domingo, 27 de julio de 2014

El fugitivo

El fugitivo



El inspector de policía Ethan Wallace se encontraba en aquellos momentos apoyado de espaldas –de brazos cruzados- sobre su abarrotado escritorio, mirando pensativo hacia el exterior por la ventana que había a un par de metros de donde estaba, por la que se veía el aguacero que estaba cayendo aquella noche… Hacía un rato que se había intensificado, habiendo hecho acto de presencia varios truenos que restallaban no demasiado lejos de la comisaría del distrito…
-“No podré irme todavía a casa”- se lamentaba el recién nombrado inspector, el cual llevaba todo el día dedicado a la ingente cantidad de papeleo que le había “caído” con el nuevo cargo…
Se giró y echó un vistazo a la pantalla del monitor del ordenador de su mesa: el fondo de pantalla ya hacía un buen rato que había aparecido; aquí y allá, sobre la superficie de madera, montoncitos de papeles más o menos organizados que estaba ya hartos de manipular…
Ethan era un tipo de 35 años, de altura y constitución medias; pelo castaño y ligeramente largo, barba de varios días y ojos verdes claro -y algo tristes-; vestía con camisa gris (arremangada en aquellos instantes), pantalones tejanos negros, cinturón marrón y botas del mismo color. No dejaba de mirar su cronógrafo de pulsera, del que se sentía particularmente orgulloso…
-Sí, ya es la hora- le habló una voz femenina -que conocía muy bien- desde detrás…
Era Gina. Como de costumbre, su presencia le alteró considerablemente.
-¡Ah! Hola. ¿Qué tal?- Le decía, a su pesar, como si se encontrara a alguien por la calle…- Aquí estoy…- Decidió que había llegado el momento de cerrar la boca…
Pero Gina sonrió. Ya estaba acostumbrada a la actitud despistada (más bien ausente) de su compañero; y no le desagradaba en absoluto…
Gina Matheson era una mujer joven de la misma edad que Ethan y ya hacía unos meses que había alcanzado el rango de inspectora; de altura y constitución en la media para una mujer, tenía el pelo largo y rubio dorado; sus ojos eran azules y su piel rosada; tenía un carita aniñada, pero unas formas bastante generosas; vestía unos vaqueros ajustados azul claro, un suéter abotonado verde (con una camisa blanca debajo con varios botones sueltos) y botas marrones con un poco de tacón; sus manos eran pequeñas y delicadas y en aquellos momentos llevaba unos expedientes y una taza de café…
-¿Quieres que te acompañe a casa? Fuera está diluviando…- Se ofreció la mujer, consciente de que su compañero (por alguna extraña razón) prefería el transporte público que traerse su propio coche…
Pero Ethan no se esperaba aquello.
-Eeeh… No. Te lo agradezco. Esperaré un poco a que escampe y me iré dando un paseo…- Ethan no sabía por qué lo había hecho, pero había actuado totalmente en contra de sus deseos…
Gina se quedó un momento callada, un poco contrariada.
-Vale. Como quieras. Estoy en mi mesa por si me necesitas- dijo -claramente decepcionada-, bajando la mirada  antes de seguir hasta su escritorio sin decir una palabra más…
Ethan la miraba mientras la mujer se alejaba, siguiendo su femenino e irresistible contoneo, con unas ganas increíbles de estamparse la mano en la frente…
El joven inspector estaba a punto de venirse abajo (más aún), cuando de pronto sonó el teléfono de su extensión… Estaba sonando el segundo tono cuando agarró el auricular.
-Diga. Aquí el inspector Wallace- todavía no se acostumbraba a decir esto…
Gina, al oírle, comenzó a lanzarle miradas disimuladas…
-Hola. ¿Policía?- Hablaba una voz grave de hombre.
Ethan vio cómo un nuevo relámpago allá afuera anunciaba la caída de otro rayo…
-Sí. ¿Puedo ayudarle en algo?
Al otro lado, aquel tipo parecía pensárselo durante unos instantes; Ethan estuvo a  punto de decir algo cuando el otro se decidió a hablar.
-Verá… Tengo… tenemos… Un problema- Ethan apreció algún que otro titubeo.
Desde el otro lado de la sala, Gina, alineando con unos golpecitos contra la mesa unos documentos, tenía la vista fija en Ethan, en sus gestos y expresiones…
-¿De qué se trata?- El inspector trataba de mantener la distancia, sin dilucidar su opinión personal sobre aquel tipo que no se sabía muy bien qué quería…
Gina ya no lo aguantaba más y se levantó de su silla para acercarse.
-Muy bien. No tenemos mucho tiempo- parecía que su interlocutor había ganado aplomo.- Le llamamos desde una unidad móvil de una sección gubernamental. Podrá comprobar nuestras credenciales en el correo electrónico que le hemos enviado a usted y a su superior- Ethan iba abriendo cada vez más los ojos a medida que escuchaba.- Necesitamos de su colaboración: vamos tras la pista de un fugitivo que, creemos, merodea por su distrito… va con una gabardina gris y sombrero negro…
Aquí Ethan tuvo que interrumpirle.
-Como la mayoría en una noche como esta…- Dijo, no sin cierta suspicacia.
El inspector estaba comenzando a pensar que aquello era una broma de sus compañeros…
-Cierto. Pero verá algo inusual en este individuo: va descalzo. Y es muy alto- añadió.
Aquello sonaba cada vez más raro.
-¿Descalzo? ¿Y no habrá encontrado ya un par de zapatos por ahí?- Dijo, con sarcasmo, y no sin sentido…
El individuo del otro lado de la línea se mostraba lo suficientemente paciente y comprensivo…
-Entendemos sus reticencias. Tan solo espere las órdenes de su superior. Confío en que nos ayudará- dijo, antes de colgar.
Ethan se quedó con la palabra en la boca. Con un montón de preguntas agolpándosele en la cabeza, ya prácticamente creía a aquel tipo misterioso… Gina terminó de acercarse, llamándole la atención el semblante intrigado de su compañero…
-¿Qué ocurre?- Se interesó la inspectora.
Ethan cayó en la cuenta de que, a pesar de lo de antes, ella estaba ahí ahora.
-No estoy muy seguro- contestó, inquieto.
Ethan le explicó a su compañera la extraña llamada que había recibido y lo raro que le parecía todo aquello…
-¿Y no podría ser una broma?- Dejó caer Gina…
Ahora sí que Ethan no sabía qué pensar. Aunque a lo mejor sí que lo era y la única que no lo sabía era Gina…
Pero todo comenzó a definirse cuando Ethan vio llegar a la sala al inspector jefe, caminando con el rostro sombrío directamente hacia él. Gina también lo vio y comprendió la expresión de su compañero: ella pensaba lo mismo.
-Voy contigo- dijo firmemente la joven inspectora antes de que Ethan pudiese siquiera reaccionar…

Ambos inspectores avanzaban con el coche policial a menor velocidad de la habitual por las calles de la ciudad, bajo aquel diluvio incesante que reducía de forma considerable la visibilidad…
-¿Y dices que va descalzo? No lo entiendo…- Dijo la mujer, extrañada.
Ethan escudriñaba a través del cristal, completamente húmedo -aunque estuviera funcionando el limpiaparabrisas-…
-Pues ya somos dos- dijo.
La verdad era que -aunque tratase de disimularlo- Ethan estaba encantado con que Gina se hubiese ofrecido a acompañarlo… Apenas transcurrieron unos segundos cuando algo, inesperadamente, pasó a toda velocidad por delante del vehículo…
-¡Maldita sea!- Exclamó Ethan, frenando de golpe y desviándose de la trayectoria de impacto…
Aunque, ya había desaparecido lo que quisiera que fuese aquello… De pronto se encontraban ambos, sobresaltados, en el coche detenido…
-¿Qué era eso…?- Preguntó Gina.
Ethan trató de recobrar la calma.
-¿Estás bien?- Le preguntó, observándola para ver que no estuviese herida…
Gina asintió varias veces, restándole importancia. Entonces, aún observada por su compañero (y como si quisiera escapar a su mirada), se quitó el cinturón de seguridad y salió al exterior del coche, donde llovía a mares… Ethan no fue ajeno a esta reacción “huidiza” de su compañera; hizo lo propio y salió del auto…
Afuera, bajo la insistente lluvia, ambos buscaron en los alrededores con la mirada, en busca de…
Allí estaba. Ethan no se lo podía creer. Era exactamente como se lo había descrito el tipo de antes: calándose bajo la lluvia, había una figura, alta, aparentemente masculina, ataviada con una gabardina y un sombrero, los cuales le venían visiblemente grande… estaba de pie, quieto, dirigido hacia los dos jóvenes inspectores…
-Ethan, ¿te has fijado?- Le llamó la atención Gina, señalándolo…
Aquel comprobó que su compañera también lo había visto; pero al ver que esta insistía, se fijó mejor en lo que realmente le estaba queriendo decir…
No tenía zapatos. Iba descalzo. De hecho, por lo que se intuía, la gabardina y el sombrero debían ser su único atuendo…
-¡Alto!- Le ordenó el inspector, haciendo uso de su renovada autoridad…
Pero aquel individuo no se movía. Ethan se dio cuenta de que parecía estar resollando… era muy raro…
Entonces, un vehículo cercano pasó justo al lado de aquel tipo, iluminándole momentáneamente la cara al casi rozarle…
Ethan abrió mucho los ojos. Gina también quedó impactada. Aquel individuo… le pasaba algo a su cara…; sus ojos… no eran normales…
Durante unos momentos, ambos inspectores de policía no supieron cómo reaccionar. Entonces recordaron cuál era su deber. Salieron corriendo a por él…
-¡Deténgase!- Volvió a ordenar Ethan mientras se aproximaban a toda velocidad atravesando la cortina de lluvia…
Aquel extraño individuo reaccionó y salió huyendo, aparentemente con fuerzas renovadas…
-¡Corre demasiado!- Dijo Gina.
Efectivamente, corría de un modo fuera de lo normal… No podrían atraparle a pie.
-¡Vamos al coche!- Le dijo Ethan a su compañera.
Regresaron al vehículo, empapados, y el inspector, tras pasarse una mano por la cara para quitarse el agua que pudiera, puso en marcha el motor…

Mientras Ethan conducía -tras haber encendido las luces y la sirena-, Gina se comunicaba con la comisaría pidiendo refuerzos…
-¡¿Cómo que tardarán un rato?!- Exclamó la inspectora, indignada…
Al otro lado, Trudy, la operadora de la central, aguantaba el chaparrón como podía…
-Lo siento… Alguien ha dado un aviso y la mayor parte de los que quedaban por ahí han ido a responder por el mismo…- Trataba de excusarse, innecesariamente…
Gina intentó calmarse…
-Muy bien, Trudy… Lo siento… Trata de conseguir que acudan a ayudarnos en cuanto puedan…- Le pidió, resignándose.
Trudy le aseguró que se encargaría de ello y entonces se cortó la comunicación. Gina se quedó mirando el aparato comunicador que tenía en la mano, extrañada…
-¿Trudy…?- La llamó, sin obtener respuesta.
Sin darle más importancia, colocó el transmisor en su sitio y miró a Ethan, que estaba concentrado en la conducción…
-Parece que tendremos que encargarnos de esto nosotros solos…- Concluyó este, antes de que Gina dijera nada…
Entonces, más adelante, lo volvieron a ver; surgiendo de la oscuridad para internarse en un callejón más oscuro aún…
-¡¿Le has visto?!- Lo alertó Gina, olvidando durante un momento que su compañero estaba conduciendo con visibilidad ostensiblemente reducida…
Pero Ethan también le había visto. Mantuvo la calma a pesar del ímpetu de su compañera y pudo seguir controlando el vehículo sobre aquel asfalto húmedo y resbaladizo…
Hasta que el coche policial se caló.
-No puede ser…- Decía Ethan, incrédulo…
Trató de encender el motor varias veces… sin éxito.
-Tendremos que ir a por él desde aquí- dijo Gina.
Ethan asintió, totalmente de acuerdo…

Ambos inspectores notaban cómo se mojaban los zapatos cada vez que daban un paso sobre uno de los múltiples charcos del suelo… ya se aproximaban al callejón…
-¡Yo iré delante! ¡Tú cúbreme!- Le “ordenó” Ethan a su compañera.
Pero esta no discutió y se limitó a preparar su arma…
Ahora ya no corrían; avanzaban lentamente y con cautela… Desde su posición podían comprobar que se trataba de un callejón sin salida… Ambos trataban de divisar algo en aquella oscuridad sucia y maloliente…
De pronto, Gina vio cómo una forma, inexplicablemente, se materializaba de la nada justo al lado de su compañero…
-¡Cuidado!- Intentó avisarle…
Pero no le dio tiempo a reaccionar. Con un golpe del largo brazo de aquel tipo, el arma de Ethan voló de sus manos y este se tambaleó ligeramente; otro golpe con el otro brazo hizo que el inspector cayera al suelo salpicándolo todo de agua…
-¡No se mueva!- Ordenó Gina al desconocido…
Este la miró. Su expresión quedaba oculta bajo aquel sombrero que llevaba ligeramente ladeado… Gina le apuntaba y aquel tipo se había quedado parado…
Entonces Gina abrió los ojos de par en par: ese individuo… ¡estaba despareciendo! ¡¿Cómo era eso posible…?! La inspectora miraba alarmada a su alrededor, buscando dónde se habría metido…
De pronto, cuando Gina miraba ya hacia la salida del callejón para asegurarse de que no hubiera huido, el individuo misterioso se materializó a su espalda… A Gina no le dio tiempo a darse cuenta cuando aquel la golpeó por la espalda, provocando que la joven inspectora cayese de rodillas, perdiendo su arma en un charco cercano… Le dolía mucho la espalda… era muy fuerte… Rápidamente se giró y vio como la imponente figura de su agresor la comenzaba a envolver en la negrura…
Entonces, aprovechando que se había olvidado de él, Ethan surgió de la oscuridad salpicada de gotas de lluvia y golpeó con los dos puños entrelazados en la nuca de aquel maldito… Ambos inspectores comprobaron que este perdía el sombrero. Casi no podían distinguirle bien, pero ya veían que tenía algo diferente
Veloz, Gina recuperó su arma y apuntó de inmediato al fugitivo… Ethan estaba detrás de él, aún desarmado… Aunque no le dio tiempo de ir a recuperar su arma.
-¡Deténganse!- Exhortó una voz de hombre que Ethan tardó apenas unos segundos en reconocer.
Era el tipo que le había llamado antes. Aparecía en la entrada del callejón, escoltado por otros cinco individuos, todos vestidos de manera similar: gabardinas y sombreros, gris oscuro, pudiendo vislumbrarse el traje típico de la Agencia en todos ellos… El que había hablado dio un paso adelante.
-Nosotros nos encargamos- dijo, dirigiéndose a Ethan con una sonrisa forzada…
Aquel era un tipo casi en la cincuentena, más alto que la media y de complexión fuerte, de pelo negro y corto, ojos del mismo color y, a pesar de todo, afables, de nariz prominente y cara cuadrada. Ethan recuperó su arma.
-¿Quiénes son ustedes, exactamente? ¿Y quién es este individuo?- Quiso saber, dirigiéndose al otro, que estaba estático y cabizbajo…
El que mandaba sobre los demás se puso serio.
-Le agradecemos su colaboración, inspector Wallace. Pero hasta aquí llega su intervención y lo que puede saber sobre este asunto- le advirtió, casi como un amigo…
Pero Ethan no estaba conforme. Y Gina (que se sentía ignorada) tampoco.
-Merecemos una explicación. Lo que hemos visto…- Comenzó a protestar.
Pero enseguida se vio interrumpida.
-No han visto nada- sentenció el tipo.
Y, con un gesto de la mano, los otros cinco se dirigieron al unísono hacia el fugitivo, llevándolo hacia un furgón aparcado cerca de allí sin que este ofreciera resistencia… Ethan y Gina tuvieron que apartarse para no ser arrollados por aquellos tipos impetuosos…
-Gracias por todo- dijo aquel hombre, con una leve reverencia de la cabeza, a modo de despedida.
Mientras subían al fugitivo, Ethan y Gina se acercaron lentamente a la salida del callejón para ver mejor la escena: ya habían terminado de subirle y cuatro de los cinco tipos se habían sentado alrededor de él, ya que el quinto ocupó el puesto de conductor; el último en subir fue su líder, que se puso justo a su lado…
Entonces, Ethan vio que aquel fugitivo levantaba la vista… y lo miraba a él, suplicante. En ese momento el joven inspector le vio claramente la cara: no parecía humano. Tenía los ojos totalmente negros y almendrados; y la tez grisácea… El tipo que ordenaba que arrancaran, se cruzó la mirada con la de Ethan, comprendiendo de inmediato lo que este ahora estaría pensando… Lo último que vio el inspector de policía fueron los ojos culpables del agente antes de que se cerrara la puerta del furgón…
Ambos inspectores, impotentes, observaron como el furgón se marchaba. Entonces se dieron cuenta de que ya había dejado de llover… Gina se giró y vio la expresión de decepción de su compañero. Y no lo pudo soportar…
-Oye. ¿Tienes hambre? Te invito a unos churros con chocolate en la primera cafetería que encontremos de vuelta a la comisaría…- Se ofreció, vivaracha, la mujer.
Ethan, al oír aquello, no pudo evitar sonreír y sentirse mejor…
-Vale- aceptó.

En el interior del furgón, el jefe de aquel grupo miraba a los demás: parecían robots, fríos e impersonales. El fugitivo estaba a su lado, sin moverse y sin decir nada. El furgón se detuvo.
-¿Y por qué esta cosa va siempre descalza?- Preguntó uno de los agentes al que tenía a su lado, con tono bronco y despreciativo…
El interpelado miró al referido también de forma despectiva.
-Al parecer tiene que ver con la regulación de su temperatura corporal… parece ser que, si llevara calzado, eso pondría en riesgo su salud… ¿no es una pena?- Añadió burlonamente…
Entonces, sin mediar palabra, el agente que los lideraba, sacó su arma y comenzó a disparar uno a uno a los cuatro tipos que había en aquel reducto, que fueron pillados desprevenidos… Cuando el conductor, alertado por los disparos, abrió una ventanilla para ver qué había pasado, recibió un disparo en la frente… En medio de la humareda, el fugitivo miraba con la boca abierta los cuerpos sin vida de sus captores… El otro, sin decir una palabra, abrió las puertas de la parte trasera del furgón…
-Vete- le dijo, dirigiéndose a él.
Aquel no se lo podía creer. Sin apartar la vista de aquel hombre extraño, no se lo pensó dos veces y salió del vehículo… Se giró una última vez para cruzar la mirada con aquel humano que lo estaba ayudando antes de emprender la huída hacia no sabía dónde…
Cuando el agente comprobó que se había perdido de vista, bajó del furgón, esbozando una ligera sonrisa al pensar dónde iría a pasar su jubilación anticipada…
Entonces cogió su teléfono móvil e hizo una rellamada. Al cabo de unos segundos le respondieron.
-Señor Wallace. Creo que hay algo que debería explicarle…

jueves, 24 de julio de 2014

6 Warriors - Capítulo 35

6 WARRIORS

El ex soldado contra el general.


Gavin, Huei, Yun, Bo, Yi, Xin y Han –que aparecía en primer término- se tomaron aquellas palabras como un desafío… Estaban dispuestos a llegar hasta el final…
-Pues sí que parece fuerte sí…- Comentó Gavin, solo para que le escuchasen sus compañeros, sin apartar la mirada fija de aquella mole…
Entonces Gavin se percató de que Huei… temblaba; tenía la mano agarrada a la empuñadura de su sable con tanta fuerza que parecía que le fuera a sangrar en cualquier momento… Gavin dirigió la vista a la cara de su amigo: parecía estar a punto de perder el control…
-Huei… ¿te encuentras bien?- Se preocupó.
Xin desvió su atención del General hacia Huei y Gavin. Han también se centró en lo que estaba sucediendo ahí detrás, desviando la mirada sin moverse…
-Huei…- Insistía Gavin.
Aquel parecía a punto de estallar…
-Gavin…- Decidió intervenir Xin, al ver que se estaba preocupando cada vez más… Pero se vio interrumpida, apenas abrió la boca, por la voz susurrante y colérica de Huei…
-Este… Este bastardo…- Trataba de controlarse mientras hablaba…
Gavin pareció olvidarse momentáneamente del enemigo que tenían delante y se concentró en las palabras de Huei…
-¿Qué pasa…?- Le preguntó, impaciente al ver que a Huei le estaba costando continuar…
Huei, que apretaba los dientes con fuerza, hizo acopio de templaza suficiente como para poder decir lo que Gavin debía saber…
-Este maldito bastardo… es el responsable del asalto a nuestra escuela- reveló.
Gavin se quedó impactado; e inmediatamente los demás se giraron, siendo Yun y Yi -junto con el propio Gavin- los más alarmados ante aquellas palabras…
-¿Qué… Qué estás diciendo…?- Ahora era él el que notaba cómo se le estremecía el cuerpo de rabia…
En aquel momento volvía a tener presente el motivo que le había llevado hacía poco a regresar a la ciudad. Como buscando una “segunda opinión” -y recordando que había intentado decirle algo- se dirigió a Xin, que lo miraba casi asustada… Esta se recompuso y asintió firmemente.
-¿¡Qué decís!? ¿Cómo lo sabéis?- Interrogó Yi, que no quería creerlo…
Yun ni siquiera encontraba palabras, permaneciendo con la boca abierta -al igual que los ojos- y como si le fallasen las fuerzas por la noticia
-Antes tuvimos unas “palabritas” con el consejero de ese de ahí…- Señaló Huei con un gesto de la cabeza al general, dirigiéndole la mirada.- Nos lo confesó todo. Fue un plan urdido por él
El General permanecía quieto, su rostro en sombras, como si lo estuviese escuchando todo…
-Entonces… él es el responsable de lo que pasó… de lo que le sucedió a Feng…- Decía Yi, girándose lentamente y sin apenas poder controlar la ira que sentía en su interior…
Todos miraban ahora hacia el General. Este se encontraba inmóvil. Sin decir nada.
-Veo que ya estáis enterados. Aquel maldito bocazas…- Rompió el silencio, casi con una risita irónica al decir lo último…
Aquello sí que no. ¿Cómo podía reírse aquel maldito desgraciado después de todo lo que había hecho? No pudieron aguantar más…
Prácticamente al unísono, resonaron en la sala los metales de los sables de Gavin y Huei y la espada de Yi al deslizarse fuera de su funda, al tiempo que, junto con Yun, se abalanzaban, sin pensar, hacia delante… hacia el responsable de todo…
-¡Deteneos!- Les advirtió Han, que veía desbordado cómo aquellos cuatro inconscientes pasaban a su lado sin que pudiera siquiera optar a atraparlos
Xin contemplaba consternada a sus amigos, completamente fuera de si, dirigiéndose a toda velocidad -armas en mano- a jugárselo todo contra aquel individuo tan peligroso…
Bo -que inicialmente había hecho amago de seguirles, al ver que salían a la carga- dudaba, con su palo largo sujeto con ambas manos, sobre qué hacer: por supuesto, quería ayudarles; pero no sabía si era muy buena idea atacarle así…
Pero a los cuatro antiguos alumnos de la escuela Heilong les daba igual: acabarían con aquel indeseable aunque fuera lo último que hiciesen… El General Taisho, como si fuese ajeno a todo aquello, permanecía aparentemente tranquilo, ligeramente ladeado y con los ojos cerrados, como ausente… Ya les quedaban pocos metros que cubrir para llegar a su altura…
-¡Haaaaa…!- Exclamaban al tiempo que se lanzaban sobre él, cegados por la furia…
El General, súbitamente, abrió mucho los ojos, con la mirada totalmente cambiada y dirigida hacia esos pobres chavales… a la vez que se le echaban encima, comenzaba a desenfundar su enorme sable…
Gavin llegó en primer lugar. “Volaba”, con el sable sujeto con ambas manos sobre su cabeza, hacia el enorme tipo… Pero este, con una rapidez inusitada, asestó un brutal puñetazo que Gavin sintió en cara y torso, mandándolo varios metros hacia atrás, contra el suelo… Inmediatamente, llegaba Huei por un lado, con un tajo lateral ya iniciado… Mas, el General lo detuvo casi sin esfuerzo con su sable mirando hacia abajo, levantando su musculada pierna con una facilidad pasmosa y dándole una patada circular en la cabeza, provocando que el joven se estrellara contra la pared más cercana… Yi apareció casi “sorprendiendo” al mandamás del cuartel, dirigiendo la punta de su espada al amplio pecho de este… Entonces, el hombre -tras valorarlo un instante- bajó el arma y simplemente agarró la muñeca de la chica -que notaba dolorida cómo le apretaba con su manaza- para, acto seguido, levantar la otra, ante la mirada de impotencia de Yi -que abría más y más los ojos- y darle un guantazo de revés en la cara que la hizo caer al suelo boca abajo, tras girar lateralmente en el aire por el golpe… Yun apareció de no se sabía dónde, girando en el aire impulsado por su ataque de patada giratoria que pretendía alcanzar la testa de aquel tipo de cerca de dos metros… Pero el General no tardó en reaccionar y hundió el pie en el estómago del joven, que salió despedido hacia una de las armaduras completas que había a un costado de la sala, cayendo sobre la misma y desmontándose en consecuencia con gran estrépito…
El General del cuartel aparecía de pie, aún en posición, mientras los cuatro jóvenes terminaban de sufrir las consecuencias de la inercia derivada de los terribles envites de su enemigo…
Xin veía horrorizada lo que aquel energúmeno había hecho a sus amigos. Bo, impresionado y paralizado, no sabía qué hacer…
Han, de pie, tenía la boca entornada y los ojos muy abiertos; a pesar de que sus amigos sabían luchar bien, habían sido derrotados en un momento…
-“Es mucho más fuerte de lo que me había imaginado…”- Tuvo que reconocer…
Xin comprobaba con creciente preocupación que sus amigos no se movían…
-¡Yi! ¡Gavin! ¡Yun! ¡Huei…!- Casi se le quebró la voz al llamar a este último…
Pero parecía que ninguno la escuchaba. Permanecían inmóviles, tirados por el suelo… Han, que observaba aquella escena, se percató de pronto de que estaba siendo observado por el General.
-Imagino que ahora ya no te quedará más remedio que venir tú mismo… Ya te quedan pocos amigos más para “mandarme”…- Le incitaba, con una media sonrisa burlona, mirando hacia aquella niñita indefensa y aquel gordo que probablemente se había meado encima…
Bo abrió mucho la boca, temblando por cómo aquello lo superaba ampliamente, asustado de verdad…
Pero Han, para nada inmune a aquel ataque verbal, mantuvo la compostura mientras variaba su posición, ladeándose ligeramente hacia el lado en el que llevaba el sable…
-Esto va a ser entre tú y yo, maldito General- le dijo con tanta intención, que llegó a impresionar un poco a Taisho…
Pero no tardó en volver a esbozar una sonrisa de suficiencia.
-Ven aquí. Te enseñaré a tutear a un superior…- Esto ya lo dijo más en serio…
Han se llevó la mano contraria a la empuñadura del sable largo que llevaba a un lado de la cintura y se encaminó hacia el centro de la sala, situado un escalón por debajo del resto del suelo… Al llegar se detuvo y desenvainó su arma en un tiempo.
- no eres mi general- le espetó, con tono calmo pero infinitamente agresivo…
Aquello borró la sonrisa del rostro del tipo. Ahora fue él el que comenzó a caminar hacia el centro de la sala, donde le aguardaba aquel traidor descarado… Al quedar situado frente a él -y ver que este no se movía-, volvió a hablar.
-Por tu deserción… Por tu traición… Por tu insolencia… Yo, el General de este distrito… ¡Te condeno a muerte!- Rugió, blandiendo su sable y atacando de forma oblicua descendente hacia un estático Han que quedaba de espaldas…
Xin y Bo veían horrorizados cómo aquella mole, de expresión temible, “caía” sobre Han, que no parecía tener ninguna intención de moverse…
Pero Han, sin variar su expresión, y sin apartar la vista del imponente arma de su enemigo, esquivó el ataque en el último momento arqueando la columna hacia atrás.
Mientras recuperaba la verticalidad, Taisho no podía evitar una expresión de sorpresa en su cara. Xin y Bo, aún sobresaltados, respiraron un poco aliviados… El General, finalmente se irguió.
-Vaya… Tengo que reconocer que no me lo esperaba- “confesó”…
Han no decía nada, atento al más mínimo de los movimientos de su contrario… Este continuaba hablando, poniéndose más serio…
-Es una lástima, Han… Eras uno de mis mejores oficiales… si no el mejor.
Pero han no estaba dispuesto a bajar la guardia. Bo y Xin no perdían detalle de lo que hacían y decían…
-No se puede decir lo mismo de ti, General- le dijo Han, en tono desafiante.
Aquel, aunque le pilló desprevenido, no se molestó por aquellas palabras…
-Vamos… ¿Por qué te lo tomas así? ¿Sabes?, estoy dispuesto a readmitirte si te arrepientes, pides perdón, y me juras fidelidad a mi y al Emperador de nuevo…
Xin y Bo no se lo podían creer; estaba intentando que Han volviese a su bando… ¿Y Han… por qué no contestaba? Pasaron varios segundos y a este no se le veía la mirada…
Entonces alzó la cabeza.
-Nunca. El peor de todos es el propio Emperador- sentenció.
Xin y Bo se alegraron de oír aquellas palabras; estaban seguros de cual sería su respuesta…
Pero aquello que había dicho Han, tuvo un efecto inmediato en el General.
-Cómo… te atreves…- Decía, casi temblando de la furia creciente…
Los amigos de Han que aún permanecían conscientes, al ver cómo aquel monstruo se enojaba por momentos, estuvieron tentados de abrazarse por el miedo… Han se lo esperaba: era lo normal en un fanático como aquel…
-Es mi última palabra. No vuelvas a intentar que forme parte de nuevo de este ejército corrupto y deleznable…
El General estalló.
-¡¡¡Maldito seas!!! ¡¡¡Recibirás tu pertinente castigo ahora mismo!!!- Vociferó el tipo, pareciendo de mayor tamaño durante unos instantes…
Ahora sí que estaban asustados de verdad Xin y Bo, que contemplaban con desesperación cómo aquel gigante enfurecido volvía a elevar su arma otra vez, llevándola a un lado, para volver a atacar a Han, esta vez con un tajo lateral… esta vez, más fuerte que antes… A la vez, Han se preparaba, adoptando ya un amago de guardia ante aquella previsible reacción…
-“¡Prepárate!”- Se decía a si mismo el ex soldado, consciente de lo que se le venía encima…
El enorme sable comenzó su recorrido, rasgando el aire como si fuera una pesada cortina…
-¡¡Muere traidor!!- Exclamó el General.
Pero Han, que estaba lo suficientemente preparado, evitó el ataque saltando lo bastante como para obligar a su adversario a mirar sorprendido hacia arriba… Acto seguido, Han giró su sable -apuntándole- y lo sujetó con dos manos cerca de su cuerpo, con la intención de acometer al tiempo que caía sobre su objetivo…
-¡Estoy…!- Comenzó a decir el joven ex soldado mientras descendía
El General, no sin dificultad por lo inesperado, apartó con su arma el ataque conjunto que formaban el sable de Han y él mismo… este, que no se vio desequilibrado, volvió a atacar en cuanto tocó el suelo con uno de los pies…
-¡…harto…!- Siguió diciendo mientras estaba lanzado hacia Taisho…
El General volvió a apartárselo de encima a duras penas una vez más… Han seguía controlando la situación… Y volvió a impulsarse hacia delante, hacia el costado de su contrincante…
-¡…de que me llamen…!- Han llevaba el sable agarrado con una mano, delante y algo por encima de la cabeza, mientras saltaba hacia el prácticamente desprevenido General…
Este, encontrándose de pronto en una postura incómoda, trató de manejar su arma de gran tamaño de la forma más eficiente posible…
-¡¡…Traidor!!- Terminó de decir Han, al tiempo que golpeaba con su sable, de forma descendente, el filo del de el General, que lo había parado a contrapie y en el último segundo…
Pero el ataque de Han no se detuvo. El General abría poco a poco más los ojos al ver cómo era desplazado hacia atrás, centímetro a centímetro, por acción de la presión de su atacante… Cuando Han vio que el General no cedería más, saltó hacia atrás para hacer distancia, e inmediatamente señaló con la punta del sable hacia su enemigo.
Vosotros sois los que me habéis traicionado a mí!- Resolvió el ex soldado.
Taisho -aún hecho un nudo- estaba impresionado. Xin y Bo también; incluso comenzaron a pensar que Han, él solo, podría ganar al General…
Pasaron unos segundos. Pero, tras la sorpresa inicial, este cerró los ojos y mostró una sonrisa. Y, progresivamente, empezó a reír; esto llamó la atención de Han… y de Xin y de Bo… Ahora Taisho, recuperada la posición, reía a carcajadas; lo cual molestó claramente al ex soldado…
-¡Ja, ja, ja! Debo reconocer que no me esperaba que te defendieras tan bien…- Esto lo dijo cambiando la expresión, ahora diabólica, y arrastrando las palabras con una voz de igual índole…- ¡Ja, ja, ja, ja…!
Han, a pesar de intentar no aparentarlo, se estaba inquietando de verdad… Y Xin y Bo volvían a sentir cómo el miedo se apoderaba de ellos una vez más…
De pronto, el General paró de reír. Observó con satisfacción que la expresión de Han ya no denotaba tanta confianza como antes… Era el momento.
-Muy bien. Ahora iremos en serio, ¿te parece?

lunes, 14 de julio de 2014

La Isla de los Monstruos

La Isla de los Monstruos



Tara abrió lentamente y con dificultad los ojos… sus oídos comenzaban a captar progresivamente los sonidos y ruidos extraños a su alrededor que aumentaban poco a poco de volumen… durante unos segundos le pareció que estaba soñando… Luego, sencillamente, no recordaba que es lo que hacía en aquel lugar todavía borroso que iba formándose en su estático campo visual…
De pronto lo recordó. La tormenta…
Comenzó a revolverse, notando como su joven cuerpo de apenas trece años estaba magullado y dolorido… Ahora todo a su alrededor había cobrado sentido…
Se encontraba en el interior del puente de mando de un buque acorazado… El agua (uno de los sonidos que no dejaba de escuchar desde que comenzara a despertarse) caía a cascadas por todas partes… De vez en cuando, escuchaba un zumbido eléctrico en alguna parte: algún cortocircuito… ¡Eso era muy peligroso!, se dio cuenta de inmediato… Debía salir de allí, decidió mientras se veía la ropa empapada y el agua corriendo a la altura de sus tobillos…
Tara era una chica pelirroja, con el pelo recogido en una cola de caballo, los ojos verde claro y algunas pequitas en su cara de piel blanca; era de altura y constitución medias; vestía una sudadera con capucha de color rosa, abierta, dejando ver una camiseta blanca (que marcaba sus formas femeninas ya bastante desarrolladas), vaqueros azul claro y zapatillas deportivas blancas. En aquellos momentos se sujetaba una pulsera de colores atada a su muñeca izquierda…
Tara se fijó mejor; no se lo podía creer… ¡El buque estaba volcado! Concretamente de lado… Y seguían en el agua: no dejaba de balancearse como si fuera una atracción de feria… Afuera rugía con furia, todavía, la tormenta…
Entonces se acordó de algo que no entendía cómo se le había podido olvidar. Sus padres…
-¡Papá…! ¡Mamá…!- Comenzó a llamar, desesperada, mirando ansiosa en todas direcciones…
Y entonces comenzó a distinguir cadáveres. El primero, el capitán… estaba con medio cuerpo, boca abajo, fuera del ventanal situado justo en frente del timón… los cristales estaban rotos… De hecho, al acercarse un poco, pudo ver con impresión que tenía clavados varios de ellos en el cuerpo… atravesándolo por la espalda… Tara, contuvo el horror y siguió buscando… Más cadáveres, esta vez de los marineros ayudantes del capitán… Pero recordaba que sus padres estaban con ella en el puente de mando cuando comenzó todo… cuando aquel marinero joven trató de avisar al capitán de que estaban a punto de chocar con…
Allí estaban. Tara abrió mucho los ojos, incrédula. Allí en el suelo, abrazados ya para siempre, se encontraban sus padres, medio sumergidos por el agua que no paraba de entrar…
-Papá… Mamá…- Decía, acercándose lentamente, con las piernas sin fuerzas y a punto de romper a llorar con los ojos inundados en lágrimas…
Pero no pudo llegar hasta ellos. El buque dio una tremenda sacudida y Tara tuvo que sujetarse en la pared más cercana para no caer. El agua comenzaba ya a inundar seriamente la estancia, ya que nuevos chorros habían aparecido después de aquel movimiento repentino del barco… este parecía que se había volcado un poco más… Todo indicaba que se estaba comenzando a hundir.
Tara llevó una nueva mirada hacia donde se encontraban sus padres. Ahora parecían estar más lejos e inaccesibles… y casi cubiertos del todo por el agua… Se le pasó por la cabeza ir con ellos… abrazarse a sus padres y dejar que todo siguiera su curso… Una nueva sacudida. Pero algo le decía que debía sobrevivir…
Dirigiendo una última mirada hacia sus padres… y luchando por mantenerse entera… se giró hacia la puerta de salida del puente, que estaba casi del todo en posición oblicua…
A pesar de que le costó, consiguió abrirla y se encontró con el desolador panorama del exterior: la tormenta furiosa, enviaba sus rayos al mar por doquier, iluminando el cielo como si fuera de día justo antes de producirse un terrible trueno simultáneo a la descarga eléctrica… El viento soplaba violentamente, agitando las ropas de Tara como si se las quisiera robar… La lluvia era tan intensa que dificultaba la visibilidad de lo que tenía a su alrededor…
Entonces se giró a un lado y lo vio. Un grupo de rocas afiladas, casi imperceptibles en la oscuridad hasta que lo iluminaba un relámpago… Justo al lado, el buque se encontraba varado con la quilla destrozada y casi tumbado de lado, a merced del fuerte oleaje que lo estaba inundando…
Tara notó como el suelo de la cubierta comenzaba a moverse. El barco volvía a girar… Hubo un repentino desprendimiento de rocas allá a su izquierda y el buque se estremeció por completo. Hubo multitud de chirridos metálicos que resonaban en la distancia…
Tara sabía que debía moverse… Trató de trepar por la barandilla, mientras esta cambiaba lenta pero inexorablemente su posición… Justo cuando la chica había logrado encaramarse con habilidad a la misma, sobre la que ahora estaba de pie, la cubierta quedó en posición totalmente vertical…
El buque había volcado del todo.
Pero Tara sabía que no acabaría todo ahí. El barco, en esa posición, permitía la entrada masiva de agua que hacía que aumentara de peso e, inevitablemente, se hundiese más rápido… Si no lo abandonaba en seguida y se alejaba lo suficiente, sería absorbida por el remolino resultante…
Consciente de que no le daba tiempo de intentar recuperar un bote salvavidas, vio que solo tendría alguna oportunidad si se lanzaba al agua ahora mismo…
Se quedó observándola un momento. Se agitaba de forma continua y no se veía nada, solo negrura… notaba claramente cómo el buque, cada vez más pesado, comenzaba a desaparecer bajo las aguas…
Durante un instante se le ocurrió intentar ir por el otro lado y sujetarse a las mismas rocas con las que había impactado el casco… pero desechó de inmediato aquella opción: las rocas eran cortantes como cuchillos… acabaría gravemente herida…
No había otra salida. Dirigió su mirada con decisión, y los puños apretados, hacia el recorrido que habría de hacer sin perder un segundo: el casco, ahora girado, parecía un largo tobogán que llegaba hasta el agua, como en un parque de atracciones acuático…
Sin pensárselo más (y ante la súbita aceleración del hundimiento) Tara se lanzó sentándose en la superficie deslizante y llegó hasta abajo a gran velocidad…
Cayó en el agua. Inmediatamente, luchó por emerger, recorriendo los varios metros que había bajado por el impulso… Y logró sacar la cabeza a la superficie. Mientras trataba de recuperarse de la emoción, miraba en todas direcciones… Tras ella, el vasto océano por el que habían venido… a un lado, nada… y al otro el barco comenzaba a desaparecer… no había tiempo…
Tomó la decisión de nadar sin parar, todo lo deprisa que pudiera, hacia la dirección que le quedaba… tratando a la vez de alejarse del campo de actuación del inminente remolino… No sabía si lo conseguiría… nadaba y nadaba… estaba agotada pero no pensaba detenerse… Y, en medio de aquel caos, comenzó a sentir que se internaba en un sueño…

Sintió la humedad de la arena en su cara justo antes de que el agua fría y salada la mojara de abajo arriba por enésima vez… Tara había despertado tumbada boca abajo sobre un suelo de arena y algas… Era de día; acababa de amanecer, precisó la joven cuando elevó la vista hasta el cielo con los ojos entornados… Una nueva ola en su último intento de llegar a tierra la obligó a ponerse de rodillas para intentar levantarse…
Una vez de pie, se dio cuenta de que tenía mucho frío; cruzó los brazos y los apretó fuerte contra el cuerpo, con la esperanza de entrar en calor… estaba empapada… Al contrario de lo que pudiera pensarse, tenía muy presente lo que había ocurrido las últimas horas; hasta que perdió el conocimiento…
Lo que no sabía era cómo había llegado hasta allí.
Dio una vuelta sobre si misma para otear en su derredor. Se encontraba en la playa de lo que parecía una isla… No había nadie en aquel paraje; ni siquiera gaviotas… Dirigió una mirada hacia el mar… los ojos le molestaban por la sal y los rayos del sol que se filtraban en aquel cielo matutino salpicado de nubes… Y lo vio en la distancia: el conjunto de rocas contra el que se chocó el buque, que ya no se veía por ninguna parte…
Tara tuvo que hacer un esfuerzo por contener el llanto, reteniendo a duras penas las lágrimas y aspirando fuerte por la nariz… La chica se fijó en la considerable distancia a la que se había producido el hundimiento… de nada le serviría volver…
Pero algo, por segunda vez, la empujaba a continuar. Resuelta a moverse dio la espalda al mar y se encaró a lo que tenía delante: una frondosa y tupida selva que se perdía en la distancia… Desde donde se encontraba, podía ver que el terreno se iba elevando hasta destacar una única montaña en lo que parecía el mismo centro de aquel trozo de tierra desconocido para ella: un volcán, concluyó…
Entre las sombras de la vegetación que se extendía ante ella y la perspectiva de aproximarse a una montaña que podría escupir fuego en cualquier momento, Tara comenzaba a dudar ante la decisión inicial de internarse en la isla… Quizá debería esperar en la playa, haciendo fuego, hasta que alguien la rescatase… Mientras pensaba (cada vez más convencida) en esta posibilidad, no se estaba dando cuenta de que, a su espalda, a unos metros de distancia, una forma estaba emergiendo de la arena…
Tara seguía valorando sus escasas opciones cuando comenzó a notar que algo estaba ocurriendo… Abrió más los ojos al percibir que no estaba sola… ya escuchaba claramente el sonido de la arena deslizándose del cuerpo de aquel ser oscuro que la miraba con ojos rojizos brillantes…
Tara se giró de inmediato y se encontró con una especie de insecto, más grande que una persona, completamente negro, con seis patas y dos delanteras que parecían cuchillas, ojos grandes y dos antenas… De su boca, que no se veía con claridad, surgía una especie de tentáculos que se movían de forma repugnante, produciendo un sonido indescriptible… La chica no se lo pensó y salió corriendo. El “insecto”, al verla, también…
Tara se olvidó de su cansancio y magulladuras… solo quería quitarse de encima a aquella “cosa” que la perseguía a más velocidad de la que le hubiera gustado creer… Primero estuvo a punto de meterse en la selva… pero se lo pensó mejor y se desvió, comenzando a describir una amplia curva hacia la playa de nuevo… Aquel ser la perseguía incansable… tenía hambre y había encontrado una presa…
Durante varios minutos, Tara no hizo otra cosa que correr en amplios círculos (siempre perseguida por aquel monstruo)… Estaba muy cansada… ya no podía más… El “bicho”, en cambio, no parecía cansarse nunca…
Tara vio algo en lo que no había reparado antes: a un lado de la playa en la que se encontraba, cerca de los muros del acantilado que constituía uno de sus límites, había un bote, inservible, apoyado en unas rocas que salían de la arena… Se le ocurrió que, a lo mejor, podía llegar, volcar el bote y ocultarse dentro… y confiar en que “aquello” se cansara de esperar a que saliese… De todos modos no tenía otro plan.
Haciendo uso de las últimas fuerzas que le quedaban, esprintó hasta aquel bote ya sin pintura, sintiendo como si los pulmones le estuvieran a punto de estallar… Pero estaba llegando… ya llegaba… quedaba muy poco…
Entonces Tara tropezó con una piedra que no había visto, parcialmente cubierta por la arena. “Voló” durante unos instantes, pensando que estaba perdida… podía ver la sombra de aquel insecto cubriéndola mientras caía…
-¡Cuidado!- Vociferó un viejo que surgió inesperadamente de detrás del bote, apuntando con lo que parecía una pistola hacia la dirección de la que venía Tara…
Esta, muy sorprendida, aún en el aire, trató de apartarse siguiendo la indicación de aquel tipo… consiguió desplazarse levemente a un lado, lo suficiente para evitar el disparo que salió de aquel arma…
El insecto, que solo prestaba atención a su “presa”, a la que ya tenía, no se dio cuenta de lo que pasaba hasta que el proyectil impactó en su cara… Aquel bicho quedó sin cabeza, la cual había sido volada en pedazos…
El cuerpo inerte cayó a un lado, ante la mirada asustada de Tara, que se dolía en el suelo al haberse golpeado con más piedras que había por ahí… Entonces dirigió una mirada al viejo, que aún apuntaba al insecto con aquella extraña pistola de grandes proporciones, sujetándola con ambas manos, mientras jadeaba como si hubiera hecho un gran esfuerzo…
Tara tuvo tiempo de fijarse mejor en él: tendría sesenta y muchos años, muy delgado, ligeramente encorvado y, tal vez por este motivo, algo bajo… Estaba casi calvo, con el poco pelo blanco que le quedaba de punta, como si hubiese metido los dedos en el enchufe… Tenía nariz prominente y aguileña; llevaba gafas, redondas y finas, unidas por detrás con un hilo, tras las cuales asomaban dos ojillos saltones; vestía con camisa color maíz con rayas verdes verticales, pantalones arremangados marrones, con tirantes, muy anchos (probablemente fruto de haber adelgazado considerablemente) y unos zapatones del mismo color, más oscuros, sin calcetines. El hombre temblaba ligeramente sin dejar de mirar y apuntar a aquella “cosa”…
Poco a poco, aquel hombre de aspecto estrafalario fue convenciéndose de que el ser que yacía ante él ya no se movería más… Entonces bajó el arma, sosteniéndola a un lado de la cintura con una mano, haciéndose patente el peso de esta al costarle sostenerla con aquel delgado brazo… Entonces se giró hacia Tara.
-Niña… ¿Estás bien?- Le preguntó, ya rehecho casi del todo…
Pero a Tara le dolía mucho la rodilla… Aún así, hizo un esfuerzo por ponerse en pie…
-Sí… Sí, sí… Estoy bien…- Mintió…
Pero aquel tipo no se percató. De pronto, alarmado, como si hubiera escuchado algo, miró a todas direcciones con movimientos espasmódicos de la cabeza…
-¿Has oído eso?- Le preguntó a la desconcertada joven…
La chica, aguzando el oído, negó lentamente con la cabeza, preguntándose a qué se referiría aquel hombre tan excéntrico…
Pero el viejo estaba convencido de haber oído algo; inmediatamente, abandonó su “escondrijo” y se acercó a Tara, tendiéndole una mano… Esta la miró con inicial reticencia… no sabía quién era aquel tipo… Y, como si hubiese adivinado sus pensamientos, aquel hombre se acercó un puño a la boca, tosiendo un par de veces para aclararse la voz y se dispuso a hablar.
-Disculpa. No me he presentado. Me llamo Phillip H. Thomas. Soy científico. Llevo en esta isla cerca de siete años, desde que se hundió mi pequeño barco en el que navegaba yo solo, en misión científica…
¡Un científico! ¡Como sus padres! Aquel hombre había pasado por lo mismo que estaba pasando ahora ella… No se lo pensó dos veces y le dio la mano.
Tras ayudarla a levantarse, volvió a alzar la cabeza… Pero esta vez, Tara también lo había oído: sonidos extraños procedentes de varios puntos de la isla a la vez… El doctor Thomas, agarrándola fuerte como la tenía, se dirigió a ella una vez más…
-¡Vamos! Conozco un camino- Le dijo, antes de casi arrastrarla durante el breve tramo que los separaba de la negrura de la selva…

Caminaron durante un buen rato. Aquel hombre, soltando algún que otro machetazo de vez en cuando (de manera ciertamente cómica), iba abriendo paso en aquella insistente vegetación; Tara no dejaba de escuchar multitud de sonidos provenientes de todas partes… algunos los llegaba a identificar, otros no… En aquella selva debía haber cien especies distintas… por lo menos…
-Por cierto… Yo me he presentado, pero, en un absoluto descuido por mi parte (que espero sepas perdonarme), no te he preguntado tu nombre…- Dijo de pronto el doctor, tras no haber vuelto a hablar desde que abandonaran la playa.
Tara, distraída en aquellos momentos con sus propios pensamientos, “aterrizó” de nuevo en la realidad al oír a su guía en aquella espesura…
-¿Eh? ¡Ah! Tara. Me llamo Tara- le contestó.
El hombre se quedó pensativo unos instantes, repitiendo como murmurando aquel nombre…
-Tara, Tara, Tara… Mi mujer se llamaba Alice. Se llama- rectificó…
De pronto el doctor se detuvo, bajando los brazos, quedándole las extremidades tan laxas que parecía que se le escurriría el machete de entre los dedos… Tara vio enseguida que aquel hombre se había hundido.
-¿Se encuentra bien?- Se interesó la chica, acercándose a un abatido doctor Thomas…
Este tenía el rostro compungido; Tara estaba preocupándose de veras…
-Alice… Es mi mujer…- Comenzó a explicar.- O era, no sé. Han pasado muchos años… no sé qué habrá sido de ella…
Ahora Tara comprendía.
-Seguro que ella está esperándole… a que vuelva…- Intentó animarle…
El doctor esbozó una tímida sonrisa ante el intento de aquella jovencita de hacerle sentir mejor… la verdad es que lo había conseguido…
-¿Sabes? Nunca hemos tenido hijos… no podíamos… Pero, si hubiésemos tenido una niña… a mi mujer le habría gustado mucho ponerle “Tara”- le contó.
Tara se quedó sin palabras. Durante un momento, llegó a pensar muy intensamente en que aquel encuentro había estado destinado a producirse. Entonces la joven vio que el doctor Thomas agarraba de nuevo el machete con firmeza y se disponía a proseguir el avance… Tara se dio cuenta de que, desde donde se encontraban, llegaba a divisarse la cima del volcán que había visto antes…
-Oiga. ¿Sabe desde cuando hace que aquel volcán no entra en erupción…?-Preguntó, deseando con todas sus fuerzas que la respuesta no fuera “ayer”…
Aquel tipo se puso sombrío antes de continuar agitando de forma imprecisa el útil cortante…
-Eso no es un volcán.

Tras casi una hora de caminata desde que dejasen la playa, el doctor Thomas se detuvo ante lo que Tara identificó como la puerta de una valla de madera oculta por las hojas… Tenía la altura de un metro y poco más: probablemente para evitar la incursión de bestias de poco tamaño…
-Por aquí- le indicó el hombre a la chica, tras abrir la puerta no sin cierta dificultad debido a la irregularidad del terreno y a la maleza enredada…- Hacía tiempo que no utilizaba este camino- aclaró.
Tara abrió mucho los ojos al revelarse lo que ahora tenía ante si…
En medio de cuatro grandes árboles, se situaba una plataforma de madera (como prácticamente todo lo construido en aquel asombroso lugar) sobre la cual se hallaba una cabaña; desde abajo, se veía que solo disponía de apenas una pared al fondo y un techo elaborado con hojas de palmera; un intrincado sistema de cuerdas y poleas ayudaban a sostener toda la estructura de forma aparentemente firme… El doctor sonrió de satisfacción al ver la cara estupefacta de su invitada
-Y no lo has visto todo- le aseguró, antes siquiera de que la joven pronunciara palabra.
El doctor Thomas, se acercó a un agujero (probablemente artificial) hecho en uno de los cuatro altos árboles; metió la mano, después de arremangarse, casi hasta el codo y, tras unos instantes de tanteo, pareció agarrar algo de dentro y tiró de ello… Tara se sobresaltó al caer desde arriba una escalera artesanal que se desenrolló de golpe…
-Usted primero-le señaló cortésmente el doctor a la pasmada joven…
Esta no se lo pensó demasiado (sobretodo al recordar los peligros que acechaban) y comenzó a ascender sin demasiada dificultad ante la sorpresa del doctor Thomas…
-Con lo que a mí me costó…- Dijo este por lo bajini.
Tara, concentrada en la ascensión, se encontró de sopetón con más de lo que se había imaginado…
Varios elementos de “mobiliario”, cachivaches, artilugios, trastos en apariencia inútiles… de todo. Estaba claro que aquel hombre sabía aprovechar el tiempo… o no, pensó Tara.
Mientras esta observaba con curiosidad aquel “escaparate”, tras ella terminaba de subir (con gran esfuerzo) el dueño de todo aquello…
-¡Uff! Gracias por ayudarme…- Protestó un poco.
Tara se dio cuenta de su fallo.
-¡Oh! ¡Disculpe! Yo…
Pero aquel tipo, terminando de colocarse los anchos pantalones, se echó a reír a carcajadas…
-¡Ja, ja, ja! ¡Tranquila, era broma! Yo nunca tengo a nadie para que me ayude a subir…- Le recordó.
Tara, reconocía, respiró aliviada. Entonces se fijó en el paisaje: desde donde se encontraban podía verse casi toda la isla. Incluido el “no volcán”. Era una vista preciosa, pensó la chica… El doctor se percató de esto.
-Y todavía te falta algo por ver…- Le reveló, procurando crear expectación en la joven.
Y lo había conseguido. Esta no tenía ni idea de a qué podía referirse…
El tipo fue hasta uno de los troncos en los que se apoyaba la estructura y desenrolló otra escalera plegable, esta más accesible… Ahora fue él el que subió en primer lugar, girándose y haciéndole señales a Tara de que lo siguiera cuando ya llevaba algunos escalones…
Tara lo siguió y volvió a ascender una vez más…
Cuando el doctor llegó arriba, se giró de inmediato para tenderle la mano a la chica; tras ayudarla a subir, aquel sonrió al ver como esta se quedaba maravillada ante lo que tenía delante…
Era un globo. Un globo aerostático. Un vehículo hecho de cero con el material proporcionado por la selva: la cesta estaba confeccionada con la madera y hojas de palmeras, los mecanismos pertenecían a otros aparatos diversos y la tela que formaba la esfera estaba hecha con retazos de muchas otras -de diferentes colores- provenientes, probablemente, de restos esparcidos por la isla y recogidos por el científico… A Tara le llamaba la atención que no lo hubiera visto desde abajo…
-Ya hace cinco años que trabajo en él…- Dijo el doctor, como refiriéndose a un viejo amigo…
Tara podía imaginarse a aquel hombre, sólo, trabajando sin descanso en lo que tal vez sería su única posibilidad de salir de aquella isla y reunirse con su mujer…
-¿Y funciona?- Cayó en la cuenta de preguntar…
Ahora le cambió el rostro al doctor… tornándose de nuevo sombrío…
-Lamentablemente… no- admitió.- No dispongo de forma de propulsarlo…
Tara observó que, a pesar de que el viento constante en aquel lugar elevado mantenía la tela del globo hinchada, efectivamente eso no bastaba para hacer que se pusiera en marcha… Era impresionante pero inservible, pensó con tristeza…
Entonces el doctor pareció despertar.
-Aunque… hay una posibilidad.
Tara reaccionó. El doctor, al ver su expresión interrogante, continuó…
-En esta isla… hay una fuente de energía. Un material. Un material cuya combustión serviría para hacer despegar este globo y realizar un viaje de larguísima duración…- Se entusiasmaba a medida que hablaba…
Tara estaba intrigada.
-¿Y entonces?- Quiso saber.
Ahora el doctor volvió a ponerse serio.
-¿Recuerdas al monstruo de antes?
Tara asintió. Cómo olvidarlo…
-Sus… excrementos… son ese combustible- concluyó.
Tara se quedó callada. Ya no solo por lo repugnante que sonaba aquello… sino por lo que realmente significaba…
-Pero…- Empezó a hablar y la verdad es que no sabía qué decir…
Como si adivinara sus pensamientos (visiblemente aún en proceso de aclararse), el doctor Thomas contestó a la chica…
-Conozco un lugar- dijo, solemne, dirigiendo una mirada decidida (seguida por la de Tara) hacia el falso volcán…

Nuevamente se encontraban en camino; pero esta vez, por uno despejado y con indicios de haber sido abierto por alguien con anterioridad… El doctor Thomas llevaba una mochila a la espalda, a medio llenar, de la que colgaban dos cantimploras y la extraña pistola que Tara viera antes; iba caminando prestando atención a un mapa viejo y arrugado que tenía desplegado delante… La joven lo seguía casi a su lado…
-Si no me equivoco ahora teníamos que tomar el camino de la derecha… tardé mucho en elaborar este mapa tan útil…- Apuntó el doctor.
Aquel tipo era una constante caja de sorpresas, pensó Tara…
A medida que avanzaban, notaban en momentos puntuales ligeros temblores bajo sus pies…
-¿Qué es eso?- preguntó la chica tras la tercera o cuarta vibración…
Pero el doctor parecía resistirse a contestar.
-Será mejor que nos demos prisa- dijo, con un deje de preocupación en su rostro que Tara advirtió enseguida…
La joven desistió y se limitó a seguir a paso ligero al tipo, que había acelerado el ritmo tras aclararse con aquel papel garabateado y sucio al que él llamaba mapa
No tardaron mucho en llegar hasta una pared rocosa que marcaba el final del camino. Tara alzó la vista y supo de inmediato dónde se encontraban: en la falda del volcán, en el mismo centro de aquella isla…
-Bien. Hemos llegado- anunció el doctor.- Debería estar por aquí…- Decía para si mientras buscaba algo en el muro pedregoso…
Comenzaron a rodear un buen trecho de lo que constituía la falda de la montaña horadada. Hasta que llegaron a dónde quería el doctor…
-Eso es…- Comenzó a decir Tara…
Sus ojos comenzaban a iluminarse.
-¡Una cueva!- La interrumpió el doctor Thomas, con voz casi temblorosa por la emoción.- El último vestigio de la desaparecida tribu de los Yanopapamilucharis…- Y la emoción lo embargó del todo al decir esto último…
Tara parpadeó un par de veces.
-Yano… ¿qué?- Preguntó, anonadada…
El doctor le disculpó a su joven colega aquella evidente muestra de ignorancia…
-Los Yanopapamilucharis vivían en esta isla desde los tiempos en que el hombre aún no era como lo conocemos hoy en día; aislados, con su propia evolución… finalmente se extinguieron. Eso debió suceder hace unos quinientos años. Yo venía a descubrir si la leyenda era cierta pero…- Aquel hombre volvía a venirse abajo…
Mientras hablaban, iban adentrándose en la cueva, bastante iluminada aún por la potente luz del sol…
Entretanto el doctor cogía del suelo una gruesa rama cortada de un montón y la envolvía en una tela que había sacado de su mochila, Tara contemplaba el interior de aquella estancia natural… en las paredes parecían haber pinturas…
-Este montón de ramas lo hice yo mismo en una ocasión anterior… aunque tuve que salir por patas…- Recordaba casi como si se tratara de una anécdota graciosa…
Con un mechero que apenas funcionaba, el tipo consiguió encender la improvisada antorcha al décimo intento…
Y entonces aquellas pinturas se revelaron con toda su intensidad ante los ojos de Tara: representaban a los habitantes indígenas de aquel lugar realizando tareas cotidianas, tales como pescar, hacer fuego, cazar, jugar a una especie de versión primitiva del fútbol… En una aparecían varios de ellos venerando una extraña piedra de color turquesa… Pero hubo algo que le llamó poderosamente la atención a la curiosa hija de dos científicos (y que ahora se encontraba con otro): una de las pinturas, más alejada de las demás, como si fuera la primera, era una representación de uno de aquellos insectos monstruosos de antes… rodeado por cuatro figuras de pequeño tamaño, cabezones (sin pelo) y de cuerpo delgado, con enormes ojos negros… de color enteramente gris… Tara comenzaba a hacerse muchas preguntas ante aquello
-Oye. Por aquí…- Le llamó la atención el doctor.
Tara casi lo agradeció… Estaba comenzando a asustarse de verdad…
Esta fue hacia donde se encontraba el doctor Thomas, al fondo de la cueva, y lo vio de pie ante la entrada a una galería en la que solo había oscuridad…
-No te separes de mí- la advirtió…
Tara no pensaba contradecirle…

Tras recorrer un túnel largo y sinuoso (afortunadamente sin bifurcaciones), llegaron a una inmensa sala de la que pendían innumerables estalactitas y en la que también había muchas estalagmitas, algunas enormes… Ahora Tara era consciente de que se encontraban en el interior del volcán (aunque en uno de verdad no habría humedad suficiente para que se dieran tales formaciones, observó)…
-¿Te imaginas que ahora se apagase la antorcha? Je, je, je…- Soltó el buen hombre…
Pero a Tara no le hacía ninguna gracia… Iba a replicar cuando se dio cuenta que el doctor se había quedado petrificado, con la mirada fija. Tara desvió su atención hacia donde estaba mirando aquel…
Aquello debía ser. Sobre un rudimentario soporte hecho con cuatro palos, cuerdas y una “bandeja” de madera, se hallaba perfectamente incrustada una piedra informe de color turquesa… muy brillante…
-Ahí está…- Decía el doctor, temblándole la mano que sostenía la antorcha otra vez por la emoción…
Tara se fijó en que estaba a punto de echarse a llorar… Entonces no pudo evitar preguntar…
-No lo acabo de entender, doctor. Si sabía que esto estaba aquí… ¿Por qué no había venido antes?
El tipo pareció recomponerse de forma súbita.
-Primero: no tenía la certeza de que realmente estuviera; era una mera suposición. Y segundo: no era posible llegar hasta aquí. En estos momentos se habían conjuntado una serie de condiciones excepcionales que nos han permitido encontrar el combustible que nos permitirá volver a casa…- Terminó, convenciendo a la chica con estas últimas palabras…
Tara se apartó al ver que el doctor se dirigía derecho hacia aquella piedra que casi parecía una joya, transparente; parecía mentira que en realidad se tratase de un excremento…
Cuando el doctor Thomas se halló ante dicha piedra, se percató de que no podría manipularla cómodamente con una mano ocupada por la antorcha… Tara, al ver que el doctor miraba casi frenético a un lado y a otro, buscando algún lugar donde dejarla, se acercó apresuradamente y se ofreció a sostenerla…
-Gracias, jovencita- le dedicó una afable sonrisa.
Ahora sí. Tara ayudaba a iluminar aquella escena que le estaba acelerando el pulso… El doctor sudaba mientras, con sumo cuidado, buscaba la manera de agarrar con las manos aquel trozo de piedra tan vital para ellos…
Finalmente la cogió entre sus dedos y la levantó del soporte. Tara elevó la antorcha para iluminar lo que habían venido a buscar… El doctor sonreía triunfal…
Entonces, aquellos temblores que habían ido sucediéndose en las últimas horas se magnificaron súbitamente…
-¡¿Qué pasa?!- Preguntó Tara, alarmada…
El doctor no perdía tiempo y ya casi había terminado de cerrar la mochila tras guardar la piedra dentro…
-¡Tenemos que regresar al campamento enseguida!- Fue su respuesta mientras alargaba la mano hacia la joven para que le devolviera la antorcha…
Nada más hacerlo, comenzó a seguir al doctor que arrancó a caminar a toda velocidad hacia la salida de la sala…
Cuando salieron de la galería los temblores habían aumentado considerablemente; tanto que casi estuvieron a punto de caerse con la nueva sacudida…
-¡¿Te acuerdas del camino…?!- Le preguntó de sopetón el doctor a la chica, que pensaba todo lo rápido que podía…
Mientras esperaba con urgencia la respuesta, había lanzado al suelo la antorcha y la estaba extinguiendo a pisotones…
-¡Creo que sí!- Intentaba hacerse oír entre los rugidos de la tierra…
Entonces Tara se acordó del mapa. Pero cuando iba a preguntarle por el mismo, el doctor se le adelantó…
-¡Lo he perdido por el camino! ¡Me fío de ti!- Le aseguró.
No esperó a escuchar las protestas de Tara. Salió pitando por donde habían venido, vigilando que la chica dejase de perder el tiempo ahí parada como un pasmarote y lo siguiera ¡ya!...
Tras unos minutos ya corriendo, Tara recordó…
-¡Por aquí!- Dijo señalando un camino en la selva, muy similar a los otros que habían pasado de largo, ante la mirada dubitativa del doctor…
Este, nervioso, se llevó una mano a la barbilla y dudó una vez más… Un nuevo temblor, todavía más fuerte…
-¡De acuerdo! ¡Vamos!- Decidió finalmente…
Corrían todo lo deprisa que les permitían sus cansadas piernas… Al cabo de un rato comenzó a escucharse un nuevo sonido… que Tara ya había oído antes y que iba en aumento…
-¡Doctor!- Intentó avisarle…
Pero este ya se había dado cuenta… Sin dejar de correr, y con gran habilidad fruto de la práctica, se había hecho con su pistola y la tenía preparada…
Entonces, del lado izquierdo del camino, saliendo al encuentro de ambos, apareció uno de aquellos temibles insectos…
-¡Alerta!- Exclamó el doctor al tiempo que apuntaba al monstruo…
Tara se detuvo frenando en seco. El doctor disparó y el impacto alcanzó de lleno en el tórax de aquella criatura… El insecto cayó al suelo, inerte… Aquel volvió a dirigirse a Tara.
-¡Venga! ¡Vendrán muchos más!
¡¿Muchos más?! Los dos reemprendieron la carrera hacia el campamento…
Llevaban cerca de un minuto a toda velocidad cuando, inesperadamente, surgió uno más de esos monstruos, esta vez del costado derecho, sobresaltando al doctor, que cayó soltando involuntariamente la pistola, la cual se alejó de él…
-¡Doctor Thomas!- Gritó Tara, muy asustada por su colega…
El doctor se revolvió en el suelo y encaró a aquel insecto que se abalanzaba sobre él… El hombre, muy valiente, trataba de alejar sus fauces desesperada y torpemente con los pies… pero no aguantaría mucho más…
En ese instante, un proyectil alcanzó la cara de aquel ser (borrándole la mitad) y provocando que cayese hacia atrás sin vida… El doctor, jadeante, muy sorprendido, se giró para ver el origen de dicho proyectil…
Tara se encontraba de pie, respirando agitadamente, mientras sostenía la pistola (que le pesaba) con ambas manos… El doctor consiguió levantarse.
-Gracias. Creo que, a partir de ahora, será mejor que la lleves tú…- Le confió, con una sonrisa en su rostro preocupado…
Tara también intentó esbozar una… pero se acercaban… El doctor se ajustó la mochila de nuevo…
-¡Vámonos! ¡Queda menos!

Atropelladamente, el doctor Thomas y Tara llegaron al fin al campamento, pasando por encima como pudieron por la puerta camuflada desde la que habían partido con anterioridad…
-¡Venga! ¡Venga!- Urgía el doctor mientras metía la mano en el hueco del árbol y tiraba de la cuerda que soltaba la escalera que se desplegó al acto…
Cuando comenzaban a subir los dos por la misma, notaron que, de todas partes, se introducían figuras negras en los límites internos del campamento…
-¡Ya los tenemos aquí! ¡Sube!- Avisó el doctor a Tara… a pesar de que no hacía ninguna falta…
Consiguieron llegar arriba. Tenían poco tiempo… El doctor cerró deprisa la trampilla por la que habían accedido…
-La estructura del suelo de esta construcción los contendrá por un tiempo… espero…- Dijo el doctor Thomas.
Aquello último no tranquilizó especialmente a la joven, que no sabía qué hacer… No tardaría en averiguarlo.
-¡Rápido! ¡Coge todo lo que pienses que nos pueda ser útil para el viaje! ¡Cuando estés, avísame!- Parecía que, con la gravedad de la situación, el doctor se encontrara más lúcido que nunca…
La chica hizo caso y, mientras el doctor se encaramaba con la piedra en la mochila hacia donde estaba situado el globo, miró con atención a su alrededor… comida, mantas, algunos utensilios imprescindibles… Entonces se detuvo en seco al mirar hacia lo que había más allá…
Ahora entendía lo que le decía el doctor sobre lo de que aquella montaña no era un volcán: del “cráter” del mismo, no cesaban de salir (como hormigas) decenas de aquellos insectos, que podían distinguirse aún en la distancia…
Arriba, el doctor trataba de prender con su mechero la piedra (ya colocada en su lugar) que les había de servir como combustible… lo intentaba una y otra vez…
Pero el mechero ya no funcionaba.
-Oh, no…- El doctor Thomas se quedó desolado…
Tara reaccionó cuando comenzó a ver aparecer patas negras de los bordes de la plataforma… aquellos seres trataban de subir a la misma… La joven dejó las cosas que había empaquetado a toda prisa en el suelo y sujetó el arma, apuntando… Disparó a uno cuando asomó la cabeza; tanto vivo como muerto había caído abajo… Otro (que casi había logrado subir del todo) corrió la misma suerte cuando Tara le alcanzó en las patas…
Desde arriba, sin esperanza, al doctor le llegaron los ruidos de los disparos… ¡Pues claro!
-¡¿Cómo no se me había ocurrido antes?!- Exclamó, renacido…
Tara, atenta, comenzó a escuchar que la llamaban…
-¡Eyy! ¡Deja de disparar! ¡Sube ya!- Le decía el doctor Thomas, desgañitándose…
Pues ya podía darse prisa, pensó la chica al ver que ya no era posible contener a aquellos insectos que estaban ocupándolo todo…
Como pudo, subió con los bártulos (y la pistola) con la máxima rapidez de la que era capaz… Estaba a punto de caer hacia atrás cuando una mano le alcanzó la muñeca…
-¿Por qué tardas tanto?- Se quejaba el buen doctor mientras la ayudaba a subir a ella y las cosas…
Tara no podía creer lo que estaba oyendo; pero decidió morderse la lengua… Esperaba tener tiempo para discutir luego…
Vio como el doctor tomaba la pistola y apuntaba a la piedra…
-¡Un momento! ¡¿Cómo sabe que no…?!
Pero el doctor disparó a pesar de las protestas (con razón) de la joven.
Pasaron unos segundos y ambos tenían los ojos cerrados… Y entonces los abrieron. Iluminándoseles las caras, comprobaron que la piedra ardía. ¡Había funcionado!
-¡Ayúdame!- Le pidió el doctor a Tara comenzando a subir el equipaje… de nuevo oían cerca a los insectos…
Una vez los dos estuvieron subidos al globo, este ya solo se mantenía en su posición sujeto por cuatro cuerdas que el doctor comenzó a cortar… Tara se hizo con otro cuchillo y comenzó a ayudarle… ya asomaban las antenas negras…
-¡Ya está!- Exclamó victorioso el doctor al cortar la última de las cuerdas y provocar que el globo se elevase ya sin freno…
Justo en ese instante, subían del todo aquellos monstruos. Mientras el globo se alejaba, Tara y el doctor Thomas contemplaron como la estructura construida sobre los cuatro árboles se venía abajo por el peso de los numerosos insectos que habían llegado a subirse a la misma… pero ahora los veían cada vez más lejos, desde la creciente altura…
Al cabo de unos minutos, Tara decidió que no quería mirar más hacia aquella isla… y al girarse se encontró con una especie de ave gigante, semejante a un águila, que se dirigía hacia ellos…
-¡Doctooor!
Este se giró.
-¡Tranquila!
El ave, creando un fuerte viento que les obligó a sujetarse bien a lo que encontraron, pasó de largo, ignorándolos… Tara lo siguió rápidamente con la mirada… llevaba dirección a la isla…
-¿Qué es eso?- Quiso saber, con tono casi irritado…
El doctor sonrió, como complacido…
-Es un Rocho- contestó, con tono tranquilo.
Tara se quedó pensando.
-¿Un Rocho? ¿Pero eso no es un ser mitológico?
El doctor señaló con la cabeza hacia abajo.
-Pues ya ves que no- dijo, con toda naturalidad…
Allí abajo, el inmenso ser alado se posó en la obertura del “hormiguero” y comenzó a picotear dentro y en los bordes… se estaba alimentando de aquellos insectos…
Fuera como fuese, Tara se alegraba de abandonar aquella isla de seres monstruosos… Entonces el doctor se decidió a hablar…
-Oye, Tara- le dijo, poniéndose algo serio.
Tara se fijó en que era la primera vez que aquel hombre la llamaba por su nombre…
-¿Sí…?- Preguntó con timidez…
El doctor parecía elegir las palabras.
-Oye… Cuando volvamos… ¿quieres quedarte a vivir conmigo… y con mi mujer?- Dijo, de corazón.
A Tara, que en un principio no se lo esperaba, comenzaron a brotarle lágrimas de los ojos.
-Gracias… Buaaa…- No pudo evitar echarse a llorar…
El doctor, que no acababa de entender, se horrorizó…
-¡Tara! ¡¿Qué te pasa?! ¿Estás bien…?
Pero Tara sonreía.
El globo se alejaba hacia el horizonte, por donde comenzaba a ocultarse el sol, bajo el cielo anaranjado del ocaso…



Fin