La Misión de Lehmin
El regreso de un compañero.
Lehmin y Lalia se encontraban frente a Rodias, el servidor de Anthas Sulk, en el interior del castillo de este. Lehmin tenía la mano en la empuñadura de su espada al ver que Rodias había hecho lo mismo… Este último se fijó mejor en ambos duendes…
-Me cuesta creer que hayáis llegado hasta aquí… y que hayáis derrotado a aquellos cuatro- Comentaba, ciertamente extrañado.
Los dos duendes no contestaron; permanecían en guardia, atentos a lo que pudiera hacer su enemigo y dispuestos a enfrentarse a él… Entonces Rodias volvió a fijarse mejor en ellos, en su actitud… Y comenzó a entender.
-Creedme si os digo que me sabe mal tener que hacer esto… pero no puedo dejaros seguir adelante- tras una pausa continuó- Iros. Marchaos ahora y olvidadlo todo. De todos modos ya no tenéis tiempo…- Les propuso, intentando convencerles…
Pero aquella “propuesta” indignó a los duendes.
-¡Ni hablar! Tenemos una misión y debemos cumplirla…- Se rebeló Lehmin mientras Lalia asentía en absoluto acuerdo.
Aquello terminó de impresionar a Rodias; aunque no lo mostró abiertamente. Bajó la mirada, cerrando los ojos, con cierta resignación…
-Lamento oíros decir esto… Porque en ese caso tendré que mataros- sentenció.
Lehmin y Lalia, al escuchar estas palabras, se prepararon para cualquier cosa…
Hacía rato que se habían acostumbrado a la oscuridad en aquel lugar helado. De todos modos, como si nuevas fuentes de luz se añadieran progresivamente, la gigantesca estancia comenzaba a iluminarse con colores más cálidos. Lalia se fijó en que multitud de pequeñas ventanas situadas en los laterales superiores de la sala se había abierto como por arte de magia, deslizándose hasta dejar entrar la luz del sol de la tarde incipiente. El tiempo apremiaba.
Rodias se fijó en el cambio de luz.
-Así veremos mejor- comentó, realmente satisfecho con este cambio de iluminación.
Entonces Rodias desenvainó su espada con un sonido de metal que resonó por toda la estancia. Lehmin hizo lo mismo inmediatamente. Lalia se sentía impotente al no disponer de más flechas; aunque estaba dispuesta a luchar con lo que fuera, comprobando el estado de su arco tras utilizarlo con los esqueletos de allá abajo…
Lehmin y Rodias permanecieron frente a frente durante unos instantes, expectantes ambos ante las acciones del otro… Se mantenían la mirada como si ya hubiesen comenzado a combatir…
Entonces, ante un leve movimiento de Rodias con su espada, Lehmin decidió atacar.
-¡Aaaaah!- Exclamó mientras corría y asestaba un tajo oblicuo con fuerza…
Pero Rodias no tuvo más que apartarse para evitarlo; sin cubrirse, sin esfuerzo… Lehmin se dirigió a él.
-¡Devuélvenos la pieza!- le dijo, sabiendo perfectamente cuál iba a ser la respuesta…
Rodias se limitó a mirarle con un rostro sin expresión; aún permanecían ambos en la misma postura que tenían después del primer ataque fallido de Lehmin… Este comprendió que era inútil hablar… y volvió a atacar.
-¡Ha! ¡Ha! ¡Ha! ¡Haaaaa!- Exclamaba el duende acompañando a sus ataques que su rival esquivaba con exasperante facilidad… Lehmin no hacía más que cansarse… Lalia contemplaba la escena con creciente preocupación…
-¡Lehmin cuidado!- Exclamó la duende al ver como Rodias elevaba lentamente su espada mientras Lehmin no se daba cuenta de esto…
El duende, al oír a Lalia, elevó la vista de inmediato y vio el peligro de cerca… Con un salto se desplazó hacia atrás… Rodias, ante esto, dejó de elevar su espada y relajó el cuerpo.
-Gracias, Lalia…- Le dijo Lehmin a la duende, sin dejar de mirar a su enemigo…
Lalia negó como respuesta, no muy segura de que el duende lo hubiese percibido…
Lehmin permanecía muy tenso, sosteniendo su espada con ambas manos ante Rodias, sudando y jadeando… Aquel era, sin duda, el enemigo más fuerte contra el que se habían tenido que enfrentar hasta el momento.
-Os lo diré una vez más. Iros de aquí y no regreséis. No podéis hacer nada más- les aseguraba Rodias.
Lehmin apretó los dientes de rabia.
-¡Cállate ya!- Exclamó al tiempo que se lanzó al ataque una vez más.
Rodias, aparentemente muy tranquilo, cerró los ojos de resignación y se dispuso a contestar el “inofensivo” ataque del duende…
-¡Uaaaaah!- Bramó Lehmin con un tajo vertical…
Pero Rodias lo detuvo con desesperante facilidad para consternación de Lehmin y de Lalia, que observaba atentamente el intercambio… aunque, de momento, solo era Lehmin el que atacaba…
Entonces el duende, lejos de parar, comenzó a atacar a la desesperada… pero cada uno de sus ataques era detenido por su enemigo, que los paraba con una mano, casi sin esfuerzo… Lalia veía esto cada vez más preocupada…
De esta manera permanecieron varios y largos minutos… Lehmin no hacía más que atacar… y Rodias se limitaba a frustrar todos y cada uno de los intentos del duende por alcanzarle… Aquello no podría seguir así durante mucho más tiempo…
Y entonces Rodias, realmente a su pesar, decidió que debía acabar con aquello. Con un golpe de su espada, apuntando a la hoja del arma de Lehmin, echó a este hacia atrás, el cual se desplazó trastabillando… Lalia se llevó una mano a la boca para ahogar un grito…
-Os he dado tiempo… pero veo que no habéis entrado en razón. Moriréis por nada- concluyó. Lehmin y Lalia, al oír estas palabras, supieron que no podían hacer nada más… Era el fin.
Rodias adoptó, por primera vez, la posición de ataque. Lehmin, al que esto pilló por sorpresa, hizo lo propio por enésima vez… No estaba dispuesto a rendirse…
-“No puedo fallar…”- Lehmin ya no pensaba en la misión… solo tenía en la cabeza la seguridad de su compañera… de Lalia…
Permanecieron quietos durante unos tensos instantes. Lalia temblaba sin poder apartar las manos de su boca… Ambos contendientes se miraban fijamente… uno sabiéndose perdedor y otro vencedor…
-Adiós- dijo Rodias con calma antes de lanzarse a toda velocidad hacia Lehmin…
Lalia cerró los ojos…
-¡Detente!- Exclamó una voz proveniente de detrás de los duendes.
Rodias se detuvo de inmediato, a escasos centímetros de Lehmin, que permanecía en guardia con los ojos muy abiertos… Entonces ambos duendes reconocieron aquella voz.
El recién llegado se aproximaba a los demás, resonando sus pasos en aquella enorme y vacía sala, de altísimo techo sostenido por innumerables columnas… Y entonces, ante la atenta mirada de los otros tres, se hizo al fin distinguible.
-¡Taido!- Exclamó Lalia, alegrándose por la oportuna intervención del duende guía…
Lehmin, al ver la reacción de Lalia, no estaba muy seguro de alegrarse por la llegada del duende… Rodias se incorporó y se dirigió a Taido.
-Cuanto tiempo sin vernos… hermano- dijo, provocando la sorpresa de Lehmin y Lalia.
-Sí, ya han pasado algunos años…- Convino Taido.
Los dos duendes estaban perplejos.
-Taido, ¿este es tu hermano?- Le preguntó Lalia. Lehmin soportaba cada vez menos que la duende se dirigiera siquiera a Taido…
Este asintió como respuesta.
-De diferente madre, pero sí, somos hermanos…- Confirmó el duende.
Rodias sonrió con cierta “malicia”.
-No te vi el día que “vistamos” el taller de Santha…- Comentó con evidente intención de atacarle…
Taido sonrió de forma similar antes de contestar.
-Es que yo no trabajo en el taller.
Al oír la contestación, Lehmin no pudo evitar sentirse menos que Taido.
Entonces este se dirigió a Lehmin y Lalia.
-Vosotros dos. Tenéis que seguir adelante; cada vez queda menos tiempo. Yo me encargo de mi hermano…- Aseguró dirigiendo una mirada desafiante a Rodias, que este le devolvió.
Al principio, los dos duendes no sabían qué hacer; no pensaban abandonar a Taido…
-¿A qué esperáis? ¡Marchaos!- Les exhortó.
Ante esto, ni siquiera Lalia se atrevió a protestar y ambos duendes pasaron ante Rodias, que no se movió ni intentó retenerles.
-Ya os alcanzaré más tarde- Les aseguró Taido.
Rodias, al oír esto, volvió a sonreír.
-Eso será si yo lo permito…- Dijo, quedando claro que aquella no era precisamente su intención…
Y entonces, lanzando una última mirada hacia atrás, y aún con dudas, Lehmin y Lalia continuaron avanzando deprisa a través de aquella sala que parecía haberse vuelto más oscura de pronto…
Cruzaron una vieja puerta de madera cuyos goznes chirriaban al abrirse. Estaban a suficiente distancia como para no poder escuchar el combate que estaría librándose no muy lejos de allí… Y entonces la puerta volvió a cerrarse por su propio peso. Después del sobresalto, quedaron sumidos en el más absoluto silencio. Ante ellos se extendía un pasillo oscuro; no se vislumbraba el final. Ambos duendes se miraron antes de seguir avanzando.
Prosiguieron en silencio varios minutos. En un momento determinado, a Lehmin se le pasó por la cabeza preguntarle a Lalia si ella estaba interesada en Taido… pero enseguida desechó hacerlo. Lalia había notado que el duende estaba muy raro. También había pensado en preguntarle… pero decidió que era mejor no hacerlo.
Siguieron avanzando por aquel oscuro e interminable pasillo…
-Esto me recuerda a viejos tiempos…- Dijo Rodias, sonriendo, en posición de guardia…
Taido se encontraba de la misma manera. Ambos caminaban enfrentados, lentamente, describiendo un círculo continuo…
-Sí. Y recuerdo quién solía ganar por entonces…- Contestó el duende.
Rodias sonrió, pero menos…
-Creo que te falla la memoria, hermano- su tono no podía ocultar un deje de irritación…
Entonces se detuvieron, uno frente al otro y preparados para atacar. Permanecieron así durante un instante que pareció eterno…
-¡Tranquilo, yo te ayudaré a hacer memoria!- Exclamó Taido lanzándose al ataque.
-¡Eso es! ¡Y yo te ayudaré a que olvides todo para siempre!- Amenazó Rodias haciendo lo propio.
Y ambos hermanos estaban a punto de chocar sus armas con una fiereza inusitada.
Tras mucho caminar, Lehmin y Lalia llegaron al final del pasillo. Pero el camino giraba a un lado y comenzaban unas amplias escaleras de hielo que ascendían hasta una puerta en lo alto. Se fijaron que, a los pies de la escalera, a ambos lados de la misma, había dos figuras esculpidas en hielo: una era Santha Klaus; y la otra no la reconocieron, aunque se parecía mucho a la otra… aunque este no era Santha…
-¿Crees que…?- Comenzó a decir Lalia a Lehmin…
-Anthas Sulk. Seguro que es él- confirmó el duende lo que pensaba su compañera…
Pero se fijaron en que sus rostros eran relajados y sonrientes. Parecían de la época en que aún eran amigos…
-Vamos, Lalia- le dijo Lehmin.
-Sí- contestó la duende.
Y comenzaron a ascender las escaleras.
Al llegar arriba tuvieron que abrir la puerta entre los dos. Al cruzarla se llevaron una sorpresa. Una estancia que parecía de gran tamaño se extendía ante ellos; pero estaba llena de vegetación: hierbas altas y otras plantas que brotaban mayoritariamente del suelo; les llegaban sonidos de animales pequeños que correteaban por ahí… aunque no los veían… La sala, de la cual no podían ver el final, estaba iluminada por tonos azules y verdosos que parecían alternarse aquí y allá. La única guía que tenían era el camino recto de hielo que parecía atravesar aquella especie de tupida “selva” llena de vida…
Avanzaban maravillados por aquel lugar que no entendían que estuviese dentro del castillo… Y entonces vieron nuevas esculturas…
-¡Mira!- Le dijo Lalia al duende.
Este no las había visto al principio.
-Pero son algo diferentes- observó.
Y efectivamente, no eran iguales: también eran Santha y Anthas Sulk… pero ya no sonreían. Sus expresiones eran serias.
Siguieron caminando y se encontraron nuevas esculturas. Las siguientes les representaban con expresión dura… aunque la de Anthas Sulk daba miedo… Más adelante apareció Santha Klaus de espaldas, como si se marchara… ante un Anthas Sulk que lo miraba con desprecio sentado en su trono de hielo…
Siguieron avanzando.
Ya podían ver la puerta de la salida. Y cerca de ella, la última estatua: Anthas Sulk sonriendo malévolamente en su trono.
-¡Fíjate, Lehmin!- Señaló Lalia.
Y el duende la vio.
-¡Es la vara dorada que robaron del taller!- Exclamó asombrado…
-Entonces no la tiene Rodias…- Dedujo, con temor, Lalia…
Entonces se dieron cuenta de que la estatua no estaba terminada… No solo esto… Sino que “alguien” estaba terminándola…
-¿¡Mm?!- Gruñó un tipo más bajito que ellos y con una larga barba naranja y una amplia calva en medio del enmarañado cabello del mismo color…
Lehmin y Lalia se echaron hacia atrás de inmediato ante aquellos ojos inquisidores… ¿Cómo no se habían dado cuenta de la presencia de aquel tipo?
Este los miraba fijamente, con la cabeza echada hacia adelante, observándolos atentamente y en detalle… Vestía con un “mono” de trabajo azul y tenía un martillo en una mano y un cincel en otra…
-Ho… Hola- acertó a decir Lehmin…
-Nosotros…- Intentó explicar Lalia…
-¡Silenciooooo!- Gritó como un descosido el tipo sobresaltando a ambos duendes…
Cuando pareció “tranquilizarse” se dirigió a ellos…
-¡Me estáis desconcentrando! Estaba aquí echándome una sies… ¡Digooo… pensando, eso es, pensando! ¡Y ahora estaba trabajando cuando os encuentro aquí mirándome como pasmarotes! ¡No me dejáis concentrar!- Siguió gritando…
Los dos duendes no sabían qué pensar…
-Tra… Tanquilo… que ya nos íbamos- Trató de calmarlo Lehmin, moviendo las manos…
El tipo extraño seguía mirándoles con recelo… Entonces se le ocurrió algo.
-Por cierto, ¿adónde vais?- Preguntó con tono acusador.
Los dos duendes guardaron silencio. No pensaban decirle a aquel desconocido del que no se fiaban adonde se dirigían… El tipo se dio cuenta de esto.
-Mi nombre es Esmeeth. Soy escultor- dijo, más tranquilamente- ¿Vais a ver a Anthas Sulk?- Interrogó.
Ante aquella pregunta, Lehmin se llevó la mano a la empuñadura de su espada y Lalia sacó su arco… El tipo se asustó.
-¡Vale, vale! Solo era una pregunta…-Intentaba explicarse…
-Si intentas interponerte en nuestro camino, atente a las consecuencias- le advirtió Lehmin.
Esmeeth comprendió.
-De acuerdo. Podéis estar tranquilos… Yo solo soy un escultor… ni vigilante ni nada… Por mí haced lo que queráis.
Ambos duendes se tranquilizaron al ver que parecía decir la verdad… El escultor continuó.
-Pero… me gustaría pediros un favor… ¿Podéis estaros quietos un minuto?- Les pidió, ante el recelo de los duendes…
De todos modos, dudando, se habían quedado quietos; así que Esmeeth aprovechó y pareció memorizar cada uno de los rasgos de Lehmin y Lalia…
-Ya está. Muchas gracias. Tan solo me queda una última escultura que hacer después de esta. Así que, si me disculpáis, estaré muy ocupado…- Dijo y volvió a su trabajo con la escultura, ignorando totalmente a los duendes…
-Lalia, creo que es mejor que nos vayamos- propuso Lehmin.
-Sí, debe estar cerca la noche…- Recordó la duende.
Y ambos duendes continuaron el camino mientras dejaban los repiqueteos provocados por Esmeeth atrás…
Taido y Rodias intercambiaban ataques continuamente. Ambos tenían semejante nivel. Se miraron fijamente antes de continuar, entre leves jadeos y sudando, comenzando a notar el cansancio… Pero ninguno de los dos estaba dispuesto a detenerse y volvieron a la carga.