DETECTIVE NIGHT
La mansión sospechosa.
Había pasado aproximadamente una semana desde que Hiro había estado en la comisaría de policía; y desde que se enteró de la decisión de Aki… La verdad era que su estado de ánimo se había visto muy alterado en los últimos días: en cuestión de horas, pasaba de estar profundamente triste a muy enfadado… y cuando se calmaba, exhausto por la intensa emoción, volvía al estado anterior.
-“No puedo seguir así…”- Pensaba continuamente…
Aparte de una cliente que le había encargado seguir a su marido para comprobar si la estaba engañando, no había tenido ningún caso más últimamente. Y lo único que sabía de Mei era un mensaje que le había mandado al móvil diciéndole que tenía mucho trabajo en la universidad y que no sabía cuando volvería; el detective lo tenía claro: probablemente ya no lo haría.
Parecía increíble pero, en aquellos momentos, Hiro echaba de menos estar jugándose la vida contra alguno de aquellos tipos peligrosos de la organización… Ahora debía salir para seguir a aquel supuesto marido infiel a la salida de su trabajo…
En la comisaría de policía de Blue City la actividad vespertina era intensa. Aunque no pensaba lo mismo el subinspector Izo Brown, que estaba recostado en su silla ante una montaña de papeles: informes a completar; por lo menos no de la manera que Izo entendía en su trabajo como actividad intensa…
-Malditos informes… Si después nadie los va a leer…- Se quejaba con los ojos cerrados de hastío.
Entonces notó que alguien se detenía ante su mesa. Pensando que podía tratarse del comisario se apresuró atropelladamente a colocarse en su silla y a agarrar a toda velocidad el primer papel y boli que encontrase… Entonces levantó la vista y vio que se trataba de Seitei.
-Ah… Eres tú… Me has asustado- decía sin ocultar su malestar por el mal rato momentáneo que había pasado…
-¿Mm?- Seitei se extrañó.
Izo se percató de que el joven agente no sabía de qué le hablaba.
-Olvídalo. ¿Querías algo?
Seitei dudó, nervioso antes de contestar. Izo arqueó una ceja al ver la indecisión que se mostraba en el rostro del joven, que no sabía adónde mirar.
-¿Ya vienes a preguntarme por mi sobrina? Sí, ya hace tiempo que está recuperada en todos los sentidos, no te preocupes- le hablaba Izo tratando de mantener un tono “parecido” a amable teniendo en cuenta que era perfectamente consciente del interés del joven policía por su sobrina…
Seitei se llevó una mano a la nunca, sin saber qué decir, y sonrió nerviosamente, cerrando los ojos, antes de asentir en señal de agradecimiento y marcharse de allí.
Izo suspiró largamente al tiempo que negaba con la cabeza mientras se ponía con aquellos dichosos informes…
En un amplio comedor, una larga y ornamentada mesa, que ocupaba gran parte de la estancia, era ocupada únicamente por un individuo sentado en el centro: estaba bastante gordo y era más bien bajo; llevaba gafas de sol tintadas de rosa oscuro; su pelo era gris claro, con tonos lilas, corto, y dos largas patillas en aquella cara redonda, donde también tenía un fino y pequeño bigote que parecía perderse en aquel rostro transformado por los muchos kilos de más. Vestía con un traje blanco apagado, camisa marrón oscuro, cinturón delgado negro y botas de piel de cocodrilo; a un lado, sobre la mesa, tenía un sombrero de ala del mismo color que el traje, con una banda negra. A su alrededor tenía varios platos diferentes de aspecto cuidadosamente elaborado; y ante él una botella de un vino caro que aún no había probado. Un tipo estaba a un lado, detrás de él, mirando con expresión seria y tensa hacia arriba. Delante de la mesa, frente al tipo que estaba sentado en la misma, un individuo vestido de cocinero se retorcía las manos nerviosamente; sudaba mientras observaba el plato que tenía aquel tipo obeso ante él…
De espaldas al cocinero podía verse el exterior, tras la pared de cristal que dejaba ver los frondosos jardines, las fuentes y las montañas lejanas en un día medio soleado.
El silencio en la amplia estancia era muy tenso y se alargó durante varios minutos…
-La verdad es que tiene bastante buen aspecto…- Dijo el tipo que estaba sentado, mirando el plato, con una voz aguda que contrastaba con su aspecto…
El cocinero tragó saliva. Temblaba mientras aquel tipo cogía la cuchara de plata y la introducía en el caldo del plato. El aroma que inundaba la sala era delicioso. El individuo se llevó la cuchara a la boca y se detuvo en seco. El cocinero abrió mucho los ojos, aterrado… El tipo dejó lentamente la cuchara en el mismo sitio donde la había cogido, seguido por la atemorizada mirada del cocinero, que ya temblaba incontrolablemente…
-¡¡¡Basura!!! ¡¡¡Esto es una maldita basura!!!- Exclamaba enloquecido el gordo individuo mientras apartaba el plato con una fuerte sacudida del brazo, haciendo que cayera junto a la mayor parte del contenido a los pies del cocinero, que tenía el rostro desencajado por el miedo…
El tipo situado detrás seguía mirando fijamente al mismo sitio, pero tenía los labios apretados y sudaba copiosamente. El tipo bajito pareció calmarse; se limpió con la delicada servilleta de tejido caro y la lanzó a un lado mientras sudaba y jadeaba…
-¿Acaso querías envenenarme con esta bazofia?- Preguntó inquisitivamente. Pasaron unos segundos- ¡Responde!- Gritó dando un golpe con el puño cerrado sobre la mesa.
El aterrorizado cocinero solo pudo negar girando la cabeza convulsamente mientras cerraba los ojos con fuerza… El tipo que permanecía sentado se lo quedó mirando y esbozó una malévola sonrisa, como si hubiera caído en la cuenta de algo…
-Muy bien, te creo- dijo, cambiando aparentemente y de forma repentina de tono.
El cocinero abrió mucho los ojos, sorprendido. Parecía que se iba a librar de aquella locura… Pero el tipo gordo volvió a hablar.
-¿Puedes dar un paso a tu izquierda?- Le indicó, ayudándose de la mano, ante la extrañeza del cocinero.
El individuo que permanecía detrás, se puso mucho más tenso, apretando más los labios, y comenzó a temblar, sin dejar de mirar en ningún momento, con el ceño fruncido, hacia el mismo lugar…
-¿Eh? S-sí…- Consiguió articular el cocinero dando un paso en la dirección que el tipo gordo le había indicado.
Lo siguiente sucedió muy rápido. La sonrisa del tipo gordo se amplió mientras llevaba una mano debajo de la mesa, destapaba un botón y lo pulsaba, ante el estupor del hombre que estaba detrás y el horror del cocinero, que ya se imaginaba lo que pasaría a continuación… Una trampilla se abrió a los pies del cocinero y este se precipitó al vacío. Al llegar al fondo, se escuchó el sonido de agua… y comenzaron los gritos.
-¡¡¡Nooooo!!! ¡¡¡Uaaaaah!!! ¡¡¡Socorro!!!- Los gritos de desesperación del cocinero llegaban a los complacidos oídos del tipo gordo mezclados con los graves sonidos guturales de un animal y el violento chapoteo en el agua…
Por primera vez, el hombre que estaba detrás comenzó a bajar la vista hacia la trampilla, lentamente, y con el miedo en los ojos… Los gritos cesaron y el tipo gordo volvió a pulsar el botón para cerrar la trampilla. Sin tomarse la molestia de girarse, comenzó a hablar con su horrorizado subalterno.
-Date prisa. Ve antes de que “Croky” no deje nada. Recupera alguna parte y déjalo en medio de la carretera a un kilómetro de aquí- ordenó, serio y temible…
El hombre, aunque no entendía nada, no se atrevió ni tan siquiera a preguntar. Se separó de la pared y asintió con una exagerada reverencia antes de salir de inmediato por la puerta al otro extremo de la sala.
En aquella amplia e iluminada estancia aún de forma natural, “El Gourmet” se quedó mirando la sopa desparramada por la mesa y el suelo.
-Lástima… Era una delicia.
Un coche utilitario no muy grande y con aspecto de tener unos cuantos años, circulaba por una carretera solitaria, rodeada de bosques, que comunicaba con Blue City. Y de allí venían, precisamente. Era por la mañana. En su interior, un hombre menudo y delgado, casi calvo, con el pelo negro, gafas y vestido en mangas de camisa blanca, conducía con expresión de hartazgo… A su lado, una mujer algo gruesa, con el pelo largo y rubio teñido y rizado artificialmente, gafas de pasta que casi no dejaban ver sus ojos, labios pequeños, rojos de carmín y apretados, y con un vestido rosa de flores, compartía una expresión similar. Detrás de ambos, dos niños, niño y niña, de la misma edad: 8 años, se peleaban ruidosamente por un avión de juguete, un boeing 747 de considerable tamaño…
-¡Es mío!- Decía el niño.
-¡Dámelo! ¡Tú ya lo has tenido mucho rato!- Decía la niña.
El hombre miraba al frente, quedándole los ojos ocultos tras el cristal de sus gafas.
-Así llevan horas…- Dijo intentando controlarse…
La mujer no respondió, permaneciendo enfurruñada.
Entonces, el coche dio un bote inesperado, sobresaltando a sus cuatro ocupantes. El hombre paró de inmediato.
-¿Qué has hecho?- Lo acusó de inmediato la mujer.
-No he hecho nada; había algo en la carretera- se intentó excusar el hombre.
La mujer no dijo nada y permaneció con la misma expresión; el hombre sabía que de nada servirían las explicaciones… Entonces decidió bajar tras quitarse el cinturón de seguridad y abrir la puerta del vehículo.
-¿Adónde vas?- Preguntó la mujer con frialdad.
-Ahora vengo- fue la única respuesta que dio antes de cerrar la puerta de casi un portazo.
Desde lo lejos vio algo raro en el suelo. Se comenzó a aproximar para ver más claramente de lo que se trataba. A medida que se aproximaba, comenzaba a pensar que aquello podía ser… pero no, no era posible. Llegó al punto exacto donde se encontraba aquello. Y sí… si lo era…
-Pero, ¿qué es esto?- Se preguntó, entre horrorizado y asqueado.
Al agacharse ligeramente, pudo examinar con detenimiento lo que indudablemente era un brazo humano, ensangrentado y aún con trozos de ropa, hecha jirones y manchada de sangre…
-¡¿Qué es, papá?!- Preguntó el niño.
-¡Sí! ¡¿Qué es?!- Preguntó la niña.
Sin dejar de mirar aquel brazo lleno de heridas, se incorporó y llevó una mano impedidora hacia el coche.
-¡No os acerquéis!- Exhortó.
El hombre se dio cuenta de que su mujer ni había preguntado; ni se había movido de su sitio, esperando sin duda a que se dejara de “tonterías” y se fueran de allí camino a casa de sus padres. Todo lo demás carecía de la menor importancia para ella, pensó el hombre con amargura…
-¡Papá! ¡Si es algo flipante es mío!- Exclamó el niño.
-¡No, mío!- Gritó la niña.
Y comenzaron de nuevo…
El hombre estuvo tentado de darles una lección que no olvidarían nunca… Pero abandonó tal idea y sacó el teléfono móvil de su bolsillo para llamar a la policía.
Un día más había comenzado. Otro día igual… se temía Hiro. Pensaba seriamente en irse a dormir y no levantarse hasta la hora de cenar…
Entonces sonó el teléfono. Algo dentro del joven detective se activó como un resorte y sus ojos se iluminaron… Tal vez… ¡Sí! Era una llamada de la comisaría: se trataba de Izo.
-¡Dime Izo! ¡¿Qué tal?!- El joven no controlaba la emoción…
Izo, al otro lado, mirando el móvil, se extrañó por la inusual respuesta de su amigo. Y volvió a acercárselo.
-Hiro, tienes que venir.
Hiro sonrió, con su característica expresión de detective…
-Por supuesto.
El joven detective no tardó mucho en llegar al lugar donde le había dicho Izo. Ya se encontraban allí varios coches de policía, uno de ellos perteneciente al departamento forense. Bajó del coche y vio enseguida al subinspector.
-¡Hiro! Me alegro de verte- exclamó Izo.
-Igualmente- contestó el detective a su amigo con una sonrisa.
Hiro miró a su alrededor; los agentes examinaban el lugar… pero no veía ningún cuerpo.
-Eeh… ¿Dónde…?- Comenzó a preguntar el detective antes de que Izo se percatara de lo que aquel le intentaba decir.
-Ven por aquí.
El subinspector le condujo hasta el lugar delimitado donde se encontraba el brazo…
Hiro se quedó perplejo.
-¿Pero… y esto?- Preguntó.
Izo también se quedó mirando la extremidad arrancada.
-Una familia lo encontró hace aproximadamente una hora. No tenemos ni idea de dónde ha salido…
Hiro se aproximó saltando la barrera baja y se puso en cuclillas para examinar mejor aquello. Izo miraba a su alrededor, consciente de que lo que estaba haciendo el detective era un poco irregular… Observó a su amigo prestando máxima atención y pensando…
-¿Y el resto del cuerpo?- preguntó Hiro.
-Solo había esto…
Hiro observó que no había rastros en los alrededores; todo estaba “limpio”.
-Un momento…- El detective se fijó en algo.
Izo se interesó de inmediato.
-¿Tienes algo?
-Estas heridas… parecen de un animal… Un animal poco común por aquí…
Izo no supo qué contestar. Ya le había parecido que el dueño del brazo había sido atacado por algún animal feroz… Entonces Hiro se incorporó sin dejar de mirar el brazo.
-¿Hay alguien viviendo cerca de aquí?- Preguntó dirigiendo una seria mirada a Izo.
Este estuvo a punto de contestar que no tenía ni idea antes de verse interrumpido por alguien que acababa de reunirse con ellos.
-Hay una casa cerca de aquí. Una mansión- dijo Seitei ante la sorprendida mirada de Izo y Hiro.
Hiro le dio las gracias y saludó al joven y este le devolvió el saludo con una jovial sonrisa. Izo estuvo a punto de decirle que debía abandonar aquella costumbre de aparecer de improviso en el momento más inesperado…
Hiro asintió, pensativo. Izo sabía cual era el siguiente paso a realizar.
-Bien. Iremos allí, pues. Seitei, acompáñanos- ordenó el subinspector.
Seitei asintió, entusiasmado de formar parte del grupo formado por ellos tres, que iría a indagar en aquella mansión.
Una vez ante la enorme puerta en medio de los altos muros que separaban la propiedad del exterior, Hiro bajó de su coche. De un segundo vehículo salieron Izo, del lado del conductor, y Seitei. Al llegar ante el portero automático, Izo pulsó el botón. Al cabo de un rato, una pantalla se encendió y apareció la cara de un tipo casi rapado, de pelo negro y piel oscura, que tenía una grave expresión.
-¿Sí?- Preguntó con voz muy grave.
-Soy el subinspector Brown de la policía de Blue City. Tenemos que hablar con el propietario de la casa.
El tipo, que parecía un robot inmóvil, no dijo nada durante unos segundos.
-Un momento- dijo antes de apagarse la pantalla.
Hiro, Izo y Seitei aguardaron. Volvió a encenderse la pantalla.
-Pasen- dijo de nuevo aquel hombre.
Entonces, para sorpresa de los tres, las puertas se abrieron automáticamente, deslizándose cada una en una dirección hasta quedar totalmente abiertas. Tras dudar unos instantes, cruzaron el umbral.
La extensión de aquel lugar era enorme. Los jardines estaban bien cuidados y había muchas estatuas diferentes, protegidas bajo la sombra de los numerosos cipreses. Tardaron varios minutos en llegar hasta la entrada de aquella enorme y lujosa mansión. Allí les esperaba, de pie y estático, con la misma cara de gravedad, el alto tipo que casi daba miedo…
-Por aquí- les indicó caminando en cabeza hacia la puerta principal.
Al pasar al vestíbulo, los tres se quedaron con la boca abierta ante la inmensidad de la estancia, llena de piezas de arte por todas partes. El tipo siguió caminando hasta una puerta que quedaba bajo las amplias escaleras. Pasaron a una estancia con varios sofás blancos, una mesa, también blanca… y no mucho más. Las paredes eran blancas, como el resto del mobiliario, una de las cuales estaba ocupada por una enorme pantalla, ahora apagada, y no había más salida que la puerta por donde habían entrado. Hiro pensaba alarmado en esto último cuando escuchó a aquel tipo hablar.
-Esperen aquí- dijo antes de salir dejando la puerta abierta.
Esto tranquilizó momentáneamente al detective. Pero, de pronto, una segunda puerta deslizante bajó desde arriba, bloqueando la entrada…
-¡¿Qué pasa?!- Exclamó Izo.
-¡Hemos quedado encerrados!- Dijo Seitei.
Hiro se lamentó por no haber hecho caso a su intuición.
Era una trampa y estaban atrapados.
No hay comentarios:
Publicar un comentario