lunes, 21 de enero de 2013

La Misión de Lehmin - Capítulo 4

La Misión de Lehmin

El ermitaño.


Lehmin y Lalia se hallaban, atenazados por el frío, ante la cueva donde vivía Zaros, el ermitaño.
-Parece… que ya hemos llegado- dijo Lehmin para romper el prolongado silencio.
Lalia asintió, intranquila, con la mirada clavada en el interior de aquella cueva.
-¡Quiénes sois vosotros!- Exclamó furibunda una voz por encima de sus cabezas.
Ambos duendes se sobresaltaron y dirigieron sus miradas de inmediato hacia la pared rocosa y nevada que se elevaba hasta el cielo.
Un tipo más bien bajo, con el cuerpo fornido y algo orondo, con el pelo y la barba castaño oscuro descuidados y apareciendo como una sola cosa, y mirándoles con unos profundos ojos oscuros, con el ceño fruncido, estaba apoyado con una mano en el saliente de una roca mientras tenía las piernas flexionadas adaptadas al difícil terreno…
-¡Ah! ¡Tú eres Zaros!- Exclamó Lehmin.
Al oír su nombre, el tipo de aspecto fiero reaccionó y, ante la sorpresa de Lehmin y Lalia, saltó desde considerable altura en dirección al suelo… Cayó con contundencia debido, a pesar de su altura, a su constitución. Entonces ambos duendes pudieron fijarse mejor en su aspecto: vestía con ropas andrajosas, una especie de túnica de abrigo confeccionada por alguien con poca pericia en tal menester, botas gastadas de un tamaño considerable… y una maza de gran tamaño atada a la espalda. Al incorporarse, se llevó una mano a la maza y la agarró con ambas, esgrimiéndola amenazante…
-¡¿Cómo sabéis mi nombre?!- Exclamó con el mismo tono fiero a aquellos intrusos.
Lehmin y Lalia se miraron uno al otro, sin entender.
-Lo pone ahí…- Dijo Lehmin, extrañado, señalando con el pulgar el cartel de madera que había atrás…
Zaros parpadeó un par de veces, cayendo en la cuenta de aquella obviedad… Entonces pareció enfadarse aún más.
-¡¿Y qué es lo que queréis?!- Intentó intimidar a ambos duendes, consciente de que ahora ya no les resultaba tan amenazante…
Lalia observaba a aquel tipo: cuanto más parecía enfadarse, curiosamente, menos miedo le daba… Lehmin carraspeó.
-Hemos venido a recuperar la pieza que robaste del taller de Santha Klaus- le advirtió. Al principio, Zaros no pareció saber de qué le estaba hablando aquel duende…
-¿Una pieza…? Ah… sí… ¡La pieza!- Exclamó retomando su papel de tipo fiero y peligroso al caer en la cuenta de a qué se refería el duende…
Lehmin y Lalia lo miraban sin saber qué pensar…
-Bueno… Pues eso… Que hemos venido a recuperarla- Dijo Lehmin con una sobrevenida calma.
Lalia prestó atención a la reacción de aquel tipo; había algo en él que daba que pensar a la duende…
-¡Largaos de aquí! ¡Iros si no queréis que me enfade!- Intentaba amenazarles… Pero a aquellas alturas ya había perdido toda su credibilidad…
Lehmin y Lalia hacía rato que se habían dado cuenta de que intentaba aparentar algo que no era…
-¿Vives aquí solo?- Preguntó de pronto Lalia ante la sorpresa de Lehmin, que se la quedó mirando con la boca abierta.
Aquello desarmó al tipo con el ceño fruncido. No se lo esperaba en absoluto.
-¿Qué…? ¿Yo…? Pues… Sí, claro… ¡¿Acaso no has leído el cartel?! ¡Soy un ermitaño!- Dijo, recordando que hacía un momento él mismo se había olvidado de la existencia del cartel…
Lalia lo miró con cierta compasión.
-¿Y no tienes amigos?- Preguntó ante la expresión de incredulidad de Lehmin, que no entendía lo que estaba haciendo Lalia…
Zaros parpadeó y, sin darse cuenta, bajo la maza.
-No… La verdad es que no… Y es normal, claro… ¿Quién va a venir hasta aquí para verme?- Se le estaba comenzando a soltar la lengua…
De algún modo, Lehmin percibió que la sensación de peligro había desaparecido. Zaros estaba en aquellos momentos pensativo, apesadumbrado…
-¿Y por qué no vas a vivir al pueblo al pie de estas montañas?- Preguntó Lalia recordando el punto en el mapa que tenían en el que aparecía el nombre de un pequeño pueblo de montaña.
Ahora sí que la expresión de Zaros fue de completa tristeza.
-Yo nací en ese pueblo- confesó.
Los dos duendes vieron que aquel hombre iba a comenzar un relato del pasado y guardaron silencio para escucharle…
-Desde pequeño, yo nunca he sido normal… Mi padre se casó con una ocrid, también conocidos como los enanos de las montañas. Pero mi madre murió cuando yo era muy pequeño y, desde ese momento, mi padre se encargó de cuidarme. Los demás niños ya veían que yo era diferente a ellos… y cuando no me hacían de lado, se burlaban de mí y me insultaban… Cuando, un día, y debido a la tristeza, mi padre también murió… me quedé solo. Y nadie quiso hacerse cargo de un niño tan… diferente. De modo que me fui a las montañas, a esta cueva que encontré, y decidí alejarme del mundo que me había dado la espalda…
Lehmin y Lalia habían quedado sinceramente conmovidos por la historia de aquel hombre que ya no aparecía en absoluto como una amenaza…
-Entonces, lo del robo…- Recordó Lalia.
El hombre bajó la mirada, avergonzado.
-Yo… la verdad es que para mí era una oportunidad de vengarme… Y, además, una excusa para salir de aquí por una vez…- Hablaba, consciente de que solo eran excusas ante un hecho injustificable…
Entonces, para sorpresa de Lehmin y del propio Zaros, Lalia se acercó a este último y le posó una mano en uno de sus gruesos brazos. El hombre estuvo tentado de apartarse ante aquel gesto inesperado… pero no lo hizo; miró a la jovencita duende y se encontró con una reconfortante sonrisa…
La verdad es que a Lehmin no le hacía demasiada gracia aquella escena… Pero lo entendía. Entonces, Zaros tomó una determinación.
-De acuerdo. Voy a ir al castillo de Santha Klaus para pedirle perdón- Resolvió.
Lalia se alegró de oír aquello; y Lehmin también al ver cómo se había resuelto la situación.
-Por cierto…- Comenzó a decir el duende.
-¿Mm?- Zaros lo miró sin saber qué le iba a decir.
-La pieza…- Le recordó.
El hombre cayó en la cuenta.
-¡Ah, sí! La pieza… ¡Esperadme aquí un momento!- Dijo, de repente muy animado, mientras se dirigía al interior de la cueva en donde tenía su casa…
Los duendes le esperaron durante varios minutos. Aquel lugar era silencioso, y ahora muy tranquilo…
Al cabo de unos instantes, apareció Zaros con el pequeño cilindro de piedra con inscripciones que se había llevado del taller de Santha Klaus…
-Aquí lo tenéis- Dijo, tendiéndoselo a Lalia, la cual lo recogió con una sonrisa de agradecimiento.
Ya tenían dos de las cinco piezas robadas. Ahora ya podían marcharse. Pero cuando ambos duendes estaban dispuestos a emprender la marcha, Zaros les detuvo.
-¡Un momento! ¿Queréis quedaros a descansar un poco? La verdad es que iba a comer justo cuando habéis llegado…
Lehmin y Lalia se dieron cuenta de que se encontraban cansados y hambrientos. Se miraron y se dieron cuenta de que ambos estaban de acuerdo.
-Muchas gracias- dijeron casi al unísono con una leve reverencia provocando que Zaros se sintiera abrumado…
Al cabo de unas pocas horas en las que ambos duendes pudieron reponer fuerzas y escuchar algunas historias de su anfitrión, decidieron que había llegado la hora de ponerse en marcha. Había llegado el momento de despedirse de su nuevo amigo.
-Gracias por todo…- Les dijo Zaros con absoluta sinceridad.
Ambos duendes le respondieron con una sonrisa.
-Por cierto… ¿Y ahora qué harás?- Le preguntó Lehmin al caer en ello.
Zaros miró hacia su alrededor, como si viera más abajo.
-Iré al pueblo de aquí abajo. Trabajaré como herrero, el oficio de mi padre. Vosotros me habéis mostrado que no todo el mundo es igual… y que tarde o temprano haré nuevos amigos… Ya no quiero estar solo.
Lehmin y Lalia se alegraron de oír aquellas palabras. Se despidieron de Zaros, que estaba viviendo sus últimos momentos como ermitaño, y se marcharon.

Estaba anocheciendo. Cuando volvieron a vislumbrar la parada del servicio de transporte en trineo recordaron algo que habían olvidado completamente hasta aquel momento.
-¡Oh, no! ¡El próximo trineo no pasará hasta mañana!- Dijo Lehmin.
Lalia miró a su alrededor, amplio y desguarecido…
-Tendremos que pasar la noche aquí…- Dijo, observando la parada techada.
Lehmin observó la estructura y estuvo de acuerdo. Comenzaron a preparar las cosas.

Era una noche fría y estrellada. Ambos duendes estaban abrigados con todo lo que llevaban, ante un fuego que habían prendido justo frente a la parada. Lalia dormía plácidamente mientras Lehmin hacía la guardia. Aunque, la mayor parte del tiempo, no dejaba de lanzar furtivas miradas a la duende, que descansaba iluminada por la cálida luz de la hoguera…

A la mañana siguiente, el fuego se había apagado. Lehmin se había quedado dormido finalmente… El frío matinal les despertó y comenzaron a desperezarse. Desayunaron un poco y comenzaron a recogerlo todo. Pasaron al menos un par de horas.
-¿Cuándo crees que pasará?- Preguntó Lalia.
-La verdad es que Arthur no lo especificó…- Contestó Lehmin, lamentando no poder dar otra respuesta…
El tiempo pasaba y comenzaban a pensar que algo ocurría… Ya debería haber llegado el siguiente trineo…
Entonces, algo comenzó a divisarse en la distancia…
-¡Mira!- Exclamó Lehmin señalando.
-¡Ah!- Lalia también lo vio.
Pero, a medida que se aproximaba a los dos duendes, cada vez estaba más claro que aquello que se acercaba no era ningún trineo… Era…
-¡Barn!- Lehmin reconoció al oso polar que tiraba del trineo que conducía Arthur.
-¡Sí! Pero…- Lalia observó algo que le llamó la atención…
-¿Qué pasa? Anda…- Lehmin también se dio cuenta.
Barn llegaba solo, sin ningún trineo del que tirara. Al cabo de unos segundos, el gran oso polar se detuvo a unos pocos centímetros de los dos perplejos duendes. Ambos observaron que Barn tenía una silla de montar colocada al lomo; y, de un bolsillo de la misma, sobresalía un sobre amarillento hacia el cual parecía señalar el oso polar con el hocico…
Mientras Lehmin se acercaba para recoger el sobre, Lalia, ya sin miedo, le ponía una de sus pequeñas manos en el hocico del agradecido animal.
-¿Dónde está tu dueño?- Le preguntaba cariñosamente.
Lehmin había cogido la carta del interior del sobre y le había dado un rápido vistazo. Se acercó de inmediato a Lalia.
-Mira esto- le dijo mostrándole la carta.
Ambos se pusieron a mirar atentamente el contenido:

“Queridos amigos:

Debido a una orden dada desde la jefatura, ha quedado suspendido el servicio de transporte en trineo hasta nueva orden. Los motivos son que la situación en el reino es de grave peligro; aunque no se ha especificado más…
Espero que me disculpéis. En compensación, os envío a Barn. Él os llevara gustoso a donde le indiquéis; es muy listo y sabe leer mapas. Es lo que tiene tener un dueño tan genial, je, je, je…

Cuidaros mucho y buena suerte.

Atentamente, Arthur.”

La misiva finalizaba con la firma de Arthur y un monigote sonriente (seguramente dibujado por él mismo) que representaba que era él…
Ambos duendes se miraron mutuamente. Luego miraron a Barn y la silla de montar; tenía espacio para colocar sus mochilas.
-Bueno, pues… creo que ya podemos irnos…- Le dijo Lehmin a Lalia esperando su opinión…
Esta asintió. Entonces se acordó de algo.
-Hay que enseñarle el siguiente lugar al que tenemos que ir.
Lehmin se dio cuenta de que no había caído…
-¡Es verdad!- Exclamó al tiempo que se dirigía hacia su mochila para recoger el mapa. Se acercó a Lalia mientras lo examinaba.
-A ver… Tenemos que ir aquí: al Valle del Silencio. Hacia el Oeste.
Lalia observó el punto exacto que había señalado Taido. Cuando se hubo asegurado de que la duende lo había visto, Lehmin se lo mostró a Barn. Este miró con atención y asintió al duende. Acto seguido, el gran oso polar se agachó lo suficiente para permitir que pudieran subir ambos duendes. Estos se apresuraron a colocar sus mochilas en la silla y subieron; Lehmin iba delante y Lalia detrás. La duende era reticente a agarrarse de su compañero…
-¡Muy bien, Barn! ¡Vámonos!- Exclamó Lehmin con energía provocando que Barn también se animara y, con un rugido, comenzara a dar media vuelta para ponerse en marcha, provocando que a Lalia no le quedara más remedio que sujetarse a Lehmin…
La verdad es que este no se lo esperaba…
Barn comenzó a ganar velocidad mientras dejaba atrás la parada solitaria, con ambos duendes dispuestos a continuar la búsqueda de las piezas robadas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario