Adia
Jared se encontraba ante la inmensidad de las tierras baldías. Hacía semanas que no llovía y el terreno estaba agrietado. Los pocos árboles cercanos parecían agonizar. Estaba atardeciendo. El sol se veía enorme y tembloroso en un cielo de multitud de tonos anaranjados.
Hacía dos meses que había llegado como miembro voluntario de un programa de ayuda médica para África. Sus circunstancias le habían empujado a tomar aquella decisión, ya que, de otro modo, jamás se hubiera siquiera planteado llegar hasta aquel lugar…
Hacía poco que había terminado la carrera de medicina y las cosas parecían ir mejor que nunca. Pero entonces se encontró con que no encontraba trabajo en ningún hospital ni clínica. Incluso se había planteado la opción de irse a vivir a otro lugar en el que encontrara algo… Solo que no encontró ningún otro lugar.
Poco a poco comenzó a caer. Hacía tiempo que no reía y siempre estaba enfadado. Incluso se dio cuenta de que últimamente bebía más de lo normal. Pero el golpe definitivo se lo llevó cuando Mary, su novia desde que iba a secundaria, le dejó por otro…
Jared había llegado a plantearse acabar con todo de una forma drástica… hasta que abrió una carta enviada por un antiguo profesor. Le ofrecía la oportunidad de ir a pasar unos meses a un país africano para ayudar. Jared le debía mucho a aquel hombre ya que fue él quién le ayudó a encontrar su camino en el pasado… Así que decidió ir.
Pero de pie en aquella soledad pensó que, en otro tiempo, jamás hubiese aceptado.
A su espalda se encontraba el poblado en el que vivía desde que el coche le dejara allí dos meses atrás. Eran unas pocas casas construidas con materiales de los alrededores, básicamente naturales. Jared no había visto jamás semejante miseria. Por el camino llegaba un hombre mayor, encorvado, llevando una vaca en los huesos y unas cuantas cabras. Era el único hombre adulto que quedaba en el poblado. El resto eran mujeres y niños.
A su lado, a unos metros, se oían las risas de varios niños pequeños. Iban vestidos con ropas viejas y raídas, claramente occidentales. Y con ellos jugaba una niña. Tenía trece años y se llamaba Adia. Vestía con un vestido liso típico de la región de un tono rojizo y llevaba unos pequeños pendientes que se veían oscilar en la distancia. Llevaba el largo pelo castaño recogido en una trenza y los rayos del sol de la tarde se reflejaban en su piel, no tan oscura como la de los demás niños con los que jugaba. En realidad parecía que viniese de otro lugar. Pero lo que de verdad había llamado la atención de Jared desde que llegó era la intensidad de sus ojos verdes claro… Los cuales reflejaban una tristeza perenne que intentaba ocultar con su sonrisa. En ocasiones Jared había visto como su expresión mostraba el dolor que se respiraba en aquel lugar…
La madre de Adia estaba enferma. Jared había hecho todo cuanto había podido pero en unos días probablemente moriría. Más o menos cuando el coche volviese para buscarle. Entonces Adia se quedaría sola. Su padre era un señor de la guerra que hacía tiempo que se había olvidado de aquel poblado para continuar saqueando otros… La madre de Adia fue violada.
Por una parte Jared deseaba volver a casa… Pero había algo que lo retenía en aquel lugar… Algo que no le dejaba marchar… Se quedó mirando fijamente al sol. Y entonces lo comprendió.
Decidió que, cuando se marchara, se llevaría a Adia con él y se convertiría en su tutor legal. Había recibido una nueva carta de su amigo profesor en el que le ofrecía un puesto en su clínica. Era un buen puesto. Y era lo mínimo que podía hacer por aquella niña que, la primera vez que la miró, le devolvió algo que había perdido hacía demasiado tiempo… La esperanza. Que se había ido como el sol comenzaba a desaparecer por el horizonte.
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