jueves, 26 de enero de 2012

6 Warriors - Capítulo 1

China, año 967 de la Dinastía del Reino Único.
Durante casi cien años se ha vivido un período general de aparente paz en toda China. Aún así, cada vez son más insistentes los rumores de aquí y allá sobre grupos organizados que causan estragos entre la población. Y además…se dice que siguen órdenes del emperador, al que casi nadie ha visto nunca…
El miedo y la desesperanza cada vez se hacen más patentes. Nadie se atreve a enfrentarse a aquellos que deciden sobre sus vidas…
Pero existen aún algunos valientes que no se resignan a vivir bajo la tiranía del terror que cada vez es más evidente y están dispuestos a enfrentarse a lo que haga falta…
Todavía hay  esperanza…


6 WARRIORS

El viajero misterioso.


El sol de la mañana brillaba en un cielo azul sin apenas nubes; solo algunas pequeñas esparcidas en la lejanía. Un arroyo discurría paralelo al camino principal y el sonido del agua correr parecía hacerse más intenso a medida que el sol proporcionaba más luz y calor mientras avanzaba aquel día del recién llegado verano. La luminosidad reinante se reflejaba en el arroyo, en las hojas verde intenso de los árboles a ambos lados del camino, y en la ciudad que, ahora sí, ya divisaba una figura humana que iba caminando con paso normal pero firme…
El individuo en cuestión iba ataviado con un sombrero de paja ajustado a la barbilla, ocultándole todos los rasgos a excepción de la boca y parte del cabello castaño oscuro. Se trataba de un joven de estatura y constitución media. Iba cubierto por una capa de color verde apagado, a pesar del calor en aumento, y llevaba una bolsa cargada al hombro que sujetaba con una mano agarrada a un cordón y que parecía contener no demasiadas cosas…
Se oían multitud de sonidos por el camino: el trino de los pájaros, su revoloteo, insectos cantando, animales por el linde del bosque circundante…
El viajero continuaba su camino sin girar la cabeza a ninguna parte. Era como si, una vez hubo divisado la ciudad, ya no existiera nada más a su alrededor…
Cuando no faltaba ya mucho para llegar, un carruaje tirado por un buey cansado pasó al lado del viajero a velocidad de paso normal. El hombre mayor que llevaba el carruaje iba fumando en una pipa sencilla y apenas reparó en el joven que seguía avanzando sin detenerse…
Unos metros antes de las puertas de la ciudad, el misterioso viajero se detuvo ante un gran cartel con forma vertical que mostraba el nombre de la urbe rodeado de símbolos imperiales:

CHANGSHIA

El joven no cambió su expresión. Tras unos instantes, miró hacia las puertas que estaban abiertas y se dirigió al umbral.

Entraba y salía gente y dos guardias ataviados con armaduras del imperio vigilaban uno al lado de cada una de las dos enormes puertas que en aquellos momentos permanecían abiertas. Hasta allí llegaba el bullicio del otro lado. El viajero no paró de caminar en ningún momento, pero pasó entre la gente de tal manera que los guardias no se percataron de su presencia…
El viajero misterioso entró en la ciudad de Changshia.
La calle principal estaba abarrotada de gente. Algunos iban cargados con sacos cuyo contenido podía ser arroz, verduras, etc. Otros llevaban animales de carga. Algunos niños corrían y jugaban; parecían ser los únicos que sonreían… Se veían perros, gatos e incluso gallinas. Y también se veían soldados imperiales. Había mucho movimiento y ruido. Todo el mundo parecía tener algo que hacer. Aquí sí que el viajero miraba a su alrededor, intentando quedarse con el mayor número de detalles… El sol se aproximaba poco a poco a su posición más alta, y en aquellos momentos el calor comenzaba a dominar el ambiente; esto era ayudado por la cantidad de gente que iba y venía en todas direcciones.
El viajero seguía caminando mientras se veía obligado a esquivar una y otra vez a viandantes y animales que iban en dirección contraria a la suya. Finalmente, se detuvo y miró a su derecha. Se trataba de una fonda. El joven se llevó una mano a la barriga y le sonaron las tripas… Entró en la fonda sin demorarse.
En el interior no había demasiada luz. La mayoría de las mesas estaban ocupadas por hombres, en su mayoría de avanzada edad, y tomaban licor. El ambiente era bastante opresivo… Un hombre bastante mayor, muy delgado, con el pelo corto y el bigote blancos limpiaba un plato con la mirada perdida. Una joven con el pelo largo negro recogido en una trenza limpiaba una de las mesas. El viajero se fijó en que su ropa y sus sandalias estaban muy gastadas y en que su expresión era la de alguien que acababa de llorar… Nadie hablaba. Tampoco nadie parecía haber reparado en su presencia. El viajero vio una mesa libre no muy lejos de la barra y se sentó, dejando la bolsa en el suelo apoyada en la silla. La joven se acercó.
-Buenos días- dijo haciendo una reverencia con las manos cruzadas pegadas al cuerpo.- ¿En qué podemos servirle, señor?
-Tengo hambre.
La joven se lo quedó mirando unos instantes. El viajero no levantaba la mirada.
-Bien, ¿desea algo en especial?
-Comida.
La joven empezaba a preguntarse si no le estaba tomando el pelo…
-Pero, ¿qué comida?
-Lo que sea… Solo te puedo decir que tengo mucha hambre.
La joven desistió de buscar más concreción y se dirigió a reunirse con el hombre de detrás de la barra. Le explicó lo que le había pedido el viajero.
-Hija, a veces llegan algunos así… Tienen tanta hambre que solo quieren que les des lo que puedan comer. Llévale platos hasta que te diga basta.
La joven lo hizo así. Le hizo el encargo al cocinero y, al cabo de un rato, tras haberle llevado una jarra con agua y un vaso, le llevó un cuenco de sopa y un plato lleno de arroz, carne y verduras. Cuando le faltaban un par de metros para llegar a la mesa, vio como el viajero cabeceó ligeramente, recuperando rápidamente la posición erguida. Era un síntoma de la debilidad por el hambre… Al acercarse más, se fijó en sus sandalias gastadas sobre calcetines blancos con polvo del camino y en que bajo la capa llevaba pantalones anchos negros; también le pareció ver la punta de la funda de un sable… Cuando la hija del dueño de la fonda le hubo dejado el cuenco y el plato en la mesa comprobó que el viajero estaba haciendo un gran esfuerzo por no abalanzarse a por la comida delante de ella… La joven se apartó y llevó nuevamente las manos entrelazadas cerca de su regazo mientras miraba disimuladamente al joven…
-Muchas gracias- dijo el viajero girándose levemente hacia la chica sin mostrar aún el rostro.
La joven hizo una reverencia y sonrió un poco.
El joven devoró la comida en cuestión de minutos. Cuando colocó el cuenco en la mesa haciéndolo sonar su voz sonaba más fuerte y decidida.
-Más.
La joven asintió y fue a la cocina a recoger lo que ya había pedido con anterioridad. Así fue durante tres veces más. Nunca había visto a nadie comer de aquella manera…
Entonces, de repente, la puerta doble se abrió con un ruido sordo, golpeándose ambas puertas contra las paredes y dejando al descubierto la gruesa bota del que había propinado aquella tremenda patada… Un hombre corpulento, orondo, no muy alto, con el pelo negro enmarañado y barba larga y descuidada. Su expresión denotaba suficiencia y prepotencia y tenía una sonrisa burlona que acompañaba a sus ojos pequeños, negros y vivos. Iba caminando regodeándose a cada paso. Vestía con ropa propia del jefe de una banda, con camisa blanca, chaleco marrón, pantalones negros anchos y botas y guantes del color del chaleco. Tras él entraban tres hombres más, ataviados con ropajes similares y modos semejantes. Iban mirando a su alrededor mientras caminaban con una mezcla de curiosidad y desprecio. A medida que avanzaban, los ocupantes de las mesas que iban quedando tras ellos se escabullían y salían de inmediato de la fonda. Todos se fueron… a excepción del viajero, que seguía comiendo como si no hubiera pasado nada…
-¡Tú!- Dijo el jefe señalando al dueño de la fonda.- ¡Ponnos más licor de aquel que nos diste ayer! ¡Hay que reconocer que no era una basura como los anteriores!
El hombre estaba ante él, mirándolo con expresión seria y serena. La joven se había quedado paralizada cuando se encaminaba a la cocina; estaba no muy lejos del viajero, con las manos juntas a la altura del cuello, como si rezara…
-No nos queda- dijo el hombre con un tono de firmeza que horrorizó a su hija…
-¿Mmm? ¿Cómo que no os queda?- Interrogó enarcando una ceja.
-Os lo tomasteis todo ayer. He mandado a mi hijo esta mañana a buscar más, pero no tendremos hasta mañana.
El jefe sonrió mientras cerraba los ojos y negaba con la cabeza bajándola levemente.
Súbitamente agarró con su enorme brazo la solapa del hombre por encima de la barra.
-¡No!- Gritó la joven de desesperación.
-¡Escúchame, idiota! ¡Si el estúpido de tu hijo hubiese salido ayer mismo ya tendrías aquí el licor!
-¡Sabes que eso no es así!
-Si no sabes llevar esta fonda habrá que buscar un sustituto- dijo mientras comenzaba a sacar un hacha mediana que llevaba en una funda a un lado de la cintura…- En cuanto a tu hija… No te preocupes, nosotros te la cuidaremos…
-¡Maldito!- Exclamó el hombre mientras el jefe elevaba el hacha ante el terror de su hija que lloraba desconsoladamente…
-¡Eh, tú!- Alguien le llamó la atención…
El jefe se giró y vio al viajero, ahora en pie, dirigido hacia él.
-¿Te refieres a mí?- Preguntó el jefe enfadándose por instantes…
-Sí, tú, el de la cara de estúpido.
El jefe abrió mucho los ojos preso de la furia. Soltó al dueño de la fonda y este se apoyó en la pared, dirigiéndose al joven misterioso.
-¡Joven, huye! ¡Es muy peligroso!
El corpulento jefe caminaba decidido a destrozar a aquel insolente. La hija del dueño no apartaba la mirada pese a que pensaba que aquel joven estaba perdido…
El jefe se detuvo ante el joven.
-Je, je, je… Qué fácil. ¿Cómo podías pensar que…?- El enorme jefe no pudo terminar de hablar.
El joven misterioso se elevó levemente del suelo y le propinó una patada tremenda con la planta del pie en el mentón; aquel hombre orondo salió despedido volando por la estancia hasta caer sobre la mesa que tenía detrás, destrozándola en la caída.
Todos se quedaron con los ojos muy abiertos y la boca abierta, sorprendidos e impactados… Los otros tres hombres se lanzaron de inmediato al ataque en cuanto reaccionaron.
El primero, alto, blandió un cuchillo, esquivándolo el joven haciéndose a un lado y quedando girado hacia su rival; le dio una patada circular que lo estrelló contra la barra, dejándolo inconsciente. Inmediatamente vino otro, de complexión similar a la del joven, con un cuchillo más largo; el joven se apartó, esta vez hacia el otro lado al tiempo que le atrapaba el brazo del arma y se lo luxaba en la espalda; acto seguido le golpeó con el canto de la mano en la nuca, dejándolo sin sentido. El tercero era más bajo y estaba bastante gordo; se abalanzó armado con una daga larga y curva; el joven lo desarmó con un manotazo y le agarró con ambas manos por la solapa, cargándoselo al hombro y lanzándolo contra la pared situada en dirección contraria; el tipo “voló” y se estampó con estruendo, pese a la distancia que debía recorrer… Dejó de moverse.
Entonces el joven vio que la chica temblaba con ojos de miedo al mirar hacia donde había enviado al jefe unos instantes antes. Aquel orondo y corpulento ser se aproximaba con la mirada perdida y los dientes apretados. Estaba loco de furia… ido. Esta vez sujetó el hacha con ambas manos y la blandió como si fuera una maza, descendentemente, con la intención de partir en dos a aquel que se había atrevido a desafiarlo…
-¡Uaaaaaargh!- Rugió.
El joven saltó hacia atrás lo suficiente para que el hacha se clavara en el suelo, haciendo saltar astillas, en la posición que antes ocupaba… El jefe levantó la vista y se encontró con que tenía ante él al joven. Este levantó la cabeza y lo miró con sus ojos color verde intenso… El jefe tuvo el impulso de retroceder… Y abrió muchísimo los ojos, sintiendo terror, cuando el joven intensificó de repente su mirada. Con una velocidad que no había visto antes, el joven le dio una patada lateral tremenda en la cara que lo mandó a la pared contraria, estrellándose de espaldas y haciendo saltar trozos de madera. Tenía los ojos en blanco. Había sido derrotado.
La estancia quedó en silencio. El joven seguía de pie en el mismo sitio. El hombre y su hija no se podían creer lo que habían presenciado…
Al cabo de unos segundos el joven se dirigió a la mesa que había estado ocupando y recogió su bolsa.
-¡Espera!- Le dijo la chica dirigiéndose a su encuentro.
El joven la miró mostrándose por primera vez a la joven. Esta se detuvo sin saber durante unos instantes qué decir…
-Gracias… ¿Cómo te llamas? Eres muy joven…
El joven sonrió con media sonrisa.
-Me llamo Gavin, y tengo diecisiete años.
-Este al que has derrotado es solo un mando menor. Cuando el resto se entere irán a por ti…- Le dijo el dueño.
Gavin se aproximó a él y le entregó dos monedas.
-Lo sé. Es la idea.
El hombre lo miró con expresión de extrañeza.
-Gracias por todo y disculpe las molestias- dijo Gavin, tras lo cual se giró a la joven y asintió con una sonrisa de gratitud.
Esta se la devolvió con timidez.
-Gracias a ti, muchacho…- Comenzó a decir el dueño mientras Gavin se dirigía hacia la puerta.
Entonces, el dueño se fijó mejor en las dos monedas que Gavin le había dado.
-¡Un momento! ¡Con esto no hay ni para la décima parte de lo que te has comido!- Dijo mientras levantaba la vista.
Gavin ya no estaba. El dueño de la fonda salió corriendo a la calle y se puso a mirar frenéticamente a derecha e izquierda. Pero Gavin estaba oculto tras una pared más adelante como si mirara de reojo hacia donde se encontraba la fonda...
-Lo siento. Saldaré la deuda en cuanto pueda. Ahora tengo cosas que hacer…- Dijo en voz alta ajustándose el sombrero ocultando el rostro y comenzando a caminar.

En las afueras de la ciudad, al lado del arroyo que ya era río, una niña pequeña con el pelo recogido en dos coletas estaba jugando con una muñeca de trapo. La niña reía alegremente… hasta que se le cayó la muñeca al agua. La corriente se la llevaba; la niña quería ir tras ella, pero su hermana, una chica de unos quince años con el pelo largo castaño recogido en una cola, que había visto la escena, la detuvo.
-Espera, yo iré a por ella.
La niña se quedó mirando como su hermana iba corriendo tras la muñeca… pero la corriente era demasiado rápida.
Entonces, una mano se introdujo en el agua para recoger la muñeca. La chica se detuvo, jadeando y sudando por el esfuerzo. Se fijó en quién tenía delante. Era un joven, de diecisiete años, con capa blanca de viaje que le cubría casi por completo y sombrero de paja sujeto a la barbilla. Llevaba pantalones anchos de color negro y zapatillas grises oscuro. Tenía el pelo largo, liso y de color azul oscuro, al igual que los ojos. Tenía una expresión seria. Tendió la muñeca a la chica.
-Muchas gracias… ¿Es usted un viajero?
El joven asintió lentamente sin cambiar la expresión ni decir nada.
-¿Puedo ayudarle en algo? En agradecimiento…
El joven dudó unos instantes antes de contestar.
-No creo… Busco a alguien.
-¿Un amigo?
El joven se dio la vuelta y giró lo suficiente la cara como para que le pudiese leer los labios y ver un destello cruzando su mirada.
-Le busco para matarle.

sábado, 21 de enero de 2012

Antes de la batalla

Antes de la batalla



El viento frío contra la cara.
El frío acero preparado.
El corazón latiendo desenfrenado.
La armadura se vuelve ligera.
El corcel está esperando.
Solo existe la batalla.
Vivir o morir… Ya no importa.
Todo está decidido.
El sonido del fragor del combate.
Es la llamada del destino.
La mirada decidida.
La hora ha llegado.

domingo, 15 de enero de 2012

La casa corredora

La casa corredora



El viejo señor Gumo venía caminando por el sendero que llevaba a su casa. Las hojas cubrían en gran medida el camino, removidas por el creciente viento otoñal. El cielo se había ido oscureciendo a lo largo del día, ya que aquella mañana había sido bastante soleada, aunque con algunas nubes que parecía avisar sobre el cambio en el tiempo. Llevaba una cesta llena de setas de todo tipo; al señor Gumo siempre le había gustado internarse en el bosque de los alrededores para recoger setas, frutas silvestres, nueces… y cualquier cosa que fuese comestible. Llevaba un paso lento pero continuo; la edad no le permitía ir a más velocidad a pesar de algunas pequeñas gotas que le habían caído en la cara…
Cuando llevaba un rato caminando, se paró en seco al ver algo en el camino. Era un objeto que estaba en medio del sendero, como si alguien lo hubiese colocado ahí… El señor Gumo se aproximó para verlo mejor y vio que se trataba de un antiguo jarrón de barro. Dejó la cesta en el suelo para sostenerlo con ambas manos y examinarlo. Se llevó una sorpresa al observar un dibujo en la otra cara: se trataba de un ser parecido a un insecto, pero consistente en una especie de esfera de la que emergían  tres patas muy largas a cada lado.
-“¡Este jarrón le encantará a Sarabeth!”- pensó el señor Gumo entusiasmado. Se moría de ganas de llegar a su acogedora casa para enseñarle a su querida mujer el regalo que le llevaba.
El señor Gumo recogió de nuevo la cesta mientras llevaba rodeando con el otro brazo el jarrón que acababa de encontrar. Reemprendió el camino de regreso más deprisa que antes, animado también por el aumento de las gotas de lluvia que caían. Cuando llevaba unos pasos, a su izquierda vio, entre los árboles, algo que le extrañó: un puesto de venta destrozado… como los que había en el pueblo, unos kilómetros en dirección contraria a la que el señor Gumo estaba tomando. Y, al igual que el jarrón, no recordaba haberlo visto por la mañana cuando pasó por aquel mismo punto. El señor Gumo se encogió de hombros y siguió caminando sin darle más importancia al asunto…

-¿¡Qué es este horror que traes!? ¿¡Es que no puedes parar de traer todo aquel objeto espantoso que se te pone por delante!?- Sonó una voz de mujer desde el interior de una casita de piedra con tejado de madera y una chimenea por la que salía humo.
En el interior se encontraba Sarabeth, la mujer del señor Gumo, echándole la bronca por enésima vez a su marido…
-Tranquila, mujer… Míralo bien. ¡Si hasta está decorado!- Decía el señor Gumo, ligeramente cabizbajo, intentando tranquilizarla…
-¡Sí, por un bicho! ¡Cuando vayas al pueblo se lo encasquetas al primero que se te cruce delante!
El señor Gumo, visiblemente decepcionado, llevó el jarrón a una mesa situada cerca del centro de la estancia. Pero el olor de las verduras que había cocinado Sarabeth le hizo olvidarse rápidamente del jarrón… Solo pensaba en el hambre que tenía.
Como de costumbre, cenaron y, mientras Sarabeth recogía, el señor Gumo leyó el capítulo que le tocaba del segundo volumen de “Historia antigua del reino de Cadia”, en el que se explicaba como nombraron al quinto rey de la dinastía de los Aberos tras morir el anterior atragantado por el hueso de una aceituna… hasta que el nuevo rey se tiró a un foso real para bañarse pensando que había agua…
-“Que interesante. La verdad es que estos tipos tenían una vida fascinante…”- pensó el señor Gumo asintiendo decididamente tras sus gafas de enorme montura.
Cuando Sarabeth terminó de fregar los platos, vasos y cubiertos se sentó a remendar unos viejos pantalones del señor Gumo.
-Ya te podrías comprar otros…
-No empieces Sarabeth… Sabes que son mis favoritos.
-¡Llevan cuarenta años siendo tus favoritos!
-Déjame que siga con esto; ahora explican como el sexto rey de la Gran Dinastía de los Aberos murió apaleado por un grupo de ancianitas que lo confundieron con un bufón asesino…
La mujer del señor Gumo no dijo nada. Sabía de la admiración que sentía su marido por aquella dinastía de inútiles que lo único destacable que hacían era morir de manera a cada cual más ridícula…
Al cabo de un largo rato el señor Gumo se quedó dormido, como de costumbre, con el libro abierto en su regazo. Sarabeth se lo recogió y le quitó las gafas con cuidado al tiempo que el señor Gumo se despertaba lo suficiente para levantarse con dificultad rumbo a la cama. Al pasar al lado de la mesa donde estaba el jarrón ni lo miró. Al pasar Sarabeth, tras apagar las velas de la estancia, llevando un candil con paso ligero para evitar que su marido, como era habitual, se chocase con todo aquello con lo que pudiera chocarse, miró de soslayo el jarrón, frunciendo el ceño y negando con la cabeza. La estancia se quedó a oscuras. Y el jarrón pareció temblar…

A la mañana siguiente, como cada día, el señor Gumo y Sarabeth se levantaron temprano. Mientras Sarabeth preparaba el desayuno, el señor Gumo llevaba a cabo los preparativos para salir a por más setas… y a deshacerse del jarrón. Era una mañana tranquila y luminosa, tal y como pudo comprobar el señor Gumo al asomarse por la ventana. Se escuchaba el trino de los pájaros que anidaban en los cercanos árboles de los alrededores de la casita; el señor Gumo cerró la ventana al sentir una brisa fría en la cara. Sarabeth ya había terminado de preparar la mesa. El señor Gumo se moría de ganas de saborear las tostadas con mermelada que la propia Sarabeth elaboraba a partir de frambuesas recogidas por ella. Un apetitoso queso acompañaba al pan redondo y los tomates dispuestos en el mantel. El señor Gumo tenía la sensación de que aquel día sería muy apacible…
Pero… cuando se sentaron en sus respectivas sillas… comenzaron a escuchar un sonido extraño y continuo, similar al producido al pisar ramas… Ambos se quedaron en silencio, escuchando extrañados. Entonces el señor Gumo vio como su mujer abría los ojos de par en par, horrorizada.
-¿¡Qué es eso!?- Dijo señalando detrás del señor Gumo mientras se levantaba con dificultad.
El señor Gumo se giró y se levantó de golpe haciendo caer la silla al descubrir lo que provocaba el sonido: del jarrón situado en la pequeña mesa surgían una especie de raíces de color similar que iban extendiéndose por toda la casa. Se iban enredando en las paredes, el suelo, el techo, los muebles… y formaban redes aquí y allá. Las raíces salieron por las ventanas y escuchaban como parecían rodear la casa por todos lados. Y eso era exactamente lo que estaba ocurriendo en el exterior. Los pájaros hacía rato que habían dejado de trinar y habían salido volando de allí. El sonido era cada vez más intenso. De cada lado de la casa surgieron tres “patas” semejantes a las de un insecto, largas y del mismo color que las “raíces”. Entonces el sonido cesó. En el interior de la casa el señor Gumo y Sarabeth estaban mirando asustados en todas direcciones, viendo como aquellas extrañas raíces se habían adherido por todo… El señor Gumo observó que las ventanas estaban selladas por los bordes, y probablemente también sería el caso de la puerta principal… Estaban atrapados.
-¿Pero bueno… Qué es…?- El señor Gumo no pudo terminar de hablar.
La casa se sacudió de golpe y el señor Gumo y Sarabeth tuvieron que agarrarse a las raíces como pudieron para no caer… La casa se había puesto en pie sobre las seis patas.
Y entonces comenzó a correr.
Desde el interior, el matrimonio se sujetaba con dificultad a las raíces que habían formado redes y enredaderas aquí y allá, mientras veían pasar velozmente el paisaje por las ventanas…
-¡Nos estamos moviendo!- Exclamó el señor Gumo.
-¿¡Qué dices!?- Gritó Sarabeth asustada.
Veían pasar los árboles a toda velocidad, y en algunos momentos podían divisar las montañas. Por lo visto, la casa seguía el camino que iba hacia la ciudad de Maralia… Hasta que comprobaron como se desviaba y se internaba en el bosque.
Para no chocarse con los árboles más gruesos la casa efectuaba unos saltos con los que recorría grandes distancias. El señor Gumo cada vez estaba más emocionado que asustado… No así su esposa.
-¿¡A dónde vamos!?- Preguntó Sarabeth, ahora además muy enfadada…
-¡Ni idea! ¡Uooouu!- Sentían como el estómago se les subía y bajaba en función de los saltos de la casa.
-¡Menos mal que todavía no habíamos desayunado, je, je, je!- Dijo ciertamente divertido el señor Gumo.
-¡Te he dicho mil veces que no recojas cosas raras de por ahí! ¡Mira lo que pasa!- Ahora Sarabeth estaba más furiosa que asustada…
Súbitamente la casa se detuvo. Estaba ante un gran árbol milenario cuyo tronco ascendía hasta casi perderse de vista en el cielo. Durante unos instantes, el señor Gumo y Sarabeth quisieron creer que la casa dejaría de moverse… Pero, como se imaginaban, estaban equivocados.
La casa se inclinó hacia arriba y, colocando una a una las patas, ascendió verticalmente a más velocidad, si cabía, que hasta aquel momento. El señor Gumo y Sarabeth permanecían tumbados en sendas redes de raíces aguantando la presión debida al ascenso con las extremidades totalmente estiradas.
La casa ascendió y ascendió hasta llegar a la copa. Cuando llegó a la cima, se detuvo y, colocando las patas estratégicamente para mantener el equilibrio comenzó a “otear” en la lejanía a un lado y a otro.
El señor Gumo se acercó a la ventana y vio las patas.
-¡Se acabó! ¡Tengo que ir a recoger setas!- Dijo muy indignado y se acercó a una esquina de la estancia en el que había un bulto algo más alto que él cubierto por una tela.
Descubrió lo que quedaba oculto y apareció ante él una armadura vieja y algo oxidada, claramente de alguien más alto y corpulento que él…
-¿Qué haces ahora?- Le preguntó su mujer con serias reservas…
-Acabar con esto… ¡Hombre ya!- Dijo mientras se iba colocando las piezas de la armadura con mucha dificultad…
Cada parte que se conseguía colocar era un esfuerzo colosal…
-Querida… ¿Podrías ayudarme con aquello?- Señaló los guanteletes y el casco.
Cuando al fin, con ayuda de Sarabeth, hubo terminado de colocarse el casco, el señor Gumo se puso muy serio y se quedó muy quieto.
-¿Y bien?- Preguntó Sarabeth, extrañada.
-No puedo moverme- confesó el señor Gumo sin cambiar la expresión… Sarabeth miró hacia el techo poniendo los ojos casi en blanco y suspiró.

Al cabo de un largo rato, la casa se comenzó a mover de nuevo… Y esta vez hacia abajo. Sarabeth se sujetaba a su marido que por lo menos estaba más seguro pesando más, a la vez que este se encontraba agarrado a una enredadera…
Como era de esperar, la bajada fue más rápida que la subida. Extrañamente, el señor Gumo y Sarabeth parecían estar acostumbrándose a las sensaciones que les producía el veloz viaje a no se sabía dónde…
La casa no se detenía y por lo menos había pasado una hora, según los cálculos del señor Gumo. Sarabeth seguía agarrada a su lado. Entonces vio como un polvillo cayó ante sus ojos. Observó la estancia y le pareció que se iba a venir abajo de un momento a otro… Entonces recordó el puesto de venta destrozado que había visto cerca del jarrón el día anterior. El señor Gumo se horrorizó.
La casa no se detenía ni bajaba de velocidad. En un momento determinado, un libro que ya no quedaba sujeto por las raíces, cayó al suelo abriéndose; el señor Gumo vio desde donde se encontraba el dibujo de un rey resbalando con una piel de plátano al borde de un precipicio. ¡Era el libro que estaba leyendo! Uno de sus queridos y adorados libros…
Entonces dirigió su mirada hacia el jarrón.
-¡Claro! ¡Debería haberme dado cuenta antes!- Exclamó.
Sarabeth lo miró extrañado. Con dificultad se comenzó a despojar de aquella pesada e inservible armadura, ayudado por su mujer. Ya podían mantener bastante el equilibrio. Cuando terminó, el señor Gumo sacó la espada oxidada de su vaina y se dirigió al jarrón. Entonces comenzó a golpearlo. Lo golpeó y lo golpeó pero solo recibía las sacudidas de sus propios golpes… como si el jarrón se los devolviera.
Mientras el señor Gumo continuaba en su empeño, Sarabeth notaba que cada vez había más luz. Extraño, pensó, ya que debía ser ya la tarde… Además, la casa parecía perder velocidad. El señor Gumo era ajeno a todo esto ya que seguía intentando romper el jarrón… sin resultado.
-¡Uaaaaah!- Exclamó el señor Gumo con rabia mientra golpeaba el jarrón por enésima vez con la espada, la cual se partió al tiempo que su portador caía al suelo sentado…
La casa comenzó a crujir ante el horror del señor Gumo y de Sarabeth. Todo estaba perdido…
En ese instante, una flecha plateada atravesó la ventana y alcanzó el jarrón rompiéndolo en mil pedazos. La casa se detuvo progresivamente a la vez que las raíces se comenzaban a marchitar. Al cabo de unos minutos solo quedaba polvo.
El señor Gumo y Sarabeth se mantuvieron en silencio durante largo rato. Entonces tocaron a la puerta. Ambos se miraron sin saber qué hacer. Finalmente, el señor Gumo se incorporó con dificultad y se dirigió con recelo hacia la puerta. La abrió. Ante sus ojos se encontraba una figura alta, un hombre con la piel blanca, como si estuviera iluminada, el pelo muy largo rubio y vestido totalmente de blanco. Tenía los ojos azules almendrados y las orejas puntiagudas. Llevaba un arco largo cuidadosamente ornamentado en la mano.
-¡Un alto elfo! ¡Existís!- Exclamó sorprendido el señor Gumo. Sarabeth se acercó a la puerta.
-Disculpen. Veo que han tenido problemas. Si quieren les puedo ayudar a regresar a su hogar. A ustedes y a su casa- habló el alto elfo con un tono de voz muy amable.
-Perdona joven, ¿y cómo podrás hacer eso?- Preguntó Sarabeth con incredulidad pero con amabilidad.
El alto elfo les indicó con la mano que saliesen al exterior. Cuando lo hicieron, el señor Gumo y Sarabeth se quedaron paralizados.
-Es maravilloso…- Dijo sarabeth con la voz temblorosa.
-Sí que lo es, sí…- Dijo el señor Gumo, también afectado.
Ambos se quedaron mirando con los ojos humedecidos por la emoción lo que tenían delante.
En un lago de aguas blancas y cristalinas, rodeado de nubes que separaban aquel lugar del cielo azul, se encontraba un inmenso dragón plateado, con medio cuerpo fuera del agua, dormitando apaciblemente, reflejando en sus escamas la luz del sol del ya no muy lejano ocaso.

domingo, 8 de enero de 2012

Adia

Adia



Jared se encontraba ante la inmensidad de las tierras baldías. Hacía semanas que no llovía y el terreno estaba agrietado. Los pocos árboles cercanos parecían agonizar. Estaba atardeciendo. El sol se veía enorme y tembloroso en un cielo de multitud de tonos anaranjados.
Hacía dos meses que había llegado como miembro voluntario de un programa de ayuda médica para África. Sus circunstancias le habían empujado a tomar aquella decisión, ya que, de otro modo, jamás se hubiera siquiera planteado llegar hasta aquel lugar…
Hacía poco que había terminado la carrera de medicina y las cosas parecían ir mejor que nunca. Pero entonces se encontró con que no encontraba trabajo en ningún hospital ni clínica. Incluso se había planteado la opción de irse a vivir a otro lugar en el que encontrara algo… Solo que no encontró ningún otro lugar.
Poco a poco comenzó a caer. Hacía tiempo que no reía y siempre estaba enfadado. Incluso se dio cuenta de que últimamente bebía más de lo normal. Pero el golpe definitivo se lo llevó cuando Mary, su novia desde que iba a secundaria, le dejó por otro…
Jared había llegado a plantearse acabar con todo de una forma drástica… hasta que abrió una carta enviada por un antiguo profesor. Le ofrecía la oportunidad de ir a pasar unos meses a un país africano para ayudar. Jared le debía mucho a aquel hombre ya que fue él quién le ayudó a encontrar su camino en el pasado… Así que decidió ir.
Pero de pie en aquella soledad pensó que, en otro tiempo, jamás hubiese aceptado.
A su espalda se encontraba el poblado en el que vivía desde que el coche le dejara allí dos meses atrás. Eran unas pocas casas construidas con materiales de los alrededores, básicamente naturales. Jared no había visto jamás semejante miseria. Por el camino llegaba un hombre mayor, encorvado, llevando una vaca en los huesos y unas cuantas cabras. Era el único hombre adulto que quedaba en el poblado. El resto eran mujeres y niños.
A su lado, a unos metros, se oían las risas de varios niños pequeños. Iban vestidos con ropas viejas y raídas, claramente occidentales. Y con ellos jugaba una niña. Tenía trece años y se llamaba Adia. Vestía con un vestido liso típico de la región de un tono rojizo y llevaba unos pequeños pendientes que se veían oscilar en la distancia. Llevaba el largo pelo castaño recogido en una trenza y los rayos del sol de la tarde se reflejaban en su piel, no tan oscura como la de los demás niños con los que jugaba. En realidad parecía que viniese de otro lugar. Pero lo que de verdad había llamado la atención de Jared desde que llegó era la intensidad de sus ojos verdes claro… Los cuales reflejaban una tristeza perenne que intentaba ocultar con su sonrisa. En ocasiones Jared había visto como su expresión mostraba el dolor que se respiraba en aquel lugar…
La madre de Adia estaba enferma. Jared había hecho todo cuanto había podido pero en unos días probablemente moriría. Más o menos cuando el coche volviese para buscarle. Entonces Adia se quedaría sola. Su padre era un señor de la guerra que hacía tiempo que se había olvidado de aquel poblado para continuar saqueando otros… La madre de Adia fue violada.
Por una parte Jared deseaba volver a casa… Pero había algo que lo retenía en aquel lugar… Algo que no le dejaba marchar… Se quedó mirando fijamente al sol. Y entonces lo comprendió.
Decidió que, cuando se marchara, se llevaría a Adia con él y se convertiría en su tutor legal. Había recibido una nueva carta de su amigo profesor en el que le ofrecía un puesto en su clínica. Era un buen puesto. Y era lo mínimo que podía hacer por aquella niña que, la primera vez que la miró, le devolvió algo que había perdido hacía demasiado tiempo… La esperanza. Que se había ido como el sol comenzaba a desaparecer por el horizonte.