sábado, 16 de febrero de 2013

La Misión de Lehmin - Capítulo 8

La Misión de Lehmin

El regreso de un compañero.


Lehmin y Lalia se encontraban frente a Rodias, el servidor de Anthas Sulk, en el interior del castillo de este. Lehmin tenía la mano en la empuñadura de su espada al ver que Rodias había hecho lo mismo… Este último se fijó mejor en ambos duendes…
-Me cuesta creer que hayáis llegado hasta aquí… y que hayáis derrotado a aquellos cuatro- Comentaba, ciertamente extrañado.
Los dos duendes no contestaron; permanecían en guardia, atentos a lo que pudiera hacer su enemigo y dispuestos a enfrentarse a él… Entonces Rodias volvió a fijarse mejor en ellos, en su actitud… Y comenzó a entender.
-Creedme si os digo que me sabe mal tener que hacer esto… pero no puedo dejaros seguir adelante- tras una pausa continuó- Iros. Marchaos ahora y olvidadlo todo. De todos modos ya no tenéis tiempo…- Les propuso, intentando convencerles…
Pero aquella “propuesta” indignó a los duendes.
-¡Ni hablar! Tenemos una misión y debemos cumplirla…- Se rebeló Lehmin mientras Lalia asentía en absoluto acuerdo.
Aquello terminó de impresionar a Rodias; aunque no lo mostró abiertamente. Bajó la mirada, cerrando los ojos, con cierta resignación…
-Lamento oíros decir esto… Porque en ese caso tendré que mataros- sentenció.
Lehmin y Lalia, al escuchar estas palabras, se prepararon para cualquier cosa…
Hacía rato que se habían acostumbrado a la oscuridad en aquel lugar helado. De todos modos, como si nuevas fuentes de luz se añadieran progresivamente, la gigantesca estancia comenzaba a iluminarse con colores más cálidos. Lalia se fijó en que multitud de pequeñas ventanas situadas en los laterales superiores de la sala se había abierto como por arte de magia, deslizándose hasta dejar entrar la luz del sol de la tarde incipiente. El tiempo apremiaba.
Rodias se fijó en el cambio de luz.
-Así veremos mejor- comentó, realmente satisfecho con este cambio de iluminación.
Entonces Rodias desenvainó su espada con un sonido de metal que resonó por toda la estancia. Lehmin hizo lo mismo inmediatamente. Lalia se sentía impotente al no disponer de más flechas; aunque estaba dispuesta a luchar con lo que fuera, comprobando el estado de su arco tras utilizarlo con los esqueletos de allá abajo…
Lehmin y Rodias permanecieron frente a frente durante unos instantes, expectantes ambos ante las acciones del otro… Se mantenían la mirada como si ya hubiesen comenzado a combatir…
Entonces, ante un leve movimiento de Rodias con su espada, Lehmin decidió atacar.
-¡Aaaaah!- Exclamó mientras corría y asestaba un tajo oblicuo con fuerza…
Pero Rodias no tuvo más que apartarse para evitarlo; sin cubrirse, sin esfuerzo… Lehmin se dirigió a él.
-¡Devuélvenos la pieza!- le dijo, sabiendo perfectamente cuál iba a ser la respuesta…
Rodias se limitó a mirarle con un rostro sin expresión; aún permanecían ambos en la misma postura que tenían después del primer ataque fallido de Lehmin… Este comprendió que era inútil hablar… y volvió a atacar.
-¡Ha! ¡Ha! ¡Ha! ¡Haaaaa!- Exclamaba el duende acompañando a sus ataques que su rival esquivaba con exasperante facilidad… Lehmin no hacía más que cansarse… Lalia contemplaba la escena con creciente preocupación…
-¡Lehmin cuidado!- Exclamó la duende al ver como Rodias elevaba lentamente su espada mientras Lehmin no se daba cuenta de esto…
El duende, al oír a Lalia, elevó la vista de inmediato y vio el peligro de cerca… Con un salto se desplazó hacia atrás… Rodias, ante esto, dejó de elevar su espada y relajó el cuerpo.
-Gracias, Lalia…- Le dijo Lehmin a la duende, sin dejar de mirar a su enemigo…
Lalia negó como respuesta, no muy segura de que el duende lo hubiese percibido…
Lehmin permanecía muy tenso, sosteniendo su espada con ambas manos ante Rodias, sudando y jadeando… Aquel era, sin duda, el enemigo más fuerte contra el que se habían tenido que enfrentar hasta el momento.
-Os lo diré una vez más. Iros de aquí y no regreséis. No podéis hacer nada más- les aseguraba Rodias.
Lehmin apretó los dientes de rabia.
-¡Cállate ya!- Exclamó al tiempo que se lanzó al ataque una vez más.
Rodias, aparentemente muy tranquilo, cerró los ojos de resignación y se dispuso a contestar el “inofensivo” ataque del duende…
-¡Uaaaaah!- Bramó Lehmin con un tajo vertical…
Pero Rodias lo detuvo con desesperante facilidad para consternación de Lehmin y de Lalia, que observaba atentamente el intercambio… aunque, de momento, solo era Lehmin el que atacaba…
Entonces el duende, lejos de parar, comenzó a atacar a la desesperada… pero cada uno de sus ataques era detenido por su enemigo, que los paraba con una mano, casi sin esfuerzo… Lalia veía esto cada vez más preocupada…
De esta manera permanecieron varios y largos minutos… Lehmin no hacía más que atacar… y Rodias se limitaba a frustrar todos y cada uno de los intentos del duende por alcanzarle… Aquello no podría seguir así durante mucho más tiempo…
Y entonces Rodias, realmente a su pesar, decidió que debía acabar con aquello. Con un golpe de su espada, apuntando a la hoja del arma de Lehmin, echó a este hacia atrás, el cual se desplazó trastabillando… Lalia se llevó una mano a la boca para ahogar un grito…
-Os he dado tiempo… pero veo que no habéis entrado en razón. Moriréis por nada- concluyó. Lehmin y Lalia, al oír estas palabras, supieron que no podían hacer nada más… Era el fin.
Rodias adoptó, por primera vez, la posición de ataque. Lehmin, al que esto pilló por sorpresa, hizo lo propio por enésima vez… No estaba dispuesto a rendirse…
-“No puedo fallar…”- Lehmin ya no pensaba en la misión… solo tenía en la cabeza la seguridad de su compañera… de Lalia…
Permanecieron quietos durante unos tensos instantes. Lalia temblaba sin poder apartar las manos de su boca… Ambos contendientes se miraban fijamente… uno sabiéndose perdedor y otro vencedor…
-Adiós- dijo Rodias con calma antes de lanzarse a toda velocidad hacia Lehmin…
Lalia cerró los ojos…
-¡Detente!- Exclamó una voz proveniente de detrás de los duendes.
Rodias se detuvo de inmediato, a escasos centímetros de Lehmin, que permanecía en guardia con los ojos muy abiertos… Entonces ambos duendes reconocieron aquella voz.
El recién llegado se aproximaba a los demás, resonando sus pasos en aquella enorme y vacía sala, de altísimo techo sostenido por innumerables columnas… Y entonces, ante la atenta mirada de los otros tres, se hizo al fin distinguible.
-¡Taido!- Exclamó Lalia, alegrándose por la oportuna intervención del duende guía…
Lehmin, al ver la reacción de Lalia, no estaba muy seguro de alegrarse por la llegada del duende… Rodias se incorporó y se dirigió a Taido.
-Cuanto tiempo sin vernos… hermano- dijo, provocando la sorpresa de Lehmin y Lalia.
-Sí, ya han pasado algunos años…- Convino Taido.
Los dos duendes estaban perplejos.
-Taido, ¿este es tu hermano?- Le preguntó Lalia. Lehmin soportaba cada vez menos que la duende se dirigiera siquiera a Taido…
Este asintió como respuesta.
-De diferente madre, pero sí, somos hermanos…- Confirmó el duende.
Rodias sonrió con cierta “malicia”.
-No te vi el día que “vistamos” el taller de Santha…- Comentó con evidente intención de atacarle…
Taido sonrió de forma similar antes de contestar.
-Es que yo no trabajo en el taller.
Al oír la contestación, Lehmin no pudo evitar sentirse menos que Taido.
Entonces este se dirigió a Lehmin y Lalia.
-Vosotros dos. Tenéis que seguir adelante; cada vez queda menos tiempo. Yo me encargo de mi hermano…- Aseguró dirigiendo una mirada desafiante a Rodias, que este le devolvió.
Al principio, los dos duendes no sabían qué hacer; no pensaban abandonar a Taido…
-¿A qué esperáis? ¡Marchaos!- Les exhortó.
Ante esto, ni siquiera Lalia se atrevió a protestar y ambos duendes pasaron ante Rodias, que no se movió ni intentó retenerles.
-Ya os alcanzaré más tarde- Les aseguró Taido.
Rodias, al oír esto, volvió a sonreír.
-Eso será si yo lo permito…- Dijo, quedando claro que aquella no era precisamente su intención…
Y entonces, lanzando una última mirada hacia atrás, y aún con dudas, Lehmin y Lalia continuaron avanzando deprisa a través de aquella sala que parecía haberse vuelto más oscura de pronto…

Cruzaron una vieja puerta de madera cuyos goznes chirriaban al abrirse. Estaban a suficiente distancia como para no poder escuchar el combate que estaría librándose no muy lejos de allí… Y entonces la puerta volvió a cerrarse por su propio peso. Después del sobresalto, quedaron sumidos en el más absoluto silencio. Ante ellos se extendía un pasillo oscuro; no se vislumbraba el final. Ambos duendes se miraron antes de seguir avanzando.
Prosiguieron en silencio varios minutos. En un momento determinado, a Lehmin se le pasó por la cabeza preguntarle a Lalia si ella estaba interesada en Taido… pero enseguida desechó hacerlo. Lalia había notado que el duende estaba muy raro. También había pensado en preguntarle… pero decidió que era mejor no hacerlo.
Siguieron avanzando por aquel oscuro e interminable pasillo…

-Esto me recuerda a viejos tiempos…- Dijo Rodias, sonriendo, en posición de guardia…
Taido se encontraba de la misma manera. Ambos caminaban enfrentados, lentamente, describiendo un círculo continuo…
-Sí. Y recuerdo quién solía ganar por entonces…- Contestó el duende.
Rodias sonrió, pero menos…
-Creo que te falla la memoria, hermano- su tono no podía ocultar un deje de irritación…
Entonces se detuvieron, uno frente al otro y preparados para atacar. Permanecieron así durante un instante que pareció eterno…
-¡Tranquilo, yo te ayudaré a hacer memoria!- Exclamó Taido lanzándose al ataque.
-¡Eso es! ¡Y yo te ayudaré a que olvides todo para siempre!- Amenazó Rodias haciendo lo propio.
Y ambos hermanos estaban a punto de chocar sus armas con una fiereza inusitada.

Tras mucho caminar, Lehmin y Lalia llegaron al final del pasillo. Pero el camino giraba a un lado y comenzaban unas amplias escaleras de hielo que ascendían hasta una puerta en lo alto. Se fijaron que, a los pies de la escalera, a ambos lados de la misma, había dos figuras esculpidas en hielo: una era Santha Klaus; y la otra no la reconocieron, aunque se parecía mucho a la otra… aunque este no era Santha…
-¿Crees que…?- Comenzó a decir Lalia a Lehmin…
-Anthas Sulk. Seguro que es él- confirmó el duende lo que pensaba su compañera…
Pero se fijaron en que sus rostros eran relajados y sonrientes. Parecían de la época en que aún eran amigos…
-Vamos, Lalia- le dijo Lehmin.
-Sí- contestó la duende.
Y comenzaron a ascender las escaleras.
Al llegar arriba tuvieron que abrir la puerta entre los dos. Al cruzarla se llevaron una sorpresa. Una estancia que parecía de gran tamaño se extendía ante ellos; pero estaba llena de vegetación: hierbas altas y otras plantas que brotaban mayoritariamente del suelo; les llegaban sonidos de animales pequeños que correteaban por ahí… aunque no los veían… La sala, de la cual no podían ver el final, estaba iluminada por tonos azules y verdosos que parecían alternarse aquí y allá. La única guía que tenían era el camino recto de hielo que parecía atravesar aquella especie de tupida “selva” llena de vida…
Avanzaban maravillados por aquel lugar que no entendían que estuviese dentro del castillo… Y entonces vieron nuevas esculturas…
-¡Mira!- Le dijo Lalia al duende.
Este no las había visto al principio.
-Pero son algo diferentes- observó.
Y efectivamente, no eran iguales: también eran Santha y Anthas Sulk… pero ya no sonreían. Sus expresiones eran serias.
Siguieron caminando y se encontraron nuevas esculturas. Las siguientes les representaban con expresión dura… aunque la de Anthas Sulk daba miedo… Más adelante apareció Santha Klaus de espaldas, como si se marchara… ante un Anthas Sulk que lo miraba con desprecio sentado en su trono de hielo…
Siguieron avanzando.
Ya podían ver la puerta de la salida. Y cerca de ella, la última estatua: Anthas Sulk sonriendo malévolamente en su trono.
-¡Fíjate, Lehmin!- Señaló Lalia.
Y el duende la vio.
-¡Es la vara dorada que robaron del taller!- Exclamó asombrado…
-Entonces no la tiene Rodias…- Dedujo, con temor, Lalia…
Entonces se dieron cuenta de que la estatua no estaba terminada… No solo esto… Sino que “alguien” estaba terminándola…
-¿¡Mm?!- Gruñó un tipo más bajito que ellos y con una larga barba naranja y una amplia calva en medio del enmarañado cabello del mismo color…
Lehmin y Lalia se echaron hacia atrás de inmediato ante aquellos ojos inquisidores… ¿Cómo no se habían dado cuenta de la presencia de aquel tipo?
Este los miraba fijamente, con la cabeza echada hacia adelante, observándolos atentamente y en detalle… Vestía con un “mono” de trabajo azul y tenía un martillo en una mano y un cincel en otra…
-Ho… Hola- acertó a decir Lehmin…
-Nosotros…- Intentó explicar Lalia…
-¡Silenciooooo!- Gritó como un descosido el tipo sobresaltando a ambos duendes…
Cuando pareció “tranquilizarse” se dirigió a ellos…
-¡Me estáis desconcentrando! Estaba aquí echándome una sies… ¡Digooo… pensando, eso es, pensando! ¡Y ahora estaba trabajando cuando os encuentro aquí mirándome como pasmarotes! ¡No me dejáis concentrar!- Siguió gritando…
Los dos duendes no sabían qué pensar…
-Tra… Tanquilo… que ya nos íbamos- Trató de calmarlo Lehmin, moviendo las manos…
El tipo extraño seguía mirándoles con recelo… Entonces se le ocurrió algo.
-Por cierto, ¿adónde vais?- Preguntó con tono acusador.
Los dos duendes guardaron silencio. No pensaban decirle a aquel desconocido del que no se fiaban adonde se dirigían… El tipo se dio cuenta de esto.
-Mi nombre es Esmeeth. Soy escultor- dijo, más tranquilamente- ¿Vais a ver a Anthas Sulk?- Interrogó.
Ante aquella pregunta, Lehmin se llevó la mano a la empuñadura de su espada y Lalia sacó su arco… El tipo se asustó.
-¡Vale, vale! Solo era una pregunta…-Intentaba explicarse…
-Si intentas interponerte en nuestro camino, atente a las consecuencias- le advirtió Lehmin.
Esmeeth comprendió.
-De acuerdo. Podéis estar tranquilos… Yo solo soy un escultor… ni vigilante ni nada… Por mí haced lo que queráis.
Ambos duendes se tranquilizaron al ver que parecía decir la verdad… El escultor continuó.
-Pero… me gustaría pediros un favor… ¿Podéis estaros quietos un minuto?- Les pidió, ante el recelo de los duendes…
De todos modos, dudando, se habían quedado quietos; así que Esmeeth aprovechó y pareció memorizar cada uno de los rasgos de Lehmin y Lalia…
-Ya está. Muchas gracias. Tan solo me queda una última escultura que hacer después de esta. Así que, si me disculpáis, estaré muy ocupado…- Dijo y volvió a su trabajo con la escultura, ignorando totalmente a los duendes…
-Lalia, creo que es mejor que nos vayamos- propuso Lehmin.
-Sí, debe estar cerca la noche…- Recordó la duende.
Y ambos duendes continuaron el camino mientras dejaban los repiqueteos provocados por Esmeeth atrás…

Taido y Rodias intercambiaban ataques continuamente. Ambos tenían semejante nivel. Se miraron fijamente antes de continuar, entre leves jadeos y sudando, comenzando a notar el cansancio… Pero ninguno de los dos estaba dispuesto a detenerse y volvieron a la carga.

Lehmin y Lalia llegaron ante la puerta que les llevaría fuera de aquella extraña sala. Sabían que Anthas Sulk estaba ya muy cerca.

sábado, 9 de febrero de 2013

La Misión de Lehmin - Capítulo 7

La Misión de Lehmin

El castillo de Anthas Sulk.


Una vez recuperada la cuarta pieza robada, Lehmin y Lalia, a lomos de Barn, el oso polar, tomaron de nuevo rumbo al Norte, hacia el castillo de Anthas Sulk.
Cuentan que hace muchos años, Santha Klaus y Anthas Sulk trabajaban juntos en la elaboración y reparto de juguetes por todo el mundo. Aún no contaban con la ayuda de los duendes; ellos dos se encargaban de todo. El volumen de trabajo era inmenso, pero disfrutaban mucho con lo que hacían. Pero llegó un día en el que el camino de ambos estaba cerca de separarse…
Santha Klaus le contó a su amigo la idea que le rondaba en la mente desde hacía mucho tiempo: crear un taller en el que muchos trabajadores a su cargo le ayudaran a construir más juguetes y más variados, con la intención de repartirlos en una sola noche, haciendo uso de sus técnicas de expansión temporal y viaje múltiple. Anthas Sulk, que ya estaba cansado de fabricar juguetes, no tenía intención de colaborar en dicho proyecto de su amigo… De hecho, pensaba que este era un ingenuo, ya que iba a seguir trabajando y esforzándose por unos niños que, en su opinión, no se lo merecían… Su opinión sobre las personas había ido transformándose a lo largo de los años, hasta considerar que eran seres despreciables que solo pensaban en ellos y jamás se habían dignado en agradecerles la labor que venían haciendo desde ya ni se acordaba…
Un día, Anthas Sulk le habló a Santha Klaus sobre esto. Este último quedó muy sorprendido por las amargas palabras de su amigo, ahora irreconocible. Santha Klaus le decía que, precisamente, por eso era importante que continuaran con lo que estaban haciendo, ya que contribuían a mantener la ilusión entre los más pequeños, que debían crecer felices, para ayudar a que el mundo no pudiera darse por perdido… Pero Anthas Sulk ya lo daba por perdido. Y entonces, este le confesó a su alarmado amigo que su intención era fabricar anti-juguetes, objetos que se encargarían de robar la ilusión de los niños hasta hacer que perdiesen las ganas de vivir…
Santha Klaus no se podía creer lo que estaba oyendo. Le advirtió a Anthas Sulk que si intentaba llevar a cabo lo que pretendía, no le quedaría más remedio que pararle los pies, aunque fuera usando la fuerza… Este comprendió. Se marchó, no sin antes avisar al que había sido su amigo que algún día llevaría a cabo su plan…
Aquella fue la última vez que ambos se vieron… Pasaron muchos años…
Lehmin y Lalia leían un pergamino que sostenía la duende, el cual habían sacado de un sobre que les había dado Santha Klaus antes de partir. Les había dicho que lo leyeran si conseguían reunir las cuatro primeras piezas… En dicho pergamino, que ambos duendes leían con las cabecitas muy cerca una de la otra, se explicaba, en palabras de Santha Klaus, la historia del fin de su amistad con Anthas Sulk. Y entonces los dos duendes comenzaron a entender…
-Creía que la intención del que ordenó el robo de las piezas era impedir la preparación y el reparto de los juguetes…- Dijo Lehmin cuando terminaron de leer el pergamino.
Lalia miró al duende.
-¿Quieres decir que su intención es llevar a cabo su plan con las piezas robadas?- Preguntó la duende, sabiendo la respuesta…
Lehmin asintió, serio y preocupado.
-¿Te das cuenta de que sería el fin?- Se dirigió Lehmin a Lalia.
La duende asintió lentamente, con expresión compungida ante aquella posibilidad…
El terreno había ido elevándose a medida que habían pasado las horas. De todos modos, el terreno era bastante llano, con muchos árboles cubiertos de blanco a su alrededor; Barn debía tener cuidado de no hundirse en la nieve mientras avanzaba… Aún era por la mañana, de un día despejado con el cielo azul. El oso polar continuaba todo lo rápido que podía; estaban en el último día… Solo tenían hasta las doce de la noche para cumplir la misión…
Y entonces lo avistaron a lo lejos: el castillo de Anthas Sulk.
-¡Ah, ahí está!- Exclamó Lehmin, intentando hacerse oír en medio de los sonidos provocados por Barn al desplazarse a toda velocidad…
-¡Sí, lo veo!- Afirmó Lalia.
Ya estaban muy cerca.

En el interior del castillo, el líder del asalto al taller de Santha Klaus se encontraba con una rodilla en el suelo y la mirada baja ante el trono de Anthas Sulk.
-¿Me traes más malas noticias?- Preguntó este con una voz grave sin ocultar un deje de amargura sempiterna.
El personaje del pelo verde recogido en una cola de caballo, sin mirarle, asintió lentamente. Anthas Sulk guardó silencio.
Su parecido con Santha Klaus era extraordinario; casi parecían hermanos… Sus ropajes eran similares pero de color verde; y él era lago más bajo, gordo, y con la barba más erizada… Miraba a su servidor con sus penetrantes y severos ojos negros…
-Estate preparado. Seguramente, los enviados de mi buen amigo Santha se dirigen ahora mismo hasta aquí… No falles- Advirtió con una calma temible…
El servidor se incorporó de inmediato al escuchar estas últimas palabras y apoyó un brazo en el pecho con el puño cerrado al tiempo que hacía una firme reverencia.
-No fallaré- afirmó con rotundidad, antes de dar media vuelta y dirigirse a la salida de la gran sala del trono, oscura y helada…
Caminaba con paso continuo y decidido, con una expresión muy seria…
-“Desde luego que no fallaré…”- Se prometió a si mismo.

Lehmin y Lalia, ahora en el suelo y con Barn al lado, se encontraban de pie ante el inmenso castillo de Anthas Sulk. Lo contemplaban entre temerosos y extrañamente maravillados, ya que parecía estar hecho totalmente de hielo… El puente levadizo estaba bajado, y la altísima puerta principal totalmente abierta. Pero allí no había nadie…
-Que extraño… No hay guardias, ni nada…- Comentó Lehmin, alerta…
Lalia no contestó; también a ella aquello le parecía muy extraño…
Barn estaba en silencio, sin apartar la vista del castillo, expectante ante lo que pudiera suceder…
Así transcurrieron varios minutos. Entonces Lehmin se giró hacia Lalia.
-¿Preparada?- Le preguntó.
Lalia se giró hacia el duende. Y asintió, decidida.
-Preparada.
Ahora Lehmin se dirigía a Barn.
-Barn… Gracias por todo, pero a partir de aquí debemos continuar solos… Si tienes que marcharte, no te preocupes- Hablaba el duende, ante una impresionada Lalia, que casi no reconocía a Lehmin… Definitivamente, a ojos de la duende, su compañero había cambiado mucho durante el viaje…
Pero Barn se apoyó en el suelo, sin ninguna intención de marcharse a ninguna parte sin los duendes. Estos, al verlo, sonrieron agradecidos a aquel oso polar que ya era su amigo. Entonces, ambos duendes se miraron y sus expresiones se tornaron serias y decididas… Al unísono, encararon el castillo y se dispusieron a entrar en el mismo. Era mediodía.

Desde el primer pie que pusieron sobre el puente, ya lo vieron más claro; pero ahora no tenían ninguna duda: aquel castillo oscuro y frío estaba hecho completamente de hielo. Cruzado el umbral, en el interior, los reflejos se desplazaban por las superficies mostrando figuras fantasmagóricas que les sobresaltaban de vez en cuando… Caminaban muy cerca el uno del otro, empuñando las armas que les había dado Santha Klaus… Avanzaban lentamente y con cautela, mirando continuamente hacia todas direcciones… Ahora se encontraban en el amplio vestíbulo, en el cual tan solo vislumbraban columnas solitarias a ambos lados que llegaban hasta el techo, que ni se veía, y una escalera de caracol al final que ascendía a los niveles superiores… Minúsculas ventanas en la zona alta de la amplísima estancia dejaban entrar finos rayos de luz del sol que era lo que les permitía ver por donde pisaban…
Cuando se encontraban más o menos a mitad del camino, Lalia miró a Lehmin y se quedó pensativa… Finalmente se decidió.
-Lehmin- dijo, intentando controlar los nervios…
Lehmin, que no se lo esperaba, notó también una repentina sensación que no sabía describir al escuchar la voz de Lalia…
-¿Sí?- Consiguió decir…
Lalia guardó silencio un segundo. Mientras hablaban seguían caminando…
-¿Te acuerdas cuando hablé sobre mi intención de pertenecer a las fuerzas de seguridad del castillo de Santha Klaus…?- Dijo, no muy segura de que el duende lo hubiese escuchado cuando Lalia lo explicaba, en presencia también de Taido…
El duende se acordaba perfectamente de aquello.
-Ah, sí. Creo que algo escuché que decías; pero estaba un poco distraído…- Mintió.
Nuevamente, Lalia tardó unos instantes en proseguir…
Verás. El motivo por el que no hice finalmente las pruebas… El motivo era…- Mientras hablaba, Lehmin notaba como se le aceleraba el corazón…- Me dijeron que si entraba en las fuerzas de seguridad… me destinar…- Pero la duende no pudo terminar.
De repente, multitud de inquietantes sonidos comenzaron a escucharse provenientes de todas partes en la extensa sala, a no mucha distancia de ellos… Los dos duendes intentaban escrutar en la oscuridad, pero no se llegaban a ver apenas las paredes heladas…
Pero, al cabo de unos segundos, y tras intensificarse aquellos sonidos semejantes a un traqueteo, vieron surgir de la oscuridad, de detrás de las múltiples columnas situadas a ambos lados de la sala, multitud de figuras de estatura similar a la suya, que se acercaban lentamente con una forma de moverse extraña…
-¿¡Qué es esto!?- Preguntó Lehmin aún no muy seguro de lo que veían sus ojos…
Cuando les dio la luz a los primeros, los vieron claramente: era esqueletos… esqueletos vivientes hechos de hielo, armados con espadas también heladas y un brillo rojo intenso en aquellas cuencas vacías… Tenían todos una expresión sonriente y maléfica en la azulada calavera…
-¡Son esqueletos!- Exclamó Lalia.
-¡Deprisa! ¡Las escaleras!- Urgió Lehmin a la duende, antes de que esta pudiera lanzar una flecha…
Ambos duendes comenzaron a correr hacia la gran escalera de caracol que se encontraba al otro extremo… Pero, al verlos correr, los esqueletos aceleraron el paso y cada vez se encontraban más cerca… Lehmin y Lalia comenzaban a pensar que no llegarían a tiempo…
Entonces, cuando estaban a pocos metros de distancia de las escaleras, aquellos terroríficos seres se les echaron encima…
-¡Cuidado!- Exclamó Lehmin al tiempo que hacía añicos a uno con su espada…
Lalia había comenzado a disparar sus flechas y conseguía acertar a todos, los cuales caían desplomados rompiéndose en mil pedazos…
Y así iban avanzando, con Lehmin dando espadazos y Lalia lanzando flechas… Consiguieron acabar con bastantes… Pero había muchos más… Y los tenían encima…
Lalia se llevó una mano a su carcaj… Ya no tenía más flechas.
-“¡Oh, no!”- Se alarmó la duende…
Lehmin ya no daba abasto… Estaban perdidos…
Pero entonces, el rugido de Barn resonó en la estancia con increíble fiereza, provocando que los esqueletos se detuviesen para ver qué era aquello que lo provocaba… Los duendes vieron al oso polar, iluminado por los rayos de sol, avanzando a toda velocidad a través de los innumerables esqueletos que aún estaban sorprendidos por lo que ocurría… Barn pasaba por encima de ellos haciéndolos pedazos, sin darles tiempo a apartarse, con una pasmosa facilidad… Los esqueletos comenzaban a huir en su mayoría…
-¡Barn!- Exclamó Lalia con evidente tono de alegría.
Entonces el gran oso polar les dirigió una mirada muy elocuente a ambos duendes.
-¡Vamos! ¡Tenemos que irnos! ¡Barn se encargará!- Exclamó Lehmin, comprendiendo lo que su amigo les quería decir…
Lalia asintió y ambos duendes corrieron hacia la escalera, aún teniendo que acabar con unos cuantos de aquellos esqueletos, con la espada Lehmin, y con certeras patadas y golpes con su arco Lalia…
Al fin llegaron a la escalera y consiguieron dejar a los esqueletos atrás. Se detuvieron un instante y vieron a Barn, rodeado, enfrentándose a aquellos seres que intentaban acabar con él… Lalia contemplaba la escena con la preocupación reflejada en su rostro. Entonces Lehmin, al darse cuenta de esto, le puso una mano en el hombro.
-Tranquila… No dejará ni uno…- Le aseguró, intentando tranquilizarla.
Tras unos segundos de duda, Lalia asintió, pasándose un dedo por cada uno de los ojos y ambos duendes continuaron el ascenso por aquella enorme y empinada escalera de caracol que no veían cuando acababa…

Hacía rato que ya no escuchaban los rugidos de Barn allá abajo… Tanto Lehmin como Lalia estaban tentados de bajar para comprobar lo que había pasado… Pero el tiempo apremiaba y debían seguir ascendiendo. Confiaban en Barn.
Pasaron los minutos y aquella escalera parecía no tener fin. Debían caminar con cuidado para no resbalar por su helada superficie…
Y entonces, llegaron al final. La oscuridad reinante no les había dejado ver con claridad que ya habían llegado. Ante ellos se extendía un piso similar al inferior… Vacío, oscuro y con altas columnas a ambos lados… No se veía lo que había más allá. Tras unos instantes parados, ambos duendes prosiguieron su camino hacia lo que fuera que se extendiese ante ellos…
Y, tras no mucho caminar, tuvieron que detenerse ante una figura que apareció ante ellos, de la oscuridad.
De pie, ligeramente ladeado, mirando hacia abajo con los ojos cerrados e iluminado por alguna lejana fuente de luz, se encontraba el individuo que lideraba a los otros cuatro en el asalto al castillo de Santha Klaus… Lehmin y Lalia no dijeron nada… Entonces, el servidor del dueño del castillo, con una mano apoyada en la empuñadura de su espada enfundada, levantó la mirada, seria y severa, y la dirigió a ambos duendes, que empuñaron con fuerza sus armas.
-Mi nombre es Rodias, y voy a acabar con vosotros por orden de mi señor, el gran Anthas Sulk.

domingo, 3 de febrero de 2013

La Misión de Lehmin - Capítulo 6

La Misión de Lehmin

El fantasma de la villa.


El siguiente punto del mapa les llevaba hacia el sur, hacia el interior del reino. Por caminos nada fáciles, Barn se abría paso a toda velocidad, con Lehmin y Lalia a su lomo, ya más acostumbrados al ajetreo de los movimientos del gran oso polar, dejando cada vez más atrás las montañas del norte de Lapponia.
Tras derrotar a Girinch y recuperar las cinco tuercas que estaban en su poder, habían pasado la noche descansando. Luego, cuando no hubo pasado mucho rato después de amanecer, y tras desayunar compartiendo, como en el resto de momentos para comer, parte de su comida con Barn, que se alimentaba principalmente de lo que le ofrecía el entorno, se pusieron en marcha rumbo al siguiente lugar marcado por Taido en el mapa que les había prestado. Y les estaba llevando todo el día llegar hasta dicho punto, ya que comenzaba a anochecer…
-Lehmin… ¿Crees que llegaremos a tiempo?- Preguntó Lalia al duende tras mucho rato ambos en silencio, en medio del sonido que Barn producía al desplazarse velozmente…
Lehmin volvió de su ensimismamiento; ni siquiera estaba viendo por donde pasaban.
-Tendremos que darnos prisa…- Solo se le ocurrió decir como respuesta.
Siguieron en silencio durante mucho rato.
Se dirigían a la Villa del Mercado, lugar donde gente de lo más diversa, y de todos los puntos del reino, llegaba para visitar su famoso y espléndido mercado, que permanecía hasta bien entrada la noche.
A medida que se aproximaban, ya por terreno llano, podían ver en la distancia las luces cálidas provenientes de la villa, que quedaba más adelante… Ahora Barn parecía deslizarse por aquella llanura helada y sin apenas árboles… Estaba comenzando a alcanzar su velocidad máxima…
Ya no faltaba mucho para llegar, ya que, aparte de la cada vez más clara iluminación, que se hacía más evidente en la noche que comenzaba a caer, se podía oír el sonido de gente que iba y venía de la villa y que comenzaban a ver cada vez más cerca… Un bullicio proveniente de la Villa del Mercado viajaba por el aire frío de la noche que les helaba la cara…
-¡Ya estamos llegando!- Exclamó Lehmin, alegrándose de llegar a un lugar habitado.
Sentimiento compartido por Lalia, que se recolocaba los guantes de color rosa pálido intentando paliar el frío que se intensificaba.
Ya era totalmente de noche cuando se aproximaban a la entrada de la villa. El cielo estaba despejado y las estrellas titilaban, como si temblaran por el frío, acompañando a una luna grande que iluminaba de una forma especialmente intensa… Cuando se cruzaban con alguien, generalmente cargado con objetos y artículos que acababa de comprar o que iba a vender, ese alguien se quedaba sorprendido al ver a aquel magnífico e imponente oso polar, desplazándose sin haber tras de si ningún trineo… Y llevando a aquellos dos duendes, que quedaban casi ocultos por sus voluminosas mochilas que permanecían colocadas en la silla de montar.
Barn iba disminuyendo la velocidad hasta ir a paso ligero; ahora debían tener cuidado de no “atropellar” a nadie ni estrellarse con nada…
Una vez cruzaron las puertas de la muralla que rodeaba la villa, todos los sonidos, colores e imágenes les llegaron ya nítida y vivamente. Mucha gente de diferentes especies, pertenecientes al reino de Lapponia o no, iba de arriba abajo en dirección al mercado o provenientes del mismo, que se avistaba no muy lejos de allí, en el centro de la villa, a la que llegarían caminando por el suelo empedrado que se extendía por todas partes. Diferentes luces, amarillas, naranjas, de diferentes tonalidades, siempre cálidas, iluminaban agradablemente los edificios estrechos, de dos plantas en su mayoría, de ladrillo rojizo visible y tejados empinados de madera trabajada.
Lehmin y Lalia habían descendido del lomo de Barn y ahora caminaban con el gran oso polar a su lado, boquiabiertos mirando a su alrededor. A medida que llegaban al mercado bullicioso, se acercaban al epicentro sonoro en la noche que en aquella villa ya no era tan fría.
En el mercado estaban dispuestos innumerables puestos cubiertos por techos improvisados de lonas de llamativos colores, en los cuales los afanados vendedores cantaban las bondades de los más variados productos que vendían, siempre en sus palabras, al mejor precio. Los dos duendes dieron un vistazo a su alrededor, por encima de las cabezas de los innumerables transeúntes. El mercado quedaba enmarcado en medio de una plaza redonda bordeada por más de aquellos edificios que parecían pintados por un artista. La verdad era que ambos duendes estaban maravillados; Barn solo buscaba con esmero de donde provenía aquel delicioso olor a carne asada que seguía con el olfato desde hacía un buen rato…
-Mira, aquí parece que ya no le tienen miedo a Barn- comentó Lalia al notar que ya casi ni se fijaban en el magnífico oso polar.
Lehmin se fijó en que había otros individuos con animales de carga; algunos no los había visto nunca en su vida…
La gente reía, sonreía, compraba, vendía, disfrutaba… Lehmin y Lalia casi se vieron tentados de pasar un buen rato indagando en los curiosos y raros artículos que se ofrecían a precio de ganga en los variados puestos…
Sonaron las campanas. Lehmin dirigió su mirada a un reloj que se veía algo más allá en el edificio más alto de la villa y bajo el cual se hallaba una campana que iba sonando una y otra vez. Once exactamente. El tiempo había pasado volando desde que avistaran la villa hasta que llegaran a donde se encontraban ahora. Pero algo había cambiado. La gente ya no hablaba tanto, ni reía, ni sonreía en absoluto… De hecho, los que compraban comenzaban a marcharse apresuradamente con lo que habían adquirido; y los que vendían comenzaban a cerrar a toda prisa sus puestos y a recoger sus bártulos… Ambos duendes tenían que tener cuidado para no ser “arrollados” por aquella gente a la que le había entrado una extraña prisa repentina…
-¿Pero… qué ocurre?- Se extrañaba Lehmin, mirando a todos lados y encontrándose el mismo comportamiento…
Lalia estaba preocupada al ver la urgencia en el asustado rostro de todos aquellos que pasaban velozmente a su lado sin prácticamente reparar en ellos… Entonces un tipo con barba larga de avanzada edad, que tiraba de un pollino cargado, se detuvo al lado de la duende, abriendo mucho los ojos de asombro…
-¡¿Pero qué hacéis?! ¡Debéis iros a casa de inmediato!- Les advertía.
Lalia no entendía qué pasaba.
-Es que no somos de aquí y…- Intentó explicar.
Pero aquel tipo la interrumpió negando enérgicamente con la cabeza sin apenas pelo…
-¡No debéis estar aquí cuando suenen las doce en punto!
Lehmin intervino.
-¿Las doce en punto? ¿Qué ocurre a esa hora?
Ambos duendes vieron claramente como aquel tipo se estremecía y comenzaba a sudar…
-El fantasma… ¡Huid ya!- Exclamó antes de salir a toda prisa casi arrastrando a su animal…
Los dos duendes se quedaron observando a aquel tipo irse en medio de la gente que se marchaba continua y rápidamente…
-Ha dicho que hay un fantasma…- Comenzó a decirle Lalia al duende, con evidente tono de preocupación…
Lehmin, dirigiendo su mirada al campanario donde se encontraba el reloj, solo pudo asentir… ¡Un fantasma! ¡¿Cómo esperaba Santha Klaus que derrotaran a un fantasma?!
Pero aquel momento de duda del duende se desvaneció de inmediato al recordar la misión…
Cada vez había menos gente; ya casi no había puestos; los sonidos se iban alejando y apagando a medida que avanzaban los minutos. El cielo, que había permanecido despejado durante toda la noche, había ido cubriéndose poco a poco por un manto blanquecino que reflejaba las luces solitarias que habían quedado iluminando la villa, como testigos solitarios de la actividad intensa que había tenido lugar en la misma; aunque ahora nadie lo diría…
Pasaron los minutos, inexorablemente, hasta que llegó la hora: las doce en punto. Las campanadas resonaban en la soledad de las calles y la plaza donde se encontraban los duendes y Barn… Al sonar las doce, lehmin y Lalia permanecieron a la expectativa de lo que pudiera suceder…
Transcurría el rato y no pasaba nada. Lehmin comenzaba a pensar que aquello del fantasma era una leyenda o algo que se habían inventado para asegurarse que todo el mundo volvía a sus casas para las doce en punto…
Pero entonces Lalia se percató de algo. Vio que Barn estaba agachado, con la vista fija al frente, enseñando los dientes apretados, pero evidentemente asustado… Temiéndose lo peor, la duende, lentamente, fue llevando la mirada hacia el punto que no dejaba de mirar el oso polar… Y, al final de una calle que ascendía, iluminado por el reflejo del cielo proyectado de nuevo sobre la villa, en medio de una fría y lúgubre niebla sobrevenida, avistó una figura ataviada con una toga, encapuchada, que parecía surgir de la nada… Lalia se quedó sin aliento… no le salía la voz… Aquella figura avanzaba lentamente, como si sus pies no tocaran el suelo…
-Le… Lehmin…- Consiguió decir, temblando de miedo…
Pero Lehmin ya lo había visto. Debía haberse imaginado a qué se referían con aquello de “fantasma”; ahora recordaba perfectamente a aquel individuo, que era uno de los que robaron las piezas del taller de Santha Klaus…
Rápidamente, lehmin se dirigió a buscar su espada, sujeta en la mochila colocada en la silla de montar de Barn, que ya estaba a ras de suelo, con los dientes muy visibles y gruñendo… El duende también cogió el arco y las flechas de Lalia.
-¡Lalia!- Le llamó la atención.
Esta se giró de pronto y recogió su arma, que el duende le tendía mirando hacia el “fantasma” con expresión muy seria… A Lalia algo le llamó la atención; Lehmin ya no parecía el mismo de hacía unos días… de antes de comenzar la misión…
Pero la proximidad del ladrón fantasmal les hizo reaccionar.
-¡Ey, tú! ¡Sabemos que eres uno de los que asaltaron el taller del castillo de Santha Klaus! ¡Hemos venido a que nos devuelvas la pieza que te llevaste!- Se dirigía firmemente Lehmin al encapuchado, que proseguía su lento pero continuo avance por la calle solitaria…
Demostrando que lo había oído perfectamente, este levantó levemente la vista, dejando vislumbrar dos ojos iluminados llenos de malicia. A Lalia le sorprendió la aparente ausencia de miedo por parte del duende, que empuñaba su espada…
-¡Vamos! ¡Dánosla!- Insistía Lehmin.
Entonces, el encapuchado vio a Barn y se detuvo. Durante unos instantes, los dos duendes y el oso polar permanecieron quietos y en silencio, sin saber qué es lo que podría ocurrir a continuación… Entonces, aquel “fantasma” levantó una mano que sobresalía de la vieja toga, una mano que parecía hecha a base de cuerdas también viejas y gastadas, y la dirigió hacia Barn… Este, de pronto, dejó de gruñir y puso cara de sorpresa… Y ante el asombro de Lehmin y Lalia, el oso polar comenzó a elevarse en contra de su voluntad a medida que el “fantasma” encapuchado levantaba aquella extraña mano…
-¡Barn!- Exclamó Lalia, desesperándose.
-¡Para!- Le exhortó Lehmin.
Pero una aterradora sonrisa se dibujo en el oculto rostro de aquel ser y, abriendo la palma súbitamente, Barn salió disparado hacia el campanario ante la consternación de los dos duendes… El oso polar salió despedido a tal velocidad que no tardaron en oír “algo” chocándose contra la campana.
-¡¿Qué has hecho?!- Gritó Lalia con lágrimas en los ojos llenos de odio hacia aquel “fantasma” al tiempo que preparaba una flecha inmediatamente y se la lanzaba…
Sin moverse, el encapuchado detuvo la flecha justo delante de su cara.
-¡Ahora verás!- Lehmin se lanzó hacia aquel maldito esgrimiendo su espada…
Pero quedó paralizado justo cuando estaba a unos centímetros de distancia y se disponía a atacar con todas sus fuerzas… El duende intentaba moverse, con los dietes apretados por el esfuerzo y la rabia, pero era inútil… Con un leve gesto de la mano, el encapuchado mandó “volando” al duende hacia atrás varios metros, cayendo este al suelo con estrépito…
-¡Lehmin!- Exclamó Lalia dirigiéndose a comprobar el estado de su compañero…
Pero el duende comenzaba a incorporarse ante la expresión de preocupación de Lalia; Lehmin estaba más enfadado que dolorido… Entonces observó a su enemigo, que permanecía ahí de pie, totalmente seguro de si mismo… Y entonces se acordó de Barn.
-Vamos al campanario- le dijo Lehmin a Lalia.
Esta al principio no entendía… pero luego asintió.
-¡Vamos!- Urgió Lehmin a la duende y ambos salieron corriendo hacia el campanario…
Aquello no se lo esperaba el “fantasma”, que tras la sorpresa inicial comenzó a perseguirles, ahora desplazándose a mayor velocidad por las calles vacías y cubiertas de niebla…
Desde el interior de una de las casas, un chaval se asomó desde la ventana entreabierta, detrás de los barrotes, al oír ruido… Y cerró de inmediato, aterrorizado, al ver pasar al fantasma y fue corriendo a esconderse…
Los pasos de ambos duendes sonaban tremendamente por todas partes, demasiado para su gusto… En un momento determinado, Lehmin miró hacia atrás y vio a aquel encapuchado aún a cierta distancia pero casi pisándoles los talones…
-Vale… Entonces lo hacemos así, ¿de acuerdo?- Le dijo Lehmin a Lalia mientras no dejaban de correr…
-De acuerdo- convino la duende sin dudar.
Ya llegaban al campanario. El “fantasma” encapuchado no acababa de entender qué era lo que pretendían, pero iría tras ellos para acabar de una vez con aquellos enviados del odioso Santha Klaus…
Lehmin y Lalia atravesaron a toda velocidad el umbral del viejo edificio. Ahora se encontraban en el interior de una no muy amplia estancia hueca, donde podía oírse el eco y que estaba pobremente iluminada por algunas velas que amenazaban con apagarse en cualquier momento…
-A ver…- Lehmin buscaba algo con la mirada mirando hacia arriba, al techo…
Lalia se giró de inmediato al notar algo…
-¡Ya viene!- Alertó, notándose en su tono como intentaba reprimir el miedo que la embargaba ante aquella presencia…
Lehmin miró hacia la entrada y vio surgir de la niebla a aquella tenebrosa figura encapuchada que avanzaba flotando sobre el suelo, en silencio… Entonces regresó a su “búsqueda” en el techo…
-“¡Ahí está!”- Exclamó para sus adentros, e inmediatamente volvió a ponerse a buscar algo con la mirada, pero esta vez en las paredes…- “¡Perfecto!”- Pensó, momentáneamente exultante al encontrar lo que buscaba en la pared del fondo…
Lalia apareció a su lado caminando hacia atrás con expresión y mirada de pavor, ya casi sin poder controlarlo…
-¡Lalia!- La apremió el duende señalando hacia arriba.
Esta se giró hacia él. Lehmin, al verla, pareció pensarlo mejor… Pero cuando iba a abrir la boca, Lalia miró hacia donde señalaba el duende y luego le miró a él, asintiendo con súbita decisión. Lehmin, al ver su reacción, no pudo más que asentir con una sonrisa en su preocupada expresión… El “fantasma” se acercaba a ellos… Lehmin, sin dejar de mirar a la duende, comenzó a alejarse hasta el fondo de la estancia… Lalia fue caminando hasta llegar al punto justo debajo de donde había estado señalando el duende momentos antes… Lehmin desenvainó su espada y se preparó, dirigiéndose con los dientes apretados hacia aquel ser que se acercaba a Lalia… No debería haberle permitido que le ayudara, pensaba…
Y entonces, el encapuchado se puso frente a la duende, que permanecía de pie firmemente dispuesta a hacer lo que se proponía… El ser fantasmal no comprendía qué pretendía… pero se dispuso a terminar con la vida de la duende sacando una de aquellas extrañas manos y apuntado hacia el corazón de Lalia…
-¡Lalia! ¡Ahora!- Le señalaba Lehmin.
Pero la duende no se movía. Para desesperación de Lehmin, Lalia estaba paralizada.
-¡Lalia, apártate! ¡Lalia!- El duende notaba como se le humedecían los ojos…
De la mano de aquel ser comenzaba a brotar una luz azulada que cada vez se intensificaba más, reflejándose en los impresionados ojos de la duende… A Lehmin se le quebró la voz…
Entonces, para sorpresa de todos, una enorme figura llegó de un lado, apartando a Lalia justo a tiempo de que un rayo luminoso la alcanzara en el pecho…
-¡Barn!- Exclamó Lehmin, aliviado y sorprendido, al ver al gran oso polar sano y salvo después de haber salvado a su Lalia…
Pero aquello hizo enfadar al “fantasma”. Comenzó a temblar mientras varios rayos de luz azul pálido rodeaban su figura… Estaba claro que tenía la intención de acabar con los tres de una vez…
-¡Lehmin! ¡Ahora!- Exclamó Lalia recordándole lo que tenía que hacer…
El duende, que durante un instante no sabía a lo que se refería Lalia, reaccionó a tiempo y cortó con fuerza y rabia la cuerda que tenía al lado.
Entonces, al cabo de unos segundos que parecieron siglos, el ser extendió con furia sus brazos para matarles de una vez por todas… en el preciso momento que la gran campana le caía encima procedente del hueco del techo… Su ataque de luz azulada impactó en el interior de la campana, rebotándole… Sonó un tremendo “dong” que se escuchó más allá de la villa, en la distancia… Fue tal el impacto, que la campana salió despedida y botó una vez antes de parar en el suelo…
El silencio se hizo en la estancia. En el lugar donde había estado el “fantasma” solo se veía humo…  Y cuando se hubo desvanecido lo vieron: La toga tirada y “vacía” en el suelo… y semioculta por la misma… la joya gris que había cogido del taller de Santha Klaus…
-¡Ahí está la pieza!-Exclamó Lalia yendo a por aquella especie de joya…
Barn se aproximó y la duende, contemplando la pieza, se giró hacia el gran oso polar y le dio un abrazo de agradecimiento. Agradecimiento compartido por Lehmin que le puso una mano en el lomo y se dirigió a Lalia…
-¿Estás bien…?- Le preguntó, olvidándose completamente de la pieza…
Lalia sonrió y asintió.
Y entonces, cuando parecía que Lehmin le iba a decir algo, Lalia se fijó en el exterior…
-¡Lehmin, mira!- Le dijo antes de salir corriendo afuera seguida por Barn.
Lehmin no sabía si lamentarse o respirar de alivio al no haber podido decirle lo que había estado a punto de decirle… Entonces fue caminando al exterior del edificio al vislumbrar algo que le llamó la atención…
Fuera, la niebla se había disipado totalmente. Y ahora nevaba. Los copos tenían las más diversas figuras en su interior; y parecía no haber dos copos iguales… Barn disfrutaba mientras un copo le caía en la punta de la nariz… Y los dos duendes se miraron y sonrieron, maravillados por aquella nevada que, en la noche, iba cubriendo totalmente de blanco la ahora despejada y apacible villa.