domingo, 15 de enero de 2012

La casa corredora

La casa corredora



El viejo señor Gumo venía caminando por el sendero que llevaba a su casa. Las hojas cubrían en gran medida el camino, removidas por el creciente viento otoñal. El cielo se había ido oscureciendo a lo largo del día, ya que aquella mañana había sido bastante soleada, aunque con algunas nubes que parecía avisar sobre el cambio en el tiempo. Llevaba una cesta llena de setas de todo tipo; al señor Gumo siempre le había gustado internarse en el bosque de los alrededores para recoger setas, frutas silvestres, nueces… y cualquier cosa que fuese comestible. Llevaba un paso lento pero continuo; la edad no le permitía ir a más velocidad a pesar de algunas pequeñas gotas que le habían caído en la cara…
Cuando llevaba un rato caminando, se paró en seco al ver algo en el camino. Era un objeto que estaba en medio del sendero, como si alguien lo hubiese colocado ahí… El señor Gumo se aproximó para verlo mejor y vio que se trataba de un antiguo jarrón de barro. Dejó la cesta en el suelo para sostenerlo con ambas manos y examinarlo. Se llevó una sorpresa al observar un dibujo en la otra cara: se trataba de un ser parecido a un insecto, pero consistente en una especie de esfera de la que emergían  tres patas muy largas a cada lado.
-“¡Este jarrón le encantará a Sarabeth!”- pensó el señor Gumo entusiasmado. Se moría de ganas de llegar a su acogedora casa para enseñarle a su querida mujer el regalo que le llevaba.
El señor Gumo recogió de nuevo la cesta mientras llevaba rodeando con el otro brazo el jarrón que acababa de encontrar. Reemprendió el camino de regreso más deprisa que antes, animado también por el aumento de las gotas de lluvia que caían. Cuando llevaba unos pasos, a su izquierda vio, entre los árboles, algo que le extrañó: un puesto de venta destrozado… como los que había en el pueblo, unos kilómetros en dirección contraria a la que el señor Gumo estaba tomando. Y, al igual que el jarrón, no recordaba haberlo visto por la mañana cuando pasó por aquel mismo punto. El señor Gumo se encogió de hombros y siguió caminando sin darle más importancia al asunto…

-¿¡Qué es este horror que traes!? ¿¡Es que no puedes parar de traer todo aquel objeto espantoso que se te pone por delante!?- Sonó una voz de mujer desde el interior de una casita de piedra con tejado de madera y una chimenea por la que salía humo.
En el interior se encontraba Sarabeth, la mujer del señor Gumo, echándole la bronca por enésima vez a su marido…
-Tranquila, mujer… Míralo bien. ¡Si hasta está decorado!- Decía el señor Gumo, ligeramente cabizbajo, intentando tranquilizarla…
-¡Sí, por un bicho! ¡Cuando vayas al pueblo se lo encasquetas al primero que se te cruce delante!
El señor Gumo, visiblemente decepcionado, llevó el jarrón a una mesa situada cerca del centro de la estancia. Pero el olor de las verduras que había cocinado Sarabeth le hizo olvidarse rápidamente del jarrón… Solo pensaba en el hambre que tenía.
Como de costumbre, cenaron y, mientras Sarabeth recogía, el señor Gumo leyó el capítulo que le tocaba del segundo volumen de “Historia antigua del reino de Cadia”, en el que se explicaba como nombraron al quinto rey de la dinastía de los Aberos tras morir el anterior atragantado por el hueso de una aceituna… hasta que el nuevo rey se tiró a un foso real para bañarse pensando que había agua…
-“Que interesante. La verdad es que estos tipos tenían una vida fascinante…”- pensó el señor Gumo asintiendo decididamente tras sus gafas de enorme montura.
Cuando Sarabeth terminó de fregar los platos, vasos y cubiertos se sentó a remendar unos viejos pantalones del señor Gumo.
-Ya te podrías comprar otros…
-No empieces Sarabeth… Sabes que son mis favoritos.
-¡Llevan cuarenta años siendo tus favoritos!
-Déjame que siga con esto; ahora explican como el sexto rey de la Gran Dinastía de los Aberos murió apaleado por un grupo de ancianitas que lo confundieron con un bufón asesino…
La mujer del señor Gumo no dijo nada. Sabía de la admiración que sentía su marido por aquella dinastía de inútiles que lo único destacable que hacían era morir de manera a cada cual más ridícula…
Al cabo de un largo rato el señor Gumo se quedó dormido, como de costumbre, con el libro abierto en su regazo. Sarabeth se lo recogió y le quitó las gafas con cuidado al tiempo que el señor Gumo se despertaba lo suficiente para levantarse con dificultad rumbo a la cama. Al pasar al lado de la mesa donde estaba el jarrón ni lo miró. Al pasar Sarabeth, tras apagar las velas de la estancia, llevando un candil con paso ligero para evitar que su marido, como era habitual, se chocase con todo aquello con lo que pudiera chocarse, miró de soslayo el jarrón, frunciendo el ceño y negando con la cabeza. La estancia se quedó a oscuras. Y el jarrón pareció temblar…

A la mañana siguiente, como cada día, el señor Gumo y Sarabeth se levantaron temprano. Mientras Sarabeth preparaba el desayuno, el señor Gumo llevaba a cabo los preparativos para salir a por más setas… y a deshacerse del jarrón. Era una mañana tranquila y luminosa, tal y como pudo comprobar el señor Gumo al asomarse por la ventana. Se escuchaba el trino de los pájaros que anidaban en los cercanos árboles de los alrededores de la casita; el señor Gumo cerró la ventana al sentir una brisa fría en la cara. Sarabeth ya había terminado de preparar la mesa. El señor Gumo se moría de ganas de saborear las tostadas con mermelada que la propia Sarabeth elaboraba a partir de frambuesas recogidas por ella. Un apetitoso queso acompañaba al pan redondo y los tomates dispuestos en el mantel. El señor Gumo tenía la sensación de que aquel día sería muy apacible…
Pero… cuando se sentaron en sus respectivas sillas… comenzaron a escuchar un sonido extraño y continuo, similar al producido al pisar ramas… Ambos se quedaron en silencio, escuchando extrañados. Entonces el señor Gumo vio como su mujer abría los ojos de par en par, horrorizada.
-¿¡Qué es eso!?- Dijo señalando detrás del señor Gumo mientras se levantaba con dificultad.
El señor Gumo se giró y se levantó de golpe haciendo caer la silla al descubrir lo que provocaba el sonido: del jarrón situado en la pequeña mesa surgían una especie de raíces de color similar que iban extendiéndose por toda la casa. Se iban enredando en las paredes, el suelo, el techo, los muebles… y formaban redes aquí y allá. Las raíces salieron por las ventanas y escuchaban como parecían rodear la casa por todos lados. Y eso era exactamente lo que estaba ocurriendo en el exterior. Los pájaros hacía rato que habían dejado de trinar y habían salido volando de allí. El sonido era cada vez más intenso. De cada lado de la casa surgieron tres “patas” semejantes a las de un insecto, largas y del mismo color que las “raíces”. Entonces el sonido cesó. En el interior de la casa el señor Gumo y Sarabeth estaban mirando asustados en todas direcciones, viendo como aquellas extrañas raíces se habían adherido por todo… El señor Gumo observó que las ventanas estaban selladas por los bordes, y probablemente también sería el caso de la puerta principal… Estaban atrapados.
-¿Pero bueno… Qué es…?- El señor Gumo no pudo terminar de hablar.
La casa se sacudió de golpe y el señor Gumo y Sarabeth tuvieron que agarrarse a las raíces como pudieron para no caer… La casa se había puesto en pie sobre las seis patas.
Y entonces comenzó a correr.
Desde el interior, el matrimonio se sujetaba con dificultad a las raíces que habían formado redes y enredaderas aquí y allá, mientras veían pasar velozmente el paisaje por las ventanas…
-¡Nos estamos moviendo!- Exclamó el señor Gumo.
-¿¡Qué dices!?- Gritó Sarabeth asustada.
Veían pasar los árboles a toda velocidad, y en algunos momentos podían divisar las montañas. Por lo visto, la casa seguía el camino que iba hacia la ciudad de Maralia… Hasta que comprobaron como se desviaba y se internaba en el bosque.
Para no chocarse con los árboles más gruesos la casa efectuaba unos saltos con los que recorría grandes distancias. El señor Gumo cada vez estaba más emocionado que asustado… No así su esposa.
-¿¡A dónde vamos!?- Preguntó Sarabeth, ahora además muy enfadada…
-¡Ni idea! ¡Uooouu!- Sentían como el estómago se les subía y bajaba en función de los saltos de la casa.
-¡Menos mal que todavía no habíamos desayunado, je, je, je!- Dijo ciertamente divertido el señor Gumo.
-¡Te he dicho mil veces que no recojas cosas raras de por ahí! ¡Mira lo que pasa!- Ahora Sarabeth estaba más furiosa que asustada…
Súbitamente la casa se detuvo. Estaba ante un gran árbol milenario cuyo tronco ascendía hasta casi perderse de vista en el cielo. Durante unos instantes, el señor Gumo y Sarabeth quisieron creer que la casa dejaría de moverse… Pero, como se imaginaban, estaban equivocados.
La casa se inclinó hacia arriba y, colocando una a una las patas, ascendió verticalmente a más velocidad, si cabía, que hasta aquel momento. El señor Gumo y Sarabeth permanecían tumbados en sendas redes de raíces aguantando la presión debida al ascenso con las extremidades totalmente estiradas.
La casa ascendió y ascendió hasta llegar a la copa. Cuando llegó a la cima, se detuvo y, colocando las patas estratégicamente para mantener el equilibrio comenzó a “otear” en la lejanía a un lado y a otro.
El señor Gumo se acercó a la ventana y vio las patas.
-¡Se acabó! ¡Tengo que ir a recoger setas!- Dijo muy indignado y se acercó a una esquina de la estancia en el que había un bulto algo más alto que él cubierto por una tela.
Descubrió lo que quedaba oculto y apareció ante él una armadura vieja y algo oxidada, claramente de alguien más alto y corpulento que él…
-¿Qué haces ahora?- Le preguntó su mujer con serias reservas…
-Acabar con esto… ¡Hombre ya!- Dijo mientras se iba colocando las piezas de la armadura con mucha dificultad…
Cada parte que se conseguía colocar era un esfuerzo colosal…
-Querida… ¿Podrías ayudarme con aquello?- Señaló los guanteletes y el casco.
Cuando al fin, con ayuda de Sarabeth, hubo terminado de colocarse el casco, el señor Gumo se puso muy serio y se quedó muy quieto.
-¿Y bien?- Preguntó Sarabeth, extrañada.
-No puedo moverme- confesó el señor Gumo sin cambiar la expresión… Sarabeth miró hacia el techo poniendo los ojos casi en blanco y suspiró.

Al cabo de un largo rato, la casa se comenzó a mover de nuevo… Y esta vez hacia abajo. Sarabeth se sujetaba a su marido que por lo menos estaba más seguro pesando más, a la vez que este se encontraba agarrado a una enredadera…
Como era de esperar, la bajada fue más rápida que la subida. Extrañamente, el señor Gumo y Sarabeth parecían estar acostumbrándose a las sensaciones que les producía el veloz viaje a no se sabía dónde…
La casa no se detenía y por lo menos había pasado una hora, según los cálculos del señor Gumo. Sarabeth seguía agarrada a su lado. Entonces vio como un polvillo cayó ante sus ojos. Observó la estancia y le pareció que se iba a venir abajo de un momento a otro… Entonces recordó el puesto de venta destrozado que había visto cerca del jarrón el día anterior. El señor Gumo se horrorizó.
La casa no se detenía ni bajaba de velocidad. En un momento determinado, un libro que ya no quedaba sujeto por las raíces, cayó al suelo abriéndose; el señor Gumo vio desde donde se encontraba el dibujo de un rey resbalando con una piel de plátano al borde de un precipicio. ¡Era el libro que estaba leyendo! Uno de sus queridos y adorados libros…
Entonces dirigió su mirada hacia el jarrón.
-¡Claro! ¡Debería haberme dado cuenta antes!- Exclamó.
Sarabeth lo miró extrañado. Con dificultad se comenzó a despojar de aquella pesada e inservible armadura, ayudado por su mujer. Ya podían mantener bastante el equilibrio. Cuando terminó, el señor Gumo sacó la espada oxidada de su vaina y se dirigió al jarrón. Entonces comenzó a golpearlo. Lo golpeó y lo golpeó pero solo recibía las sacudidas de sus propios golpes… como si el jarrón se los devolviera.
Mientras el señor Gumo continuaba en su empeño, Sarabeth notaba que cada vez había más luz. Extraño, pensó, ya que debía ser ya la tarde… Además, la casa parecía perder velocidad. El señor Gumo era ajeno a todo esto ya que seguía intentando romper el jarrón… sin resultado.
-¡Uaaaaah!- Exclamó el señor Gumo con rabia mientra golpeaba el jarrón por enésima vez con la espada, la cual se partió al tiempo que su portador caía al suelo sentado…
La casa comenzó a crujir ante el horror del señor Gumo y de Sarabeth. Todo estaba perdido…
En ese instante, una flecha plateada atravesó la ventana y alcanzó el jarrón rompiéndolo en mil pedazos. La casa se detuvo progresivamente a la vez que las raíces se comenzaban a marchitar. Al cabo de unos minutos solo quedaba polvo.
El señor Gumo y Sarabeth se mantuvieron en silencio durante largo rato. Entonces tocaron a la puerta. Ambos se miraron sin saber qué hacer. Finalmente, el señor Gumo se incorporó con dificultad y se dirigió con recelo hacia la puerta. La abrió. Ante sus ojos se encontraba una figura alta, un hombre con la piel blanca, como si estuviera iluminada, el pelo muy largo rubio y vestido totalmente de blanco. Tenía los ojos azules almendrados y las orejas puntiagudas. Llevaba un arco largo cuidadosamente ornamentado en la mano.
-¡Un alto elfo! ¡Existís!- Exclamó sorprendido el señor Gumo. Sarabeth se acercó a la puerta.
-Disculpen. Veo que han tenido problemas. Si quieren les puedo ayudar a regresar a su hogar. A ustedes y a su casa- habló el alto elfo con un tono de voz muy amable.
-Perdona joven, ¿y cómo podrás hacer eso?- Preguntó Sarabeth con incredulidad pero con amabilidad.
El alto elfo les indicó con la mano que saliesen al exterior. Cuando lo hicieron, el señor Gumo y Sarabeth se quedaron paralizados.
-Es maravilloso…- Dijo sarabeth con la voz temblorosa.
-Sí que lo es, sí…- Dijo el señor Gumo, también afectado.
Ambos se quedaron mirando con los ojos humedecidos por la emoción lo que tenían delante.
En un lago de aguas blancas y cristalinas, rodeado de nubes que separaban aquel lugar del cielo azul, se encontraba un inmenso dragón plateado, con medio cuerpo fuera del agua, dormitando apaciblemente, reflejando en sus escamas la luz del sol del ya no muy lejano ocaso.

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