La Maldición del
Espejo
La identidad de la
condenada…
Arthur no daba crédito a lo que estaba teniendo lugar. Hacía
tanto tiempo que no lo veía que ya casi había desaparecido de su memoria…
Era de la misma edad que él. Tenía el pelo con un corte
similar pero moreno, ojos castaño oscuro y de complexión algo más fuerte,
además de ligeramente más alto; sus ropas también eran parecidas: pantalones
azul marino, al igual que la chaqueta, camisa marrón, cinturón y zapatos negros,
y en la mano llevaba una gorra del mismo color que la chaqueta y los
pantalones. Justo al lado de la puerta de entrada, dentro, había una bolsa de
viaje bastante abultada de color caramelo…
-Arthur… me alegro de verte- dijo el recién llegado, dando
un paso y medio en su dirección, titubeante.
Philip miró primero a Arthur y luego a Hans.
-Entonces, ¿conoce a este joven, señor Arthur?- Preguntó,
sin poder ocultar su curiosidad…
Arthur observaba con el semblante serio -casi con gravedad-
a aquel con el que había mantenido una estrecha relación de compañerismo
durante el tiempo que pasó en Siria. Aquel que había sido su amigo…
Hans comprendió enseguida que el tiempo no había pasado
desde la última vez que se encontraron…
-Sospecho que no te alegras excesivamente de verme,
compañero…- Lamentaba el joven.
Philip, que paseaba la mirada de uno a otro, comenzaba a
percibir cierta tensión en el ambiente, en su mayor parte proveniente de un Arthur
que no decía nada…
-En realidad sí que me alegro…- Dijo al fin, en un tono que
no se correspondía con lo que acababa de decir…
A pesar de esto, y viendo que Hans no sabía muy bien cómo
ponerse, optó por deshacer aquella situación tan incómoda y se acercó a
estrecharle la mano, aunque sin demasiado entusiasmo…
Hans miró la mano que Arthur le tendía y le sonrío
nerviosamente antes de estrechársela, con la habitual fuerza que Arthur recordó
en ese momento que tenía. Mientras se disponían a hablar, Philip se acercó a la
puerta principal y la cerró. Comenzaba a entrar un viento frío y él debía
retomar sus funciones de mayordomo…
-En serio, tenía muchas ganas de verte de nuevo- trató de
sincerarse el joven visitante, algo más tranquilo.
Arthur se limitó a asentir. Todavía no tenía ganas de
sonreír.
-¿Cómo supiste que estaba aquí?- Le asaltó de pronto a la
mente…
Ahora Hans parecía ponerse algo nervioso de nuevo y le soltó
la mano, dando casi un paso atrás…
-Verás. Cuando llegué a Londres, hará un par de semanas,
estuve buscándote como un loco. Entonces averigüé que habías venido a este
lugar. La verdad es que me costó mucho dar con tu paradero…
Arthur se quedó pensativo un momento.
-Creo que solo te mencioné una vez, por carta, que me había
instalado en una pequeña pensión en un barrio apartado de Londres…
Hans asintió, preparado para seguir relatando cómo había
dado con él…
-Y yo conservaba esa misiva. Arthur, vengo de muy lejos para
pedirte perdón.
Se produjo un silencio en el hall de entrada de la mansión.
Philip comprendió que era mejor dejarles solos.
-Señor Arthur. Señor Hans- dijo, dirigiéndose a cada uno de
ellos.- Si me necesitan me encontraré en la cocina, preparando algo para
ustedes.
Ambos asintieron en señal de agradecimiento, sin decir nada,
y aguardaron a que el mayordomo se hubiese retirado por la puerta situada más a
la derecha de la estancia.
Hans volvió a dirigirse hacia el que él seguía considerando
su amigo…
-Arthur. Sé que no actué correctamente. Lo lamento y solo
quiero arreglar las cosas…- Se le veía bastante afectado…
Arthur, que no era ajeno a esto, tuvo que hacer un esfuerzo
para decir lo que sabía que tenía que decir.
-Aquello ya pasó. No tiene sentido que permanezcamos
enredados en el pasado. Ocurrió lo que ocurrió y punto- Arthur, tras el
esfuerzo inicial, pareció ser capaz de expulsar de su interior el rencor que
permanecía dentro, mientras pronunciaba aquellas palabras…
Hans sonrió, aliviado.
-Gracias- fue lo único que se atrevió a decir. Y a hacer.
Arthur se sentía más relajado.
-Bueno, ¿por qué no vamos a ver a Philip y luego me explicas
cómo ha ido tu viaje desde Alemania?- Le dijo, en tono distendido, pasando ante
él y dirigiéndose hacia la misma puerta por donde había salido Philip…
Hans se fijó en su amigo al pasar.
-Claro- respondió, sin apartarle la vista de encima…
Por expreso deseo de ambos, tomaron té y galletas en el
comedor de invitados. Afuera las nubes se habían ido acumulando, y algún trueno
lejano se hacía sentir cada cierto rato.
-Parece que está a punto de llover- comentó Arthur,
intentando mantener el ambiente de normalidad alcanzado…
Hans asintió tras beber un sorbo de su té. Por la expresión
que ponía no acababa de ser de su agrado.
-Bueno, ya te he explicado mis peripecias hasta encontrarte.
Ahora me gustaría que me explicases tú algo: ¿cómo has llegado a parar a este
lugar? ¿Qué te ha traído hasta aquí, exactamente?
Arthur apoyó su taza de té tras darle un nuevo sorbo y el
sonido se escuchó claramente, como un preludio de lo que iba a decir.
-Cuando estaba en Londres, un mensajero me encontró y me dio
un papel. Era la petición del dueño de esta casa para que me desplazase y le
prestara mis servicios…
Hans no perdía detalle de cada palabra, de cada gesto de
Arthur; definitivamente había apartado el té y las galletas ni las había
tocado…
-¿Dices que un mensajero te “encontró”?- Preguntó, torciendo
el gesto por la extrañeza.
Arthur no notó ninguna doble intención en aquella pregunta
de su recuperado amigo. Sencillamente contestó, sin pretender ocultar nada…
-Sí. No sé cómo lo hizo. Poca gente sabía donde vivía y no
he llegado a anunciarme en ningún medio…- Le explicó, inocentemente.
Pero lo que Arthur no sabía, era que Hans sí se había
publicitado reiteradamente, de las más diversas formas, sin apenas resultado…
La expresión de Hans ya no era tan amistosa como a su
llegada.
Y dime, Arthur, ¿podría conocer los detalles de tu investigación?
¿O pertenecen al secreto profesional?- Esto último lo dijo
empleando un tono cercano a la ironía.
Esta vez sí que se dio cuenta Arthur. Ya casi había olvidado
aquel rasgo de la personalidad de Hans.
-Claro que puedo contártelo.
Y Arthur, sin pensarlo, le explicó pormenorizadamente todos
los detalles de su investigación. Bueno… no todos: ni una palabra de Elizabeth
y de la biblioteca.
Hans se quedó en silencio unos instantes, sin duda
asimilando la información que Arthur le acababa de proporcionar…
-Entonces, ¿crees que el origen de lo que ocurre en esta
mansión se encuentra en aquella sala? ¿En aquel… espejo?- Quiso saber, de forma
veladamente inquisitiva…
Arthur tenía la desagradable sensación de que había hablado
demasiado.
-Hans… Si estás pensando en acercarte a aquella estancia, te
advierto que no lo hagas. Es muy peligroso- le dijo Arthur, muy serio.
A Hans no parecieron gustarle esas palabras. Aunque no lo
mostró ni manifestó…
-Pero tú fuiste y conseguiste salir de allí…- Insistió.
Arthur comenzaba a ponerse nervioso ante la evidente desconfianza
hacia su advertencia…
-Mira Hans, te he avisado. Aún no sé exactamente qué
es lo que pasa aquí; de modo que te agradecería que no entorpecieras mi
investigación…- No pudo evitar decir.
Se creó una tensión elevada en un momento. Arthur sabía que
debía intervenir para rectificar lo último que había dicho…
-Lo que quiero decir… es que no puedo estar preocupándome
por tu seguridad si no me haces caso… Te aseguro que es muy peligroso. No puedo
decirte más porque desconozco aún mucho de lo que sucede aquí…- Empleó un tono
de disculpa, tratando de rebajar los ánimos visiblemente encendidos en su amigo…
Este dio muestras de relajarse.
-Por lo menos te pido que me indiques dónde está.
Arthur pensó un momento.
-Bien. Así sabrás cuál es la puerta que no ha de abrirse
bajo ningún concepto- le recordó, insistiendo él por su parte, tratando de
sonreír para no disgustarle más todavía…
Hans ni hizo el esfuerzo de devolverle la sonrisa. Desvió la
mirada y llevó sus pensamientos a otros asuntos.
Arthur comprendió que no había cambiado en absoluto…
Al llegar la noche todos se reunieron de nuevo en el comedor
de invitados. “Todos” eran Arthur, Hans, Philip… y el señor Everton, que
finalmente había salido de su habitación y había bajado hacía un rato. Arthur
le presentó inmediatamente a Hans -que había pasado la tarde descansando en una
habitación acondicionada en tiempo récord para él por Philip-, buscando las
palabras adecuadas para mostrar la mejor imagen posible del visitante; pero
Hans no decía nada. Incluso daba la impresión en algunos momentos de no estar
de acuerdo con los comentarios insuficientes de Arthur…
-De modo que ustedes dos se conocieron en Siria…- Se
interesó Everton.
Ambos asintieron.
-Sí. Nuestros padres ya se conocían. Y se reunieron en aquel
país por el mismo motivo: para introducirnos en los secretos de las ciencias
ocultas- le explicó Hans, con cierta vehemencia.
En ese momento llamaron a la puerta principal. Todos lo
escucharon claramente y Philip reconoció al instante aquella forma de llamar.
-Es Helen y Rosalyn, señor. Voy a abrirles- dijo el
mayordomo y, al gesto afirmativo del dueño de la casa, se marchó de inmediato a
abrir a las dos mujeres.
Hans frunció el ceño y se dirigió a Arthur en voz baja.
-¿Quiénes son?
Arthur cayó en la cuenta de que él no las conocía.
-Helen es la cocinera y Rosalyn es su hija- respondió con
naturalidad.
Hans reaccionó al instante.
-¿Hija? Y, ¿cómo es?- Se mostró súbitamente interesado…
A Arthur no le apetecía en absoluto hablar de Rosalyn con
Hans.
-La verdad es que la conozco poco. Pero es buena chica-
dijo, esperando que con eso le bastara para acabar el “interrogatorio” típico
de Hans…
Efectivamente, este no había tenido suficiente.
-Vamos, ya me entiendes. Quiero decir que cómo…- Pero no
pudo acabar de preguntarle.
Ambas irrumpieron en la estancia aún ataviadas con sus ropas
de viaje. Tenían las mejillas enrojecidas por el aire frío que se había
levantado fuera; en el caso de Rosalyn, le confería un atractivo al que Arthur
no era indiferente. La chica, sabiéndose observada por el joven, trataba de no
mirarle directamente; salvo cuando este no la estaba mirando…
Pero Rosalyn llamó la atención de alguien más: Hans la
devoraba con la mirada, de arriba abajo, sin importarle si la joven (que
acababa de darse cuenta de la presencia de alguien más) se sentía incómoda ante
semejante asedio…
-Buenas noches tengan- Helen hizo una pausa y miró a su
hija, que enseguida hizo un gesto parecido a una reverencia hacia los demás.-
Sentimos habernos retrasado, pero el tiempo ha empeorado y eso ha ralentizado
nuestra marcha en las últimas dos horas. Si me disculpan y tienen un poco de
paciencia, les prepararé la cena. Veo que tenemos una visita…- Dijo al ver a
Hans.
Rosalyn se encontraba realmente incómoda ante la mirada
persistente de aquel joven…
-Sí. Es un amigo de nuestro invitado Arthur. Viene desde muy
lejos. Y, por supuesto, ahora también es nuestro invitado- dijo Everton,
con la finalidad de informar a los miembros del servicio…
Arthur no podía dejar de pensar que Hans se había auto-invitado…
-Si nos disculpan…- Comenzó a decir Helen.
-No te preocupes, Helen. Tú y Rosalyn debéis ir a descansar.
Philip nos preparará algo.
Helen, que ya tenía una mano posada en el brazo de su hija
para indicarle que debían salir a dejar las cosas y cambiarse para ponerse con
la cena, se giró hacia Everton.
-Muchas gracias, señor. La verdad es que estamos cansadas.
Con su permiso nos retiramos a nuestra habitación. Que pasen una buena noche-
dijo y ambas salieron del comedor.
Justo antes de salir por la puerta, Hans observó cómo
Rosalyn le lanzaba una mirada a un distraído Arthur, que ni se enteró… El gesto
de Hans se tornó sombrío.
Cenaron en silencio, salvo alguna pregunta ocasional por
parte de Everton relacionada con los dos jóvenes. Pero, a raíz de lo escuetas
que eran las respuestas, aquel se dio cuenta de que ni uno ni otro tenían
muchas ganas de rememorar el pasado; el ambiente entre los dos estaba
enrarecido…
Cuando acabaron, se encaminaron hacia el piso superior, guiados
por Philip. Everton se despidió por aquel día deseándoles que descansaran.
Luego le llegó el turno a Hans, que parecía tener prisa por entrar en su
habitación…
-Bueno, hasta mañana- le dijo a Arthur, casi con esfuerzo.
Este tampoco se encontraba muy por la labor…
-Hasta mañana.
Y la puerta se cerró al mismo tiempo que Arthur se daba la
vuelta para dirigirse a la suya.
Pero esa no era su intención. Philip se había retirado hacía
unos minutos, dejándoles solos -por petición de Arthur y Hans, que le habían
dicho que no hacía falta que les acompañase-. Y ahora el que estaba solo era
él. Era el momento de continuar con lo que tuvo que posponer horas atrás.
Mientras se marchaba intentando hacer el menor ruido posible
para evitar revelar hacia dónde se dirigía, Hans se encontraba de espalda a la
puerta, pegado a ella y aguzando el oído. No pensaba dejar estar lo de aquella
sala...
Arthur llegó a la biblioteca y comprobó que todo estaba como
lo había dejado. Los candiles aún iluminaban suficientemente la oscura
estancia. Entonces se aproximó al punto donde había dejado el que llevara en la
mano y se agachó. Y lo vio.
Hans -completamente ajeno a lo que estaba haciendo Arthur en
aquellos momentos- se desplazaba sigilosamente por el pasillo enmoquetado,
rumbo a las escaleras. Mientras avanzaba, notaba cómo una sensación de aversión
hacia su antiguo compañero de estudios crecía en su interior con cada paso que
daba… Y al acordarse de aquella chica… Tuvo que desechar un terrible
pensamiento que le vino a la cabeza. Al igual que había tenido que hacer otras
veces en el pasado…
Arthur encontró el libro que buscaba. No perdió tiempo yendo
al escritorio. Se sentó con las piernas cruzadas y comenzó a pasar las páginas,
buscando…
Siguiendo sus indicaciones, Hans abrió la puerta que
comunicaba con el pasillo que daba a las otras, apenas iluminado por la escasa
luz proveniente del exterior. Una de esas era la que buscaba…
Por lo que Arthur pudo averiguar, en la aldea más cercana,
existió alguien, una mujer, que fue prendida. Y condenada…
Hans se plantó ante la puerta, desafiante. La puerta de la
sala prohibida.
Arthur lo entendió todo. Aquella mujer, cuyo nombre, por
alguna misteriosa razón, aparecía continuamente tachado, fue acusada y
condenada a morir en la hoguera…
Acusada de brujería.
“La
condenada” era una bruja.