viernes, 10 de mayo de 2013

La Misión de Lehmin - Capítulo 9

La Misión de Lehmin

El reencuentro de dos viejos amigos…


Detrás de la puerta azulada cubierta en parte por enredaderas, se encontraba una sala pequeña y circular en la que una estrecha escalera de caracol ascendía varios metros hasta otra puerta de madera. Lehmin y Lalia ascendieron con cautela, presintiendo que cada vez estaban más cerca del final…
Sus pasos sonaban solitarios en la estrecha estancia cilíndrica… Ya se encontraban ante la puerta que les conduciría a la siguiente estancia. Ambos dudaron durante unos instantes. Entonces, lenta y tímidamente, ambos duendes se dirigieron la mirada el uno hacia el otro…
-Lehmin…- Comenzó a decir Lalia, casi sin atreverse a mirarle…
-Lalia…- Intentó decir Lehmin, sintiendo como si le fallasen las fuerzas…
Pero ninguno de los dos pudo continuar. Aunque no importó… porque ambos sabían lo que el otro le quería decir… Entonces decidieron que así estaba bien. Sonrieron y asintieron lentamente. Debían llegar al final de la misión. No sabían lo que les esperaba tras aquella puerta… Ni si había un futuro para ellos más allá de aquellos instantes…
Ambos pusieron sus pequeñas manos en la puerta, muy juntos el uno del otro, y empujaron a la vez tras girar la manilla…
Ante ellos se extendía una sala casi tan grande como las dos primeras que habían atravesado en aquel castillo helado; aunque esta tenía la característica de que daba con una terraza al exterior. Desde donde estaban podían ver como la noche iba cubriendo con su manto estrellado el reino de Lapponia…
-¡Lehmin!- Exclamó Lalia en un susurro dirigiendo la mirada hacia el cielo que iba oscureciéndose a una velocidad alarmante…
-Ya lo sé…- Dijo, viendo lo mismo y preguntándose si aún estarían a tiempo de cumplir la misión…
Entonces se fijaron mejor en aquel lugar. Y algo les llamó mucho la atención.
-Lehmin, ¿te has fijado?
El duende al principio no sabía a qué se refería Lalia al señalarle alrededor… Pero cuando se fijó mejor no pudo más que quedarse con la boca abierta…
Aquella sala se parecía mucho… ¡al taller de Santha Klaus! Varias máquinas, similares a algunas de las que estaban acostumbrados a ver, estaban dispuestas en diferentes puntos de la sala…
-Pero… ¿qué pasa aquí?- Se preguntó Lehmin…
-Eso es lo que yo me pregunto- resonó una voz grave rebotando con fuerza en las paredes de hielo…
Ambos duendes se sobresaltaron y vieron enseguida de donde provenía aquella voz… Una figura corpulenta se acercaba hacia ellos, haciéndose más visible por momentos y quedando recortada por un gran y ornamentado trono de hielo que estaba más allá… Cuando la figura se detuvo a poca distancia de los duendes estos lo reconocieron enseguida.
Era Anthas Sulk.
Lo reconocieron por las esculturas de hielo que había construido Esmeeth. Anthas Sulk, observando que aquellos duendes no estaban tan sorprendidos por verle como él se imaginaba, se los quedó mirando detenidamente…
-Vaya, vaya. ¿Cómo es posible que dos duendes como vosotros hayáis llegado hasta aquí? Mucha ayuda y mucha suerte habéis tenido que recibir para lograrlo…- Dijo, convencido.
Lehmin y Lalia no dijeron nada. No sabían qué hacer ni qué decir. Durante unos instantes, estuvieron rememorando mentalmente todo lo que habían vivido durante los últimos días: el enfrentamiento contra Forost… la separación de Taido… Arthur, el histriónico conductor de trineo… Zaros, el ex-ermitaño… El fiel y veloz Barn… el malvado Girinch… el “fantasma” de la Villa del Mercado… Rodias, el hermano de Taido… Y muchos más recuerdos que se agolpaban en sus mentes…
Entonces ambos duendes vieron algo que les hizo reaccionar de inmediato.
-¡La vara!- Exclamaron a la vez al verla en manos de aquel individuo tan parecido, y a la vez tan distinto, a Santha Klaus…
Anthas Sulk miró el objeto al que los duendes no quitaban la vista de encima…
-Veo que la habéis reconocido… Supongo que es la última pieza que os queda por recuperar…- Hablaba en tono burlón, arrastrando las palabras…
Los dos duendes se pusieron tensos de rabia; Lehmin apretaba los dientes…
Entonces, Anthas Sulk se fijó en la bolsa de pequeño tamaño que cada uno de aquellos duendes llevaba encima… No pudo más que sonreír de satisfacción.
-Os diré un par de cosas. La primera, que esta vara es muy útil…- Dijo, señalando inmediatamente con la misma hacia ambos…
Ante la sorpresa de Lehmin y Lalia, dos lanzas de hielo surgieron del suelo, una hacia cada uno, arrancándoles las bolsas bruscamente…
-¡Eeh!- Protestó el duende al ver como se rompía la correa que llevaba al hombro y la bolsa quedaba enganchada en la punta helada de aquella lanza…
Pero antes de que pudieran reaccionar, Anthas Sulk dirigió la vara hacia el suelo y multitud de lanzas surgieron del mismo, cruzándose unas con otras y dejando atrapados a Lehmin y Lalia en una reducida jaula de barrotes de hielo…
-¡Estamos atrapados!- Exclamó Lalia, airada…
-¡No!- Exclamó Lehmin agarrando los “barrotes” e intentando zarandearlos sin éxito…
Mientras tanto, ante la impotencia de ambos, Anthas Sulk se dirigía tranquilamente hacia donde estaban las bolsas que les había arrebatado… Tras hurgar sin reparos en las mismas, encontró lo que buscaba.
-Aquí están. Sabía que no me fallaríais- dijo, sorprendiendo a ambos duendes que prestaron atención de inmediato.
-¿Qué estás diciendo?- Quiso saber Lehmin…
Anthas Sulk dirigió la mirada al duende y sonrió de nuevo al ver a aquel inocente
-La otra cosa que os tenía que decir… era que habéis caído en mi trampa… desde el principio… Y empezando por Santha.
Los duendes estaban atónitos. ¿De qué estaba hablando? Al ver sus miradas de asombro, Anthas Sulk continuó explicando.
-Podría haber ordenado que se me trajesen las piezas directamente al castillo… Pero, en el último momento, se me ocurrió una idea: que cada uno de los que mandé ir a robarlas, guardase una de las mismas; quería comprobar si Santha Klaus mordía el anzuelo… Y vaya que si lo ha mordido. Como esperaba, mandó a algunos de sus duendes a buscar las piezas… Pero de lo que no se estaba dando cuenta era que estabais reuniendo las piezas para mí… Si os hubieseis quedado tranquilamente en casa sin hacer nada, lo peor que hubiese ocurrido es que este año no habría habido reparto de juguetes… Pero ahora tengo lo que necesito para completar la maquinaria y llevar a cabo lo que tengo en mente desde hace mucho tiempo…- Al finalizar, Anthas Sulk se había terminado de poner serio…
Lehmin y Lalia no podían creer lo que habían oído. Ellos (y Santha) habían caído en la trampa de Anthas Sulk y le habían “ayudado” a llevar a cabo sus planes… Aunque no sabían exactamente a qué se refería. Y entonces Lalia recordó la carta de Santha Klaus…
-Los anti-juguetes… Para eso es todo esto… Por eso necesita las piezas…- Se daba cuenta, con creciente temor…
-Oh, no…- Ahora también Lehmin había comprendido…
Anthas Sulk, después de contemplar todas las piezas reunidas, sonrió una vez más al ver la cara de aquellos dos cándidos duendes… Y se imaginó la que pondría su viejo “amigo” al darse cuenta él mismo de su tremendo error…

Taido y Rodias llevaban mucho rato combatiendo. Estaban claramente agotados y sudaban mucho… Ahora los intercambios de golpes con sus espadas estaban más espaciados en el tiempo… En aquel momento se encontraban uno frente al otro, vigilándose con la mirada, en guardia y preparados para lanzarse una vez más al ataque…
-Debo reconocer… hermanito… que me lo estoy pasando muy bien…- Decía Rodias, entre jadeos…
Taido sonrió socarronamente.
-Estoy de acuerdo… Ya echaba de menos esto…- Hablaba también con dificultad…
Entonces Rodias pareció recuperarse. Taido se dio cuenta de esto.
-Pero creo que ha llegado la hora de acabar de una vez- dijo Rodias, poniéndose serio…
Taido asintió.
-Estoy de acuerdo.
Tras unos instantes de tensa quietud, ambos se lanzaron al ataque casi a la vez… Durante unos segundos parecieron “volar” por el aire uno hacia el otro…
-¡Eeaaaaah!- Bramó Rodias al atacar…
-¡Oeeaaaaa!- Rugió Taido al hacer lo propio…
El impacto de sus armas era inminente… Ambas espadas chocaron en el aire, con una fuerza desmedida, luchando momentáneamente una por imponerse a la otra… Y finalmente se impuso la de Rodias… Taido vio, consternado, como su espada cruzaba el aire alejándose de él mientras estaba a punto de caer hacia atrás… Su hermano iba a ganar…
-“¡Jamás!”- Ante aquel súbito pensamiento, Taido reaccionó y asestó una patada en el último momento a la empuñadura del arma de Rodias… desarmándolo…
La espada de este también cayó al suelo… Ambos hermanos cayeron al frío suelo de hielo, exhaustos… Tras unos minutos, Rodias levantó la cabeza y se dirigió a su hermano.
-Hermanito… Creo que podemos dejarlo en empate…- Propuso entre violentos jadeos intentando recuperar el aliento…
Taido se lo pensó durante un instante… Pero al verse mejor, su estado precario, le respondió.
-Sí… Empate… Está bien así…- Fue lo último que dijo antes de perder el conocimiento.

Los dos duendes estaban horrorizados ante el papel que habían llevado a cabo en los planes de Anthas Sulk. ¿Cómo no se había dado cuenta Santha Klaus de que les estaba llevando a cumplir los deseos de su enemigo? La verdad era que Lehmin y Lalia estaban muy enfadados con él…
Entonces Anthas Sulk se dirigió hacia las diferentes máquinas que había desperdigadas por la sala, conectadas todas ellas formando un único conjunto encadenado… Los duendes contemplaban sin poder hacer nada como aquel individuo, tan extrañamente parecido a Santha Klaus, iba colocando una a una todas las piezas en “su sitio”… Tardó varios minutos en llevar a cabo la operación. Ya era de noche.
-Y ya solo me queda una cosa por hacer…- Dijo para si mismo mirando la vara dorada con joyas incrustadas…
Lehmin había pensado varias veces en utilizar su espada para romper aquellos malditos barrotes de hielo… pero había poco espacio y tenía miedo de lastimar a Lalia… Se preguntaba qué les pasaría ahora a ellos, mirándola, mientras la duende observaba con temor las acciones de Anthas Sulk…
-Si coloca la vara lo habrá conseguido…- Dijo Lalia, con profundo pesar…
Ambos iban a ser testigos del inminente triunfo de Anthas Sulk…
Pero entonces, cuando este, exultante e impaciente, iba a colocar la vara en el lugar que correspondía…
-¡Detente Anthas!- Le exhortó un vozarrón proveniente de la dirección de la terraza…
Anthas Sulk no se lo podía creer. Hacía años que no escuchaba aquella voz…
Santha Klaus aparecía sobre su trineo, tirado por cinco renos, en el interior de aquella sala iluminada artificialmente.
Los dos duendes se quedaron asombrados. Entonces Santha Klaus les vio y adoptó una actitud extraordinariamente severa.
-Libera a mis duendes de inmediato- le advirtió.
Entonces Lehmin y Lalia notaron cierto nerviosismo en Anthas Sulk. Era evidente que Santha Klaus le imponía respeto…
-¡Llegas tarde, Santha!- Exclamó con la expresión de un loco y colocó la vara en su lugar…
-¡Nooo!- Exclamó Lalia al tiempo que Lehmin golpeaba los barrotes con rabia…
Al principio no pasó nada. Pero luego, progresivamente, las máquinas comenzaron a encenderse y la sala se inundó de zumbidos y múltiples sonidos provocados por los más variados mecanismos llevando a cabo su función… Llegó un momento que la sala entera pareció agitarse… Santha Klaus miraba a su alrededor, con el sentimiento de haber llegado demasiado tarde…
Lehmin aún sostenía con fuerza los barrotes; y en los ojos muy abiertos de Lalia se reflejaban las pequeñas lucecitas que iban encendiéndose aquí y allá… Entonces, sobresaltándose, se giraron al notar una inesperada y enorme presencia tras ellos…
-¡Barn! ¡Estás bien!- Exclamó Lalia sin poder contener la alegría.
Lehmin se fijó en la mirada del gran oso polar y adivinó sus intenciones…
-Lalia, apártate y cúbrete- le dijo a la duende.
Lalia al principio no comprendía… pero al ver a Lehmin mirar a Barn, dirigió una mirada a este último y entonces lo entendió. Lehmin también se cubrió poniéndose ante la duende… Entonces Barn, con un zarpazo, rompió los barrotes y los dos duendes quedaron liberados…
-Gracias, Barn- dijo Lehmin mientras Lalia le acariciaba la cabeza.
Entonces Lalia levantó la vista y no pudo evitar poner cara de sorpresa.
-¡Lehmin, mira allí!- Dijo, señalando hacia la dirección de la puerta por donde habían llegado unos instantes atrás…
Lehmin miró hacia allí y se sorprendió tanto como Lalia. Apareció Rodias, ayudando a caminar a su hermano Taido…
-Ese oso amigo vuestro por poco nos aplasta…- Decía Rodias con un simulado tono acusador.
-En realidad casi me aplasta a mí…- “Aclaró” Taido.
-Eso es por esa decisión extraña tuya de tomarte de pronto una siestecita…- Le dijo Rodias “metiéndose” con él.
Taido gruñó por lo bajo, diciendo cosas ininteligibles, al haberle recordado su hermano la humillación de haberse desmayado hacía un momento… Lehmin y Lalia se miraron entre extrañados y sorprendidos. ¿Ahora se llevaban bien? Eso parecía.
Al ver que los dos hermanos miraban de pronto hacia todas direcciones preguntándose qué demonios era lo que estaba pasando, los dos duendes devolvieron su atención a lo que estaba sucediendo a su alrededor…
Las máquinas seguían funcionando cada vez a mayor rendimiento… Multitud de luces de colores iluminaban la sala… El ruido iba haciéndose ensordecedor (hasta el punto de que Barn tuvo que agacharse para taparse los oídos)… El suelo vibraba amenazando con resquebrajar el castillo hecho de hielo… Esmeeth llegó corriendo desde el piso de abajo y se quedó boquiabierto, en la puerta, mirando la escena…
-¡¿Pero qué ocurre aquí?!
Todos estaban expectantes ante como acabaría todo aquello…
Y entonces la maquinaria se detuvo en el preciso instante que un objeto cayó en la bandeja situada ante un maravillado Anthas Sulk. Se hizo el silencio durante unos instantes. Anthas Sulk observaba con los ojos muy abiertos el producto de su plan, elaborado hacía ya tantos años que ni recordaba cuántos eran… Y entonces lo cogió entre las manos. Santha Klaus se acercó lentamente y, después de ver el objeto aún humeante, dirigió la mirada hacia el que una vez fuera su amigo… Y le sorprendió lo que vio: Anthas Sulk tenía una expresión de espanto en el rostro. Entonces, Santha  miró de nuevo el objeto que Anthas Sulk estaba a punto de lanzar con sus manos temblorosas: era informe, y parecía como si estuviera carbonizado…
-Esto… no era lo que yo quería…- Habló Anthas Sulk, con un tono que parecía que iba a echarse a llorar…
Santha no pudo más que compadecerse de su amigo. Se acercó y le puso una mano en el hombro…
-Santha…- Intentó decir con los ojos humedecidos.
Este negó con la cabeza. Todo había pasado ya.
Anthas Sulk dejó lentamente y con repugnancia el anti-juguete sobre la bandeja. Entonces, se giró y se fijó en el reno que iba en cabeza del trineo en el que había llegado Santha…
-¡Rudoroph!- Exclamó con gran alegría al tiempo que se dirigía hacia el reno de nariz roja.
Al acercarse abrazó al animal; y este le respondía con lametones en la cara.
-¿Recuerdas, Santha, cuando lo encontramos cuando solo era una cría que acababa de perder a su madre…?- Preguntó, resbalándole las lágrimas por los ojos.
Santha asintió.
-Sí. Recuerdo que tu actitud debió cambiar cuando te enteraste que a su madre la había matado un cazador por pura diversión…
Anthas Sulk no dijo nada, sin dejar de acariciar la cabeza del agradecido animal, pero estuvo de acuerdo…
Esmeeth al comprobar la escena rechistó.
-Ahora tendré que cambiar la escultura final que tenía pensada…- Dijo con fastidio y regresó por donde había venido…
Entonces Santha se acordó de algo y se acercó a Lehmin y Lalia.
-Lehmin. Lalia. Supongo que estaréis enfadados por pensar que os he enviado a hacer una misión equivocada…- Los duendes no contestaron pero en sus rostros se reflejaba aún su enfado…- Pero tenéis que saber que ya contaba con los planes de Anthas Sulk. Comprendedlo. Era importante que llevarais a cabo la misión para llegar a este punto
Los duendes se quedaron boquiabiertos. Pero ahora lo entendían todo…
-Santha… ¿Qué puedo hacer para compensar lo que he hecho…?- Rogó Anthas Sulk.
Lehmin, Lalia, Taido, Rodias, e incluso Barn, esperaban la respuesta de un pensativo Santha Klaus que observaba el cielo nocturno… Todos pensaban que ya no daría tiempo a repartir los juguetes aquel año…
Pero entonces a Santha se le ocurrió algo.
-Sí. Hay algo que puedes hacer- dijo sonriendo satisfecho para sorpresa de todos…

Aquella noche fue frenética. El taller del castillo de Santha Klaus estaba en plena ebullición, como no se recordaba en toda su historia… Todos se estaban esforzando al máximo para llegar a tiempo…
Lehmin y Lalia llevaban a cabo sus tareas habituales, pero ahora podían dar órdenes a otros duendes, que las cumplían encantados… No se podía decir lo mismo de Taido y, sobretodo, Rodias, pero las acataban igual de eficientemente… Además, tenían que tener cuidado con Barn, que iba de arriba abajo cargando juguetes a toda velocidad… Juguetes que estaban siendo terminados con la ayuda de Zaros, que había acudido de inmediato… Y del reparto se encargarían Santha, como de costumbre, y su recuperado amigo, Anthas Sulk, a los que les traía los pedidos un exultante Arthur, que estaba encantado de colaborar en aquel cometido, cantando y animando a todo el que se le cruzaba por delante…
Al final, con la colaboración de todos, llegaron a tiempo, un año más…


Unos años después.

Lehmin, ataviado con una armadura ligera, sin el casco puesto, salía de su casita, de cuya chimenea salía humo. Era por la mañana. Al exterior salieron también Lalia, con un vestido y un delantal… y un pequeño duendecillo que sonreía hinchado de orgullo…
-Ten cuidado- le dijo con ternura Lalia a Lehmin.
Este se giró y sonrió.
-Tranquila. Ya sabes que con Taido y Rodias nos las apañamos bien. Por cierto… Te mandan recuerdos tus compañeras de la guardia del castillo…
Lalia sonrió y miró a su pequeño, que tenía la cara manchada de mermelada…
-Un día me pasaré a saludarlas.
En ese momento llegó Barn a toda velocidad, con las riendas y la silla de montar puestas, y se colocó ante Lehmin. Lalia y el pequeño duende se acercaron para saludar al gran oso polar que movía la cabeza de contento. Lehmin se subió a su grupa y se colocó el casco.
-Bueno, me voy. Pórtate bien, Dilt.
-¡Sí, papá!- Exclamó el duendecillo alzando los cortos brazos.
-Volveré por la noche- le dijo Lehmin a Lalia, sonriendo y mirándola a los ojos…
Esta sonrió y asintió.
Y Lehmin comenzó a alejarse, montado sobre Barn, a cumplir con su deber como guardián del reino de Lapponia, bajo la orgullosa mirada de Lalia, su mujer, y la de admiración de Dilt, el alegre y feliz hijo pequeño de ambos.


FIN

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