La Maldición del Espejo
La llegada a la Mansión.
El cielo estaba cubierto por nubes oscuras de tormenta.
Había comenzado a chispear hacía rato y no tardaría en llover. Un hombre joven
-de treinta y dos años- observaba el paisaje que iba pasando a través de la
estrecha ventana de su carruaje, oscurecido por la casi permanente ausencia del
sol…
-“Es como si hubiera dejado de existir…”- pensaba, absorto
en sus propios pensamientos durante todo el trayecto.
Hacía cerca de tres horas que habían salido de Londres en
aquel medio de transporte que (sobretodo en los últimos tres cuartos de hora)
no había dejado de traquetear más o menos desde el principio del viaje; ahora
ya solo aparecían montes y bosques, habiendo dejado atrás los últimos reductos
de civilización…
El joven, de complexión y estatura medias, iba ataviado con
ropas modestas pero elegantes: camisa blanca con chaleco negro, bajo una
chaqueta verde oscuro; pantalones beige, sujetos por un cinturón marrón, como los
zapatos de suela fuerte. Su cabello castaño y rebelde, al cual le iba haciendo
falta un corte, lo llevaba cubierto en parte por una gorra del mismo color que
la chaqueta; sus ojos verdes claro estaban fijos en aquellos momentos en un ave
que no conseguía identificar y que volaba curiosamente bajo, a poca distancia.
A sus pies, a un lado, se hallaba la maleta en la que llevaba prácticamente
todas sus pertenencias, con un paraguas sencillo adosado a la parte del asa
que, estaba convencido, no tardaría en usar…
-Desde aquí ya se puede ver- dijo de pronto una voz
proveniente de la parte delantera del vehículo.
El joven reaccionó enseguida asomándose por la ventanilla,
teniendo que sujetarse la gorra con una mano por el inesperado viento que se
encontró al sacar la cabeza… Vio al cochero que le estaba señalando algo más
adelante, hacia arriba.
Fue entonces cuando la avistó. La mansión de la familia
Everton. El lugar al que se dirigía y para el que había venido desde tan lejos…
Se erguía, majestuosa y solitaria, en la parte más alta de una cima, hasta donde
el coche en el que viajaba no podría llegar…
Sonó el primer trueno. Acto seguido tuvo lugar un aguacero
que obligó al joven a meter de nuevo la cabeza dentro. El cochero -un hombre de
más de cuarenta años, bastante entrado en kilos y con un grueso bigote- tuvo
que aguantar la intensa lluvia, tratando de cubrirse como le permitía su
chaqueta y gorra, mientras se esforzaba por ver entre la cortina de agua los
últimos tramos de su recorrido…
Obviamente, el ritmo se había enlentecido. El agua caía con
tanta fuerza que el sonido llegaba a ser ensordecedor… El joven cayó en la
cuenta de algo que no había hecho y, del interior de su chaqueta, sacó una
libreta y una pluma estilográfica bastante antigua. La libreta era de tapas gruesas
y se ataban con un pequeño cordel; la pluma era un recuerdo de su padre, que
antes había pertenecido a su abuelo, y a la cual le tenía mucho cariño. Se puso
a escribir rápidamente todos los detalles que se le venían a la cabeza tras
haber contemplado por primera vez aquella famosa casa a la que se aproximaba en
aquellos momentos…
Entonces el coche se paró. Cerró la libreta de golpe,
atándola a toda prisa, y se la guardó junto con la pluma de nuevo en el
interior de su chaqueta. A pesar de que ya no tanto como antes, seguía lloviendo
considerablemente; así y todo se aventuró
a salir…
-¿Qué ocurre? ¿Ya hemos llegado?- Le gritaba al cochero para
hacerse oír, entre el viento ululante que hacía que el agua le alcanzara por
todos lados…
Este había bajado y trataba de calmar a los dos caballos que
tiraban del carruaje, dándoles algo para comer…
-Hasta aquí puedo llevarle. ¿Ve aquel camino que sube
girando a la izquierda? Al cabo de unos cien metros encontrará unos escalones
que llevan directamente a la casa de los Everton…- Dijo esto último con cierto
respeto, haciendo una pausa.- Que tenga suerte, haya venido a hacer lo que sea
aquí.
Y sin más palabras, ni dirigirle de nuevo la mirada, subió a
su puesto de conductor, dándole tiempo para que pudiera sacar sus cosas.
El joven viajero se apresuró a coger su maleta y abrir el
paraguas… El cochero, una vez hubo comprobado que su pasajero tenía sus
pertenencias, hizo un gesto de despedida con la cabeza, quedando su expresión
sombría oculta por la poca iluminación reinante, y dio la vuelta para regresar
por donde habían venido…
Al cabo de unos segundos, habiendo girado un recodo, el
coche se había perdido en la oscuridad. Estaba solo, bajo la lluvia -sujetando
su paraguas remendado- y en medio de la nada…
El destello de un relámpago no muy lejano, lo hizo
reaccionar de inmediato. Sin más dilación, siguió el camino pedregoso que le
había indicado aquel hombre y el sonido de sus pasos se convirtió en su
inseparable compañero durante la última parte de su camino…
El estrecho paso ascendía de forma cada vez más empinada.
Estaba atravesando una especie de retorcido desfiladero, con escalones
estrechos tallados de un extremo al otro, cuya parte alta apenas sí se veía
cada vez que el cielo se iluminaba de repente; el viento arreciaba y volvía a
llover con fuerza… El joven tenía que sostener fuertemente el paraguas con
ambas manos para no quedarse sin él…
Después de lo que le pareció una hora (aunque sospechaba que
no había sido tanto tiempo) salió de aquel pasadizo
a una zona amplia y despejada que no se adivinaba desde abajo.
Ante él se extendía una explanada -de terreno más agradable
de pisar- que quedaba delimitada unos cien metros a la redonda de su parte
central. Donde se encontraba situada la Mansión. Un camino visible a sus pies
llevaba directamente a la puerta principal que ya se divisaba desde donde se
encontraba…
Mientras caminaba (ya ciertamente cansado), habiendo bajado
el ritmo ante la cercanía de su destino, se fijó en que aquella casa era más
grande todavía de lo que le habían contado y se había imaginado; incluso más de
lo que parecía desde lejos… Además se dio cuenta de que había luces encendidas.
La planta baja al completo y una habitación del primer piso -había dos más-. Se
sintió aliviado. Le esperaban.
Cuando faltaban unos metros para llegar al amplio y
trabajado portal, se percató de que, al fin, había dejado de llover; tampoco
hacía viento. Era como si la tormenta se hubiera marchado al ver que ya no tenía nada que hacer…
Finalmente se plantó ante la imponente doble puerta de
entrada, de madera labrada y cuidadosamente ornamentada. Antes de nada, sacudió
el paraguas empapado y lo cerró, sujetándolo de nuevo a su maleta; se dio unas
palmadas por la chaqueta y los pantalones para asegurarse que no entraba agua
cuando pasara al interior. Y, tras recolocarse bien la gorra -zarandeada
previamente por el viento-, se dispuso a tocar…
Dudó un instante antes de hacerlo. Aunque no sabía muy bien
por qué… Se dio la vuelta y dio un vistazo a lo que había tras él: la explanada
-ahora iluminada por la luna en cuarto creciente- daba claramente al vacío
(excepto por el estrecho espacio por el que había venido), quedando la misma
expuesta directamente al cielo, ahora ya de noche y con algunas estrellas
asomando tímidamente entre las nubes que se marchaban rápidamente…
Se volvió a enfrentar a aquella puerta. Sin más dudar tocó.
Dos golpes que sonaron atronadores en aquel silencio reinante… Esperó unos
segundos. No obtuvo respuesta. Se dispuso a tocar de nuevo, alzando el puño,
cuando unos pasos comenzaron a escucharse como surgidos de la nada…
La puerta se abrió.
Ante el joven sorprendido apareció un tipo de unos sesenta
años, de baja estatura, pelo escaso (largo y blanco), con ojos severos y
expresión dura; sus ropas eran indiscutiblemente las típicas de un mayordomo…
aunque algo antiguas, pensó…
-¿Qué desea?- Preguntó el tipo con voz áspera y mirándolo
con desconfianza.
Al joven no le salió la contestación de primeras. Carraspeó
ligeramente antes de poder hablar…
-Soy…- Pero no pudo terminar.
-Ah, ya. Sí, sí. Puede pasar. Le esperábamos- hablaba aquel
individuo muy rápido mientras hacía memoria…
El joven (que se había quedado con la palabra en la boca) recogió
su maleta del suelo -donde la había apoyado hacía solo un momento- inmediatamente
y no dijo nada más, pensando en que había superado aquel “escollo” inicial…
El mayordomo cerró la única puerta que había abierto tras
él, nada más entrar, y pasó delante para indicarle por dónde debían seguir…
-Por aquí- le dijo, evitándole la mirada en seguida.
Ahora el joven viajero se fijó mejor en el lugar en el que
se encontraba. Era un hall enorme. Una gran lámpara de araña ocupaba el centro
del altísimo techo. Infinidad de cuadros y tapices cubrían las paredes, sin
apenas espacio entre los mismos; numerosas esculturas de todo tipo (algunas inquietantes)
aparecían colocadas aquí y allá, como si trataran de persuadir el avance de
aquellos que no habían sido invitados allí… Pisaban sobre una alfombra ancha y
polvorienta; debió ser roja en algún momento, pero ahora tenía un color apagado
cercano al marrón. Todo estaba en silencio; tan solo sus pasos amortiguados por
el tejido grueso de la moqueta resonaban en aquella sala de tales dimensiones.
Se encaminaban hacia una escalera (por la que habría podido subir perfectamente
un coche) que caracoleaba hasta arriba… Mientras comenzaban a subir escalones
-muy juntos unos con otros- se fijó en la mayoría de ventanales que ocupaban
gran parte de la pared correspondiente a la puerta principal.
Y entonces vio algo que solo se podía observar desde aquel
punto de la estancia: un gigantesco cuadro, un retrato, de un hombre de mediana
edad, de buena presencia, alto y delgado -pero de complexión fuerte-, pelo gris
y cuidado, bigote no muy grueso escrupulosamente recortado, ojos penetrantes de
un azul oscuro e intenso que parecía que no se los quitaba de encima… Iba
ataviado con el atuendo de gala del ejército del Rey. Seguramente se trataba de
un alto cargo militar. ¿Quién sería?
Aún echó un par de vistazos más a aquel retrato -que le daba
la impresión de que lo vigilaba-
mientras seguía a aquel tipo que no había girado la cabeza en ningún momento
después de haberse echado a andar… Aguzó el oído y le pareció que murmuraba
algo entre dientes…
-Ya está aquí… no sé yo… ha venido…- Y cosas así, algunas
ininteligibles…
Cuando el joven se acercó un poco más para ver si conseguía
descifrar aquella retahíla aparentemente incoherente, se llevó un sobresalto al
girarse el mayordomo de pronto y encontrárselo de frente a pocos centímetros de
distancia…
-¿Desea que le lleve la maleta?- Preguntó de manera
inesperada.
Lo primero que pensó el joven fue que parecía que no se
había percatado de lo que había intentado un momento atrás; lo segundo es que,
con seguridad, no ejercía su oficio de mayordomo con demasiada asiduidad…
-No, no se preocupe. Ya puedo yo- le dijo, esbozando una
jovial sonrisa de agradecimiento…
Pero no obtuvo la misma respuesta por parte del mayordomo,
que se limitó a asentir y desviar la mirada hasta el suelo, sumergiéndose de
nuevo en su diálogo consigo mismo…
Siguieron ascendiendo por aquella escalera que daba una vuelta
hasta llegar al primer piso…
Aquí hacía frío.
Todo estaba bastante oscuro y el silencio seguía reinando;
aunque el joven recién llegado sabía que no estaban solos. Le llegó sonido de
alguna de las habitaciones cercanas.
-¿Quién hay en la casa?- Preguntó nada más pensarlo.
El mayordomo se detuvo en ese momento y se quedó mirando al
frente. Estaban justo al borde de la escalera. Era una zona en la que se
distinguía muy bien la separación entre la iluminación -tenue- de la planta
baja y la oscuridad del piso en el que se encontraban…
-Helen, la cocinera, debe estar acostándose en estos
momentos…- Hizo una pausa, quedándose pensativo.- No se preocupe, yo le
prepararé algo para cenar…
El joven parpadeó y esperó unos segundos antes de hablar.
-Gracias… ¿Nadie más?
El mayordomo giró un poco la cabeza, llegando a mirarle
durante un instante.
-El señor, por supuesto. Ahora mismo nadie más- terminó de
decir.
Sabía que no le sacaría más información… de momento. Había
dos caminos para seguir: uno hacia la derecha llevaba a un largo pasillo,
apenas iluminado por la luz que se filtraba del exterior por la ventana del
fondo, flanqueado por varias puertas; debían ser las habitaciones. Otro iba hacia
la izquierda. Se adivinaba un resplandor proveniente de una puerta situada al
fondo de otro pasillo…
-Es por aquí- le llamó la atención el mayordomo antes de
continuar por este último corredor.
Se aproximaban a la estancia que se encontraba al final del
mismo, de la cual llegaba aquella luz que se colaba por debajo de la puerta…
El mayordomo abrió.
Tras dejarle espacio para pasar, apareció ante sus ojos una
habitación de grandes proporciones, cuyas paredes estaban cubiertas de estantes
abarrotados de libros del suelo hasta el techo… Y al fondo, delante de una
chimenea que chisporroteaba en aquellos momentos, un hombre alto, con batín
gris, fumaba pipa ante las llamas…
-Señor. Ha venido- le anunció el mayordomo.
La verdad es que le llamó un poco la atención aquella
escueta presentación…
El hombre -que claramente ya había advertido la presencia de ambos- se giró tranquila y
lentamente. Entonces el joven abrió la boca al verle, fruto de la sorpresa.
Era el tipo del cuadro. Aunque con algunos años más y algo
más corpulento…
-Muy bien. Bienvenido- dijo, con una voz sosegada pero
imponente.
Ya no tenía el pelo tan bien cuidado y el bigote parecía más
poblado. El joven dejó la maleta en el suelo y se irguió, poniéndose serio (y
hasta un tanto solemne) para presentarse…
Mi nombre es Arthur Naoum, investigador. Aunque esto lo
sabrá ya -hablaba con una sobrevenida seguridad que se le comenzaba a agotar…-
Usted debe ser el señor Everton…
Como si hubiera esperado a que dijera aquello, el mayordomo “arrebató” la maleta de Arthur de su lado y
salió de la estancia con ella, seguido por la mirada por aquel, que lo hacía
intranquilo…
-¿Qué tal el viaje?- Le preguntó el señor Everton,
sosteniendo su pipa, devolviendo la atención de Arthur a aquel tipo que lo
escudriñaba con la mirada.
Arthur comenzaba a ponerse algo nervioso.
-Bien. Bueno… dentro de lo que cabe- aclaró, sincerándose.
Aquel tipo sonrió. Esto llamó la atención de Arthur. Iba a
preguntar algo cuando el señor Everton (como si le hubiera leído el
pensamiento) se adelantó.
-Lo dejaremos esta noche, ¿de acuerdo? Philip, acompaña al
señor Naoum al comedor de invitados. Luego condúcele a su habitación. Mañana,
después del desayuno, hablaremos sobre el asunto que lo ha traído hasta aquí…-
Se expresó claro y conciso, sin opción a réplica.
Philip, el mayordomo, que apareció de improviso a la espalda
de Arthur, le dio una leve palmada en el brazo para hacerle reaccionar… Ya no
parecía tan reticente a su presencia…
Después de una frugal cena -preparada por Philip- en una
sala apartada del piso de abajo, el mayordomo, ahora más hablador (le había
estado explicando cosas sobre su mujer y sus ocho hijos), le llevó, como había
ordenado su señor, a la habitación que habían habilitado para él…
La misma se encontraba al fondo del pasillo sin luz que
había visto hacía un rato. Justo antes de entrar, se detuvo para ver qué se
veía desde allí. Sólo la luna en el cielo… la oscuridad más absoluta se
extendía más allá de las montañas… Después de oír trastear brevemente a Philip
en el interior, decidió seguirle. Pero, antes de entrar, recogió su maleta que
estaba apoyada en la pared al lado de la puerta…
La habitación era más grande de lo que se esperaba. Disponía
de un amplio armario (que no usaría en su totalidad), una cama y una mesita de
noche. Y un escritorio al que se dirigió al instante, nada más distinguirlo. En
frente, arriba, disponía de un par de estantes donde podría colocar sus libros,
los que siempre llevaba con él…
-Si desea algo no dude en avisarme. Yo duermo en la
habitación contigua al comedor donde hemos estado. Que pase buena noche- le
dijo, tras encender una pequeña lámpara sobre la mesita, en un tono
decididamente afable.
Arthur se giró hacia el hombre.
-Gracias. Buenas noches.
Philip asintió y salió de forma sumisa de la habitación,
cerrando tras de si.
Ahora Arthur estaba solo en su habitación. Lo primero que
hizo fue dejar la maleta sobre la mullida cama y dirigirse a la ventana doble
cubierta con cortinas y visillo. Apenas se podía ver nada, pero le pareció que
el paisaje era ligeramente diferente hacia donde miraba ahora que por donde
había venido hacía unas horas: su habitación daba a la zona de atrás de la
casa. Sacó lo imprescindible para aquella noche, y poco más, y dejó la maleta (aún
bastante llena) sobre el escritorio. Mañana, al levantarse temprano -como
siempre-, se dedicaría a colocar cada cosa en su lugar. No sabía cuanto tiempo
pasaría allí…
Por fin se tendió en la cama y se quedó un rato dándole
vueltas a la cabeza. Solía hacerlo antes de ir a dormir; para poner en orden
sus pensamientos. Por último apagó la luz.
De pronto hacía mucho frío. Arthur se tapó con fuerza para
tratar de entrar en calor… se encontraba girado hacia la pared del armario, situado
justo al lado de la puerta… Entonces notó algo. Algo tras él, al otro lado… Se destapó y se giró.
Era una chica. Lo miraba con los ojos muy abiertos, tras el
pelo muy largo que le caía por los hombros. Iba vestida solo con un camisón, de
tirantes y hasta un poco más abajo de las rodillas. Iba descalza.
Y era preciosa.
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