La Maldición del Espejo
Recuerdos indelebles (2ª parte).
La expresión de mi abuelo era de gravedad. Miraba hacia un punto invisible más adelante, en el suelo, mientras se terminaba de abotonar una túnica de mangas largas y anchas de un color blanco amarillento, al igual que los pantalones, que también se los había cambiado; Dalia llegaba corriendo con sus zapatos, marrones, en una mano y una bolsa de piel curtida, llena, en la otra…
-Aquí tiene- le decía la joven, entregándole primero los zapatos, de forma apresurada, y aguardando a que se los pusiera sujetando la bolsa, por las asas con ambas manos, contra su cuerpo…
Mi abuelo seguía muy serio y concentrado; observándole, era una persona diferente a la que nos habíamos encontrado a nuestra llegada… Mientras tanto, mi padre y el de Hans hablaban en voz baja, igualmente preocupados; nosotros estábamos ahí en medio, sin saber qué hacer ni qué pasaría a continuación… Una vez mi abuelo hubo terminado de prepararse se detuvo bruscamente al encontrarnos en su camino.
-Vosotros…- Comenzó, pensando rápidamente lo que había de decirnos…
Nuestros padres se acercaron y se mantuvieron a la expectativa de lo que aquel hombre sabio fuera a decidir… Finalmente mi abuelo tomó una decisión.
-Sí. No hay duda. Habéis venido cada uno desde muy lejos precisamente para esto: ellos deben venir- esto último lo dijo mirando a nuestros respectivos progenitores…
Estos no dijeron nada. No parecían muy contentos con aquella idea… Pero sabían que mi abuelo tenía razón. Y yo, creí comenzar a entender por qué había ido en realidad hasta aquel país junto a mi padre…
Mi abuelo se giró lo suficiente hacia Dalia para hacerla entender que había llegado el momento de ponerse en marcha… Esta reaccionó en seguida y continuó llevando la bolsa hasta que salimos fuera de la casa.
Una vez afuera nos encontramos con el tipo que había venido pidiendo ayuda por su hermano, implorando al cielo con el rostro apesadumbrado… Al ver que a Dalia parecía pesarle ligeramente aquella enigmática bolsa, no dudé en aproximarme a ella y ofrecerme a llevarla yo…
-No, debe hacerlo ella. Ya sabe donde tengo las cosas…- dijo mi abuelo, nada más advertirlo, tras la inicial vacilación de la chica.
No insistí, obviamente. Decidí limitarme a mirar y escuchar todo lo que pasase a continuación.
Tras cerrar con llave la puerta del exterior, mi abuelo se colocó un sombrero, de estilo occidental, que le daba un aire totalmente distinto y misterioso, puesto que apenas se adivinaban sus ojos, de fuerte mirada, bajo el ala ancha del mismo…
Caminamos nuevamente, cuesta arriba, por donde habíamos venido. Resultaba que la casa hacia donde nos dirigíamos, efectivamente, estaba muy cerca de allí, en aquel mismo camino de tierra árida; de hecho, pasamos al lado instantes atrás. Todos seguíamos a mi abuelo, con Dalia a su lado, mis padres justo detrás y nosotros atrás del todo, intercambiando miradas llenas de elocuencia…
Junto a la puerta de verja que daba al pequeño jardín de la entrada, a distancia prudencial de la misma, había una mujer de mediana edad, llorando amargamente, abrazando a una niñita de unos ocho o nueve años, muy asustada y cayéndole también las lágrimas entre sonoros sollozos… no había duda de que habíamos llegado…
Cuando nos detuvimos, comprobamos cómo aquel hombre, el que nos había venido a avisar, se había quedado atrás, rezagado, paralizado por el miedo… Tenía la cabeza girada hacia otro lado y la mirada perdida… Tan solo fue capaz de levantar una mano temblorosa y señalar hacia el interior de la casa. La mujer y la niña, sin dejar de llorar, nos miraban fijamente; mis ojos se cruzaron con los de la pequeña, que me sostuvo la mirada sin poder evitar comenzar de nuevo a sollozar…
Entonces lo oímos. Del interior de la casa, provenían unos gritos pertenecientes a un varón, unos gritos desgarradores y lastimeros… Una mala sensación me llenó en aquel momento… Nuestros padres se adelantaron y se dirigieron a mi abuelo, que escuchaba con atención…
-Padre. Es muy peligroso. Aún no saben nada de todo esto…- Le dijo mi padre al suyo.
-Sí. Ellos deberían quedarse afuera…- Convino el señor Clayton.
Mi abuelo nos miró, a Hans y a mí, y se quedó pensativo unos instantes…
-Muy bien. Que lo decidan ellos. Escuchadme: ahí dentro no hay peligro para vosotros; pero siempre puede salir algo mal… Es decisión vuestra estar o no presentes- concluyó.
Ya me imaginaba lo que podía encontrarme allí dentro -o no-, pero, estaba seguro de una cosa: quería estar presente. Una atracción inexplicable me atraía sin remedio hacia las profundidades de aquella casa…
-Yo quiero ir- dije sin dudar.
Mi padre se quedó sorprendido al oír mi respuesta y, además, con aquella determinación. Pero no tardó en sonreír de orgullo… Al igual que mi abuelo, que ahora dirigía la mirada hacia un dubitativo Hans…
-¿Y bien, muchacho? ¿Qué harás tú?
Hans temblaba ligeramente; no cabía duda de que en aquellos momentos estaba librando una batalla interna… No era capaz de mirar a los ojos a mi abuelo, permaneciendo en el sitio, tenso, con los puños apretados… El señor Clayton, al ver a su hijo en aquel estado, dio un paso al frente para posar una mano en su hombro, seguramente no para animarle, sino para decirle que no hacía falta que entrara en la casa, que no pasaba nada…
-¡Yo también quiero ir!- Soltó de golpe.
Ahora fue su padre el que se llevó una sorpresa; aunque, en este caso, no fue acompañada con una mirada orgullosa por su parte…
Mi padre y mi abuelo intercambiaron una mirada de complicidad y ambos asintieron. Era como si hubiésemos pasado una primera prueba…
Una vez decidido, nos dispusimos a acceder al interior de aquella vivienda en la que se respiraba un ambiente inquietante, y del que provenían velados lamentos…
-De acuerdo. Vosotros dos- dijo, en tono exhortativo, mi abuelo, dirigiéndose a Hans y a mí.- No os separéis de mí. Y vosotros, guardadles las espaldas- esta vez dirigiéndose a nuestros padres…
El mío asintió de inmediato, pero el señor Clayton no parecía muy conforme con aquella situación…
Mi abuelo iba en primer lugar, con Dalia a su lado, un paso por detrás; Hans y yo apenas veíamos lo que había delante ya que estábamos situados justo detrás de aquel hombre, valiente y decidido; y detrás de nosotros, muy cerca, nuestros padres… las voces se oían cada vez más próximas… Empezaba a sentir auténtico miedo…
Llegamos a la habitación de donde llegaba el ruido. Era un dormitorio. Y, sobre la cama grande, en unas sábanas sucias y llenas de una sustancia extraña y viscosa, un tipo tumbado como si acabaran de tirarlo desde arriba… Estaba rígido, con los brazos estirados y pegados al tronco a ambos lados, las piernas también como palos; se encontraba ligeramente ladeado y la cabeza, echada sobre la almohada manchada, se movía con casi imperceptibles espasmos, igualmente agarrotada en línea con el cuerpo encorvado…
Me fijé mejor: tenía los ojos en blanco. Y una especie de espuma blanca le brotaba todavía de la boca medio abierta… Hans y yo nos quedamos quietos; más bien paralizados por aquella perturbadora visión… Mi abuelo, dando paso y medio adelante, sin apartar la vista de aquel pobre tipo, se giró y dirigió una mirada a mi padre con la expresión muy seria.
-Retrocedamos- me dijo, tras ponerme una mano en el hombro y casi arrastrarme hasta quedar detrás de él…
Comprobé que algo similar le había ocurrido a Hans, que ahora se encontraba una vez más a mi lado…
-Dalia, mi bolsa- le dijo a la chica, muy adelantada respecto a casi todos los demás, en primera línea al lado de mi abuelo…
Pero, una vez le hubo acercado la bolsa, este no esperó un segundo a indicarle con un ademán que se dirigiera al fondo de la habitación, en una esquina, un poco más retrasada que Hans y yo y a cierta distancia; pero con vía libre para llegar al lado de mi abuelo en cualquier momento…
Mi anciano familiar, al que había conocido hacía unas escasas dos horas, se encontraba ahora rebuscando en aquella bolsa que había apoyado sobre una silla situada junto a la pared; hasta que, finalmente, pareció encontrar lo que buscaba: un libro, antiguo y gastado, de lomo negro, que casi cabría en la mano… Una vez lo hubo encontrado, se situó ante la cama, dándonos la espalda.
Entonces mi abuelo, comenzó a susurrar unas palabras en otra lengua: no tardé en reconocer que se trataba de latín… poco a poco, los susurros iban subiendo de volumen hasta alcanzar el nivel normal de una conversación… Nuestros padres hacían la función de “parapeto” mientras todo esto sucedía…
Aquel cuerpo casi sin vida aparente se movió. Progresivamente, comenzó a retorcerse en su cama, arrugando las sábanas inmundas… Mi abuelo seguía con aquella retahíla, totalmente concentrado, comenzando a percibirse la urgencia en su voz…
Ahora no solo se movía, como si estuviera apartándose algo de encima, sino que, además, empezaba a emitir de nuevo aquel gemido lastimero que escuchásemos desde fuera…
El hombre que se encontraba ahí de pie, parecía aumentar de tamaño ante nosotros a medida que se erguía y alzaba la voz cada vez con más intensidad…
Un grito horripilante hizo que tuviésemos incluso que taparnos los oídos. Aquel tipo se había incorporado en la cama de golpe y, aún sentado, como si no pudiera moverse de ahí, se había dirigido furibundo hacia mi abuelo, que no le miraba a él sino al libro…
Los sonidos provenientes de aquel que una vez debió ser un hombre, nos estremecían a Hans y a mí… Pude ver que Dalia, aunque trataba de permanecer entera, también estaba muy asustada…
El tipo trataba de alcanzarle con las manos, como si fueran garras, retorciéndose y gruñendo de impotencia y con una rabia descontrolada… Mientras tanto, mi abuelo proseguía imperturbable recitando aquellas palabras que ya se escuchaban, con probabilidad, en el exterior…
Pero entonces sobrevino el desastre. El individuo que nos había venido a pedir ayuda -y al que no habíamos visto llegar- irrumpió en la habitación y, al ver a su hermano en aquel estado, estalló en lloros y lamentaciones. Casi nos tira cuando pasó al lado de Hans y mío y, de algún modo, consiguió pasar a través del muro que formaban nuestros padres de forma escurridiza… golpeando a mi abuelo mientras pasaba. El ímpetu fue tal que hizo que el libro se le cayera de las manos hasta el suelo… Cuando aquel enajenado llegó al lado de su hermano, se arrodilló a su lado, tratando ingenuamente de hacerle entrar en razón…
Pero el poseído, libre de las cadenas que había formado mi abuelo mientras recitaba las palabras, apartó a su hermano recién llegado de un empujón con una mano, estampándole contundentemente contra la pared y haciéndole perder el sentido…
Lo que pasó a continuación transcurrió muy rápido y en medio de una soberana confusión.
El tipo poseído se abalanzó de pronto sobre mi abuelo mientras este se encontraba agachado, tratando de recoger el libro del suelo. Se disponía a estrangularle cuando, inmediatamente, se vio sujetado por mi padre, al que vino enseguida a ayudar el señor Clayton… se produjo un breve forcejeo mientras mi abuelo se llevaba una mano al dolorido cuello… Entonces reaccionó y fue a recoger el libro… Pero aquel tipo era ahora mismo poseedor de una fuerza sobrenatural y se deshizo de sus apresadores con un espantoso sonido gutural; mi abuelo buscaba rápidamente entre las páginas el punto exacto en el que se había quedado, ya que el marcador de página de tela roja se había desprendido al “volar” el libro hasta el suelo por segunda vez…
No le dio tiempo a encontrarlo. De un manotazo, el enfurecido tipo lo lanzó lejos de su alcance… hasta quedar cerca de donde se encontraba Dalia. Esta, sin pensarlo, lo recogió del suelo, ya sin atisbo de miedo en su semblante: solo pensaba en ayudar a mi abuelo. Se apresuró en buscar el punto exacto en el que este se había quedado… Y no tardó en encontrarlo. Dalia se puso a recitar…
El poseído, ante mi atemorizado abuelo, en aquellos momentos desarmado, desvió su atención de él hacia la insolente joven que se atrevía a intentar detenerle… Le dirigió unas palabras amenazadoras en una lengua desconocida, con una voz que parecía provenir de otro mundo, mientras se encaminaba con suficiencia hacia aquella chica…
Ahora la entidad que poseía el cuerpo de aquel infeliz tenía pleno control sobre el mismo…
Entonces se detuvo un instante… como si no pudiera seguir caminando… Pronto se dio cuenta de que aquella “estúpida” sabía muy bien lo que hacía… Aceleró el paso, con dificultad, mientras aquel rostro, ya de por si desencajado, volvía a mostrar un enojo inusitado… Entretanto, Dalia continuaba…
En un momento determinado, al ver que Dalia flaqueaba durante una milésima de segundo, el tipo gritó desgarradoramente, abalanzándose sobre ella, la cual temblaba con fuerza al notar lo que se le venía encima…
Y, no sé de donde, encontré las fuerzas para lanzar todo mi peso sobre él, cargando con el hombro, consiguiendo que los dos nos fuéramos al suelo… Dalia levantó un instante la vista, cruzándonos las miradas. Ella entendió enseguida lo que le estaba diciendo, sin hablar, y se puso de inmediato a seguir pronunciando las palabras, ahora con más aplomo y seguridad…
Lo estaba consiguiendo. Había una lucha interna entre el poseedor (cada vez más debilitado) y el poseído… Pero Dalia, que nunca había hecho aquello antes, se estaba agotando…
En ese preciso instante, cuando las fuerzas la abandonaban y el ente poseedor parecía ganar terreno, apareció la ruda mano de mi abuelo y se hizo con el libro, exclamando dura y claramente las palabras que faltaban de aquel texto…
Tras un largo y ensordecedor chillido, el cuerpo del poseído se desplomó, como vacío, en el suelo de la habitación.
Se produjo el silencio. Solo se escuchaba la fuerte respiración de cada uno de nosotros… Mi abuelo permanecía alerta, con los ojos muy abiertos, en dirección a aquel cuerpo tendido… El señor Clayton ayudaba a mi padre, que tenía un golpe en un lado de la frente; me acerqué de inmediato para interesarme pero mi progenitor me tranquilizó con un gesto de la mano. Entonces me puso esa misma mano en el hombro y me sonrió, mirándome con orgullo; comprendí que lo había visto todo… La sombra de mi abuelo, cubrió a una asustada Dalia que se encontraba encogida en el suelo, de rodillas y abrazada a si misma, haciendo esfuerzos por no llorar… Aquel le tendió una cálida mano y esta, tras mirarle con ojos llorosos, no pudo evitar levantarse de un salto y abrazarle fuertemente, desahogándose en lágrimas e hipidos. El hombre sonreía mientras le acariciaba la cabeza.
Toda esta escena -probablemente desde que el hermano del poseído pasó al lado nuestro- la había contemplado Hans desde la puerta, sin hacer nada…
Algunos días después, nos encontrábamos en la estación. Iba a despedirme de mi padre. Había decidido que me quedaría con mi abuelo para aprender todo lo que solo él podía enseñarme… Lo tenía muy claro. Hans, por su parte, había decidido en el último momento que también se quedaba, aunque su padre no parecía muy contento al respecto… Ni él muy seguro.
Mientras veíamos el tren alejarse, atestado de viajeros, desde el mar de familiares y amigos que les despedía, dirigí la mirada hacia Dalia, que ya me estaba mirando, y nos sonreímos. Aunque Dalia, ahora, me miraba de un modo diferente…
Y Hans, con el semblante serio, no perdía detalle…