domingo, 1 de julio de 2018

La Maldición del Espejo - Capítulo 15

La Maldición del Espejo

La espada bendecida


Arthur, Rosalyn y Philip habían permanecido en silencio todo el rato; escuchando con atención el relato de aquella “mujer”.
-Pero, tras un tiempo, cometí un error y me atraparon. Aún puedo sentir las llamas devorando mi cuerpo lentamente…- Dijo finalmente, abrazándose a si misma y temblando ligeramente, con una expresión entre cínica y melancólica.
Aquellas últimas palabras extrañaron a Arthur, que ahora ya sabía la identidad de la bruja de la que hablaba aquel libro que había encontrado…
-Pero hay algo que no entiendo- comenzó a decir, pillando desprevenidos a Philip y a Rosalyn.- ¿Cómo te pudieron atrapar tan fácilmente? Quiero decir, ¿te “atraparon” sin más? ¿Así de fácil?
A pesar de con quién estaba tratando, Arthur procuraba que se entendiesen sus palabras. No podía evitar no querer ofenderla…
La bruja cerró los ojos y sonrió. Comprendía perfectamente aquella duda… Ella también pensaba en ello de vez en cuando.
-Hacía tiempo que me perseguían. Pero hice algo que me dejó “indefensa” en un momento dado… aquella maldita gente no desaprovechó su oportunidad- ahora volvió a desviar la mirada, tratando de disimular su visible afectación…
Arthur no pudo llegar a preguntar qué era eso que hizo… apenas pudo despegar los labios…
-Me desobedeció- volvió a retumbar aquella terrible voz que realmente causaba pavor.- Y si no quieres acabar mucho peor que en aquella ocasión, ya sabes lo que tienes que hacer…
Arthur, que al igual que sus dos compañeros trataba en vano de localizar el origen de aquella voz, se fijó en la expresión de aquella bruja: apretaba los dientes de rabia contenida, mientras los ojos se le humedecían a pesar de su evidente esfuerzo por evitarlo…
-Claire…- La llamó la atención el joven.
Aquello sí que no se lo esperaba ella. Hacía tanto tiempo que nadie la llamaba por su nombre que ya ni lo recordaba… Dirigió enseguida aquellos ojos verdes, de indudable belleza, muy abiertos y ahora inundados de lágrimas, hacia el joven, que ahora la miraba con expresión muy seria…
-Deja que te ayude. Entre los dos podemos neutralizar a ese que te tiene esclavizada- le dijo, hablando muy en serio.
Claire se quedó sin palabras. Y durante un instante, muy breve, pensó que, tal vez, había una posibilidad… una posibilidad para liberarse de él.
Pero sabía que eso era imposible. Su rostro volvió a cambiar, deteniéndose el incipiente flujo de lágrimas y borrando todo rastro de inútil y absurda humanidad…
-¡Cállate! ¡¿Qué piensas que puedes hacer tú, jovencito?! No he venido hasta aquí para hacerme amiga vuestra…- Tuvo que detenerse un momento.
Desvió la mirada a un lado, como quedándose pensativa. Entonces volvió a dirigirse a Arthur, que la escuchaba atentamente…
-Lo siento- fue lo único que pudo decir antes de alzar una mano y que el caos se desatara en aquella estancia.
Aparecieron más raíces de las paredes y del suelo que se dirigieron a toda velocidad hacia aquellos seres insignificantes que ya habían durado demasiado…
-¡Cuidado!- Se giró Arthur hacia sus amigos, ahora paralizados por el miedo…
Sin poder hacer nada para evitarlo, sendas raíces rodearon y atraparon a Rosalyn y a Philip, casi al unísono, levantándolos varios palmos del suelo…
-¡Arthur! ¡Socorro!- Gritó Rosalyn, muerta de miedo.
-¡Señor Arthur! ¡Ayúdela!- Le imploraba el buen mayordomo…
Pero sucedió algo que nadie se esperaba. Empezando por el propio Arthur…
Una rápida y hostil raíz se dirigía hacia el joven, casi más para atravesarlo que no para rodearlo… Pero, a prácticamente milímetros de distancia, se detuvo en seco. Arthur, que había cerrado fuertemente los ojos por instinto, los comenzó a abrir lentamente…
-No… No puede ser…- Decía Claire, tan sorprendida o más que el joven investigador…
La punta de la raíz, que iba dirigida a su corazón, temblaba justo delante de él, viendo impedido su avance de forma inexplicable…

Hans y Elizabeth llevaban tanto rato corriendo que aquel ni sabia cuánto exactamente…
-Todavía no me has dicho adónde vamos…- Le recordó el joven a aquella chica misteriosa, dirigiéndose a ella y sin dejar de correr…
Elizabeth no dejaba tampoco de seguir corriendo, mirando al frente, casi como si no le hubiera escuchado…
-Es un poco largo de explicar. Prefiero que lleguemos antes y entonces lo sabrás- concluyó, sin aparente posibilidad de obtener de ella nada más en aquellos momentos…
Hans guardó silencio, tratando de acallar su impaciencia, y ambos siguieron corriendo por aquella amplia caverna que parecía no tener final…

El asombro no se había borrado aún de la hermosa y temible faz de la bruja; tenía los bellísimos ojos verdes muy abiertos y los labios le temblaban de forma casi imperceptible…
-¿Cómo es posible? ¿Quién… Quién eres tú?- Tan solo supo decir.
Arthur no apartaba la mirada de aquella raíz amenazadora, con un sentimiento mezcla de sorpresa y alivio…
-¡Arthur!
Oyó este la voz de Rosalyn muy cerca de él.
-¡Señor Arthur! ¿¡Está usted bien!?
El joven investigador comprobó con alegría que tanto la chica como el mayordomo, a pesar de verse atrapados en aquellas raíces, permanecían conscientes…
-¡Rosalyn! ¡Philip! ¿¡Cómo os encontráis!?- Quiso saber de inmediato.
Rosalyn fue la primera en contestar.
-Yo me encuentro bien… pero tú…
Arthur se apresuró en responder.
-Tranquila. No me ha pasado nada. ¿Y tú Philip?
El mayordomo miraba fijamente a Claire, temblando de la ira…
-No se preocupe por mí señor Arthur. No me duele nada…
Y entonces, cuando respiraba más tranquilo al comprobar que sus compañeros no habían resultado heridos, se dio cuenta de algo: en su mano derecha, bajo el puño apretado, se encontraba el péndulo que le había confiado su abuelo. Aunque no era consciente de cuándo lo había cogido…
Claire se percató de que Arthur apretaba la mano, guardando algo en su interior.
-¿Qué tienes en la mano?- Le inquirió, con un tono que pasó a ser casi autoritario…
Arthur reaccionó. Ella había descubierto lo que, posiblemente -pensó Arthur-, había sido el motivo de su salvación. Con un gesto casi instintivo, se dispuso a guardarlo de nuevo en el bolsillo…
La bruja endureció aún más su rostro y dirigió una mano de inmediato, a distancia, hacia la del joven.
-¡Agh!- Emitió Arthur, al notar que algo le sujetaba la muñeca con una fuerza terrible…
Intentó librarse con la otra mano, sujetándose la muñeca atrapada… pero no podía evitar ir abriendo lentamente la palma…
-¡Señor Arthur! ¿¡Qué le pasa!?- Se alarmó Philip ante aquel forcejeo…
-¡Arthur!- Rosalyn gritó preocupada al ver que aquella maldita bruja se le acercaba con pasos largos y rápidos…
Esta llegó a la altura del joven, que aún se resistía con un esfuerzo tremendo…
-Tengo que reconocer que nadie se había resistido tanto antes como tú- le confesó a este.- Debes tener una fuerza mental considerable…
Arthur abrió uno de los ojos que tenía fuertemente apretados y, al verla ante él, se dio cuenta de que su problema era mayor en aquellos momentos…
-No… No es tuyo…- Fue lo único que se le ocurrió decir.
Claire se extrañó levemente.
-¿El qué no es mío? Abre la mano…- Le exhortó, sin alzar la voz, manteniendo una expresión libre de emociones…
Finalmente Arthur no pudo más. El péndulo cayó al suelo, emitiendo un fugaz brillo antes de tocarlo.
Al tiempo que la bruja dirigía su mirada hacia el objeto, la presión sobre la muñeca de Arthur cesó al instante, cayendo este de rodillas a la vez que se la sujetaba con expresión de dolor…
Rosalyn y Philip no podían soportar la escena que se encontraba ante sus ojos: Arthur, dolorido y arrodillado, ante aquella bruja que miraba con atención y curiosidad el extraño objeto que había caído de la mano del joven…
-¡Apártate de él! ¡Bruja!- Se atrevió a decirle la chica…
Aquello no le hizo mucha gracia a Claire, que apretó imperceptiblemente los labios.
-¡Cuando baje de aquí le voy a enseñar maneras!- La “amenazó” Philip…
La mirada de la bruja cambió súbitamente, tornándose sus ojos furiosos…
-¡Silencio! Ya me encargaré de vosotros más tarde…- Les aseguró, volviendo a su mirada sin emoción en cuanto comprobó que había conseguido el terror en aquellos dos pobres infelices.
Entonces Arthur aprovechó la distracción de Claire para recuperar su péndulo a toda prisa… Esta se dio cuenta demasiado tarde…
-¡No!- Se abalanzó sobre el joven, no muy segura de si sería capaz de no destrozarle…
Entonces ocurrió algo totalmente inesperado. El péndulo, sujetado del cordel por Arthur, emitió un potente resplandor azul, como un fogonazo, provocando que la atónita bruja saliese despedida varios metros hacia atrás, cayendo de espaldas sobre el suelo del despacho de Everton…
Durante unos instantes, se hizo el silencio en la amplia estancia. Rosalyn y Philip, estaban anonadados, sin poderse creer lo que acababan de ver… Arthur, que tampoco se lo había esperado, permanecía de pie, en posición defensiva, sujetando todavía el péndulo, que parecía cobrar vida a medida que transcurrían los minutos… De hecho, ahora mismo permanecía con el cordel en tensión, suspendido en el aire…
Claire, en silencio, con la mirada oculta por las sombras, comenzó a incorporarse lentamente, como si hubiese tenido un tropiezo sin importancia. Hasta que le vieron la mirada.
-¿Qué… Qué es eso?- Trataba de dominar su furia… aunque cada vez estaba siendo menos capaz de ello…
Ahora ella tenía claro el motivo por el cual la raíz no había alcanzado a aquel muchacho con anterioridad… Era ese maldito péndulo. Volvió a preguntar.
-¿Por qué tú tienes algo así? Dímelo…
A pesar de lo furiosa que claramente estaba, Arthur observó que, por alguna razón que desconocía, parecía estar controlándose… por él. Pero debían ser imaginaciones suyas.
-Esto es un regalo de mi abuelo. Él se encargaba de luchar -y vencer- a los seres como tú.

Aún estuvieron corriendo sin parar durante un buen rato más. A Hans le llamó la atención que, a pesar de ya no estar vivo, seguía sintiendo el cansancio de igual forma…
Entonces alzó la vista y vio algo delante.
-¡Allí! ¡Ya hemos llegado!- Exclamó Elizabeth, incapaz de controlar su entusiasmo…
Finalmente se detuvieron ante lo que parecía una especie de altar en piedra, elevado justo al final de la caverna sin salida. Así y todo, Hans pudo comprobar que el lugar estaba suficientemente iluminado; como si una especie de haz de luz blanca y tenue, proveniente de no se sabía dónde exactamente, iluminara -sobretodo- el centro de aquella construcción de apariencia abandonada y remota…
Entonces dirigió la mirada a la joven, que lo estaba observando atentamente, y esta señaló con un gesto de la cabeza hacia la parte superior de la ancha escalinata, donde parecía que el haz iluminaba con más intensidad…
En ese momento, Hans miró y la vio. La espada.
-¿Una espada? ¿Eso es lo que hemos venido a buscar?- Se apresuró el muchacho a preguntar, sin acabar de entender del todo…
Elizabeth asintió.
-Sí. Hace mucho tiempo que la descubrí. No fue fácil, como habrás podido comprobar…
Hans sintió un escalofrío; sabía perfectamente a lo que se estaba refiriendo: el tipo aquel de la soga… el tipo que le arrebató la vida…
-¿Y qué se supone que vamos a hacer con esto? Yo no tengo ni idea de manejar una espada- dijo, irritado, al haber recordado cómo había ido a parar a aquel lugar…
La expresión de Elizabeth pasó de la extrañeza a la comprensión.
-Ya. Discúlpame. No te he explicado nada y te he traído aquí directamente…
A Hans le supo mal haberle hablado de aquella manera a esa joven desconocida que le había salvado la “vida”.
-No. Discúlpame a mí. Es que… estoy un poco nervioso… con lo de estar muerto y eso- trató de quitar hierro a la situación, no muy seguro de haberlo conseguido…
Pero Elizabeth sonrió.
-Has de saber que yo vivía en esta casa. Cuando estaba viva, claro. Y cuando caí en la trampa de la muerte me desperté en este lugar, al igual que tú. No hay muchas partes a las que se puedan ir, la verdad. Por eso, con el tiempo, aprendí a reunir la energía suficiente para ir al otro lado. Como hace nuestro “amigo” de antes…
Hans estaba sorprendido.
-Entonces, ¿yo también puedo llegar a volver al lugar de donde he venido?- Quiso saber, con una cierta esperanza que crecía de forma imparable…
Elizabeth advirtió esto.
-Temporalmente. Siempre volvemos aquí. Día tras día…- A la joven le supo mal acabar con aquella ilusión que había aparecido peligrosamente en el corazón del joven…
Hans se calló durante un momento. Que tonto había sido pensando que…
-¿Y cada día tienes que huir de ese… engendro?
Elizabeth lo miró fijamente.
-Sí. Normalmente todos los que vienen aquí suelen ser atrapados casi de inmediato por esa cosa… pero yo he conseguido evitarlo todo este tiempo. No es difícil si te aprendes su rutina y sus movimientos- concluyó, con orgullo.
Ahora fue Hans el que sonrió.
-Me tienes anonadado. Jamás había conocido a nadie tan valiente como tú. Oye… ¿y qué les pasa a los que son atrapados por él?
El rostro de la joven pasó de la sonrisa a la seriedad en un instante.
-No lo sé. Pero mejor que no te atrape…- Esto último lo dijo en un tono que inquietó sobremanera al joven…
Se le quitaron las ganas de seguir preguntando. Entonces Elizabeth volvió a hablar.
-Si te he traído aquí, es para que me ayudes a sacarla. Yo sola no puedo- dijo, señalando con el dedo la espada clavada en lo alto del altar.
Hans llevó la vista hacia donde señalaba la joven.
-¿Y qué haremos con eso?
Ahora la expresión de Elizabeth se tornó decidida.
-Ayudar a Arthur y a los demás. Con la espada bendecida.