viernes, 26 de diciembre de 2014

La Maldición del Espejo - Capítulo 2


La Maldición del Espejo
 
La garra misteriosa.


Arthur estaba anonadado. Las preguntas se agolpaban en su cabeza a la misma velocidad que se le iban disipando al distinguir más y mejor a aquella chica que tenía ante él.
Era joven… unos años menor que él. Su cabello era negro y liso… No era muy alta y más bien delgada… Pero se podían apreciar con claridad sus suficientemente generosas formas femeninas tras aquel camisón fino y vaporoso de color blanco… Estaba de pie, estática. Mirándolo con aquellos ojos de una belleza indescriptible y color indefinido…
Arthur comenzó a moverse lentamente, destapándose del todo y haciendo amago de levantarse…
-¿Quién eres? ¿Y cómo has entrado? No te he oído- Dijo esto último quedándose pensativo…
Entonces una ráfaga de viento le agitó el largo cabello a la joven, ocultándole por momentos el rostro de piel tersa y blanca… Arthur se fijó en la ventana que había tras ella: estaba bien cerrada.
Ahora que lo pensaba… él no había notado nada de aire. ¿Qué estaba pasando? En ese momento se fijó en que la joven adoptaba una expresión de preocupación, mirando ligeramente hacia atrás.
-Debo irme. Ten cuidado…- Le decía, como intentando no ser escuchada por nadie más… por alguien que pareciese estar cerca…
Arthur, notando que aquel viento (que él, por alguna extraña razón, no sentía) parecía hacerse más fuerte, como si la quisiera arrastrar, intentó decirle algo más…
Pero entonces sonaron dos golpes en la puerta. Arthur, instintivamente, se giró hacia la misma, sin llegar a decir nada; entonces volvió a girarse hacia donde estaba aquella chica…
Pero ya no estaba. Arthur puso cara de contrariedad, sin entender nada. Pero no podía concentrarse en pensar debido a la insistente voz que provenía del otro lado de la puerta…
-Señor Arthur, señor Arthur… ¿Está usted bien?- Le preguntaba con evidente preocupación Philip, el mayordomo…
Al joven le llamó la atención aquella forma peculiar de llamarle…
-No, nada. No pasa nada- le decía, intentando que se marchara para poder tratar de comprender…
Pero Philip insistía.
-¿Puedo pasar, señor Arthur?- Pidió…
Arthur suspiró en voz baja y contestó.
-Claro, Philip. Pasa.
El mayordomo, ciertamente avergonzado por entrar de aquella manera en la estancia del recién llegado -al que había cogido respeto y admiración desde el momento en que supo de quién se trataba-, pasó, nervioso, mirando con nulo éxito de disimulo en todas las direcciones posibles de la habitación…
-¿Se encuentra bien, señor Arthur?- Preguntó, mirándolo inquisitivamente…
Arthur advirtió esto. Aunque ya le caía bien, no era algo de lo que quisiera hablar en aquellos momentos con el esmerado mayordomo…
-Sí, claro. Solo un poco cansado…- Esperaba que cogiera la indirecta…
Pero Philip seguía insistiendo…
-Es que me pareció oírle hablar con alguien…- Se detuvo de golpe, como si no quisiera decir demasiado.
Arthur (que veía que aquel mayordomo ya sabía algo) decidió que quería estar solo.
-Sería yo mismo. A veces no me doy cuenta y me encuentro hablando solo. No es nada, Philip- esperaba que aquello fuera suficiente…
Parecía que sí lo fue. El mayordomo, tras un último vistazo a la zona de la ventana, comenzó a asentir mientras se giraba para retirarse…
-Bien, Ya sabe. Si necesita algo…- Le recordó, girando la cabeza hacia Arthur una vez más…
Este asintió, con una sonrisa amable, esperando que saliese de la habitación.
Por fin, se quedó a solas. Se levantó casi de un salto y encendió la luz de inmediato. Ahora estaba de pie, oteando los alrededores de su habitación. Lo primero que hizo fue ir derecho a la ventana y comprobar que -como así era- estaba cerrada… Apartó las cortinas para ver qué había detrás: todo normal. Acto seguido, ocurriéndosele de repente, “aterrizó” hasta el suelo para mirar debajo de la cama… Nada. Tanteó con la mano, alargando el brazo, para ver si -por un casual- encontraba alguna trampilla… No había ninguna. Se incorporó, llevándose una mano a la altura de la barbilla -tapándose parcialmente los labios-, pensando…
-“El armario”- cayó en la cuenta.
Rodeó la cama (aprovechando para examinar visualmente las paredes) y se fue directo al ancho y alto armario de dos puertas… Las abrió de golpe.
Solo había perchas.
-¿Mm? ¿Qué es esto?- Dijo aproximándose al fondo del interior del mueble…
A pesar de la poca luz, se distinguía algo en el tablero acolchado de la parte de atrás que daba con la pared. Fue a por la lámpara y la acercó a unas extrañas marcas que ahora se distinguían con claridad: eran tres líneas oblicuas, paralelas y de aproximadamente dos palmos de longitud cada una, irregulares y hechas sobre el tejido estampado que recubría toda la parte interna del armario…
-“Parece… un zarpazo”- fue su primera conclusión…
¿Un animal se colaría en algún momento y haría esto? ¿Había animales en la casa?
¿Y aquella chica? ¿Cómo lo había hecho para entrar y salir de la habitación? ¿Y… quién era?
Iba haciéndose preguntas mientras se sentaba en su cama, apagando la luz y echándose, quedándose -al cabo de un rato y sin darse cuenta- dormido…
 
Los rayos del sol entrando por la amplia ventana lo despertaron. Se había quedado dormido sin terminar de arroparse. Durante unos instantes no conseguía recordar dónde estaba; ni qué hacía allí. Pero al cabo de unos segundos recordó y se levantó…
Fue hacia la ventana y apartó el visillo para ver mejor el paisaje… de quedó viendo una extensión llana que iba más allá, acabando -casi abruptamente- en los cerros lejanos, pertenecientes al sistema montañoso en el que se encontraban en aquel lugar… Aguzó la vista para comprobar que, efectivamente, parecía haber un lago después de un colorido prado; no estaba muy lejos…
Pero ahora tenía que deshacer su maleta antes de bajar a desayunar. Después de eso último, hablaría con el señor Everton sobre el motivo que lo había llevado hasta allí…
En primer lugar, decidió colocar su  ropa. Se dirigió al armario. Se sorprendió al comprobar que se lo había dejado abierto… a pesar de no recordarlo muy bien. Sin más, comenzó a guardar sus escasas prendas de vestir en aquel rincón habilitado para tal propósito…
Volvió a ver las marcas. No pudiendo evitar volver a pensar sobre ello; entonces se fijó en algo que había en la superficie, justo debajo de las mismas, sobre unos cajones: parecían virutas… Pero no le dio más importancia y terminó de guardarlo todo, cerrando al acabar.
Ahora tocaba su “equipo de investigador”, como a él le gustaba llamarlo. Básicamente consistía en un pequeño maletín donde guardaba instrumentos tales como una lupa, un microscopio rudimentario, algunas herramientas… Incluso un pequeño telescopio. Y en sus libros, a los cuales les tenía mucho aprecio. Versaban sobre temas variados que, sabía, le podían ser útiles para realizar multitud de consultas. Una vez hubo acabado, consultó su reloj de bolsillo para comprobar que ya era la hora. Y, tras asegurarse de que llevaba sus inseparables libreta y pluma estilográfica, dio una última vista general a la estancia antes de cerrar la puerta tras de si.

Definitivamente era una mañana luminosa. Los haces de luz, conteniendo las incontables partículas de polvo del ambiente, daban al hall un aspecto menos amenazador que la noche anterior… Abajo le esperaba Philip.
-Buenos días señor Arthur. ¿Ha descansado?- Se interesó, quedándoselo mirando atentamente, esperando su respuesta, como si estuviera comprobando algo…
Arthur se dio cuenta de esto, aunque no le quiso dar mayor importancia…
-Bien, bien. He dormido muy bien- quería que quedase claro…
El mayordomo tampoco insistió, sonriendo ampliamente (aunque de forma algo forzada).
-Sígame por aquí. El señor Everton aguarda para dar comienzo al desayuno- le informó.
Tras Arthur asentir, le siguió hasta la estancia que venía a continuación, no mucho menor que la que dejaban atrás, encaminándose hacia la parte izquierda de la casa. Pero esto era un pasillo, una especie de sala de recepción de invitados, igualmente cubierta de cuadros y retratos y con la misma alfombra marronácea que parecía señalar los caminos por donde se podía seguir, al igual que en un mapa…
Llegaron a la siguiente sala, también enorme pero con otra distribución. Era el comedor; mucho más grande que el mismo en el que había estado la noche anterior y que quedaba justo al lado de la cocina… Aquí había una mesa amplísima y majestuosa, cubierta con vajilla de valor incalculable (aunque en su mayoría polvorienta), para numerosos comensales invisibles…
Tan solo se encontraba el señor Everton en la misma, sentado en uno de los extremos curvados.
-¡Ah! Buenos días…- Dijo Arthur de pronto, nada más verle…
Tanto Philip como el señor Everton intentaron contener una sonrisa. Quedaba claro que el recién venido no estaba muy al tanto en cuestiones de protocolo…
-Buenos días, señor Naoum. Siéntese, por favor- le dijo, con una educación exquisita -como ya había demostrado desde el primer momento-, el señor Everton, señalándole una silla labrada de madera situada en uno de los lados contiguos, cerca del dueño de la casa…
Arthur hizo un gesto de asentimiento con la cabeza -con el que además dio las gracias-, yendo hacia la silla, una de la veintena que rodeaban la mesa, cubierta por un mantel tan blanco que reflejaba intensamente la luz solar, la cual entraba por los altos ventanales que ocupaban la mayor parte de la pared que quedaba a espaldas de Everton…
-Puede llamarme Arthur…- Aquí él mismo no estaba seguro de si había sido muy correcto hacer aquella puntualización…
Sin que Arthur -un poco cohibido- se diera cuenta, Everton le dirigió una mirada intencionada a Philip, que obedeció de inmediato; este salió de la sala sin decir nada más.
Mientras tanto, Arthur giraba el cuello para ir viendo detenidamente aquella estancia que no era recogida, realmente… Vio que, en la pared opuesta a la de los ventanales, había otra chimenea, mucho más grande que la del despacho del señor Everton.
Durante unos instantes, se produjo un silencio que a Arthur llegó a incomodarle; pero no parecía que aquel hombre estuviese muy dispuesto a hablar, metido en sus pensamientos, como si él no estuviera allí…
Entonces llegó Philip, acompañado por alguien.
-Buenos días, señor- habló una voz grave de mujer que se estaba acercando a la espalda de Arthur…
Este se giró y pudo ver a una mujer, gruesa y de mediana edad, con un rostro agradable y sonrosado, vestida inequívocamente de cocinera, rubia con el pelo recogido en un moño y los ojos pequeños y castaños. Llevaba una bandeja de plata con huevos y abundante beicon, cuyo olor delicioso invadió al joven antes incluso de verlo…
-Arthur, le presento a Helen, la cocinera- habló Everton.
Arthur, de natural algo tímido, no supo cómo comportarse durante un momento, sacando finalmente la mano para estrechársela; lo que ocurre es que la mujer las tenía ocupadas, provocando la súbita duda en él sobre qué hacer a continuación…
Pero no pasaba nada. Con un aplomo propio de quién tiene experiencia en lo que hace, dejó la bandeja con los platos en el sitio de la mesa preparado para ello, y le estrechó la mano, fuerte y con una sonrisa…
-Es usted más joven de lo que me esperaba. ¿Ha venido con su mujer? ¿O novia?- Preguntó con toda la confianza del mundo…
A Arthur, por supuesto, no le importó, aunque se quedó sin palabras ante aquellas preguntas que no se esperaba…
-No, no… Vengo solo- se apresuró en aclarar…
La mujer puso cara de extrañeza.
-¿Cómo? ¿Un hombre joven y apuesto sin novia? ¿O es que tienes algo en la tierra que dejas atrás…?- No había tardado en tomarse confianzas…
Ahora ya casi se ruborizaba ante la insistencia de aquella mujer que le daba palmaditas -no suaves, precisamente- en la espalda…
-No, no. No hay nadie, no- no lo decía muy orgulloso…
Helen dejó de insistir, riendo traviesamente…
-Vamos, Helen, deja al muchacho. Ya ha satisfecho con creces tu infinita curiosidad- le recriminaba Philip, detrás de ella…
A la cocinera le cambió el rostro, haciéndose la ofendida. Everton había visto y escuchado toda aquella escena con una sonrisa en el rostro, divertido.
-No habrá probado nunca nada como esto, señor Arthur. Helen es una cocinera excelente que ha rechazado puestos mucho más importantes que el suyo para trabajar en este lugar perdido de la mano de Dios…- Dijo esto último controlando el tono lúdico predominante…
Helen movió la cabeza, restando importancia a aquellas amables palabras que le dedicaba casi cada vez que la veía. Arthur no dudó en asentir varias veces mientras volvía a girarse hacia la mujer…
-Desde luego, huele fenomenal- dijo, con toda la sinceridad que pudo…
Helen (a la que el joven huésped le había caído en gracia) sonrió, ruborizándose ahora ella.
Entonces Arthur vio que había alguien más al otro lado de la puerta abierta de par en par, como si se escondiera… Al ver la cocinera hacia donde se dirigían los ojos del muchacho, se dio cuenta de que debían cumplir con su obligación.
-Rosalyn. Puedes pasar- le dijo, en tono levemente autoritario, a la joven que se encontraba semioculta tras el marco de la puerta…
Arthur se quedó embobado viendo pasar a una chica, de aproximadamente su edad, con el pelo castaño recogido, vestida con ropas negras y blancas de ayudante de cocina, con un delantal, llevando otra bandeja -esta cubierta- con mucho cuidado, concentrada en que no se le fuese a caer…
Arthur se fijó en sus ojos castaño oscuro, fijos en la bandeja… hasta que se encontró con los suyos…
De pronto, la chica trastabilló, “volando” y cayendo el contenido de la bandeja -tostadas y varios tipos de mermelada- sobre la cabeza de Arthur.

martes, 16 de diciembre de 2014

La Maldición del Espejo - Capítulo 1


La Maldición del Espejo
 
La llegada a la Mansión.

 
El cielo estaba cubierto por nubes oscuras de tormenta. Había comenzado a chispear hacía rato y no tardaría en llover. Un hombre joven -de treinta y dos años- observaba el paisaje que iba pasando a través de la estrecha ventana de su carruaje, oscurecido por la casi permanente ausencia del sol…
-“Es como si hubiera dejado de existir…”- pensaba, absorto en sus propios pensamientos durante todo el trayecto.
Hacía cerca de tres horas que habían salido de Londres en aquel medio de transporte que (sobretodo en los últimos tres cuartos de hora) no había dejado de traquetear más o menos desde el principio del viaje; ahora ya solo aparecían montes y bosques, habiendo dejado atrás los últimos reductos de civilización…
El joven, de complexión y estatura medias, iba ataviado con ropas modestas pero elegantes: camisa blanca con chaleco negro, bajo una chaqueta verde oscuro; pantalones beige, sujetos por un cinturón marrón, como los zapatos de suela fuerte. Su cabello castaño y rebelde, al cual le iba haciendo falta un corte, lo llevaba cubierto en parte por una gorra del mismo color que la chaqueta; sus ojos verdes claro estaban fijos en aquellos momentos en un ave que no conseguía identificar y que volaba curiosamente bajo, a poca distancia. A sus pies, a un lado, se hallaba la maleta en la que llevaba prácticamente todas sus pertenencias, con un paraguas sencillo adosado a la parte del asa que, estaba convencido, no tardaría en usar…
-Desde aquí ya se puede ver- dijo de pronto una voz proveniente de la parte delantera del vehículo.
El joven reaccionó enseguida asomándose por la ventanilla, teniendo que sujetarse la gorra con una mano por el inesperado viento que se encontró al sacar la cabeza… Vio al cochero que le estaba señalando algo más adelante, hacia arriba.
Fue entonces cuando la avistó. La mansión de la familia Everton. El lugar al que se dirigía y para el que había venido desde tan lejos… Se erguía, majestuosa y solitaria, en la parte más alta de una cima, hasta donde el coche en el que viajaba no podría llegar…
Sonó el primer trueno. Acto seguido tuvo lugar un aguacero que obligó al joven a meter de nuevo la cabeza dentro. El cochero -un hombre de más de cuarenta años, bastante entrado en kilos y con un grueso bigote- tuvo que aguantar la intensa lluvia, tratando de cubrirse como le permitía su chaqueta y gorra, mientras se esforzaba por ver entre la cortina de agua los últimos tramos de su recorrido…
Obviamente, el ritmo se había enlentecido. El agua caía con tanta fuerza que el sonido llegaba a ser ensordecedor… El joven cayó en la cuenta de algo que no había hecho y, del interior de su chaqueta, sacó una libreta y una pluma estilográfica bastante antigua. La libreta era de tapas gruesas y se ataban con un pequeño cordel; la pluma era un recuerdo de su padre, que antes había pertenecido a su abuelo, y a la cual le tenía mucho cariño. Se puso a escribir rápidamente todos los detalles que se le venían a la cabeza tras haber contemplado por primera vez aquella famosa casa a la que se aproximaba en aquellos momentos…
Entonces el coche se paró. Cerró la libreta de golpe, atándola a toda prisa, y se la guardó junto con la pluma de nuevo en el interior de su chaqueta. A pesar de que ya no tanto como antes, seguía lloviendo considerablemente; así y todo se aventuró a salir…
-¿Qué ocurre? ¿Ya hemos llegado?- Le gritaba al cochero para hacerse oír, entre el viento ululante que hacía que el agua le alcanzara por todos lados…
Este había bajado y trataba de calmar a los dos caballos que tiraban del carruaje, dándoles algo para comer…
-Hasta aquí puedo llevarle. ¿Ve aquel camino que sube girando a la izquierda? Al cabo de unos cien metros encontrará unos escalones que llevan directamente a la casa de los Everton…- Dijo esto último con cierto respeto, haciendo una pausa.- Que tenga suerte, haya venido a hacer lo que sea aquí.
Y sin más palabras, ni dirigirle de nuevo la mirada, subió a su puesto de conductor, dándole tiempo para que pudiera sacar sus cosas.
El joven viajero se apresuró a coger su maleta y abrir el paraguas… El cochero, una vez hubo comprobado que su pasajero tenía sus pertenencias, hizo un gesto de despedida con la cabeza, quedando su expresión sombría oculta por la poca iluminación reinante, y dio la vuelta para regresar por donde habían venido…
Al cabo de unos segundos, habiendo girado un recodo, el coche se había perdido en la oscuridad. Estaba solo, bajo la lluvia -sujetando su paraguas remendado- y en medio de la nada…
El destello de un relámpago no muy lejano, lo hizo reaccionar de inmediato. Sin más dilación, siguió el camino pedregoso que le había indicado aquel hombre y el sonido de sus pasos se convirtió en su inseparable compañero durante la última parte de su camino…
El estrecho paso ascendía de forma cada vez más empinada. Estaba atravesando una especie de retorcido desfiladero, con escalones estrechos tallados de un extremo al otro, cuya parte alta apenas sí se veía cada vez que el cielo se iluminaba de repente; el viento arreciaba y volvía a llover con fuerza… El joven tenía que sostener fuertemente el paraguas con ambas manos para no quedarse sin él…
Después de lo que le pareció una hora (aunque sospechaba que no había sido tanto tiempo) salió de aquel pasadizo a una zona amplia y despejada que no se adivinaba desde abajo.
Ante él se extendía una explanada -de terreno más agradable de pisar- que quedaba delimitada unos cien metros a la redonda de su parte central. Donde se encontraba situada la Mansión. Un camino visible a sus pies llevaba directamente a la puerta principal que ya se divisaba desde donde se encontraba…
Mientras caminaba (ya ciertamente cansado), habiendo bajado el ritmo ante la cercanía de su destino, se fijó en que aquella casa era más grande todavía de lo que le habían contado y se había imaginado; incluso más de lo que parecía desde lejos… Además se dio cuenta de que había luces encendidas. La planta baja al completo y una habitación del primer piso -había dos más-. Se sintió aliviado. Le esperaban.
Cuando faltaban unos metros para llegar al amplio y trabajado portal, se percató de que, al fin, había dejado de llover; tampoco hacía viento. Era como si la tormenta se hubiera marchado al ver que ya no tenía nada que hacer…
Finalmente se plantó ante la imponente doble puerta de entrada, de madera labrada y cuidadosamente ornamentada. Antes de nada, sacudió el paraguas empapado y lo cerró, sujetándolo de nuevo a su maleta; se dio unas palmadas por la chaqueta y los pantalones para asegurarse que no entraba agua cuando pasara al interior. Y, tras recolocarse bien la gorra -zarandeada previamente por el viento-, se dispuso a tocar…
Dudó un instante antes de hacerlo. Aunque no sabía muy bien por qué… Se dio la vuelta y dio un vistazo a lo que había tras él: la explanada -ahora iluminada por la luna en cuarto creciente- daba claramente al vacío (excepto por el estrecho espacio por el que había venido), quedando la misma expuesta directamente al cielo, ahora ya de noche y con algunas estrellas asomando tímidamente entre las nubes que se marchaban rápidamente…
Se volvió a enfrentar a aquella puerta. Sin más dudar tocó. Dos golpes que sonaron atronadores en aquel silencio reinante… Esperó unos segundos. No obtuvo respuesta. Se dispuso a tocar de nuevo, alzando el puño, cuando unos pasos comenzaron a escucharse como surgidos de la nada…
La puerta se abrió.
Ante el joven sorprendido apareció un tipo de unos sesenta años, de baja estatura, pelo escaso (largo y blanco), con ojos severos y expresión dura; sus ropas eran indiscutiblemente las típicas de un mayordomo… aunque algo antiguas, pensó…
-¿Qué desea?- Preguntó el tipo con voz áspera y mirándolo con desconfianza.
Al joven no le salió la contestación de primeras. Carraspeó ligeramente antes de poder hablar…
-Soy…- Pero no pudo terminar.
-Ah, ya. Sí, sí. Puede pasar. Le esperábamos- hablaba aquel individuo muy rápido mientras hacía memoria…
El joven (que se había quedado con la palabra en la boca) recogió su maleta del suelo -donde la había apoyado hacía solo un momento- inmediatamente y no dijo nada más, pensando en que había superado aquel “escollo” inicial…
El mayordomo cerró la única puerta que había abierto tras él, nada más entrar, y pasó delante para indicarle por dónde debían seguir…
-Por aquí- le dijo, evitándole la mirada en seguida.
Ahora el joven viajero se fijó mejor en el lugar en el que se encontraba. Era un hall enorme. Una gran lámpara de araña ocupaba el centro del altísimo techo. Infinidad de cuadros y tapices cubrían las paredes, sin apenas espacio entre los mismos; numerosas esculturas de todo tipo (algunas inquietantes) aparecían colocadas aquí y allá, como si trataran de persuadir el avance de aquellos que no habían sido invitados allí… Pisaban sobre una alfombra ancha y polvorienta; debió ser roja en algún momento, pero ahora tenía un color apagado cercano al marrón. Todo estaba en silencio; tan solo sus pasos amortiguados por el tejido grueso de la moqueta resonaban en aquella sala de tales dimensiones. Se encaminaban hacia una escalera (por la que habría podido subir perfectamente un coche) que caracoleaba hasta arriba… Mientras comenzaban a subir escalones -muy juntos unos con otros- se fijó en la mayoría de ventanales que ocupaban gran parte de la pared correspondiente a la puerta principal.
Y entonces vio algo que solo se podía observar desde aquel punto de la estancia: un gigantesco cuadro, un retrato, de un hombre de mediana edad, de buena presencia, alto y delgado -pero de complexión fuerte-, pelo gris y cuidado, bigote no muy grueso escrupulosamente recortado, ojos penetrantes de un azul oscuro e intenso que parecía que no se los quitaba de encima… Iba ataviado con el atuendo de gala del ejército del Rey. Seguramente se trataba de un alto cargo militar. ¿Quién sería?
Aún echó un par de vistazos más a aquel retrato -que le daba la impresión de que lo vigilaba- mientras seguía a aquel tipo que no había girado la cabeza en ningún momento después de haberse echado a andar… Aguzó el oído y le pareció que murmuraba algo entre dientes…
-Ya está aquí… no sé yo… ha venido…- Y cosas así, algunas ininteligibles…
Cuando el joven se acercó un poco más para ver si conseguía descifrar aquella retahíla aparentemente incoherente, se llevó un sobresalto al girarse el mayordomo de pronto y encontrárselo de frente a pocos centímetros de distancia…
-¿Desea que le lleve la maleta?- Preguntó de manera inesperada.
Lo primero que pensó el joven fue que parecía que no se había percatado de lo que había intentado un momento atrás; lo segundo es que, con seguridad, no ejercía su oficio de mayordomo con demasiada asiduidad…
-No, no se preocupe. Ya puedo yo- le dijo, esbozando una jovial sonrisa de agradecimiento…
Pero no obtuvo la misma respuesta por parte del mayordomo, que se limitó a asentir y desviar la mirada hasta el suelo, sumergiéndose de nuevo en su diálogo consigo mismo…
Siguieron ascendiendo por aquella escalera que daba una vuelta hasta llegar al primer piso…
Aquí hacía frío.
Todo estaba bastante oscuro y el silencio seguía reinando; aunque el joven recién llegado sabía que no estaban solos. Le llegó sonido de alguna de las habitaciones cercanas.
-¿Quién hay en la casa?- Preguntó nada más pensarlo.
El mayordomo se detuvo en ese momento y se quedó mirando al frente. Estaban justo al borde de la escalera. Era una zona en la que se distinguía muy bien la separación entre la iluminación -tenue- de la planta baja y la oscuridad del piso en el que se encontraban…
-Helen, la cocinera, debe estar acostándose en estos momentos…- Hizo una pausa, quedándose pensativo.- No se preocupe, yo le prepararé algo para cenar…
El joven parpadeó y esperó unos segundos antes de hablar.
-Gracias… ¿Nadie más?
El mayordomo giró un poco la cabeza, llegando a mirarle durante un instante.
-El señor, por supuesto. Ahora mismo nadie más- terminó de decir.
Sabía que no le sacaría más información… de momento. Había dos caminos para seguir: uno hacia la derecha llevaba a un largo pasillo, apenas iluminado por la luz que se filtraba del exterior por la ventana del fondo, flanqueado por varias puertas; debían ser las habitaciones. Otro iba hacia la izquierda. Se adivinaba un resplandor proveniente de una puerta situada al fondo de otro pasillo…
-Es por aquí- le llamó la atención el mayordomo antes de continuar por este último corredor.
Se aproximaban a la estancia que se encontraba al final del mismo, de la cual llegaba aquella luz que se colaba por debajo de la puerta…
El mayordomo abrió.
Tras dejarle espacio para pasar, apareció ante sus ojos una habitación de grandes proporciones, cuyas paredes estaban cubiertas de estantes abarrotados de libros del suelo hasta el techo… Y al fondo, delante de una chimenea que chisporroteaba en aquellos momentos, un hombre alto, con batín gris, fumaba pipa ante las llamas…
-Señor. Ha venido- le anunció el mayordomo.
La verdad es que le llamó un poco la atención aquella escueta presentación
El hombre -que claramente ya había advertido la presencia de ambos- se giró tranquila y lentamente. Entonces el joven abrió la boca al verle, fruto de la sorpresa.
Era el tipo del cuadro. Aunque con algunos años más y algo más corpulento…
-Muy bien. Bienvenido- dijo, con una voz sosegada pero imponente.
Ya no tenía el pelo tan bien cuidado y el bigote parecía más poblado. El joven dejó la maleta en el suelo y se irguió, poniéndose serio (y hasta un tanto solemne) para presentarse…
Mi nombre es Arthur Naoum, investigador. Aunque esto lo sabrá ya -hablaba con una sobrevenida seguridad que se le comenzaba a agotar…- Usted debe ser el señor Everton…
Como si hubiera esperado a que dijera aquello, el mayordomo “arrebató” la maleta de Arthur de su lado y salió de la estancia con ella, seguido por la mirada por aquel, que lo hacía intranquilo…
-¿Qué tal el viaje?- Le preguntó el señor Everton, sosteniendo su pipa, devolviendo la atención de Arthur a aquel tipo que lo escudriñaba con la mirada.
Arthur comenzaba a ponerse algo nervioso.
-Bien. Bueno… dentro de lo que cabe- aclaró, sincerándose.
Aquel tipo sonrió. Esto llamó la atención de Arthur. Iba a preguntar algo cuando el señor Everton (como si le hubiera leído el pensamiento) se adelantó.
-Lo dejaremos esta noche, ¿de acuerdo? Philip, acompaña al señor Naoum al comedor de invitados. Luego condúcele a su habitación. Mañana, después del desayuno, hablaremos sobre el asunto que lo ha traído hasta aquí…- Se expresó claro y conciso, sin opción a réplica.
Philip, el mayordomo, que apareció de improviso a la espalda de Arthur, le dio una leve palmada en el brazo para hacerle reaccionar… Ya no parecía tan reticente a su presencia…

Después de una frugal cena -preparada por Philip- en una sala apartada del piso de abajo, el mayordomo, ahora más hablador (le había estado explicando cosas sobre su mujer y sus ocho hijos), le llevó, como había ordenado su señor, a la habitación que habían habilitado para él…
La misma se encontraba al fondo del pasillo sin luz que había visto hacía un rato. Justo antes de entrar, se detuvo para ver qué se veía desde allí. Sólo la luna en el cielo… la oscuridad más absoluta se extendía más allá de las montañas… Después de oír trastear brevemente a Philip en el interior, decidió seguirle. Pero, antes de entrar, recogió su maleta que estaba apoyada en la pared al lado de la puerta…
La habitación era más grande de lo que se esperaba. Disponía de un amplio armario (que no usaría en su totalidad), una cama y una mesita de noche. Y un escritorio al que se dirigió al instante, nada más distinguirlo. En frente, arriba, disponía de un par de estantes donde podría colocar sus libros, los que siempre llevaba con él…
-Si desea algo no dude en avisarme. Yo duermo en la habitación contigua al comedor donde hemos estado. Que pase buena noche- le dijo, tras encender una pequeña lámpara sobre la mesita, en un tono decididamente afable.
Arthur se giró hacia el hombre.
-Gracias. Buenas noches.
Philip asintió y salió de forma sumisa de la habitación, cerrando tras de si.
Ahora Arthur estaba solo en su habitación. Lo primero que hizo fue dejar la maleta sobre la mullida cama y dirigirse a la ventana doble cubierta con cortinas y visillo. Apenas se podía ver nada, pero le pareció que el paisaje era ligeramente diferente hacia donde miraba ahora que por donde había venido hacía unas horas: su habitación daba a la zona de atrás de la casa. Sacó lo imprescindible para aquella noche, y poco más, y dejó la maleta (aún bastante llena) sobre el escritorio. Mañana, al levantarse temprano -como siempre-, se dedicaría a colocar cada cosa en su lugar. No sabía cuanto tiempo pasaría allí…
Por fin se tendió en la cama y se quedó un rato dándole vueltas a la cabeza. Solía hacerlo antes de ir a dormir; para poner en orden sus pensamientos. Por último apagó la luz.
De pronto hacía mucho frío. Arthur se tapó con fuerza para tratar de entrar en calor… se encontraba girado hacia la pared del armario, situado justo al lado de la puerta… Entonces notó algo. Algo tras él, al otro lado… Se destapó y se giró.
Era una chica. Lo miraba con los ojos muy abiertos, tras el pelo muy largo que le caía por los hombros. Iba vestida solo con un camisón, de tirantes y hasta un poco más abajo de las rodillas. Iba descalza.
Y era preciosa.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

6 Warriors - Capítulo 42

6 WARRIORS

Un nuevo comienzo…


Un inquietante gemido de esfuerzo surgía del exageradamente musculado cuerpo de Taisho… Los compañeros de Gavin y Huei observaban -impresionados unos, temerosos todos- cómo aquel tipo parecía “crecer” ante sus ojos…
Permanecían alerta, viendo con creciente intranquilidad aquella transformación… cada vez parecía menos humano…
El General continuaba apretando los dientes… Y su mirada -incluso más temible que antes- enfocaba más adelante, hacia el suelo… el mismo que iba agrietándose más y más bajos sus pies… A pesar de que nadie prestaba atención en aquellos momentos, las llamas no dejaban de extenderse…
-¿Cómo te encuentras, Huei…?- Le preguntó Gavin, de pie pero encorvado, sin girarse…
A este, a medias incorporado en el suelo, la pregunta le pilló por sorpresa…
-Bien… Pero no sé si sería capaz de aguantar una última embestida de este monstruo…- Reconoció…
Gavin -sin dejar de mirar a Taisho- guardó silencio durante unos segundos antes de contestar, con gesto entre serio y preocupado…
-Yo tampoco…- No tuvo más remedio que reconocer él también…
Los dos se quedaron callados mientras veían casi con resignación cómo su adversario común se preparaba para no dejar ni rastro de ellos…
Entonces Gavin tomó una determinación.
-No pienso permitir que este bastardo se salga con la suya… No sé cómo acabaré, pero por lo menos voy a intentarlo…- Anunció a su amigo.
Huei, bastante impresionado por todo lo que le había visto hacer y decir, también decidió algo.
-Sí. Quizá no lo consigamos… pero se lo haremos pasar mal… Seguro- Dijo totalmente convencido.
Gavin se irguió del todo a la vez que Huei se levantó y ambos se encararon con su enemigo… Estaban reuniendo las últimas fuerzas para responder al ataque definitivo del General…
Este parecía que iba a explotar… Todos los presentes podían sentir las vibraciones del suelo y las paredes…
Han no decía nada pero lo veía todo prácticamente perdido… Yun no sabía qué era lo que podía pasar a continuación… de qué sería capaz aquel individuo que ya no parecía un hombre… Bo estaba bastante asustado… aunque ahora sujetaba con ambas manos su palo largo, por si lo tuviera que llegar a utilizar de nuevo; cosa que no dudaría un segundo en hacer… Xin, sin que nadie se diera cuenta, rezaba. Sobretodo por Huei… Yi, sin ser muy consciente de ello, se posaba una mano sobre el pecho… sin dejar de mirar a Gavin…
Desde fuera, el cuartel entero parecía a punto de derrumbarse… El sonido gutural del General se propagaba por doquier justo en su punto álgido…
Finalmente se detuvo. Todo permaneció en el más absoluto silencio durante unos instantes. Los momentos previos a lo inevitable… Gavin y Huei ya estaban en guardia… todavía no muy firme porque ni siquiera le veían los ojos…
Entonces se los vieron claramente.
-¡¡¡VOY A MATAROS!!!- Su voz parecía surgir de las entrañas del suelo…
El General se abalanzó sobre ellos con una velocidad que no se podían creer…
El brazo se hundió en el suelo con una facilidad pasmosa, milésimas de segundo después de que los dos jóvenes saltaran hacia atrás para evitar el golpe mortal… así y todo, pudieron notar la fuerza alcanzándoles casi de lleno…
Inmediatamente, Taisho levantó la vista y les vio huir una vez más… Pero esta vez no escaparían…
Con el otro brazo, lanzó un gancho que, a pesar de no darles directamente, creó un viento terrible que les golpeó, mandándolos doloridos más lejos… Aunque eso no representaba ningún problema para el General, que sacó del todo el brazo de la tierra y se impulsó esta vez con el otro pie…
Sus compañeros… sus amigos… las personas que les querían… veían con insoportable impotencia cómo aquella mole maligna les estaba alcanzando… levantando el brazo recién “recuperado” para acabar con los dos de una sola vez…
Gavin y Huei estaban indefensos… A merced de Taisho… El General iba a ganar la batalla…
Entonces el tiempo se paró.
Taisho comenzó a abrir los ojos más y más, a cámara súper lenta -y la boca también-, sin acabar de entender aún qué estaba pasando. Entonces todos lo vieron: un tipo, con capa y sombrero de ala ancha, todavía permanecía en el aire, sable en mano, tras haber trazado un tajo de lleno al General por detrás, en la espalda…
-¡Shen!- No pudo evitar exclamar Han al reconocerle. Era inverosímil que estuviera allí ahora mismo…
En aquel breve intervalo de tiempo, Gavin y Huei posaron los pies en el suelo y contemplaron la situación actual… Entonces Gavin reconoció al instructor de armas, situado justo tras el voluminoso cuerpo del General, el cual iba echándose hacia delante, sin control… Aquel ahora le dirigía la mirada…
-¡Ahora es vuestro turno…!- Les avisó.
Tenía Razón. Gavin y Huei reaccionaron al unísono. Y se lanzaron a la vez a golpear al General…
-¡¡¡UAAAAAAH!!!- Gritaron embravecidos al tiempo que se dirigían con todas las fuerzas que les quedaban -y más- hacia su enemigo…
Sendos puños de ambos guerreros se hundieron en el centro del tronco de Taisho. Este, cuya mirada se perdía por momentos, salió despedido contra la pared más cercana, tras él (Shen ya se había apartado)… Y acabó estrellándose contra el muro, produciéndose una enorme grieta por la inmensa fuerza del doble puño recibido, y rompiéndose la armadura que portaba en las extremidades inferiores en pedazos…
Gavin y Huei, de la inercia, cayeron hacia delante, sobre el suelo, agotados; no podían casi ni abrir los ojos… Sus compañeros y amigos no se lo podían creer…
El General había sido derrotado.
Pero, en el preciso instante que todos se comenzaban a dirigir hacia los dos jóvenes, hubo una serie de deflagraciones que inundaron la estancia de llamaradas…
-¡Cuidado! ¡Fuego!- Exclamó Bo, mirando desesperadamente en todas direcciones…
Gavin, que no sabía muy bien qué era lo que estaba pasando, notó que alguien le ayudaba a levantarse: era Shen.
-Muy bien, Gavin. Pero ahora hay que irse…- Le advirtió cuando el débil muchacho alzó la mirada para encontrarse con la del instructor, el cual ya tenía el sable guardado…
Cuando comprobó que Gavin se sostenía en pie, y una vez llegaron sus amigos, Shen ayudó a levantarse también a Huei que, aunque no conocía a aquel individuo, no podía negar que le estaba agradecido, dejándole hacer…
Yi, tímidamente, quería acercarse a Gavin, ahora rodeado por Yun, el tipo de la capa y el sombrero y Bo… Xin se le adelantó llegando al lado de Huei, a cuyo lado estaba Han.
Pero no hubo tiempo. Todo ardía.
-¡Tenemos que salir de aquí!- Urgió Yun, buscando una salida con la mirada y haciendo rápidos movimientos con la cabeza…
La puerta de entrada, de manera inesperada, crujió y reventó, dando paso a lenguas de fuego que parecían querer entrar a cualquier costa… Parecía que el fuego había dado un “rodeo” a través de la sala de al lado, cuya puerta quedaba muy cerca del foco del incendio…
Han tomó la voz cantante. Ahora le tocaba a él intervenir.
-¡Seguidme! ¡Sé cómo salir de aquí!- Dijo al mismo tiempo que se dirigía corriendo hacia la gran silla situada al otro extremo de la sala…
Los demás no preguntaron y le hicieron caso.
Al llegar -tras haber recorrido una considerable distancia- se quedaron viendo cómo Han examinaba la parte del muro que quedaba justo detrás de la silla… parecía estar poniéndose cada vez más nervioso…
-¡Maldita sea! ¡La han sellado!- Exclamó, alarmándose por lo que aquello significaba…
Yun dirigió una mirada al muro cubierto por una especie de tapiz escarlata…
-¡¿Cómo que la han sellado?!- Preguntaba, con urgencia…
Han dudó de si merecía la pena ponerse a dar ninguna explicación. No había tiempo…
-Debieron hacerlo por la seguridad del General… Era una salida de emergencia pero también una posible entrada para asesinos…
-¿Y ahora qué hacemos?- Intervino Yi, tratando de mantener la calma…
Han alzó la vista hasta la puerta lateral; parecía que no había sufrido excesivos daños… Debían probar…
Pasándolos a todos por delante, llegó el primero hasta dicha puerta y la derribó de una patada. La madera crujió y se destrozó con el impacto… pero tuvo que protegerse, dando un paso atrás -al igual que los que llegaban tras él en ese momento- de las feroces llamas que pugnaban por devorarlo todo desde dentro… La sala contigua estaba ardiendo de arriba abajo…
De pronto no sabían qué hacer.
-¡Shen! ¡¿Conoces tú otra salida?!- Le preguntó Han, pensando en el fiasco de la salida prevista, para intentar agotar todas las posibilidades…
El fuego ya había ganado mucho terreno… comenzaba a rodearles…
-No. Ni siquiera conocía aquella- Dijo, negando con la cabeza casi con culpabilidad…
Entonces Han se dio cuenta. Estaban atrapados. Habían acabado con aquel maldito del General, pero ahora desaparecerían con él…
De forma súbita, un inesperado torbellino atravesó la puerta de entrada por la que habían llegado al principio, abriendo paso entre el fuego. Apareció Lei.
-¡Rápido, por aquí! ¡El paso se cerrará en breve!- Les urgía, haciéndose a un lado de la puerta…
Los demás no hicieron preguntas y fueron de inmediato hacia la obertura entre las llamas… el calor estaba haciéndose insoportable justo antes de cruzarla…
Una vez al otro lado -donde el fuego ya había avanzado bastante- se percataron de que Lei todavía no había cruzado…
-¡¿Qué haces?! ¡Cruza!- Le decía Yi…
Pero Lei permanecía de pie, medio ladeado, tranquilo… como si su intención fuera seguir hacia el interior de aquel infierno… Pero antes de hacerlo, como si hubiera recordado algo, se dirigió hacia Yi.
-He dejado a Feng en un jardín cercano. Lo encontraréis enseguida- fueron sus únicas palabras, junto con una casi imperceptible sonrisa, antes de que una cortina de fuego cayera entre Lei y los demás y ya dejaran de verle…
-¡No! ¡Espera!- Yi comenzó a adelantarse, viéndose retenida por Han…
-¡No tenemos tiempo! ¡Si no salimos ya, volveremos a quedar atrapados!- Le recordó…
Yi lo miraba con ojos humedecidos… Pero, cuando iba a protestar, comprendió que tenía razón…
Todos se pusieron a correr -con Han a la cabeza- hacia la salida. Mientras -junto con los demás- emprendía la huída de aquel lugar, Yi dirigió una última mirada a su espalda, hacia la sala donde se le había visto por última vez… No le había podido dar ni las gracias…

La sala totalmente en llamas, comenzaba a caerse a trozos… Lei se encontraba dentro, contemplando aquella destrucción… cuánto había intentado vivir alejado de todo eso… Pero entonces comprendió que, probablemente, se trataba de su destino… De pronto oyó algo que reclamó de inmediato su atención…
-Uuuugh… ¡¿Mmm?! ¡¡¡AAAARGH!!!- Taisho comenzaba a recobrar la consciencia.
Parecía ajeno a lo que había a su alrededor… solo le movía la ira…
-¡¡¡OS MATARÉ!!! ¡¡¡A TODOS!!! ¡¡¡AAAAAAARGH!!! ¡¡¡VOY…!!!- Pero no pudo seguir desgañitándose y escupiendo.
Un golpe sordo sonó detrás de él, provocando que guardara silencio. De manera definitiva. Cayó hacia delante, ya sin vida, saliéndole un fino hilo de sangre de la nuca… apareciendo Lei con la mano aún en canto…
Entonces este, al oír crujir la estructura entera de la sala, pareció reaccionar, mirando preocupado hacia todas direcciones…
-Debo salir de aquí…

El fuego ya casi había alcanzado las puertas del cuartel. Pero en esos instantes, Han, Bo, Gavin, Yi, Xin, Huei y Yun salían al exterior, a la noche iluminada por las llamas que devoraban el Cuartel General del Distrito Este… Algunos se dejaron caer al suelo, agotados… a pesar de ya encontrarse a distancia segura, no querían ni mirar hacia aquel lugar terrible del que acababan de escapar…
Entonces Yi, de rodillas en el suelo, tratando de recobrar el aliento, se levantó de inmediato al recordar las palabras de Lei.
-Tenemos que ir a buscar a Feng- dijo, dándose la vuelta y dirigiéndose a los demás.
Estos, que también intentaban recuperarse, estuvieron de acuerdo al instante; y se dispusieron a dirigirse al lugar que les había dicho aquel tipo misterioso que les había ayudado…
Abandonaron definitivamente aquel lugar al que no regresarían jamás.
Mientras tanto, en la distancia, sobre una colina situada en la ciudad misma, una figura ataviada con una armadura gris -sin el casco-, un hombre joven, alto, de larguísimo cabello azul celeste, liso, y ojos del mismo color, contemplaba con expresión de contrariedad aquel espectáculo… Aquel soldado que había llegado corriendo y desesperado desde allí tenía razón: algo pasaba en el cuartel “vecino”…
-¿Pero qué ha pasado?

Una vez a salvo del todo -y a cubierto, a pesar de llegar destellos del incendio- en el jardín al que se refería Lei, se pusieron a buscar con la mirada por todas partes… A Xin le cambió la cara cuando la encontró.
-¡Feng!- Gritó, rompiéndose, mientras salía corriendo hacia el árbol sobre el que estaba delicadamente apoyada…
Sus amigos contemplaban apenados cómo la joven corría llorando a lanzarse al regazo de Feng… Lentamente se acercaron mientras Xin sollozaba incontroladamente…
Al cabo de unos minutos, cuando consideró que era oportuno, Shen se dirigió al grupo.
-Bueno. Yo me voy- dijo, dirigiendo una mirada hacia aquella escena tan triste protagonizada por Xin y su amiga sin vida…
Entonces Gavin, todavía serio, desvió su atención y se acercó al instructor de armas hasta quedar frente a él.
-Gracias- le dijo.
Shen sonrió (lo justo, teniendo en cuenta la situación). Entonces vio que Huei le miraba; este asintió levemente, en señal de agradecimiento. Shen hizo lo propio en respuesta, sonriendo también. Entonces se giró y comenzó a caminar.
-Hasta la vista- decía mientras levantaba una mano y la agitaba, sin girarse.- Y tú cuídate, Han.
Este -que no había perdido detalle- sonrió.
-Lo mismo te digo, Shen.
Entonces, tras dar un par de pasos más, el instructor se detuvo. Y girando la cabeza lo suficiente para verle de reojo, se dirigió a Gavin…
-Gavin. Necesitarás un arma- dijo tan solo.
Y siguió su camino, ya sin detenerse. Gavin quería hacerle preguntas -sin saber exactamente por qué-… Pero ya se estaba alejando demasiado, desapareciendo entre los árboles, bajo el manto de la noche…
Se quedaron todos en silencio. Tan solo interrumpido por el llanto amortiguado de Xin…
Detenido en medio de aquel bosquecillo, Shen -casi girándose del todo- lanzaba una mirada atrás. Pensaba en Gavin…
-“Estoy convencido de que nos volveremos a ver”.
Y se fue.

Unos días después.

En un lugar tranquilo y apartado, rodeado de árboles, habían enterrado a Feng. Xin se encontraba en aquellos momentos colocando flores ante la losa de piedra que habían colocado… Ya apenas lloraba… se le habían secado las lágrimas de tanto hacerlo.
Entonces se levantó para estirar un poco el cuerpo, cansado de adoptar aquella postura. Y llegó Yi que, sin decir nada más que dedicarle una amplia sonrisa, se ofreció a ayudarla a colocar las flores de varias clases que Xin le iba llevando a la amiga de las dos.
-Xin- comenzó a decir Yi.
La joven supo enseguida lo que Yi quería contarle…
-Ya lo sé- dijo, sin apartar la mirada de la tumba de Feng…
Yi no dijo nada más. Ya sabía que las palabras serían innecesarias.
Al cabo de un minuto fue Xin la que habló.
-¿No deberíamos contarles a Gavin y a Huei porqué el General decidió atacar nuestra escuela?- Le preguntó, dudando…
Yi se detuvo.
-No sé si es buena idea… ¡Se les subiría a la cabeza a aquellos dos engreídos!
Por primera vez en muchos días, Xin rió. Ambas chicas rieron, rodeadas de las flores que aún faltaban por colocar…
Y, nuevamente en silencio, siguieron colocándolas.

En una aldea cercana, en una pequeña tasca, una ancianita le traía una taza de té humeante a una joven sentada sola en un rincón de la vacía y destartalada estancia… Fuera hacía sol, pero ella llevaba puesto un sombrero de paja que le ocultaba casi todo el rostro…
-Aquí tienes, jovencita- le dijo, con voz achacosa, dejándole la taza sobre la pequeña y sucia mesa con dificultad…
-Gracias- contestó, con voz agravada.
La joven bebió el té casi de un trago. No le importaba lo que quemara ni el dolor… Se levantó de golpe y se dirigió con pasos decididos hasta la barra, donde la señora se sorprendió al ver que ya había terminado… Le dejó unas monedas y se marchó sin decir una palabra, dirigiéndole la anciana una mirada casi asustada…
Salió al exterior y se detuvo. Tenía que decidir qué camino tomaría ahora…
-“Acabaré con ellos. Y a él… le haré algo peor, antes de matarle también…”- Juró Lin, con odio en la mirada, antes de reemprender la marcha…
Sabía muy bien a dónde debía dirigirse.

Cerca de los restos calcinados del cuartel, un niño pequeño, muy sucio y con la ropa rota, descalzo, jugaba con una pequeña pelota azul… En un momento determinado, se le escapó y siguió rodando hasta chocar con un pie. Un pie enfundado en una armadura. El niño, que no se había dado cuenta de esto, solo tenía su atención en la pelota y, cuando vio que una mano bajaba hasta cogerla y elevarla, la siguió con la mirada con cara de asombro… Entonces, quedándose quieto, con la boca abierta -y un moco asomándole-, se quedó mirando al señor que la tenía agarrada…
Este, inesperadamente, se la tendió. El niño miró hacia su pelota, ahora a su alcance; luego le dirigió una mirada aquel desconocido al que no se le veía el rostro… La acabó cogiendo, sonriendo muy contento y salió corriendo a seguir jugando…
El tipo se irguió. Bajo la luz del sol su figura se veía ensombrecida. Era un soldado.
Entonces miró hacia atrás, hacia donde antes se levantaba el cuartel… había otros soldados… Iban de aquí para allá llevando tablones y herramientas…
Al soldado ya se le distinguía claramente el rostro. Sonreía satisfecho.
-“Ahora le devolveremos el buen nombre al Ejército de Changshia. Y todo comienza aquí”- pensó, mientras observaba a sus compañeros…
Y se unió a ellos.

En la sala del Emperador, uno de los sirvientes traía unas preocupantes noticias provenientes de la ciudad de Changshia. Le pasó con temeroso respeto el rollo con las nuevas a su señor. Este, al terminar, habló.
-Quiero saber qué ha sucedido- dijo alzando la mirada… mostrando unos ojos pertenecientes a un joven de diecisiete años…
Los ojos del Emperador.



Continuará…

viernes, 17 de octubre de 2014

6 Warriors - Capítulo 41

6 WARRIORS

¡¡Tenemos que derrotar al General!!


A pesar del esfuerzo evidente, Huei contenía el puño de Taisho con ambas manos, mientras este permanecía perplejo ante tan inesperada intervención…
-¡Es Huei!- No pudo “evitar” comentar Yun, a pesar de saber perfectamente que todos ya se habían dado cuenta…
El grupo formado por este, Yi, Bo y Han se percató de la aproximación de unos pasos… a pesar de escucharse débilmente…
Era Xin la que se acercaba…
-Xin…- Dijo Yi, comprobando con cierta preocupación el estado anímico de su amiga…
Pero esta llegó a su lado sin decir nada. Se limitó a dirigir la mirada -en un rostro ligeramente compungido- hacia donde se encontraban Huei y Taisho…
Entonces Yi se dio cuenta.
Huei apretaba los dientes por el esfuerzo, pero estaba bastante entero… Gavin, detrás de él, parecía ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor…
-¡¿De… De dónde sales tú?!- Exigía saber el General.- Con el golpe que te he dado deberías estar inconsciente varios días- Sabía que no exageraba demasiado…
Huei sonrió con desdén durante un instante, sin dejar de contener al gigante…
-Me duele la cabeza- fue su única respuesta.
Pero Taisho ya estaba harto de la actitud confiada de aquellos dos niñatos y de cómo no paraban de faltarle al respeto.
-¡Te vas a enterar!- Vociferó el General dejando de ejercer presión con un puño para atacar con el otro…
Huei -tras dirigir una furtiva mirada de reojo hacia atrás y ver que Gavin se encontraba a una distancia segura- se hizo a un lado evitando el potente ataque que dio en el vacío; acto seguido, adelantándose lo suficiente para colocarse a un lado del tipo, saltó lo bastante para llegar a la altura de su cara…
-¡Te devuelvo lo de antes, bastardo!- Exclamó el joven justo antes de propinarle un fortísimo puñetazo en la cara, después de que a Taisho apenas le hubiera dado tiempo de mirar hacia su oponente
El General, para su sorpresa -y la de los demás-, se vio desplazado a un lado por la fuerza de aquel golpe.
Huei llegó al suelo observando el resultado; había conseguido lo que quería: alejarlo de Gavin…
Taisho trataba de recomponerse; aquello ya era demasiado… Por si no tuviera bastante con uno ahora venía otro… y no servía de excusa que el amigo recién llegado estuviera más “fresco”… Otros habrían muerto seguro con el golpe recibido antes.
Taisho se giró hacia Huei y se dispuso a dirigirse a su encuentro para acabar con él… Huei, dándose cuenta de que si aquel individuo se volvía a acercar corría peligro Gavin, decidió adelantar su posición para evitar que se viera en medio…
Pero Taisho no se daba cuenta de todo esto. Solo pensaba en machacar a uno y terminar con el otro…
-¡Aaaargh!- Emitió el General, corriendo y lanzando una patada con la punta del pie, sin apuntar a ninguna parte del cuerpo de Huei en particular…
Este -saliendo veloz al encuentro de su oponente- la esquivó sin mayor problema y entró en su zona
Taisho -viéndoselo encima- trató de reaccionar… Pero él mismo se había metido en una trampa…
Huei, impulsándose desde abajo -flexionando mucho las rodillas-, “despegó” del suelo, elevando un puño como si lo quisiera llevar al cielo…
Y el puño se estrelló contra el mentón de Taisho, causándole un efecto devastador… los pies se le separaron del suelo -todo parecía ir muy despacio- mientras miraba hacia el techo cómo flotaban las gotas de su propio sudor…
-¡Bravo!- Exclamó Yun, adelantándose entusiasmado.
Los demás no daban crédito: había sido capaz de levantar a aquella mole de un puñetazo…
Pero el que estaba anonadado era el propio Taisho. Aún “suspendido”, trataba de comprender qué era lo que estaba pasando… Volvió a reprocharse a si mismo el no haber acabado con esos dos hacía mucho tiempo…
Como movido por un resorte el General volvió a centrarse, mientras posaba los pies en el suelo, levantando polvo… Huei mantenía la guardia; sabía que la respuesta sería inminente…
Y así fue. Taisho se impulsó hacia el joven, levantando el fornido brazo casi a la altura de su temible cara, preparando un golpe de revés con el canto… Huei estaba preparado… Pero entonces notó un inoportuno pinchazo en la cabeza que lo distrajo momentáneamente.
-¡¡Estúpido!!- Bramó Taisho -percibiendo lo que le pasaba a Huei- lanzando el golpe directamente a su cuello…
-¡Huei!- Exclamó Xin, muy preocupada por el gesto de dolor del joven y lo cerca que estaba aquel monstruo de él…
Huei, dolorido, tuvo el tiempo suficiente para reaccionar alzando el codo a la altura necesaria para resistir la dura mano de su contrincante… aún así se vio desplazado sin remedio a un lado…
Pero consiguió detener la inercia del impacto -pillando desprevenido a Taisho- apoyando un pie e impulsándose inmediatamente con el mismo de nuevo hacia la faz del General…
Esta vez le dio una patada con el empeine en toda la cara… provocando que aquel mirara hacia otro lado mientras escupía saliva y abría mucho los ojos… Aquel golpe había sido más fuerte que el anterior…
Sus compañeros respiraron aliviados; Xin se llegó a tranquilizar un poco…
Taisho -debido al enfurecimiento- se recuperó al instante.
-¡Maldito seas! ¡¿Es que crees que puedes derrotarme?!- Le espetó, encarándolo y lanzándose de nuevo a la carga…
Huei evitó un gancho lateral que iba de nuevo a su cabeza, agachándose y atacando a continuación; Taisho detuvo con una palma el golpe de puño que iba al centro de su rostro; aquello se convirtió en un intercambio de golpes en el que el uno atacaba y el otro esquivaba…
-¡¿Te piensas que eres muy bueno?! ¡Eso creía tu amigo… y mírale ahí!- Continuaba Taisho, sin dejar de lanzar ataques con las extremidades superiores y evitar los patéticos intentos de aquel ingenuo de volver a alcanzarle…
Las miradas de los demás se dirigieron instintivamente a Gavin, que permanecía quieto -aunque en pie-, sin parecer que respirase siquiera…
El intercambio -muy igualado- continuaba; y Taisho también continuaba tratando de desmoralizar a Huei con sus ataques verbales…
-¡Debí acabar con vosotros dos hace mucho tiempo…!- Acabó reconociendo sin pretenderlo…
Huei, que no pudo evitar bajar la guardia al no comprender a lo que se estaba refiriendo, recibió un manotazo con la palma abierta en el torso, viéndose obligado a recular… Mientras esperaba un poco para recuperarse, se preguntaba de qué estaría hablando ese tipo…
Taisho bajó los brazos, manteniéndose erguido. Ya había hablado demasiado. No tenía sentido callarse lo que estaba brotándole desde dentro…
-Cuando acabe con vosotros ya no existirá más la escuela Heilong- sentenció, produciéndose un extraño contraste entre la serenidad maligna con la que dijo aquellas palabras y el aspecto monstruoso que presentaba…
Entonces Gavin reaccionó, moviéndose levemente.
-Y ahora…- Continuó Taisho, comenzando a caminar hacia Huei- … Voy a acabar con esto para siempre- anunció.
Huei aguardaba la aproximación del General…
-Cuando me fui, juré que me entrenaría. Que me entrenaría sin descanso hasta estar preparado…- Comenzó a decir alguien, alto y claro, en aquella enorme sala…
Yun, Yi, Han, Bo, Xin, Huei y Taisho dirigieron las miradas hacia el que estaba hablando y que había acaparado la atención de todos: era Gavin.
-…Preparado para vengar la escuela Heilong- prosiguió.- Pero no sabía quién había sido exactamente el responsable… hasta ahora.
Todos -incluyendo Taisho- prestaban atención a lo que estaba diciendo Gavin. Y a cómo lo decía. Este continuó.
-No volví para perder… Lo hice para acabar contigo… ¡Hoy…! ¡¡Tú…!! ¡¡¡Serás…!!! ¡¡¡¡DERROTADO!!!!- Dijo, alzando la cabeza y mirándole directamente a los ojos…
Justo en ese instante, las velas caídas, como animadas por un viento desconocido, prendieron las maderas con las que estaban en contacto, formándose dos focos de llamas crecientes… las cuales iluminaban el rostro y los ojos de Gavin…
Su mirada había cambiado.
Taisho tenía que reconocer que aquellas palabras le habían impresionado profundamente… Pero no iba a permitir que se le notara lo más mínimo.
-¡¡Basta ya de estupideces!! ¡¡Acabaré con ambos!!- Exclamó, en tono bravucón…
Pero apenas el General echó el cuerpo hacia delante, Gavin salió disparado hacia él… Como una flecha.
Huei notó cómo Gavin pasaba a su lado a una velocidad inaudita; abrió los ojos de par en par porque no se lo podía creer…
-¡¿Eh?!- Dijo Taisho, encontrándose de pronto a Gavin delante suya…- ¡¿Pero cómo…?!- No pudo terminar.
Gavin le hundió el puño en el estómago, dejando al imponente General sin resuello. Este, a punto de vomitar, trató de atacarle como si le diera un zarpazo… Pero Gavin saltó hacia atrás, apoyando los pies lo justo para impulsarse en el mismo instante, elevándose, y darle con la planta del pie en la frente y la nariz…
Taisho, que previamente se había quedado con las rodillas flexionadas, cayó tras ser despedido hacia atrás, quedando en el suelo boca arriba tras un gran estruendo…
-“¡Es… Es increíble…!”- Pensaba Huei, aún con la mano sobre la zona golpeada…
Los demás tampoco se creían lo que acababa de hacer Gavin: había conseguido tumbar al General…
El joven guerrero permanecía en guardia; sería de un momento a otro…
-¡¡¡Uaaaaaarggh!!!- Tal como Gavin esperaba, Taisho se incorporó de un salto, abalanzándose como una fiera enloquecida sobre él…
Pero le aguardaba lleno de confianza y sed de venganza…
Taisho trató de atraparlo con ambos brazos… Pero Gavin saltó, como si le hubiese leído el pensamiento, y despareció de la vista del General…
Este -con su cara monstruosa- puso expresión de extrañeza; pero, mirando hacia arriba, no tardó en comprender lo que pasaría a continuación…
Gavin, que parecía que “flotara” en el aire, preparó el brazo, colocando el codo en posición… Taisho, alarmado, bajó la vista, tratando de apartarse de su trayectoria… Pero ya era demasiado tarde.
Gavin descendió con el codo y le golpeó, por detrás, justo en la base del cuello, mandándole de nuevo al suelo, provocando que la cara se le hundiera en el mismo…
El joven cayó a su lado. Comenzaba a pensar que ya deberían haber acabado con él…
-¿Le ha derrotado…?- Preguntó Bo…
Pero ninguno de sus compañeros sabía qué decir… Gavin permanecía a poca distancia, observándole…
-¡Gavin, tus pies!- Intentó avisarle Huei…
-¡¿Eh?!- Aquel maldito le había pillado por sorpresa…
Le agarró con una mano por uno de los tobillos; entonces sacó la cara maltrecha del boquete que había provocado en el suelo entarimado…
-¡¡No!!- Exclamó Yi…
Los demás pusieron expresión de alarma al ver con estupor el giro que había tomado la situación…
-¿Creías que me tenías… eh…? Je, je, je…- El General reía de forma inquietante…- ¡¡¡Pues soy YO el que te tiene a ti!!!- Vociferó Taisho, alzando a Gavin por encima de su cabeza…
Acto seguido le estrelló con brutalidad contra el suelo. Huei, Yun, Xin, Bo, Han… y Yi abrieron la boca, horrorizados, ante aquel terrible golpe… Temían lo peor…
El General, sonriendo, jadeaba… pero estaba satisfecho: ya debía estar muerto…
Durante unos instantes, solo se escuchaban las partículas de madera y tierra que se habían levantado caer de nuevo al suelo, en medio de una nube de polvo que ocultaba la práctica totalidad del cuerpo de Gavin… no se movía…
-Je… Je, je…- Comenzó a escucharse una risa.- Je, je, je…
Mientras se producía, Huei comenzó a esbozar una sonrisa… y con él el resto de sus compañeros… Y a Taisho le cambió totalmente la cara…
-¡¡¿Cómo…?!!- Exclamó al ver a Gavin -aún manteniéndolo sujeto por el tobillo y levantándolo- una vez se hubo disipado el polvo…
Estaba bastante magullado… pero entero y con una sonrisa desafiante… A sus amigos solo les faltó lanzar vítores y dar saltos de alegría…
Pero Taisho no iba a consentir que aquello durara más; lo volvería a repetir… ¡las veces que hiciera falta!
Entonces, justo antes de que el General volviera a estrellar el maltrecho cuerpo de Gavin contra el suelo -donde ya había un importante hueco-, apareció Huei en el momento oportuno, y golpeó con fuerza al hombro del brazo que lo sostenía…
-¡¡Uggh!!- Taisho, sintiendo el dolor punzante, tuvo que soltar a Gavin en el acto…
Este cayó al suelo. Pero, en ese momento, aprovechando que Huei estaba despistado comprobando el estado de su amigo, el General le dio una potente patada en la boca del estómago que lo mandó a varios metros de distancia, haciendo que cayera al suelo rodando y golpeándose…
-¡Huei!- Exclamó Gavin, desviando la mirada hacia este, cosa que aprovechó Taisho para darle un fortísimo puñetazo en la cara que lo mandó cerca de donde se encontraba su amigo…
Ambos hacían un tremendo esfuerzo por incorporarse, doliéndose de las partes golpeadas… Entonces dirigieron la vista al General…
Algo le estaba pasando. Su cuerpo parecía hipertrofiarse todavía más… y su cara ya era totalmente la de un monstruo…
Ahora sí que daba miedo de verdad.
-“Esta vez sí… Ese es el auténtico General…”- Se decía Han para si…
Pero lo que todos sabían era que aquella batalla no duraría mucho más…
Estaba preparando el golpe final.

viernes, 3 de octubre de 2014

6 Warriors - Capítulo 40

6 WARRIORS

Despierta el monstruo…


La mano de Taisho -que aún sujetaba la empuñadura- temblaba. El último de los trozos de la hoja destruida había caído en el suelo, junto con los demás… Gavin, a escasos centímetros de su asustado contendiente, todavía mantenía el puño en alto. El puño con el que había llevado a cabo aquella proeza…
En el suelo, aunque ya consiguiendo incorporarse, Yi tenía los ojos muy abiertos por la sorpresa… ¿Gavin había sido capaz de aquello?
Entonces la joven notó que alguien la ayudaba, sujetándola de un brazo desde atrás…
-¡Yun!- Exclamó -sin alzar mucho la voz- al ver al joven, bastante recuperado, aunque sin mirarla a ella.
Parecía que él se estaba dando cuenta en aquel mismo momento de lo que había pasado…
-¿Me estás diciendo… que Gavin ha hecho eso?- Preguntó, anonadado…
Yi devolvió la mirada de su amigo a Gavin, sin ser capaz de contestar…
Mientras Yun terminaba de ayudar a Yi a levantarse, oyeron unos pasos que se aproximaban; pero la escasa iluminación de aquel punto de la estancia no les dejó ver de quién se trataba hasta que llegó a su altura…
Era Han.
-¡Han! ¿Estás bien?- Se interesó Yun al ver al ex soldado aparecer de entre las sombras, caminando de manera que era evidente que se encontraba dolorido…
Este terminó de llegar y, antes de parar -y contestar- dirigió una mirada de incredulidad hacia la estática escena protagonizada por Gavin y Taisho, en la cual quedaba muy claro lo que había sucedido…
-¿Qué ha ocurrido?- Quiso saber de todos modos…
Pero antes de que la chica pudiera tratar de contestar, escucharon a alguien que se acercaba gimiendo y quejándose…
-¡Bo, ¿cómo estás?!- Le preguntó Yun, con su entusiasmo habitual…
Bo llegaba sujetándose en su palo para poder caminar, medio mareado…
-Aay… ayy… estoy hecho polvo…- Iba diciendo mientras avanzaba…
Los demás no estaban muy seguros de que Bo les hubiese visto u oído.
Mientras caminaba como podía, el muchacho giraba con dificultad su dolorido cuello hacia donde se encontraban Gavin y aquella mole… El pobre no entendía nada.
-Pero… Pero… ¡uy!… ¿Qué pasa? ¡Ey…!- Les llamó la atención al verles por fin…
Una vez reunidos los cuatro, dirigieron su atención al combate, aún inconcluso, sin decir una palabra más.
El General seguía temblando; y Gavin -que ya comenzaba a abrir la mano- aún permanecía en la misma posición… era como si el tiempo para ellos fuera a diferente velocidad que para los demás…
-Ahora ya estamos en igualdad de condiciones- se “atrevió” a soltarle Gavin al General…
Pero entonces este pareció reaccionar. Poco a poco, sin dejar de apretar los dientes, fue bajando ligeramente la vista -como si fuese a mirar hacia abajo- hasta que dejaron de vérsele los ojos… Entonces Gavin observó que, de pronto, dejó de temblar. Y cerró la boca, en un gesto duro pero menos tenso…
-¿Que estamos en igualdad de condiciones, dices…?- Comenzó a decir, elevando progresivamente la voz…
Gavin se dio cuenta, con un gesto de alerta, de que aquel tipo temible estaba volviendo en si…
Súbitamente, el General lanzó fuertemente a un lado lo que le quedaba de su Gran Sable, a la vez que abría los ojos como una fiera salvaje…
-¡¡¡Yo te enseñaré si estamos en igualdad de condiciones!!!- Rugió, de forma terrible…
Han se dio cuenta de algo.
-¡Gavin! ¡Ten cuidado! ¡Ahora ya no es el mismo de antes!- Trataba de avisarle…
Este, que había girado la cabeza hacia Han, no entendía muy bien a lo que se refería; volvió a girarse hacia su enemigo… Entonces Gavin se percató de que pasaba algo extraño
El General ahora parecía estar haciendo un terrible esfuerzo; apretaba los dientes y tenía los ojos en blanco… los chorros de sudor le resbalaban por el cuello y los músculos de los brazos, los cuales poco a poco parecían hipertrofiarse… el suelo bajo sus pies comenzaba a agrietarse de forma cada vez más visible…
-¿Qué… Qué le ocurre…?- Comenzaba a alarmarse Gavin, preguntando a Han…
Yi -con un boquiabierto Bo a su lado- también lo miró, esperando su respuesta… Pero Han no pudo contestar; hasta aquel momento pensaba que eran habladurías…
Mientras tanto, aquel tipo parecía ir volviéndose más corpulento, si cabía… Ahora mostraba más los dientes, emitiendo un sonido desde dentro que iba en aumento, con una faz que daba auténtico pavor…
-Es como… un monstruo…- Dijo Yun, con cierta congoja…
Parecía que el estado del General se había “estabilizado”… Gavin no llegaba a estar en posición de guardia, aún inquieto por lo que estaba viendo…
Entonces el General -con los ojos ya permanentemente en blanco- sonrió. Ampliamente.
-¿Eh?- Se extrañó Gavin.
Pero antes de que este pudiera decir o hacer nada, Taisho llegó hasta donde se encontraba de un impulso -a una velocidad asombrosa- y le asestó un tremendo puñetazo en la cara…
-¡Gavin!- No pudo evitar exclamar Yi…
Gavin salió disparado hacia la pared más cercana… estrellándose en la misma de espaldas. El joven, dolorido y medio abriendo un ojo, vio que cerca, sobre su cabeza, había varias de las múltiples velas que estaban repartidas por la amplia sala…
Pero antes de que pudiera recuperarse, Taisho surgió como un torbellino y le volvió a golpear… Esta vez en el estómago. A Gavin se le abrieron más los ojos y se le hinchó la boca, expulsando saliva, mientras la pared a su espalda se agrietaba, cayendo algunos cascotes… y las velas de arriba se movían peligrosamente…
Cuando el nuevo Taisho llevó el otro puño atrás -con los músculos retorcidos- para terminar de machacar a Gavin, este reaccionó a tiempo y saltó a un lado, con el espacio justo para evitar el consiguiente impacto, que acabó alcanzando a la superficie ya “castigada”…
Ahora sí que la grieta terminó de abrirse, alcanzando a la parte superior… donde saltaron las velas -con sus soportes-, cayendo al suelo semiocultas por el resto de escombros…
Pero ni Taisho -que giró la cara en busca de Gavin- ni nadie advirtió esto. Fue algo que pasó totalmente desapercibido…
Gavin terminó de “aterrizar”, aún tratando de recuperar el resuello, mientras el General, implacable, volvía a impulsarse para ir tras él…
Casi antes de tocar con los enormes pies en el suelo, atacó con el puño cerrado -el que tenía más cerca de la pared- hacia la testa de Gavin… el cual se agachó por los pelos, golpeando el mazazo de nuevo en el muro… Los demás advirtieron que la estructura de la edificación comenzaba a resentirse…
Aquel monstruo tenía demasiada fuerza, pensó Gavin.
Y lo comprobó de primera mano al darle aquel un patadón con toda la planta del pie -que Gavin a duras penas consiguió bloquear cruzando los brazos delante con los puños cerrados-, empujándolo hacia atrás…
El joven aún derrapó un par de metros antes de detenerse completamente; aquel tipo lo miraba con sus ojos blancos…
-¿Qué pasa? ¿Ya no te atreves a acercarte?- Le decía -en tono burlón pero desdeñoso- Taisho con un tono de voz más grave que antes -también hipertrofiado- y un ligero asomo de sonrisa en su rostro apenas iluminado…
Gavin avistó que, detrás de Taisho, en el suelo y a no mucha distancia de este, algo iluminaba con dificultad, una luz danzarina que parecía medio tapada por los pedazos de pared que habían caído antes… Pero Gavin -sin darle tiempo a pensar- se olvidó de ello al momento.
A ras de la pared, como él mismo se encontraba, llegaba “planeando” el General… parecía mentira que pudiera moverse tan ágilmente con aquella nueva envergadura…
En consecuencia, Gavin decidió abrir espacio y saltar a un lado, para alejarse de la pared lo máximo posible…
Pero entonces ocurrió algo que no se esperaba. Taisho, en pleno “vuelo”, viendo cómo aquel mequetrefe con aires de superioridad seguía huyendo de él, se impulsó de súbito contra la pared -más bien fue una patada- y cruzó la distancia que lo separaba de Gavin -también este sin tocar todavía el suelo- a la velocidad de un proyectil… provocando la caída de otra vela sobre el suelo de madera…
-¡Uaaah!- Exclamó el joven al ver cómo Taisho se le echaba encima…
Entonces el General le dio con el canto de la mano en el brazo, en la zona superior, provocando -mientras los segundos parecían ir más despacio- que se le pegara al cuerpo de forma inevitable y dolorosa… A Gavin se le perdió la mirada al mismo tiempo que sentía el tremendo golpe, notando cómo el brazo le quedaba sin fuerza…
Se estrelló contra el suelo, dando varios giros laterales, ante la expresión de alarma de sus compañeros… Taisho, aún con la mano en canto, sonrió satisfecho al tocar con el primer pie en el suelo… Pero la sonrisa le duró poco.
Gavin -no sin esfuerzo- comenzaba a levantarse, sujetándose el brazo dañado, que parecía dormido…
-“No está roto… pero no podré usarlo en un buen rato…”- Comprobó…
Ahora sus compañeros respiraban aliviados; parecía como si no se pudiese acabar con Gavin…
A Taisho comenzó a pasársele por la cabeza que, a pesar de estar utilizando toda su fuerza -habiéndose visto obligado a ello, además-, no acababa de quitarse de en medio a aquel maldito niñato…
Eso tenía que solucionarlo ya.
Sin pensárselo más, comenzó a moverse, acelerando el paso hasta correr, hacia Gavin…Este, que se había quedado ligeramente distraído con el estado de su brazo, abriendo la boca por lo inesperado, levantó la vista demasiado tarde… Taisho lo “arrolló”, agarrándole con la manaza en la cara, sin dejar de correr, y llevándolo a toda velocidad -sin rozar apenas el suelo- hacia la pared contraria…
-¡Oh, no! ¡Tiene que conseguir soltarse!- Advirtió Han…
Los demás seguían muy preocupados la escena…
El General estaba llegando a la otra pared… con Gavin atrapado en su “garra”… Lo iba  a aplastar…
-“¡No puedo respirar…!”- Pensaba Gavin, tratando de zafarse…
Pero Taisho ya veía el muro… Sin poder contener una exagerada sonrisa maníaca -y sin parar de avanzar a toda velocidad-, llevó la mano con la que sujetaba a Gavin un poco hacia atrás, con el fin de prepararse…
-¡¡Voy a aplastarte como a un huevo!!- Le anunció…
Gavin sabía que era el momento…
El General, prácticamente con todas sus fuerzas, dirigió la mano hacia la pared… Contra la pared.
Y la mano se hundió en el muro. Aparecieron grietas que no dejaron de crecer durante unos instantes… cayó polvillo del techo incluso…
-Je… je je… je je je je… ¡Je je je! ¡¡Ja ja ja ja…!! ¡¡¡Jua, ja, ja, ja, ja, ja!!!- Se puso a reír Taisho, inmerso todavía en una nube de polvo y chinas…
Entonces extrajo la mano -agarrotada- del agujero… el polvo se disipaba… Y dejaba al descubierto lo que había ocurrido.
-¡¡¡¿Eh?!!!- El General ya no podía abrir más los ojos…
La mano, aparte de polvo… no tenía nada más. No había sangre… ni nada por ninguna parte…
Entonces Taisho se giró, incrédulo. Y ahí estaba: Gavin seguía recuperando el aire -aquel idiota había estado a punto de asfixiarle- cerca del suelo, con las rodillas flexionadas y la mano sana apoyada…
-Yi, ¿te encuentras bien?- Le preguntó Yun.
Esta, sonriendo por ver sano y salvo a Gavin, al principio no sabía a lo que se refería; entonces se dio cuenta de que una lágrima le resbalaba por la mejilla sonrojada… Se apresuró a secársela con el dorso de la mano. Yun, que no comprendía nada, devolvió su atención al desarrollo de aquel combate…
-¿Cómo… Cómo lo has hecho…?- Aún transformado, Taisho volvía a temblar…
Pero a Gavin no le apetecía decir nada provocador… lo había pasado realmente mal hacía un momento…
En ese instante, Taisho, sin pensar, por impulso, atacó…
Gavin veía como se aproximaba de forma sorprendentemente atolondrada… Tan solo tuvo que incorporarse, saltar y propinarle una patada en el centro el pecho -como le había dado él antes-…
El General se estampó de espaldas en la misma pared contra la que había intentado chafar a Gavin momentos atrás… y se agrietó todavía más…
A aquellas alturas, los compañeros de Gavin daban por hecho que tenía al General contra las cuerdas… Yun estaba a punto de darle gritos de ánimo cuando -un segundo después de que el General se “despegara” del muro- vio a su amigo: algo iba mal.
La última acción que había llevado a cabo Gavin le había agotado… y eso unido al lamentable estado de su brazo no era buen augurio precisamente… El General, a medida que avanzaba, se iba dando cuenta de esto… ahora le tenía…
-¡Gavin, cuidado!- Le gritaba Yun.
Yi notaba como el corazón se le aceleraba. Bo estaba con la boca abierta, aterrado. Y Han estaba a punto de darlo todo por perdido…
Taisho -que también acusaba los golpes recibidos- comenzó a acelerar el paso… solo pensaba en acabar con Gavin de una vez por todas…
Este ni le miraba. Estaba tan exhausto que no sabía ni donde estaba…
Taisho, que ya corría, se aproximaba con todo su ímpetu con el puño en alto…
Pero Gavin no oía los gritos de sus compañeros.
El golpe de puño ya iba derecho a su cabeza… era inminente… Yi cerró los ojos.
Los mantuvo apretados durante unos instantes. Y, al no oír nada, comenzó a abrirlos lentamente…
Entonces los abrió mucho. Y no podía estar más agradecida.
Ante la sorpresa de todos -excepto de Gavin, que seguía con la vista hacia el suelo- apareció Huei, que sostenía con ambas manos el enorme puño de Taisho, el cual no se lo podía creer…