jueves, 23 de mayo de 2013

El Zorro Rojo

El Zorro Rojo



La oscuridad era inmensa, infinita… La sensación de caer no dejaba de aumentar de forma casi insoportable… Finalmente, se detuvo. Ahora todo era quietud. Silencio. Y oscuridad… Podía ver sus pies; más bien, el efecto que sus pisadas provocaban sobre el extraño suelo que pisaba: ondas de un azul brillante y luminoso, como si estuviera caminando sobre la superficie del agua, que se convertían en la única luz de aquel oscuro y vacío lugar fuera de cualquier tiempo…
Entonces, al cabo de unos instantes, vio acercarse algo proveniente de más adelante… Y lo sabía porque veía las ondas formarse ante los pasos que iba dando. Al fijarse mejor, se dio cuenta de que aquello que se acercaba debía ser alguna clase de animal… avanzaba lentamente pero de forma continua… Aunque sentía cierto temor ante la proximidad de aquel ser desconocido, tampoco tenía el impulso de salir corriendo… solo permanecía expectante…
Al fin llegó y se plantó ante él. Como si se iluminara su figura, permaneciendo la oscuridad alrededor, se vio claramente de lo que se trataba: era un zorro. Un zorro de color rojo. Y lo miraba con atención, con unos penetrantes ojos azules…
-Hola- dijo el zorro de forma inesperada.
Aunque era increíble que un zorro le hubiese saludado, por alguna razón, aquello le pareció lo más normal del mundo…
-Hola- le contestó tímidamente.
El zorro ladeó la cabeza.
-¿Qué haces aquí?- Le preguntó.
Se dio cuenta de que él mismo no se había llegado a hacer esa pregunta en ningún momento, por alguna extraña razón…
-No lo sé- no supo qué más decir…
El zorro no dijo nada. Ahora él le iba a preguntar.
-¿Dónde estamos?- Quiso saber, aún sintiendo cierto miedo a conocer la respuesta…
El zorro volvió a ladear la cabeza con aire despreocupado.
-Como no me lo digas tú…- Dijo tranquilamente, casi sonriendo…
Aquello le desconcertó. ¿Cómo iba a saber dónde estaba? Por eso se lo había preguntado… porque debía preguntarlo, se repetía…
-¿Y tú quién eres?- Le preguntó al zorro, intentando obtener alguna respuesta…
El zorro se irguió.
-Deberías saberlo. Tú ya lo sabes- insistió.
Aunque quería protestar por aquella respuesta, y sin podérselo explicar, se dio cuenta de que estaba de acuerdo con aquel zorro… sabía quién era… Aunque no era capaz de verbalizarlo…
-¿Es esto un sueño?- No podía (ni quería) dejar de preguntar…
El zorro sonrió ampliamente.
-¿Por qué? ¿Te lo parece? Como ves un zorro hablando ya piensas que es un sueño, ¿no?- Le decía sin abandonar el tono amable…
Al principio, se sintió avergonzado, sin saber por qué, pero luego, tras pensarlo mejor, insistió.
-Pues parece que es lo que es- dijo, como si en cierto modo lo desafiara…
El zorro volvió a sonreír cerrando los ojos.
-Y si así fuera, ¿qué? ¿Acaso piensas que un sueño tiene menos valor que la realidad...?
Aquello le descolocó totalmente…
-Yo… Creo que… ¿Entonces esto es la realidad?- Se le ocurrió de pronto.
El zorro agitó la cola contra el suelo.
-La realidad es como una casa con varias habitaciones. Tú estás en una de ellas.
No estaba muy seguro de comprender…
-¿Y qué hago aquí?- Intentó obtener alguna respuesta “clara” de aquel extraño zorro…
El zorro pareció ponerse más serio.
-Si no lo sabes, estás perdido- sentenció.
Aquello comenzó a asustarle.
-¿Perdido? ¿A qué te refieres? No sé dónde estoy ni qué hago aquí… por eso lo estoy preguntando…- Trataba de explicar… aunque sentía que eran excusas…
El zorro mantenía su actitud seria.
-Si no sabes por qué estás aquí, estás condenado a volver una y otra vez… o peor…
Aquello ya le estaba gustando menos…
-¿Peor? ¿Te refieres…?
El zorro le lanzó una mirada que le hizo callar de inmediato. Tampoco él quería seguir por ahí…
-Y ahora… Ya es hora de que despiertes- dijo el zorro como si se estuviera despidiendo.
-¿Qué despierte? ¿Qué quier…?- No pudo seguir hablando ante lo que comenzaba a pasar a su alrededor…
Progresivamente, la oscuridad comenzaba a esfumarse ante la irrupción de una intensa fuente de luz que lo llenaba todo… Incluso no le dejaba ver…
Poco a poco abrió los ojos, con un esfuerzo tremendo… A su alrededor todo era ruido, luces veloces y gente que iba corriendo de aquí  para allá…
-Ha recuperado la consciencia…- Decía la voz de una mujer joven que tenía a su lado sosteniendo una especie de bolsa pequeña llena de un líquido rojo…
-Muy bien chaval… Bienvenido…- Le decía un tipo parecido a un médico que se había acercado a él…
Entonces se fijó mejor y vio que se encontraba en el suelo justo al lado de una ambulancia… Pero, ¿qué había pasado? No recordaba nada. Mientras el médico le examinaba, aún dentro de su aturdimiento, llegó a ver, más adelante, una bicicleta destrozada: su bicicleta…
Ahora lo recordaba todo.
Aquella tarde había discutido con su madre y se había marchado muy enfadado en su bicicleta… no sabía a donde, pero lejos de ella… y entonces, un coche…
Vio a un hombre llorando y con un ataque de nervios hablando con un policía… su coche tenía un cristal roto… Y ahora alguien se acercaba corriendo hacia él…
Era su madre.
Llorando le abrazó con fuerza y pudo sentir todo su amor… él también estaba arrepentido por haber discutido de aquella manera…
Y entonces, no muy seguro de si lo que estaba viendo era real o un sueño, más allá, le pareció ver un zorro rojo, que desaparecía enseguida tras dedicarle una sonrisa…

martes, 21 de mayo de 2013

6 Warriors - Capítulo 14

6 WARRIORS

El mensajero.


Han se encontraba de pie, perplejo, en medio de la calle cada vez más transitada y ante aquel grupo encabezado por Gavin.
-¿Qué me una a vosotros? ¿Por qué?- Quiso saber Han.
Gavin no dijo nada durante unos instantes. Finalmente se encogió de hombros.
-No sé. Pero pensaba que tenía que decirlo- dijo con absoluta sinceridad…
Han no estaba muy seguro de que le convenciera aquella razón… Entonces Yun, consciente de esto, se adelantó hasta situarse al lado de Gavin.
-Ellos te han llamado traidor ¿no? Eso quiere decir que antes eras un soldado… Pero, al enfrentarte a estos dos te has arriesgado mucho. Ahora te buscarán… y todo por ayudarnos. Es lo menos que podemos hacer- dijo.
Han le reconoció.
-Un momento. Yo te vi luchando hace poco contra un tipo de aspecto extraño y largas garras…- Recordaba.
A Yun esto le sorprendió.
-Oh, vaya… Pensaba que no había nadie más.
Han recordó que ver a aquel chaval pelear de aquella manera le había ayudado a tomar la decisión de abandonar aquel ejército corrupto… Dio un paso al frente hasta situarse ante Yun y le tendió la mano.
-Gracias- le dijo muy seriamente.
Yun parpadeó varias veces mientras veía la mano que Han le tendía, sin entender… Y pensando que se refería a lo que le había dicho al comienzo se la estrechó amistosamente con una sonrisa.
Yi vio a lo lejos a los dos soldados de antes que volvían por el mismo camino.
-Chicos. Tenemos que irnos ya- les avisó señalando con la mirada…
Los demás vieron enseguida a lo que se refería la chica.
-De acuerdo. Vamos- Tomó la iniciativa Gavin.
Pero cuando todos se pusieron en marcha a excepción de Han, este les habló.
-Esperad- todos se detuvieron y se giraron.- Os agradezco mucho la oferta… pero a mi me buscan, como sabéis. Y si voy con vosotros tendréis problemas…- Dijo, sintiendo no poder ir con ellos…
Pero, para su sorpresa, la mayoría sonrió (todos menos Huei, como de costumbre).
-Tranquilo… A nosotros también nos buscan ahora- dijo Yun, extrañamente tranquilo, pensó Han.
Luego vio a los demás y comprobó que todos compartían esa tranquilidad. Entonces se decidió y asintió.
-Muy bien. Gracias a todos. Me uniré a vosotros.
Y Han se incorporó al grupo, que se perdió por la primera callejuela que encontraron.

En el cuartel general, Feng caminaba pensativa por el patio interior. Y, sin saberlo, era observada por dos soldados que holgazaneaban en un rincón…
-Está buena, ¿eh?- Decía uno, claramente borracho, dirigiéndose con un gesto de la cabeza a la joven soldado de la larga coleta color violeta.
El otro dirigió la mirada hacia aquella y asintió lentamente.
-Sí… Pero, créeme: no te conviene- sentenció el otro, más sobrio.
El primero volvió a mirarla y puso cara de extrañeza.
-¿A qué te refieres con eso? ¿Quieres ver como me acerco y le digo…?- Pero el otro le interrumpió de inmediato.
-¡Estás loco! ¿Sabes lo que le paso al último que intentó acercarse a ella? No pudo caminar durante días…
El primero notó como se le pasó en gran parte la borrachera al oír aquellas palabras…
-Pero… ¿qué…?- No sabía ni como hacer la pregunta.
El otro negó con la cabeza.
-Nadie sabe por qué… pero no permite que ningún hombre se le acerque más de lo necesario…- Decía bajando la voz…
El primero estaba con la boca abierta, asintiendo lentamente, con los ojos muy abiertos…
Entonces el otro vio como dos soldados entraban corriendo por la puerta principal del patio y se acercaban a Feng. Le hablaban y esta escuchaba con atención. Tras comunicarle algo, los soldados se fueron. Entonces observó, asustado, como ahora a aquella temible soldado se le ponía el rostro serio, apretaba los puños y casi temblaba de furia…

Accedieron a la escuela Heilong por la trampilla secreta. Cuando Han llegó, observó a su alrededor, bajo un cielo azul con abundantes nubes.
La entrada ya no estaba parapetada; aunque un largo y grueso tablón de madera la mantenía trabada. Vio que había manzanos; y varios huertos que estaba atendiendo en aquellos momentos una joven con un sombrero de paja, que se quitaba en aquellos momentos al quedar el sol oculto tras una nube… Esta se giró al notar la presencia de los recién llegados.
-¡Hola!- Les saludó desde lo lejos. Entonces observó a alguien que no conocía y comenzó a aproximarse a ellos mientras se quitaba los guantes de trabajar la tierra…
-Hola Xin. Este es Han. Y se unirá a nosotros desde ya- explicó Yun con su habitual jovialidad.
Xin sonrió tímidamente ante el recién llegado, el cual le hizo una gentil reverencia que casi ruborizó a la joven.
-Han. Tú dormirás en la parte de los chicos. Vamos a enseñarte el interior de la escuela- dijo Yi.
Y el grupo al completo subió los escalones que llevaban al pasillo exterior de la escuela del Dragón Negro.

Unas semanas atrás.

Muy lejos de Changshia, se erguía un monte estrecho de gran altura, surcado desde la base hasta la cima por una escalera de piedra construida hacía más de cien años… En la cima, en una explanada, había una casa de gran tamaño, solitaria, rodeada de jardines y pequeños lagos artificiales y en la cual habitaba un hombre muy rico y muy mayor… pero vivía solo.
Tras subir el último escalón de aquella larguísima y empinada escalera, un joven se quedó de pie momentáneamente, mirando a su alrededor y divisando la casa.
-Aquí debe ser- decidió.
Era un joven de diecisiete años, de estatura media y tirando a delgado; su pelo era negro, no muy largo y le tapaba la cara en gran medida; sus ojos eran castaño oscuro y vivarachos; vestía con camisa larga gris, pantalones anchos negros, botas de viaje marrones y cinturón ancho de tela blanca; y llevaba su inseparable zurrón, lleno con lo imprescindible para viajar, y lo más importante: el mensaje que debía entregar. Se encaminó hacia la casa construida en aquella extensión llana con retazos de pradera aquí y allá…
Cuando atravesó los descuidados jardines, que le llegaron a dificultar el paso, se situó frente a la puerta de entrada de la casa. Sujetó la aldaba de metal por el asa y, no sin algo de esfuerzo, golpeó tres veces la gruesa puerta de madera labrada…
Nadie abría. Ni tampoco se oía nada. El joven volvió a tocar, también tres golpes seguidos.
Ahora sí oía pasos; lentos, pero se aproximaban… La puerta se abrió. Apareció un hombre de avanzada edad, encorvado, con el pelo blanco que le quedaba recogido en una larga cola y que tenía que esforzarse para levantar la cabeza para mirar al joven, con los ojos entornados…
-¿Síii?- Preguntó el hombre con voz apagada alargando más la “i”…
-Hola. ¿Es usted el señor Lai?- Preguntó el joven.
El hombre le miró de arriba abajo.
-¿Quién quiere saberlo?- Preguntó con esfuerzo.
-Soy el nuevo mensajero. Le traigo un mensaje de sus hijas- le comunicó.
Aquel hombre abrió mucho los ojos y llegó a erguirse un poco por la sorpresa.
-¿Mensajero? Ningún mensajero llega hasta aquí…- Hablaba perplejo.
El joven no dijo nada. Tan solo buscó en su zurrón y sacó un rollo de papel cerrado con un sello de cera, recriminándose mentalmente no haberlo sacado antes cuando el hombre ya había dicho quien era… Le tendió el rollo y el señor Lai lo agarró con mano temblorosa. Entonces este dirigió la mirada hacia el joven, con ojos húmedos…
-Gracias, muchacho.
El joven sonrió al tiempo que negaba con la cabeza. Se dio la vuelta dispuesto a marcharse. Entonces el hombre le hizo una pregunta justo antes de que aquel levantara una mano para despedirse.
-¿Quién eres tú?- Preguntó con curiosidad, con una vitalidad renovada.
El joven se detuvo, giró la cara y sonrió.
-Yo soy Lei, el mensajero.

Lei avanzaba por la extensa y árida llanura de fuertes vientos. Caminaba tranquilo, como si las fuertes sacudidas del vendaval no le afectasen; como si no tuviera prisa… Sin embargo, siempre llegaba a su destino y entregaba el mensaje que se le había asignado. El cielo cubierto de un gris oscuro cada vez era más apagado; se acercaba la noche en aquel lugar inhóspito…
Entonces, no demasiado lejos de allí, comenzó a divisar junto a una pequeña elevación del terreno, una casa amplia de una planta y un pequeño establo al lado: una fonda para viajeros. Tenía las luces del interior encendidas y salía humo de la chimenea. Lei se encaminó hacia allí, protegiéndose los ojos de aquel viento insistente…
Mientras se aproximaba, pensaba cual era su siguiente destino, recordando cómo había recogido el mensaje días atrás…
Lei se encontraba en la capital, en un día soleado y de cielo despejado. Los edificios se extendían ante él desde aquella altiplanicie de piedra donde se encontraban las estatuas que representaban a los antiguos emperadores de las diferentes dinastías, en medio de unos cuidados y frondosos jardines, de muchas fragancias provenientes de las diversas clases de flores que había allí cultivadas, y que un buen número de personas se encargaba de cuidar en aquellos momentos. Las estatuas quedaban a la sombra de los árboles plantados hacía décadas. Ante él se extendían unas amplias escaleras de estrechos escalones que descendían hasta una de las transitadas avenidas de la impresionante urbe. Luego habría de recorrer unos doscientos metros hasta llegar al Palacio del Emperador.
Por lo que sabía, hacía relativamente poco tiempo que el nuevo emperador había tomado su puesto, unos cuantos años. Ni siquiera tenía su propia estatua. Y, además, era cierto lo de que el ambiente se había ido enrareciendo con el tiempo… Lo notaba. Aquel lugar donde se encontraba era un reducto donde aún se respiraba paz; un refugio protegido por los antiguos emperadores…
En realidad se dirigía a un pequeño (era un decir) edificio anexo al palacio, destinado precisamente a los que eran como él: mensajeros.
Cuando llegó tuvo que identificarse ante los guardias de la doble puerta abierta de par en par. Cuando hubo pasado, cruzó el umbral cubierto hasta llegar a un patio descubierto con césped fresco cubriendo la mayor parte del suelo de losas, formando un rectángulo en el centro. Rodeó la zona verde hasta llegar a otra puerta doble abierta y custodiada por otro guardia. Una vez dentro, se encontraba en una amplia sala ornamentada en la que había varios mostradores con un encargado detrás; algunos mensajeros llegaban después de haber cumplido su misión y otros se iban para cumplirla. Lei se acercó al mostrador más cercano y preguntó por los mensajes que le habían dicho que debía entregar. El primero se lo dieron en ese momento. Para el segundo le dijeron que debía esperar.
Se quedó en medio de la estancia, esperando. Pensó en ir a preguntar otra vez al encargado situado tras el mostrador, pero no fue necesario. De una puerta lateral apareció un guardia imperial ataviado con su correspondiente armadura al completo. Portaba en la mano un rollo de papel sellado con el sello de cera del Imperio.
-Aquí tienes. Debes entregarlo al General del distrito Este de la ciudad de Changshia. Cuanto antes- dijo de forma exhortativa el alto guardia situándose ante él y entregándole el rollo con expresión severa en el rostro.
Lei nunca entendía para qué tanta solemnidad y caras serias por cosas que quizá no tenían ni importancia. Aunque a lo mejor aquel mensaje sí que era importante…
-De acuerdo. Parto enseguida- dijo Lei, dispuesto a cumplir su cometido.
Mientras el joven mensajero se alejaba, el guardia se lo quedaba mirando, con una expresión entre grave e indiferente…
Tocó a la puerta de la fonda. Un hombre algo bajo, calvo y entrado en años, de bigote blanco muy largo agitado por el fuerte viento, abrió con dificultad la vieja puerta de madera…
-¿Qué desea?- Le preguntó, esforzándose por hacerse oír…
Lei notaba como el viento le agitaba el pelo con violencia.
-¿Puedo pasar la noche? Tengo dinero- dijo.
El hombre asintió enseguida y se apartó para dejarle entrar.
El interior era cálido y acogedor. La cena estaba casi lista.
-¿Quién es, papá?- Preguntó una niña de no más de ocho años, con dos coletas, y vestida ya con pijama.
-Es un cliente, pequeña. Ahora vamos a comer- le dijo con dulzura el hombre.
Lei comprobó la buena sensación que le provocaba aquel lugar. Mientras miraba a su alrededor, una estancia no muy amplia y no demasiado iluminada, aunque acogedora, el hombre, tras observarle unos instantes, se dirigió a él.
-Te puedo servir la comida en aquella mesa- dijo señalando una mesa solitaria con dos sillas al otro extremo de la estancia tras Lei- o, si quieres, puedes comer con nosotros- le propuso.
Lei miró al hombre y luego a la pequeña expectante…
-Para mi será un honor compartir mesa con ustedes- dijo.

A la mañana siguiente el sol aparecía entre las nubes. Ya no hacía viento. Lei se disponía a marcharse despedido por el dueño de la fonda y su hija, que se restregaba los ojos de sueño, aunque había insistido en que quería despedirse del joven forastero…
-Gracias por todo- agradeció el joven con una reverencia.
El hombre asintió igualmente agradecido y la niña sonreía.
-¡¿Qué pasa?! ¿Ya te vas?- Sonó una voz ruda a espaldas de Lei.
Este se giró y vio a cuatro tipos que no parecían tener buenas intenciones…
-¡Otra vez vosotros! ¡Ya os he dicho que somos gente humilde! ¡Dejadnos en paz!- Les recriminaba el hombre poniéndose delante de la asustada niña, que se agarraba a los pantalones de su padre…
El que parecía el jefe dio unos pasos.
-Ya lo sabemos, imbécil. Venimos porque ayer vimos que tenías visita. Y queríamos saludar… je, je, je…- Era un tipo de cabello revuelto, sucio, y un frondoso bigote que le ocupaba gran parte de la cara.
El dueño de la fonda comprendió: habían estado atentos por sí venía alguien a la fonda; y si no habían actuado antes sería seguramente por el fuerte viento que había hecho…
-¡Largaos de aquí!- Les gritó el hombre, tratando de defender al joven, que permanecía de espaldas a los cuatreros con la cara levemente girada, casi mirándoles de reojo…
El jefe de la banda les hizo un gesto con la mano a los otros tres y estos se aproximaron… Mientras rodeaban al joven, este le lanzaba una mirada al dueño de la fonda para que se apartaran él y la niña… El hombre hizo caso y mandó a la pequeña al interior de la casa, aunque esta se quedó asomada tras la puerta abierta…
-Bueno, bueno, bueno… ¿Qué puedes ofrecernos?- Decía el jefe dando vueltas alrededor del joven con tono y gestos burlones- Y seguro que le has pagado a nuestro amigo… Luego nos encargamos- dijo dirigiendo una mirada amenazadora con una despreciable sonrisa al más enfadado que asustado dueño de la fonda…- Pero ahora, ¡dame esto!- Alzó la voz poniendo su mugrienta manaza en la correa del zurrón de Lei…
Este reaccionó de inmediato, abriendo mucho los ojos. Le clavó un veloz codo en el antebrazo.
-¡¡¡Aaaauuuuuugh!!!- El jefe de los cuatreros se retorció de dolor sujetándose el brazo, soltando el zurrón de inmediato…
Se quedó un buen rato doliéndose… Lei le habló muy seriamente.
-No vuelvas a tocar… mi zurrón.
Los otros se asustaron momentáneamente. Entonces el jefe reaccionó…
-¡Acabad con él!- Ordenó al tiempo que se abalanzaba sobre aquel maldito niñato…
Los otros tres se lanzaron al unísono a por él; durante un segundo casi no se veía a Lei…
Entonces este saltó levemente, colocando las manos ante él, aparentemente relajadas y con las muñecas y las palmas hacia abajo… Y le propinó un golpe tremendo con el dorso de una mano al jefe que lo mandó volando por encima de la casa… luego, sin caer al suelo, le dio una patada a otro y salió despedido hacia otra dirección… aún en el aire, le dio una patada de coz con la otra pierna al que tenía justo tras él… y antes de llegar al suelo, le asestó un golpe con el canto de la otra mano al que quedaba a un lado del cuello…
Lei puso los pies en el suelo, como si no hubiera hecho ningún esfuerzo. Los cuatro quedaron inconscientes. El dueño de la fonda tenía los ojos abiertos de par en par, al igual que la boca… La niña parpadeaba…
-¿Quién… Quién eres tú?- le preguntó el hombre, casi asustado…
Lei se ajustó el zurrón y se dio casi la vuelta.
-Solo soy un mensajero- dijo sencillamente, con una sonrisa.
Lei comenzó a alejarse seguido por la mirada del hombre y la niña. Ahora esta observaba a su padre inmerso en sus pensamientos.
-“No puede ser… Estoy seguro de que ese es el Estilo Celestial… Pero el último que lo dominaba murió hace más de 200 años… Yo he visto algunos de esos movimientos solo en algún manuscrito perdido…”- Pensaba, entre asustado y maravillado…
Mientras el joven desaparecía en el horizonte iluminado por los rayos blancos del sol de la mañana.

jueves, 16 de mayo de 2013

El Forastero

El Forastero



El sol intenso y anaranjado amenazaba con derretir hasta la última piedra del seco valle de Death Gunner. La escasa vegetación se agitaba ante la ardiente brisa como si pidiera auxilio a alguien que no pasaba nunca por aquella región solitaria. Tan solo algún cactus aparecía aquí y allá, como guardianes permanentes de aquel lugar abandonado de todo. Los rayos del sol del lento atardecer iluminaban una figura que avanzaba sobre su corcel, como intentando derribarle sin éxito… El sonido de los cascos resonaba en la distancia perdiéndose en los barrancos que daban al río apunto de extinguirse…
El jinete iba ataviado con ropas polvorientas; camisa gris, chaleco negro, pantalones marrón claro, al igual que los guantes, y botas negras; su rostro lo ocultaba un sombrero marrón oscuro. A la cintura llevaba un cinturón del mismo color que el sombrero donde guardaba sus dos revólveres y las balas. Su caballo era marrón muy oscuro, de potentes músculos, y llevaba los fardos atados alrededor de la silla de montar.
Al cabo de un rato, al notar una gota de sudor surcando su rostro hasta caer al suelo, el jinete cogió su cantimplora y la destapó esperando con controlada ansiedad refrescarse aunque fuera un poco… pero tan solo una única gota le cayó en la boca reseca. Tras agitarla, aún sabiendo que no obtendría mejor resultado, guardó de mala gana la cantimplora en su lugar al lado de los fardos y levantó la vista, mostrando la mirada de ojos verdes oscuro y la barba de varios días bajo la sombra de su sombrero, que le ocultaba el cabello no muy largo de color castaño claro…
-Mas vale que encontremos un pueblo pronto… o moriremos de sed- dijo, con relativa calma…
Su caballo, como si le hubiera entendido, pareció aumentar el paso mientras el sol comenzaba a ser engullido por las escarpadas cumbres lejanas que parecían no quitarles la vista de encima…

En el poblado de West Destiny sus pocas casas parecían abandonadas. Tan solo había vida en el bar, a donde iban tarde o temprano todos los hombres del pueblo, tras sus infructuosos intentos durante el día de obtener rendimiento de sus estériles tierras…
En el interior, la pesadumbre se respiraba en el ambiente cargado de humo y vapores etílicos. Los clientes estaban tirados en las sillas ante una (o varias) copas, en general vacías… Algunos jugaban al póker, aunque sin excesivo entusiasmo. El dueño del bar, un hombre de unos cincuenta años, con el pelo que le quedaba negro, ojos azules, y un poblado bigote, tras la barra, limpiaba con desgana un vaso de cristal mientras observaba a uno de aquellos borrachos durmiendo ante él, con el vaso volcado a un lado y roncando… Tan solo parecían animarse ante la presencia de Lidia, que en aquellos momentos bajaba las escaleras, vestida con su sugerente vestido rojo, escotado y de falda corta, para ver si aquel día tendría algún cliente
-Puedes volver arriba, preciosa- le dijo el dueño del bar a la joven.
Lidia se quedó a medio camino de las escaleras, claramente aliviada; aunque aquel día tampoco ganaría nada. Menos mal que el dueño del bar le daba alojamiento y comida hasta que encontrara algo mejor… Aunque, lo cierto era que aún no había llegado a tener ningún “cliente”… Pero estaba preparada para cuando llegara el día… o eso quería creer…
Lidia era una joven de veinticinco años, de estatura media, de formas generosas y piel blanca. Tenía el pelo rojo intenso, como ahora sus labios, y sus ojos eran azul claro.
Decidió volverse arriba.
En ese momento, alguien cruzó bruscamente la puerta doble del bar. Todos los que estaban aún conscientes levantaron la mirada para ver mejor de quién se trataba. También Lidia y el dueño del bar.
Con paso pesado, entró un individuo alto, pelo largo gris al igual que su bigote alargado; sus ojos oscuros aún quedaban ocultos bajo el amplio sombrero; las espuelas resonaban ante cada uno de sus pasos…
Tras llegar ante la barra, bajo la atenta mirada de los demás, se detuvo y guardó silencio unos segundos.
-Whisky- Dijo al fin con voz rota, seguramente debido a haber fumado mucho durante su vida…
El dueño del bar, al que no le gustaba nada el recién llegado, cumplió su trabajo y le fue a buscar un pequeño vaso de cristal y una botella del whisky que tenía a mano. Cuando le hubo puesto el vaso delante al desconocido este alzó una mano, provocando que el hombre se detuviese de inmediato sosteniendo la botella empezada…
-Para mí… y para mis hombres- dijo el individuo misterioso alzando la profunda e inquietante mirada de ojos gris oscuro al tiempo que la atención se dirigía hacia la entrada del local, por donde llegaban pasos de varios más…
En el bar entraron cuatro individuos más. Caminaban mirando con desdén a los temerosos clientes que los observaban casi de reojo, apartando la mirada de inmediato cuando se cruzaba con la de aquellos desconocidos…
Uno era de estatura y constitución parecida al primero que había llegado, pero más joven… Otro era grande y corpulento, acaparando prácticamente todas las miradas… Otro tenía el cabello largo y negro como un indio, aunque no lo era… Y el cuarto era más bajo que los demás pero con una sempiterna expresión malhumorada… Todos iban armados y miraban a su alrededor como si evaluaran el lugar…
El dueño del bar tuvo una mala sensación. Decidió que lo mejor era seguirles la corriente, a ver si se iban pronto de allí… Lidia había quedado semioculta en las escaleras; aquellos tipos le daban muy mala espina… El dueño del local fue a buscar más vasos y más botellas de whisky. Ya estaban todos en la barra. El silencio era absoluto y la tensión se respiraba en el cargado ambiente… Entonces el primero en entrar del cuarteto se dirigió al más mayor de todos.
-Jefe. Este lugar es de lo peor que hemos encontrado. No parece que estos muertos de hambre tengan nada de valor…- Aseguraba.
El jefe no dijo nada pero pareció estar de acuerdo, mientras tomaba su vaso recién llenado que le acababa de servir el dueño del bar, alarmado ante aquellas palabras…
No faltaba mucho para que comenzara a anochecer. Pero nadie se atrevía a moverse de allí… Los tipos se tomaron su bebida tomándose su tiempo y repitiendo varias veces hasta acabar con las botellas que tenían delante…
-Danos más- le ordenó al dueño del local el que era más bajo de malas maneras.
-Lo siento mucho. Ya no me queda más whisky. Puedo servirles otra cosa si lo desean- hablaba controlando el impulso de gritarles que se fueran de una vez…
Aquellos hombres se miraron y parecieron estar de acuerdo.
-¡Bah! ¿Qué podía esperarse de un lugar de mala muerte como este? Vámonos jefe-habló el más corpulento.
-Sí jefe- he oído que hay otro pueblo cercano que tiene mejor pinta. Incluso creo que tienen mujeres…- Habló el que parecía indio.
El jefe puso el vaso vacío sobre la mesa y se colocó el sombrero que no se había llegado a quitar en ningún momento.
-De acuerdo. Vayámonos- dijo dirigiendo una mirada elocuente al dueño del bar. No iban a pagar.
Pero el dueño del local no dijo nada. Bastante era con que se largaran de allí de una vez… Pero no respiraría hasta que se hubiesen marchado…
Lanzando miradas de desdén hacia el dueño del bar y los que aún permanecían allí, paralizados, comenzaron a dirigirse a la salida, con el jefe a la cabeza. El más joven iba en último lugar. Era inminente el momento en que desaparecieran para siempre de allí…
Entonces, Lidia se asomó un poco más para ver como se marchaban… y su mirada se cruzó con la del más joven, que en aquel momento se había girado. Lidia se echó hacia atrás, deseando con todas sus fuerzas no haber sido vista… pero sabía que esto no era así…
-Vaya, vaya, vaya…- Oía la joven decir a aquel tipo mientras sus pasos se dirigían hacia donde se encontraba escondida, de cuclillas en las escaleras…
Al plantarse una sombra ante ella, elevó la mirada temerosa y se encontró con los ojos lujuriosos de aquel tipo que sonreía de satisfacción… El dueño del bar, ante esto, reaccionó de inmediato.
-¡Ya es suficiente! Les he dado todo el whisky que tenía… ¡El mejor que tenía! ¡Hagan el favor de largarse de aquí y no causar problemas!- Dijo sin poder contenerse…
Los cinco tipos se quedaron en silencio, sin hacer nada durante unos largos segundos. Entonces comenzaron a intercambiarse miradas entre ellos y sonrisitas burlonas; a excepción del jefe, que sonreía con malicia mirando al dueño del bar…
-Solo somos clientes… No conocíamos todos los servicios…- Hablaba con un falso tono inocente…
El dueño del bar temblaba de rabia con los puños apretados. Sabía lo que aquellos desalmados le harían a Lidia… El resto de los clientes solo buscaban la manera de salir de allí de inmediato… Entonces, al ver que algunos intentaban levantarse e irse sin hacer ruido, el jefe se percató…
-¡Que nadie se mueva!- Exhortó girándose hacia los atemorizados ocupantes de las mesas- Si alguien intenta marcharse lo mataremos. Beban y sigan disfrutando…- Dijo con sorna.
Los aterrorizados clientes, que miraban con los ojos desorbitados a aquel hombre temible, sintieron como si les clavaran a sus sillas… No sabían como acabaría todo aquello…
Entonces, el jefe notó algo y se dio la vuelta de inmediato hacia la barra. Allí estaba el dueño del bar, armado con una escopeta y apuntando entre temblores a la cabeza del líder de la banda… Sus hombres sacaron sus revólveres de inmediato e hicieron lo propio con el dueño del local… El jefe, al principio sorprendido, poco a poco fue tornando su expresión en una sonrisa de burla…
-Me pregunto si tendrá el valor de apretar el gatillo…- Dijo con evidente tono burlón el jefe al hombre, que no dejaba de temblar, impidiéndole mantener el cañón de su arma centrado…
El dueño del bar sudaba copiosamente, pero estaba dispuesto a llegar hasta el final si era necesario…
-Se lo advierto… Lárguense de aquí…- Insistía intentando evitar lo inevitable…
El jefe decidió ponerle a prueba. Sonrió… pero esta vez de forma diferente… una sonrisa diabólica…
-Muy bien… ¡Oíd! ¡Matad a todos los que hay en este local excepto a este buen hombre y a la chica!- Ordenó a sus hombres.
El dueño se horrorizó y Lidia abrió muchos los ojos. Los clientes intentaron huir presas del pánico, levantándose atolondradamente y tirando todo lo que se interponía en su camino: mesas, sillas, vasos, botellas… Sus apresurados pasos sonaban junto al estrépito de los cristales rotos mientras parecía que el tiempo transcurría más despacio… Simultáneamente, con aparente tranquilidad, los cuatro miembros de la banda dirigieron sus armas hacia esa panda de infelices que huían presos de la desesperación… Era como si se divirtieran dándoles tiempo para que llegaran a creerse que se podían salvar… Pero aquellos pobres hombres sabían que no iba a ser así…
El tiroteo comenzó y fueron cayendo entre el ensordecedor ruido de los disparos y el humo de los cañones de los revólveres que inundaba la sala… Bastaron unos segundos para que acabasen con todos. El dueño del local ya no podía sostener el arma y la bajó sin darse cuenta, contemplando horrorizado la matanza que había tenido lugar ante sus ojos… Lidia se tapaba la boca con las manos, intentando controlarse, sin poder mirar a uno solo de aquellos hombres muertos a sangre fría sin ningún motivo…
Cuando el humo de la pólvora comenzaba a disiparse, el jefe comprobó el estado del dueño del local… y tras sonreír una vez más se dirigió a sus hombres que aún comprobaban que ninguno hubiese sobrevivido…
-Muy bien. Ya hemos pasado demasiado tiempo en este lugar. ¡Haced lo que queráis con la chica y larguémonos de una vez!- Les dijo con voz autoritaria…
Lidia, al oír estas palabras, abrió mucho los ojos, sintiendo muchísimo miedo… El dueño del bar, sintiendo un profundo odio y desprecio por aquellos desgraciados, se encontraba paralizado… no podía ni levantar el arma…
Entonces el más joven fue hacia Lidia… iba a ponerle la mano encima…
Y en ese momento se oyó la puerta doble de madera del local abrirse de golpe; y unos pasos decididos que se dirigían al interior… El más joven se detuvo ante una asustada Lidia que también dirigió su atención hacia la puerta… Los demás miembros de la banda, incluido el jefe, no se esperaron la irrupción de aquel individuo que no dejaba de caminar ante ellos, ignorándolos, hasta plantarse delante la barra y sentarse en uno de los taburetes, quedando frente el estupefacto dueño del local…
-Tengo sed…- Dijo aquel joven, aún oculto tras el sombrero, ante la expectación de los presentes en aquel lugar…
Se trataba del jinete.
Al principio, el dueño del local no reaccionó; pero entonces decidió atender la demanda de aquel extraño forastero…
-Y… ¿qué desea tomar?- Preguntó, no muy seguro de que los otros le permitieran llevarle nada…
-Agua…- Dijo sin más.
El dueño del bar asintió y fue a buscar un vaso y una jarra de cristal llena de agua con la que lo llenó de inmediato. Todo esto ante la atónita mirada de los miembros de la banda (el jefe incluido) y de Lidia…
Cuando tuvo el vaso lleno, lo cogió con rapidez y bebió ávidamente hasta terminárselo de un trago y poniéndolo sobre la barra de nuevo con un suave golpe…
-Más… por favor…
Aquel hombre, a pesar de sus dudas sobre lo que estaba pasando, le llenó de nuevo el vaso hasta que el forastero lo vació de nuevo. Y esto se repitió varias veces…
Mientras se bebía el que había decidido que sería el último, el tipo que parecía un indio se aproximó hacia aquel estúpido…
-Oye tú… ¿Quién te has creído que eres? ¿Es que no sabes que nosotros som…?- Pero no pudo terminar de hablar.
El joven forastero le propinó un puñetazo de revés en la cara que le hizo caer hacia atrás sobre una de las mesas, destrozándola…
-No me gusta que me molesten mientras bebo… mi vaso de agua…- Dijo, mirándole de reojo.
Aquel tipo se levantó intentando contener la abundante sangre que le manaba de la nariz…
-¡Hijo de…! ¡Vas a morir!- Gritó apuntando con su revolver al joven…
Pero el jefe le detuvo con un gesto de la mano. Aquel joven le había llamado la atención…
-¿Quién eres, hijo?- Le preguntó con tono cordial…
El joven miraba al frente, con expresión seria.
-Yo no soy su hijo- dijo escuetamente.
Aquellas palabras y aquella actitud escandalizó a los demás miembros de la banda, que no entendían porqué no podían matarle de una vez… Pero el jefe de la banda sonrió. Cada vez le gustaba más aquel chaval insolente…
-Veo que eres muy fuerte… ¿Te gustaría unirte a nosotros? Viajamos mucho y vivimos muchas experiencias…- Intentaba convencerle ante la incredulidad del resto de sus hombres, que se miraban entre ellos sin entender…
-No quiero- fue su única y definitiva respuesta.
Aquello ya no le gustó al jefe. Ahora ya le había hecho enfadar…
-De acuerdo. En ese caso…- Dijo mientras ordenaba con la mirada a sus hombres, ahora recuperando la confianza totalmente en su jefe, que mataran a aquel forastero engreído…
El joven puso el último vaso sobre la mesa y dirigió su mirada hacia el dueño del local… Este, presa del terror por lo que iba a suceder a continuación, se dio cuenta de la significativa mirada que le estaba dirigiendo el joven… Y comprendió sus intenciones… El jefe de la banda y sus hombres le apuntaban, implacables…
-¡Adiós!- Exclamó el jefe a modo de orden…
Entonces al forastero le cambió la mirada, intensificándose, y saltó ágilmente detrás de la barra ante el asombrado dueño del local, que se agachó de inmediato, mientras aquellos maleantes comenzaban a disparar indiscriminadamente hacia el lugar que ocupaba hacía un instante… El dueño del bar veía con desolación como le destrozaban las botellas, los vasos… mientras se tapaba los oídos ante aquella lluvia atronadora que hacía volar fragmentos de madera y cristal por todas partes y lo llenaba todo de un intenso olor a pólvora…
-¡Alto! ¡Deteneos!- Exhortó el jefe al fijarse mejor.
Los demás se detuvieron al instante. Entonces, al disiparse la opaca nube de humo que habían provocado, comprobaron con estupor que allí no había nadie…
-¿Tanto lo hemos destrozado?- Preguntó el más grandullón, dejando en evidencia su corta inteligencia…
Cuando los demás se hubieron recuperado del “comentario”, dirigieron de nuevo su atención hacia la ausencia del forastero…
-¿Cómo es posible, jefe?- Preguntó el más bajo…
Pero el jefe no respondió. No sabía qué responder…
Entonces, el forastero levantó la mirada y sacó sus dos revólveres… Emergió inesperadamente de los restos de la espesa niebla y apuntó de inmediato… Los demás volvieron a apuntar a toda velocidad… pero el forastero fue más rápido.
Comenzó a disparar de forma precisa y continua al más corpulento, acribillándole y haciéndole volar hacia la puerta doble de entrada, destrozándola al caer sobre ella y quedando tendido en el exterior…
Súbitamente, el que parecía un indio le iba a disparar desde el lado izquierdo… Aquello pilló por sorpresa al forastero… Pero fue abatido por el dueño del local que le había disparado con su escopeta en el pecho…
Dirigiendo una breve mirada al hombre, que se la devolvió con la decisión reflejada en sus ojos, el joven se giró y disparó con el revolver de su mano derecha al más bajo, acabando con él, justo cuando estaba a punto de apretar el gatillo… No podía creerse que fuera a morir… Todo esto ante la mirada del jefe, que permanecía de pie, con el revolver en la mano, observando atentamente la escena…
Entonces apareció el miembro más joven de la banda arrastrando de un brazo a Lidia. Esto hizo dudar al joven forastero. El dueño del local apretaba los dientes de rabia, una vez más, y apuntó de inmediato con su escopeta… pero, al ver como aquel cobarde la utilizaba de escudo, tuvo que bajar el arma con resignación…
-Maldito desgraciado…- Masculló…
-¿¡Y ahora qué…!?- Dijo el tipo joven, desafiante, aunque nervioso…
El forastero no dijo nada. Lidia intentaba zafarse. Pero aquel tipo era muy fuerte para ella… Este volvió a hablar.
-¡Suelta el arma! ¡Vamos! ¡Y tú también! ¡Ya hablaremos…!- Dijo dirigiéndose también al dueño del local. Aunque ahora este ya no tenía ningún miedo… Solo por Lidia…
Entonces el forastero tomó una determinación. No había otra posibilidad. El tipo que mantenía sujeta a Lidia comenzaba a sonreír creyéndose victorioso…
Y en ese momento, ante la sorpresa de todos, el forastero dirigió sus dos revólveres hacia aquel tipo… Este no se lo esperaba. El dueño del local iba a protestar… pero algo le decía que aquel joven forastero sabía lo que hacía… El jefe no perdía detalle de todo lo que pasaba…
-¡¿Qué haces?! ¡Voy a matarla!- Amenazó, cada vez más asustado…
Pero el forastero no le dejaba de apuntar.
-¡¿Es que no me oyes?! ¡Que la voy a matar…!- Gritaba desesperadamente…
El forastero no perdonó. Disparó con absoluta precisión en los puntos visibles derribando a aquel tipo. Pero aún estaba vivo…
-¡Lidia aparta!- Le advirtió el sueño del local a la joven, que no sabía qué había pasado…
Esta reaccionó al ver que el tipo del suelo levantaba su arma con esfuerzo y se apartó… El dueño del local acabó con él de un disparo en el abdomen. Entonces salió a reunirse con la joven.
Ya solo quedaba el jefe, con el arma en su mano. El forastero guardó la que llevaba en la mano izquierda y quedó frente a él, aún tras la barra…
No dijeron nada. El duelo ya había comenzado. El más rápido ganaría… y sobreviviría. Lidia y el dueño del local, que estaba a su lado protegiéndola, observaban la escena conteniendo la respiración…
Entonces el forastero vio el cambio en la mirada del jefe. Este dirigió su revolver a toda velocidad hasta el joven y disparó… En el preciso momento, el joven forastero saltó de forma increíble colocándose justo frente al jefe, que aún tenía el arma en alto… Ante la impotencia de este, el forastero dirigió su revolver a la frente del jefe y disparó sin piedad. Aún con la sorpresa en sus ojos, fue cayendo hacia atrás hasta cerrarlos para siempre mientras su sombrero caía a su lado…
El dueño del local y Lidia estaban asombrados. El joven guardó su revolver y se colocó mejor su sombrero. Entonces dirigió la mirada hacia el hombre que aún protegía a la joven con sus brazos.
-¿Puedo pedirle un favor?
El hombre, aún impresionado, asintió lentamente.
-Sí… claro…
El joven hizo un gesto señalando hacia fuera.
-¿Podría darle también de beber a mi caballo?

Estaba amaneciendo. El joven forastero había dejado atrás aquel pequeño pueblo. El amable dueño del bar, en agradecimiento, le había ofrecido comida y alojamiento a él y a su caballo. Ahora debía seguir su camino…
-¡Oye! ¡Espera!- Escuchó la voz de una mujer joven que venía desde atrás…
Se giró y vio a la joven atractiva del bar.
-¿Qué pasa?- Preguntó, extrañado.
La joven vestía con ropa de viaje y llevaba una bolsa.
-El pueblo se ha quedado casi sin habitantes… Y el dueño del local va a marcharse lejos… ¿Puedo ir contigo?- Le pidió.
Aquello le extrañó; casi la mataba hacía unas horas…
-Vale. Como quieras- dijo, como si no le diera importancia, dejándola subir y colocarse tras él.
Cuando estuvo sujeta y acomodada cayó en la cuenta de algo.
-Por cierto. ¿Estabas seguro de que no me ibas a dar a mi?- No pudo evitar preguntar…
El joven dudó unos instantes antes de contestar.
-La verdad es que no- tuvo que ser sincero…
Lidia se lo quedó mirando.
-Ya…
A pesar de todo, la joven confiaba en aquel joven forastero…
Y juntos se alejaron bajo los rayos del sol de una calurosa mañana de cielo azul.

lunes, 13 de mayo de 2013

6 Warriors - Capítulo 13

6 WARRIORS

Un nuevo compañero.


La gente permanecía apartada en una concurrida calle de la ciudad de Changshia. Miraban con ojos asustados a aquellos tipos pasar con paso prepotente y amenazante, bajo los rayos abrasadores del sol en un cielo blanquecino, que les hacía parecer un grupo de sombras difuminadas… Era un grupo de seis individuos, desgarbados y de miradas burlonas, vestidos con ropas que en algunos casos no eran ni suyas, prueba de que las habían obtenido de forma ilícita… Eran los dueños y señores de la calle en aquellos momentos.
-Bien chicos, ¿qué os parece si vamos a comer algo?- Propuso el que iba en cabeza, un tipo delgado con la cabeza rapada, nariz aguileña y ojos caídos, que no dejaba de sonreír de forma desagradable.
Los otros cinco comenzaron a emitir gruñidos y otros sonidos en señal de aprobación. Y comenzaron a mirar a su alrededor para ver si encontraban un lugar donde saciar sus rugientes tripas…
-Mm… Aquí estará bien- decidió el líder señalando con la mirada una fonda a su izquierda donde había gente comiendo tanto dentro como fuera.
Aunque muchos comenzaban a apresurarse a terminar lo antes posible al verles llegar… Últimamente se habían hecho muy conocidos.
Entraron muy decididos al interior del local y se quedaron unos instantes viendo el “panorama”… El silencio se hizo en aquella estancia bastante llena. El líder dio un último vistazo y, tras comprobar que no había ni una sola mesa vacía, le hizo un gesto sin tan siquiera girar la cara, a uno de sus hombres, un tipo bajo, rechoncho y con cara de pocos amigos; siempre manteniendo aquella sonrisa, y mientras el otro se dirigía a una mesa cercana, el líder se encaminó hacia la barra contoneándose y mirando fijamente al dueño de la fonda, que lo miraba con expresión grave desde detrás de la barra…
-¡Fuera! ¡Levantaos!- Rugió el tipo malcarado al tiempo que tiraba del mantel de la mesa, tirándolo todo, donde había sentados un grupo de chavales, que salieron despavoridos entre collejas y empujones de los otros miembros de la banda al pasar junto a ellos…
Dos más les quitaron las sillas de malas maneras a sendos clientes que se apartaron a tiempo de que les tiraran al suelo… El líder, que se había detenido momentáneamente para comprobar como sus hombres cumplían sus órdenes, completó el corto recorrido hasta la barra…
-Tú. Sírvenos de todo. Comida y bebida- le ordenó con tono de superioridad a aquel hombre asustado…
Este temblaba de miedo… y de rabia; parecía que le iba a contestar… El líder, que miraba a otro lado mientras permanecía apoyado en la barra, pareció darse cuenta de las intenciones de aquel…
-Supongo que sabes quienes somos… ¿no?- Le dijo mirándole de forma inquisitiva- Nosotros somos la temible banda de los 6 Killers.
Los clientes del local, al escuchar aquel nombre, reaccionaron de inmediato. Se levantaron a toda prisa, haciendo volar cubiertos, platos, vasos… y los contenidos de estos por todas partes, mientras huían despavoridos ante las risotadas de los demás miembros de los 6 Killers, que estaban sentados disfrutando de la escena… El dueño de la fonda contemplaba desolado como toda aquella gente se iba sin pagar… Los que estaban sentados fuera, al enterarse de quienes eran aquellos tipos, tampoco esperaron a que les trajeran la cuenta… Incluso los dos camareros permanecían escondidos, una bajo una mesa y otro en el almacén… El líder de la banda observó satisfecho el resultado de su revelación.
-Ahora ya sabes quienes somos. Nosotros hemos derrotado a las bandas más poderosas de esta ciudad. Las que quedan están por debajo de nosotros. Ju, ju, ju- reía lleno de orgullo, creyéndose su propia mentira…
Los demás también sonreían, aunque tímidamente. Cada vez que su líder sacaba el tema no terminaban de ver claro aquello de apropiarse de un mérito que no era el suyo… Aunque debían reconocer que hasta aquel momento les había funcionado. El líder dio un puñetazo autoritario sobre la mesa.
-¡Sírvenos ya!- Exigió.
En aquel preciso instante la puerta se abrió. Una figura, aún en sombras por la luminosidad procedente del exterior, había traspasado el umbral… El dueño de la fonda, los miembros de la banda y el propio líder desviaron su atención con curiosidad hacia aquel tipo cubierto con una capa vieja de viaje… También los camareros se asomaron para ver qué pasaba… Hubo unos segundos de silencio…
-No deberíais ir diciendo mentiras por ahí…- Dijo el joven, advirtiéndoles…
Los miembros de la banda se tomaron aquellas palabras como un desafío y se levantaron al unísono, haciendo caer algunas sillas… Pero el líder les hizo detenerse y se aproximó a él.
-¿Mentiras? ¿De qué mentiras hablas?- Hablaba mientras se acercaba al joven contoneándose como antes…- Nosotros somos los…- Pero no pudo completar su consabida presentación.
Aquel joven le dio un tremendo puñetazo en la cara que le hizo “volar” por toda la estancia hasta estrellarse contra la barra, ante el atónito dueño de la fonda… Aquel fanfarrón había perdido el conocimiento.
Los demás miembros de la banda se miraban los unos a los otros estupefactos… Tras lanzarse miradas interrogantes, llegaron a una conclusión: salieron corriendo por la puerta de atrás…
Al salir al exterior, se encontraron a un tipo con el pelo amarillo, ligeramente de costado y mirando casi al suelo con los ojos entornados, que les impedía el paso… no dejaron de correr…
-¡Tú, aparta!- Le amenazó uno de ellos, alto y de largas extremidades, al tiempo que se disponía a quitar de en medio a aquel mequetrefe de un manotazo…
El joven detuvo el golpe utilizando el pie de forma grácil, dejando atónito a su atacante… Y aquel le propinó una patada, con la misma pierna, en el cuerpo que lo estampó contra el muro del local del que estaban huyendo.
-¡Este es amigo del otro!- Gritó con temor uno de los cuatro mientras aceleraban, dejando a aquel joven atrás…
Corrían con todas sus fuerzas por una calle estrecha y solitaria de altos muros laterales…Precisamente en uno de estos muros, en lo alto, vieron a una joven, sentada, que les llamó la atención…
-¡Ey, mirad!- Exclamó uno, de estatura media y piel muy oscura, dibujándosele una sonrisa lasciva en la cara de ojos aguzados…
Los otros también sonreían con oscuras intenciones… Entonces, para sorpresa de todos, la joven bajó de un salto y se quedó situada ante ellos, quieta… Aquellos cuatro no podían creer la suerte que tenían; se detuvieron y el primero que la había visto se acercaba a ella de forma desagradablemente sinuosa…
-Oye, guapa… ¿Quieres que te lo haga pasar bien…?- Dijo, arrastrando las palabras, mientras alargaba una mano hacia ella…
Todo pasó tan rápido que casi ni se enteró. La joven lo agarró primero del brazo y luego de la solapa, lanzándolo con fuerza inusitada contra el muro, haciendo que quedara inconsciente del golpe…
Los otros tres estaban con los ojos y la boca abierta. Pero pronto se enfurecieron…
-Te vas a enterar…- Dijo uno.
-Te vamos a enseñar lo que tienes que hacer…- Dijo otro.
-Sí… eso es…- Convino el tercero.
Los tres la rodeaban, a pesar de que ella permanecía quieta y tranquila en el sitio, lanzándoles una mirada de reojo con desprecio mientras se aproximaban casi babeando…
Entonces una figura llegó al suelo detrás de ellos. Estos se giraron y vieron a un tipo joven, de pelo muy largo y mirada despiadada… Tenía un sable que comenzó a desenfundar lentamente…
Aquellos, temblando ante el sonido del arma deslizándose, volvieron a salir corriendo despavoridos con la visión de los rayos del sol iluminando la hoja de aquel sable… Pasaron por delante de Yi sin mirarla…
Pero no pudieron avanzar mucho. De detrás de uno de los muros laterales emergió una figura de considerable volumen… Enseguida vieron más claro que era un joven bastante orondo que “volaba” armado con un palo largo…
-¡Aaaaaaaaah!- Bramó aquel “gordito” en el aire justo antes de llegar al suelo ante la mirada de los tres miembros que quedaban de la banda.
Estos se lo quedaron mirando unos instantes y no tardaron en confiarse…
-Anda… apártate gordo…- Le dijo uno ciertamente musculoso, con desdeño, que comenzó a caminar seguido por los otros dos…
Pensaban pasar de largo cuando el joven voluminoso se puso en guardia. No les dejaría pasar. Aquellos casi se partieron de la risa… Pero entonces se pusieron serios y se dispusieron a pasar por encima de aquella bola
-¡Aparta!- Exhortó el que le había insultado antes mientras se dirigía derecho hacia él…
Y entonces, con una velocidad inesperada, aquel “gordito” giró el palo verticalmente hasta estrellarlo en la cabeza del tipo, que cayó fulminado casi atravesando el suelo…
Los otros dos miraban horrorizados a su compañero.
-¡Ahora verás!- Dijo uno de ellos, no tan musculoso, al igual que su compañero, que también se lanzaba al ataque…
Iban uno al lado del otro, con no mucha separación entre ambos… El joven lo vio claro. Se lanzó hacia delante y realizó una hélice con el palo a una velocidad endiablada, golpeando a ambos simultáneamente y lanzándolos en direcciones opuestas… Aquellos dos cayeron arrastrados por el suelo varios metros hasta dejar de moverse.
La banda de los 6 Killers había sido derrotada.

Al cabo de un rato se encontraban reunidos alrededor de una mesa en el interior de una fonda cercana, delante de sus bebidas, Yun, Yi, Huei, Bo y Gavin, que había llegado en último lugar tras perderse…
-Gavin, lo tuyo es fuerte, je, je, je- le decía Yun antes de tomar un trago a su jugo.
Gavin ya estaba más que acostumbrado a que Yun se “metiera” con él, de modo que no dijo nada y simplemente sonrío con resignación por él mismo…
-Lo has hecho muy bien, Bo. Ahora ya sabes manejar el palo- le decía Yi al joven, que engullía unos bollos de pan rellenos de carne.
-¡Gracias! La verdad es que todo es gracias a mi maestra. Xin me ha enseñado muy bien, ha sido muy paciente conmigo; pero aún me queda mucho por aprender- hablaba lleno de satisfacción por los halagos de la joven y el recuerdo de las últimas semanas entrenando con Xin.
Huei, con los brazos cruzados, observaba como Bo tenía una amplia sonrisa de oreja a oreja, con la boca algo manchada, hasta el punto de cerrar los ojos.
-Es que Xin es alguien muy especial- dijo cerrando los ojos, para sorpresa de todos; aunque a nadie se le escapaba el aprecio que Huei le había tomado a la joven…- Gracias a ella casi atrapamos a aquel idiota… lastima que se nos escapara…
Gavin, cruzando los brazos, asentía mientras recordaba cuando perseguían a Heshen por las calles de Changshia…
-Por lo menos a estos sí les hemos podido atrapar y dar una lección. No nos conviene que nadie nos atribuya sus fechorías en algún momento…- dijo, poniéndose algo serio.
Yun terminaba de dar un nuevo sorbo a su vaso.
-De todos modos nadie nos conoce- observó.
Todos estaban de acuerdo. Era mejor así.
-De todas maneras, él no necesita muchos motivos para buscar pelea- dijo Yi, de forma inesperada, refiriéndose claramente a Gavin, sin mirarle y con un tono de irritación mal disimulado…
Gavin no dijo nada; solo la miró un momento, aunque ella no le devolvió la mirada, ignorándolo y tomando su vaso. La verdad era que no entendía aquellos “ataques” contra él que la joven le hacía últimamente…
Se produjo un tenso silencio durante unos segundos.
-Chicos, creo que deberíamos irnos ya- dijo Yun, muy serio tras divisar a lo lejos a dos soldados que atravesaban la calle…
Se pusieron en marcha de inmediato. Pagaron y abandonaron el establecimiento. Bo se llevó el bollo que le faltaba por acabarse…
Los cinco no perdían de vista a aquellos soldados que caminaban con la habitual prepotencia y sintiéndose superiores a la “chusma” de su alrededor… Pero parecía que no les buscaban. Seguían su camino sin aparentemente buscar a nadie… El grupo fue dándose cuenta progresivamente de esto y se relajaron. Debían volver a la escuela.
-¡Alto! ¡Deteneos!- Ordenó una voz autoritaria tras ellos.
Los cinco se giraron. De un pequeño callejón situado no muy lejos tras ellos, a la derecha del local, llegaban corriendo otros dos soldados…
-¡Son ellos! ¡Coinciden con la descripción!- Dijo el otro mientras seguían aproximándose corriendo.
Les habían pillado. Ahora tenían un grave problema: si se enfrentaban a soldados del Imperio era como declararles la guerra… Llegaron ante ellos y pusieron las manos en sus respectivos sables largos.
Huei, casi instintivamente, puso la mano en la empuñadura del suyo, ante la expresión de alarma de Yi…
-Huei…- Le intentaba decir.
Pero Huei ya lo sabía; apretaba los dientes de rabia mientras miraba a aquellos dos con impotencia…
No podían huir. Si daban la alarma aparecerían soldados por todas partes… No sabían qué hacer…
Entonces una figura apareció corriendo a toda velocidad y se encaró a los soldados, interponiéndose entre ellos y los cinco jóvenes: un joven de dieciocho años, de pelo rebelde, largo y verde, y ojos color azul oscuro que miraban a aquellos dos servidores del Imperio de forma desafiante…
-¡Han! ¡¿Qué haces aquí?!- Le reconoció el primero.
-¡Han, maldito traidor! ¡El General quiere tu cabeza! ¡Para sustituir la de la estatua que destrozaste!- Dijo el otro.
Han no pudo evitar esbozar una media sonrisa. No llevaba su armadura, pero sí su sable largo, que siempre le había pertenecido…
-Podría sustituirla… ¡por la suya propia!- Les desafió una vez más…
Gavin, Yun, Huei, Yi y Bo no se movieron; algo les decía que no debían irse aún…
-¡Ahora verás, traidor insolente!- Exclamó el primero comenzando a desenvainar el sable…
Pero no le dio tiempo. Han reaccionó de inmediato y saltó en su dirección, golpeándolo contundentemente en la cara con la rodilla… El soldado cayó hacia atrás perdiendo la consciencia, al tiempo que un chorro de sangre manaba de su nariz como una fuente, mientras caía de espaldas al suelo…
-¡Maldito…!- Se enfureció el otro, que sí había llegado a desenvainar el arma…
Pero antes de que pudiera alcanzarle, Han le dio una potente patada en el estómago, alcanzándole a pesar de la armadura… Y, sin esperar un segundo más, le asestó un tremendo puñetazo en la cara que le hizo volar el casco, ahora ligeramente abollado… El soldado cayó al suelo, inconsciente…
La gente que se había parado al ver la pelea, poco a poco comenzó a seguir caminado. Han contemplaba a aquellos dos en el suelo. Y los demás observaban la escena… Entonces Han se dio cuenta de que aún seguían ahí y se giró hacia ellos.
-¿Qué hacéis aquí? Tenéis que iros de inmediato- les aconsejó…
Pero ninguno se movió. Y al cabo de un rato, Gavin dio un paso al frente, serio. A Han le llamó la atención su expresión…
-Únete a nosotros- dijo.
Aquello no se lo esperaba.

viernes, 10 de mayo de 2013

La Misión de Lehmin - Capítulo 9

La Misión de Lehmin

El reencuentro de dos viejos amigos…


Detrás de la puerta azulada cubierta en parte por enredaderas, se encontraba una sala pequeña y circular en la que una estrecha escalera de caracol ascendía varios metros hasta otra puerta de madera. Lehmin y Lalia ascendieron con cautela, presintiendo que cada vez estaban más cerca del final…
Sus pasos sonaban solitarios en la estrecha estancia cilíndrica… Ya se encontraban ante la puerta que les conduciría a la siguiente estancia. Ambos dudaron durante unos instantes. Entonces, lenta y tímidamente, ambos duendes se dirigieron la mirada el uno hacia el otro…
-Lehmin…- Comenzó a decir Lalia, casi sin atreverse a mirarle…
-Lalia…- Intentó decir Lehmin, sintiendo como si le fallasen las fuerzas…
Pero ninguno de los dos pudo continuar. Aunque no importó… porque ambos sabían lo que el otro le quería decir… Entonces decidieron que así estaba bien. Sonrieron y asintieron lentamente. Debían llegar al final de la misión. No sabían lo que les esperaba tras aquella puerta… Ni si había un futuro para ellos más allá de aquellos instantes…
Ambos pusieron sus pequeñas manos en la puerta, muy juntos el uno del otro, y empujaron a la vez tras girar la manilla…
Ante ellos se extendía una sala casi tan grande como las dos primeras que habían atravesado en aquel castillo helado; aunque esta tenía la característica de que daba con una terraza al exterior. Desde donde estaban podían ver como la noche iba cubriendo con su manto estrellado el reino de Lapponia…
-¡Lehmin!- Exclamó Lalia en un susurro dirigiendo la mirada hacia el cielo que iba oscureciéndose a una velocidad alarmante…
-Ya lo sé…- Dijo, viendo lo mismo y preguntándose si aún estarían a tiempo de cumplir la misión…
Entonces se fijaron mejor en aquel lugar. Y algo les llamó mucho la atención.
-Lehmin, ¿te has fijado?
El duende al principio no sabía a qué se refería Lalia al señalarle alrededor… Pero cuando se fijó mejor no pudo más que quedarse con la boca abierta…
Aquella sala se parecía mucho… ¡al taller de Santha Klaus! Varias máquinas, similares a algunas de las que estaban acostumbrados a ver, estaban dispuestas en diferentes puntos de la sala…
-Pero… ¿qué pasa aquí?- Se preguntó Lehmin…
-Eso es lo que yo me pregunto- resonó una voz grave rebotando con fuerza en las paredes de hielo…
Ambos duendes se sobresaltaron y vieron enseguida de donde provenía aquella voz… Una figura corpulenta se acercaba hacia ellos, haciéndose más visible por momentos y quedando recortada por un gran y ornamentado trono de hielo que estaba más allá… Cuando la figura se detuvo a poca distancia de los duendes estos lo reconocieron enseguida.
Era Anthas Sulk.
Lo reconocieron por las esculturas de hielo que había construido Esmeeth. Anthas Sulk, observando que aquellos duendes no estaban tan sorprendidos por verle como él se imaginaba, se los quedó mirando detenidamente…
-Vaya, vaya. ¿Cómo es posible que dos duendes como vosotros hayáis llegado hasta aquí? Mucha ayuda y mucha suerte habéis tenido que recibir para lograrlo…- Dijo, convencido.
Lehmin y Lalia no dijeron nada. No sabían qué hacer ni qué decir. Durante unos instantes, estuvieron rememorando mentalmente todo lo que habían vivido durante los últimos días: el enfrentamiento contra Forost… la separación de Taido… Arthur, el histriónico conductor de trineo… Zaros, el ex-ermitaño… El fiel y veloz Barn… el malvado Girinch… el “fantasma” de la Villa del Mercado… Rodias, el hermano de Taido… Y muchos más recuerdos que se agolpaban en sus mentes…
Entonces ambos duendes vieron algo que les hizo reaccionar de inmediato.
-¡La vara!- Exclamaron a la vez al verla en manos de aquel individuo tan parecido, y a la vez tan distinto, a Santha Klaus…
Anthas Sulk miró el objeto al que los duendes no quitaban la vista de encima…
-Veo que la habéis reconocido… Supongo que es la última pieza que os queda por recuperar…- Hablaba en tono burlón, arrastrando las palabras…
Los dos duendes se pusieron tensos de rabia; Lehmin apretaba los dientes…
Entonces, Anthas Sulk se fijó en la bolsa de pequeño tamaño que cada uno de aquellos duendes llevaba encima… No pudo más que sonreír de satisfacción.
-Os diré un par de cosas. La primera, que esta vara es muy útil…- Dijo, señalando inmediatamente con la misma hacia ambos…
Ante la sorpresa de Lehmin y Lalia, dos lanzas de hielo surgieron del suelo, una hacia cada uno, arrancándoles las bolsas bruscamente…
-¡Eeh!- Protestó el duende al ver como se rompía la correa que llevaba al hombro y la bolsa quedaba enganchada en la punta helada de aquella lanza…
Pero antes de que pudieran reaccionar, Anthas Sulk dirigió la vara hacia el suelo y multitud de lanzas surgieron del mismo, cruzándose unas con otras y dejando atrapados a Lehmin y Lalia en una reducida jaula de barrotes de hielo…
-¡Estamos atrapados!- Exclamó Lalia, airada…
-¡No!- Exclamó Lehmin agarrando los “barrotes” e intentando zarandearlos sin éxito…
Mientras tanto, ante la impotencia de ambos, Anthas Sulk se dirigía tranquilamente hacia donde estaban las bolsas que les había arrebatado… Tras hurgar sin reparos en las mismas, encontró lo que buscaba.
-Aquí están. Sabía que no me fallaríais- dijo, sorprendiendo a ambos duendes que prestaron atención de inmediato.
-¿Qué estás diciendo?- Quiso saber Lehmin…
Anthas Sulk dirigió la mirada al duende y sonrió de nuevo al ver a aquel inocente
-La otra cosa que os tenía que decir… era que habéis caído en mi trampa… desde el principio… Y empezando por Santha.
Los duendes estaban atónitos. ¿De qué estaba hablando? Al ver sus miradas de asombro, Anthas Sulk continuó explicando.
-Podría haber ordenado que se me trajesen las piezas directamente al castillo… Pero, en el último momento, se me ocurrió una idea: que cada uno de los que mandé ir a robarlas, guardase una de las mismas; quería comprobar si Santha Klaus mordía el anzuelo… Y vaya que si lo ha mordido. Como esperaba, mandó a algunos de sus duendes a buscar las piezas… Pero de lo que no se estaba dando cuenta era que estabais reuniendo las piezas para mí… Si os hubieseis quedado tranquilamente en casa sin hacer nada, lo peor que hubiese ocurrido es que este año no habría habido reparto de juguetes… Pero ahora tengo lo que necesito para completar la maquinaria y llevar a cabo lo que tengo en mente desde hace mucho tiempo…- Al finalizar, Anthas Sulk se había terminado de poner serio…
Lehmin y Lalia no podían creer lo que habían oído. Ellos (y Santha) habían caído en la trampa de Anthas Sulk y le habían “ayudado” a llevar a cabo sus planes… Aunque no sabían exactamente a qué se refería. Y entonces Lalia recordó la carta de Santha Klaus…
-Los anti-juguetes… Para eso es todo esto… Por eso necesita las piezas…- Se daba cuenta, con creciente temor…
-Oh, no…- Ahora también Lehmin había comprendido…
Anthas Sulk, después de contemplar todas las piezas reunidas, sonrió una vez más al ver la cara de aquellos dos cándidos duendes… Y se imaginó la que pondría su viejo “amigo” al darse cuenta él mismo de su tremendo error…

Taido y Rodias llevaban mucho rato combatiendo. Estaban claramente agotados y sudaban mucho… Ahora los intercambios de golpes con sus espadas estaban más espaciados en el tiempo… En aquel momento se encontraban uno frente al otro, vigilándose con la mirada, en guardia y preparados para lanzarse una vez más al ataque…
-Debo reconocer… hermanito… que me lo estoy pasando muy bien…- Decía Rodias, entre jadeos…
Taido sonrió socarronamente.
-Estoy de acuerdo… Ya echaba de menos esto…- Hablaba también con dificultad…
Entonces Rodias pareció recuperarse. Taido se dio cuenta de esto.
-Pero creo que ha llegado la hora de acabar de una vez- dijo Rodias, poniéndose serio…
Taido asintió.
-Estoy de acuerdo.
Tras unos instantes de tensa quietud, ambos se lanzaron al ataque casi a la vez… Durante unos segundos parecieron “volar” por el aire uno hacia el otro…
-¡Eeaaaaah!- Bramó Rodias al atacar…
-¡Oeeaaaaa!- Rugió Taido al hacer lo propio…
El impacto de sus armas era inminente… Ambas espadas chocaron en el aire, con una fuerza desmedida, luchando momentáneamente una por imponerse a la otra… Y finalmente se impuso la de Rodias… Taido vio, consternado, como su espada cruzaba el aire alejándose de él mientras estaba a punto de caer hacia atrás… Su hermano iba a ganar…
-“¡Jamás!”- Ante aquel súbito pensamiento, Taido reaccionó y asestó una patada en el último momento a la empuñadura del arma de Rodias… desarmándolo…
La espada de este también cayó al suelo… Ambos hermanos cayeron al frío suelo de hielo, exhaustos… Tras unos minutos, Rodias levantó la cabeza y se dirigió a su hermano.
-Hermanito… Creo que podemos dejarlo en empate…- Propuso entre violentos jadeos intentando recuperar el aliento…
Taido se lo pensó durante un instante… Pero al verse mejor, su estado precario, le respondió.
-Sí… Empate… Está bien así…- Fue lo último que dijo antes de perder el conocimiento.

Los dos duendes estaban horrorizados ante el papel que habían llevado a cabo en los planes de Anthas Sulk. ¿Cómo no se había dado cuenta Santha Klaus de que les estaba llevando a cumplir los deseos de su enemigo? La verdad era que Lehmin y Lalia estaban muy enfadados con él…
Entonces Anthas Sulk se dirigió hacia las diferentes máquinas que había desperdigadas por la sala, conectadas todas ellas formando un único conjunto encadenado… Los duendes contemplaban sin poder hacer nada como aquel individuo, tan extrañamente parecido a Santha Klaus, iba colocando una a una todas las piezas en “su sitio”… Tardó varios minutos en llevar a cabo la operación. Ya era de noche.
-Y ya solo me queda una cosa por hacer…- Dijo para si mismo mirando la vara dorada con joyas incrustadas…
Lehmin había pensado varias veces en utilizar su espada para romper aquellos malditos barrotes de hielo… pero había poco espacio y tenía miedo de lastimar a Lalia… Se preguntaba qué les pasaría ahora a ellos, mirándola, mientras la duende observaba con temor las acciones de Anthas Sulk…
-Si coloca la vara lo habrá conseguido…- Dijo Lalia, con profundo pesar…
Ambos iban a ser testigos del inminente triunfo de Anthas Sulk…
Pero entonces, cuando este, exultante e impaciente, iba a colocar la vara en el lugar que correspondía…
-¡Detente Anthas!- Le exhortó un vozarrón proveniente de la dirección de la terraza…
Anthas Sulk no se lo podía creer. Hacía años que no escuchaba aquella voz…
Santha Klaus aparecía sobre su trineo, tirado por cinco renos, en el interior de aquella sala iluminada artificialmente.
Los dos duendes se quedaron asombrados. Entonces Santha Klaus les vio y adoptó una actitud extraordinariamente severa.
-Libera a mis duendes de inmediato- le advirtió.
Entonces Lehmin y Lalia notaron cierto nerviosismo en Anthas Sulk. Era evidente que Santha Klaus le imponía respeto…
-¡Llegas tarde, Santha!- Exclamó con la expresión de un loco y colocó la vara en su lugar…
-¡Nooo!- Exclamó Lalia al tiempo que Lehmin golpeaba los barrotes con rabia…
Al principio no pasó nada. Pero luego, progresivamente, las máquinas comenzaron a encenderse y la sala se inundó de zumbidos y múltiples sonidos provocados por los más variados mecanismos llevando a cabo su función… Llegó un momento que la sala entera pareció agitarse… Santha Klaus miraba a su alrededor, con el sentimiento de haber llegado demasiado tarde…
Lehmin aún sostenía con fuerza los barrotes; y en los ojos muy abiertos de Lalia se reflejaban las pequeñas lucecitas que iban encendiéndose aquí y allá… Entonces, sobresaltándose, se giraron al notar una inesperada y enorme presencia tras ellos…
-¡Barn! ¡Estás bien!- Exclamó Lalia sin poder contener la alegría.
Lehmin se fijó en la mirada del gran oso polar y adivinó sus intenciones…
-Lalia, apártate y cúbrete- le dijo a la duende.
Lalia al principio no comprendía… pero al ver a Lehmin mirar a Barn, dirigió una mirada a este último y entonces lo entendió. Lehmin también se cubrió poniéndose ante la duende… Entonces Barn, con un zarpazo, rompió los barrotes y los dos duendes quedaron liberados…
-Gracias, Barn- dijo Lehmin mientras Lalia le acariciaba la cabeza.
Entonces Lalia levantó la vista y no pudo evitar poner cara de sorpresa.
-¡Lehmin, mira allí!- Dijo, señalando hacia la dirección de la puerta por donde habían llegado unos instantes atrás…
Lehmin miró hacia allí y se sorprendió tanto como Lalia. Apareció Rodias, ayudando a caminar a su hermano Taido…
-Ese oso amigo vuestro por poco nos aplasta…- Decía Rodias con un simulado tono acusador.
-En realidad casi me aplasta a mí…- “Aclaró” Taido.
-Eso es por esa decisión extraña tuya de tomarte de pronto una siestecita…- Le dijo Rodias “metiéndose” con él.
Taido gruñó por lo bajo, diciendo cosas ininteligibles, al haberle recordado su hermano la humillación de haberse desmayado hacía un momento… Lehmin y Lalia se miraron entre extrañados y sorprendidos. ¿Ahora se llevaban bien? Eso parecía.
Al ver que los dos hermanos miraban de pronto hacia todas direcciones preguntándose qué demonios era lo que estaba pasando, los dos duendes devolvieron su atención a lo que estaba sucediendo a su alrededor…
Las máquinas seguían funcionando cada vez a mayor rendimiento… Multitud de luces de colores iluminaban la sala… El ruido iba haciéndose ensordecedor (hasta el punto de que Barn tuvo que agacharse para taparse los oídos)… El suelo vibraba amenazando con resquebrajar el castillo hecho de hielo… Esmeeth llegó corriendo desde el piso de abajo y se quedó boquiabierto, en la puerta, mirando la escena…
-¡¿Pero qué ocurre aquí?!
Todos estaban expectantes ante como acabaría todo aquello…
Y entonces la maquinaria se detuvo en el preciso instante que un objeto cayó en la bandeja situada ante un maravillado Anthas Sulk. Se hizo el silencio durante unos instantes. Anthas Sulk observaba con los ojos muy abiertos el producto de su plan, elaborado hacía ya tantos años que ni recordaba cuántos eran… Y entonces lo cogió entre las manos. Santha Klaus se acercó lentamente y, después de ver el objeto aún humeante, dirigió la mirada hacia el que una vez fuera su amigo… Y le sorprendió lo que vio: Anthas Sulk tenía una expresión de espanto en el rostro. Entonces, Santha  miró de nuevo el objeto que Anthas Sulk estaba a punto de lanzar con sus manos temblorosas: era informe, y parecía como si estuviera carbonizado…
-Esto… no era lo que yo quería…- Habló Anthas Sulk, con un tono que parecía que iba a echarse a llorar…
Santha no pudo más que compadecerse de su amigo. Se acercó y le puso una mano en el hombro…
-Santha…- Intentó decir con los ojos humedecidos.
Este negó con la cabeza. Todo había pasado ya.
Anthas Sulk dejó lentamente y con repugnancia el anti-juguete sobre la bandeja. Entonces, se giró y se fijó en el reno que iba en cabeza del trineo en el que había llegado Santha…
-¡Rudoroph!- Exclamó con gran alegría al tiempo que se dirigía hacia el reno de nariz roja.
Al acercarse abrazó al animal; y este le respondía con lametones en la cara.
-¿Recuerdas, Santha, cuando lo encontramos cuando solo era una cría que acababa de perder a su madre…?- Preguntó, resbalándole las lágrimas por los ojos.
Santha asintió.
-Sí. Recuerdo que tu actitud debió cambiar cuando te enteraste que a su madre la había matado un cazador por pura diversión…
Anthas Sulk no dijo nada, sin dejar de acariciar la cabeza del agradecido animal, pero estuvo de acuerdo…
Esmeeth al comprobar la escena rechistó.
-Ahora tendré que cambiar la escultura final que tenía pensada…- Dijo con fastidio y regresó por donde había venido…
Entonces Santha se acordó de algo y se acercó a Lehmin y Lalia.
-Lehmin. Lalia. Supongo que estaréis enfadados por pensar que os he enviado a hacer una misión equivocada…- Los duendes no contestaron pero en sus rostros se reflejaba aún su enfado…- Pero tenéis que saber que ya contaba con los planes de Anthas Sulk. Comprendedlo. Era importante que llevarais a cabo la misión para llegar a este punto
Los duendes se quedaron boquiabiertos. Pero ahora lo entendían todo…
-Santha… ¿Qué puedo hacer para compensar lo que he hecho…?- Rogó Anthas Sulk.
Lehmin, Lalia, Taido, Rodias, e incluso Barn, esperaban la respuesta de un pensativo Santha Klaus que observaba el cielo nocturno… Todos pensaban que ya no daría tiempo a repartir los juguetes aquel año…
Pero entonces a Santha se le ocurrió algo.
-Sí. Hay algo que puedes hacer- dijo sonriendo satisfecho para sorpresa de todos…

Aquella noche fue frenética. El taller del castillo de Santha Klaus estaba en plena ebullición, como no se recordaba en toda su historia… Todos se estaban esforzando al máximo para llegar a tiempo…
Lehmin y Lalia llevaban a cabo sus tareas habituales, pero ahora podían dar órdenes a otros duendes, que las cumplían encantados… No se podía decir lo mismo de Taido y, sobretodo, Rodias, pero las acataban igual de eficientemente… Además, tenían que tener cuidado con Barn, que iba de arriba abajo cargando juguetes a toda velocidad… Juguetes que estaban siendo terminados con la ayuda de Zaros, que había acudido de inmediato… Y del reparto se encargarían Santha, como de costumbre, y su recuperado amigo, Anthas Sulk, a los que les traía los pedidos un exultante Arthur, que estaba encantado de colaborar en aquel cometido, cantando y animando a todo el que se le cruzaba por delante…
Al final, con la colaboración de todos, llegaron a tiempo, un año más…


Unos años después.

Lehmin, ataviado con una armadura ligera, sin el casco puesto, salía de su casita, de cuya chimenea salía humo. Era por la mañana. Al exterior salieron también Lalia, con un vestido y un delantal… y un pequeño duendecillo que sonreía hinchado de orgullo…
-Ten cuidado- le dijo con ternura Lalia a Lehmin.
Este se giró y sonrió.
-Tranquila. Ya sabes que con Taido y Rodias nos las apañamos bien. Por cierto… Te mandan recuerdos tus compañeras de la guardia del castillo…
Lalia sonrió y miró a su pequeño, que tenía la cara manchada de mermelada…
-Un día me pasaré a saludarlas.
En ese momento llegó Barn a toda velocidad, con las riendas y la silla de montar puestas, y se colocó ante Lehmin. Lalia y el pequeño duende se acercaron para saludar al gran oso polar que movía la cabeza de contento. Lehmin se subió a su grupa y se colocó el casco.
-Bueno, me voy. Pórtate bien, Dilt.
-¡Sí, papá!- Exclamó el duendecillo alzando los cortos brazos.
-Volveré por la noche- le dijo Lehmin a Lalia, sonriendo y mirándola a los ojos…
Esta sonrió y asintió.
Y Lehmin comenzó a alejarse, montado sobre Barn, a cumplir con su deber como guardián del reino de Lapponia, bajo la orgullosa mirada de Lalia, su mujer, y la de admiración de Dilt, el alegre y feliz hijo pequeño de ambos.


FIN