La Maldición del Espejo
Elizabeth
El péndulo permanecía estático al final del cordel
-totalmente en tensión- al que estaba unido… Arthur, tras mirarlo durante unos
instantes con expresión de alerta, dirigió la mirada hacia el espejo que tenía
delante; Everton, temblando en el suelo como una hoja, ya había advertido donde se encontraba el joven en aquellos
momentos…
-¿Qué ha pasado…? ¿Qué es lo que ha pasado aquí…?- El miedo
y la impotencia se podían percibir con claridad en su temblorosa voz…
Arthur al principio no le contestó; estaba concentrado en la
superficie pulida y reflectante que tenía ante él…
Entonces se dio cuenta de algo.
-No… No puede ser…- Comenzaba a inquietarse seriamente.- Mi
reflejo…
Everton, consciente de que pasaba algo, comenzó a levantarse a pesar de la debilidad acaecida en sus
piernas.
-¿Qué le ocurre, Arthur…? ¿Se encuentra bien…?- Quiso saber,
preocupado…
Arthur permanecía atónito ante el espejo, buscando una explicación…
-Mi reflejo. No aparece mi imagen reflejada en el espejo…- Dijo
al fin.
Everton -con la misma expresión de terror que había tenido
hacía un momento- terminó de incorporarse, no estando muy seguro de cuanto
tiempo sería capaz de mantenerse erguido…
Arthur, recuperándose, comenzó a escudriñar la superficie de
vidrio… buscando…
El péndulo parecía sujeto a una varilla de hierro, pesando
incluso cada vez más…
Everton no apartaba la vista de lo que pudiera pasar,
comenzando a temer seriamente por la vida del joven…
Entonces algo apareció en el espejo. Arthur se sobresaltó…
-¡Uaah!- No pudo evitar exclamar, apartándose de inmediato.
Everton abrió mucho la boca, como queriendo alertarle sobre
algo que ni él mismo sabía lo que era…
Pero entonces Arthur pareció tranquilizarse; se fijó mejor
en lo que tenía delante…
-Es mi reflejo… Solo
es mi reflejo.
Everton también llegó a calmarse al oír aquello. Al fin pudo
encaminarse hacia donde se encontraba el joven investigador… Mientras se
aproximaba, Arthur vio que el cordel del péndulo volvía a estar “suelto”; fuera
lo que fuese, de momento había
pasado…
Al llegar el dueño de la casa a su lado, Arthur se dirigió a
él al tiempo que guardaba el péndulo en el bolsillo de su chaqueta recién
lavada…
-¿Había sospechado en algún momento de este espejo?- Le
preguntó, con su tono habitual de investigador…
Everton se quedó mirando aquel objeto, con soporte, de dos
metros de altura, cuidadosamente ornamentado en los bordes, de aspecto
decididamente antiguo.
-La verdad es que… no lo recuerdo- se sinceró, casi
avergonzándose por ello…
Arthur volvió a echar un vistazo a la superficie lisa y, en
apariencia, normal.
-Pienso que, de manera inconsciente, algo llegó a notar. Eso
explicaría que se encuentre situado en el lugar más alejado de esta sala…-
Dedujo.
Everton no había pensado en ello. Pero estuvo de acuerdo al
escuchar aquella posible explicación…
-¿Y entonces… se trataba del espejo?- Logró preguntar…
Arthur pensó que su anfitrión había hecho la pregunta correcta.
-Sin duda- contestó, con absoluta certeza.
Se produjo un tenso silencio que dio la impresión de durar
más de lo que fue en realidad. Finalmente, Everton lo rompió con forzada
serenidad.
-¿Y qué sugiere? ¿Hemos de destruirlo?- Se percibía ansiedad
en su tono…
Arthur se puso más serio. No era tan fácil…
-Me temo que no serviría de nada. Este espejo es, sin duda,
el origen de las fuerzas oscuras desatadas en esta casa; pero no permitirá que lo destruyamos. Antes hará
lo propio con nosotros- sentenció.
Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Everton. El
miedo intenso volvió a apoderarse de él antes de formular la temida pregunta…
-¿Y… por qué no nos destruye
ahora…?
Arthur observó a su interlocutor antes de contestarle.
Volvió a meter la mano en el bolsillo…
-Por esto- dijo, mostrando una vez más su péndulo en
posición normal…
Al ver que Everton ponía cara de no entender, Arthur se
apresuró en aclararlo.
-El péndulo indica que ahora mismo no está actuando ninguna
fuerza… Y probablemente será así durante unas horas…
Everton cada vez estaba más sorprendido por la seguridad y actitud
con que hablaba aquel joven que tenía delante…
-Entonces… ¿qué opina que debería hacerse en este caso?- A
medida que le hacía preguntas iba ocultando peor su desesperación.
Arthur se giró una vez más hacia el espejo, como
desafiándolo…
-De momento salgamos de aquí y no abra esta puerta en
adelante. Es, sin lugar a dudas, el sitio más peligroso de la casa. Averiguaré
la manera de neutralizar el poder que emana de este objeto- se comprometió.
Everton, impresionado de nuevo ante la determinación de
aquel muchacho, sintió (por primera vez en mucho tiempo) algo de esperanza… un
destello de luz en la oscuridad…
No se demoraron más en abandonar aquella estancia y la
puerta se cerró tras ellos.
En aquel mismo instante, a lo lejos, dentro de la superficie
azulada del tenebroso espejo, en aquella oscura sala… apareció una sombra…
Una sombra maligna…
Una vez en el pasillo, a Everton algo le llamó la atención.
-¿Mm? Que extraño…
Arthur se percató de esto.
-¿Qué sucede?- Él no había notado nada anormal… hasta ese
momento.- ¿Pero qué…?
Se giró inmediatamente hacia donde se encontraban los
ventanales…
No cabía duda: había oscurecido. Ambos se dieron cuenta de este
hecho… y no porque el cielo estuviese encapotado -que, además, no lo estaba-…
Everton se giró alarmado hacia el joven investigador…
-Arthur, ¿qué diablos
significa esto?- No se lo podía creer…
Arthur sacó el reloj de su abuelo y comparó la hora con la
del reloj de pie situado en una esquina de aquel ancho y corto pasillo…
Siete horas. Había siete horas de diferencia…
-Increíble…- Decía el joven, anonadado, casi en voz baja…
Eso sí que no se
lo esperaba; había visto cosas extrañas, pero aquello era la primera vez que le pasaba…
La investigación acababa de complicarse de una forma
totalmente inesperada.
Salieron al hall y apareció Philip corriendo -preocupado-
hacia los dos…
-¡Señor Everton! ¡Señor Arthur! ¿Dónde han estado? ¡Se han
perdido el almuerzo y el té de la tarde…!- Pero estaba claro que aquello era lo
de menos para el esmerado mayordomo…
Everton se adelantó y le puso ambas manos sobre los hombros.
-Tranquilo Philip… Teníamos trabajo que hacer- mintió lo más
dulcemente que pudo…
Arthur no dijo nada, observando la escena. Entonces Everton
pareció recobrar el ánimo acostumbrado, o por lo menos el que Arthur le había visto
desde que llegara a la mansión…
-Vamos, Philip. ¿Por qué no preparas una cena tempranera
para los tres? Hoy cenaremos en el comedor de invitados.
Dos figuras -al aparecer- se vieron desde la penumbra del
pasillo, habiendo acabado de subir por las escaleras.
-No te preocupes, Philip. Conozco el camino- le sonrió
amablemente Arthur al atento mayordomo.
Este asintió, servil.
-Que pase buena noche, señor Arthur- le deseó.
Arthur le dejó pasar, delante suya, mientras aquel se
dirigía a las escaleras para volver al piso de abajo.
-Gracias. Igualmente.
Y entonces el joven se quedó solo ante el oscuro corredor,
pareciéndole muy lejana la puerta que conducía a su habitación…
Caminó con paso tranquilo pero continuo hasta quedar frente
a la puerta, echando antes un breve vistazo a la ventana con el visillo echado.
No pudo evitar apartarlo cuidadosamente con una mano para mirar el exterior…
Hacía una noche tranquila. Era como si lo que había pasado
aquella mañana no hubiera tenido nunca lugar…
Se dispuso a entrar en la habitación.
Entonces, justo cuando puso la mano en el pomo, notó algo:
provenía del bolsillo de su chaqueta, en el que guardaba el péndulo…
Rápidamente lo sacó y se lo quedó mirando… Nada. No
presentaba ninguna señal de ningún tipo…
-“Creo que me lo ha parecido…”- Resolvió y entró en su
estancia.
Una vez dentro, cerró la puerta y se quitó la chaqueta,
colocándola -con cuidado- sobre la silla junto al escritorio. Y se echó en la
cama sin desvestirse.
Se quedó largo rato mirando al techo, discurriendo sobre lo
de aquella sala… sobre ese espejo…
Entonces le pareció oír un ruido. Casi imperceptible. Se
incorporó ligeramente y dirigió la mirada hacia el armario…
Pero no se había equivocado: se oía algo… Era como una
especie de roer… En el preciso
instante en que decidió ver de lo que se trataba (algún roedor, supuso), se
sorprendió al comprobar que no estaba solo…
-¡Eres tú!- Le dijo Arthur a la misma joven que había visto
la noche anterior, vestida con su camisón blanco y de pie al lado de la cama…
A pesar de estar cerca de la puerta, no la había visto ni
oído entrar…
Entonces los ruidos provenientes del armario comenzaron a
subir de intensidad; aquello no podía tratarse de un roedor, descartó Arthur…
Dirigió la vista a la chica misteriosa y comprobó que se había quedado como
distraída, mirándole…
Al ver que el joven visitante estaba terminando de
incorporarse para comprobar qué era aquel ruido extraño -que poco a poco iba
haciéndose más fuerte e insistente- reaccionó y se apresuró a persuadirle…
-¡No! ¡No te acerques!
Arthur se paró un momento.
-¿Qué ocurre? ¿Qué hay
en el armario…?- El joven comenzaba a preocuparse seriamente…
Pero antes de que la chica pudiera contestar, un fuerte
golpe, acompañado de sonido de astillamiento, sonó en el interior del armario
empotrado, sobresaltando a ambos…
Los dos se quedaron escuchando atentamente -con el miedo
comenzando a asomar en sus rostros- lo que parecía un sonido gutural, como de
animal salvaje…
La joven se obligó a reaccionar.
-¡Tenemos que irnos de aquí! ¡Corres mucho peligro!- Lo
apremiaba…
Pero Arthur no tenía ninguna intención de preguntarle nada
más en ese instante, ni de quedarse a averiguar lo que había al otro lado…
Terminó de levantarse de la cama y salir corriendo tras la
joven en el momento preciso que veía por el rabillo del ojo cómo una figura -claramente
cuadrúpeda- emergía destrozando la puerta de madera del amplio compartimento…
-“¡¿Qúe es eso…?!”- Se preguntaba el joven.
Echaron a correr por el pasillo en dirección a las
escaleras, tratando de no mirar atrás para no perder ni un segundo…
-¡Por arriba!- Le dijo la joven, a poca distancia de él,
mirando hacia donde se encontraba y luego detrás, hacia la habitación…
Por lo que vio en su expresión, aquello aún no había salido…
Ahora sí. Pero entonces Arthur cayó en la cuenta…
-¡¿Arriba?! ¡Vamos hacia un callejón sin salida!- La
“avisó”…
Esta vez la joven -cuya atractiva figura podía Arthur
apreciar a pesar de la situación- no se giró para contestar…
-¡Conozco un camino que lleva al exterior de la casa! ¡Por
detrás!- Aclaró.
Llegaron apresuradamente a los pies de la escalera que
ascendía poco después de comenzar a escuchar las pisadas sobre el suelo
enmoquetado de la bestia, que se acercaba… Subieron todo lo deprisa que
pudieron mientras oían cómo aquel ser se detenía en la encrucijada que habían
dejado atrás… aprovecharon que parecía
que los había perdido de vista para seguir alejándose, haciendo el menor ruido
posible…
La escalera subía más trecho que el que superaba la planta
baja del primer piso. Finalmente llegaron a un nuevo pasillo iluminado por la
luz de la noche…
-Por aquí…- Le dijo la chica casi en un susurro, con tono
apremiante…
Arthur la siguió de nuevo durante varios metros hasta llegar
a una puerta que parecía dar afuera.
La joven abrió la puerta con cuidado y ambos se encontraron
con la inmensidad del cielo nocturno, en aquellos momentos dominado por la luz
de la luna; entretanto que Arthur se quedaba ensimismado viendo el paisaje -yéndosele
de la cabeza, durante un instante, que estaban siendo perseguidos por una
especie de bestia salvaje desconocida que había surgido de su armario- desde aquella enorme extensión que representaba la
azotea de la mansión, la joven se dirigía derecha al lado del rectángulo
correspondiente a la parte trasera de la casa…
-¡Vamos! ¡No hay tiempo!- Le decía la chica, cuya voz
parecía ir perdiéndose en el murmullo de la noche…
Arthur despertó y
observó dónde se encontraba la joven en aquellos momentos: ante una especie de
trampilla en el suelo… Después de asegurarse que la puerta quedaba cerrada, se
aproximó al lugar en el que lo esperaba ella…
-¿Adónde conduce?- Le preguntó, dirigiendo una mirada
nerviosa a la puerta, cerrada, pero no asegurada…
La chica comenzó a bajar por la escalera de madera unida a
la pared pedregosa.
-A una salida que solo
conozco yo- le reveló…
Arthur no insistió y esperó a que hubiera espacio suficiente
para bajar él también.
Cerrando la trampilla tras de si…
Al llegar abajo, se encontraron en un espacio igual de
estrecho que por el que habían descendido hacía un momento. Inevitablemente, el
joven tenía a la chica muy cerca de si…
-Ya casi estamos- lo pilló de improviso, al girarse de
pronto.
Abrió la puerta con una llave que sacó de debajo de una
piedra, en una esquina del cubículo en la que no se veía nada… Salieron al
exterior.
Ante ellos, se extendía el prado que Arthur contemplara
aquella misma mañana.
Entonces se escuchó un rugido que atravesó el aire.
Ambos se miraron durante un momento antes de ponerse a
correr de nuevo, a través del manto de hierba que amortiguaba sus pasos en la
huída…
Bajo el cielo de la noche…
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