La Misión de Lehmin
Arthur, el conductor de trineo.
Poco a poco, Taido fue abriendo los ojos. Cuando estos enfocaron bien lo que había a su alrededor, descubrió que se encontraban en el interior de la cabaña que había pertenecido a Forost, el muñeco de nieve. Lehmin y Lalia se encontraban situados cada uno en una pared, uno frente a otro y dormidos. Era de día. Taido notaba todo el cuerpo dolorido. Aunque le fastidiaba reconocerlo, demasiado para seguir adelante…
Lalia comenzó a despertarse al notar que Taido se movía…
-¡Ah! ¡Estás despierto!- Se incorporó la duende de inmediato llevándole una cantimplora con forma similar a una calabaza.
Mientras Taido la cogía y se ponía a beber, lenta pero largamente, Lehmin comenzó a despertarse también. También se acercó al duende convaleciente.
-Menos mal que teníamos la casa de aquel muñeco de nieve cerca…- Comentó Lehmin.
Taido asintió. Entonces, dejando de beber y tendiéndole de vuelta la cantimplora a Lalia, se quedó pensativo largo rato antes de hablar.
-Tengo que deciros algo- comenzó a decir el duende, captando de inmediato la atención de Lehmin y Lalia- No creo que pueda continuar… No por el momento.
Los dos duendes se quedaron sin habla.
-Pero… Entonces… ¿Cómo vamos a proseguir con la misión?- Preguntó Lehmin, al borde de la desesperación…
Lalia no decía nada pero en su rostro se reflejaba la preocupación…
Taido sonrió levemente, con esfuerzo.
-Recuerda que esta es tú misión- le dijo a Lehmin- Yo solo soy un guía.
Antes de que Lehmin y Lalia pudieran protestar, el duende les detuvo con un gesto de la mano y se dispuso a continuar hablando.
-Tengo un mapa. Un mapa del reino. Puedo trazaros la ruta que debéis seguir- miraba alternativamente a uno y otro a medida que hablaba- No olvidéis que tenemos poco tiempo: solo nos quedan cuatro días para llegar a tiempo… y aún nos quedan cuatro piezas…- Su tono se iba revistiendo de gravedad…
-Pero… ¿Y tú qué harás?- Le preguntó Lalia.
Taido miró a su alrededor.
-Yo me quedaré aquí hasta que me recupere. Entonces os alcanzaré. Hasta ese momento, todo dependerá de vosotros…
Lehmin y Lalia eran conscientes de la responsabilidad que tenían en aquellos momentos… El silencio se hizo durante varios minutos en aquella cabaña destartalada; tan solo se escuchaba de vez en cuando el viento silbar desde el exterior…
-¡De acuerdo! ¡Cuenta con nosotros!- Exclamó Lehmin, decidido.
Lalia asintió, también con decisión, mostrando estar de acuerdo con el duende. Taido miró a uno y a otro, sus actitudes, y pareció sentir algo de tranquilidad.
-De acuerdo. Traedme el mapa.
Lehmin y Lalia se dirigían al noroeste, a las montañas. Taido les había marcado en el mapa el camino que debían seguir. Pero las montañas quedaban lejos…
-¿Cómo llegaremos a tiempo?- Hizo Lalia la pregunta que se hacían los dos…
Lehmin miró hacia delante, hacia donde se dirigían, y se detuvo, provocando que Lalia casi chocase con él… El duende se llevó una mano a la barbilla y se quedó pensativo.
-No lo sé- confesó bajando los brazos.
Entonces, los desanimados duendes comenzaron a escuchar algo proveniente de la lejanía, aunque no acababan de distinguir claramente la dirección… Miraban a todas partes pero no veían nada… El sonido era como de un cascabel… Y entonces comenzó a dibujarse en la lejanía lo que provocaba dicho sonido…: Un trineo, en el cual un tipo de alta estatura sujetaba las riendas, tirado por un oso polar de gran envergadura, se aproximaba a toda velocidad hacia donde se encontraban Lehmin y Lalia…
-¡Detente, Barn!- Exclamó el individuo que estaba de pie sobre el trineo al oso polar, que obedeció de inmediato…
El trineo, con un gran cascabel en la parte delantera, se detuvo justo al lado de los sorprendidos duendes, levantando nieve alrededor debido a la brusca parada. Entonces ambos pudieron fijarse mejor en aquel tipo: Vestía con una especie de frac de color verde claro, guantes y botas (de un número desmesurado) marrones y un sombrero de copa del mismo color que el traje. El tipo tenía el pelo negro en gran parte gris, aunque no parecía tan mayor, con dos largas y pobladas patillas a ambos lados de la cara; su nariz era aguileña y sus ojos saltones, castaños oscuro. Les miraba con una sonrisa de satisfacción.
-¡Buenos días, mis pequeños amigos!- Exclamó exultante con un amplio ademán, cogiéndose la visera del sombrero.
Lehmin y Lalia permanecían en silencio, observándolo algo tensos y parpadeando varias veces con los ojos… El tipo se dio cuenta de esto y comprendió.
-Oh… Disculpad. Imagino que no tendréis ni idea de quién soy ni de lo que hago aquí… ¿Me equivoco?- Preguntó inquisitivamente.
Ambos duendes se afanaron en negar con la cabeza. El tipo del trineo prosiguió.
-Mi nombre es Arthur. Sí, a mi madre siempre le han gustado las leyendas artúricas… Y soy el conductor del trineo número 9, perteneciente a la red de transporte en trineo del reino. Santha me dijo que os encontraría por aquí…
Al oír el nombre de Santha, ambos duendes parecieron tranquilizarse, aunque aún intentaban asimilar todo aquello, de lo que no tenían ni idea…
-Yo me llamo Lehmin- se presentó el duende.
-Y yo Lalia- dijo sin quitar la vista del oso polar, que había girado su cabeza cubierta por una especie de casco para mirarla…
-¡Lalia! Bonito nombre para una bonita duende, sin duda…- Dijo aquel tipo deleitándose en sus palabras.
Lalia no pudo evitar sonreír al oír aquello; pero Lehmin no sonrió en absoluto…
-Bueno, pues, ¿a dónde queréis que os lleve?- Preguntó el conductor al ver cómo le había cambiado la cara al duende…
Lehmin, intentando calmarse, cogió el mapa que llevaba a mano en todo momento y se acercó a aquel adulador…
-Tenemos que llegar hasta aquí…- Dijo señalando un punto en el mapa, en las montañas de más adelante…
El tipo se quedó mirando el mapa unos instantes, provocando que Lehmin comenzara a impacientarse de estar tanto rato en la misma posición con el dedo señalando…
-¡Vale!- Exclamó Arthur provocando el sobresalto de todos (incluso del oso)- Cerca de ese lugar hay una parada; puedo llevaros hasta allí- Concluyó.
Lehmin se giró hacia Lalia y ambos sonrieron ante aquella posibilidad.
-Y ahora, subid deprisa. Ya hace rato que me he salido de mi ruta y podemos colapsar el servicio…- Dijo ante la extrañeza de los duendes y la expresión de hastío del oso, que negaba con la cabeza al oír las palabras de ese exagerado…
Los duendes se subieron de inmediato al trineo y, cuando Arthur hubo comprobado que estaban sujetos y acomodados, dirigió su mirada al frente.
-¡Vamos, Barn! ¡A las montañas!- Exclamó apuntando con el dedo hacia adelante.
El oso polar se puso en marcha inmediatamente al recibir la orden y el trineo comenzó a moverse a una creciente velocidad que Lehmin y Lalia no se esperaban…
El trineo surcaba la llanura ya a su velocidad habitual. Arthur, sujetando las riendas, se giró lo suficiente para dirigirse a aquellos dos entusiasmados duendes…
-¡¿Vais bien?!- Tenía que gritar para ser escuchado en medio del fuerte e intenso sonido provocado por el trineo deslizándose a toda velocidad por la nieve…
Ambos duendes desviaron su atención del paisaje que se desplazaba velozmente y asintieron con expresión de estar pasándoselo en grande… Arthur sonrió, satisfecho, y se giró de nuevo para mirar hacia delante…
El sol quedaba en lo más alto, justo encima de sus cabezas.
Hacía mucho rato que el terreno había comenzado a ascender. Apenas podían ver el paisaje a su alrededor porque el camino por donde seguían subiendo estaba totalmente rodeado por altos abetos que no dejaban ver más allá… Debían ir por una de las vías del servicio de transporte de trineos…
-¡Mi padre ayudó a abrir este camino!- Dijo Arthur orgulloso mientras el trineo avanzaba a gran velocidad por aquel camino estrecho y sinuoso que no paraba de cambiar de dirección…
Lehmin sentía que se estaba comenzando a marear…
Finalmente, el paisaje volvió a abrirse y el cielo de las alturas se mostró ante ellos, ligeramente nuboso, pero con un sol radiante y blanquecino. Mirando alrededor podía verse lo alto que estaban…
Al cabo de un rato, el trineo, por primera vez en mucho rato, comenzó a disminuir su velocidad… Fue progresivamente aminorando hasta que finalmente se detuvo ante una estructura de madera que indicaba los horarios a los que pasaba el transporte en trineo…
-¡Mis pequeños amigos: ya hemos llegado!- Exclamó Arthur con un deje de solemnidad.
-“Menos mal…”- Pensó Lehmin, aliviado…
Ambos duendes recogieron sus cosas y bajaron del trineo. Tras echar una rápida ojeada a su extenso derredor se situaron uno al lado del otro ante el conductor del trineo.
-Si miráis los horarios, veréis que el siguiente trineo pasará mañana por la mañana. Aunque… No os puedo asegurar que sea yo el que venga…- Dijo con pesar.
Pesar compartido por Lehmin y Lalia, que ya le habían cogido suficiente aprecio al estrambótico conductor del trineo; y a su oso, que los miraba con ojos algo tristes…
-Gracias por todo…- Dijo Lalia, con los ojos ligeramente humedecidos.
-Sí, muchas gracias…- Dijo Lehmin, que no esperaba que llegaría a echar de menos a aquel tipo.
Intentando recomponerse de golpe, el conductor sujetó de nuevo las riendas y trató de recobrar su activa actitud de costumbre.
-¡Bueno, amigos! ¡Buena suerte!- Exclamó apartando la vidriosa mirada antes de dar media vuelta y ponerse en marcha a toda velocidad.
Al cabo de unos instantes ni siquiera se escuchaba ya el trineo. Lehmin y Lalia se quedaron mirando hacia donde se había perdido de vista aún durante varios minutos…
-Tenemos que seguir…- Resolvió Lehmin.
Lalia le miró y asintió.
Ambos duendes avanzaron en aquel amplio y expuesto lugar. Sin duda, se encontraban en una de las cumbres más elevadas de aquellos lares: las demás se veían más abajo. Siguieron por el camino que había a continuación de la parada hasta internarse en un bosque. No tardaron mucho en salir del mismo y tener que detenerse.
Ante ellos se extendía un largo puente de madera. Y allí abajo, casi no se distinguía el suelo… Al otro lado, un único pico se erguía solitario en medio del vacío.
-Tendremos que pasar por ahí…- Dijo Lehmin.
Lalia no contestó. Tenía los ojos azules muy abiertos y había comenzado a temblar… Lehmin se percató de esto.
-Puedes esperar aquí…- Comenzó a proponerle.
La duende, sin contestar, y sin dejar de mirar hacia donde tenían que ir, intentando controlar los temblores, negó con la cabeza apretando los dientes…
-No… Yo también voy…- Dijo, claramente asustada pero decidida…
Lehmin, mirándola con expresión seria y preocupada, asintió.
-De acuerdo… pero yo iré delante- Dijo.
Caminaban lentamente, con extrema precaución, por aquel larguísimo puente de cuerdas gastadas y tablones crujidores… Además, se balanceaba peligrosamente ante cualquier ligero movimiento brusco… Lehmin sabía que Lalia lo estaba pasando muy mal, pero la duende no se quejaba en ningún momento… Siguieron avanzando… Ya llevaban la mitad del camino hecho…
Y entonces un tablón se partió bajo los pies de Lalia.
-¡¡Lehmin!!- Gritó la duende agarrándose a tiempo al tablón que tenía delante, pero notando como se le resbalaban los dedos…
Lehmin había reaccionado de inmediato y se lanzó, cogiendo la mano de Lalia justo cuando esta se había soltado… Ahora Lehmin sujetaba a Lalia de la mano; la duende se encontraba suspendida en el aire, mientras el puente se movía y crujía peligrosamente… Lalia comenzó a mirar hacia abajo…
-¡No mires!- Le gritó Lehmin.
Lalia hizo caso bruscamente y cerrando los ojos con fuerza. Entonces se dio cuenta de algo…
-Lehmin… Los dos juntos pesamos demasiado…- Intentó decir.
Lehmin no podía creer que Lalia le estuviese diciendo aquello…
-¡Cállate! ¡¿Qué pretendes decirme?!- La gritó sabiendo perfectamente la respuesta…
Lalia reunió fuerzas.
-Recuerda que lo importante es la misión…- Casi rogaba…
Lehmin no pudo más.
-¡¡¡Callaaaaaa!!!- Gritó con las lágrimas brotándole de los ojos mientras elevaba a Lalia con una única mano y caían ambos hacia atrás, quedando la duende tendida sobre Lehmin…
Poco a poco, Lalia, que aún permanecía con los ojos apretados, los fue abriendo y se dio cuenta de cual era su situación, la de ambos… Sus ojos se encontraron con los de Lehmin, que yacía agotado justo debajo de ella, y que tenía cerrados por el esfuerzo que había hecho… Rápidamente, y ruborizada, la duende se incorporó lo suficiente para apartarse a un lado… Quedó sentada, mirando al duende, que comenzaba a abrir los ojos mientras no dejaba de jadear… Lehmin miró a Lalia.
-No iba a dejar que te cayeras…- Le dijo muy seriamente con una sonrisa.
Lalia no sabía qué decir…
-Gracias…- Dijo al fin, casi en un susurro.
Lehmin comenzó a incorporarse, aún con esfuerzo.
-Vamos- le dijo a la duende tendiéndole una mano.
Esta, al principio reticente mirando la mano, se la cogió. Y, sin soltarse, ambos terminaron de cruzar el puente.
Tras descansar durante un rato, continuaron avanzando. Ahora bordeaban aquel pico solitario que habían logrado alcanzar.
Y caminando hacia la parte posterior, comprendieron que habían llegado: una cueva y un cartel de madera clavado en el suelo. Se acercaron al cartel para ver lo que había escrito:
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