Las peripecias del señor Bigotón
Eran las diez de la mañana en la ruidosa ciudad de Geométrica. En el cielo de nubes poliédricas brillaba un sol naranja formado por una circunferencia inacabada, en un fondo de diferentes polígonos en diversas tonalidades de amarillo. Los edificios estaban formados por rectángulos, en su mayor parte irregulares, salpicados por multitud de cuadrados, también imperfectos, como ventanas. Los coches, de las más diversas formas geométricas, se amontonaban a lo largo de las calles, inundándolo todo del ensordecedor ruido de motores y cláxones, y de humo con aristas de diversas tonalidades de gris. La gente, formada por rectángulos y cuadrados como cuerpo y extremidades, y cuadrados, triángulos y círculos formando la cabeza (las había de diversos tipos), caminaba apresuradamente para acudir a sus puestos de trabajo, realizar las compras…
Una de estas personas que había salido a comprar el diario era el señor Bigotón. El señor Bigotón tenía la cabeza triangular, con un largo y fino bigote negro que se enroscaba a ambos lados formando sendas espirales con aristas. Vestía con un traje marrón claro, camisa amarillo apagado, corbata roja, un sombrero de color similar al traje y cinturón y zapatos marrón oscuro Siempre tenía cara de mal humor… El señor Bigotón siempre estaba de muy mal humor.
Justo antes de llegar al kiosko, un ruido tremendo parecía traer consigo el fin del mundo; el señor bigotón miró hacia arriba y vio pasar el expreso del cartabón, que circulaba boca abajo describiendo multitud de círculos rumbo a la ciudad vecina de Escuadra Mayor. El señor Bigotón subió una única vez a aquel tren infernal y al bajar le dijo a todo aquel que le escuchara que nunca más volvería a hacerlo; aquel fue el peor mareo que había tenido en toda su vida…
Se acercó a la dueña del kiosco, una señora con gafas, cabeza cuadrada y el pelo amarillo formado por multitud de círculos.
-Buenos días, señor. ¿Desea algo?- Le preguntó la kioskera al señor Bigotón sabiendo perfectamente lo que iba a pedir: lo mismo de todos los días.
-La Gaceta del Poliedro- dijo ahorrándose el “buenos días” y el “por favor”.
-Por supuesto- dijo la kioskera mientras cogía un diario del montón y se lo ofrecía- Son 2 círculos.
-Tan caro como siempre...- Gruñó el señor Bigotón sacando la cartera de su bolsillo de mala gana.
La kioskera ya estaba acostumbrada a la exagerada tacañería del señor Bigotón, de modo que no dijo nada y vio como se alejaba con el ceño más fruncido aún de lo que lo traía.
Cuando iba camino de un parque cercano para sentarse y leer, se sobresaltó al ver como un perro formado por rectángulos, cuadrados y un círculo como nariz se apoyaba con sus patas delanteras en el traje del señor Bigotón, con una expresión alegre y abriendo la boca asomando la lengua.
-¡Fuera, chucho! ¡Mi traje nuevo!- Comenzó a increparle.
Pero el perro comenzó a darle lametones en la cara, ignorando alegremente las protestas del señor Bigotón.
-¡Para Rectang!- Apareció un joven corriendo con la correa en la mano- Disculpe señor…
-¡¿Cómo que “Disculpe señor”?! ¡¿Cómo se te ocurre soltar a esta bestia?!- Vociferaba el señor Bigotón fuera de si.
-Lo siento mucho… Se me ha escapado...- Se disculpaba el joven.
Rectang fue al lado de su amigo mientras este le ponía la correa.
El señor Bigotón se quedó en el sitio gruñendo enfurecido mientras se atusaba el bigote. El joven, asustado, se alejó de allí inmediatamente con Rectang mientras este se giraba y miraba una última vez alegremente hacia aquel hombre furioso que iba quedando atrás…
-¡Será posible con el maldito chucho!- Exclamó sacudiéndose.
Malhumorado reanudó la marcha hasta el parque.
Al llegar lo encontró casi vacío, como de costumbre. No había dos bancos iguales. Se sentó en el banco en el que solía sentarse cada mañana y comenzó a leer el diario. El señor Bigotón hacía lo mismo todas las mañanas. Pero aquella mañana era distinta.
Cuando estaba leyendo, unos pensamientos persistentes no le dejaron continuar. Miró hacia arriba y vio pasar una bandada de pájaros de papel. Pensaba en como ni le había dado las gracias a la kioskera, como de costumbre, a pesar de que ella era siempre muy amable con él. Y luego lo de aquel perro; recordaba aquellos ojos alegres que lo miraban aunque él estuviera gritando enfadado… Y el señor Bigotón sintió algo que no había sentido antes. Algo en su interior le dolía… Sabía que no podía seguir de aquella manera.
Entonces, de forma inesperada, una pelota de color azul se estampó en la cara del señor Bigotón, deshaciéndole el bigote… La pelota cayó al suelo botando dejando al descubierto el rostro tembloroso del señor Bigotón… Estaba a punto de explotar.
Entonces apareció corriendo una niña muy pequeña que aún se movía torpemente.
-¡Perdone señor!- Acertó a decir con el evidente esfuerzo de quien hace poco que ha aprendido a hablar.
El señor Bigotón se fijó en la niña: tenía dos coletas de pelo castaño, ojos azules enormes y sonreía irradiando una luz especial… Entonces el señor Bigotón dejó de inmediato de estar enfadado. Y entonces el señor Bigotón lo entendió.
-No te preocupes, pequeña- dijo sonriendo, sorprendiéndose a sí mismo por ello.
La niña se alejó alegremente con la pelota en las manos para reunirse con su madre. El señor Bigotón decidió que tenía algo que hacer…
De camino a su casa, ya por la tarde, el señor Bigotón se acercó al kiosko en el que cada mañana compraba el diario.
-Buenas tardes- dijo con una sonrisa.
La kioskera casi se desmaya.
-Bu… Buenas tardes… ¿Desea algo…?- Preguntó no muy segura de que aquello fuera real.
-Solo quería darle las gracias por lo bien que me atiende todos los días y pedirle disculpas por mis malos modos… también diarios- Dijo el señor Bigotón.
Realmente ya no parecía el mismo. La kioskera asintió lentamente con la boca abierta y sin saber qué decir.
-Bueno. Buenas tardes- el señor Bigotón hizo una leve reverencia y se marchó.
La kioskera aún se quedó paralizada un buen rato…
Cuando el señor Bigotón llegaba a su casa notó algo que ya había notado por la mañana: Rectang acercándose a toda velocidad hacia él…
Pero esta vez, justo cuando le volvía a poner las patas sobre el traje, el señor Bigotón le comenzó a acariciar la cabeza y el lomo efusivamente.
-Hola Rectang, ¿cómo va?- Le decía sonriéndole de forma sincera- Oye, perdona por lo de esta mañana…
El joven amigo de Rectang apareció con la correa y al principio se llevaba las manos a la cabeza… pero entonces, atónito, vio como el señor Bigotón respondía al entusiasmo de Rectang. No daba crédito a sus ojos.
-¡Ah, hola!- Saludó el señor Bigotón al percatarse de la presencia del joven.
-Hola…- Este le saludó preguntándose si realmente era la misma persona.
Rectang volvió al lado de su amigo y el señor Bigotón se acercó.
-Discúlpame por lo de antes, joven- le dijo con una afable sonrisa.
El joven negó levemente con la cabeza moviendo la mano para indicar que no tenía importancia.
El joven y Rectang se alejaron y el señor Bigotón continuó el camino a su casa.
Ya divisaba la cabina telefónica de color rojo que quedaba justo al lado cuando un autobús del mismo color de dos pisos pasó ruidosamente a su lado. El señor Bigotón alzó la vista y vio el cielo formado por figuras geométricas de colores azul oscuro y violeta. Una luna atravesada por varias líneas rectas que pasaban por su centro había aparecido en la noche.
Entonces el señor Bigotón notó que alguien se chocaba con él. Era una mujer que vestía ropa deportiva.
-¡Uy, lo siento! Estaba distraída y no le he visto…- Se intentó disculpar.
El señor Bigotón se quedó mudo y con los ojos abiertos de par en par. Era una mujer muy atractiva, con la cabeza redonda y el pelo formado por líneas onduladas color castaño claro. Sus ojos, dos hexágonos, eran verdes.
-Bueno, hasta luego…- Dijo la mujer comenzando a alejarse.
Entonces el señor Bigotón reaccionó.
-¡Un… Un momento!- Consiguió decir.
La mujer se detuvo.
-¿Sí…?
-Estooo… ¿Le apetecería ir a dar conmigo un paseo por el parque…?- Preguntó sin demasiadas esperanzas…
La mujer al principio se sorprendió; pero después sonrió.
-Sí.
El señor Bigotón aún no se lo creía. Se contenía para no saltar de alegría…
-Bien… Pues nos podemos ver aquí mañana por la tarde, si le parece bien…
-Muy bien- dijo y siguió corriendo, alejándose por la calle mientras el señor Bigotón se la quedaba mirando.
Aquel fue un día que el señor Bigotón nunca olvidaría.
Finalmente llegó al portal de su edificio. Antes de entrar miró a su alrededor, contento y satisfecho, y entró, mientras la ciudad se inundaba de luces y ruidos nocturnos.