabia, y tratando de paso de hacer como que no había oído nada.
Pero al enfado consigo misma por haber tenido aquel desliz, ahora se unió el cómo se acababa de dirigir a ella ese joven insolente. Y, además, después de lo que acababa de ocurrir…
Esta vez comenzó a cerrar la tensa mano de forma progresiva…
Arthur notaba con horror cómo ahora no solo no se podía mover, sino que era como si estuviese atrapado en un hueco que se fuera estrechando poco a poco… apretaba los dientes y cerraba fuertemente los ojos ante aquel creciente dolor…
Rosalyn ya no podía más. Si no apartaba la mirada se desmayaría sin remedio; de modo que, sintiendo que traicionaba al joven investigador, desvió la vista, con los ojos inundados en lágrimas…
Claire, que ya no podía dominar tan claramente sus emociones internas, aparecía ahora con una expresión de fastidio que, curiosamente, iba agravándose a medida que apretaba más y más el frágil cuerpo de aquel joven mortal…
Arthur llegó a pensar que no lo resistiría. Que aquello era el final. Sus recuerdos del pasado… su infancia, Siria, su abuelo, Hans… iban sustituyendo lo que pasaba a su alrededor y que cada vez parecía tener menos importancia…
Pero un último pensamiento irrumpió en su mente antes de desfallecer: el péndulo. Una imagen clara y nítida que parecía estar queriéndole decir algo… Entonces, como un último gesto antes del final, utilizó sus últimas fuerzas… para abrir la mano derecha.
Claire abrió mucho los ojos nuevamente al percatarse de que aquel objeto desconocido que había conseguido arrebatarle al joven parecía haber cobrado vida en el interior de su mano cerrada. No tuvo más remedio que abrirla ante la huída de aquello hacia donde se encontraba su dueño…
El péndulo llegó hasta la mano de Arthur, el cual notó esto y la cerró enseguida. Mientras tanto, Claire, que se miraba la suya, lastimada, no pudo evitar aflojar la -literalmente- presión que estaba ejerciendo sobre el joven investigador para poder sujetarse la misma un momento al menos…
-¿Cómo es posible esto? No lo había visto nunca… ese péndulo…- Claire temblaba mientras se miraba la mano con expresión incrédula…
Arthur comenzaba a recuperarse. Había estado muy cerca. Estaba empapado en sudor pero el dolor casi había desaparecido por completo…
Rosalyn se atrevió finalmente a mirar y no pudo evitar llorar un momento por la alegría de ver a Arthur bien…
-¡Cuidado señor Arthur!- Le avisó el mayordomo.
Aquel no se había dado cuenta de que una enfurecida bruja Claire volvía a levantar la mano en su dirección.
-¡Basta de juegos!- Exclamó, alzando la voz y apuntándole con la palma totalmente extendida…
Pero esta vez Arthur fue más rápido. Como si hubiese leído el pensamiento del péndulo, sencillamente se limitó a dejarse llevar y lo “lanzó”: levantó la mano hacia delante y apuntando a la bruja… el péndulo salió disparado como una flecha…
Antes de que pudiera reaccionar, Claire abrió más los ojos de forma repentina al notar que “algo” le rozaba la mejilla izquierda, hiriéndola mínimamente. Y cuando fue consciente de lo que acababa de pasar, el péndulo pasaba a toda velocidad a su lado -el contrario- de regreso a las manos de su legítimo dueño…
Arthur solo tuvo que cerrar la mano cuando el objeto llegó hasta su destino.
El joven investigador podía comprobar de forma clara cómo aquella bruja temblaba de furia cada vez menos contenida… Esta lo miraba fijamente, entre furiosa y desconcertada, sin moverse… Rosalyn y Philip permanecían expectantes; no podían imaginarse el giro que iba a dar la situación tan solo unos momentos atrás…
Entonces, una vez más, volvió a retumbar aquella temible voz que no se sabía muy bien de donde venía.
-¡¿Por qué tardas tanto?! ¡¿En serio que no puedes con él?!
Arthur pudo observar cómo Claire reaccionaba ante aquella voz autoritaria. Se diría que sentía auténtico miedo…
Entonces la bruja pareció envalentonarse.
-No es tan fácil. Posee un objeto mediúmnico- contestó, notablemente harta de las exigencias de aquel que se había proclamado su amo tiempo ha…
La voz dejó de escucharse durante unos instantes. El ser maléfico y poderoso al que pertenecía la misma sabía perfectamente que los “objetos mediúmnicos” no podían tomarse a la ligera. Había que acabar con aquel insecto de forma inmediata y arrebatarle el que poseía…
-Mata a la chica. O al otro- ordenó, sin duda refiriéndose a Philip.
Tanto Rosalyn como el mayordomo reaccionaron al saberse el centro de atención, debido al peor de los motivos…
Arthur frunció el ceño y apretó los dientes; adoptó una pose de guardia mientras permanecía atento a lo que una pensativa Claire fuera a hacer en cualquier momento… Ahora esta parecía volver a desechar cualquier rastro de emoción de su bello y triste rostro. Cerró los ojos un segundo y los abrió de golpe. Su mano se alzaba una vez más pero no en dirección al joven investigador…
-¡No! ¡Detente!- Le exigió Arthur al terminar la bruja de colocar el brazo hacia una asustada Rosalyn que abrió mucho los ojos por el miedo que invadió su cuerpo…
-¡Para maldita bruja! ¡Apúntame a mí y no a ella!- La gritaba Philip, desesperado y dejándose la voz…
Rosalyn no podía evitar temblar de forma descontrolada y llorar sin apenas parpadear.
Claire cerró momentáneamente los ojos, como queriendo “controlar” lo que sucedía en su interior en aquella situación. Cuando consideró que lo había conseguido, volvió a dirigir su mirada hacia aquella chica asustada que iba a convertirse en su nueva víctima… Una vez más lo iba a hacer porque se lo habían ordenado.
Pero Arthur no estaba dispuesto a permitir que la bruja cumpliese sus “órdenes”…
Salió corriendo sin pensárselo dos veces, aprovechando unos instantes de distracción de esta -cuya atención estaba totalmente centrada en Rosalyn- para tratar de llegar a su altura.
Cuando se encontraba a una distancia que consideró suficiente, se detuvo en seco y comenzó a levantar la mano en la que portaba el péndulo… Como si todo transcurriera a cámara lenta, Claire desvió la vista lo bastante para advertir la presencia de Arthur a menos de un metro de distancia… no tardó en adivinar sus intenciones, aunque no le daría tiempo a evitar lo inevitable…
Arthur dio un par de giros rápidos al péndulo antes de lanzarlo en toda su extensión y rodear la muñeca de la mano alzada de la bruja; y esta se enfurecía mientras el cordel iba dando vueltas y la aprisionaba sin remedio…
-¡Maldito!- Exclamó, haciendo aparecer su versión más temible.
Arthur no dio un paso atrás. Sujetaba con fuerza y firmeza el cordel del péndulo. Como si tuviera dominada a una bestia rabiosa…
Y realmente era así: la bruja comprobó con incredulidad cómo era absolutamente incapaz de manejar, de mover siquiera, la mano -ni el brazo, hasta el hombro- cuya muñeca permanecía fuertemente aprisionada… haciéndole recordar una sensación que hacía mucho, mucho tiempo que no experimentaba de manera tan evidente: el dolor físico. Pero no era tan solo eso. Para su sorpresa, comenzaba a sangrar por la parte de las ligaduras…
Rosalyn, debido al shock, tardó un poco en darse cuenta de que se había librado del ataque de la bruja. Reaccionó y se sorprendió al contemplar cómo el joven parecía estar dominando la situación…
-¡Muy bien señor Arthur! ¡Acabe con ella!- Le jaleaba el mayordomo desde su propio aprisionamiento…
Claire intentaba zafarse pero no lo conseguía. Lo único que hacía era hacerse más daño y abrir la herida… la sangre resbalaba por el cordel hasta precipitarse al suelo a medio camino del mismo… Entonces clavó la furibunda mirada en el joven investigador, que permanecía en la misma posición, resuelto y concentrado…
-Voy a destrozarte… No voy a permitirte nada más…- Le decía (a pesar de todo, controlándose el tono de voz)…
No se perdonaba a sí misma haberse dejado influenciar por sus sentimientos. Ese había sido su error, pensó… Entonces se dio cuenta de algo de lo que no había sido consciente hasta ese momento: que podía utilizar el otro brazo.
Mientras Arthur mantenía la tensión sobre el cordel que “dominaba” a la bruja, vio de pronto cómo esta, con el rostro oculto por la oscuridad, levantaba totalmente el brazo que tenía libre, colocando la mano abierta con los dedos juntos y estirados, como si se dispusiera a cortar con ella…
-¡Oh, no! ¡Arthur, cuidado!- Trataba de avisarle Rosalyn…
-¡Apártese señor Arthur! ¡Apártese!- Se desgañitaba Philip…
Pero ambos sabían que estaba demasiado cerca de aquella bruja terrible… que estaba a su merced…
Por supuesto, Arthur también lo sabía. Aquellos segundos (los últimos, pensó) se le hicieron eternos contemplando aquella mano que, probablemente, sería lo último que vería en este mundo…
Pero entonces sucedió algo totalmente inesperado. De algún modo, una figura femenina con una espada, acababa de cercenar el brazo atrapado de la bruja, cerca del codo, mientras cruzaba casi volando de un lado al otro, interponiéndose en la trayectoria de su ataque…
Todo sucedía muy lentamente: Arthur, impactado, no pudo reconocer en un primer momento a la chica que había aparecido de improviso… el pelo le cubría completamente la cara… Philip y Rosalyn, todavía no entendían lo que estaba pasando… Claire veía aterrorizada cómo su brazo se alejaba de ella, aún enredado en aquel maldito péndulo…
La chica “aterrizó”, dando una ágil voltereta por el suelo antes de detenerse totalmente, con una rodilla más próxima al suelo que la otra. Entonces se incorporó, dándose la vuelta, y Arthur pudo reconocerla.
Era Elizabeth.

domingo, 1 de julio de 2018

La Maldición del Espejo - Capítulo 15

La Maldición del Espejo

La espada bendecida


Arthur, Rosalyn y Philip habían permanecido en silencio todo el rato; escuchando con atención el relato de aquella “mujer”.
-Pero, tras un tiempo, cometí un error y me atraparon. Aún puedo sentir las llamas devorando mi cuerpo lentamente…- Dijo finalmente, abrazándose a si misma y temblando ligeramente, con una expresión entre cínica y melancólica.
Aquellas últimas palabras extrañaron a Arthur, que ahora ya sabía la identidad de la bruja de la que hablaba aquel libro que había encontrado…
-Pero hay algo que no entiendo- comenzó a decir, pillando desprevenidos a Philip y a Rosalyn.- ¿Cómo te pudieron atrapar tan fácilmente? Quiero decir, ¿te “atraparon” sin más? ¿Así de fácil?
A pesar de con quién estaba tratando, Arthur procuraba que se entendiesen sus palabras. No podía evitar no querer ofenderla…
La bruja cerró los ojos y sonrió. Comprendía perfectamente aquella duda… Ella también pensaba en ello de vez en cuando.
-Hacía tiempo que me perseguían. Pero hice algo que me dejó “indefensa” en un momento dado… aquella maldita gente no desaprovechó su oportunidad- ahora volvió a desviar la mirada, tratando de disimular su visible afectación…
Arthur no pudo llegar a preguntar qué era eso que hizo… apenas pudo despegar los labios…
-Me desobedeció- volvió a retumbar aquella terrible voz que realmente causaba pavor.- Y si no quieres acabar mucho peor que en aquella ocasión, ya sabes lo que tienes que hacer…
Arthur, que al igual que sus dos compañeros trataba en vano de localizar el origen de aquella voz, se fijó en la expresión de aquella bruja: apretaba los dientes de rabia contenida, mientras los ojos se le humedecían a pesar de su evidente esfuerzo por evitarlo…
-Claire…- La llamó la atención el joven.
Aquello sí que no se lo esperaba ella. Hacía tanto tiempo que nadie la llamaba por su nombre que ya ni lo recordaba… Dirigió enseguida aquellos ojos verdes, de indudable belleza, muy abiertos y ahora inundados de lágrimas, hacia el joven, que ahora la miraba con expresión muy seria…
-Deja que te ayude. Entre los dos podemos neutralizar a ese que te tiene esclavizada- le dijo, hablando muy en serio.
Claire se quedó sin palabras. Y durante un instante, muy breve, pensó que, tal vez, había una posibilidad… una posibilidad para liberarse de él.
Pero sabía que eso era imposible. Su rostro volvió a cambiar, deteniéndose el incipiente flujo de lágrimas y borrando todo rastro de inútil y absurda humanidad…
-¡Cállate! ¡¿Qué piensas que puedes hacer tú, jovencito?! No he venido hasta aquí para hacerme amiga vuestra…- Tuvo que detenerse un momento.
Desvió la mirada a un lado, como quedándose pensativa. Entonces volvió a dirigirse a Arthur, que la escuchaba atentamente…
-Lo siento- fue lo único que pudo decir antes de alzar una mano y que el caos se desatara en aquella estancia.
Aparecieron más raíces de las paredes y del suelo que se dirigieron a toda velocidad hacia aquellos seres insignificantes que ya habían durado demasiado…
-¡Cuidado!- Se giró Arthur hacia sus amigos, ahora paralizados por el miedo…
Sin poder hacer nada para evitarlo, sendas raíces rodearon y atraparon a Rosalyn y a Philip, casi al unísono, levantándolos varios palmos del suelo…
-¡Arthur! ¡Socorro!- Gritó Rosalyn, muerta de miedo.
-¡Señor Arthur! ¡Ayúdela!- Le imploraba el buen mayordomo…
Pero sucedió algo que nadie se esperaba. Empezando por el propio Arthur…
Una rápida y hostil raíz se dirigía hacia el joven, casi más para atravesarlo que no para rodearlo… Pero, a prácticamente milímetros de distancia, se detuvo en seco. Arthur, que había cerrado fuertemente los ojos por instinto, los comenzó a abrir lentamente…
-No… No puede ser…- Decía Claire, tan sorprendida o más que el joven investigador…
La punta de la raíz, que iba dirigida a su corazón, temblaba justo delante de él, viendo impedido su avance de forma inexplicable…

Hans y Elizabeth llevaban tanto rato corriendo que aquel ni sabia cuánto exactamente…
-Todavía no me has dicho adónde vamos…- Le recordó el joven a aquella chica misteriosa, dirigiéndose a ella y sin dejar de correr…
Elizabeth no dejaba tampoco de seguir corriendo, mirando al frente, casi como si no le hubiera escuchado…
-Es un poco largo de explicar. Prefiero que lleguemos antes y entonces lo sabrás- concluyó, sin aparente posibilidad de obtener de ella nada más en aquellos momentos…
Hans guardó silencio, tratando de acallar su impaciencia, y ambos siguieron corriendo por aquella amplia caverna que parecía no tener final…

El asombro no se había borrado aún de la hermosa y temible faz de la bruja; tenía los bellísimos ojos verdes muy abiertos y los labios le temblaban de forma casi imperceptible…
-¿Cómo es posible? ¿Quién… Quién eres tú?- Tan solo supo decir.
Arthur no apartaba la mirada de aquella raíz amenazadora, con un sentimiento mezcla de sorpresa y alivio…
-¡Arthur!
Oyó este la voz de Rosalyn muy cerca de él.
-¡Señor Arthur! ¿¡Está usted bien!?
El joven investigador comprobó con alegría que tanto la chica como el mayordomo, a pesar de verse atrapados en aquellas raíces, permanecían conscientes…
-¡Rosalyn! ¡Philip! ¿¡Cómo os encontráis!?- Quiso saber de inmediato.
Rosalyn fue la primera en contestar.
-Yo me encuentro bien… pero tú…
Arthur se apresuró en responder.
-Tranquila. No me ha pasado nada. ¿Y tú Philip?
El mayordomo miraba fijamente a Claire, temblando de la ira…
-No se preocupe por mí señor Arthur. No me duele nada…
Y entonces, cuando respiraba más tranquilo al comprobar que sus compañeros no habían resultado heridos, se dio cuenta de algo: en su mano derecha, bajo el puño apretado, se encontraba el péndulo que le había confiado su abuelo. Aunque no era consciente de cuándo lo había cogido…
Claire se percató de que Arthur apretaba la mano, guardando algo en su interior.
-¿Qué tienes en la mano?- Le inquirió, con un tono que pasó a ser casi autoritario…
Arthur reaccionó. Ella había descubierto lo que, posiblemente -pensó Arthur-, había sido el motivo de su salvación. Con un gesto casi instintivo, se dispuso a guardarlo de nuevo en el bolsillo…
La bruja endureció aún más su rostro y dirigió una mano de inmediato, a distancia, hacia la del joven.
-¡Agh!- Emitió Arthur, al notar que algo le sujetaba la muñeca con una fuerza terrible…
Intentó librarse con la otra mano, sujetándose la muñeca atrapada… pero no podía evitar ir abriendo lentamente la palma…
-¡Señor Arthur! ¿¡Qué le pasa!?- Se alarmó Philip ante aquel forcejeo…
-¡Arthur!- Rosalyn gritó preocupada al ver que aquella maldita bruja se le acercaba con pasos largos y rápidos…
Esta llegó a la altura del joven, que aún se resistía con un esfuerzo tremendo…
-Tengo que reconocer que nadie se había resistido tanto antes como tú- le confesó a este.- Debes tener una fuerza mental considerable…
Arthur abrió uno de los ojos que tenía fuertemente apretados y, al verla ante él, se dio cuenta de que su problema era mayor en aquellos momentos…
-No… No es tuyo…- Fue lo único que se le ocurrió decir.
Claire se extrañó levemente.
-¿El qué no es mío? Abre la mano…- Le exhortó, sin alzar la voz, manteniendo una expresión libre de emociones…
Finalmente Arthur no pudo más. El péndulo cayó al suelo, emitiendo un fugaz brillo antes de tocarlo.
Al tiempo que la bruja dirigía su mirada hacia el objeto, la presión sobre la muñeca de Arthur cesó al instante, cayendo este de rodillas a la vez que se la sujetaba con expresión de dolor…
Rosalyn y Philip no podían soportar la escena que se encontraba ante sus ojos: Arthur, dolorido y arrodillado, ante aquella bruja que miraba con atención y curiosidad el extraño objeto que había caído de la mano del joven…
-¡Apártate de él! ¡Bruja!- Se atrevió a decirle la chica…
Aquello no le hizo mucha gracia a Claire, que apretó imperceptiblemente los labios.
-¡Cuando baje de aquí le voy a enseñar maneras!- La “amenazó” Philip…
La mirada de la bruja cambió súbitamente, tornándose sus ojos furiosos…
-¡Silencio! Ya me encargaré de vosotros más tarde…- Les aseguró, volviendo a su mirada sin emoción en cuanto comprobó que había conseguido el terror en aquellos dos pobres infelices.
Entonces Arthur aprovechó la distracción de Claire para recuperar su péndulo a toda prisa… Esta se dio cuenta demasiado tarde…
-¡No!- Se abalanzó sobre el joven, no muy segura de si sería capaz de no destrozarle…
Entonces ocurrió algo totalmente inesperado. El péndulo, sujetado del cordel por Arthur, emitió un potente resplandor azul, como un fogonazo, provocando que la atónita bruja saliese despedida varios metros hacia atrás, cayendo de espaldas sobre el suelo del despacho de Everton…
Durante unos instantes, se hizo el silencio en la amplia estancia. Rosalyn y Philip, estaban anonadados, sin poderse creer lo que acababan de ver… Arthur, que tampoco se lo había esperado, permanecía de pie, en posición defensiva, sujetando todavía el péndulo, que parecía cobrar vida a medida que transcurrían los minutos… De hecho, ahora mismo permanecía con el cordel en tensión, suspendido en el aire…
Claire, en silencio, con la mirada oculta por las sombras, comenzó a incorporarse lentamente, como si hubiese tenido un tropiezo sin importancia. Hasta que le vieron la mirada.
-¿Qué… Qué es eso?- Trataba de dominar su furia… aunque cada vez estaba siendo menos capaz de ello…
Ahora ella tenía claro el motivo por el cual la raíz no había alcanzado a aquel muchacho con anterioridad… Era ese maldito péndulo. Volvió a preguntar.
-¿Por qué tú tienes algo así? Dímelo…
A pesar de lo furiosa que claramente estaba, Arthur observó que, por alguna razón que desconocía, parecía estar controlándose… por él. Pero debían ser imaginaciones suyas.
-Esto es un regalo de mi abuelo. Él se encargaba de luchar -y vencer- a los seres como tú.

Aún estuvieron corriendo sin parar durante un buen rato más. A Hans le llamó la atención que, a pesar de ya no estar vivo, seguía sintiendo el cansancio de igual forma…
Entonces alzó la vista y vio algo delante.
-¡Allí! ¡Ya hemos llegado!- Exclamó Elizabeth, incapaz de controlar su entusiasmo…
Finalmente se detuvieron ante lo que parecía una especie de altar en piedra, elevado justo al final de la caverna sin salida. Así y todo, Hans pudo comprobar que el lugar estaba suficientemente iluminado; como si una especie de haz de luz blanca y tenue, proveniente de no se sabía dónde exactamente, iluminara -sobretodo- el centro de aquella construcción de apariencia abandonada y remota…
Entonces dirigió la mirada a la joven, que lo estaba observando atentamente, y esta señaló con un gesto de la cabeza hacia la parte superior de la ancha escalinata, donde parecía que el haz iluminaba con más intensidad…
En ese momento, Hans miró y la vio. La espada.
-¿Una espada? ¿Eso es lo que hemos venido a buscar?- Se apresuró el muchacho a preguntar, sin acabar de entender del todo…
Elizabeth asintió.
-Sí. Hace mucho tiempo que la descubrí. No fue fácil, como habrás podido comprobar…
Hans sintió un escalofrío; sabía perfectamente a lo que se estaba refiriendo: el tipo aquel de la soga… el tipo que le arrebató la vida…
-¿Y qué se supone que vamos a hacer con esto? Yo no tengo ni idea de manejar una espada- dijo, irritado, al haber recordado cómo había ido a parar a aquel lugar…
La expresión de Elizabeth pasó de la extrañeza a la comprensión.
-Ya. Discúlpame. No te he explicado nada y te he traído aquí directamente…
A Hans le supo mal haberle hablado de aquella manera a esa joven desconocida que le había salvado la “vida”.
-No. Discúlpame a mí. Es que… estoy un poco nervioso… con lo de estar muerto y eso- trató de quitar hierro a la situación, no muy seguro de haberlo conseguido…
Pero Elizabeth sonrió.
-Has de saber que yo vivía en esta casa. Cuando estaba viva, claro. Y cuando caí en la trampa de la muerte me desperté en este lugar, al igual que tú. No hay muchas partes a las que se puedan ir, la verdad. Por eso, con el tiempo, aprendí a reunir la energía suficiente para ir al otro lado. Como hace nuestro “amigo” de antes…
Hans estaba sorprendido.
-Entonces, ¿yo también puedo llegar a volver al lugar de donde he venido?- Quiso saber, con una cierta esperanza que crecía de forma imparable…
Elizabeth advirtió esto.
-Temporalmente. Siempre volvemos aquí. Día tras día…- A la joven le supo mal acabar con aquella ilusión que había aparecido peligrosamente en el corazón del joven…
Hans se calló durante un momento. Que tonto había sido pensando que…
-¿Y cada día tienes que huir de ese… engendro?
Elizabeth lo miró fijamente.
-Sí. Normalmente todos los que vienen aquí suelen ser atrapados casi de inmediato por esa cosa… pero yo he conseguido evitarlo todo este tiempo. No es difícil si te aprendes su rutina y sus movimientos- concluyó, con orgullo.
Ahora fue Hans el que sonrió.
-Me tienes anonadado. Jamás había conocido a nadie tan valiente como tú. Oye… ¿y qué les pasa a los que son atrapados por él?
El rostro de la joven pasó de la sonrisa a la seriedad en un instante.
-No lo sé. Pero mejor que no te atrape…- Esto último lo dijo en un tono que inquietó sobremanera al joven…
Se le quitaron las ganas de seguir preguntando. Entonces Elizabeth volvió a hablar.
-Si te he traído aquí, es para que me ayudes a sacarla. Yo sola no puedo- dijo, señalando con el dedo la espada clavada en lo alto del altar.
Hans llevó la vista hacia donde señalaba la joven.
-¿Y qué haremos con eso?
Ahora la expresión de Elizabeth se tornó decidida.
-Ayudar a Arthur y a los demás. Con la espada bendecida.

viernes, 4 de mayo de 2018

La Maldición del Espejo - Capítulo 14

La Maldición del Espejo

El nacimiento de una bruja (2ª parte)


Claire corría impulsada por la desesperación y el horror de imaginar a aquellas que eran sus compañeras sumergidas en sus camas por su propia sangre… corría sin importarle arañarse contra los arbustos y las ramas que iban apareciendo en su camino… Incluso llegó a caer en un par de ocasiones, no tardando en incorporarse para seguir con su huída hacia delante…
Llegó al lugar exacto en el que, el día anterior, había tenido aquel desagradable -y doloroso- encuentro con ellas… Había querido llegar hasta allí para tener la referencia de por dónde debía seguir; la verdad es que no estaba muy segura… Comenzó a caminar, titubeante, por donde creía recordar que fue horas atrás…
Al pasar un rato, comprendió que no conseguiría llegar a aquella gruta: no recordaba el recorrido exacto porque, sencillamente, no lo sabía. Había acabado en aquella cueva por simple casualidad… Harta de caminar (y doloriéndose de los golpes todavía recientes), se detuvo en seco. Respiró hondo y gritó con todas sus fuerzas…
-¡¿Dónde estás?! ¡No te encuentro! ¿¡Por qué lo has hecho?! ¿¡Por qué…!?- En ese momento se rompió, cayendo pesadamente de rodillas y prorrumpiendo en llanto.
Las lágrimas le caían formando amplios surcos en su cara, sucia del día anterior, mientras lloraba desconsoladamente, deseando con su alma que todo aquello no fuese más que una terrible pesadilla de la que aún debía despertar…
Entonces la vio de nuevo. Al bajar la mirada -implorante hacia el cielo- sus ojos se encontraron con lo que le pareció, a lo lejos, la gruta que encontró ayer. Todavía entre hipidos, la cara mojada y dos regueros que le salían de la nariz, se incorporó, no sin torpeza, estando a punto de caer… y fue dando pasos temerosos hacia allí… La cueva iba aproximándose a medida que avanzaba… poco a poco, el miedo iba apoderándose de ella, dificultándole el avance…
Al fin llegó a la entrada. No había duda: era el mismo sitio al que había ido a parar cuando la noche estaba en camino… Accedió al interior…
No estaba mucho más iluminada que la primera vez que había estado dentro… Pero alcanzó a ver lo que buscaba… o casi.
Ante ella se alzaba una estatua muy extraña: tenía la forma de una especie de monstruo, un diablo o algo así, con cuerpo humanoide, de brazos, piernas y torso desarrollados, pero pies acabados en pezuñas y dos largos cuernos que se retorcían naciendo de la frente, como de cabra… Tenía una postura sentada, como desafiante… Y aquellos ojos, aún de piedra, los reconoció enseguida…
-¿E… Eres tú? ¿Hola…?- Le hablaba a aquella estatua inerte, preguntándose qué era lo que estaba haciendo…
Cuando, inmediatamente, decidió que no obtendría respuesta (que quizá lo había soñado todo), se dio la vuelta y se dispuso a salir cuanto antes de aquel tenebroso lugar… mientras parecía estar siendo observada por aquellos ojos inmóviles que volvían a quedarse en soledad…

Volvió a su casa caminando. “No sé qué ha podido ocurrir, pero no tiene nada que ver con lo que creí ver anoche…” se repetía una y otra vez mientras realizaba el camino de regreso. Entonces se detuvo.
-“¡Oh no! Mi tío…”- Se horrorizó, preguntándose qué le diría -o le haría- en esa ocasión…
Pero no tenía alternativa: no podía quedarse vagando por el bosque indefinidamente. Sería mucho peor…
Entonces notó algo raro. No sabía decir qué es lo que era… pero había alguna cosa diferente… Aparentemente, su casa, desde fuera, tenía el mismo aspecto; pero su vista parecía detectar algo que su consciencia todavía ignoraba… Se aproximó un poco más…
Ahora sí que identificó algo muy extraño: le pareció oír a su tío… que se lamentaba. Los lamentos provenían del interior, de la cocina, creyó percibir. Se acercó lo suficiente para poder escuchar lo que decía…
-Oh… Dios… Oh Dios mío… ¿Qué es lo que he hecho? ¿Cómo ha podido pasar esto…? Esto es obra del demonio…
Al oír estas últimas palabras, Claire sintió un escalofrío, volviendo a dudar sobre lo que era realidad y lo que no de sus recuerdos… Se aproximó todavía más y entonces, solo entonces, advirtió aquello que había de diferente a su alrededor.
Un pedazo de la hierba que crecía alrededor de la casa, cerca de un montón de ramas secas que ella misma había tenido que ir a recoger para encender fuego, era ahora un espacio visiblemente vacío, de tierra revuelta. Como si alguien hubiese enterrado algo… Temerosa, se acercó con sigilo… no quería que su tío la descubriera…
Al llegar, se fijó en que era una porción considerable de tierra que había sido sacada y vuelta a poner en su sitio; de hecho, la pala que parecía que había utilizado su tío permanecía ahí tirada, a un lado… Era evidente que su actual estado de nervios no le había permitido tomar excesivas precauciones… Y se agachó delante.
Pensó con intranquilidad que tenía el tamaño adecuado para que ella misma cupiese ahí dentro… Trató de apartar, por una vez, aquellos oscuros pensamientos y, dándose cuenta de que llamaría demasiado la atención si utilizaba la pala, comenzó a cavar con las manos.
No tardó demasiado en apartar la mayor parte de aquella tierra reciente… ni siquiera notó demasiado dolor en las manos…
Entonces lo encontró. Había algo envuelto en un pañuelo grande; el cual estaba empapado de lo que parecía sangre… Cada vez más segura de lo que iba a encontrar, se puso a “desenvolver” con cuidado aquello…: un cuchillo. El mismo cuchillo que, la noche anterior, había visto que su tío sostenía cuando dormía en la cocina… pero ahora estaba todo impregnado de sangre… Claire se dio cuenta que, a pesar de ya tenerlas sucias por la tierra, tenía las manos manchadas por la misma… Entonces se giró a un lado.
Era su tío. Estaba de pie, mirándola. Con aquella mirada entre perdida y colérica que tantas veces había tenido que ver en todo aquel tiempo que vivía con él… No le había oído llegar…
-Qué… haces… aquí…- Le inquiría, haciendo denodados esfuerzos por controlarse…
Claire comenzó a sentir un miedo que no se podía comparar a ninguna ocasión anterior.
-Yo… No hacía nada… Pensaba que alguien había escondido esto aquí…- Trató de mentir, desesperada, a pesar de saber que no podía salir airosa de aquella situación…
Su tío se la quedó observando, como no lo había llegado a hacer hasta aquel momento. Sus ojos ahora eran los de un maníaco, moviéndose rápidamente a medida que su mente se turbaba más y más…
-Tranquila… No te preocupes. Sí, seguro que alguien ha dejado eso ahí después de matar a algún animal que no le pertenecía…- Ahora la hablaba con un tono extrañamente amable.- ¿Por qué no lo dejas ahí y vamos a casa? Vamos…- Dijo, alargando una temblorosa mano hasta rodear su brazo…
Entonces la niña notó una sensación de alerta que la hizo reaccionar de inmediato. Se zafó instintivamente de aquella mano que la tocaba de forma diferente a como lo había hecho hasta ahora y dio varios pasos atrás… Su tío se quedó quieto, aún con la mano extendida, mirándola con aquellos ojos inquietantes…
-¿Qué pasa? ¿De qué tienes miedo?- Le decía con una voz retorcidamente melosa…
Claire no le apartaba la desconfiada mirada. Aquello no le gustaba nada…
Entonces se dio cuenta de algo: su tío le miraba… las piernas. Ella no se había dado cuenta de que se le habían ido rompiendo los leotardos que llevaba, durante los últimos acontecimientos, dejando al descubierto las mismas en gran parte… Las cuales miraba su tío con lascivia…
Claire echó a correr. Ya no pensaba en nada más. Solo sabía que tenía que huir de las garras de su tío, transformado, el cual la perseguía entre los árboles del bosque…
Así transcurrieron varios minutos que a Claire se le hicieron horas. Gritaba desesperada en medio de aquella soledad boscosa… sabiendo perfectamente que nadie acudiría en su ayuda…
Entonces tropezó y cayó de bruces al suelo.
Con esfuerzo, intentó incorporarse, pero el golpe había sido considerable y aún estaba algo aturdida… En ese instante oyó algo a su espalda. Instintivamente se dio la vuelta por completo, todavía en el suelo, y lo vio: su tío se encontraba en medio de los árboles, medio encorvado, con el rostro desencajado y los ojos fuera de sus órbitas… como el depredador que sabe que tiene acorralada a su presa… y que no se le puede escapar…
-No te muevas… no te muevas…- Le repetía este, tratando en vano de controlar sus desviadas emociones…
La niña trataba de escabullirse hacia atrás… pero no podía. Estaba agotada y ya no tenía fuerzas para seguir luchando… Era el fin y lo sabía…
Y lo aceptaba.
Entonces, de forma súbita e inesperada por parte de ambos, un rápido ruido de hojas agitándose, como un latigazo, hizo que su tío se detuviera en seco, abriendo mucho los ojos; Claire, que había cerrado los suyos, los abrió lentamente y ahogó un grito…
De forma inexplicable, una rama de un árbol cercano, se encontraba atravesando el costado de su tío, el cual permanecía inmóvil pero temblando…
-¿Qué… Qué es esto…? Uurgh… Tú, tú tienes algo que ver…- Le decía a su horrorizada sobrina, señalándola con un dedo acusador…
Entonces, su tío se fijó en ella, pareciendo ver algo que lo sobresaltó, haciéndole abrir más todavía los ojos enrojecidos y la boca, tratando de decir algo…
-Bru… Bruja- fue lo último que pudo decir antes de perder el conocimiento.
Esto se debía a que acababa de morir, empalado en aquella robusta rama que le impedía caer al suelo…
Con mucho cuidado, Claire se fue incorporando… no perdía de vista el cuerpo inerte de su tío, temiéndole todavía… Cuando terminó de pasar a su lado, convenciéndose de que aquel ser inmundo que había sido su tío no le volvería a poner una mano encima, decidió regresar de nuevo a casa…
Al llegar tuvo una mala sensación de nuevo. Como una urgencia. “Algo” le decía que no debía permanecer demasiado tiempo allí…
Entró en la casa. Fue a su habitación y buscó una bolsa donde poder guardar sus cosas… Mientras reunía sus escasas pertenencias, se preguntaba con desesperación adónde podía ir. Ahora ya no le quedaba nadie en el mundo; y no podía regresar con aquellas personas que vivían en los alrededores y que tarde o temprano averiguarían que ella habría tenido algo que ver en aquellos asesinatos… aunque ni siquiera ella misma estaba muy segura… Entonces, fugazmente, se encontró con su reflejo en el espejo.
-No…- El mundo se le acababa de echar encima…
Ahora entendía, porqué su tío se la había quedado mirando justo antes de morir: un gran mechón de su cabello, por algún motivo que desconocía, ahora era pelirrojo… como el de aquella niña horrible que la había maltratado el día anterior… De hecho, tal y como estaba comprobando en aquel preciso instante, el mechón de cabello de color rojo ahora parecía haberse ampliado en cuestión de segundos; es más, observó incrédula cómo uno de sus ojos se estaba tornando de color verde…
¿Qué estaba pasando aquí? ¿Qué era lo que estaba ocurriendo…?
No tuvo tiempo de seguir pensando. Un murmullo proveniente del exterior se aproximaba con aparente celeridad… Rápidamente, recogió su bolsa, ni siquiera terminada de preparar, la cerró y se dirigió corriendo al exterior de la casa…
Pero no podría ir a ninguna parte. Ante ella, una hilera de individuos de la aldea cercana -incluso niños-, prácticamente la rodeaban. Le llamó la atención (más bien le alertó) que, a pesar de ser cerca del mediodía, algunos portaran antorchas encendidas…
-¡Tú, niña!- La increpó uno de ellos, un hombre viejo, delgado y con expresión furiosa.- ¿Dónde está tu tío?
La niña se lo quedó mirando. No parecían sospechar de ella. Quizá tendría una oportunidad… Levantó un dedo, en silencio, señalando la dirección donde había tenido lugar la persecución hacía menos de una hora…
La mayoría miró hacia allá, sin apenas fijarse en aquella mocosa desgraciada. Entonces, cuando, a una señal del hombre que había hablado, todos emprendieron el camino hacia donde todavía señalaba la niña, llegó corriendo un joven de no más de catorce años…
-¡Parad! ¡Parad…!- Les decía, mostrándoles la palma de la mano y jadeando con fuerza…
Tras esperar unos segundos a que el muchacho se recuperara, el mismo que había hablado antes a la niña se dirigió a aquel.
-¿Qué pasa? Vamos, habla…- Le inquirió, impaciente.
El joven, ya casi recuperado, les habló con la voz temblorosa por el miedo…
-Lo he… Lo he encontrado… Allí- trataba de decir, señalando en la misma dirección que les había indicado la niña.- Él está allí…
El tipo alzó la mirada hacia el bosque.
-Muy bien, pues. Ya tenemos a ese malnacido… ¡Vamos a…!
-¡No!- Le interrumpió el joven de forma súbita.
Todos se lo quedaron mirando. Claire sabía que debía salir corriendo de allí… pero estaba totalmente paralizada por el miedo…
-¿Qué pasa? Sabemos que ha sido él. Hay varios testigos que…
El joven negó con la cabeza, reuniendo fuerzas para expresarse.
-No lo entiende… Lo he encontrado… muerto. Atravesado por una rama…
Aquello no se lo esperaba el tipo, que se quedó atónito… Los demás comenzaron a murmurar…
Por fin, Claire parecía haber recuperado el dominio de sus extremidades inferiores… Pero apenas dio un paso atrás cuando se dio cuenta de que, una tras otra, las miradas se dirigían hacia ella…
-Mírala… ¿qué le pasa en el pelo?- Decía una mujer.
-Sí… juraría que, hace un momento, lo tenía diferente…- Decía otra…
-¿Y sus ojos? ¡Oh, Dios mío! Fijaos bien, ¡tiene uno de cada color!
Los murmullos pasaron a convertirse en exclamaciones e imploraciones al cielo…
Entonces una idea se fijó en la limitada mente de aquel que parecía dirigir a aquella turba.
-Ha sido ella…- Dijo inicialmente para si.- ¡Ha sido ella! ¡Ella es la responsable de la muerte de su tío! ¡Y de nuestras hijas! ¡¡Es una maldita bruja!!- Vociferó, perdiendo la compostura…
Pero esas palabras calaron hondo en el ya alterado ánimo de aquellas gentes supersticiosas que veían todo aquello como obra del demonio… Encarnado en aquella niña.
Como si lo viese todo en cámara lenta, Claire contempló cómo aquella furibunda muchedumbre se abalanzaba sobre ella como si la fueran a despedazar… y no se equivocaba en absoluto…
Pero había algo en lo que aquella gente miserable estaba en lo cierto: todo lo que había pasado… era obra del demonio.
De forma repentina, las llamas de las antorchas se alargaron como lenguas de fuego que se extendieron alrededor, encerrándoles a todos en una cúpula flamígera… el rugir de las llamas no dejaba oír más allá los alaridos de terror de aquellos pobres desgraciados que comenzaban a ver cómo sus cuerpos ardían por un fuego que parecía estar vivo y que les daba dentelladas con sus fauces ardientes… Claire era testigo de aquel terrible espectáculo, aferrándose a su bolsa y preguntándose cuándo le tocaría a ella… Entonces escuchó una voz familiar en su cabeza…
-“Levántate y sal de ahí. Demuéstrales quién eres tú ahora…”
Claire hizo caso sin rechistar y, de algún modo, sabía lo que tenía que hacer. Alzó una mano, con seguridad, sin prisa pero con decisión y la abrió en una zona del muro de fuego… Las llamas se apartaron en aquel punto preciso, permitiendo que ahora pudiese salir de allí… Lo último que vieron los que aún permanecían con vida, consumiéndose por las llamas, fue a una niña distinta, un ser diferente, con el pelo ondeando como el fuego que los devoraba, totalmente del mismo color, y los ojos verdes, de una belleza terrible que solo puede otorgar la más pura maldad… Vieron cómo la niña los miraba y les sonreía, aunque ya no parecía tener el cuerpo de una niña… Fueron testigos de un nacimiento…
El nacimiento de la bruja Claire.