lunes, 10 de agosto de 2015

La Maldición del Espejo - Capítulo 7


La Maldición del Espejo

La identidad de la condenada…


Arthur no daba crédito a lo que estaba teniendo lugar. Hacía tanto tiempo que no lo veía que ya casi había desaparecido de su memoria…
Era de la misma edad que él. Tenía el pelo con un corte similar pero moreno, ojos castaño oscuro y de complexión algo más fuerte, además de ligeramente más alto; sus ropas también eran parecidas: pantalones azul marino, al igual que la chaqueta, camisa marrón, cinturón y zapatos negros, y en la mano llevaba una gorra del mismo color que la chaqueta y los pantalones. Justo al lado de la puerta de entrada, dentro, había una bolsa de viaje bastante abultada de color caramelo…
-Arthur… me alegro de verte- dijo el recién llegado, dando un paso y medio en su dirección, titubeante.
Philip miró primero a Arthur y luego a Hans.
-Entonces, ¿conoce a este joven, señor Arthur?- Preguntó, sin poder ocultar su curiosidad…
Arthur observaba con el semblante serio -casi con gravedad- a aquel con el que había mantenido una estrecha relación de compañerismo durante el tiempo que pasó en Siria. Aquel que había sido su amigo…
Hans comprendió enseguida que el tiempo no había pasado desde la última vez que se encontraron…
-Sospecho que no te alegras excesivamente de verme, compañero…- Lamentaba el joven.
Philip, que paseaba la mirada de uno a otro, comenzaba a percibir cierta tensión en el ambiente, en su mayor parte proveniente de un Arthur que no decía nada…
-En realidad sí que me alegro…- Dijo al fin, en un tono que no se correspondía con lo que acababa de decir…
A pesar de esto, y viendo que Hans no sabía muy bien cómo ponerse, optó por deshacer aquella situación tan incómoda y se acercó a estrecharle la mano, aunque sin demasiado entusiasmo…
Hans miró la mano que Arthur le tendía y le sonrío nerviosamente antes de estrechársela, con la habitual fuerza que Arthur recordó en ese momento que tenía. Mientras se disponían a hablar, Philip se acercó a la puerta principal y la cerró. Comenzaba a entrar un viento frío y él debía retomar sus funciones de mayordomo…
-En serio, tenía muchas ganas de verte de nuevo- trató de sincerarse el joven visitante, algo más tranquilo.
Arthur se limitó a asentir. Todavía no tenía ganas de sonreír.
-¿Cómo supiste que estaba aquí?- Le asaltó de pronto a la mente…
Ahora Hans parecía ponerse algo nervioso de nuevo y le soltó la mano, dando casi un paso atrás…
-Verás. Cuando llegué a Londres, hará un par de semanas, estuve buscándote como un loco. Entonces averigüé que habías venido a este lugar. La verdad es que me costó mucho dar con tu paradero…
Arthur se quedó pensativo un momento.
-Creo que solo te mencioné una vez, por carta, que me había instalado en una pequeña pensión en un barrio apartado de Londres…
Hans asintió, preparado para seguir relatando cómo había dado con él…
-Y yo conservaba esa misiva. Arthur, vengo de muy lejos para pedirte perdón.
Se produjo un silencio en el hall de entrada de la mansión. Philip comprendió que era mejor dejarles solos.
-Señor Arthur. Señor Hans- dijo, dirigiéndose a cada uno de ellos.- Si me necesitan me encontraré en la cocina, preparando algo para ustedes.
Ambos asintieron en señal de agradecimiento, sin decir nada, y aguardaron a que el mayordomo se hubiese retirado por la puerta situada más a la derecha de la estancia.
Hans volvió a dirigirse hacia el que él seguía considerando su amigo…
-Arthur. Sé que no actué correctamente. Lo lamento y solo quiero arreglar las cosas…- Se le veía bastante afectado…
Arthur, que no era ajeno a esto, tuvo que hacer un esfuerzo para decir lo que sabía que tenía que decir.
-Aquello ya pasó. No tiene sentido que permanezcamos enredados en el pasado. Ocurrió lo que ocurrió y punto- Arthur, tras el esfuerzo inicial, pareció ser capaz de expulsar de su interior el rencor que permanecía dentro, mientras pronunciaba aquellas palabras…
Hans sonrió, aliviado.
-Gracias- fue lo único que se atrevió a decir. Y a hacer.
Arthur se sentía más relajado.
-Bueno, ¿por qué no vamos a ver a Philip y luego me explicas cómo ha ido tu viaje desde Alemania?- Le dijo, en tono distendido, pasando ante él y dirigiéndose hacia la misma puerta por donde había salido Philip…
Hans se fijó en su amigo al pasar.
-Claro- respondió, sin apartarle la vista de encima…
 
Por expreso deseo de ambos, tomaron té y galletas en el comedor de invitados. Afuera las nubes se habían ido acumulando, y algún trueno lejano se hacía sentir cada cierto rato.
-Parece que está a punto de llover- comentó Arthur, intentando mantener el ambiente de normalidad alcanzado…
Hans asintió tras beber un sorbo de su té. Por la expresión que ponía no acababa de ser de su agrado.
-Bueno, ya te he explicado mis peripecias hasta encontrarte. Ahora me gustaría que me explicases tú algo: ¿cómo has llegado a parar a este lugar? ¿Qué te ha traído hasta aquí, exactamente?
Arthur apoyó su taza de té tras darle un nuevo sorbo y el sonido se escuchó claramente, como un preludio de lo que iba a decir.
-Cuando estaba en Londres, un mensajero me encontró y me dio un papel. Era la petición del dueño de esta casa para que me desplazase y le prestara mis servicios…
Hans no perdía detalle de cada palabra, de cada gesto de Arthur; definitivamente había apartado el té y las galletas ni las había tocado…
-¿Dices que un mensajero te “encontró”?- Preguntó, torciendo el gesto por la extrañeza.
Arthur no notó ninguna doble intención en aquella pregunta de su recuperado amigo. Sencillamente contestó, sin pretender ocultar nada…
-Sí. No sé cómo lo hizo. Poca gente sabía donde vivía y no he llegado a anunciarme en ningún medio…- Le explicó, inocentemente.
Pero lo que Arthur no sabía, era que Hans se había publicitado reiteradamente, de las más diversas formas, sin apenas resultado…
La expresión de Hans ya no era tan amistosa como a su llegada.
Y dime, Arthur, ¿podría conocer los detalles de tu investigación? ¿O pertenecen al secreto profesional?- Esto último lo dijo empleando un tono cercano a la ironía.
Esta vez sí que se dio cuenta Arthur. Ya casi había olvidado aquel rasgo de la personalidad de Hans.
-Claro que puedo contártelo.
Y Arthur, sin pensarlo, le explicó pormenorizadamente todos los detalles de su investigación. Bueno… no todos: ni una palabra de Elizabeth y de la biblioteca.
Hans se quedó en silencio unos instantes, sin duda asimilando la información que Arthur le acababa de proporcionar…
-Entonces, ¿crees que el origen de lo que ocurre en esta mansión se encuentra en aquella sala? ¿En aquel… espejo?- Quiso saber, de forma veladamente inquisitiva…
Arthur tenía la desagradable sensación de que había hablado demasiado.
-Hans… Si estás pensando en acercarte a aquella estancia, te advierto que no lo hagas. Es muy peligroso- le dijo Arthur, muy serio.
A Hans no parecieron gustarle esas palabras. Aunque no lo mostró ni manifestó…
-Pero tú fuiste y conseguiste salir de allí…- Insistió.
Arthur comenzaba a ponerse nervioso ante la evidente desconfianza hacia su advertencia…
-Mira Hans, te he avisado. Aún no sé exactamente qué es lo que pasa aquí; de modo que te agradecería que no entorpecieras mi investigación…- No pudo evitar decir.
Se creó una tensión elevada en un momento. Arthur sabía que debía intervenir para rectificar lo último que había dicho…
-Lo que quiero decir… es que no puedo estar preocupándome por tu seguridad si no me haces caso… Te aseguro que es muy peligroso. No puedo decirte más porque desconozco aún mucho de lo que sucede aquí…- Empleó un tono de disculpa, tratando de rebajar los ánimos visiblemente encendidos en su amigo
Este dio muestras de relajarse.
-Por lo menos te pido que me indiques dónde está.
Arthur pensó un momento.
-Bien. Así sabrás cuál es la puerta que no ha de abrirse bajo ningún concepto- le recordó, insistiendo él por su parte, tratando de sonreír para no disgustarle más todavía…
Hans ni hizo el esfuerzo de devolverle la sonrisa. Desvió la mirada y llevó sus pensamientos a otros asuntos.
Arthur comprendió que no había cambiado en absoluto…

Al llegar la noche todos se reunieron de nuevo en el comedor de invitados. “Todos” eran Arthur, Hans, Philip… y el señor Everton, que finalmente había salido de su habitación y había bajado hacía un rato. Arthur le presentó inmediatamente a Hans -que había pasado la tarde descansando en una habitación acondicionada en tiempo récord para él por Philip-, buscando las palabras adecuadas para mostrar la mejor imagen posible del visitante; pero Hans no decía nada. Incluso daba la impresión en algunos momentos de no estar de acuerdo con los comentarios insuficientes de Arthur…
-De modo que ustedes dos se conocieron en Siria…- Se interesó Everton.
Ambos asintieron.
-Sí. Nuestros padres ya se conocían. Y se reunieron en aquel país por el mismo motivo: para introducirnos en los secretos de las ciencias ocultas- le explicó Hans, con cierta vehemencia.
En ese momento llamaron a la puerta principal. Todos lo escucharon claramente y Philip reconoció al instante aquella forma de llamar.
-Es Helen y Rosalyn, señor. Voy a abrirles- dijo el mayordomo y, al gesto afirmativo del dueño de la casa, se marchó de inmediato a abrir a las dos mujeres.
Hans frunció el ceño y se dirigió a Arthur en voz baja.
-¿Quiénes son?
Arthur cayó en la cuenta de que él no las conocía.
-Helen es la cocinera y Rosalyn es su hija- respondió con naturalidad.
Hans reaccionó al instante.
-¿Hija? Y, ¿cómo es?- Se mostró súbitamente interesado…
A Arthur no le apetecía en absoluto hablar de Rosalyn con Hans.
-La verdad es que la conozco poco. Pero es buena chica- dijo, esperando que con eso le bastara para acabar el “interrogatorio” típico de Hans…
Efectivamente, este no había tenido suficiente.
-Vamos, ya me entiendes. Quiero decir que cómo…- Pero no pudo acabar de preguntarle.
Ambas irrumpieron en la estancia aún ataviadas con sus ropas de viaje. Tenían las mejillas enrojecidas por el aire frío que se había levantado fuera; en el caso de Rosalyn, le confería un atractivo al que Arthur no era indiferente. La chica, sabiéndose observada por el joven, trataba de no mirarle directamente; salvo cuando este no la estaba mirando…
Pero Rosalyn llamó la atención de alguien más: Hans la devoraba con la mirada, de arriba abajo, sin importarle si la joven (que acababa de darse cuenta de la presencia de alguien más) se sentía incómoda ante semejante asedio…
-Buenas noches tengan- Helen hizo una pausa y miró a su hija, que enseguida hizo un gesto parecido a una reverencia hacia los demás.- Sentimos habernos retrasado, pero el tiempo ha empeorado y eso ha ralentizado nuestra marcha en las últimas dos horas. Si me disculpan y tienen un poco de paciencia, les prepararé la cena. Veo que tenemos una visita…- Dijo al ver a Hans.
Rosalyn se encontraba realmente incómoda ante la mirada persistente de aquel joven…
-Sí. Es un amigo de nuestro invitado Arthur. Viene desde muy lejos. Y, por supuesto, ahora también es nuestro invitado- dijo Everton, con la finalidad de informar a los miembros del servicio…
Arthur no podía dejar de pensar que Hans se había auto-invitado
-Si nos disculpan…- Comenzó a decir Helen.
-No te preocupes, Helen. Tú y Rosalyn debéis ir a descansar. Philip nos preparará algo.
Helen, que ya tenía una mano posada en el brazo de su hija para indicarle que debían salir a dejar las cosas y cambiarse para ponerse con la cena, se giró hacia Everton.
-Muchas gracias, señor. La verdad es que estamos cansadas. Con su permiso nos retiramos a nuestra habitación. Que pasen una buena noche- dijo y ambas salieron del comedor.
Justo antes de salir por la puerta, Hans observó cómo Rosalyn le lanzaba una mirada a un distraído Arthur, que ni se enteró… El gesto de Hans se tornó sombrío.
Cenaron en silencio, salvo alguna pregunta ocasional por parte de Everton relacionada con los dos jóvenes. Pero, a raíz de lo escuetas que eran las respuestas, aquel se dio cuenta de que ni uno ni otro tenían muchas ganas de rememorar el pasado; el ambiente entre los dos estaba enrarecido…
Cuando acabaron, se encaminaron hacia el piso superior, guiados por Philip. Everton se despidió por aquel día deseándoles que descansaran. Luego le llegó el turno a Hans, que parecía tener prisa por entrar en su habitación…
-Bueno, hasta mañana- le dijo a Arthur, casi con esfuerzo.
Este tampoco se encontraba muy por la labor…
-Hasta mañana.
Y la puerta se cerró al mismo tiempo que Arthur se daba la vuelta para dirigirse a la suya.
Pero esa no era su intención. Philip se había retirado hacía unos minutos, dejándoles solos -por petición de Arthur y Hans, que le habían dicho que no hacía falta que les acompañase-. Y ahora el que estaba solo era él. Era el momento de continuar con lo que tuvo que posponer horas atrás.
Mientras se marchaba intentando hacer el menor ruido posible para evitar revelar hacia dónde se dirigía, Hans se encontraba de espalda a la puerta, pegado a ella y aguzando el oído. No pensaba dejar estar lo de aquella sala...

Arthur llegó a la biblioteca y comprobó que todo estaba como lo había dejado. Los candiles aún iluminaban suficientemente la oscura estancia. Entonces se aproximó al punto donde había dejado el que llevara en la mano y se agachó. Y lo vio.

Hans -completamente ajeno a lo que estaba haciendo Arthur en aquellos momentos- se desplazaba sigilosamente por el pasillo enmoquetado, rumbo a las escaleras. Mientras avanzaba, notaba cómo una sensación de aversión hacia su antiguo compañero de estudios crecía en su interior con cada paso que daba… Y al acordarse de aquella chica… Tuvo que desechar un terrible pensamiento que le vino a la cabeza. Al igual que había tenido que hacer otras veces en el pasado…

Arthur encontró el libro que buscaba. No perdió tiempo yendo al escritorio. Se sentó con las piernas cruzadas y comenzó a pasar las páginas, buscando…

Siguiendo sus indicaciones, Hans abrió la puerta que comunicaba con el pasillo que daba a las otras, apenas iluminado por la escasa luz proveniente del exterior. Una de esas era la que buscaba…

Por lo que Arthur pudo averiguar, en la aldea más cercana, existió alguien, una mujer, que fue prendida. Y condenada…

Hans se plantó ante la puerta, desafiante. La puerta de la sala prohibida.

Arthur lo entendió todo. Aquella mujer, cuyo nombre, por alguna misteriosa razón, aparecía continuamente tachado, fue acusada y condenada a morir en la hoguera…
Acusada de brujería.
“La condenada” era una bruja.