domingo, 3 de febrero de 2013

La Misión de Lehmin - Capítulo 6

La Misión de Lehmin

El fantasma de la villa.


El siguiente punto del mapa les llevaba hacia el sur, hacia el interior del reino. Por caminos nada fáciles, Barn se abría paso a toda velocidad, con Lehmin y Lalia a su lomo, ya más acostumbrados al ajetreo de los movimientos del gran oso polar, dejando cada vez más atrás las montañas del norte de Lapponia.
Tras derrotar a Girinch y recuperar las cinco tuercas que estaban en su poder, habían pasado la noche descansando. Luego, cuando no hubo pasado mucho rato después de amanecer, y tras desayunar compartiendo, como en el resto de momentos para comer, parte de su comida con Barn, que se alimentaba principalmente de lo que le ofrecía el entorno, se pusieron en marcha rumbo al siguiente lugar marcado por Taido en el mapa que les había prestado. Y les estaba llevando todo el día llegar hasta dicho punto, ya que comenzaba a anochecer…
-Lehmin… ¿Crees que llegaremos a tiempo?- Preguntó Lalia al duende tras mucho rato ambos en silencio, en medio del sonido que Barn producía al desplazarse velozmente…
Lehmin volvió de su ensimismamiento; ni siquiera estaba viendo por donde pasaban.
-Tendremos que darnos prisa…- Solo se le ocurrió decir como respuesta.
Siguieron en silencio durante mucho rato.
Se dirigían a la Villa del Mercado, lugar donde gente de lo más diversa, y de todos los puntos del reino, llegaba para visitar su famoso y espléndido mercado, que permanecía hasta bien entrada la noche.
A medida que se aproximaban, ya por terreno llano, podían ver en la distancia las luces cálidas provenientes de la villa, que quedaba más adelante… Ahora Barn parecía deslizarse por aquella llanura helada y sin apenas árboles… Estaba comenzando a alcanzar su velocidad máxima…
Ya no faltaba mucho para llegar, ya que, aparte de la cada vez más clara iluminación, que se hacía más evidente en la noche que comenzaba a caer, se podía oír el sonido de gente que iba y venía de la villa y que comenzaban a ver cada vez más cerca… Un bullicio proveniente de la Villa del Mercado viajaba por el aire frío de la noche que les helaba la cara…
-¡Ya estamos llegando!- Exclamó Lehmin, alegrándose de llegar a un lugar habitado.
Sentimiento compartido por Lalia, que se recolocaba los guantes de color rosa pálido intentando paliar el frío que se intensificaba.
Ya era totalmente de noche cuando se aproximaban a la entrada de la villa. El cielo estaba despejado y las estrellas titilaban, como si temblaran por el frío, acompañando a una luna grande que iluminaba de una forma especialmente intensa… Cuando se cruzaban con alguien, generalmente cargado con objetos y artículos que acababa de comprar o que iba a vender, ese alguien se quedaba sorprendido al ver a aquel magnífico e imponente oso polar, desplazándose sin haber tras de si ningún trineo… Y llevando a aquellos dos duendes, que quedaban casi ocultos por sus voluminosas mochilas que permanecían colocadas en la silla de montar.
Barn iba disminuyendo la velocidad hasta ir a paso ligero; ahora debían tener cuidado de no “atropellar” a nadie ni estrellarse con nada…
Una vez cruzaron las puertas de la muralla que rodeaba la villa, todos los sonidos, colores e imágenes les llegaron ya nítida y vivamente. Mucha gente de diferentes especies, pertenecientes al reino de Lapponia o no, iba de arriba abajo en dirección al mercado o provenientes del mismo, que se avistaba no muy lejos de allí, en el centro de la villa, a la que llegarían caminando por el suelo empedrado que se extendía por todas partes. Diferentes luces, amarillas, naranjas, de diferentes tonalidades, siempre cálidas, iluminaban agradablemente los edificios estrechos, de dos plantas en su mayoría, de ladrillo rojizo visible y tejados empinados de madera trabajada.
Lehmin y Lalia habían descendido del lomo de Barn y ahora caminaban con el gran oso polar a su lado, boquiabiertos mirando a su alrededor. A medida que llegaban al mercado bullicioso, se acercaban al epicentro sonoro en la noche que en aquella villa ya no era tan fría.
En el mercado estaban dispuestos innumerables puestos cubiertos por techos improvisados de lonas de llamativos colores, en los cuales los afanados vendedores cantaban las bondades de los más variados productos que vendían, siempre en sus palabras, al mejor precio. Los dos duendes dieron un vistazo a su alrededor, por encima de las cabezas de los innumerables transeúntes. El mercado quedaba enmarcado en medio de una plaza redonda bordeada por más de aquellos edificios que parecían pintados por un artista. La verdad era que ambos duendes estaban maravillados; Barn solo buscaba con esmero de donde provenía aquel delicioso olor a carne asada que seguía con el olfato desde hacía un buen rato…
-Mira, aquí parece que ya no le tienen miedo a Barn- comentó Lalia al notar que ya casi ni se fijaban en el magnífico oso polar.
Lehmin se fijó en que había otros individuos con animales de carga; algunos no los había visto nunca en su vida…
La gente reía, sonreía, compraba, vendía, disfrutaba… Lehmin y Lalia casi se vieron tentados de pasar un buen rato indagando en los curiosos y raros artículos que se ofrecían a precio de ganga en los variados puestos…
Sonaron las campanas. Lehmin dirigió su mirada a un reloj que se veía algo más allá en el edificio más alto de la villa y bajo el cual se hallaba una campana que iba sonando una y otra vez. Once exactamente. El tiempo había pasado volando desde que avistaran la villa hasta que llegaran a donde se encontraban ahora. Pero algo había cambiado. La gente ya no hablaba tanto, ni reía, ni sonreía en absoluto… De hecho, los que compraban comenzaban a marcharse apresuradamente con lo que habían adquirido; y los que vendían comenzaban a cerrar a toda prisa sus puestos y a recoger sus bártulos… Ambos duendes tenían que tener cuidado para no ser “arrollados” por aquella gente a la que le había entrado una extraña prisa repentina…
-¿Pero… qué ocurre?- Se extrañaba Lehmin, mirando a todos lados y encontrándose el mismo comportamiento…
Lalia estaba preocupada al ver la urgencia en el asustado rostro de todos aquellos que pasaban velozmente a su lado sin prácticamente reparar en ellos… Entonces un tipo con barba larga de avanzada edad, que tiraba de un pollino cargado, se detuvo al lado de la duende, abriendo mucho los ojos de asombro…
-¡¿Pero qué hacéis?! ¡Debéis iros a casa de inmediato!- Les advertía.
Lalia no entendía qué pasaba.
-Es que no somos de aquí y…- Intentó explicar.
Pero aquel tipo la interrumpió negando enérgicamente con la cabeza sin apenas pelo…
-¡No debéis estar aquí cuando suenen las doce en punto!
Lehmin intervino.
-¿Las doce en punto? ¿Qué ocurre a esa hora?
Ambos duendes vieron claramente como aquel tipo se estremecía y comenzaba a sudar…
-El fantasma… ¡Huid ya!- Exclamó antes de salir a toda prisa casi arrastrando a su animal…
Los dos duendes se quedaron observando a aquel tipo irse en medio de la gente que se marchaba continua y rápidamente…
-Ha dicho que hay un fantasma…- Comenzó a decirle Lalia al duende, con evidente tono de preocupación…
Lehmin, dirigiendo su mirada al campanario donde se encontraba el reloj, solo pudo asentir… ¡Un fantasma! ¡¿Cómo esperaba Santha Klaus que derrotaran a un fantasma?!
Pero aquel momento de duda del duende se desvaneció de inmediato al recordar la misión…
Cada vez había menos gente; ya casi no había puestos; los sonidos se iban alejando y apagando a medida que avanzaban los minutos. El cielo, que había permanecido despejado durante toda la noche, había ido cubriéndose poco a poco por un manto blanquecino que reflejaba las luces solitarias que habían quedado iluminando la villa, como testigos solitarios de la actividad intensa que había tenido lugar en la misma; aunque ahora nadie lo diría…
Pasaron los minutos, inexorablemente, hasta que llegó la hora: las doce en punto. Las campanadas resonaban en la soledad de las calles y la plaza donde se encontraban los duendes y Barn… Al sonar las doce, lehmin y Lalia permanecieron a la expectativa de lo que pudiera suceder…
Transcurría el rato y no pasaba nada. Lehmin comenzaba a pensar que aquello del fantasma era una leyenda o algo que se habían inventado para asegurarse que todo el mundo volvía a sus casas para las doce en punto…
Pero entonces Lalia se percató de algo. Vio que Barn estaba agachado, con la vista fija al frente, enseñando los dientes apretados, pero evidentemente asustado… Temiéndose lo peor, la duende, lentamente, fue llevando la mirada hacia el punto que no dejaba de mirar el oso polar… Y, al final de una calle que ascendía, iluminado por el reflejo del cielo proyectado de nuevo sobre la villa, en medio de una fría y lúgubre niebla sobrevenida, avistó una figura ataviada con una toga, encapuchada, que parecía surgir de la nada… Lalia se quedó sin aliento… no le salía la voz… Aquella figura avanzaba lentamente, como si sus pies no tocaran el suelo…
-Le… Lehmin…- Consiguió decir, temblando de miedo…
Pero Lehmin ya lo había visto. Debía haberse imaginado a qué se referían con aquello de “fantasma”; ahora recordaba perfectamente a aquel individuo, que era uno de los que robaron las piezas del taller de Santha Klaus…
Rápidamente, lehmin se dirigió a buscar su espada, sujeta en la mochila colocada en la silla de montar de Barn, que ya estaba a ras de suelo, con los dientes muy visibles y gruñendo… El duende también cogió el arco y las flechas de Lalia.
-¡Lalia!- Le llamó la atención.
Esta se giró de pronto y recogió su arma, que el duende le tendía mirando hacia el “fantasma” con expresión muy seria… A Lalia algo le llamó la atención; Lehmin ya no parecía el mismo de hacía unos días… de antes de comenzar la misión…
Pero la proximidad del ladrón fantasmal les hizo reaccionar.
-¡Ey, tú! ¡Sabemos que eres uno de los que asaltaron el taller del castillo de Santha Klaus! ¡Hemos venido a que nos devuelvas la pieza que te llevaste!- Se dirigía firmemente Lehmin al encapuchado, que proseguía su lento pero continuo avance por la calle solitaria…
Demostrando que lo había oído perfectamente, este levantó levemente la vista, dejando vislumbrar dos ojos iluminados llenos de malicia. A Lalia le sorprendió la aparente ausencia de miedo por parte del duende, que empuñaba su espada…
-¡Vamos! ¡Dánosla!- Insistía Lehmin.
Entonces, el encapuchado vio a Barn y se detuvo. Durante unos instantes, los dos duendes y el oso polar permanecieron quietos y en silencio, sin saber qué es lo que podría ocurrir a continuación… Entonces, aquel “fantasma” levantó una mano que sobresalía de la vieja toga, una mano que parecía hecha a base de cuerdas también viejas y gastadas, y la dirigió hacia Barn… Este, de pronto, dejó de gruñir y puso cara de sorpresa… Y ante el asombro de Lehmin y Lalia, el oso polar comenzó a elevarse en contra de su voluntad a medida que el “fantasma” encapuchado levantaba aquella extraña mano…
-¡Barn!- Exclamó Lalia, desesperándose.
-¡Para!- Le exhortó Lehmin.
Pero una aterradora sonrisa se dibujo en el oculto rostro de aquel ser y, abriendo la palma súbitamente, Barn salió disparado hacia el campanario ante la consternación de los dos duendes… El oso polar salió despedido a tal velocidad que no tardaron en oír “algo” chocándose contra la campana.
-¡¿Qué has hecho?!- Gritó Lalia con lágrimas en los ojos llenos de odio hacia aquel “fantasma” al tiempo que preparaba una flecha inmediatamente y se la lanzaba…
Sin moverse, el encapuchado detuvo la flecha justo delante de su cara.
-¡Ahora verás!- Lehmin se lanzó hacia aquel maldito esgrimiendo su espada…
Pero quedó paralizado justo cuando estaba a unos centímetros de distancia y se disponía a atacar con todas sus fuerzas… El duende intentaba moverse, con los dietes apretados por el esfuerzo y la rabia, pero era inútil… Con un leve gesto de la mano, el encapuchado mandó “volando” al duende hacia atrás varios metros, cayendo este al suelo con estrépito…
-¡Lehmin!- Exclamó Lalia dirigiéndose a comprobar el estado de su compañero…
Pero el duende comenzaba a incorporarse ante la expresión de preocupación de Lalia; Lehmin estaba más enfadado que dolorido… Entonces observó a su enemigo, que permanecía ahí de pie, totalmente seguro de si mismo… Y entonces se acordó de Barn.
-Vamos al campanario- le dijo Lehmin a Lalia.
Esta al principio no entendía… pero luego asintió.
-¡Vamos!- Urgió Lehmin a la duende y ambos salieron corriendo hacia el campanario…
Aquello no se lo esperaba el “fantasma”, que tras la sorpresa inicial comenzó a perseguirles, ahora desplazándose a mayor velocidad por las calles vacías y cubiertas de niebla…
Desde el interior de una de las casas, un chaval se asomó desde la ventana entreabierta, detrás de los barrotes, al oír ruido… Y cerró de inmediato, aterrorizado, al ver pasar al fantasma y fue corriendo a esconderse…
Los pasos de ambos duendes sonaban tremendamente por todas partes, demasiado para su gusto… En un momento determinado, Lehmin miró hacia atrás y vio a aquel encapuchado aún a cierta distancia pero casi pisándoles los talones…
-Vale… Entonces lo hacemos así, ¿de acuerdo?- Le dijo Lehmin a Lalia mientras no dejaban de correr…
-De acuerdo- convino la duende sin dudar.
Ya llegaban al campanario. El “fantasma” encapuchado no acababa de entender qué era lo que pretendían, pero iría tras ellos para acabar de una vez con aquellos enviados del odioso Santha Klaus…
Lehmin y Lalia atravesaron a toda velocidad el umbral del viejo edificio. Ahora se encontraban en el interior de una no muy amplia estancia hueca, donde podía oírse el eco y que estaba pobremente iluminada por algunas velas que amenazaban con apagarse en cualquier momento…
-A ver…- Lehmin buscaba algo con la mirada mirando hacia arriba, al techo…
Lalia se giró de inmediato al notar algo…
-¡Ya viene!- Alertó, notándose en su tono como intentaba reprimir el miedo que la embargaba ante aquella presencia…
Lehmin miró hacia la entrada y vio surgir de la niebla a aquella tenebrosa figura encapuchada que avanzaba flotando sobre el suelo, en silencio… Entonces regresó a su “búsqueda” en el techo…
-“¡Ahí está!”- Exclamó para sus adentros, e inmediatamente volvió a ponerse a buscar algo con la mirada, pero esta vez en las paredes…- “¡Perfecto!”- Pensó, momentáneamente exultante al encontrar lo que buscaba en la pared del fondo…
Lalia apareció a su lado caminando hacia atrás con expresión y mirada de pavor, ya casi sin poder controlarlo…
-¡Lalia!- La apremió el duende señalando hacia arriba.
Esta se giró hacia él. Lehmin, al verla, pareció pensarlo mejor… Pero cuando iba a abrir la boca, Lalia miró hacia donde señalaba el duende y luego le miró a él, asintiendo con súbita decisión. Lehmin, al ver su reacción, no pudo más que asentir con una sonrisa en su preocupada expresión… El “fantasma” se acercaba a ellos… Lehmin, sin dejar de mirar a la duende, comenzó a alejarse hasta el fondo de la estancia… Lalia fue caminando hasta llegar al punto justo debajo de donde había estado señalando el duende momentos antes… Lehmin desenvainó su espada y se preparó, dirigiéndose con los dientes apretados hacia aquel ser que se acercaba a Lalia… No debería haberle permitido que le ayudara, pensaba…
Y entonces, el encapuchado se puso frente a la duende, que permanecía de pie firmemente dispuesta a hacer lo que se proponía… El ser fantasmal no comprendía qué pretendía… pero se dispuso a terminar con la vida de la duende sacando una de aquellas extrañas manos y apuntado hacia el corazón de Lalia…
-¡Lalia! ¡Ahora!- Le señalaba Lehmin.
Pero la duende no se movía. Para desesperación de Lehmin, Lalia estaba paralizada.
-¡Lalia, apártate! ¡Lalia!- El duende notaba como se le humedecían los ojos…
De la mano de aquel ser comenzaba a brotar una luz azulada que cada vez se intensificaba más, reflejándose en los impresionados ojos de la duende… A Lehmin se le quebró la voz…
Entonces, para sorpresa de todos, una enorme figura llegó de un lado, apartando a Lalia justo a tiempo de que un rayo luminoso la alcanzara en el pecho…
-¡Barn!- Exclamó Lehmin, aliviado y sorprendido, al ver al gran oso polar sano y salvo después de haber salvado a su Lalia…
Pero aquello hizo enfadar al “fantasma”. Comenzó a temblar mientras varios rayos de luz azul pálido rodeaban su figura… Estaba claro que tenía la intención de acabar con los tres de una vez…
-¡Lehmin! ¡Ahora!- Exclamó Lalia recordándole lo que tenía que hacer…
El duende, que durante un instante no sabía a lo que se refería Lalia, reaccionó a tiempo y cortó con fuerza y rabia la cuerda que tenía al lado.
Entonces, al cabo de unos segundos que parecieron siglos, el ser extendió con furia sus brazos para matarles de una vez por todas… en el preciso momento que la gran campana le caía encima procedente del hueco del techo… Su ataque de luz azulada impactó en el interior de la campana, rebotándole… Sonó un tremendo “dong” que se escuchó más allá de la villa, en la distancia… Fue tal el impacto, que la campana salió despedida y botó una vez antes de parar en el suelo…
El silencio se hizo en la estancia. En el lugar donde había estado el “fantasma” solo se veía humo…  Y cuando se hubo desvanecido lo vieron: La toga tirada y “vacía” en el suelo… y semioculta por la misma… la joya gris que había cogido del taller de Santha Klaus…
-¡Ahí está la pieza!-Exclamó Lalia yendo a por aquella especie de joya…
Barn se aproximó y la duende, contemplando la pieza, se giró hacia el gran oso polar y le dio un abrazo de agradecimiento. Agradecimiento compartido por Lehmin que le puso una mano en el lomo y se dirigió a Lalia…
-¿Estás bien…?- Le preguntó, olvidándose completamente de la pieza…
Lalia sonrió y asintió.
Y entonces, cuando parecía que Lehmin le iba a decir algo, Lalia se fijó en el exterior…
-¡Lehmin, mira!- Le dijo antes de salir corriendo afuera seguida por Barn.
Lehmin no sabía si lamentarse o respirar de alivio al no haber podido decirle lo que había estado a punto de decirle… Entonces fue caminando al exterior del edificio al vislumbrar algo que le llamó la atención…
Fuera, la niebla se había disipado totalmente. Y ahora nevaba. Los copos tenían las más diversas figuras en su interior; y parecía no haber dos copos iguales… Barn disfrutaba mientras un copo le caía en la punta de la nariz… Y los dos duendes se miraron y sonrieron, maravillados por aquella nevada que, en la noche, iba cubriendo totalmente de blanco la ahora despejada y apacible villa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario