La Maldición del Espejo
Lo inevitable.
Arthur aún sostenía el libro entre las manos, asimilando aquella información. Aunque, realmente, ya sospechaba que podía tratarse de aquello…
Mientras tanto, en otra parte de la casa, ante la puerta que Arthur le había advertido expresamente que no abriera, se encontraba Hans. Ya no estaba tan seguro de hacer lo que tenía en mente al respecto…
Con la mano casi tocando el pomo de la puerta, Hans se había detenido, de repente, al notar como si un escalofrío le recorriera el espinazo… Arthur levantó la cabeza, apartando la mirada que hasta ese momento había estado centrada en aquel viejo volumen y notó una extraña sensación, como de alarma, que no era la primera vez que sentía…
Tras vacilar unos instantes, debatiéndose con dureza, Hans optó, finalmente, por desistir de abrir aquella puerta que parecía repelerle y atraerlo con la misma intensidad… En la biblioteca del sótano, Arthur pareció relajarse, y volvió a dirigir su atención al pesado libro que tenía delante…
Hans dio media vuelta y, con la firme intención de volver en otro momento -y aquí tenía la imagen de Arthur en mente-, se alejó poco a poco, acelerando el paso después, en dirección a su habitación, sita en el piso superior.
Arthur llegó a la conclusión de que ya había averiguado todo lo que podía aquella noche; se sentía cansado… Tomó la decisión de guardar el libro de nuevo -era muy voluminoso para llevarlo a su habitación y, además, habría de volver a este lugar-, memorizando el punto exacto de aquella estancia -en la gran estantería- en el que se encontraba, y marcharse, portando el candil que le iluminaba lo justo el camino de salida.
Mientras Hans se alejaba -notando una extraña urgencia-, algo lo miraba desde el otro lado de la puerta que dejaba atrás… Y se había fijado en él…
La noche transcurría lentamente. Arthur se encontraba sobre su cama, vestido, sin poder pegar ojo. Se le acumulaban los pensamientos: la investigación y lo que había averiguado… la posibilidad de que apareciese Elizabeth en cualquier momento… la llegada de su amigo… Rosalyn…
Entonces, cuando parecía estar lo suficientemente distraído como para empezar a sentir el sueño, una imagen se formó ante él, a los pies de la cama: era Elizabeth -que casi parecía estar subida en la misma-, con una expresión urgente en su blanquecino rostro…
-Ayúdale…- Lo apremiaba, con una voz atenuada por la lejanía…
Arthur se incorporó en seguida, aguzando el oído para escucharla mejor…
-Elizabeth, ¿qué pasa? ¿Te encuentras bien?- Le preguntó, confundido…
Lo último que hizo antes de desaparecer de su vista fue señalar hacia la puerta de la habitación, sin apartar una mirada inquietante de los ojos de Arthur, que llegó a estremecerse…
-Va a por…- Pero la voz de la joven se apagó, como su débil imagen en la oscura habitación.
Arthur también se quedó con la palabra en la boca, contemplando con impotencia cómo se esfumaba la chica… Igual que si lo hubiese soñado.
Tardó unos segundos en reaccionar.
-“Que le ayude… ¿A quién?”- Trataba de comprender…
Entonces cayó en la cuenta. Dio un salto de la cama y, sin ponerse siquiera los zapatos, fue directo hacia la puerta. ¿Cómo no lo había entendido desde el principio? Ahora estaba seguro de a quién se refería…
La puerta no se abría. Al principio pensó que estaba haciendo algo mal pero no tardó en averiguar que, por alguna razón, no era capaz de mover la manilla, por muy fuerte que la empujara…
-“¡Maldita sea!”
Utilizaba ambas manos, luego todo el peso de su cuerpo… nada. Se detuvo unos segundos a descansar…
Pero no podía permitirse no conseguirlo.
En su habitación, Hans tampoco podía dormir. Sus dos pensamientos… sus dos obsesiones… giraban en torno a aquella sala y a aquella chica… Incluso fantaseaba con ella en el interior de aquella enigmática estancia…
Entonces se sobresaltó. No estaba seguro, pero le había parecido que “algo” se había movido más adelante, cruzando de una parte a otra de su campo visual… Trató en vano de no pensar en ello, de ignorarlo. Hasta que volvió a verlo, esta vez con más claridad: una sombra negra, pasando cerca del techo, de lado a lado…
Ahora se fijó mejor. Con la escasa luz que entraba por la ventana semitapada por el visillo, alcanzó a distinguir una figura que permanecía estática sobre su cabeza… Hans no se lo quería creer; no podía ser nada más que el producto de su imaginación, fruto del cansancio por el viaje… Pero abrió mucho los ojos al ver que aquello no se lo estaba imaginando…
A duras penas consiguió salir de la cama justo antes de que aquella extraña forma se abalanzase sobre él, hundiendo el lecho hasta hacer estallar las patas del mismo…
Desesperado, fue como pudo hasta la puerta y luchó por encontrar la manilla, imposible de ver con aquella penumbra… al mismo tiempo, la forma sombría se iba incorporando, como rehaciéndose, preparando una nueva embestida contra el joven…
Este, en el último momento, logró abrir la puerta y salir al pasillo, cerrándola de golpe antes de ver, horrorizado, cómo esa “cosa” se lanzaba irremediablemente hacia él…
Pero, para su desconcierto, no hubo impacto. ¡¿Qué estaba pasando aquí?! ¡¡¿Qué era eso?!! Tal vez no había sido tan buena idea llegar hasta aquella mansión…
Antes de ir, Hans había pensado que podría obtener algo de todo ese asunto; al fin y al cabo, él también era investigador… Con el tiempo, había conseguido considerables beneficios siguiendo la corriente a incautos que pensaban encontrarse ante manifestaciones del otro mundo… Y él les daba lo que querían. Luego les cobraba todo lo que podía, sin ningún tipo de compasión ni escrúpulo -¿para qué?-, desapareciendo antes de que pudieran sospechar cuán estúpidos habían sido en confiar en sus “servicios”…
Pero lo que estaba viviendo ahora no era como en aquellas ocasiones. Se acordó de la primera vez, en Siria, cuando fue testigo de aquel terrible espectáculo del supuesto poseído…
Su atención regresó de inmediato a aquel momento y a aquel lugar: a su izquierda, a pocos metros de distancia, la iluminación nocturna alcanzaba a dibujar una enorme silueta, de un encapuchado, que sujetaba con su larga y huesuda mano una soga… la cual, en su mayor parte, arrastraba por el suelo… Y había algo más: por las manos, le resbalaba sangre sin parar, deslizándose por la soga… la parte baja de la larga y raída túnica, que arrastraba por el suelo, estaba manchada por sangre ya seca… Y, mientras comenzaba a caminar, lenta pero inexorablemente, hacia un atemorizado Hans al que le flaquearon las piernas, iba dejando un espantoso rastro sanguinolento por donde iba pasando…
-¡Socorro! ¡¡Socorro!!- Gritaba con todas las fuerzas que el miedo le permitía…
Pero sus gritos no se escuchaban en absoluto en la habitación del señor Everton… ni en la de Helen y su hija, Rosalyn… ni en la de Philip… La boca de Hans se movía pero no llegaba sonido alguno más allá de donde se encontraba…
Sin embargo Arthur -de una forma inexplicable- le oyó, claramente.
-¡Hans! ¡¿Qué pasa?!- Trató de hacerse oír, mientras seguía forcejeando con la puerta…
Ahora fue Hans quien pudo oír a Arthur, justo cuando aquel era presa de la desesperación más absoluta…
-¡Arthur! ¡Ayúdame!- Le pedía, paralizado, mientras aquello se aproximaba pesadamente, con un movimiento antinatural, como si fuera a descoyuntarse en cualquier momento…
-¡Hans, corre! ¡¡Corre!!- Le instó Arthur, seguro de que, fuera lo que fuese lo que estaba pasando, eso era lo que debía hacer…
Como si despertara de golpe, Hans logró poner en marcha sus piernas, con extrema dificultad, y comenzar a desplazarse cada vez a más velocidad por aquel gélido pasillo… La forma proseguía su irremediable avance…
Entonces, como si se hubiera desecho de una presa, Hans comprobó que ya podía correr con normalidad… Y corrió.
El encapuchado se detuvo, ligeramente desconcertado en apariencia. Y continuó avanzando…
Súbitamente, Arthur consiguió abrir la puerta, habiendo desaparecido aquella resistencia. Sin pensárselo dos veces, salió al pasillo y fue derecho a la habitación de Hans…
Al llegar, la encontró abierta; y vacía… aunque todo estaba en orden… ¿Dónde podía estar, en aquella enorme mansión…?
Entonces, en ese instante, tuvo un presentimiento. Debía dirigirse de inmediato allí…
Hans bajaba a trompicones por la escalera, estando a punto de caer por la misma en varias ocasiones; de vez en cuando, miraba hacia atrás, pensando en algún momento que ya se había librado de su perseguidor… Pero, si se quedaba quieto, ahí estaba de nuevo, con paso lento pero continuo… Sin aliento, con el rostro pálido y sudoroso, reemprendía, asustado, la huída… Sentía ganas de llorar del miedo que tenía…
Al pasar Arthur frente a la habitación de Rosalyn -situada en el mismo ala de aquel piso- esta se despertó. La primera persona en la que pensó fue en el joven. No se paró a pensar por qué… Simplemente, se levantó, con mucho cuidado de no despertar a Helen, que dormía a su lado, y fue, descalza, hasta la puerta… La abrió, despacio, procurando no hacer ruido y se asomó: llegó a ver a Arthur desapareciendo por las escaleras que descendían al hall de la mansión…
En camisón (y sin calzado), cerró la puerta tras de si y se encaminó en la misma dirección que había tomado el joven investigador…
Hans había llegado al hall. Se paró unos segundos para recobrar el aliento: jadeaba con violencia, sujetándose las rodillas con ambas manos… Elevó la mirada y allí estaba: aquello continuaba imparable su “progreso”, arrastrando la soga que -ahora que se fijaba- parecía tener vida propia… Con una mueca de hastío, pareciendo acto seguido que iba a ponerse a llorar, el joven se irguió y buscó urgentemente con la mirada hacia dónde podía seguir huyendo…
Solo en el último instante de su vida se preguntaría por qué tomó aquella decisión.
Se giró y “se encontró” con la puerta que llevaba a la zona norte de la mansión; la misma que había cruzado escasas horas antes… Enfiló hacia dicha puerta y perdió -momentáneamente- de vista a aquel que (desconocía por qué) quería darle caza…
Arthur bajaba las escaleras. Y seguía bajando. Y…
Un momento. Aquello era muy extraño. Bajaba y bajaba, recorriendo infinidad de escalones… y no llegaba a ninguna parte. Se detuvo, contrariado. Miró hacia delante… no parecía haber nada anormal… Se acercó a la barandilla y se asomó abajo: era aterrador. Las escaleras descendían infinitamente… no se veía el final… Comenzando a notar vértigo, se alejó, dando dos pasos, del límite de la escalera… ¿Qué estaba pasando? ¿Cuánto había que descender para llegar a alguna parte? Decidió seguir el descenso, confiando en que, tarde o temprano (y, al igual que había sucedido con la puerta de su habitación), aquello cesara y pudiese llegar al hall para reunirse con su amigo…
Siguió bajando escalones, todo lo deprisa que podía, tratando de no pensar en aquella locura que estaba viviendo…
Rosalyn avanzaba con cautela por el pasillo; no quería que Arthur la descubriese… aún. Pero, con cada paso que daba, sentía más temor… no sabía cual debía ser la razón… Había oído historias sobre aquella mansión; pero no había visto ni oído nada fuera de lo común en el tiempo que, junto a su madre, trabajaba en aquella casa. Aunque era cierto que… Decidió no pensar más en ello (como hacía en ocasiones como esa) y continuar tras los pasos de aquel joven que se había hecho dueño de sus pensamientos en demasiado poco tiempo…
Hans cerró la puerta nada más cruzarla, torpemente. Ahora se encontraba, solo, en aquel pasillo, pudiendo vislumbrar el cielo nocturno a través de los ventanales situados en la parte alta de la pared situada al otro extremo… llegó a ver que se trataba de una noche despejada… Mientras la contemplaba, comenzaba a pensar que, quizá, no había sido buena idea ir hasta aquel lugar… De hecho, se arrepentía amargamente.
No podía ser. Sus ojos se abrieron mucho, de terror, al comprobar que la puerta que tenía a su espalda, comenzaba a ceder… ¡Pero, todavía no era posible que hubiese llegado hasta allí, a aquella velocidad…! Con todas sus fuerzas, posó las manos sobre la puerta doble que acababa de atravesar hacía apenas unos instantes y empujó, usando todo su cuerpo en un momento dado…
Pero era inútil. Aquel ente, o lo que fuera, tenía demasiada fuerza… No era capaz de contenerlas… Finalmente desistió y se echó atrás casi de un salto…
Mientras daba aún medio paso atrás, contempló con estupor cómo se abrían ambas puertas, hacia dentro, dando paso a la misma y amenazadora figura que venía persiguiéndolo desde arriba…
No había más remedio, pensó: iría derecho a la sala “prohibida”. A punto de tropezar al darse la vuelta, consiguió llegar a tiempo para abrir la puerta de aquella estancia, tardando unos frenéticos segundos en hacerlo, que acortaban la distancia entre él y aquel monstruo… Por fin, pudo acceder al interior y cerrar con un portazo que dio con toda su alma…
Silencio. Hans, temblando, aguzaba el oído…
Arthur corría escaleras abajo, consciente de que podía continuar de aquella manera indefinidamente… Pero no podía detenerse…
Hans se atrevió incluso a acercarse a la puerta. Quizá aquello se había marchado… Tal vez todo consistía en un susto para que se largara de allí; para que aprendiese la lección… Pues bien, en cuanto pudiera, se iría de aquella mansión -esa misma noche si era posible- y volvería a su casa. Se prometió a si mismo que cambiaría, que sería mejor persona…
La puerta se abrió de forma absolutamente sobrenatural, pasando de estar cerrada a abierta… Hans vio con resignación cómo aquella figura lo señalaba con la mano que no llevaba la soga… Entonces, el joven comprendió que era demasiado tarde… para todo.
La soga, totalmente independiente de su portador, se abalanzó sobre él, siendo lo último que vería en este mundo…
De pronto Arthur se dio cuenta. La escalera volvía a tener sus dimensiones normales. No se paró a tratar de averiguar nada y fue directamente a la sala del espejo…
Cuando llegó quedó impresionado por lo que se encontró: de una soga sujeta de forma imposible, en el techo, estaba colgado su amigo, por el cuello. Estaba ahorcado. Y, por la forma en que se encontraba situado, sabía que no había sido él… A continuación, llegó apresuradamente Rosalyn, que había logrado dar alcance a Arthur…
Su grito se escuchó por toda la mansión, llegando al exterior transportado por el viento nocturno.