La Maldición del Espejo
La garra misteriosa.
Arthur estaba anonadado. Las preguntas se agolpaban en su
cabeza a la misma velocidad que se le iban disipando al distinguir más y mejor
a aquella chica que tenía ante él.
Era joven… unos años menor que él. Su cabello era negro y
liso… No era muy alta y más bien delgada… Pero se podían apreciar con claridad
sus suficientemente generosas formas femeninas tras aquel camisón fino y
vaporoso de color blanco… Estaba de pie, estática. Mirándolo con aquellos ojos
de una belleza indescriptible y color indefinido…
Arthur comenzó a moverse lentamente, destapándose del todo y
haciendo amago de levantarse…
-¿Quién eres? ¿Y cómo has entrado? No te he oído- Dijo esto
último quedándose pensativo…
Entonces una ráfaga de viento le agitó el largo cabello a la
joven, ocultándole por momentos el rostro de piel tersa y blanca… Arthur se
fijó en la ventana que había tras ella: estaba bien cerrada.
Ahora que lo pensaba… él no había notado nada de aire. ¿Qué
estaba pasando? En ese momento se fijó en que la joven adoptaba una expresión
de preocupación, mirando ligeramente hacia atrás.
-Debo irme. Ten cuidado…- Le decía, como intentando no ser
escuchada por nadie más… por alguien
que pareciese estar cerca…
Arthur, notando que aquel viento (que él, por alguna extraña
razón, no sentía) parecía hacerse más fuerte, como si la quisiera arrastrar, intentó decirle algo más…
Pero entonces sonaron dos golpes en la puerta. Arthur,
instintivamente, se giró hacia la misma, sin llegar a decir nada; entonces
volvió a girarse hacia donde estaba aquella chica…
Pero ya no estaba. Arthur puso cara de contrariedad, sin
entender nada. Pero no podía concentrarse en pensar debido a la insistente voz
que provenía del otro lado de la puerta…
-Señor Arthur, señor Arthur… ¿Está usted bien?- Le
preguntaba con evidente preocupación Philip, el mayordomo…
Al joven le llamó la atención aquella forma peculiar de
llamarle…
-No, nada. No pasa nada- le decía, intentando que se marchara
para poder tratar de comprender…
Pero Philip insistía.
-¿Puedo pasar, señor Arthur?- Pidió…
Arthur suspiró en voz baja y contestó.
-Claro, Philip. Pasa.
El mayordomo, ciertamente avergonzado por entrar de aquella
manera en la estancia del recién llegado -al que había cogido respeto y
admiración desde el momento en que supo de quién se trataba-, pasó, nervioso,
mirando con nulo éxito de disimulo en todas las direcciones posibles de la
habitación…
-¿Se encuentra bien, señor Arthur?- Preguntó, mirándolo
inquisitivamente…
Arthur advirtió esto. Aunque ya le caía bien, no era algo de
lo que quisiera hablar en aquellos momentos con el esmerado mayordomo…
-Sí, claro. Solo un poco cansado…- Esperaba que cogiera la indirecta…
Pero Philip seguía insistiendo…
-Es que me pareció oírle hablar con alguien…- Se detuvo de
golpe, como si no quisiera decir demasiado.
Arthur (que veía que aquel mayordomo ya sabía algo) decidió que quería estar solo.
-Sería yo mismo. A veces no me doy cuenta y me encuentro
hablando solo. No es nada, Philip- esperaba que aquello fuera suficiente…
Parecía que sí lo fue. El mayordomo, tras un último vistazo
a la zona de la ventana, comenzó a asentir mientras se giraba para retirarse…
-Bien, Ya sabe. Si necesita algo…- Le recordó, girando la
cabeza hacia Arthur una vez más…
Este asintió, con una sonrisa amable, esperando que saliese
de la habitación.
Por fin, se quedó a solas. Se levantó casi de un salto y
encendió la luz de inmediato. Ahora estaba de pie, oteando los alrededores de
su habitación. Lo primero que hizo fue ir derecho a la ventana y comprobar que
-como así era- estaba cerrada… Apartó las cortinas para ver qué había detrás:
todo normal. Acto seguido, ocurriéndosele de repente, “aterrizó” hasta el suelo
para mirar debajo de la cama… Nada. Tanteó con la mano, alargando el brazo, para
ver si -por un casual- encontraba alguna trampilla… No había ninguna. Se
incorporó, llevándose una mano a la altura de la barbilla -tapándose
parcialmente los labios-, pensando…
-“El armario”- cayó en la cuenta.
Rodeó la cama (aprovechando para examinar visualmente las
paredes) y se fue directo al ancho y alto armario de dos puertas… Las abrió de
golpe.
Solo había perchas.
-¿Mm? ¿Qué es esto?- Dijo aproximándose al fondo del
interior del mueble…
A pesar de la poca luz, se distinguía algo en el tablero acolchado
de la parte de atrás que daba con la pared. Fue a por la lámpara y la acercó a
unas extrañas marcas que ahora se distinguían con claridad: eran tres líneas
oblicuas, paralelas y de aproximadamente dos palmos de longitud cada una, irregulares
y hechas sobre el tejido estampado que recubría toda la parte interna del
armario…
-“Parece… un zarpazo”- fue su primera conclusión…
¿Un animal se colaría en algún momento y haría esto? ¿Había
animales en la casa?
¿Y aquella chica? ¿Cómo lo había hecho para entrar y salir
de la habitación? ¿Y… quién era?
Iba haciéndose preguntas mientras se sentaba en su cama,
apagando la luz y echándose, quedándose -al cabo de un rato y sin darse cuenta-
dormido…
Los rayos del sol entrando por la amplia ventana lo despertaron.
Se había quedado dormido sin terminar de arroparse. Durante unos instantes no
conseguía recordar dónde estaba; ni qué hacía allí. Pero al cabo de unos
segundos recordó y se levantó…
Fue hacia la ventana y apartó el visillo para ver mejor el
paisaje… de quedó viendo una extensión llana que iba más allá, acabando -casi
abruptamente- en los cerros lejanos, pertenecientes al sistema montañoso en el
que se encontraban en aquel lugar… Aguzó la vista para comprobar que,
efectivamente, parecía haber un lago después de un colorido prado; no estaba
muy lejos…
Pero ahora tenía que deshacer su maleta antes de bajar a
desayunar. Después de eso último, hablaría con el señor Everton sobre el motivo que lo había llevado hasta allí…
En primer lugar, decidió colocar su ropa. Se dirigió al armario. Se sorprendió al
comprobar que se lo había dejado abierto… a pesar de no recordarlo muy bien.
Sin más, comenzó a guardar sus escasas prendas de vestir en aquel rincón
habilitado para tal propósito…
Volvió a ver las marcas. No pudiendo evitar volver a pensar
sobre ello; entonces se fijó en algo que había en la superficie, justo debajo
de las mismas, sobre unos cajones: parecían virutas… Pero no le dio más
importancia y terminó de guardarlo todo, cerrando al acabar.
Ahora tocaba su “equipo de investigador”, como a él le
gustaba llamarlo. Básicamente consistía en un pequeño maletín donde guardaba
instrumentos tales como una lupa, un microscopio rudimentario, algunas
herramientas… Incluso un pequeño telescopio. Y en sus libros, a los cuales les
tenía mucho aprecio. Versaban sobre temas variados que, sabía, le podían ser
útiles para realizar multitud de consultas. Una vez hubo acabado, consultó su
reloj de bolsillo para comprobar que ya era la hora. Y, tras asegurarse de que
llevaba sus inseparables libreta y pluma estilográfica, dio una última vista
general a la estancia antes de cerrar la puerta tras de si.
Definitivamente era una mañana luminosa. Los haces de luz,
conteniendo las incontables partículas de polvo del ambiente, daban al hall un
aspecto menos amenazador que la noche anterior… Abajo le esperaba Philip.
-Buenos días señor Arthur. ¿Ha descansado?- Se interesó, quedándoselo
mirando atentamente, esperando su respuesta, como si estuviera comprobando
algo…
Arthur se dio cuenta de esto,
aunque no le quiso dar mayor importancia…
-Bien, bien. He dormido muy bien- quería que quedase claro…
El mayordomo tampoco insistió, sonriendo ampliamente (aunque
de forma algo forzada).
-Sígame por aquí. El señor Everton aguarda para dar comienzo
al desayuno- le informó.
Tras Arthur asentir, le siguió hasta la estancia que venía a
continuación, no mucho menor que la que dejaban atrás, encaminándose hacia la
parte izquierda de la casa. Pero esto era un pasillo, una especie de sala de
recepción de invitados, igualmente cubierta de cuadros y retratos y con la
misma alfombra marronácea que parecía señalar los caminos por donde se podía
seguir, al igual que en un mapa…
Llegaron a la siguiente sala, también enorme pero con otra
distribución. Era el comedor; mucho más grande que el mismo en el que había
estado la noche anterior y que quedaba justo al lado de la cocina… Aquí había
una mesa amplísima y majestuosa, cubierta con vajilla de valor incalculable (aunque
en su mayoría polvorienta), para numerosos comensales invisibles…
Tan solo se encontraba el señor Everton en la misma, sentado
en uno de los extremos curvados.
-¡Ah! Buenos días…- Dijo Arthur de pronto, nada más verle…
Tanto Philip como el señor Everton intentaron contener una
sonrisa. Quedaba claro que el recién venido no estaba muy al tanto en
cuestiones de protocolo…
-Buenos días, señor Naoum. Siéntese, por favor- le dijo, con
una educación exquisita -como ya había demostrado desde el primer momento-, el
señor Everton, señalándole una silla labrada de madera situada en uno de los
lados contiguos, cerca del dueño de la casa…
Arthur hizo un gesto de asentimiento con la cabeza -con el
que además dio las gracias-, yendo hacia la silla, una de la veintena que
rodeaban la mesa, cubierta por un mantel tan blanco que reflejaba intensamente
la luz solar, la cual entraba por los altos ventanales que ocupaban la mayor
parte de la pared que quedaba a espaldas de Everton…
-Puede llamarme Arthur…- Aquí él mismo no estaba seguro de
si había sido muy correcto hacer aquella puntualización…
Sin que Arthur -un poco cohibido- se diera cuenta, Everton
le dirigió una mirada intencionada a Philip, que obedeció de inmediato; este salió
de la sala sin decir nada más.
Mientras tanto, Arthur giraba el cuello para ir viendo detenidamente
aquella estancia que no era recogida, realmente… Vio que, en la pared opuesta a
la de los ventanales, había otra chimenea, mucho más grande que la del despacho
del señor Everton.
Durante unos instantes, se produjo un silencio que a Arthur
llegó a incomodarle; pero no parecía que aquel hombre estuviese muy dispuesto a
hablar, metido en sus pensamientos, como si él no estuviera allí…
Entonces llegó Philip, acompañado por alguien.
-Buenos días, señor- habló una voz grave de mujer que se estaba
acercando a la espalda de Arthur…
Este se giró y pudo ver a una mujer, gruesa y de mediana
edad, con un rostro agradable y sonrosado, vestida inequívocamente de cocinera,
rubia con el pelo recogido en un moño y los ojos pequeños y castaños. Llevaba
una bandeja de plata con huevos y abundante beicon, cuyo olor delicioso invadió
al joven antes incluso de verlo…
-Arthur, le presento a Helen, la cocinera- habló Everton.
Arthur, de natural algo tímido, no supo cómo comportarse
durante un momento, sacando finalmente la mano para estrechársela; lo que
ocurre es que la mujer las tenía ocupadas, provocando la súbita duda en él
sobre qué hacer a continuación…
Pero no pasaba nada. Con un aplomo propio de quién tiene
experiencia en lo que hace, dejó la bandeja con los platos en el sitio de la
mesa preparado para ello, y le estrechó la mano, fuerte y con una sonrisa…
-Es usted más joven de lo que me esperaba. ¿Ha venido con su
mujer? ¿O novia?- Preguntó con toda la confianza del mundo…
A Arthur, por supuesto, no le importó, aunque se quedó sin
palabras ante aquellas preguntas que no se esperaba…
-No, no… Vengo solo- se apresuró en aclarar…
La mujer puso cara de extrañeza.
-¿Cómo? ¿Un hombre joven y apuesto sin novia? ¿O es que
tienes algo en la tierra que dejas atrás…?- No había tardado en tomarse
confianzas…
Ahora ya casi se ruborizaba ante la insistencia de aquella
mujer que le daba palmaditas -no suaves, precisamente- en la espalda…
-No, no. No hay nadie, no- no lo decía muy orgulloso…
Helen dejó de insistir, riendo traviesamente…
-Vamos, Helen, deja al muchacho. Ya ha satisfecho con creces
tu infinita curiosidad- le recriminaba Philip, detrás de ella…
A la cocinera le cambió el rostro, haciéndose la ofendida.
Everton había visto y escuchado toda aquella escena con una sonrisa en el
rostro, divertido.
-No habrá probado nunca nada como esto, señor Arthur. Helen
es una cocinera excelente que ha rechazado puestos mucho más importantes que el
suyo para trabajar en este lugar perdido de la mano de Dios…- Dijo esto último
controlando el tono lúdico predominante…
Helen movió la cabeza, restando importancia a aquellas
amables palabras que le dedicaba casi cada vez que la veía. Arthur no dudó en
asentir varias veces mientras volvía a girarse hacia la mujer…
-Desde luego, huele fenomenal- dijo, con toda la sinceridad
que pudo…
Helen (a la que el joven huésped le había caído en gracia)
sonrió, ruborizándose ahora ella.
Entonces Arthur vio que había alguien más al otro lado de la
puerta abierta de par en par, como si se escondiera… Al ver la cocinera hacia
donde se dirigían los ojos del muchacho, se dio cuenta de que debían cumplir con su obligación.
-Rosalyn. Puedes pasar- le dijo, en tono levemente
autoritario, a la joven que se encontraba semioculta tras el marco de la
puerta…
Arthur se quedó embobado viendo pasar a una chica, de
aproximadamente su edad, con el pelo castaño recogido, vestida con ropas negras
y blancas de ayudante de cocina, con un delantal, llevando otra bandeja -esta
cubierta- con mucho cuidado, concentrada en que no se le fuese a caer…
Arthur se fijó en sus ojos castaño oscuro, fijos en la
bandeja… hasta que se encontró con los suyos…
De pronto, la chica trastabilló, “volando” y cayendo el contenido de la
bandeja -tostadas y varios tipos de mermelada- sobre la cabeza de Arthur.