La Misión de Lehmin
El robo.
Era invierno en el reino de Lapponia. Nevaba copiosamente en una fría noche de luna en cuarto menguante. Las estrellas titilantes competían con los copos de nieve que caían lentamente para dejarse ver en la calma nocturna. Los altos abetos se iban cubriendo con un manto blanco a medida que transcurrían las horas. Los animales de los bosques de alrededor ya hacía rato que se habían guarecido en sus refugios y madrigueras. Todo estaba en silencio. Tan solo se escuchaban lejanamente los sonidos provenientes del castillo de Santha Klaus…
En su interior, en un gigantesco, cálido e iluminado taller, innumerables duendes se afanaban de arriba abajo en sus quehaceres… Unos se dedicaban a fabricar juguetes… otros se encargaban de envolverlos en papeles hechos artesanalmente de infinitos colores y figuras… y otros se encargaban de transportarlos al almacén de carga… Había muchas máquinas funcionando a pleno rendimiento y numerosos duendes se encargaban de su mantenimiento…
Ningún duende permanecía parado… Ninguno excepto uno, claro: Lehmin.
-¡Despiertaaaaaaa!- Gritaba alargando la “a” una duende pelirroja al oído de Lehmin…
Este, que permanecía en una silla, recostado hacia atrás contra la pared, de modo que las dos patas delanteras estaban elevadas, se despertó de un sobresalto y cayó estrepitosamente, “enredándose” con la silla…
-¿¡Qué pasa...!? ¿¡Qué pasa…!?- Decía, aún adormilado.
Entonces se encontró con los acusadores ojos azul claro de Lalia, que lo contemplaba con los brazos en jarras…
-¡Qué… ¿¡Ya estás descansado!?- Le recriminaba con dureza
Pero Lehmin se había quedado embobado (como de costumbre) mirando a la jovencita duende, que llevaba un vestido rojo apagado, cinturón marrón de hebilla y unos zuecos de madera; su pelo naranja lo llevaba recogido y le caían dos largos mechones a ambos lados de su cara de piel blanca, sin ocultar sus pequeñas orejas puntiagudas. La duende se dio cuenta de que aquel bobo ya no la escuchaba…
-¡¿Me estás oyendo?! ¡Hay mucho que hacer! ¡Y tú holgazaneando… Como siempre!- Lo regañaba Lalia muy enfadada…
Lehmin, lo único que podía hacer, era “aguantar el chaparrón”, sin atreverse apenas a mirarla a los ojos y pasándose una mano por la nuca…
Tras incorporarse la duende y lanzarle una última y severa mirada, se dio la vuelta y se marchó… seguida por la mirada de Lehmin, que, de todo lo que había pasado en los últimos minutos, solo se había quedado con sus gestos, su pelo, sus ojos…
Pero ella tenía razón. Aunque lo intentaba con todas sus fuerzas, no podía evitar caer en la holgazanería en cuanto se descuidaba… Y no podía seguir así… Se incorporó, decidido, y se dispuso a cambiar de una vez por todas… Aunque no sabía por dónde empezar…
Lehmin era un duende muy joven. Tenía el pelo no muy corto y revuelto de color castaño, y sus ojos eran del mismo color. Vestía con una túnica típica de color azul, con un cinturón de hebilla negro, pantalones grises, y guantes y botas marrones. Se agachó para recoger del suelo su gorro azul para colocárselo con expresión de pesadumbre…
Entonces, súbitamente, el viento sopló con más fuerza y uno de los cristales de los amplios ventanales se rompió en mil pedazos con estrépito. Prácticamente todos los duendes pararon de hacer lo que estaban haciendo… Sabían que algo malo iba a suceder…
A una velocidad tal que no pudieron distinguirlos, como sombras, cuatro figuras se internaron en el taller a través del ventanal roto. Una vez en el suelo, una quinta figura apareció del mismo modo, aterrizando delante de los demás. Los duendes observaban a los recién llegados entre sorprendidos y asustados… El quinto que había llegado, daba la espalda a los demás y miraba hacia abajo: era más alto que los duendes, aunque no mucho más, tenía el pelo verde oscuro recogido en una cola de caballo y un aro de oro en una de sus orejas puntiagudas; vestía con túnica morada, chaleco gris oscuro, pantalones rojos, cinturón de hebilla negro y guantes y botas marrones. Y a un lado del cinturón, llevaba enfundada una espada. Tras él cuatro figuras ataviadas con lonas que les cubrían totalmente permanecían quietas, en silencio y tal como habían llegado al suelo: con una rodilla apoyada en el mismo y mirando hacia abajo…
Entonces el quinto individuo levantó la mirada, mostrando sus serios ojos color verde oscuro. Lehmin prestaba atención a la escena…
-¡Escuchadme todos! ¡No os mováis y no os pasará nada!- Advirtió el recién llegado con relativa serenidad…
Tras comprobar que nadie se haría el “héroe”, giró lo suficiente la cabeza, mirando de reojo, para indicar a los otros cuatro algo… Estos se pusieron rápidamente en marcha y se desperdigaron por el taller…
Uno de ellos, más alto incluso que el que había hablado, de cuyo rostro oculto sobresalía una nariz muy larga y puntiaguda de color naranja, había llegado subiendo unas escaleras, ante dos duendes que lo miraban aterrorizados… Sus ojos aparecían iluminados al fondo de aquella lona que lo cubría y hacía frío por donde pasaba… Ante los asustados ojos de aquellos dos duendes, dos brazos formados claramente por finas ramas, al igual que las manos de delgados dedos, sujetaban la rueda en la columna de la que hasta ese momento se habían encargado… y de una fuerte sacudida y con un sonoro ruido metálico la arrancó, mostrándoles una siniestra sonrisa y mirándoles con aquellos malévolos ojos mientras comenzaba a alejarse…
Otro, más bajo y orondo, llegó lentamente hasta otra de las máquinas, e intentó abrir un panel en una de sus partes… Al no conseguirlo, y ante el estupor de los duendes que tenía más cerca, sacó una maza de gran tamaño y golpeó fuertemente el panel, el cual se aboyó ante el impacto… Acto seguido, arrancó la tapa del panel y lo lanzó con desdén… Del interior, extrajo un cilindro de piedra tallada con numerosas inscripciones. Se la guardó y se dio la vuelta.
El más alto de todos, que caminaba ligeramente encorvado y con una audible risita, avanzaba entre los duendes que se apresuraban a apartarse a su paso… Se detuvo ante una de las cintas transportadoras y permaneció quieto unos instantes, ante la expectación de los que tenía a su alrededor… Entonces, para pasmo de los que lo estaban viendo, con una garra de piel verde, atravesó la cinta, hurgó unos segundos, y extrajo una tuerca de gran tamaño del interior que elevó levemente de manera triunfal… Repitió esta operación cuatro veces más a lo largo de la cinta y comenzó a retirarse manteniendo aquella risita irritante…
Entonces la atención recayó en el cuarto de los encapuchados… Avanzaba lentamente, como si flotara en el aire, por una de las zonas elevadas… Iba mirando hacia abajo… Ante él, un duende caminaba hacia atrás, sin ser capaz de salir corriendo por el propio miedo… Entonces, la figura levantó la vista y aquel duende abrió mucho los ojos, ahogando un grito, y cayó hacia atrás, quedando sentado y temblando con los ojos desorbitados… La figura siguió su camino hacia una consola de control situada al borde de un saliente… Entonces se detuvo. Del interior de la lona salió una mano alargada que parecía estar hecha a base de cuerdas viejas y sucias y extendió la palma hacia la consola… Tras un murmullo que sonaba lejano, la tapa se abrió, saltando los tornillos en todas direcciones y, ante el asombro de los que no podían apartar la mirada, una especie de joya de color gris salió flotando hasta la mano de aquel individuo, que la agarró y se la ocultó bajo la lona antes de dar media vuelta y comenzar a volver por donde había venido…
Cuando hubo comprobado que todos habían cumplido su cometido, el tipo de la espada se encaminó con paso firme hacia una columna central artificial que constituía el corazón de la maquinaria… Varios duendes, aún muertos de miedo, se interponían en el camino de aquel tipo, el cual, sin detenerse, se llevaba una mano a la empuñadura de su espada y hacía que aquellos huyeran despavoridos… Finalmente llegó hasta la columna, quedando situado de pie ante la misma. Entonces, desenvainó su espada y, con un rápido y certero tajo oblicuo, causó una hendidura ante la alarma de los duendes… Al ver el resultado de su acción, pareció sonreír levemente de satisfacción y dio varios tajos más del mismo modo… Una parte similar a un cuadrado cayó al suelo con estrépito metálico… Entonces, todos vieron que quedaba al descubierto una vara dorada con piedras preciosas incrustadas que estaba envuelta entre los cables y mecanismos… El tipo introdujo la mano en el interior, rodeó la vara con la mano, tiró… y la extrajo. Se quedó contemplándola unos instantes, como asegurándose de que era lo que estaba buscando… Y cuando pareció conforme, levantó la vista y se dirigió hacia la gran puerta doble que daba al exterior, donde le esperaban sus cuatro seguidores…
Tras abrir estos las puertas y lanzar miradas a los duendes, que permanecían paralizados, el tipo de la espada se giró momentáneamente antes de seguir a los demás.
-Gracias por vuestra colaboración- dijo, de una forma extrañamente sincera…
Entonces se dio la vuelta, salió al exterior, y las puertas se cerraron de golpe y con estruendo.
El silencio dominó el gran taller durante los siguientes minutos. Lehmin permanecía con las manos apoyadas sobre la barandilla, observando al resto de sus compañeros, que estaban muy quietos, sumidos en su consternación… Pero… ¿Quiénes eran esos? ¿Y por qué se habían llevado aquellas “cosas”?
-¡Rápido! ¡Infórmale de lo sucedido! ¡No hay tiempo que perder!- Urgía, allí abajo, un duende más viejo, que era uno de los capataces, a otro, muy joven, que parecía aturullarse ante las súbitas órdenes de su superior.
Así y todo, salió corriendo hacia la puerta opuesta del taller. Lehmin decidió bajar para hablar con el capataz.
-¿Qué es lo que se han llevado?- Preguntó el joven duende nada más llegar a su altura.
Aquel viejo duende, que miraba frenéticamente hacia los lugares donde se habían producido los robos, apenas reparó en la presencia de Lehmin.
-¿Eh…? ¡Son piezas fundamentales de la maquinaria! ¡Sin ellas no podemos seguir el proceso…! Sobretodo sin la última…- Se mostraba preocupado el capataz…
Lehmin se acordaba de la vara dorada con piedras preciosas que había sostenido aquel tipo con los ojos iluminados…
En ese momento, justo cuando Lehmin iba a preguntarle sobre dicha vara, el joven duende reapareció bruscamente abriendo la puerta de golpe.
-¡Rápido! ¡Quiere vernos en la sala de reuniones!- Decía a todos los allí presentes…
Entonces Lehmin fue consciente de la auténtica gravedad de lo que estaba pasando…
La sala de reuniones era enorme, llena de bancos que formaban innumerables filas, todas ellas ocupadas en aquellos momentos por los alborotados duendes, que ya hacía rato que habían comenzado a dar rienda suelta a sus reacciones contenidas durante el asalto… Gritos y maldiciones se elevaban hasta el techo… Gruñidos y caras de indignación por doquier… Lehmin permanecía en su sitio, “cubriéndose” de todo aquello, y buscando a Lalia con la mirada…
Entonces, justo cuando Lehmin la localizó, pareciéndole que ella ya le estaba mirando (aunque ahora miraba en otra dirección), notó que todos se callaban ante la llegada de una figura grande que se encaminaba hacia el gran asiento que presidía la sala…
Era Santha Klaus. El jefe de los duendes. Parecía mentira que solo unos segundos antes hubiese aquel tremendo alboroto en aquella sala ahora en total quietud y silencio… Santha Klaus, Con su chaqueta abotonada roja, pantalones también rojos, cinturón negro de hebilla negro, guantes y botas del mismo color… pero sin su gorro rojo, se sentaba en su asiento con evidente gesto de preocupación… Su expresión era la de un anciano cansado, de pelo largo blanco, al igual que su abundante barba, y ojos azules profundos y benevolentes, que ahora miraban a ninguna parte…
Todos en la sala permanecían expectantes.
-Amigos míos… Lo que ha sucedido esta noche es muy grave…- Comenzó a decir con su voz, habitualmente bonachona, y ahora apagada…- Aquel que una vez fue mi amigo, ha cumplido al fin con sus amenazas… Ahora tiene cinco piezas fundamentales para que las máquinas funcionen… Cuatro de ellas podríamos reponerlas, aunque no llegaríamos a tiempo este año; pero la última… es insustituible.
Todos pensaron en la vara. Algunos conocían bien su importancia. Santha Klaus siguió hablando.
-La única posibilidad de que este año no sea un desastre es recuperar las piezas. Necesito a algún voluntario para esta arriesgada misión…
Nadie se ofrecía. Aquellos duendes eran buenos en su cometido… pero no eran guerreros… Y el enemigo era muy poderoso.
Entonces Lehmin pensó algo. Miró furtivamente a Lalia… y levantó la mano sin dudarlo poniéndose en pie.
-¡Yo! ¡Yo iré a recuperar las piezas!- Exclamó con jovial decisión casi dando saltos para hacerse notar…
Todos, a su alrededor, lo miraban sorprendidos… pero no más que Lalia, que no se lo podía creer… Santha Klaus observó al valiente que se había ofrecido… Y, al ver de quién se trataba, sonrió.
-¡Lehmin! ¡Uno de nuestros “mejores” trabajadores…!- Dijo, con evidente ironía, pero sin dejar de mostrar su aprecio en el tono…
Lehmin sabía que la mayoría pensaba que él no servía para nada… incluida Lalia. Pero ahora tenía la oportunidad de demostrarles de lo que era capaz. Y también a ella.
Lalia no dejaba de mirarle, con creciente preocupación y miedo en su interior… Entonces vio que Santha Klaus iba a hablar de nuevo.
-Muy bien… ¿Alguien más va a acompañar a nuestro valiente amigo…?- Decía mirando a los demás.
Entonces, cuando Lalia iba a abrir la boca y levantar una mano, Santha Klaus lanzó a la
duende una mirada que la hizo detenerse… Entonces otra voz se escuchó en una parte alejada de la sala.
-¡Yo iré también! ¡Conozco bien el reino!- Dijo un duende de pelo azul, ojos azul oscuro y expresión arrogante. Iba vestido con una túnica gris, pantalones verde muy oscuro, cinturón de hebilla marrón, y guantes y botas del mismo color.
Todos los duendes miraban ahora al que había hablado.
-¡Taido! ¡Ahora recuerdo que tú eras guía de viajeros antes de trabajar con nosotros! ¡Me alegro!- Decía Santha Klaus con evidente satisfacción- De acuerdo. ¿Alguien más?- Volvió a lanzarle una mirada impedidora a Lalia- Pues entonces nos encomendamos a Lehmin, que será ayudado por Taido, en esta misión.
Lalia estaba a punto de echarse a llorar de impotencia.
Estaba amaneciendo. No nevaba pero hacía mucho frío. Santha Klaus estaba ante Lehmin y Taido, que estaban listos para partir.
-Muy bien. Os deseo suerte en vuestro cometido. Os recuerdo que dependemos de vosotros… Hay mucho en juego. Tenéis cinco días para recuperar todas las piezas y traerlas de vuelta- Decía Santha Klaus, con su gorro puesto, de manera solemne.
Taido, que llevaba su espada a medida a un lado del cinturón y su mochila a la espalda, asintió a Santha Klaus y, una vez este le devolvió el gesto, se alejó unos pasos; Lehmin, cuando estaba a punto de seguir al duende, se detuvo al dirigírsele el jefe de los duendes.
-Lehmin… Dime una cosa: ¿tuviste miedo durante el asalto?
Lehmin parpadeó, extrañado ante esa pregunta en aquel momento. Lo pensó unos segundos.
-No… la verdad es que no…- Dijo, dándose cuenta de este hecho en el que no había reparado hasta entonces.
Santha Klaus sonrió.
-Recuerda que todos nacemos para hacer algo en esta vida. No te preocupes si eres diferente. Solo haz lo que debas hacer- le aconsejó con una mirada de inmensa afabilidad.
Lehmin agradeció oír esas palabras, aunque no las acabara de entender. Sonrió porque no supo qué más decir, se colocó bien la mochila que llevaba a la espalda, y comenzó a alejarse…
-¡Lehmin! ¡Espera!- Lehmin se detuvo, abriendo mucho los ojos con incredulidad, al escuchar la voz de Lalia…
La duende iba abrigada con un chaleco marrón y llevaba también una mochila a la espalda. Llegó corriendo pasando al lado de Santha Klaus. Entonces, la jovencita duende miró al gran hombre, como pidiéndole permiso… Este, le sonrió y asintió levemente. A Lalia se le iluminaron los ojos y salió corriendo hacia donde estaban Lehmin y Taido. Este último la veía acercarse y levantó la vista con resignación…
-Genial… Una chica- Dijo sin que nadie le llegara a oír.
Santha Klaus contemplaba con orgullo a los tres duendes, que quedaban iluminados por la luz del sol de la mañana.