viernes, 25 de diciembre de 2015

La Maldición del Espejo - Capítulo 11

La Maldición del Espejo

La precipitación de los acontecimientos…


Hans aún tenía los ojos abiertos, mirando hacia arriba aunque ya sin vida… era evidente que había sufrido hasta el momento final… Arthur contemplaba consternado el cuerpo suspendido de su amigo mientras Rosalyn -a su espalda- se tapaba la boca con ambas manos, presa del horror, sin dejar de temblar…
Arthur reaccionó.
-Deberías salir de aquí. Busca a Philip y pídele ayuda…- Le solicitó a la muchacha, que se lo quedó mirando, admirada por el aplomo que manifestaba el joven en aquella situación…
No pudo más que asentir, desviando fugazmente la mirada hacia arriba antes de darse la vuelta y salir enseguida por la puerta. Arthur escuchaba todavía sus pasos alejarse cuando devolvía de nuevo su atención al joven fallecido…
Entonces Arthur comenzó a notar algo. Algo malo… Notaba una repentina urgencia por salir de aquella sala en seguida… Pero no podía dejar el cuerpo inerte de su amigo allí… colgado de aquella manera…
La sensación era más intensa. Instintivamente, Arthur giró la cabeza y lo vio al fondo de la sala: el espejo. Al principio, pensó que se lo imaginaba… pero pronto se dio cuenta de que era real lo que estaba viendo…
El cristal del espejo se había iluminado, con un azul sobrenatural, y en su interior parecía estar formándose un remolino que aumentaba poco a poco de revoluciones… Arthur no sabía qué estaba pasando… Y (por algún motivo) echó de menos no tener su péndulo a mano…
Ahora el remolino giraba a gran velocidad; los muebles, objetos, etc., vibraban y algunos de pequeño tamaño se precipitaban al suelo causando estruendo al chocar e, incluso, romperse… Arthur sabía que debía abandonar aquella estancia, foco indiscutible de la actividad que tenía lugar en la mansión… Pero no pensaba abandonar a su amigo… otra vez…
En ese preciso instante apareció Rosalyn, corriendo, con Philip -en pijama- detrás… Se detuvieron de golpe al ver lo mismo que estaba mirando Arthur, abriendo mucho los ojos y quedando como hipnotizados ante aquel creciente resplandor… Arthur se dio cuenta de esto.
-¡Rápido! ¡Philip, tenemos que bajarle y sacarle de aquí cuanto antes…! ¡Rosalyn, tú tienes que salir ya!- Casi le exhortó a la chica que, en un primer momento, se quedó impactada por la actitud autoritaria del joven para con ella…
Pero no le iba a servir de nada.
-¡No me voy a ir! ¡Me quedaré a ayudaros!- Trataba de hacerse oír ante aquel murmullo creciente que se estaba formando alrededor y, ante todo, de hacerse valer…
Arthur no se esperaba aquella respuesta. La verdad, era que apenas la conocía…
Philip observaba con atención la disposición del cuerpo: el otro extremo de la soga estaba atado directamente en una viga del techo, viéndose claramente cómo la cuerda había dado innumerables vuelta previas sobre la misma antes de quedar atada con un nudo muy extraño pero eficaz…
-Pero… ¿qué es esto…?- Estaba anonadado…
Arthur se puso a su lado casi de un salto.
-¡Philip! ¿Hay una escalera lo suficientemente alta para acceder al techo?- Le urgía el joven al asombrado mayordomo…
Este volvió en si y vio que ambos muchachos -cuyos cabellos y ropajes se veían mecidos por el viento cada vez de forma más violenta- esperaban impacientes su respuesta… Pensó un momento y les contestó.
-No tan alta. Me temo que es imposible de alcanzar…- Dijo, apesadumbrado.
No era la respuesta que esperaba Arthur, cuya impotencia se reflejaba en su rostro…
Entonces, ¿qué podía hacer? Ya no quedaba tiempo…
Como si fuera una respuesta, algo ocurrió. Algo que ninguno olvidaría el resto de sus vidas…
Del espejo (no demasiado lejos de donde se encontraban los tres), en medio de una especie de torbellino controlado que se había formado en aquella enorme estancia -ahora iluminada de aquel azul de otro mundo-… surgió una figura… Una figura femenina… Arthur, Rosalyn y Philip contemplaban estupefactos cómo, poco a poco, se iba distinguiendo mejor aquella mujer, la cual iba dando pasos confiados en su dirección…
Ahora podían verla con claridad: era pelirroja, de cabellos muy largos y ondulados; sus ojos eran verde claro; de figura alta y esbelta; la piel, blanca, se podía distinguir en su totalidad al quedar claro que estaba desnuda; su cuerpo era exuberante. Caminaba contoneándose, manteniendo una sonrisita burlona en su atractivo rostro…
Pero todos podían percibir el mal en su mirada. La mujer se detuvo, quedando en una pose provocativa, llevando el peso a una de las caderas sobre la que apoyó una mano de largas uñas pintadas de rojo sangre. No parecía que tuviese ni treinta años…
Entonces, esta dirigió su mirada hacia Hans, estático en el techo a pesar de las corrientes reinantes… Con una mezcla de burla y satisfacción, abrió la boca en una sonrisa más amplia, dirigiendo un dedo hacia él… Pudieron ver cómo la soga firmemente atada, se comenzaba a desprender al deshacerse aquel nudo que parecía imposible de deshacer… Arthur consiguió reaccionar de inmediato y se situó debajo de Hans en el mismo momento que este caía a plomo, provocando que el joven cayese también al suelo a la vez que recuperaba a su amigo…
-¡Señor Arthur! ¡¿Se encuentra usted bien?!- Se aproximó Philip en el acto, seguido por Rosalyn…
Arthur permanecía en el suelo, boca arriba, ligeramente aturdido, con el cuerpo rígido de Hans echado sobre él, en la misma posición… Vio al mayordomo y a la joven y comprendió que era ahora o nunca.
-¡Vamos! ¡Salgamos de aquí!- Decía mientras trataba de incorporarse al tiempo que levantaba como podía a Hans…
Philip y Rosalyn le ayudaron en seguida, siendo el cuerpo del joven transportado finalmente por Arthur y el primero, uno de cada lado, procurando que apenas arrastrara los pies…
Pero, a pesar de que -momentáneamente- se habían olvidado de ella, seguía allí. Arthur dirigió una última mirada a la extraña mujer antes de perderla de vista al cruzar la puerta… Para su sorpresa, se mantenía en el sitio, sin hacer nada. Y -le parecía a él- era como si le estuviese sonriendo… pero como alguien que mira desde arriba, desde un lugar inalcanzable… ¿Acaso le estaba dejando marchar? “Les”, se corrigió inmediatamente…
Rosalyn cerró la puerta al cruzar todos y se alejó dando unos pasos atrás, no muy segura de lo que pudiera suceder a continuación… Arthur observó que, aunque se la veía asustada, no era alguien que se dejaba dominar por el miedo fácilmente… Y eso le gustaba.
Durante unos instantes quisieron creer que todo había sido una pesadilla. Como si cerrando aquella puerta todo lo perverso quedaba ahí dentro, encerrado… Arthur llegó a la conclusión de que, lo que debía hacer Everton -y todos los demás habitantes de la casa- era abandonar inmediatamente aquella mansión, sin más demora…
Pero, como si le hubiese leído el pensamiento, la casa pareció rebelarse de forma súbita. Todo comenzó a temblar. Los cristales de los ventanales estallaron y un fuerte viento inundó el pasillo en el que se encontraban…
-¡Debemos reunirnos con Helen y con el señor Everton cuanto antes y salir de aquí!- Gritó Philip, haciéndose oír por encima de las fuertes corrientes de aire que estaban recorriendo la casa en aquellos momentos…
Salieron al hall y se sobrecogieron. Podían ver cómo la práctica totalidad de los objetos situados en cualquier punto de la estancia se movían como si tuvieran vida propia; como si bailasen…
-¡Cuidado!- Avisó Arthur a Rosalyn y a Philip al darse cuenta de que el voluminoso retrato de Everton estaba a punto de desprenderse de sus sujeciones…
Todos reaccionaron a tiempo y se apartaron con suficiente antelación para evitar que el pesado marco les alcanzara antes de impactar con un estruendo monumental en el suelo…
Tras cruzarse las miradas, coincidieron en silencio en que debían continuar con la huída de aquel sitio que amenazaba con derrumbarse…
-¡Philip, Rosalyn, quedaos aquí! ¡Yo iré a buscar a Helen y a Everton!- Se ofreció Arthur, confiando el cuidado de su amigo sin vida a un Philip que asentía al comprender lo que aquel le pedía.
Rosalyn estaba a punto de decir algo. Ella también quería ir a buscar a su madre; y acompañar a Arthur…
Pero ni ella pudo hablar ni Arthur ir más allá del primer escalón, teniendo que sujetarse en la barandilla. Philip -que no soltaba a Hans- cayó hacia atrás encontrándose con la pared, que lo sostuvo…
La casa entera se movía. Era una sensación aterradora pero absolutamente real… Notaban en el estómago cómo la inmensa mansión de los Everton… se elevaba. El suelo se resquebrajaba, los cristales se quebraban, los cuadros caían en su mayoría, así como los jarrones y las estatuas, que se hacían añicos formando masas grotescas de cuerpos humanos de piedra decapitados y desmembrados… Y la casa no paraba de ascender…
Entonces sucedió algo más: del exterior, a través de las ventanas rotas, se introducían multitud de raíces que parecían estar dotadas de vida propia… Gruesas y nudosas, avanzaban retorciéndose y enredándose en lo primero que encontraban en su camino…Arthur, Rosalyn y Philip temían que les estuviesen buscando a ellos…
Pero, por el contrario, aquellos tentáculos manchados de tierra, parecían detenerse y afianzarse en los lugares “elegidos”. Era evidente que la casa había parado de elevarse, también…
Por fin se paró del todo. Incluso había dejado de soplar aquel viento interno, quedando tan solo el aire frío que entraba desde fuera por las numerosas oberturas; así y todo, bloqueadas por las impresionantes raíces…
Arthur, con una expresión de asombro que sostuvo mientras caminaba, se dirigió casi corriendo hacia la ventana más cercana…
-¡Tenga cuidado, señor Arthur!- Le rogó, con evidente preocupación el fiel mayordomo…
Rosalyn, aunque no dijo nada, también mantuvo el alma en vilo al ver cómo el joven se acercaba directamente a aquellas “cosas”…
El joven -no habiendo quedado claro que hubiese escuchado a Philip- llegó hasta donde se dirigía y, tras echar un vistazo de cerca a la raíz más próxima y que apenas le permitía vislumbrar el exterior, se asomó…
Era increíble. Efectivamente, se habían elevado varios metros, por lo que pudo atisbar…
Desde afuera, se veía la casa como sostenida sobre un “nido” de raíces marronáceas que, además, envolvían la mansión, bloqueando todas las posibles salidas, y dispuestas como una mano de largos dedos que en cualquier momento pudiera cerrarse y aplastarlo todo…
Arthur determinó que se encontraban a altura suficiente como para que resultase excesivamente peligroso una huída por la ventana. No creyó que fuera muy prudente comprobar la resistencia de aquellos “troncos” que habían irrumpido de semejante manera allí; por lo que prefirió -por el momento- no tocarlos…
Sí que fue, en cambio, derecho a la puerta principal, seguido con la mirada por Rosalyn y Philip… El joven investigador se plantó delante y se dispuso a abrir la puerta doble ante la expectación de su reducido público…
No se abría. Las manillas ni siquiera cedían un milímetro… Estaban atrapados en aquella mansión.
Durante unos minutos se quedaron todos en silencio; como tratando de asimilar lo que acababa de pasar…
Pero aquellos instantes de aparente quietud acabaron súbitamente. La doble puerta por la que acababan de llegar al hall, se abrió de golpe, con tal fuerza que golpeó contra la pared a ambos lados… del otro lado, provenía un resplandor azulado que ya habían visto escasos momentos atrás… En el mismo instante que emergía la figura -sin duda, femenina- que ya habían visto antes, Arthur, sin pararse a mirar, echó a correr hacia donde se encontraban los demás.
-¡Venga! ¡Por las escaleras!- Les apremiaba, sin dejar de correr…
Se situó de nuevo en el lado que le correspondía para llevar a Hans, justo cuando Rosalyn reaccionaba y Philip se incorporaba sujetando firmemente el cuerpo del amigo de Arthur…
Comenzaron a subir por las escaleras -todo lo deprisa que les era posible- bajo las sombras amenazadoras que se formaban en las paredes, al lado de las cuales pasaban (estando seguros de que no les pertenecían en absoluto)…
Y cuando llegaron al punto más alto desde el cual aún se podía divisar el hall, se detuvieron al unísono y miraron hacia abajo…
Parecía que había pasado un huracán. No quedaba prácticamente nada en pie. Interminables grietas recorrían el suelo y las paredes; y había por el techo, también.
Y allí abajo, erguida, dándoles la espalda aunque con la cabeza lo suficientemente vuelta como para mirarles de reojo, se encontraba lo que creían que era una mujer… Por fuera, desde luego, lo era.
Una nueva sonrisa se dibujó en su rostro, de una belleza terrible y fascinante… Al mismo tiempo, daba la impresión de que miraba de forma provocadora… a Arthur. Rosalyn percibió esto desde el mismo momento que apareció en la sala del espejo… Arthur también era consciente; pero no podía dejar que su mente se nublara ante aquella presencia…
Sabía muy bien que esa ya no era una mujer. Era una bruja…
Sin embargo, esta se quedó quieta, en la misma postura, mirando y sonriendo, como si les estuviese dejando marchar…
-Tenemos que seguir…- dijo al fin Arthur.
Y, como despertando de un sueño, los tres siguieron escaleras arriba hasta perderla de vista…
Sin dejar de sonreír, pero centrándose, la “recién llegada” miró a su alrededor y no tardó en encontrar lo que buscaba: en una vitrina, un maniquí femenino llevaba puesto un vestido negro de tirantes, muy escotado, y que llegaba a los tobillos; además de un cinturón dorado y un par de zapatos rojos, en tono brillante, de tacón. No sabía a quién habría pertenecido, pero ya hacía tiempo que le había echado el ojo… Con un gesto de la mano hizo estallar el vidrio y el vestido y sus complementos se desprendieron del maniquí, flotando hasta rodear el sensual cuerpo de la bruja, hasta quedar totalmente vestida… y maquillada. Con un sonoro paso de tacón, se dio la vuelta, quedando con el peso más sobre una cadera que en la otra, en la que apoyó el puño, dejando la otra mano suelta con el brazo laxo, y miró hacia arriba, con la misma expresión malintencionada, hacia donde habían huido aquellos tres… hacia donde había huido aquel chico…

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