El Forastero
El sol intenso y anaranjado amenazaba con derretir hasta la última piedra del seco valle de Death Gunner. La escasa vegetación se agitaba ante la ardiente brisa como si pidiera auxilio a alguien que no pasaba nunca por aquella región solitaria. Tan solo algún cactus aparecía aquí y allá, como guardianes permanentes de aquel lugar abandonado de todo. Los rayos del sol del lento atardecer iluminaban una figura que avanzaba sobre su corcel, como intentando derribarle sin éxito… El sonido de los cascos resonaba en la distancia perdiéndose en los barrancos que daban al río apunto de extinguirse…
El jinete iba ataviado con ropas polvorientas; camisa gris, chaleco negro, pantalones marrón claro, al igual que los guantes, y botas negras; su rostro lo ocultaba un sombrero marrón oscuro. A la cintura llevaba un cinturón del mismo color que el sombrero donde guardaba sus dos revólveres y las balas. Su caballo era marrón muy oscuro, de potentes músculos, y llevaba los fardos atados alrededor de la silla de montar.
Al cabo de un rato, al notar una gota de sudor surcando su rostro hasta caer al suelo, el jinete cogió su cantimplora y la destapó esperando con controlada ansiedad refrescarse aunque fuera un poco… pero tan solo una única gota le cayó en la boca reseca. Tras agitarla, aún sabiendo que no obtendría mejor resultado, guardó de mala gana la cantimplora en su lugar al lado de los fardos y levantó la vista, mostrando la mirada de ojos verdes oscuro y la barba de varios días bajo la sombra de su sombrero, que le ocultaba el cabello no muy largo de color castaño claro…
-Mas vale que encontremos un pueblo pronto… o moriremos de sed- dijo, con relativa calma…
Su caballo, como si le hubiera entendido, pareció aumentar el paso mientras el sol comenzaba a ser engullido por las escarpadas cumbres lejanas que parecían no quitarles la vista de encima…
En el poblado de West Destiny sus pocas casas parecían abandonadas. Tan solo había vida en el bar, a donde iban tarde o temprano todos los hombres del pueblo, tras sus infructuosos intentos durante el día de obtener rendimiento de sus estériles tierras…
En el interior, la pesadumbre se respiraba en el ambiente cargado de humo y vapores etílicos. Los clientes estaban tirados en las sillas ante una (o varias) copas, en general vacías… Algunos jugaban al póker, aunque sin excesivo entusiasmo. El dueño del bar, un hombre de unos cincuenta años, con el pelo que le quedaba negro, ojos azules, y un poblado bigote, tras la barra, limpiaba con desgana un vaso de cristal mientras observaba a uno de aquellos borrachos durmiendo ante él, con el vaso volcado a un lado y roncando… Tan solo parecían animarse ante la presencia de Lidia, que en aquellos momentos bajaba las escaleras, vestida con su sugerente vestido rojo, escotado y de falda corta, para ver si aquel día tendría algún cliente…
-Puedes volver arriba, preciosa- le dijo el dueño del bar a la joven.
Lidia se quedó a medio camino de las escaleras, claramente aliviada; aunque aquel día tampoco ganaría nada. Menos mal que el dueño del bar le daba alojamiento y comida hasta que encontrara algo mejor… Aunque, lo cierto era que aún no había llegado a tener ningún “cliente”… Pero estaba preparada para cuando llegara el día… o eso quería creer…
Lidia era una joven de veinticinco años, de estatura media, de formas generosas y piel blanca. Tenía el pelo rojo intenso, como ahora sus labios, y sus ojos eran azul claro.
Decidió volverse arriba.
En ese momento, alguien cruzó bruscamente la puerta doble del bar. Todos los que estaban aún conscientes levantaron la mirada para ver mejor de quién se trataba. También Lidia y el dueño del bar.
Con paso pesado, entró un individuo alto, pelo largo gris al igual que su bigote alargado; sus ojos oscuros aún quedaban ocultos bajo el amplio sombrero; las espuelas resonaban ante cada uno de sus pasos…
Tras llegar ante la barra, bajo la atenta mirada de los demás, se detuvo y guardó silencio unos segundos.
-Whisky- Dijo al fin con voz rota, seguramente debido a haber fumado mucho durante su vida…
El dueño del bar, al que no le gustaba nada el recién llegado, cumplió su trabajo y le fue a buscar un pequeño vaso de cristal y una botella del whisky que tenía a mano. Cuando le hubo puesto el vaso delante al desconocido este alzó una mano, provocando que el hombre se detuviese de inmediato sosteniendo la botella empezada…
-Para mí… y para mis hombres- dijo el individuo misterioso alzando la profunda e inquietante mirada de ojos gris oscuro al tiempo que la atención se dirigía hacia la entrada del local, por donde llegaban pasos de varios más…
En el bar entraron cuatro individuos más. Caminaban mirando con desdén a los temerosos clientes que los observaban casi de reojo, apartando la mirada de inmediato cuando se cruzaba con la de aquellos desconocidos…
Uno era de estatura y constitución parecida al primero que había llegado, pero más joven… Otro era grande y corpulento, acaparando prácticamente todas las miradas… Otro tenía el cabello largo y negro como un indio, aunque no lo era… Y el cuarto era más bajo que los demás pero con una sempiterna expresión malhumorada… Todos iban armados y miraban a su alrededor como si evaluaran el lugar…
El dueño del bar tuvo una mala sensación. Decidió que lo mejor era seguirles la corriente, a ver si se iban pronto de allí… Lidia había quedado semioculta en las escaleras; aquellos tipos le daban muy mala espina… El dueño del local fue a buscar más vasos y más botellas de whisky. Ya estaban todos en la barra. El silencio era absoluto y la tensión se respiraba en el cargado ambiente… Entonces el primero en entrar del cuarteto se dirigió al más mayor de todos.
-Jefe. Este lugar es de lo peor que hemos encontrado. No parece que estos muertos de hambre tengan nada de valor…- Aseguraba.
El jefe no dijo nada pero pareció estar de acuerdo, mientras tomaba su vaso recién llenado que le acababa de servir el dueño del bar, alarmado ante aquellas palabras…
No faltaba mucho para que comenzara a anochecer. Pero nadie se atrevía a moverse de allí… Los tipos se tomaron su bebida tomándose su tiempo y repitiendo varias veces hasta acabar con las botellas que tenían delante…
-Danos más- le ordenó al dueño del local el que era más bajo de malas maneras.
-Lo siento mucho. Ya no me queda más whisky. Puedo servirles otra cosa si lo desean- hablaba controlando el impulso de gritarles que se fueran de una vez…
Aquellos hombres se miraron y parecieron estar de acuerdo.
-¡Bah! ¿Qué podía esperarse de un lugar de mala muerte como este? Vámonos jefe-habló el más corpulento.
-Sí jefe- he oído que hay otro pueblo cercano que tiene mejor pinta. Incluso creo que tienen mujeres…- Habló el que parecía indio.
El jefe puso el vaso vacío sobre la mesa y se colocó el sombrero que no se había llegado a quitar en ningún momento.
-De acuerdo. Vayámonos- dijo dirigiendo una mirada elocuente al dueño del bar. No iban a pagar.
Pero el dueño del local no dijo nada. Bastante era con que se largaran de allí de una vez… Pero no respiraría hasta que se hubiesen marchado…
Lanzando miradas de desdén hacia el dueño del bar y los que aún permanecían allí, paralizados, comenzaron a dirigirse a la salida, con el jefe a la cabeza. El más joven iba en último lugar. Era inminente el momento en que desaparecieran para siempre de allí…
Entonces, Lidia se asomó un poco más para ver como se marchaban… y su mirada se cruzó con la del más joven, que en aquel momento se había girado. Lidia se echó hacia atrás, deseando con todas sus fuerzas no haber sido vista… pero sabía que esto no era así…
-Vaya, vaya, vaya…- Oía la joven decir a aquel tipo mientras sus pasos se dirigían hacia donde se encontraba escondida, de cuclillas en las escaleras…
Al plantarse una sombra ante ella, elevó la mirada temerosa y se encontró con los ojos lujuriosos de aquel tipo que sonreía de satisfacción… El dueño del bar, ante esto, reaccionó de inmediato.
-¡Ya es suficiente! Les he dado todo el whisky que tenía… ¡El mejor que tenía! ¡Hagan el favor de largarse de aquí y no causar problemas!- Dijo sin poder contenerse…
Los cinco tipos se quedaron en silencio, sin hacer nada durante unos largos segundos. Entonces comenzaron a intercambiarse miradas entre ellos y sonrisitas burlonas; a excepción del jefe, que sonreía con malicia mirando al dueño del bar…
-Solo somos clientes… No conocíamos todos los servicios…- Hablaba con un falso tono inocente…
El dueño del bar temblaba de rabia con los puños apretados. Sabía lo que aquellos desalmados le harían a Lidia… El resto de los clientes solo buscaban la manera de salir de allí de inmediato… Entonces, al ver que algunos intentaban levantarse e irse sin hacer ruido, el jefe se percató…
-¡Que nadie se mueva!- Exhortó girándose hacia los atemorizados ocupantes de las mesas- Si alguien intenta marcharse lo mataremos. Beban y sigan disfrutando…- Dijo con sorna.
Los aterrorizados clientes, que miraban con los ojos desorbitados a aquel hombre temible, sintieron como si les clavaran a sus sillas… No sabían como acabaría todo aquello…
Entonces, el jefe notó algo y se dio la vuelta de inmediato hacia la barra. Allí estaba el dueño del bar, armado con una escopeta y apuntando entre temblores a la cabeza del líder de la banda… Sus hombres sacaron sus revólveres de inmediato e hicieron lo propio con el dueño del local… El jefe, al principio sorprendido, poco a poco fue tornando su expresión en una sonrisa de burla…
-Me pregunto si tendrá el valor de apretar el gatillo…- Dijo con evidente tono burlón el jefe al hombre, que no dejaba de temblar, impidiéndole mantener el cañón de su arma centrado…
El dueño del bar sudaba copiosamente, pero estaba dispuesto a llegar hasta el final si era necesario…
-Se lo advierto… Lárguense de aquí…- Insistía intentando evitar lo inevitable…
El jefe decidió ponerle a prueba. Sonrió… pero esta vez de forma diferente… una sonrisa diabólica…
-Muy bien… ¡Oíd! ¡Matad a todos los que hay en este local excepto a este buen hombre y a la chica!- Ordenó a sus hombres.
El dueño se horrorizó y Lidia abrió muchos los ojos. Los clientes intentaron huir presas del pánico, levantándose atolondradamente y tirando todo lo que se interponía en su camino: mesas, sillas, vasos, botellas… Sus apresurados pasos sonaban junto al estrépito de los cristales rotos mientras parecía que el tiempo transcurría más despacio… Simultáneamente, con aparente tranquilidad, los cuatro miembros de la banda dirigieron sus armas hacia esa panda de infelices que huían presos de la desesperación… Era como si se divirtieran dándoles tiempo para que llegaran a creerse que se podían salvar… Pero aquellos pobres hombres sabían que no iba a ser así…
El tiroteo comenzó y fueron cayendo entre el ensordecedor ruido de los disparos y el humo de los cañones de los revólveres que inundaba la sala… Bastaron unos segundos para que acabasen con todos. El dueño del local ya no podía sostener el arma y la bajó sin darse cuenta, contemplando horrorizado la matanza que había tenido lugar ante sus ojos… Lidia se tapaba la boca con las manos, intentando controlarse, sin poder mirar a uno solo de aquellos hombres muertos a sangre fría sin ningún motivo…
Cuando el humo de la pólvora comenzaba a disiparse, el jefe comprobó el estado del dueño del local… y tras sonreír una vez más se dirigió a sus hombres que aún comprobaban que ninguno hubiese sobrevivido…
-Muy bien. Ya hemos pasado demasiado tiempo en este lugar. ¡Haced lo que queráis con la chica y larguémonos de una vez!- Les dijo con voz autoritaria…
Lidia, al oír estas palabras, abrió mucho los ojos, sintiendo muchísimo miedo… El dueño del bar, sintiendo un profundo odio y desprecio por aquellos desgraciados, se encontraba paralizado… no podía ni levantar el arma…
Entonces el más joven fue hacia Lidia… iba a ponerle la mano encima…
Y en ese momento se oyó la puerta doble de madera del local abrirse de golpe; y unos pasos decididos que se dirigían al interior… El más joven se detuvo ante una asustada Lidia que también dirigió su atención hacia la puerta… Los demás miembros de la banda, incluido el jefe, no se esperaron la irrupción de aquel individuo que no dejaba de caminar ante ellos, ignorándolos, hasta plantarse delante la barra y sentarse en uno de los taburetes, quedando frente el estupefacto dueño del local…
-Tengo sed…- Dijo aquel joven, aún oculto tras el sombrero, ante la expectación de los presentes en aquel lugar…
Se trataba del jinete.
Al principio, el dueño del local no reaccionó; pero entonces decidió atender la demanda de aquel extraño forastero…
-Y… ¿qué desea tomar?- Preguntó, no muy seguro de que los otros le permitieran llevarle nada…
-Agua…- Dijo sin más.
El dueño del bar asintió y fue a buscar un vaso y una jarra de cristal llena de agua con la que lo llenó de inmediato. Todo esto ante la atónita mirada de los miembros de la banda (el jefe incluido) y de Lidia…
Cuando tuvo el vaso lleno, lo cogió con rapidez y bebió ávidamente hasta terminárselo de un trago y poniéndolo sobre la barra de nuevo con un suave golpe…
-Más… por favor…
Aquel hombre, a pesar de sus dudas sobre lo que estaba pasando, le llenó de nuevo el vaso hasta que el forastero lo vació de nuevo. Y esto se repitió varias veces…
Mientras se bebía el que había decidido que sería el último, el tipo que parecía un indio se aproximó hacia aquel estúpido…
-Oye tú… ¿Quién te has creído que eres? ¿Es que no sabes que nosotros som…?- Pero no pudo terminar de hablar.
El joven forastero le propinó un puñetazo de revés en la cara que le hizo caer hacia atrás sobre una de las mesas, destrozándola…
-No me gusta que me molesten mientras bebo… mi vaso de agua…- Dijo, mirándole de reojo.
Aquel tipo se levantó intentando contener la abundante sangre que le manaba de la nariz…
-¡Hijo de…! ¡Vas a morir!- Gritó apuntando con su revolver al joven…
Pero el jefe le detuvo con un gesto de la mano. Aquel joven le había llamado la atención…
-¿Quién eres, hijo?- Le preguntó con tono cordial…
El joven miraba al frente, con expresión seria.
-Yo no soy su hijo- dijo escuetamente.
Aquellas palabras y aquella actitud escandalizó a los demás miembros de la banda, que no entendían porqué no podían matarle de una vez… Pero el jefe de la banda sonrió. Cada vez le gustaba más aquel chaval insolente…
-Veo que eres muy fuerte… ¿Te gustaría unirte a nosotros? Viajamos mucho y vivimos muchas experiencias…- Intentaba convencerle ante la incredulidad del resto de sus hombres, que se miraban entre ellos sin entender…
-No quiero- fue su única y definitiva respuesta.
Aquello ya no le gustó al jefe. Ahora ya le había hecho enfadar…
-De acuerdo. En ese caso…- Dijo mientras ordenaba con la mirada a sus hombres, ahora recuperando la confianza totalmente en su jefe, que mataran a aquel forastero engreído…
El joven puso el último vaso sobre la mesa y dirigió su mirada hacia el dueño del local… Este, presa del terror por lo que iba a suceder a continuación, se dio cuenta de la significativa mirada que le estaba dirigiendo el joven… Y comprendió sus intenciones… El jefe de la banda y sus hombres le apuntaban, implacables…
-¡Adiós!- Exclamó el jefe a modo de orden…
Entonces al forastero le cambió la mirada, intensificándose, y saltó ágilmente detrás de la barra ante el asombrado dueño del local, que se agachó de inmediato, mientras aquellos maleantes comenzaban a disparar indiscriminadamente hacia el lugar que ocupaba hacía un instante… El dueño del bar veía con desolación como le destrozaban las botellas, los vasos… mientras se tapaba los oídos ante aquella lluvia atronadora que hacía volar fragmentos de madera y cristal por todas partes y lo llenaba todo de un intenso olor a pólvora…
-¡Alto! ¡Deteneos!- Exhortó el jefe al fijarse mejor.
Los demás se detuvieron al instante. Entonces, al disiparse la opaca nube de humo que habían provocado, comprobaron con estupor que allí no había nadie…
-¿Tanto lo hemos destrozado?- Preguntó el más grandullón, dejando en evidencia su corta inteligencia…
Cuando los demás se hubieron recuperado del “comentario”, dirigieron de nuevo su atención hacia la ausencia del forastero…
-¿Cómo es posible, jefe?- Preguntó el más bajo…
Pero el jefe no respondió. No sabía qué responder…
Entonces, el forastero levantó la mirada y sacó sus dos revólveres… Emergió inesperadamente de los restos de la espesa niebla y apuntó de inmediato… Los demás volvieron a apuntar a toda velocidad… pero el forastero fue más rápido.
Comenzó a disparar de forma precisa y continua al más corpulento, acribillándole y haciéndole volar hacia la puerta doble de entrada, destrozándola al caer sobre ella y quedando tendido en el exterior…
Súbitamente, el que parecía un indio le iba a disparar desde el lado izquierdo… Aquello pilló por sorpresa al forastero… Pero fue abatido por el dueño del local que le había disparado con su escopeta en el pecho…
Dirigiendo una breve mirada al hombre, que se la devolvió con la decisión reflejada en sus ojos, el joven se giró y disparó con el revolver de su mano derecha al más bajo, acabando con él, justo cuando estaba a punto de apretar el gatillo… No podía creerse que fuera a morir… Todo esto ante la mirada del jefe, que permanecía de pie, con el revolver en la mano, observando atentamente la escena…
Entonces apareció el miembro más joven de la banda arrastrando de un brazo a Lidia. Esto hizo dudar al joven forastero. El dueño del local apretaba los dientes de rabia, una vez más, y apuntó de inmediato con su escopeta… pero, al ver como aquel cobarde la utilizaba de escudo, tuvo que bajar el arma con resignación…
-Maldito desgraciado…- Masculló…
-¿¡Y ahora qué…!?- Dijo el tipo joven, desafiante, aunque nervioso…
El forastero no dijo nada. Lidia intentaba zafarse. Pero aquel tipo era muy fuerte para ella… Este volvió a hablar.
-¡Suelta el arma! ¡Vamos! ¡Y tú también! ¡Ya hablaremos…!- Dijo dirigiéndose también al dueño del local. Aunque ahora este ya no tenía ningún miedo… Solo por Lidia…
Entonces el forastero tomó una determinación. No había otra posibilidad. El tipo que mantenía sujeta a Lidia comenzaba a sonreír creyéndose victorioso…
Y en ese momento, ante la sorpresa de todos, el forastero dirigió sus dos revólveres hacia aquel tipo… Este no se lo esperaba. El dueño del local iba a protestar… pero algo le decía que aquel joven forastero sabía lo que hacía… El jefe no perdía detalle de todo lo que pasaba…
-¡¿Qué haces?! ¡Voy a matarla!- Amenazó, cada vez más asustado…
Pero el forastero no le dejaba de apuntar.
-¡¿Es que no me oyes?! ¡Que la voy a matar…!- Gritaba desesperadamente…
El forastero no perdonó. Disparó con absoluta precisión en los puntos visibles derribando a aquel tipo. Pero aún estaba vivo…
-¡Lidia aparta!- Le advirtió el sueño del local a la joven, que no sabía qué había pasado…
Esta reaccionó al ver que el tipo del suelo levantaba su arma con esfuerzo y se apartó… El dueño del local acabó con él de un disparo en el abdomen. Entonces salió a reunirse con la joven.
Ya solo quedaba el jefe, con el arma en su mano. El forastero guardó la que llevaba en la mano izquierda y quedó frente a él, aún tras la barra…
No dijeron nada. El duelo ya había comenzado. El más rápido ganaría… y sobreviviría. Lidia y el dueño del local, que estaba a su lado protegiéndola, observaban la escena conteniendo la respiración…
Entonces el forastero vio el cambio en la mirada del jefe. Este dirigió su revolver a toda velocidad hasta el joven y disparó… En el preciso momento, el joven forastero saltó de forma increíble colocándose justo frente al jefe, que aún tenía el arma en alto… Ante la impotencia de este, el forastero dirigió su revolver a la frente del jefe y disparó sin piedad. Aún con la sorpresa en sus ojos, fue cayendo hacia atrás hasta cerrarlos para siempre mientras su sombrero caía a su lado…
El dueño del local y Lidia estaban asombrados. El joven guardó su revolver y se colocó mejor su sombrero. Entonces dirigió la mirada hacia el hombre que aún protegía a la joven con sus brazos.
-¿Puedo pedirle un favor?
El hombre, aún impresionado, asintió lentamente.
-Sí… claro…
El joven hizo un gesto señalando hacia fuera.
-¿Podría darle también de beber a mi caballo?
Estaba amaneciendo. El joven forastero había dejado atrás aquel pequeño pueblo. El amable dueño del bar, en agradecimiento, le había ofrecido comida y alojamiento a él y a su caballo. Ahora debía seguir su camino…
-¡Oye! ¡Espera!- Escuchó la voz de una mujer joven que venía desde atrás…
Se giró y vio a la joven atractiva del bar.
-¿Qué pasa?- Preguntó, extrañado.
La joven vestía con ropa de viaje y llevaba una bolsa.
-El pueblo se ha quedado casi sin habitantes… Y el dueño del local va a marcharse lejos… ¿Puedo ir contigo?- Le pidió.
Aquello le extrañó; casi la mataba hacía unas horas…
-Vale. Como quieras- dijo, como si no le diera importancia, dejándola subir y colocarse tras él.
Cuando estuvo sujeta y acomodada cayó en la cuenta de algo.
-Por cierto. ¿Estabas seguro de que no me ibas a dar a mi?- No pudo evitar preguntar…
El joven dudó unos instantes antes de contestar.
-La verdad es que no- tuvo que ser sincero…
Lidia se lo quedó mirando.
-Ya…
A pesar de todo, la joven confiaba en aquel joven forastero…
Y juntos se alejaron bajo los rayos del sol de una calurosa mañana de cielo azul.