La Isla de los Monstruos
Tara abrió lentamente y con dificultad los ojos… sus oídos comenzaban a captar progresivamente los sonidos y ruidos extraños a su alrededor que aumentaban poco a poco de volumen… durante unos segundos le pareció que estaba soñando… Luego, sencillamente, no recordaba que es lo que hacía en aquel lugar todavía borroso que iba formándose en su estático campo visual…
De pronto lo recordó. La tormenta…
Comenzó a revolverse, notando como su joven cuerpo de apenas trece años estaba magullado y dolorido… Ahora todo a su alrededor había cobrado sentido…
Se encontraba en el interior del puente de mando de un buque acorazado… El agua (uno de los sonidos que no dejaba de escuchar desde que comenzara a despertarse) caía a cascadas por todas partes… De vez en cuando, escuchaba un zumbido eléctrico en alguna parte: algún cortocircuito… ¡Eso era muy peligroso!, se dio cuenta de inmediato… Debía salir de allí, decidió mientras se veía la ropa empapada y el agua corriendo a la altura de sus tobillos…
Tara era una chica pelirroja, con el pelo recogido en una cola de caballo, los ojos verde claro y algunas pequitas en su cara de piel blanca; era de altura y constitución medias; vestía una sudadera con capucha de color rosa, abierta, dejando ver una camiseta blanca (que marcaba sus formas femeninas ya bastante desarrolladas), vaqueros azul claro y zapatillas deportivas blancas. En aquellos momentos se sujetaba una pulsera de colores atada a su muñeca izquierda…
Tara se fijó mejor; no se lo podía creer… ¡El buque estaba volcado! Concretamente de lado… Y seguían en el agua: no dejaba de balancearse como si fuera una atracción de feria… Afuera rugía con furia, todavía, la tormenta…
Entonces se acordó de algo que no entendía cómo se le había podido olvidar. Sus padres…
-¡Papá…! ¡Mamá…!- Comenzó a llamar, desesperada, mirando ansiosa en todas direcciones…
Y entonces comenzó a distinguir cadáveres. El primero, el capitán… estaba con medio cuerpo, boca abajo, fuera del ventanal situado justo en frente del timón… los cristales estaban rotos… De hecho, al acercarse un poco, pudo ver con impresión que tenía clavados varios de ellos en el cuerpo… atravesándolo por la espalda… Tara, contuvo el horror y siguió buscando… Más cadáveres, esta vez de los marineros ayudantes del capitán… Pero recordaba que sus padres estaban con ella en el puente de mando cuando comenzó todo… cuando aquel marinero joven trató de avisar al capitán de que estaban a punto de chocar con…
Allí estaban. Tara abrió mucho los ojos, incrédula. Allí en el suelo, abrazados ya para siempre, se encontraban sus padres, medio sumergidos por el agua que no paraba de entrar…
-Papá… Mamá…- Decía, acercándose lentamente, con las piernas sin fuerzas y a punto de romper a llorar con los ojos inundados en lágrimas…
Pero no pudo llegar hasta ellos. El buque dio una tremenda sacudida y Tara tuvo que sujetarse en la pared más cercana para no caer. El agua comenzaba ya a inundar seriamente la estancia, ya que nuevos chorros habían aparecido después de aquel movimiento repentino del barco… este parecía que se había volcado un poco más… Todo indicaba que se estaba comenzando a hundir.
Tara llevó una nueva mirada hacia donde se encontraban sus padres. Ahora parecían estar más lejos e inaccesibles… y casi cubiertos del todo por el agua… Se le pasó por la cabeza ir con ellos… abrazarse a sus padres y dejar que todo siguiera su curso… Una nueva sacudida. Pero algo le decía que debía sobrevivir…
Dirigiendo una última mirada hacia sus padres… y luchando por mantenerse entera… se giró hacia la puerta de salida del puente, que estaba casi del todo en posición oblicua…
A pesar de que le costó, consiguió abrirla y se encontró con el desolador panorama del exterior: la tormenta furiosa, enviaba sus rayos al mar por doquier, iluminando el cielo como si fuera de día justo antes de producirse un terrible trueno simultáneo a la descarga eléctrica… El viento soplaba violentamente, agitando las ropas de Tara como si se las quisiera robar… La lluvia era tan intensa que dificultaba la visibilidad de lo que tenía a su alrededor…
Entonces se giró a un lado y lo vio. Un grupo de rocas afiladas, casi imperceptibles en la oscuridad hasta que lo iluminaba un relámpago… Justo al lado, el buque se encontraba varado con la quilla destrozada y casi tumbado de lado, a merced del fuerte oleaje que lo estaba inundando…
Tara notó como el suelo de la cubierta comenzaba a moverse. El barco volvía a girar… Hubo un repentino desprendimiento de rocas allá a su izquierda y el buque se estremeció por completo. Hubo multitud de chirridos metálicos que resonaban en la distancia…
Tara sabía que debía moverse… Trató de trepar por la barandilla, mientras esta cambiaba lenta pero inexorablemente su posición… Justo cuando la chica había logrado encaramarse con habilidad a la misma, sobre la que ahora estaba de pie, la cubierta quedó en posición totalmente vertical…
El buque había volcado del todo.
Pero Tara sabía que no acabaría todo ahí. El barco, en esa posición, permitía la entrada masiva de agua que hacía que aumentara de peso e, inevitablemente, se hundiese más rápido… Si no lo abandonaba en seguida y se alejaba lo suficiente, sería absorbida por el remolino resultante…
Consciente de que no le daba tiempo de intentar recuperar un bote salvavidas, vio que solo tendría alguna oportunidad si se lanzaba al agua ahora mismo…
Se quedó observándola un momento. Se agitaba de forma continua y no se veía nada, solo negrura… notaba claramente cómo el buque, cada vez más pesado, comenzaba a desaparecer bajo las aguas…
Durante un instante se le ocurrió intentar ir por el otro lado y sujetarse a las mismas rocas con las que había impactado el casco… pero desechó de inmediato aquella opción: las rocas eran cortantes como cuchillos… acabaría gravemente herida…
No había otra salida. Dirigió su mirada con decisión, y los puños apretados, hacia el recorrido que habría de hacer sin perder un segundo: el casco, ahora girado, parecía un largo tobogán que llegaba hasta el agua, como en un parque de atracciones acuático…
Sin pensárselo más (y ante la súbita aceleración del hundimiento) Tara se lanzó sentándose en la superficie deslizante y llegó hasta abajo a gran velocidad…
Cayó en el agua. Inmediatamente, luchó por emerger, recorriendo los varios metros que había bajado por el impulso… Y logró sacar la cabeza a la superficie. Mientras trataba de recuperarse de la emoción, miraba en todas direcciones… Tras ella, el vasto océano por el que habían venido… a un lado, nada… y al otro el barco comenzaba a desaparecer… no había tiempo…
Tomó la decisión de nadar sin parar, todo lo deprisa que pudiera, hacia la dirección que le quedaba… tratando a la vez de alejarse del campo de actuación del inminente remolino… No sabía si lo conseguiría… nadaba y nadaba… estaba agotada pero no pensaba detenerse… Y, en medio de aquel caos, comenzó a sentir que se internaba en un sueño…
Sintió la humedad de la arena en su cara justo antes de que el agua fría y salada la mojara de abajo arriba por enésima vez… Tara había despertado tumbada boca abajo sobre un suelo de arena y algas… Era de día; acababa de amanecer, precisó la joven cuando elevó la vista hasta el cielo con los ojos entornados… Una nueva ola en su último intento de llegar a tierra la obligó a ponerse de rodillas para intentar levantarse…
Una vez de pie, se dio cuenta de que tenía mucho frío; cruzó los brazos y los apretó fuerte contra el cuerpo, con la esperanza de entrar en calor… estaba empapada… Al contrario de lo que pudiera pensarse, tenía muy presente lo que había ocurrido las últimas horas; hasta que perdió el conocimiento…
Lo que no sabía era cómo había llegado hasta allí.
Dio una vuelta sobre si misma para otear en su derredor. Se encontraba en la playa de lo que parecía una isla… No había nadie en aquel paraje; ni siquiera gaviotas… Dirigió una mirada hacia el mar… los ojos le molestaban por la sal y los rayos del sol que se filtraban en aquel cielo matutino salpicado de nubes… Y lo vio en la distancia: el conjunto de rocas contra el que se chocó el buque, que ya no se veía por ninguna parte…
Tara tuvo que hacer un esfuerzo por contener el llanto, reteniendo a duras penas las lágrimas y aspirando fuerte por la nariz… La chica se fijó en la considerable distancia a la que se había producido el hundimiento… de nada le serviría volver…
Pero algo, por segunda vez, la empujaba a continuar. Resuelta a moverse dio la espalda al mar y se encaró a lo que tenía delante: una frondosa y tupida selva que se perdía en la distancia… Desde donde se encontraba, podía ver que el terreno se iba elevando hasta destacar una única montaña en lo que parecía el mismo centro de aquel trozo de tierra desconocido para ella: un volcán, concluyó…
Entre las sombras de la vegetación que se extendía ante ella y la perspectiva de aproximarse a una montaña que podría escupir fuego en cualquier momento, Tara comenzaba a dudar ante la decisión inicial de internarse en la isla… Quizá debería esperar en la playa, haciendo fuego, hasta que alguien la rescatase… Mientras pensaba (cada vez más convencida) en esta posibilidad, no se estaba dando cuenta de que, a su espalda, a unos metros de distancia, una forma estaba emergiendo de la arena…
Tara seguía valorando sus escasas opciones cuando comenzó a notar que algo estaba ocurriendo… Abrió más los ojos al percibir que no estaba sola… ya escuchaba claramente el sonido de la arena deslizándose del cuerpo de aquel ser oscuro que la miraba con ojos rojizos brillantes…
Tara se giró de inmediato y se encontró con una especie de insecto, más grande que una persona, completamente negro, con seis patas y dos delanteras que parecían cuchillas, ojos grandes y dos antenas… De su boca, que no se veía con claridad, surgía una especie de tentáculos que se movían de forma repugnante, produciendo un sonido indescriptible… La chica no se lo pensó y salió corriendo. El “insecto”, al verla, también…
Tara se olvidó de su cansancio y magulladuras… solo quería quitarse de encima a aquella “cosa” que la perseguía a más velocidad de la que le hubiera gustado creer… Primero estuvo a punto de meterse en la selva… pero se lo pensó mejor y se desvió, comenzando a describir una amplia curva hacia la playa de nuevo… Aquel ser la perseguía incansable… tenía hambre y había encontrado una presa…
Durante varios minutos, Tara no hizo otra cosa que correr en amplios círculos (siempre perseguida por aquel monstruo)… Estaba muy cansada… ya no podía más… El “bicho”, en cambio, no parecía cansarse nunca…
Tara vio algo en lo que no había reparado antes: a un lado de la playa en la que se encontraba, cerca de los muros del acantilado que constituía uno de sus límites, había un bote, inservible, apoyado en unas rocas que salían de la arena… Se le ocurrió que, a lo mejor, podía llegar, volcar el bote y ocultarse dentro… y confiar en que “aquello” se cansara de esperar a que saliese… De todos modos no tenía otro plan.
Haciendo uso de las últimas fuerzas que le quedaban, esprintó hasta aquel bote ya sin pintura, sintiendo como si los pulmones le estuvieran a punto de estallar… Pero estaba llegando… ya llegaba… quedaba muy poco…
Entonces Tara tropezó con una piedra que no había visto, parcialmente cubierta por la arena. “Voló” durante unos instantes, pensando que estaba perdida… podía ver la sombra de aquel insecto cubriéndola mientras caía…
-¡Cuidado!- Vociferó un viejo que surgió inesperadamente de detrás del bote, apuntando con lo que parecía una pistola hacia la dirección de la que venía Tara…
Esta, muy sorprendida, aún en el aire, trató de apartarse siguiendo la indicación de aquel tipo… consiguió desplazarse levemente a un lado, lo suficiente para evitar el disparo que salió de aquel arma…
El insecto, que solo prestaba atención a su “presa”, a la que ya tenía, no se dio cuenta de lo que pasaba hasta que el proyectil impactó en su cara… Aquel bicho quedó sin cabeza, la cual había sido volada en pedazos…
El cuerpo inerte cayó a un lado, ante la mirada asustada de Tara, que se dolía en el suelo al haberse golpeado con más piedras que había por ahí… Entonces dirigió una mirada al viejo, que aún apuntaba al insecto con aquella extraña pistola de grandes proporciones, sujetándola con ambas manos, mientras jadeaba como si hubiera hecho un gran esfuerzo…
Tara tuvo tiempo de fijarse mejor en él: tendría sesenta y muchos años, muy delgado, ligeramente encorvado y, tal vez por este motivo, algo bajo… Estaba casi calvo, con el poco pelo blanco que le quedaba de punta, como si hubiese metido los dedos en el enchufe… Tenía nariz prominente y aguileña; llevaba gafas, redondas y finas, unidas por detrás con un hilo, tras las cuales asomaban dos ojillos saltones; vestía con camisa color maíz con rayas verdes verticales, pantalones arremangados marrones, con tirantes, muy anchos (probablemente fruto de haber adelgazado considerablemente) y unos zapatones del mismo color, más oscuros, sin calcetines. El hombre temblaba ligeramente sin dejar de mirar y apuntar a aquella “cosa”…
Poco a poco, aquel hombre de aspecto estrafalario fue convenciéndose de que el ser que yacía ante él ya no se movería más… Entonces bajó el arma, sosteniéndola a un lado de la cintura con una mano, haciéndose patente el peso de esta al costarle sostenerla con aquel delgado brazo… Entonces se giró hacia Tara.
-Niña… ¿Estás bien?- Le preguntó, ya rehecho casi del todo…
Pero a Tara le dolía mucho la rodilla… Aún así, hizo un esfuerzo por ponerse en pie…
-Sí… Sí, sí… Estoy bien…- Mintió…
Pero aquel tipo no se percató. De pronto, alarmado, como si hubiera escuchado algo, miró a todas direcciones con movimientos espasmódicos de la cabeza…
-¿Has oído eso?- Le preguntó a la desconcertada joven…
La chica, aguzando el oído, negó lentamente con la cabeza, preguntándose a qué se referiría aquel hombre tan excéntrico…
Pero el viejo estaba convencido de haber oído algo; inmediatamente, abandonó su “escondrijo” y se acercó a Tara, tendiéndole una mano… Esta la miró con inicial reticencia… no sabía quién era aquel tipo… Y, como si hubiese adivinado sus pensamientos, aquel hombre se acercó un puño a la boca, tosiendo un par de veces para aclararse la voz y se dispuso a hablar.
-Disculpa. No me he presentado. Me llamo Phillip H. Thomas. Soy científico. Llevo en esta isla cerca de siete años, desde que se hundió mi pequeño barco en el que navegaba yo solo, en misión científica…
¡Un científico! ¡Como sus padres! Aquel hombre había pasado por lo mismo que estaba pasando ahora ella… No se lo pensó dos veces y le dio la mano.
Tras ayudarla a levantarse, volvió a alzar la cabeza… Pero esta vez, Tara también lo había oído: sonidos extraños procedentes de varios puntos de la isla a la vez… El doctor Thomas, agarrándola fuerte como la tenía, se dirigió a ella una vez más…
-¡Vamos! Conozco un camino- Le dijo, antes de casi arrastrarla durante el breve tramo que los separaba de la negrura de la selva…
Caminaron durante un buen rato. Aquel hombre, soltando algún que otro machetazo de vez en cuando (de manera ciertamente cómica), iba abriendo paso en aquella insistente vegetación; Tara no dejaba de escuchar multitud de sonidos provenientes de todas partes… algunos los llegaba a identificar, otros no… En aquella selva debía haber cien especies distintas… por lo menos…
-Por cierto… Yo me he presentado, pero, en un absoluto descuido por mi parte (que espero sepas perdonarme), no te he preguntado tu nombre…- Dijo de pronto el doctor, tras no haber vuelto a hablar desde que abandonaran la playa.
Tara, distraída en aquellos momentos con sus propios pensamientos, “aterrizó” de nuevo en la realidad al oír a su guía en aquella espesura…
-¿Eh? ¡Ah! Tara. Me llamo Tara- le contestó.
El hombre se quedó pensativo unos instantes, repitiendo como murmurando aquel nombre…
-Tara, Tara, Tara… Mi mujer se llamaba Alice. Se llama- rectificó…
De pronto el doctor se detuvo, bajando los brazos, quedándole las extremidades tan laxas que parecía que se le escurriría el machete de entre los dedos… Tara vio enseguida que aquel hombre se había hundido.
-¿Se encuentra bien?- Se interesó la chica, acercándose a un abatido doctor Thomas…
Este tenía el rostro compungido; Tara estaba preocupándose de veras…
-Alice… Es mi mujer…- Comenzó a explicar.- O era, no sé. Han pasado muchos años… no sé qué habrá sido de ella…
Ahora Tara comprendía.
-Seguro que ella está esperándole… a que vuelva…- Intentó animarle…
El doctor esbozó una tímida sonrisa ante el intento de aquella jovencita de hacerle sentir mejor… la verdad es que lo había conseguido…
-¿Sabes? Nunca hemos tenido hijos… no podíamos… Pero, si hubiésemos tenido una niña… a mi mujer le habría gustado mucho ponerle “Tara”- le contó.
Tara se quedó sin palabras. Durante un momento, llegó a pensar muy intensamente en que aquel encuentro había estado destinado a producirse. Entonces la joven vio que el doctor Thomas agarraba de nuevo el machete con firmeza y se disponía a proseguir el avance… Tara se dio cuenta de que, desde donde se encontraban, llegaba a divisarse la cima del volcán que había visto antes…
-Oiga. ¿Sabe desde cuando hace que aquel volcán no entra en erupción…?-Preguntó, deseando con todas sus fuerzas que la respuesta no fuera “ayer”…
Aquel tipo se puso sombrío antes de continuar agitando de forma imprecisa el útil cortante…
-Eso no es un volcán.
Tras casi una hora de caminata desde que dejasen la playa, el doctor Thomas se detuvo ante lo que Tara identificó como la puerta de una valla de madera oculta por las hojas… Tenía la altura de un metro y poco más: probablemente para evitar la incursión de bestias de poco tamaño…
-Por aquí- le indicó el hombre a la chica, tras abrir la puerta no sin cierta dificultad debido a la irregularidad del terreno y a la maleza enredada…- Hacía tiempo que no utilizaba este camino- aclaró.
Tara abrió mucho los ojos al revelarse lo que ahora tenía ante si…
En medio de cuatro grandes árboles, se situaba una plataforma de madera (como prácticamente todo lo construido en aquel asombroso lugar) sobre la cual se hallaba una cabaña; desde abajo, se veía que solo disponía de apenas una pared al fondo y un techo elaborado con hojas de palmera; un intrincado sistema de cuerdas y poleas ayudaban a sostener toda la estructura de forma aparentemente firme… El doctor sonrió de satisfacción al ver la cara estupefacta de su invitada…
-Y no lo has visto todo- le aseguró, antes siquiera de que la joven pronunciara palabra.
El doctor Thomas, se acercó a un agujero (probablemente artificial) hecho en uno de los cuatro altos árboles; metió la mano, después de arremangarse, casi hasta el codo y, tras unos instantes de tanteo, pareció agarrar algo de dentro y tiró de ello… Tara se sobresaltó al caer desde arriba una escalera artesanal que se desenrolló de golpe…
-Usted primero-le señaló cortésmente el doctor a la pasmada joven…
Esta no se lo pensó demasiado (sobretodo al recordar los peligros que acechaban) y comenzó a ascender sin demasiada dificultad ante la sorpresa del doctor Thomas…
-Con lo que a mí me costó…- Dijo este por lo bajini.
Tara, concentrada en la ascensión, se encontró de sopetón con más de lo que se había imaginado…
Varios elementos de “mobiliario”, cachivaches, artilugios, trastos en apariencia inútiles… de todo. Estaba claro que aquel hombre sabía aprovechar el tiempo… o no, pensó Tara.
Mientras esta observaba con curiosidad aquel “escaparate”, tras ella terminaba de subir (con gran esfuerzo) el dueño de todo aquello…
-¡Uff! Gracias por ayudarme…- Protestó un poco.
Tara se dio cuenta de su fallo.
-¡Oh! ¡Disculpe! Yo…
Pero aquel tipo, terminando de colocarse los anchos pantalones, se echó a reír a carcajadas…
-¡Ja, ja, ja! ¡Tranquila, era broma! Yo nunca tengo a nadie para que me ayude a subir…- Le recordó.
Tara, reconocía, respiró aliviada. Entonces se fijó en el paisaje: desde donde se encontraban podía verse casi toda la isla. Incluido el “no volcán”. Era una vista preciosa, pensó la chica… El doctor se percató de esto.
-Y todavía te falta algo por ver…- Le reveló, procurando crear expectación en la joven.
Y lo había conseguido. Esta no tenía ni idea de a qué podía referirse…
El tipo fue hasta uno de los troncos en los que se apoyaba la estructura y desenrolló otra escalera plegable, esta más accesible… Ahora fue él el que subió en primer lugar, girándose y haciéndole señales a Tara de que lo siguiera cuando ya llevaba algunos escalones…
Tara lo siguió y volvió a ascender una vez más…
Cuando el doctor llegó arriba, se giró de inmediato para tenderle la mano a la chica; tras ayudarla a subir, aquel sonrió al ver como esta se quedaba maravillada ante lo que tenía delante…
Era un globo. Un globo aerostático. Un vehículo hecho de cero con el material proporcionado por la selva: la cesta estaba confeccionada con la madera y hojas de palmeras, los mecanismos pertenecían a otros aparatos diversos y la tela que formaba la esfera estaba hecha con retazos de muchas otras -de diferentes colores- provenientes, probablemente, de restos esparcidos por la isla y recogidos por el científico… A Tara le llamaba la atención que no lo hubiera visto desde abajo…
-Ya hace cinco años que trabajo en él…- Dijo el doctor, como refiriéndose a un viejo amigo…
Tara podía imaginarse a aquel hombre, sólo, trabajando sin descanso en lo que tal vez sería su única posibilidad de salir de aquella isla y reunirse con su mujer…
-¿Y funciona?- Cayó en la cuenta de preguntar…
Ahora le cambió el rostro al doctor… tornándose de nuevo sombrío…
-Lamentablemente… no- admitió.- No dispongo de forma de propulsarlo…
Tara observó que, a pesar de que el viento constante en aquel lugar elevado mantenía la tela del globo hinchada, efectivamente eso no bastaba para hacer que se pusiera en marcha… Era impresionante pero inservible, pensó con tristeza…
Entonces el doctor pareció despertar.
-Aunque… hay una posibilidad.
Tara reaccionó. El doctor, al ver su expresión interrogante, continuó…
-En esta isla… hay una fuente de energía. Un material. Un material cuya combustión serviría para hacer despegar este globo y realizar un viaje de larguísima duración…- Se entusiasmaba a medida que hablaba…
Tara estaba intrigada.
-¿Y entonces?- Quiso saber.
Ahora el doctor volvió a ponerse serio.
-¿Recuerdas al monstruo de antes?
Tara asintió. Cómo olvidarlo…
-Sus… excrementos… son ese combustible- concluyó.
Tara se quedó callada. Ya no solo por lo repugnante que sonaba aquello… sino por lo que realmente significaba…
-Pero…- Empezó a hablar y la verdad es que no sabía qué decir…
Como si adivinara sus pensamientos (visiblemente aún en proceso de aclararse), el doctor Thomas contestó a la chica…
-Conozco un lugar- dijo, solemne, dirigiendo una mirada decidida (seguida por la de Tara) hacia el falso volcán…
Nuevamente se encontraban en camino; pero esta vez, por uno despejado y con indicios de haber sido abierto por alguien con anterioridad… El doctor Thomas llevaba una mochila a la espalda, a medio llenar, de la que colgaban dos cantimploras y la extraña pistola que Tara viera antes; iba caminando prestando atención a un mapa viejo y arrugado que tenía desplegado delante… La joven lo seguía casi a su lado…
-Si no me equivoco ahora teníamos que tomar el camino de la derecha… tardé mucho en elaborar este mapa tan útil…- Apuntó el doctor.
Aquel tipo era una constante caja de sorpresas, pensó Tara…
A medida que avanzaban, notaban en momentos puntuales ligeros temblores bajo sus pies…
-¿Qué es eso?- preguntó la chica tras la tercera o cuarta vibración…
Pero el doctor parecía resistirse a contestar.
-Será mejor que nos demos prisa- dijo, con un deje de preocupación en su rostro que Tara advirtió enseguida…
La joven desistió y se limitó a seguir a paso ligero al tipo, que había acelerado el ritmo tras aclararse con aquel papel garabateado y sucio al que él llamaba mapa…
No tardaron mucho en llegar hasta una pared rocosa que marcaba el final del camino. Tara alzó la vista y supo de inmediato dónde se encontraban: en la falda del volcán, en el mismo centro de aquella isla…
-Bien. Hemos llegado- anunció el doctor.- Debería estar por aquí…- Decía para si mientras buscaba algo en el muro pedregoso…
Comenzaron a rodear un buen trecho de lo que constituía la falda de la montaña horadada. Hasta que llegaron a dónde quería el doctor…
-Eso es…- Comenzó a decir Tara…
Sus ojos comenzaban a iluminarse.
-¡Una cueva!- La interrumpió el doctor Thomas, con voz casi temblorosa por la emoción.- El último vestigio de la desaparecida tribu de los Yanopapamilucharis…- Y la emoción lo embargó del todo al decir esto último…
Tara parpadeó un par de veces.
-Yano… ¿qué?- Preguntó, anonadada…
El doctor le disculpó a su joven colega aquella evidente muestra de ignorancia…
-Los Yanopapamilucharis vivían en esta isla desde los tiempos en que el hombre aún no era como lo conocemos hoy en día; aislados, con su propia evolución… finalmente se extinguieron. Eso debió suceder hace unos quinientos años. Yo venía a descubrir si la leyenda era cierta pero…- Aquel hombre volvía a venirse abajo…
Mientras hablaban, iban adentrándose en la cueva, bastante iluminada aún por la potente luz del sol…
Entretanto el doctor cogía del suelo una gruesa rama cortada de un montón y la envolvía en una tela que había sacado de su mochila, Tara contemplaba el interior de aquella estancia natural… en las paredes parecían haber pinturas…
-Este montón de ramas lo hice yo mismo en una ocasión anterior… aunque tuve que salir por patas…- Recordaba casi como si se tratara de una anécdota graciosa…
Con un mechero que apenas funcionaba, el tipo consiguió encender la improvisada antorcha al décimo intento…
Y entonces aquellas pinturas se revelaron con toda su intensidad ante los ojos de Tara: representaban a los habitantes indígenas de aquel lugar realizando tareas cotidianas, tales como pescar, hacer fuego, cazar, jugar a una especie de versión primitiva del fútbol… En una aparecían varios de ellos venerando una extraña piedra de color turquesa… Pero hubo algo que le llamó poderosamente la atención a la curiosa hija de dos científicos (y que ahora se encontraba con otro): una de las pinturas, más alejada de las demás, como si fuera la primera, era una representación de uno de aquellos insectos monstruosos de antes… rodeado por cuatro figuras de pequeño tamaño, cabezones (sin pelo) y de cuerpo delgado, con enormes ojos negros… de color enteramente gris… Tara comenzaba a hacerse muchas preguntas ante aquello…
-Oye. Por aquí…- Le llamó la atención el doctor.
Tara casi lo agradeció… Estaba comenzando a asustarse de verdad…
Esta fue hacia donde se encontraba el doctor Thomas, al fondo de la cueva, y lo vio de pie ante la entrada a una galería en la que solo había oscuridad…
-No te separes de mí- la advirtió…
Tara no pensaba contradecirle…
Tras recorrer un túnel largo y sinuoso (afortunadamente sin bifurcaciones), llegaron a una inmensa sala de la que pendían innumerables estalactitas y en la que también había muchas estalagmitas, algunas enormes… Ahora Tara era consciente de que se encontraban en el interior del volcán (aunque en uno de verdad no habría humedad suficiente para que se dieran tales formaciones, observó)…
-¿Te imaginas que ahora se apagase la antorcha? Je, je, je…- Soltó el buen hombre…
Pero a Tara no le hacía ninguna gracia… Iba a replicar cuando se dio cuenta que el doctor se había quedado petrificado, con la mirada fija. Tara desvió su atención hacia donde estaba mirando aquel…
Aquello debía ser. Sobre un rudimentario soporte hecho con cuatro palos, cuerdas y una “bandeja” de madera, se hallaba perfectamente incrustada una piedra informe de color turquesa… muy brillante…
-Ahí está…- Decía el doctor, temblándole la mano que sostenía la antorcha otra vez por la emoción…
Tara se fijó en que estaba a punto de echarse a llorar… Entonces no pudo evitar preguntar…
-No lo acabo de entender, doctor. Si sabía que esto estaba aquí… ¿Por qué no había venido antes?
El tipo pareció recomponerse de forma súbita.
-Primero: no tenía la certeza de que realmente estuviera; era una mera suposición. Y segundo: no era posible llegar hasta aquí. En estos momentos se habían conjuntado una serie de condiciones excepcionales que nos han permitido encontrar el combustible que nos permitirá volver a casa…- Terminó, convenciendo a la chica con estas últimas palabras…
Tara se apartó al ver que el doctor se dirigía derecho hacia aquella piedra que casi parecía una joya, transparente; parecía mentira que en realidad se tratase de un excremento…
Cuando el doctor Thomas se halló ante dicha piedra, se percató de que no podría manipularla cómodamente con una mano ocupada por la antorcha… Tara, al ver que el doctor miraba casi frenético a un lado y a otro, buscando algún lugar donde dejarla, se acercó apresuradamente y se ofreció a sostenerla…
-Gracias, jovencita- le dedicó una afable sonrisa.
Ahora sí. Tara ayudaba a iluminar aquella escena que le estaba acelerando el pulso… El doctor sudaba mientras, con sumo cuidado, buscaba la manera de agarrar con las manos aquel trozo de piedra tan vital para ellos…
Finalmente la cogió entre sus dedos y la levantó del soporte. Tara elevó la antorcha para iluminar lo que habían venido a buscar… El doctor sonreía triunfal…
Entonces, aquellos temblores que habían ido sucediéndose en las últimas horas se magnificaron súbitamente…
-¡¿Qué pasa?!- Preguntó Tara, alarmada…
El doctor no perdía tiempo y ya casi había terminado de cerrar la mochila tras guardar la piedra dentro…
-¡Tenemos que regresar al campamento enseguida!- Fue su respuesta mientras alargaba la mano hacia la joven para que le devolviera la antorcha…
Nada más hacerlo, comenzó a seguir al doctor que arrancó a caminar a toda velocidad hacia la salida de la sala…
Cuando salieron de la galería los temblores habían aumentado considerablemente; tanto que casi estuvieron a punto de caerse con la nueva sacudida…
-¡¿Te acuerdas del camino…?!- Le preguntó de sopetón el doctor a la chica, que pensaba todo lo rápido que podía…
Mientras esperaba con urgencia la respuesta, había lanzado al suelo la antorcha y la estaba extinguiendo a pisotones…
-¡Creo que sí!- Intentaba hacerse oír entre los rugidos de la tierra…
Entonces Tara se acordó del mapa. Pero cuando iba a preguntarle por el mismo, el doctor se le adelantó…
-¡Lo he perdido por el camino! ¡Me fío de ti!- Le aseguró.
No esperó a escuchar las protestas de Tara. Salió pitando por donde habían venido, vigilando que la chica dejase de perder el tiempo ahí parada como un pasmarote y lo siguiera ¡ya!...
Tras unos minutos ya corriendo, Tara recordó…
-¡Por aquí!- Dijo señalando un camino en la selva, muy similar a los otros que habían pasado de largo, ante la mirada dubitativa del doctor…
Este, nervioso, se llevó una mano a la barbilla y dudó una vez más… Un nuevo temblor, todavía más fuerte…
-¡De acuerdo! ¡Vamos!- Decidió finalmente…
Corrían todo lo deprisa que les permitían sus cansadas piernas… Al cabo de un rato comenzó a escucharse un nuevo sonido… que Tara ya había oído antes y que iba en aumento…
-¡Doctor!- Intentó avisarle…
Pero este ya se había dado cuenta… Sin dejar de correr, y con gran habilidad fruto de la práctica, se había hecho con su pistola y la tenía preparada…
Entonces, del lado izquierdo del camino, saliendo al encuentro de ambos, apareció uno de aquellos temibles insectos…
-¡Alerta!- Exclamó el doctor al tiempo que apuntaba al monstruo…
Tara se detuvo frenando en seco. El doctor disparó y el impacto alcanzó de lleno en el tórax de aquella criatura… El insecto cayó al suelo, inerte… Aquel volvió a dirigirse a Tara.
-¡Venga! ¡Vendrán muchos más!
¡¿Muchos más?! Los dos reemprendieron la carrera hacia el campamento…
Llevaban cerca de un minuto a toda velocidad cuando, inesperadamente, surgió uno más de esos monstruos, esta vez del costado derecho, sobresaltando al doctor, que cayó soltando involuntariamente la pistola, la cual se alejó de él…
-¡Doctor Thomas!- Gritó Tara, muy asustada por su colega…
El doctor se revolvió en el suelo y encaró a aquel insecto que se abalanzaba sobre él… El hombre, muy valiente, trataba de alejar sus fauces desesperada y torpemente con los pies… pero no aguantaría mucho más…
En ese instante, un proyectil alcanzó la cara de aquel ser (borrándole la mitad) y provocando que cayese hacia atrás sin vida… El doctor, jadeante, muy sorprendido, se giró para ver el origen de dicho proyectil…
Tara se encontraba de pie, respirando agitadamente, mientras sostenía la pistola (que le pesaba) con ambas manos… El doctor consiguió levantarse.
-Gracias. Creo que, a partir de ahora, será mejor que la lleves tú…- Le confió, con una sonrisa en su rostro preocupado…
Tara también intentó esbozar una… pero se acercaban… El doctor se ajustó la mochila de nuevo…
-¡Vámonos! ¡Queda menos!
Atropelladamente, el doctor Thomas y Tara llegaron al fin al campamento, pasando por encima como pudieron por la puerta camuflada desde la que habían partido con anterioridad…
-¡Venga! ¡Venga!- Urgía el doctor mientras metía la mano en el hueco del árbol y tiraba de la cuerda que soltaba la escalera que se desplegó al acto…
Cuando comenzaban a subir los dos por la misma, notaron que, de todas partes, se introducían figuras negras en los límites internos del campamento…
-¡Ya los tenemos aquí! ¡Sube!- Avisó el doctor a Tara… a pesar de que no hacía ninguna falta…
Consiguieron llegar arriba. Tenían poco tiempo… El doctor cerró deprisa la trampilla por la que habían accedido…
-La estructura del suelo de esta construcción los contendrá por un tiempo… espero…- Dijo el doctor Thomas.
Aquello último no tranquilizó especialmente a la joven, que no sabía qué hacer… No tardaría en averiguarlo.
-¡Rápido! ¡Coge todo lo que pienses que nos pueda ser útil para el viaje! ¡Cuando estés, avísame!- Parecía que, con la gravedad de la situación, el doctor se encontrara más lúcido que nunca…
La chica hizo caso y, mientras el doctor se encaramaba con la piedra en la mochila hacia donde estaba situado el globo, miró con atención a su alrededor… comida, mantas, algunos utensilios imprescindibles… Entonces se detuvo en seco al mirar hacia lo que había más allá…
Ahora entendía lo que le decía el doctor sobre lo de que aquella montaña no era un volcán: del “cráter” del mismo, no cesaban de salir (como hormigas) decenas de aquellos insectos, que podían distinguirse aún en la distancia…
Arriba, el doctor trataba de prender con su mechero la piedra (ya colocada en su lugar) que les había de servir como combustible… lo intentaba una y otra vez…
Pero el mechero ya no funcionaba.
-Oh, no…- El doctor Thomas se quedó desolado…
Tara reaccionó cuando comenzó a ver aparecer patas negras de los bordes de la plataforma… aquellos seres trataban de subir a la misma… La joven dejó las cosas que había empaquetado a toda prisa en el suelo y sujetó el arma, apuntando… Disparó a uno cuando asomó la cabeza; tanto vivo como muerto había caído abajo… Otro (que casi había logrado subir del todo) corrió la misma suerte cuando Tara le alcanzó en las patas…
Desde arriba, sin esperanza, al doctor le llegaron los ruidos de los disparos… ¡Pues claro!
-¡¿Cómo no se me había ocurrido antes?!- Exclamó, renacido…
Tara, atenta, comenzó a escuchar que la llamaban…
-¡Eyy! ¡Deja de disparar! ¡Sube ya!- Le decía el doctor Thomas, desgañitándose…
Pues ya podía darse prisa, pensó la chica al ver que ya no era posible contener a aquellos insectos que estaban ocupándolo todo…
Como pudo, subió con los bártulos (y la pistola) con la máxima rapidez de la que era capaz… Estaba a punto de caer hacia atrás cuando una mano le alcanzó la muñeca…
-¿Por qué tardas tanto?- Se quejaba el buen doctor mientras la ayudaba a subir a ella y las cosas…
Tara no podía creer lo que estaba oyendo; pero decidió morderse la lengua… Esperaba tener tiempo para discutir luego…
Vio como el doctor tomaba la pistola y apuntaba a la piedra…
-¡Un momento! ¡¿Cómo sabe que no…?!
Pero el doctor disparó a pesar de las protestas (con razón) de la joven.
Pasaron unos segundos y ambos tenían los ojos cerrados… Y entonces los abrieron. Iluminándoseles las caras, comprobaron que la piedra ardía. ¡Había funcionado!
-¡Ayúdame!- Le pidió el doctor a Tara comenzando a subir el equipaje… de nuevo oían cerca a los insectos…
Una vez los dos estuvieron subidos al globo, este ya solo se mantenía en su posición sujeto por cuatro cuerdas que el doctor comenzó a cortar… Tara se hizo con otro cuchillo y comenzó a ayudarle… ya asomaban las antenas negras…
-¡Ya está!- Exclamó victorioso el doctor al cortar la última de las cuerdas y provocar que el globo se elevase ya sin freno…
Justo en ese instante, subían del todo aquellos monstruos. Mientras el globo se alejaba, Tara y el doctor Thomas contemplaron como la estructura construida sobre los cuatro árboles se venía abajo por el peso de los numerosos insectos que habían llegado a subirse a la misma… pero ahora los veían cada vez más lejos, desde la creciente altura…
Al cabo de unos minutos, Tara decidió que no quería mirar más hacia aquella isla… y al girarse se encontró con una especie de ave gigante, semejante a un águila, que se dirigía hacia ellos…
-¡Doctooor!
Este se giró.
-¡Tranquila!
El ave, creando un fuerte viento que les obligó a sujetarse bien a lo que encontraron, pasó de largo, ignorándolos… Tara lo siguió rápidamente con la mirada… llevaba dirección a la isla…
-¿Qué es eso?- Quiso saber, con tono casi irritado…
El doctor sonrió, como complacido…
-Es un Rocho- contestó, con tono tranquilo.
Tara se quedó pensando.
-¿Un Rocho? ¿Pero eso no es un ser mitológico?
El doctor señaló con la cabeza hacia abajo.
-Pues ya ves que no- dijo, con toda naturalidad…
Allí abajo, el inmenso ser alado se posó en la obertura del “hormiguero” y comenzó a picotear dentro y en los bordes… se estaba alimentando de aquellos insectos…
Fuera como fuese, Tara se alegraba de abandonar aquella isla de seres monstruosos… Entonces el doctor se decidió a hablar…
-Oye, Tara- le dijo, poniéndose algo serio.
Tara se fijó en que era la primera vez que aquel hombre la llamaba por su nombre…
-¿Sí…?- Preguntó con timidez…
El doctor parecía elegir las palabras.
-Oye… Cuando volvamos… ¿quieres quedarte a vivir conmigo… y con mi mujer?- Dijo, de corazón.
A Tara, que en un principio no se lo esperaba, comenzaron a brotarle lágrimas de los ojos.
-Gracias… Buaaa…- No pudo evitar echarse a llorar…
El doctor, que no acababa de entender, se horrorizó…
-¡Tara! ¡¿Qué te pasa?! ¿Estás bien…?
Pero Tara sonreía.
El globo se alejaba hacia el horizonte, por donde comenzaba a ocultarse el sol, bajo el cielo anaranjado del ocaso…
Fin
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