La Maldición del Espejo
El visitante.
Continuaron corriendo hasta que Arthur quedó sin aliento. Ya
no podía más. Se detuvo finalmente, sujetándose las rodillas con ambas manos y
tratando de recuperar el resuello…
La joven -que lo había advertido- también se detuvo,
dirigiendo una mirada más atrás, a lo lejos, por donde habían venido…
-Creo que ya ha pasado- dijo ella, con seguridad y el
semblante serio pero sereno.
Arthur -aún jadeando- giró la cabeza hacia la mansión, ahora
de considerable menor tamaño… teniendo en cuenta la distancia que habían
recorrido por aquel prado que poco a poco subía…
Estaban ambos solos, en el silencio de la noche, rodeados
por una amplia extensión de la cual no podían ver más allá a aquellas horas; a
pesar de la irrupción de la luz de la luna…
Ahora que el peligro parecía
haber pasado, Arthur decidió que era el momento de hacer preguntas…
-¿Qué… Qué era eso?-
Todavía le faltaba aire suficiente para hablar. Así y todo, se incorporó para terminar
de recuperarse erguido.
La joven guardó silencio durante unos instantes, con la mirada
como perdida en la distancia… hacia la casa… Arthur no estaba muy seguro de que
fuera a contestar…
Pero para su sorpresa, sí lo hizo.
-No volverá… de momento- le avisó.
Arthur (que había conseguido tranquilizarse) volvió a sentir
inquietud ante aquellas enigmáticas palabras. Antes de volverle a preguntar, se
pensó muy bien lo de confirmar su identidad… Ella se dio cuenta de esto.
-Si ya has hablado con mi padre, ya sabes quién soy- dijo.
Arthur la miró. Su silueta quedaba recortada contra el fondo
oscuro de la noche, como rodeada de un halo similar al de la esfera del cielo nocturno…
No dijo nada. Ya tenía su confirmación…
-Entonces…- Titubeó.- ¿Te llamas Elizabeth, verdad?
Ella, con cierta suspicacia en su expresión, sonrió
amablemente.
-Sí. Así es- satisfizo
su curiosidad…
Arthur tenía tantas preguntas que hacerle que no sabía por
donde empezar.
-Oye, yo…- Pero no pudo más que apenas abrir la boca…
Elizabeth miró preocupada a su alrededor. Luego a la casa.
Se acercó y se quedó frente al joven investigador, que no sabía exactamente cómo debía sentirse ante su presencia…
-Escucha…- Hablaba con urgencia.- Durante los próximos tres
días, estarás a salvo. No tiene poder suficiente en estos momentos para hacer nada
más…
Arthur se quedó boquiabierto. Se apresuró en preguntarle
antes de que ya no pudiera hacerlo…
-¿Quién no tiene poder?- Quiso saber…
Ahora él pudo ver el miedo en sus ojos clavados en los
suyos.
-Ella. Sabe que
estás aquí y que le representas una amenaza…
La siguiente pregunta del joven era evidente…
-¿”Ella”? ¿Quién
es “ella”…?- Su ansiedad por saber
más se había disparado y estuvo a punto de sujetarla por los hombros…
Nuevamente la joven pareció alarmarse por alguna amenaza que
Arthur no podía ni intuir… Entonces, sin que este se lo esperara, la chica fue
la que se acercó más a él y le puso sus delicadas (pero apremiantes) manos en los
brazos; aproximándole tanto la cara que a Arthur se le llegó a pasar por la
cabeza la posibilidad de…
-¡La biblioteca! ¡Ve a la biblioteca! ¡Busca el libro negro
con el título: “La condenada”…! Así lo descubrí yo todo…- Dijo esto último como
sumergiéndose en sus recuerdos… sus tristes recuerdos…
Una vez más algo sobresaltó a Elizabeth.
-¡Ten cuidado!- Le pidió, soltándole y separándose de él,
alejándose en contra de su voluntad y rogándole con la mirada…
Súbitamente, se levantó una brisa que agitó la tupida hierba
bajo sus pies, transformándose durante un segundo en un viento inesperado…
Arthur, que se había resguardado del vendaval encogiéndose y viéndose obligado
a cerrar los ojos, al abrirlos se quedó contrariado.
Ella no estaba. Lentamente, el joven comenzó a recordar que
algo parecido había pasado la noche anterior… lo mismo, en realidad… Cuando la
vio por primera vez…
Ahora era él el que se había quedado solo en medio de
aquella extensión. Se quedó pensando durante largo rato en lo que había
sucedido… en lo que Elizabeth le
había dicho…
-“¡El libro!”- Casi se le había “olvidado”…
Ahora ya tenía por
dónde empezar.
Se dejó caer de espaldas sobre el mullido manto natural y se
quedó dormido mirando las estrellas…
Cuando llegó el día le despertó el trino de los pajarillos
que volaban no muy por encima de su cabeza… Progresivamente, fue moviéndose
hasta quedar sentado, con las manos apoyadas a ambos lados y las piernas
totalmente estiradas: ahora podía ver mejor el lugar donde se encontraba…
Como ya comprobase previamente, no solo había verde a su
alrededor; había gran cantidad de diversos tipos de flores, como si en aquel
lugar prevaleciera una eterna primavera… La verdad era que se trataba de un
lugar fantástico y le hubiera gustado pasar allí el resto de la mañana, bajo
ese cielo azul y soleado… Pero debía irse.
Tenía que continuar con la investigación, pensó, poniéndose
serio. Se levantó y emprendió el regreso a la casa.
Volvió sobre sus pasos por el mismo camino que recorrieron
la noche antes… Ella y él, recordó
quedándose ensimismado durante unos instantes… Ya casi había llegado hasta la
puerta que Elizabeth abriera con la llave. Al pasar, la cerró y volvió a
guardarla en el lugar exacto en el que había visto que ella la había tenido escondida…
Volvió a subir la precaria escalera de madera y llegó a la
azotea. Allí no pudo evitar pasar unos minutos sin otear a su alrededor,
contemplando el increíble paisaje que no podía verse desde lugar alguno en
kilómetros: las montañas, los bosques, la naturaleza dominándolo todo, la
soledad reinante… Cuando hubo quedado satisfecho, accedió al interior de la
casa por la puerta del ventanuco de barrotes.
Una vez en el interior, comprobó que todo parecía normal.
¿Acaso nadie más escuchó lo que había ocurrido la pasada noche? Bien podía ser
posible. Si eso era así, aparentaría normalidad. En nada beneficiaría a la
investigación levantar alarmas de las que -por ahora- no era necesario preocuparse…
Llegó a la puerta de su habitación tras comprobar que,
visiblemente, no había desperfectos: nada roto, ni marcas, ni huellas… Era
extraño. Pero no demoró más la entrada a su estancia.
Cuando estuvo dentro, lo primero que hizo fue acercarse al
armario… No se lo podía creer…
Estaba intacto. Ni siquiera había las virutas que advirtiese
el primer día… Justo cuando introdujo la cabeza para mirar mejor, se vio
bruscamente sobresaltado por dos sonoros golpes en la puerta…
-Señor Arthur. El desayuno está listo- le llamó Philip.
Arthur -con el corazón en la boca- comprobó que,
efectivamente, no parecían haber oído nada de lo que había pasado apenas unas
horas atrás…
Se encontraban desayunando en el comedor de invitados
(Arthur lo había preferido cuando Philip le había dado a elegir). Al parecer,
Everton no se encontraba demasiado bien aquella mañana y se había quedado en su
habitación. Ya bajaría para la hora del almuerzo.
-¿Necesita algo más, señor Arthur?- Le preguntó servicial,
como siempre, Philip.
Arthur terminó de tomar el sorbo del café que le había
preparado el mayordomo, apresurándose en contestar.
-No, está todo bien. Gracias Philip, un desayuno magnífico.
Philip sabía que tanto Rosalyn como su madre, eran mejores
cocineras que él; aún así agradeció la amabilidad del joven.
Como si le hubiera leído el pensamiento, Arthur preguntó.
-Oye, Philip: ¿Y Helen? ¿Y… Rosalyn?- Había procurado “colocarlas”
en aquel orden para disimular quién le interesaba realmente…
Philip, distraído, tuvo que pensarlo un momento para
recordarlo bien.
-Rosalyn tenía que visitar a su abuela; la pobre está mayor
y quiere verla a menudo. Helen… me contó que, cuando la llevaba a ver a su
anciana madre, ella aprovechaba para comprar un par de cosas que solo podía
encontrar en su pueblo natal…- Ahora había sido Philip el que parecía haber
tenido cuidado de hablar en un orden concreto de cada una de ellas…
Pasaron unos minutos en los cuales ambos apuraron el
desayuno. El ambiente era plácido y podrían haberse quedado allí el resto de la
mañana…
Pero Arthur tenía trabajo
que hacer.
-Philip- el joven investigador se puso (sin ser consciente
de ello) serio.- Quería preguntarte algo.
El mayordomo advirtió este cambio en la expresión del muchacho.
-Dígame, señor Arthur.
Este estuvo tentado durante un momento de decirle que no era
necesario aquello de “señor”… Pero, tras llegar a la conclusión de que Philip
(por motivos profesionales) no sería
capaz de dejar de hacerlo, desistió y se centró en lo que le iba a preguntar.
Además, ya se había acostumbrado y le hacía cierta gracia…
-¿En esta casa existe una biblioteca?- Preguntó
directamente, a pesar de ya conocer
la respuesta…
Philip abrió más los ojos. Ni se le podía pasar por la
cabeza para qué podría necesitar una “biblioteca”.
-Además de la personal del señor Everton, existe una sala en
esta mansión dedicada por entero a tal menester…- Explicó, vehementemente.
Eso era, pensó Arthur con aire triunfal contenido.
-Y, ¿podría tener acceso a ella? ¿O al menos verla?- Probó.
La verdad era que Philip no las tenía todas consigo. Por él
no habría ningún problema, pero sabía que el dueño de la casa era muy celoso de
los libros que guardaba en aquella estancia, a la que solo podía entrar él -por
expresa orden suya- desde que se quedara solo… Tras meditarlo unos segundos
respondió.
-Tendré que consultárselo al señor Everton. Digamos que es
una de las zonas restringidas de la casa-
se permitió la “licencia”…
A Arthur le pareció lo más lógico; sabía lo importante que podía
llegar a ser una biblioteca para alguien que ama los libros…
Philip le pidió que esperara unos instantes mientras recogía
todo. Arthur se había ofrecido para agilizar el proceso, pero Philip se había
negado rotundamente; de todos modos, al cabo de unos escasos minutos, ya estaba
todo recogido y la mesa despejada…
-Acompáñeme, señor Arthur. Iremos a ver al señor Everton
para pedirle permiso.
Al joven le sabía mal molestar a Everton si en aquellos
momentos no se encontraba bien; no olvidaba que, en aquellos momentos, estaba
intentando satisfacer su curiosidad más que otra cosa… Entonces se dio cuenta
de que no se trataba solo de eso: si Elizabeth
le había dado aquella indicación debía ser por algo muy importante relacionado
con lo que estaba ocurriendo en aquella casa… Se limitó a guardar silencio y a
seguir al mayordomo hasta la salida del comedor.
Subieron hasta el primer piso y llegaron ante la puerta de
Everton. Philip tocó dos veces -más bien aporreó, observó Arthur- la puerta y
esperó a escuchar la voz del señor de la casa.
-¿Sí?- Un preocupante hilillo de voz llegó hasta sus oídos,
dirigiéndose ambos una mirada de inquietud…
Philip se dispuso a hablar.
-Señor Everton- dudó unos instantes.- El señor Arthur desea
acceder a la biblioteca de la mansión. Veníamos a obtener su permiso- pidió.
Arthur aguardó por si tenía que intervenir él…
Tras un breve silencio del otro lado de la puerta,
nuevamente la débil voz de Everton les llegó afuera.
-Muy bien. Si necesita ir no hay ningún problema. Tú también
puedes entrar, Philip, por supuesto. Necesitará alguien que le oriente un poco…
aunque no creo que tenga mayor problema. El señor Naoum tiene pleno acceso a
cualquier estancia de esta casa- sentenció.
Al parecer, Everton creía que él no estaba presente, pensó Arthur.
-Muchas gracias, señor Everton. No le pediría invadir de
esta manera su casa si no pensara que es necesario- se explicó.
Everton, en el interior de su habitación a oscuras, metido
en la cama con sudor frío, sonrió.
-Confío en usted, Arthur- le dijo con sinceridad y una voz
más clara…
Arthur reaccionó.
-Gracias, señor- tan solo fue capaz de decir, consciente de
la enorme responsabilidad que suponían aquellas amables palabras…
Llegaron a la biblioteca. El polvo flotaba después de
haberse desprendido de la vieja puerta, que no había sido abierta en mucho
tiempo… Aquel lugar se encontraba en un sótano al que se accedía desde unas
escaleras ocultas en medio del largo y abarrotado pasillo que llevaba al gran
comedor. Y ahora estaban allí. Philip encendió varias antorchas diseminadas por
aquella estancia de grandes proporciones, que se iban revelando a medida que el
mayordomo encendía pequeñas llamas que amenazaban con extinguirse a la menor
brisa que pudiese correr…
Aunque en aquel subterráneo no corría el aire; era un lugar cargado
y ciertamente agobiante… oscuro a pesar de la creciente iluminación…
Ahora ya estaban todas aquellas antorchas encendidas. Philip
-tras colocar la que llevaba en la mano en el último soporte correspondiente-
prosiguió con el encendido de la biblioteca pasando a prender varios candiles
que Arthur no había advertido. Aquello cada vez tenía (dentro de lo que cabía)
mejor aspecto… El joven vio que uno de los candiles se encontraba sobre un
amplio escritorio en el que cabrían dos o tres personas, aunque solo había una
banqueta de madera… Una vez Philip hubo realizado su trabajo, se dirigió a
Arthur, que no dejaba de admirar las numerosas estanterías de libros que
rodeaban las cuatro largas paredes y que -pudo ver- se extendían a un piso
superior al que se accedía por una escalera metálica, con barandillas, y por la
que se llegaba a una especie de suelo -también metálico- por donde continuaba
la barandilla, cada una por su lado, y que rodeaba totalmente aquella sala.
-Le dejo este encendedor por si lo necesita- le ofreció
Philip.
Entonces, al darse cuenta de su despiste, el mayordomo se
apresuró en dirigirse hacia las escaleras metálicas para repetir la operación
de encendido, candil a candil, que había llevado a cabo, en el piso superior…
Pero no pudo llegar a pisar un solo escalón.
Se oyeron golpes lejanos provenientes, inequívocamente, de
la puerta principal, en el piso de arriba…
-Que raro… Helen y Rosalyn no han de llegar hasta la noche…-
Comentó el mayordomo, extrañado y aún a contrapié…- Discúlpeme. Iré a ver de
quién se trata…
Arthur siguió al mayordomo con la mirada mientras este se
marchaba con premura por la puerta. ¿Quién sería? Sonaron nuevos golpes (que
ahora parecían más impacientes) mientras le llegaba el sonido de los pasos de
Philip subiendo los escalones todo lo deprisa que podía…
Pero el joven investigador no podía abstraerse de aquel
lugar sobrecogedor en el que se encontraba. Rápidamente, tomó un candil y
empezó a examinar los lomos de los antiguos volúmenes que ocupaban los viejos
estantes… algunos títulos le llamaban poderosamente la atención…
-Hola. ¿Está Arthur Naoum aquí?- Le llegó una voz que venía
desde arriba. Una voz que conocía muy bien…
Dejó de inmediato de buscar, apoyando el candil en el suelo
de aquel mismo punto, y salió corriendo hacia el piso superior, hacia la planta
baja de la casa… Sin saber que, iluminado por el haz de la vela, allí mismo se
encontraba el libro que buscaba…
Al llegar arriba, atravesó el tramo del pasillo que lo
separaba del hall y llegó a la estancia ampliamente iluminada por la luz del
día, en contraste con la penumbra del sitio que acababa de abandonar…
Reconoció al visitante de inmediato. Este, aún en la puerta,
frente a Philip, también le vio a él.
-Cuánto tiempo… Arthur…
El joven no se lo esperaba. Se trataba de Hans, su compañero de estudios
durante su estancia en Siria…
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