viernes, 21 de julio de 2023

Everard, el Vampiro Proscrito

 Everard, el Vampiro Proscrito

 

Año 1842.

Londres, Inglaterra.

 

La inmensa luna llena iluminaba la niebla que circulaba por las calles de Whitechapel aquella lúgubre noche de otoño. Unos pasos rápidos comenzaron a resonar por las calles vacías, que comenzaban a desaparecer bajo el manto blanco y espeso. Un jadeo inexistente acompañaba aquel sonido producido por unas botas que parecían querer alejarse a toda velocidad de algo o de alguien… poco a poco, una figura masculina comenzaba a formarse a través de la masa fría y ondulante…

-“Mierda…”- Blasfemaba interiormente lo que parecía un joven de unos diecisiete años de edad.

De pelo negro con brillos plateados, y ojos del mismo color grisáceo, el joven de estatura y constitución media portaba ropajes humildes que parecían no corresponder a su talla; como si los hubiera cogido y hubiese salido corriendo…

-¡Detente! ¡Detente, maldito ladrón!- Vociferaba un policía bastante más alto que él que le iba pisando los talones…

El joven se disponía a acelerar el ritmo. Pero ya se estaba cansando de huir…

El policía iba acortando distancias. Aparentemente lo atraparía sin remedio en cualquier momento…

-¡Ahora te enseñaré lo que les hago a los ladronzuelos como tú! ¡No volverás a robarle nada a nadie en tu miserable vida!- Alzó aún más la voz el encolerizado policía…

Aquellas últimas palabras atravesaron la mente del joven como un rayo. Se detuvo en seco.

El policía, sorprendido, también se detuvo, convencido de que aquel deshecho de la sociedad se había rendido al fin. Ahora lo tenía en sus manos…

-Bueno, bueno, bueno…- Avanzaba el hombre, recreándose en sus palabras, mientras golpeaba una larga y amenazadora porra contra una mano enorme.

Comenzaba a dibujarse su rostro de forma clara, iluminándosele con la luz de la farola bajo la que se encontraba, totalmente detenido, el muchacho que había estado corriendo hacía tan solo unos instantes atrás, y que ahora daba la impresión de estar resignado a su suerte… Un frondoso bigote rubio potenciaba el fuego en la mirada de ojos azules de aquel tipo corpulento que se aproximaba, lenta e inexorablemente, a la figura indefensa que se erguía en medio de la calle…

-De hecho… te diré más- el policía administraba sus palabras… Entonces su expresión se tornó severa.- Nunca más volverás a utilizar las manos- sentenció, al tiempo que elevaba la porra hacia el cielo…

En ese instante, la luna llena, contra la que estaba recortada el arma que el hombre estaba a punto de utilizar, se pudo ver con claridad sobre sus cabezas. La niebla pareció apartarse de forma súbita de ambas figuras que permanecían aún en la misma posición… Los ojos de aquel individuo empezaron a ser los de un maníaco… El joven permanecía totalmente estático, con el rostro oculto en sombras, a pesar del peligro que se cernía sobre el mismo…

Pero sabía perfectamente lo que estaba pasando. Un segundo antes, la luz de la farola ya se había apagado, de forma inexplicable. El cuerpo del policía impactó con brutalidad contra el poste, escuchándose de forma contundente el quebramiento de los huesos. Y un último sonido gutural que se apagó apenas hubo empezado a surgir…

El cuerpo cayó pesadamente y el joven apareció de espaldas, como si no hubiera intervenido en aquella violenta escena. La luz de la luna tan solo logró iluminar una parte del rostro de aquel muchacho, que permanecía impertérrito… Lo que sin duda era un colmillo, refulgía bajo la intensa luz. Entonces, el joven se dio la vuelta, mirando fijamente el cuerpo inerte de aquel policía.

-Yo no le he robado nada a nadie. Aquel chico ya estaba muerto…- Le habló, indignado, a pesar de que sabía que no le podía oír.

Le pareció escuchar un ruido. Sabía que aquel maldito policía era la menor de sus preocupaciones. Debía moverse y pronto. Emprendió de nuevo la carrera internándose en la niebla y la oscuridad…

 

 

Una joven muy atractiva de rostro pálido se acercaba una copa de un líquido rojizo a sus carnosos labios, más rojos todavía. Se diría que tenía diecisiete años; tenía el pelo ni muy corto ni muy largo, liso y rojo (como sus enormes ojos), y vestía con un vestido corto y ajustado de color negro, con largas botas que le cubrían más allá de las rodillas. Al abrir su delicada boca podían verse sendos colmillos puntiagudos, amenazadores en contraste, aunque pasaron desapercibidos en aquella taberna mal iluminada… Ninguno de los hombres ebrios que había a su alrededor reparó en el “secreto” de la jovencita delgada -y, sin embargo, de formas voluptuosas- que se encontraba sentada sobre un alto taburete frente a la barra del “Lonely Drunk Man”, un local semioculto en la parte antigua de la ciudad. Era el lugar donde solían reunirse los que eran como ella. Y precisamente se encontraba esperando a alguien… alguien que se retrasaba…

De forma súbita se escuchó la puerta abrirse de forma destartalada, seguido de unos pasos decididos que se dirigían derechos hacia donde se encontraba…

-Ah, aquí estás…- Afirmó una voz masculina que acompañaba dichos pasos al llegar a su lado.

La joven abrió los ojos al escuchar aquella voz, todavía con los labios pegados a la copa que ya solo contenía un cuarto de su contenido…

-Llegas tarde. He tenido que pedir esto para matar el tiempo. Y el hambre…- Aseguró, con un ligero desdén, dejando la copa de vino caliente sobre la sucia superficie de la barra.

El joven que había llegado tendría la misma edad que ella. Su cabello rebelde era azul y su perenne mirada seria tenía el mismo color marino. Era de altura media, un poco más alto que la joven, y de constitución fuerte comparado con otros de su edad… Vestía de forma similar, con botas, pantalones casi ajustados y chaqueta de color negro, y una camisa a juego con sus ojos que llevaba por fuera. Ambos no parecían de su tiempo.

-Me he entretenido. Te pido disculpas. Aunque tenía un buen motivo para ello…- Afirmó, observando con disimulada fascinación los labios de la joven mientras esta esbozaba una leve sonrisa.

-¿Ah, sí? ¿Cuál es ese “motivo” del que me hablas?- Quiso saber, con un tono juguetón que no le pasó desapercibido al recién llegado…

Antes de que pudiera contestar, el tabernero, que hasta ese momento había permanecido oculto en las sombras, limpiando vasos con un trapo sucio, se acercó al ver que un nuevo cliente se encontraba en su establecimiento… Dudó unos segundos al contemplar el mismo tono pálido en la piel de ambos jóvenes.

-¿Qué vas a tomar?- Preguntó, con esfuerzo debido al cansancio y al sobrepeso, el hombre con ojeras, calvo y un bigote que lo asemejaba a una morsa, de mandil blanco con manchas evidentes…

El joven lo miró con desprecio, ignorando que hacía su trabajo y solo teniendo en cuenta que los había interrumpido.

-Nada, gracias- dijo, seco, indicándole con la mirada que dejara de importunarles.

El hombre se dio la vuelta lentamente, negando con la cabeza.

-“Malditos niñatos. ¿Quiénes se habrán creído estos mamarrachos? ¡Fíjate como visten!”- Pensaba mientras se alejaba a su rincón oscuro lleno de vasos sucios y por secar…

El joven volvió a dirigirse a la chica, que lo miraba divertida ante la escena que acababa de tener lugar. Aquel la ignoró y siguió con lo que le estaba diciendo.

-Esta noche, he visto como un policía mataba a golpes a un humano de corta edad. Debía tener la misma que aparentamos. Al parecer había participado en el robo a un banco hacía dos días…- Mientras hablaba, podían vislumbrarse claramente un par de colmillos que el joven no se molestaba en disimular.

La chica se sorprendió.

-¿Y? ¿Te has quedado a disfrutar del espectáculo? A mí también me gusta mirar…- Esto último lo dijo dirigiéndole una mirada -con una sonrisita- al joven que este no supo exactamente cómo interpretar.

-No es eso. Me da igual que los humanos se maten entre ellos. Pero vi algo. Fue muy rápido…  pero creo que le he visto.

La chica dejó de sonreír. Casi se puso tan seria como su “compañero”.

-¿Estás seguro? Eso querría decir que sigue en esta ciudad…- Dedujo.

El joven se quedó pensativo un instante.

-Estoy seguro. Esa velocidad es impropia de un humano. Salió corriendo tras cogerle la ropa al muchacho y el policía fue tras él… Pero los perdí en la niebla…

Al oír esto, la chica se ahorró el preguntarle por qué no había salido corriendo en su busca.

-Entonces estamos perdiendo el tiempo. Vamos a por él; es por lo que estamos aquí… Es nuestra misión- sentenció.

Su compañero asintió. Casi obedeció. La chica dejó una moneda sobre la barra, de forma tan sensual que el joven tuvo que reprimir aquellos pensamientos… La joven sonreía porque sabía perfectamente en qué estaba pensando.

Ambos desaparecieron del lugar ante la sobresaltada mirada del tabernero, que dejó el vaso que estaba secando para abalanzarse sobre la barra, comprobando con alivio que aquellos dos no se habían ido sin pagar…

 

El silencio reinante en la solitaria callejuela fue bruscamente interrumpido por los sonoros pasos del joven cuyos ropajes no eran los suyos. No había parado de correr, con la esperanza de no volver a toparse con ningún policía o similar que tratara de detenerlo en su huida… su huida a ninguna parte… De todos modos, no eran los agentes de la ley -humanos, al fin y al cabo- los que le preocupaban…

De pronto se detuvo en seco. No pudo evitar dejar la boca entreabierta por la sorpresa. Justo delante suyo se encontraba un niño, que no tendría más de seis años, mirándolo -sobre todo- con curiosidad.

Era de estatura y constitución media, para un niño de su edad. Su cabello era castaño, no muy largo, y sus ojos verdes claro. Iba bien vestido. Con ropas gris oscuro, camisa blanca limpia y zapatos negros como el pequeño cinturón que asomaba bajo su chaqueta de perfecta medida. No le quitaba la vista de encima, tan sorprendido como él mismo…

Entonces se dio cuenta de algo que le llamó poderosamente la atención: a pesar de su corta edad, aquel niño estaba observando detenidamente sus ropas recién “adquiridas”. Aunque pudiera parecer increíble, estaba seguro de que se había dado cuenta de que aquella chaqueta marrón enorme con remiendos y aquellos pantalones que parecían hechos con un saco de patatas no le pertenecían en absoluto…

De pronto, algo le despertó de su ensimismamiento. Notaba una sensación de peligro. Y se iba agudizando cada vez más… Alguien se acercaba y a toda prisa… Entonces se giró de nuevo al niño, que permanecía en la misma posición como si jugara a alguna clase de juego.

-Oye. Tú. ¿Qué haces aquí? Ir de noche por estas calles es peligroso…- Le dijo, en un poco creíble tono paternal…

El niño cerró lentamente la boca y adoptó una actitud extrañamente tranquila.

-No estoy solo. Mi padre ha entrado en esa casa- dijo, señalando directamente con el dedo la casa hacia la que se encontraba casi encarado, a pocos centímetros de la puerta de entrada…

El joven miró hacia la misma sin entender.

-Entonces, ¿qué haces aquí afuera?- Insistió…

Ahora la expresión del niño se tornó seria. Como si aquel desconocido no tuviera ni idea de las cosas que él sabía…

-Porque es menos peligroso fuera que dentro- afirmó, con pleno conocimiento de causa.

Ahora sí que tenía claro que aquel niño no era normal.

Iba a insistir de nuevo cuando la puerta se abrió de repente.

-Muchas gracias señor Naoum… No sé cómo puedo agradecerle todo lo que ha hecho…- Comenzó a decir un hombre mayor, casi llorando de emoción, a otro que iba en primer lugar, colocándose el sombrero.

El hombre, más joven, que también portaba una capa gris y botas de un tono más claro, era alto, esbelto, con unos profundos y bondadosos ojos oscuros, y un bigote negro como su cabello bien cortado, que le daba más distinción -si cabía- a su rostro amable.

-No se preocupe- le decía agitando tranquilamente la mano.- Recuerde que su hija ahora necesitará descanso y mucha atención. Pero ya está liberada- concluyó, tornándose serio el gesto, aunque nunca sin un asomo de severidad…

El hombre volvió a agradecerle otra vez, cerrando la puerta con cuidado cuando ya no podía contener el llanto… Entonces el hombre joven se fijó en el muchacho que el niño seguía mirando sin inmutarse.

-Arthur, ¿todo bien?- Le preguntó, aunque miraba al joven, que trataba de que no le asomara ninguno de sus colmillos…

Arthur se limitó a señalarlo, sin ninguna mala intención.

-Es un vampiro- aseguró, sin dudarlo, con la inocencia propia de su temprana edad…

El muchacho dio un respingo. Y otro cuando el señor Naoum le dirigió una firme mirada.

Durante unos instantes muy tensos, el joven no supo qué hacer. Aquel humano (porque lo era, estaba seguro) le imponía como ningún otro al que hubiera conocido antes. Y aquel niño… El hombre lo estuvo observando largos segundos, al igual que hubiera hecho su hijo pequeño unos instantes atrás… Finalmente, tras haberle escrutado atentamente, habló.

-Sí. No hay duda. Sin embargo eres muy joven…- Observó.- ¿Cómo te llamas, muchacho?

Este estaba desconcertado. Primero parecen adivinar con extraordinaria facilidad su naturaleza… ¡Y ahora quieren saber su nombre! Cualquier otro hubiera salido corriendo solo con verle…

-Everard- dijo al fin, rindiéndose al único ser, vivo o no, que le había tratado con amabilidad en su, todavía, no demasiado larga existencia…

El hombre advirtió cómo Everard se apercibía de la proximidad de lo que, sin duda, sería un peligro para todos los que se encontraban, en ese momento, en aquel lugar al abrigo de la niebla.

-Creo que tienes problemas, ¿me equivoco? Perdona que no me inmiscuya en vuestros asuntos, pero tengo que proteger a mi hijo…- Le dijo muy serio.

Everard, aún con la sorpresa dibujada en el rostro, miró de pronto al niño. Este, increíblemente, no parecía tener ningún miedo ante todo aquello… El joven vampiro se limitó a asentir, comprendiendo, y agradeciendo que no intentara retenerlo ni nada parecido.

-Debo irme- tan solo fue capaz de decir.

El señor Naoum también asintió levemente, con una sonrisa afable asomándole en los labios.

-Sigue por esta calle. Métete por la segunda a la derecha. Continúa y llegarás a una fábrica abandonada. Quizá puedas esconderte el tiempo que necesites…

Aún sin comprender por qué lo estaba haciendo, no pudo evitar sentirse agradecido ante la ayuda inesperada de aquel humano. Con un último intercambio de miradas pasó delante del hombre, que agachó ligeramente la cabeza como despedida, y se dispuso a reemprender la fuga, no sin antes cruzarse con los curiosos y serenos ojos de aquel niño que estaba seguro de que algún día se volvería a encontrar…

Y se marchó corriendo, bajo la atenta mirada del padre y el hijo.

Entonces el hombre pudo escuchar -y notar- cómo se acercaban dos presencias a toda velocidad…

-¡Vamos Arthur! ¡Al callejón!- Le instó, con urgencia, sin elevar demasiado la voz, y rodeándolo con su capa hasta un hueco de la calle, más adelante, en el lado izquierdo de la misma…

Permanecieron ocultos y en silencio, atentos. En un momento determinado, fueron capaces de ver dos sombras fugaces, un chico y una chica, sin duda de la misma edad del que acababan de ver. Pudieron verles las caras. El hombre permanecía alerta; y el niño ahora sí que aparecía ligeramente asustado… Era evidente que iban tras él.

Aún permanecieron un rato más ocultos, a pesar de que ya no quedaba ni rastro de ningún no muerto en la estrecha calle iluminada por la luna llena…

 

Siguiendo las indicaciones de aquel hombre, Everard acabó llegando a lo que, efectivamente, era una fábrica abandonada. No sabía decir si hacía mucho o poco que había cesado su actividad, pero estaba lo suficientemente deteriorada como para proporcionarle cobijo y poder ocultarse mientras permanecía allí durante un tiempo prudencial.

Entonces una apremiante sensación de alarma le recorrió de arriba abajo…

-¡No!- Exclamó en un susurro mientras miraba sobre sus hombros.

No podía verlos… pero estaban cerca… Finalmente habían dado con él.

Everard decidió que no se dejaría atrapar tan fácilmente y buscó apresuradamente un lugar donde ocultarse. Al menos el tiempo que pudiese… Aquel lugar estaba abarrotado de utensilios y maquinaria ya fuera de uso. Era increíble lo efímero que podía resultar todo lo que los humanos fabricaban… Sacudió la cabeza. No había tiempo de reflexiones; aquellos que lo perseguían desde hacía meses eran demasiado rápidos y aparecerían de un momento a otro… Más adelante, divisó lo que parecía un carro con una máquina extraña encima, vieja y oxidada. Se dirigió hacía allí velozmente y se ocultó debajo lo mejor que pudo, permaneciendo muy atento y en absoluto silencio…

Pero, como esperaba, no tardaron en aparecer. Edric y Medora. Con ambos había compartido numerosas aventuras. O al menos así llamaban ellos a las misiones que el propio padre de Everard les había encomendado en tantas ocasiones. Aunque todo cambió el día en que la misión consistió en arrebatar la vida de un humano. Se trataba de un ser miserable; pero él nunca había estado de acuerdo con el asesinato, ni siquiera a humanos. Era evidente que pertenecían a especies diferentes en este mundo… pero él siempre había pensado que la convivencia era posible. Aunque al parecer era el único de los suyos que pensaba de tal manera…

-¡Everard! ¡Da la cara de una vez!- Exclamó Edric.- No puedes esconderte siempre…

Los recién llegados avanzaron unos pasos, mirando atentamente en todas direcciones.

-Tu padre nos ha pedido que vayamos a buscarte. Está dispuesto a perdonarte si vuelves y cumples con tu deber…- En esta ocasión, fue Medora la que habló, tratando de convencerle.

Everard permanecía muy quieto, escuchando atentamente. Él sabía que ya jamás podría volver.

-Todavía no entiendo qué fue lo que te impidió cortarle la cabeza a aquel gordo explotador… Fue muy fácil, te lo aseguro.- Afirmó Edric, sin poder contener una sonrisa maliciosa al recordar cuánto había disfrutado atemorizando a aquel humano infeliz para finalmente acabar con su existencia…

Everard comenzó a escuchar como apartaban de mala manera los objetos que se iban encontrando a su paso. No estaban ya demasiado lejos…

-¿En serio te vas alimentando de las sobras, como si fueras un perro? Nos hemos topado con algún carnicero muy enfadado…- Medora no pudo contener una risita.- Deberías probar la sangre humana de una vez, Everard. No hay nada mejor. Yo puedo enseñarte lo que es bueno para ti…- Esto lo dijo con un tono que hizo que Edric se girase hacia ella, viendo esa lascivia que ya había podido contemplar en otras ocasiones en los ojos de la joven vampiresa…

A Everard no le pasó esto desapercibido. Pero sabía lo peligrosa que era ella. Probablemente más que su acompañante…

De pronto, comenzaron a escucharse voces que se aproximaban al interior de aquel lugar. Parecían dos muchachos de no más de doce años. Habían entrado, desconociendo completamente que no se encontraban solos…

-¡Cuidado con eso! No quiero saber nada si te haces daño- le advertía al otro el primero en aparecer tras la ruinosa maquinaria, delgado y rubicundo, mirando hacia atrás.

Entonces apareció el otro, más bajo y rechoncho, con el pelo castaño y rizado.

-¡Yo no soy tan torpe como tú!- Se defendió este.

Aunque tuvo que tragarse sus palabras al chocar con su amigo, el cual se había parado en seco ante él, permaneciendo de espaldas como si no hubiera notado nada…

-¡Ey! ¿¡Qué haces!?- Exclamó, bastante molesto.

Pero su amigo seguía quieto. Aunque le pareció notar que comenzaba a temblar de forma descontrolada… Dirigió la vista hacia lo que este parecía estar mirando y no pudo evitar abrir mucho los ojos…

Al fondo, aunque a no mucha distancia, se erguía una chica mayor que ellos, muy guapa… muy, muy guapa… Pero había algo en sus ojos… algo que no era de este mundo… El muchacho más bajito cogió del brazo al otro, casi espachurrándoselo…

-¡Vámonos! Aquí ya está ocupado…- Dijo, tratando de quitar importancia a aquel encuentro… como si dando media vuelta fuese lo mismo que no haber venido…

No tardó en comprender su error. Se dio cuenta de que su amigo no le hacía caso…

-¡Ey, venga! ¿¡Qué haces!?

No entendía qué le pasaba. Entonces se acercó más para mirarle la cara. Jamás había sentido tanto miedo en toda su vida… Abrió mucho la boca y los ojos, comenzando a sudar de forma descontrolada…

Su amigo tenía los ojos en blanco. Y la boca muy abierta, de una forma extraña; como hacia arriba y abajo… era como si algo lo estuviera aplastando desde los lados… No tardó en comprender que aquella chica extraña y fascinante tenía algo que ver en todo ello… Sobre todo cuando le vio los colmillos.

-¡Uaaah!- Emitió un alarido de pánico y salió corriendo de forma atropellada, chocando con todo lo que encontraba, abandonando a su amigo y pensando tan solo en salvar su propio pellejo…

El que se había quedado era consciente de todo lo que pasaba, pero el dolor (y el miedo) que sentía era tan terrible que dejó de preocuparse por su “amigo” antes incluso de que saliese huyendo. Medora sonrió.

-¡Everard! ¡Si no sales reventaré por dentro a este pobre incauto!- Amenazó.

Everard maldijo para sí. Sabía que Medora era capaz de eso y de más. Y, aunque también maldecía a aquellos dos por haberse colado en aquel sitio en ruinas en el peor de los momentos, no podía dejar que su antigua camarada pusiera fin a su incipiente vida…

Pero, apenas salió de su escondite, entendió demasiado tarde que no había sido lo suficientemente silencioso al maldecir… Se encontró ante él a Edric.

-¡Cuánto tiempo Everard!- Vociferó, impactando con la palma de la mano en el pecho desprotegido del joven vampiro, el cual salió despedido contra lo que había sido su refugio, destrozando el carro y su contenido en mil pedazos…

Medora desvió su atención hacia el lugar exacto donde había tenido lugar aquel estruendo. Ahora ya no necesitaba a aquel insecto…

-Lárgate- dijo, con desprecio, al pobre muchacho que caía desplomado al quedar liberado del aprisionamiento perpetrado por la vampiresa.

Este, al verse libre, se recompuso como pudo y, apresuradamente, salió poniendo pies en polvorosa hacia cualquier lugar lejos de allí.

Una vez quedaron solos los tres, Medora se dirigió sin demora hacia donde se encontraba Edric. De pie frente a una figura maltrecha en el suelo…

-¿Le has matado?- Preguntó de inmediato a Edric, tratando de que no sonara preocupada…

Este la miró. No era ignorante de los sentimientos que había mostrado albergar en el pasado por aquel que yacía ahora a sus pies…

-No. Tranquila. Nuestra misión es llevarlo vivo, ¿no? ¿Cargo con él o te encargas tú?- Su tono iba transformándose en algo parecido a la burla.

Medora lo miró con desagrado. Pero no pudo contestarle como se merecía…

Everard se incorporó de un salto, para sorpresa de ambos, y le propinó una patada con el empeine a  Edric, impactándole por debajo de la barbilla con tal fuerza, que lo levantó del suelo varios metros. Y al caer, le devolvió el golpe de antes, propinándole un brutal puñetazo en la cara, que lo envió a unas cajas que había más allá y que quedaron hechas añicos al impactar el desprevenido vampiro… Medora se quedó mirando a Everard, que se giró de inmediato, quedando ligeramente de espaldas, con el puño preparado y la mirada desafiante, asomando el colmillo de forma amenazadora…

Medora había quedado muy sorprendida. No recordaba que Everard fuera tan fuerte. Sin duda se había estado entrenando; preparándose quizá para un momento como aquel…

-Hola Everard. ¿Por qué no vuelves con nosotros?

Este terminó de darse la vuelta, relajándose momentáneamente pero, por supuesto, sin bajar la guardia…

-Yo ya no tengo nada que ver con vosotros. Podéis volver por donde habéis venido- dijo, mostrando claramente que no se alegraba en absoluto de verles allí y en ese momento. Ni siquiera a ella.

Esto no le gustó nada a la joven vampiresa. Su gesto era el que había antes del odio…

-¿Por qué insistes en engañarte a ti mismo?- Se escuchó la voz de Edric desde alguna parte desde donde no se lo podía ver.- Encontramos al policía…

Everard apretó los dientes. Aquel maldito policía…

-No era mi intención hacerlo…- Trató de excusarse, consciente de que no tenía excusa.

Edric siguió hablando.

-No puedes ir contra tu propia naturaleza. Nosotros estamos por encima de ellos. Ellos son nuestro alimento y nuestros esclavos. No seas estúpido…- Dijo, en un último intento por tratar de convencerle

Pero Everard no se dejaría convencer. Estaba seguro de sus propias convicciones y era inmune a aquellas palabras…

-No pienso seguir con esto. Lo que dices no es verdad. Podemos convivir como con las demás especies…- Aseguró, creyendo firmemente en lo que decía.

Pero aquello último que dijo enfureció a Edric como ninguna otra cosa que hubiera hecho o dicho antes.

-¡Eres un ignorante! ¡Habrá que enseñarte por las malas!- Exclamó casi desgañitándose.- ¡¡”Caída de la Noche”!!

Everard abrió mucho los ojos. Súbitamente, todo se había vuelto oscuridad. Solo podía ver a lo lejos a Edric, lo único “iluminado” en su campo de visión, con una luz blanca mortecina…

-“¡Una técnica de nivel dos! No sabía que Edric había llegado tan lejos…”- Se sorprendió el joven vampiro.

Entonces notó algo agitarse a su espalda. Era Medora, cuya tenue luz era roja como la sangre…

-¡Yo también quiero enseñarte algo! ¡”Danza de las Rosas Sangrientas”!- Exclamó, haciendo aparecer un remolino de rosas rojas a su alrededor…

Everard estaba incluso más sorprendido. Esa técnica era de nivel tres… Consistía en transformar la sangre coagulada de insectos, roedores y pequeños vertebrados cercanos en unas “rosas” muy peligrosas…

Medora no dudó en lanzar el remolino rojizo contra aquel maldito… Él se lo había buscado…

Everard contemplaba cómo el remolino de rosas sangrientas se aproximaba a toda velocidad… podía destrozarle sin posibilidad de regenerarse… Entonces vio una tercera luz: la de la luna llena.

-“¡Explosión de la Luna Llena!”- Exclamó, en seguida, sin ninguna intención de contenerse…

Una explosión de luz blanca hizo desaparecer la oscuridad impenetrable que se había creado, y deshizo el remolino de rosas hasta alcanzar a su lanzadora, mandándola con fuerza contra la pared más cercana… Medora cayó de espaldas hasta el suelo, más impresionada porque Everard dominara esa técnica que dolorida…

En el otro extremo, Edric se encontraba cegado, cubriéndose con los brazos en vano y luchando por mantenerse con los pies pegados al suelo… Hasta que finalizó la onda expansiva de la explosión…

-¿Có… Cómo es posible? ¿Esa… Esa técnica es…?- No acertaba a decir lo que todavía no pensaba con claridad…

Pero tampoco le dio tiempo a hacerlo. Al apartar los brazos y las manos de delante suyo, se encontró con Everard, que lo miraba con firmeza. Edric abrió mucho los ojos, sin tiempo para reaccionar. Everard le dio un tremendo rodillazo en la boca del estómago que lo dejó inconsciente casi al momento. No había caído el cuerpo inmóvil de Edric al suelo cuando Everard ya miraba en dirección contraria…

Medora había conseguido levantarse, aunque le costaba caminar. Entonces, sin saber cómo, notó cómo tenía a Everard justo detrás de ella.

-¿Pero cómo…? ¿Cómo has llegado ahí?- Le preguntó, incrédula…

Everard la miraba muy serio.

-Por favor, Medora. Dile esto a mi padre: no importa cuantos emisarios envíe para buscarme… acabaré con todos. No pienso volver. Yo estoy del lado de los humanos y esto es una decisión irrenunciable- dijo, finalmente.

Esta vez Medora no se burló.

-Pero, ¿por qué Everard? Ellos jamás te aceptarán. Siempre te temerán y algunos incluso tratarán de matarte- le dijo, sin acabar de entenderle…

-Ya lo sé. Perdóname Medora- se limitó a decir antes de asestarle un golpe certero en el cuello, haciendo que cayera inconsciente.

La sujetó mientras caía suavemente como un velo de seda. De seda roja…

Entonces Everard vio cómo un murciélago de largos colmillos salió volando desde su escondrijo, donde había permanecido oculto todo el rato, tras una de las viejas vigas del techo. Sabía perfectamente de qué se trataba y no podía hacer nada para detenerlo. Quizá fuera mejor así. Dejó con cuidado a Medora en el suelo y, tras dar un último vistazo alrededor, desapareció tras los escombros en dirección a la salida de la fábrica, bajo los rayos de la luna llena que penetraban por los considerables agujeros del techo en aquel, ahora ya, silencioso lugar…

 

El murciélago hizo el viaje de vuelta. Era noche cerrada y la luna ya había comenzado a decrecer. Llegó al torreón más alto de un inmenso castillo en ruinas. Sobre un precipicio tan elevado que nadie se acercaba allí desde hacía décadas. Por lo menos nadie humano… En el interior, sobre un trono construido a base de huesos humanos, una figura corpulenta se encontraba meditando. Abrió los ojos, iluminados como dos llamas de un azul pálido, en cuanto apareció la criatura alada, la cual se posó en su enorme antebrazo sin que por ello lo moviese un milímetro. El murciélago clavó sus largos colmillos en la carne y, tras unos segundos, los extrajo, alzando de nuevo el vuelo sin que aquella figura le dirigiera en ningún momento la mirada. Pasaron unos segundos hasta que aquel que ocupaba el macabro trono abrió de nuevo los ojos, esta vez de par en par… Se incorporó, mostrando su auténtica envergadura a pesar de quedar tenuemente iluminado por la escasa luz que se colaba por el amplio y ornamentado ventanal. Y cerró el puño frunciendo el ceño.

-¿Ah, sí? Pues entonces no me quedará más remedio que ir a buscarte yo mismo, hijo mío- sentenció con una voz temible.

Y cerró la mano alrededor de la empuñadura de una espada, tan grande como él, dejando atrás el trono y partiendo en su busca.

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