DETECTIVE NIGHT
El cofre (1ª parte).
Mei no podía esperar más para explicarle a Hiro el caso…
-Esta es la señora Moore.
-¿Cómo está?- Preguntó Hiro, sonriendo amablemente.
La señora Moore sonrió también.
-Bien, gracias. Bueno, aunque tengo un problema…- Dijo mirando a Mei, que se moría de ganas de decirlo ella…
-Lo que ocurre es que la señora Moore ha recibido una carta misteriosa…- Dijo, poniéndose misteriosa ella también… y consiguiendo el efecto deseado.- Resulta que su marido murió hace cinco años… y la carta se la manda precisamente él…
Hiro se sorprendió.
-¿Está segura de que la escribió su marido?
-Sí… Es una carta manuscrita… y es su letra…- Dijo, visiblemente entristecida.
-¿Cuál es el contenido de la carta?
Mei observaba con gran curiosidad como la señora Moore extraía un sobre, que reflejaba bastante el paso del tiempo, del bolso que traía. Estaba abierto; sacó un papel escrito a mano y se lo pasó a Hiro.
-¿Qué pone, qué pone?- Preguntó Mei, impaciente.
Hiro leyó la carta:
“Querida Theresa:
Cuando recibas esta carta yo ya no estaré contigo. Mi enfermedad no me habrá permitido seguir más tiempo a tu lado.
Es posible que estés sorprendida. Hay un motivo por el que he hecho esto.
Como sabes, en las fechas que lees estas palabras, expira el plazo para pagar la deuda que contrajimos con Mr. Banik. Si todavía no has podido pagarla, no desesperes. Hay una posibilidad.
Mi abuelo me contó una vez que en algún lugar de la casa se encuentra un cofre lleno de monedas de oro. Hay más que suficiente para cancelar la deuda. El problema es que en vida intenté encontrarlo en multitud de ocasiones y nunca lo logré. Lo único que sé es como comenzar. Una frase que me dijo mi abuelo: “La reina mira la ofrenda”. Nunca supe qué quería decir. Ya sabes… los acertijos no eran lo mío.
Confío en que tú sí que logres encontrarlo. Busca ayuda si es necesario.
Siempre estaré contigo.”
Al ver la mirada suplicante de Mei le dio la carta. Hiro se quedó pensativo durante unos instantes.
-Supongo que lo que usted quiere es que le ayudemos a encontrar el cofre…
La señora Moore asintió con los ojos humedecidos. Mei levantó la mirada levemente para mirar a Hiro antes de leer la carta por segunda vez.
-No se preocupe. La ayudaremos- dijo, al tiempo que Mei esbozaba una sonrisa.
Hiro le dijo a la señora Moore que se dirigirían a su casa aquella misma tarde. Antes tenía que ir a la comisaría de policía para llevar a analizar la muestra del polvo rojizo que había recogido unas horas antes. Mei tenía muchas ganas de visitar la comisaría. Cuando llegaron había bastante movimiento tanto en el exterior como en el interior del edificio. Hiro y Mei accedieron al interior.
Hiro buscaba a alguien conocido. Mei miraba fascinada en todas direcciones con unos ojos que brillaban de emoción.
-¡Me encanta este sitio!
Hiro sonrió levemente. Aún no estaba preparado para reconocer que a él también…
Entonces Hiro vio no muy lejos a Seitei, que iba un poco despistado…
-¡Ey! ¡Seitei!
Seitei miró hacia los alrededores buscando de donde procedía la llamada. Entonces vio a Hiro. Se acercó rápidamente.
-¡Hola, señor Red!- Dijo con una amplia sonrisa.
-¿Cómo lo llevas?- Preguntó Hiro, también alegrándose de verle.
Entonces Seitei se fijó en Mei, que lo miraba con desconfianza. Seitei tragó saliva y se puso muy nervioso…
-¿Y… y… cóm… cómo uste… ed p-por a… aquí?
-¿Te encuentras bien?- Preguntó Hiro extrañado.
Seitei consiguió recomponerse lo suficiente.
-¿Puedo ayudarle?
Hiro sacó de uno de los bolsillos de su gabardina la bolsita con el polvo rojo.
-¿Podrías llevar esto a analizar e informarme lo antes posible?
Seitei cogió la bolsita que Hiro le tendía y la miró con curiosidad.
-Lo primero está hecho; en cuanto a lo segundo…
-Ya… Veo que hay cosas que siguen igual… Bueno, gracias.
-De nada. Hasta luego- dijo dirigiéndose a Hiro.- Has… hast… hasta luego- consiguió decir finalmente dirigiéndose a Mei, que solo se lo quedó mirando con aquella mirada de desconfianza…
La casa donde vivía Theresa Moore estaba situada en las afueras de la ciudad. Durante un buen rato, la carretera estaba rodeada de árboles que formaban un frondoso bosque, el cual se extendía algunos kilómetros. Se podían ver las montañas bajas, a las que el sol aún tardaría unas horas en alcanzar.
Al cabo de unos minutos se comenzó a vislumbrar una casa bastante grande de aspecto antiguo.
-¡Esa debe ser!- Exclamó Mei, emocionada.
El coche atravesó un portal de piedra con un semicírculo de metal en la parte superior, mismo material de las dos puertas que estaban abiertas de par en par. Theresa Moore estaba a un lado del camino, esperándoles.
Hiro aparcó en una zona amplia a la izquierda de la gran casa. Cuando salieron del vehículo se quedaron unos instantes contemplándola. La señora Moore se había encaminado a encontrarse con ellos.
-Muchas gracias por venir.
-No hay de qué. Esta casa es enorme…- Comentó Hiro.
-¿Vive más gente con usted?- Preguntó Mei, ante la aprobación de Hiro.
-No, vivo sola.
Hiro y Mei se miraron, sorprendidos. La señora Moore sonrió.
-Ya sé lo que piensan… Una mujer de cierta edad viviendo sola en una casa tan grande en un lugar apartado… Pero siempre ha sido así. Además, no podría permitirme contratar servicio…
Hiro contemplaba el paisaje mientras escuchaba a la señora Moore y, al oír sus últimas palabras, recordó el objeto de su visita.
-Creo que deberíamos echar un vistazo al interior de la casa…
-Sí, sí, por supuesto- dijo al tiempo que se dirigía hacia la entrada principal.
Hiro y Mei comenzaron a seguirla. Mei estaba cada vez más emocionada. “Un misterio en una casa tan antigua… Un cofre oculto con monedas de oro… ¡Genial!”, pensaba.
Cuando estaban llegando a la entrada, oyeron un sonido que les llamó la atención a los tres: un cerdito muy pequeño llegaba andando muy deprisa y algo torpemente con sus pequeñas patas. Mei lo vio y se le iluminaron los ojos.
-¡Oh, que cerdito más mono!- Dijo cogiéndolo y estrechándolo contra su pecho.
-Vaya, ya se ha vuelto a escapar…- Dijo la señora Moore con una sonrisa.
-¡Mira Hiro, se parece un poco a ti! ¡Ja, ja, ja!
Hiro entornó los ojos e hizo una media sonrisa.
-Te recuerdo, Mei, que tenemos un caso…- Dijo, haciéndose un poco el molesto.
La señora Moore se dio cuenta de que hacía tiempo que no sonreía durante tanto rato seguido como en aquellos momentos.
Mei dejó al cerdito en el suelo, que se dirigía por donde había venido, andando igual que antes, deprisa y algo torpemente, mientras emitía su sonido característico.
-¡Hasta luego, Oink-Hiro!
La señora Moore no pudo evitar echarse a reír, mientras Hiro mantenía la misma expresión de antes, sonriendo un poco más…
Finalmente, se dirigieron al interior de la casa. Al pasar bajo el amplio porche, de construcción algo más reciente, atravesaron la puerta y se encontraron en un enorme vestíbulo con dos escaleras, una a cada lado de la gran estancia, que se dirigían curvándose hacia arriba.
-Aquí abajo está el salón, la cocina, un baño, algunas salas que hacen la función de almacén, una habitación de invitados, y una sala de arte.
-¿Sala de arte?- Preguntó Hiro.
-Sí. Mi marido, su padre y su abuelo fueron adquiriendo obras de arte de todo tipo y las reunieron en una sala especialmente acondicionada para ello.
-¿Y arriba qué hay?- Preguntó Mei con su libreta en mano y el bolígrafo a punto.
-La habitación donde yo duermo, otro baño, otras habitaciones para allegados y una sala de reuniones. Más arriba hay un amplio desván que hace la función de biblioteca.
-Me gustaría ir a la sala de arte- dijo Hiro.
-Por aquí- dijo la señora Moore mientras se encaminaba hacia la puerta que quedaba justo enfrente de la de entrada, entre las dos escaleras. Atravesaron un pasillo y llegaron a otra puerta, situada al final del mismo.
Al entrar, Hiro y Mei contemplaron asombrados la cantidad ingente de cuadros y esculturas que había en la estancia. Al cabo de un rato Mei comentó:
-¿Y por qué no vende algo de aquí y salda la deuda?
Hiro iba a hacer la misma pregunta. La señora Moore sonrió con tristeza.
-Seguro que así sería… Pero siempre fue expreso deseo de mi marido que se conservaran estas piezas. No tienen solo valor económico… Detrás de cada una de ellas hay una historia y un valor altamente sentimental… Son parte de la casa y esta quedaría incompleta si faltase una sola. Al fin y al cabo se podría decir lo mismo de la casa en sí…
Hiro comprendió. Mei parecía no estar del todo de acuerdo, pero consideró que no era asunto suyo…
Hiro comenzó a hacer una ronda fijándose con atención en todas y cada una de las piezas, caminando por una extensa alfombra antigua que recorría la gran y alargada estancia, formando un extenso rectángulo a modo de camino. Al llegar al extremo de la sala, reparó en el cuadro enorme situado ante él: El retrato de una reina. “La reina mira la ofrenda”, recordó. Se fijó en que, efectivamente, la mirada de la reina se dirigía hacia un punto abajo a la izquierda. Hiro siguió la mirada y vio la estatua de una especie de monja, muy bella, con los ojos cerrados y expresión serena, arrodillada en el pedestal, que representaba el suelo, y con las manos delante de ella, juntas con las palmas hacia arriba.
“Era muy sencillo”, pensó Hiro con el ceño fruncido y una media sonrisa.
-¡Mei!
Mei fue corriendo a su encuentro.
-¿Sí?- Le preguntó con unos ojos interrogantes tras sus gafas más grandes de lo necesario.
La señora Moore se había acercado también.
-Señora Moore, ¿No tiene aquí algún objeto que quepa adecuadamente ahí?- Dijo señalando las manos de la monja.
La señora Moore se quedó mirando la estatua y pensó unos instantes. Sin decir nada se dirigió a una estantería cercana, en la que Hiro no había reparado, en la que había varios libros antiguos, algunos enormes. Cogió uno y se dirigió con decisión hacia la estatua. Inmediatamente lo depositó sobre las palmas. Los tres se quedaron en silencio, sin apartar la mirada de la escultura de la monja sosteniendo el libro. Entonces la manos se desplazaron levemente hacia abajo, ante la sorpresa general, y se oyó el sonido de piedra deslizándose. Finalmente un golpe. Hiro desandó un poco el camino recorrido y observó una obertura del tamaño de una entrada rectangular que antes no estaba. Mei y la señora Moore también la vieron.
-Sospecho que es por aquí…- Dijo Hiro.
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