La Misión de Lehmin
El castillo de Anthas Sulk.
Una vez recuperada la cuarta pieza robada, Lehmin y Lalia, a lomos de Barn, el oso polar, tomaron de nuevo rumbo al Norte, hacia el castillo de Anthas Sulk.
Cuentan que hace muchos años, Santha Klaus y Anthas Sulk trabajaban juntos en la elaboración y reparto de juguetes por todo el mundo. Aún no contaban con la ayuda de los duendes; ellos dos se encargaban de todo. El volumen de trabajo era inmenso, pero disfrutaban mucho con lo que hacían. Pero llegó un día en el que el camino de ambos estaba cerca de separarse…
Santha Klaus le contó a su amigo la idea que le rondaba en la mente desde hacía mucho tiempo: crear un taller en el que muchos trabajadores a su cargo le ayudaran a construir más juguetes y más variados, con la intención de repartirlos en una sola noche, haciendo uso de sus técnicas de expansión temporal y viaje múltiple. Anthas Sulk, que ya estaba cansado de fabricar juguetes, no tenía intención de colaborar en dicho proyecto de su amigo… De hecho, pensaba que este era un ingenuo, ya que iba a seguir trabajando y esforzándose por unos niños que, en su opinión, no se lo merecían… Su opinión sobre las personas había ido transformándose a lo largo de los años, hasta considerar que eran seres despreciables que solo pensaban en ellos y jamás se habían dignado en agradecerles la labor que venían haciendo desde ya ni se acordaba…
Un día, Anthas Sulk le habló a Santha Klaus sobre esto. Este último quedó muy sorprendido por las amargas palabras de su amigo, ahora irreconocible. Santha Klaus le decía que, precisamente, por eso era importante que continuaran con lo que estaban haciendo, ya que contribuían a mantener la ilusión entre los más pequeños, que debían crecer felices, para ayudar a que el mundo no pudiera darse por perdido… Pero Anthas Sulk ya lo daba por perdido. Y entonces, este le confesó a su alarmado amigo que su intención era fabricar anti-juguetes, objetos que se encargarían de robar la ilusión de los niños hasta hacer que perdiesen las ganas de vivir…
Santha Klaus no se podía creer lo que estaba oyendo. Le advirtió a Anthas Sulk que si intentaba llevar a cabo lo que pretendía, no le quedaría más remedio que pararle los pies, aunque fuera usando la fuerza… Este comprendió. Se marchó, no sin antes avisar al que había sido su amigo que algún día llevaría a cabo su plan…
Aquella fue la última vez que ambos se vieron… Pasaron muchos años…
Lehmin y Lalia leían un pergamino que sostenía la duende, el cual habían sacado de un sobre que les había dado Santha Klaus antes de partir. Les había dicho que lo leyeran si conseguían reunir las cuatro primeras piezas… En dicho pergamino, que ambos duendes leían con las cabecitas muy cerca una de la otra, se explicaba, en palabras de Santha Klaus, la historia del fin de su amistad con Anthas Sulk. Y entonces los dos duendes comenzaron a entender…
-Creía que la intención del que ordenó el robo de las piezas era impedir la preparación y el reparto de los juguetes…- Dijo Lehmin cuando terminaron de leer el pergamino.
Lalia miró al duende.
-¿Quieres decir que su intención es llevar a cabo su plan con las piezas robadas?- Preguntó la duende, sabiendo la respuesta…
Lehmin asintió, serio y preocupado.
-¿Te das cuenta de que sería el fin?- Se dirigió Lehmin a Lalia.
La duende asintió lentamente, con expresión compungida ante aquella posibilidad…
El terreno había ido elevándose a medida que habían pasado las horas. De todos modos, el terreno era bastante llano, con muchos árboles cubiertos de blanco a su alrededor; Barn debía tener cuidado de no hundirse en la nieve mientras avanzaba… Aún era por la mañana, de un día despejado con el cielo azul. El oso polar continuaba todo lo rápido que podía; estaban en el último día… Solo tenían hasta las doce de la noche para cumplir la misión…
Y entonces lo avistaron a lo lejos: el castillo de Anthas Sulk.
-¡Ah, ahí está!- Exclamó Lehmin, intentando hacerse oír en medio de los sonidos provocados por Barn al desplazarse a toda velocidad…
-¡Sí, lo veo!- Afirmó Lalia.
Ya estaban muy cerca.
En el interior del castillo, el líder del asalto al taller de Santha Klaus se encontraba con una rodilla en el suelo y la mirada baja ante el trono de Anthas Sulk.
-¿Me traes más malas noticias?- Preguntó este con una voz grave sin ocultar un deje de amargura sempiterna.
El personaje del pelo verde recogido en una cola de caballo, sin mirarle, asintió lentamente. Anthas Sulk guardó silencio.
Su parecido con Santha Klaus era extraordinario; casi parecían hermanos… Sus ropajes eran similares pero de color verde; y él era lago más bajo, gordo, y con la barba más erizada… Miraba a su servidor con sus penetrantes y severos ojos negros…
-Estate preparado. Seguramente, los enviados de mi buen amigo Santha se dirigen ahora mismo hasta aquí… No falles- Advirtió con una calma temible…
El servidor se incorporó de inmediato al escuchar estas últimas palabras y apoyó un brazo en el pecho con el puño cerrado al tiempo que hacía una firme reverencia.
-No fallaré- afirmó con rotundidad, antes de dar media vuelta y dirigirse a la salida de la gran sala del trono, oscura y helada…
Caminaba con paso continuo y decidido, con una expresión muy seria…
-“Desde luego que no fallaré…”- Se prometió a si mismo.
Lehmin y Lalia, ahora en el suelo y con Barn al lado, se encontraban de pie ante el inmenso castillo de Anthas Sulk. Lo contemplaban entre temerosos y extrañamente maravillados, ya que parecía estar hecho totalmente de hielo… El puente levadizo estaba bajado, y la altísima puerta principal totalmente abierta. Pero allí no había nadie…
-Que extraño… No hay guardias, ni nada…- Comentó Lehmin, alerta…
Lalia no contestó; también a ella aquello le parecía muy extraño…
Barn estaba en silencio, sin apartar la vista del castillo, expectante ante lo que pudiera suceder…
Así transcurrieron varios minutos. Entonces Lehmin se giró hacia Lalia.
-¿Preparada?- Le preguntó.
Lalia se giró hacia el duende. Y asintió, decidida.
-Preparada.
Ahora Lehmin se dirigía a Barn.
-Barn… Gracias por todo, pero a partir de aquí debemos continuar solos… Si tienes que marcharte, no te preocupes- Hablaba el duende, ante una impresionada Lalia, que casi no reconocía a Lehmin… Definitivamente, a ojos de la duende, su compañero había cambiado mucho durante el viaje…
Pero Barn se apoyó en el suelo, sin ninguna intención de marcharse a ninguna parte sin los duendes. Estos, al verlo, sonrieron agradecidos a aquel oso polar que ya era su amigo. Entonces, ambos duendes se miraron y sus expresiones se tornaron serias y decididas… Al unísono, encararon el castillo y se dispusieron a entrar en el mismo. Era mediodía.
Desde el primer pie que pusieron sobre el puente, ya lo vieron más claro; pero ahora no tenían ninguna duda: aquel castillo oscuro y frío estaba hecho completamente de hielo. Cruzado el umbral, en el interior, los reflejos se desplazaban por las superficies mostrando figuras fantasmagóricas que les sobresaltaban de vez en cuando… Caminaban muy cerca el uno del otro, empuñando las armas que les había dado Santha Klaus… Avanzaban lentamente y con cautela, mirando continuamente hacia todas direcciones… Ahora se encontraban en el amplio vestíbulo, en el cual tan solo vislumbraban columnas solitarias a ambos lados que llegaban hasta el techo, que ni se veía, y una escalera de caracol al final que ascendía a los niveles superiores… Minúsculas ventanas en la zona alta de la amplísima estancia dejaban entrar finos rayos de luz del sol que era lo que les permitía ver por donde pisaban…
Cuando se encontraban más o menos a mitad del camino, Lalia miró a Lehmin y se quedó pensativa… Finalmente se decidió.
-Lehmin- dijo, intentando controlar los nervios…
Lehmin, que no se lo esperaba, notó también una repentina sensación que no sabía describir al escuchar la voz de Lalia…
-¿Sí?- Consiguió decir…
Lalia guardó silencio un segundo. Mientras hablaban seguían caminando…
-¿Te acuerdas cuando hablé sobre mi intención de pertenecer a las fuerzas de seguridad del castillo de Santha Klaus…?- Dijo, no muy segura de que el duende lo hubiese escuchado cuando Lalia lo explicaba, en presencia también de Taido…
El duende se acordaba perfectamente de aquello.
-Ah, sí. Creo que algo escuché que decías; pero estaba un poco distraído…- Mintió.
Nuevamente, Lalia tardó unos instantes en proseguir…
Verás. El motivo por el que no hice finalmente las pruebas… El motivo era…- Mientras hablaba, Lehmin notaba como se le aceleraba el corazón…- Me dijeron que si entraba en las fuerzas de seguridad… me destinar…- Pero la duende no pudo terminar.
De repente, multitud de inquietantes sonidos comenzaron a escucharse provenientes de todas partes en la extensa sala, a no mucha distancia de ellos… Los dos duendes intentaban escrutar en la oscuridad, pero no se llegaban a ver apenas las paredes heladas…
Pero, al cabo de unos segundos, y tras intensificarse aquellos sonidos semejantes a un traqueteo, vieron surgir de la oscuridad, de detrás de las múltiples columnas situadas a ambos lados de la sala, multitud de figuras de estatura similar a la suya, que se acercaban lentamente con una forma de moverse extraña…
-¿¡Qué es esto!?- Preguntó Lehmin aún no muy seguro de lo que veían sus ojos…
Cuando les dio la luz a los primeros, los vieron claramente: era esqueletos… esqueletos vivientes hechos de hielo, armados con espadas también heladas y un brillo rojo intenso en aquellas cuencas vacías… Tenían todos una expresión sonriente y maléfica en la azulada calavera…
-¡Son esqueletos!- Exclamó Lalia.
-¡Deprisa! ¡Las escaleras!- Urgió Lehmin a la duende, antes de que esta pudiera lanzar una flecha…
Ambos duendes comenzaron a correr hacia la gran escalera de caracol que se encontraba al otro extremo… Pero, al verlos correr, los esqueletos aceleraron el paso y cada vez se encontraban más cerca… Lehmin y Lalia comenzaban a pensar que no llegarían a tiempo…
Entonces, cuando estaban a pocos metros de distancia de las escaleras, aquellos terroríficos seres se les echaron encima…
-¡Cuidado!- Exclamó Lehmin al tiempo que hacía añicos a uno con su espada…
Lalia había comenzado a disparar sus flechas y conseguía acertar a todos, los cuales caían desplomados rompiéndose en mil pedazos…
Y así iban avanzando, con Lehmin dando espadazos y Lalia lanzando flechas… Consiguieron acabar con bastantes… Pero había muchos más… Y los tenían encima…
Lalia se llevó una mano a su carcaj… Ya no tenía más flechas.
-“¡Oh, no!”- Se alarmó la duende…
Lehmin ya no daba abasto… Estaban perdidos…
Pero entonces, el rugido de Barn resonó en la estancia con increíble fiereza, provocando que los esqueletos se detuviesen para ver qué era aquello que lo provocaba… Los duendes vieron al oso polar, iluminado por los rayos de sol, avanzando a toda velocidad a través de los innumerables esqueletos que aún estaban sorprendidos por lo que ocurría… Barn pasaba por encima de ellos haciéndolos pedazos, sin darles tiempo a apartarse, con una pasmosa facilidad… Los esqueletos comenzaban a huir en su mayoría…
-¡Barn!- Exclamó Lalia con evidente tono de alegría.
Entonces el gran oso polar les dirigió una mirada muy elocuente a ambos duendes.
-¡Vamos! ¡Tenemos que irnos! ¡Barn se encargará!- Exclamó Lehmin, comprendiendo lo que su amigo les quería decir…
Lalia asintió y ambos duendes corrieron hacia la escalera, aún teniendo que acabar con unos cuantos de aquellos esqueletos, con la espada Lehmin, y con certeras patadas y golpes con su arco Lalia…
Al fin llegaron a la escalera y consiguieron dejar a los esqueletos atrás. Se detuvieron un instante y vieron a Barn, rodeado, enfrentándose a aquellos seres que intentaban acabar con él… Lalia contemplaba la escena con la preocupación reflejada en su rostro. Entonces Lehmin, al darse cuenta de esto, le puso una mano en el hombro.
-Tranquila… No dejará ni uno…- Le aseguró, intentando tranquilizarla.
Tras unos segundos de duda, Lalia asintió, pasándose un dedo por cada uno de los ojos y ambos duendes continuaron el ascenso por aquella enorme y empinada escalera de caracol que no veían cuando acababa…
Hacía rato que ya no escuchaban los rugidos de Barn allá abajo… Tanto Lehmin como Lalia estaban tentados de bajar para comprobar lo que había pasado… Pero el tiempo apremiaba y debían seguir ascendiendo. Confiaban en Barn.
Pasaron los minutos y aquella escalera parecía no tener fin. Debían caminar con cuidado para no resbalar por su helada superficie…
Y entonces, llegaron al final. La oscuridad reinante no les había dejado ver con claridad que ya habían llegado. Ante ellos se extendía un piso similar al inferior… Vacío, oscuro y con altas columnas a ambos lados… No se veía lo que había más allá. Tras unos instantes parados, ambos duendes prosiguieron su camino hacia lo que fuera que se extendiese ante ellos…
Y, tras no mucho caminar, tuvieron que detenerse ante una figura que apareció ante ellos, de la oscuridad.
De pie, ligeramente ladeado, mirando hacia abajo con los ojos cerrados e iluminado por alguna lejana fuente de luz, se encontraba el individuo que lideraba a los otros cuatro en el asalto al castillo de Santha Klaus… Lehmin y Lalia no dijeron nada… Entonces, el servidor del dueño del castillo, con una mano apoyada en la empuñadura de su espada enfundada, levantó la mirada, seria y severa, y la dirigió a ambos duendes, que empuñaron con fuerza sus armas.
-Mi nombre es Rodias, y voy a acabar con vosotros por orden de mi señor, el gran Anthas Sulk.
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