China, año 967 de la Dinastía del Reino Único.
Durante casi cien años se ha vivido un período general de aparente paz en toda China. Aún así, cada vez son más insistentes los rumores de aquí y allá sobre grupos organizados que causan estragos entre la población. Y además…se dice que siguen órdenes del emperador, al que casi nadie ha visto nunca…
El miedo y la desesperanza cada vez se hacen más patentes. Nadie se atreve a enfrentarse a aquellos que deciden sobre sus vidas…
Pero existen aún algunos valientes que no se resignan a vivir bajo la tiranía del terror que cada vez es más evidente y están dispuestos a enfrentarse a lo que haga falta…
Todavía hay esperanza…
6 WARRIORS
El viajero misterioso.
El sol de la mañana brillaba en un cielo azul sin apenas nubes; solo algunas pequeñas esparcidas en la lejanía. Un arroyo discurría paralelo al camino principal y el sonido del agua correr parecía hacerse más intenso a medida que el sol proporcionaba más luz y calor mientras avanzaba aquel día del recién llegado verano. La luminosidad reinante se reflejaba en el arroyo, en las hojas verde intenso de los árboles a ambos lados del camino, y en la ciudad que, ahora sí, ya divisaba una figura humana que iba caminando con paso normal pero firme…
El individuo en cuestión iba ataviado con un sombrero de paja ajustado a la barbilla, ocultándole todos los rasgos a excepción de la boca y parte del cabello castaño oscuro. Se trataba de un joven de estatura y constitución media. Iba cubierto por una capa de color verde apagado, a pesar del calor en aumento, y llevaba una bolsa cargada al hombro que sujetaba con una mano agarrada a un cordón y que parecía contener no demasiadas cosas…
Se oían multitud de sonidos por el camino: el trino de los pájaros, su revoloteo, insectos cantando, animales por el linde del bosque circundante…
El viajero continuaba su camino sin girar la cabeza a ninguna parte. Era como si, una vez hubo divisado la ciudad, ya no existiera nada más a su alrededor…
Cuando no faltaba ya mucho para llegar, un carruaje tirado por un buey cansado pasó al lado del viajero a velocidad de paso normal. El hombre mayor que llevaba el carruaje iba fumando en una pipa sencilla y apenas reparó en el joven que seguía avanzando sin detenerse…
Unos metros antes de las puertas de la ciudad, el misterioso viajero se detuvo ante un gran cartel con forma vertical que mostraba el nombre de la urbe rodeado de símbolos imperiales:
CHANGSHIA
El joven no cambió su expresión. Tras unos instantes, miró hacia las puertas que estaban abiertas y se dirigió al umbral.
Entraba y salía gente y dos guardias ataviados con armaduras del imperio vigilaban uno al lado de cada una de las dos enormes puertas que en aquellos momentos permanecían abiertas. Hasta allí llegaba el bullicio del otro lado. El viajero no paró de caminar en ningún momento, pero pasó entre la gente de tal manera que los guardias no se percataron de su presencia…
El viajero misterioso entró en la ciudad de Changshia.
La calle principal estaba abarrotada de gente. Algunos iban cargados con sacos cuyo contenido podía ser arroz, verduras, etc. Otros llevaban animales de carga. Algunos niños corrían y jugaban; parecían ser los únicos que sonreían… Se veían perros, gatos e incluso gallinas. Y también se veían soldados imperiales. Había mucho movimiento y ruido. Todo el mundo parecía tener algo que hacer. Aquí sí que el viajero miraba a su alrededor, intentando quedarse con el mayor número de detalles… El sol se aproximaba poco a poco a su posición más alta, y en aquellos momentos el calor comenzaba a dominar el ambiente; esto era ayudado por la cantidad de gente que iba y venía en todas direcciones.
El viajero seguía caminando mientras se veía obligado a esquivar una y otra vez a viandantes y animales que iban en dirección contraria a la suya. Finalmente, se detuvo y miró a su derecha. Se trataba de una fonda. El joven se llevó una mano a la barriga y le sonaron las tripas… Entró en la fonda sin demorarse.
En el interior no había demasiada luz. La mayoría de las mesas estaban ocupadas por hombres, en su mayoría de avanzada edad, y tomaban licor. El ambiente era bastante opresivo… Un hombre bastante mayor, muy delgado, con el pelo corto y el bigote blancos limpiaba un plato con la mirada perdida. Una joven con el pelo largo negro recogido en una trenza limpiaba una de las mesas. El viajero se fijó en que su ropa y sus sandalias estaban muy gastadas y en que su expresión era la de alguien que acababa de llorar… Nadie hablaba. Tampoco nadie parecía haber reparado en su presencia. El viajero vio una mesa libre no muy lejos de la barra y se sentó, dejando la bolsa en el suelo apoyada en la silla. La joven se acercó.
-Buenos días- dijo haciendo una reverencia con las manos cruzadas pegadas al cuerpo.- ¿En qué podemos servirle, señor?
-Tengo hambre.
La joven se lo quedó mirando unos instantes. El viajero no levantaba la mirada.
-Bien, ¿desea algo en especial?
-Comida.
La joven empezaba a preguntarse si no le estaba tomando el pelo…
-Pero, ¿qué comida?
-Lo que sea… Solo te puedo decir que tengo mucha hambre.
La joven desistió de buscar más concreción y se dirigió a reunirse con el hombre de detrás de la barra. Le explicó lo que le había pedido el viajero.
-Hija, a veces llegan algunos así… Tienen tanta hambre que solo quieren que les des lo que puedan comer. Llévale platos hasta que te diga basta.
La joven lo hizo así. Le hizo el encargo al cocinero y, al cabo de un rato, tras haberle llevado una jarra con agua y un vaso, le llevó un cuenco de sopa y un plato lleno de arroz, carne y verduras. Cuando le faltaban un par de metros para llegar a la mesa, vio como el viajero cabeceó ligeramente, recuperando rápidamente la posición erguida. Era un síntoma de la debilidad por el hambre… Al acercarse más, se fijó en sus sandalias gastadas sobre calcetines blancos con polvo del camino y en que bajo la capa llevaba pantalones anchos negros; también le pareció ver la punta de la funda de un sable… Cuando la hija del dueño de la fonda le hubo dejado el cuenco y el plato en la mesa comprobó que el viajero estaba haciendo un gran esfuerzo por no abalanzarse a por la comida delante de ella… La joven se apartó y llevó nuevamente las manos entrelazadas cerca de su regazo mientras miraba disimuladamente al joven…
-Muchas gracias- dijo el viajero girándose levemente hacia la chica sin mostrar aún el rostro.
La joven hizo una reverencia y sonrió un poco.
El joven devoró la comida en cuestión de minutos. Cuando colocó el cuenco en la mesa haciéndolo sonar su voz sonaba más fuerte y decidida.
-Más.
La joven asintió y fue a la cocina a recoger lo que ya había pedido con anterioridad. Así fue durante tres veces más. Nunca había visto a nadie comer de aquella manera…
Entonces, de repente, la puerta doble se abrió con un ruido sordo, golpeándose ambas puertas contra las paredes y dejando al descubierto la gruesa bota del que había propinado aquella tremenda patada… Un hombre corpulento, orondo, no muy alto, con el pelo negro enmarañado y barba larga y descuidada. Su expresión denotaba suficiencia y prepotencia y tenía una sonrisa burlona que acompañaba a sus ojos pequeños, negros y vivos. Iba caminando regodeándose a cada paso. Vestía con ropa propia del jefe de una banda, con camisa blanca, chaleco marrón, pantalones negros anchos y botas y guantes del color del chaleco. Tras él entraban tres hombres más, ataviados con ropajes similares y modos semejantes. Iban mirando a su alrededor mientras caminaban con una mezcla de curiosidad y desprecio. A medida que avanzaban, los ocupantes de las mesas que iban quedando tras ellos se escabullían y salían de inmediato de la fonda. Todos se fueron… a excepción del viajero, que seguía comiendo como si no hubiera pasado nada…
-¡Tú!- Dijo el jefe señalando al dueño de la fonda.- ¡Ponnos más licor de aquel que nos diste ayer! ¡Hay que reconocer que no era una basura como los anteriores!
El hombre estaba ante él, mirándolo con expresión seria y serena. La joven se había quedado paralizada cuando se encaminaba a la cocina; estaba no muy lejos del viajero, con las manos juntas a la altura del cuello, como si rezara…
-No nos queda- dijo el hombre con un tono de firmeza que horrorizó a su hija…
-¿Mmm? ¿Cómo que no os queda?- Interrogó enarcando una ceja.
-Os lo tomasteis todo ayer. He mandado a mi hijo esta mañana a buscar más, pero no tendremos hasta mañana.
El jefe sonrió mientras cerraba los ojos y negaba con la cabeza bajándola levemente.
Súbitamente agarró con su enorme brazo la solapa del hombre por encima de la barra.
-¡No!- Gritó la joven de desesperación.
-¡Escúchame, idiota! ¡Si el estúpido de tu hijo hubiese salido ayer mismo ya tendrías aquí el licor!
-¡Sabes que eso no es así!
-Si no sabes llevar esta fonda habrá que buscar un sustituto- dijo mientras comenzaba a sacar un hacha mediana que llevaba en una funda a un lado de la cintura…- En cuanto a tu hija… No te preocupes, nosotros te la cuidaremos…
-¡Maldito!- Exclamó el hombre mientras el jefe elevaba el hacha ante el terror de su hija que lloraba desconsoladamente…
-¡Eh, tú!- Alguien le llamó la atención…
El jefe se giró y vio al viajero, ahora en pie, dirigido hacia él.
-¿Te refieres a mí?- Preguntó el jefe enfadándose por instantes…
-Sí, tú, el de la cara de estúpido.
El jefe abrió mucho los ojos preso de la furia. Soltó al dueño de la fonda y este se apoyó en la pared, dirigiéndose al joven misterioso.
-¡Joven, huye! ¡Es muy peligroso!
El corpulento jefe caminaba decidido a destrozar a aquel insolente. La hija del dueño no apartaba la mirada pese a que pensaba que aquel joven estaba perdido…
El jefe se detuvo ante el joven.
-Je, je, je… Qué fácil. ¿Cómo podías pensar que…?- El enorme jefe no pudo terminar de hablar.
El joven misterioso se elevó levemente del suelo y le propinó una patada tremenda con la planta del pie en el mentón; aquel hombre orondo salió despedido volando por la estancia hasta caer sobre la mesa que tenía detrás, destrozándola en la caída.
Todos se quedaron con los ojos muy abiertos y la boca abierta, sorprendidos e impactados… Los otros tres hombres se lanzaron de inmediato al ataque en cuanto reaccionaron.
El primero, alto, blandió un cuchillo, esquivándolo el joven haciéndose a un lado y quedando girado hacia su rival; le dio una patada circular que lo estrelló contra la barra, dejándolo inconsciente. Inmediatamente vino otro, de complexión similar a la del joven, con un cuchillo más largo; el joven se apartó, esta vez hacia el otro lado al tiempo que le atrapaba el brazo del arma y se lo luxaba en la espalda; acto seguido le golpeó con el canto de la mano en la nuca, dejándolo sin sentido. El tercero era más bajo y estaba bastante gordo; se abalanzó armado con una daga larga y curva; el joven lo desarmó con un manotazo y le agarró con ambas manos por la solapa, cargándoselo al hombro y lanzándolo contra la pared situada en dirección contraria; el tipo “voló” y se estampó con estruendo, pese a la distancia que debía recorrer… Dejó de moverse.
Entonces el joven vio que la chica temblaba con ojos de miedo al mirar hacia donde había enviado al jefe unos instantes antes. Aquel orondo y corpulento ser se aproximaba con la mirada perdida y los dientes apretados. Estaba loco de furia… ido. Esta vez sujetó el hacha con ambas manos y la blandió como si fuera una maza, descendentemente, con la intención de partir en dos a aquel que se había atrevido a desafiarlo…
-¡Uaaaaaargh!- Rugió.
El joven saltó hacia atrás lo suficiente para que el hacha se clavara en el suelo, haciendo saltar astillas, en la posición que antes ocupaba… El jefe levantó la vista y se encontró con que tenía ante él al joven. Este levantó la cabeza y lo miró con sus ojos color verde intenso… El jefe tuvo el impulso de retroceder… Y abrió muchísimo los ojos, sintiendo terror, cuando el joven intensificó de repente su mirada. Con una velocidad que no había visto antes, el joven le dio una patada lateral tremenda en la cara que lo mandó a la pared contraria, estrellándose de espaldas y haciendo saltar trozos de madera. Tenía los ojos en blanco. Había sido derrotado.
La estancia quedó en silencio. El joven seguía de pie en el mismo sitio. El hombre y su hija no se podían creer lo que habían presenciado…
Al cabo de unos segundos el joven se dirigió a la mesa que había estado ocupando y recogió su bolsa.
-¡Espera!- Le dijo la chica dirigiéndose a su encuentro.
El joven la miró mostrándose por primera vez a la joven. Esta se detuvo sin saber durante unos instantes qué decir…
-Gracias… ¿Cómo te llamas? Eres muy joven…
El joven sonrió con media sonrisa.
-Me llamo Gavin, y tengo diecisiete años.
-Este al que has derrotado es solo un mando menor. Cuando el resto se entere irán a por ti…- Le dijo el dueño.
Gavin se aproximó a él y le entregó dos monedas.
-Lo sé. Es la idea.
El hombre lo miró con expresión de extrañeza.
-Gracias por todo y disculpe las molestias- dijo Gavin, tras lo cual se giró a la joven y asintió con una sonrisa de gratitud.
Esta se la devolvió con timidez.
-Gracias a ti, muchacho…- Comenzó a decir el dueño mientras Gavin se dirigía hacia la puerta.
Entonces, el dueño se fijó mejor en las dos monedas que Gavin le había dado.
-¡Un momento! ¡Con esto no hay ni para la décima parte de lo que te has comido!- Dijo mientras levantaba la vista.
Gavin ya no estaba. El dueño de la fonda salió corriendo a la calle y se puso a mirar frenéticamente a derecha e izquierda. Pero Gavin estaba oculto tras una pared más adelante como si mirara de reojo hacia donde se encontraba la fonda...
-Lo siento. Saldaré la deuda en cuanto pueda. Ahora tengo cosas que hacer…- Dijo en voz alta ajustándose el sombrero ocultando el rostro y comenzando a caminar.
En las afueras de la ciudad, al lado del arroyo que ya era río, una niña pequeña con el pelo recogido en dos coletas estaba jugando con una muñeca de trapo. La niña reía alegremente… hasta que se le cayó la muñeca al agua. La corriente se la llevaba; la niña quería ir tras ella, pero su hermana, una chica de unos quince años con el pelo largo castaño recogido en una cola, que había visto la escena, la detuvo.
-Espera, yo iré a por ella.
La niña se quedó mirando como su hermana iba corriendo tras la muñeca… pero la corriente era demasiado rápida.
Entonces, una mano se introdujo en el agua para recoger la muñeca. La chica se detuvo, jadeando y sudando por el esfuerzo. Se fijó en quién tenía delante. Era un joven, de diecisiete años, con capa blanca de viaje que le cubría casi por completo y sombrero de paja sujeto a la barbilla. Llevaba pantalones anchos de color negro y zapatillas grises oscuro. Tenía el pelo largo, liso y de color azul oscuro, al igual que los ojos. Tenía una expresión seria. Tendió la muñeca a la chica.
-Muchas gracias… ¿Es usted un viajero?
El joven asintió lentamente sin cambiar la expresión ni decir nada.
-¿Puedo ayudarle en algo? En agradecimiento…
El joven dudó unos instantes antes de contestar.
-No creo… Busco a alguien.
-¿Un amigo?
El joven se dio la vuelta y giró lo suficiente la cara como para que le pudiese leer los labios y ver un destello cruzando su mirada.
-Le busco para matarle.
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