DETECTIVE NIGHT
El cofre (2ª parte).
Hiro, Mei y Theresa Moore se aproximaron a la obertura que acababa de aparecer en la pared. Hiro rebuscó en uno de los bolsillos de su gabardina y sacó una pequeña linterna, de luz bastante potente.
-Señora Moore, ¿no tiene más información sobre lo que puede haber ahí dentro?- preguntó Hiro mientras Mei asentía varias veces.
La señora Moore negó con la cabeza mientras lo miraba con ojos aún de sorpresa.
-Vamos allá, pues- dijo Hiro al tiempo que se introducía en la entrada secreta, seguido por Mei y la señora Moore.
El pasadizo era del mismo tamaño que la propia entrada, por lo que tenían que ir un poco agachados. Se respiraba un aire cargado de humedad, y hacía algo de corriente. Tras varios minutos caminando se detuvieron ante unas escaleras que descendían y hacia las que Hiro apuntó el haz de luz de su linterna. No se veía el final. Siguieron avanzando y comenzaron a descender.
-Cuidado con la cabeza…- Dijo Hiro al oír un golpe y notar que Mei se frotaba la cabeza mientras reprimía una queja de dolor.
Como en el pasillo de antes, la monotonía reinaba durante el recorrido, aunque la sensación de humedad y frío eran mayores que antes.
Finalmente, llegaron ante una puerta de rejas, algo oxidadas, que tenía una cerradura para una llave algo más grande que las normales.
-Señora Moore, ¿no tendrá la llave por uno de esos casuales?- Preguntó Mei mientras Hiro observaba atentamente la puerta de metal, recorriéndola con la luz de la linterna, a la vez que esperaba la respuesta de la señora Moore.
-No recuerdo tener ninguna llave que pueda valer para esa cerradura…
Mei se decepcionó un poco. “Aquí termina nuestra aventura…”, pensó con fastidio.
-Creo que la he encontrado…- Dijo Hiro ante la sorpresa de Mei y la señora Moore.
El joven detective se agachó ante la puerta y comenzó a apartar tierra de un recuadro de madera que comenzaba a hacerse cada vez más visible. Tenía un aro de metal, del cual Hiro tiró. Como esperaban los tres, antes ellos se encontraba la que seguramente era la llave de la puerta; una llave algo antigua, más grande de lo normal y un poco desgastada. Hiro la cogió y abrió la puerta, que cedió con dificultad y un desagradable chirrido. Apuntó con la linterna para intentar vislumbrar lo que había más allá. El pasillo se redondeaba y se ampliaba un poco. Y, a lo lejos, parecía divisarse una salida.
-Sigamos.
No tardaron mucho en alcanzar dicha salida. La cruzaron y, aún sin ver claramente donde estaban, sabían que era un lugar muy amplio. Aquí la humedad era bastante molesta y el ambiente era gélido. Hiro iluminó hacia arriba y pudieron contemplar con bastante claridad donde se encontraban: se trataba de una cueva de enormes dimensiones, llena de estalactitas y estalagmitas de todos los tamaños. Las estalactitas eran todas similares, pero las estalagmitas tenían formas de todo tipo. Aquí y allá se oían las gotas caer, contribuyendo a seguir transformando aquel paisaje que parecía de otro mundo…
-¡Esto es impresionante!- Exclamó Mei.
-Tenía una cueva bajo su casa…
-No tenía ni idea…
Hiro barrió la zona con el haz de la linterna. Vio que el terreno descendía un poco y, más allá de unas grandes rocas que parecían estar “tiradas” se veía claramente una nueva obertura en la roca.
-Creo que es por allí…- Dijo apuntando con la linterna.
Mei y la señora Moore miraron hacia donde señalaba Hiro y le siguieron cuando este comenzó a caminar.
Hiro notó como el suelo era resbaladizo.
-Cuidado con el suel…- No le dio tiempo a terminar ya que se encontró a Mei sentada en el suelo de tierra húmeda, doloriéndose.
-Uy, uy… estoy bien, je, je, je…- Rió forzadamente, aguantándose el dolor.
Hiro se acercó para ayudarla a levantarse. El final del trecho que les separaba de la obertura, Mei lo hizo agarrada del brazo de Hiro, resbalando con frecuencia y agarrándose entonces con más fuerza, hasta el punto de casi hacerle caer a él también en varias ocasiones…
Al llegar a la obertura, y como en veces anteriores, Hiro iluminó el interior en primer lugar y continuó. Aún tenía a Mei agarrándole por el brazo. Al cabo de no demasiado caminar, los tres llegaron a una bóveda natural, de considerable tamaño, sin más salidas. Arriba había más estalactitas; y aquí se encontraban en el lugar, sin duda, más húmedo.
Hiro se había centrado en primer lugar en la zona de arriba y en buscar más oberturas en las paredes de roca… y no había reparado hasta aquel momento en un montículo rocoso con un objeto encima. Avanzó en solitario sin dejar de iluminarlo y cada vez podía ver más claramente de qué se trataba: era el cofre.
-¡Es el cofre!- No pudo contenerse Mei.
-No puedo creerlo…- Dijo la señora Moore, notándosele claramente la emoción en la voz.
Se encontraban ante el cofre, mirándolo con curiosidad. Hiro se aproximó y, tras inspeccionarlo cuidadosamente, y los alrededores, intentó abrirlo. Cerrado. Hiro observó la cerradura.
-Vaya…- Dijo Mei sin poder contener la decepción.
La señora Moore miró a los alrededores. Hiro hizo lo mismo. No le pareció que en esta ocasión la llave estuviese tan cerca; las paredes de piedra eran lisas y pulidas, por lo que, desde donde se encontraban no se divisaba ningún escondrijo secreto que pudiera ocultar la llave del cofre…
Entonces Hiro rodeó el cofre y señaló con el haz de luz. Había algo detrás. Era una inscripción que rezaba:
“Las lágrimas de la reina llegan hasta aquí”
“Las lágrimas…”, pensó Hiro. Entonces se le ocurrió algo.
-Volvamos un momento afuera.
Regresaron a la gran cueva y, justo al salir, Hiro se detuvo y escuchó lo que estaba buscando. Apuntó con la linterna primero a la izquierda… y luego a la derecha. Ahí estaba. Como pudo comprobar, desde el techo de piedra, y deslizándose por la roca, descendían dos regueros de agua que llegaban hasta el suelo y se perdían por sendos agujeros que se perdían en las profundidades. Y en medio de ambos regueros, un agujero por el que podía caber una mano.
-¿Has visto eso, Hiro?- Le preguntó Mei.
Hiro no contestó y se aproximó al lugar donde estaba el agujero, seguido por Mei y la señora Moore.
Al llegar, dudó unos instantes y, finalmente, dirigió la mano al interior… aunque no le hacía demasiada gracia. Tanteó en el interior húmedo y frío… hasta que tocó algo pequeño y metálico; su mano se cerró sobre el objeto y lo extrajo: una llave.
-¡Esa debe ser la llave del cofre!- Exclamó Mei.
Regresaron a la estancia natural anterior y llegaron donde estaba el cofre. Hiro introdujo la llave con cuidado y la giró. Un chasquido metálico: ahora el cofre se podía abrir. Hiro lo fue abriendo poco a poco sin dejar de iluminarlo. Los tres se quedaron con los ojos abiertos al contemplar lo que tenían delante: monedas de oro; muchas monedas de oro… Hiro habló:
-Bien, señora Moore, caso cerrado.
-¡Y yo os estoy muy agradecido!- Sonó una voz grave de hombre detrás de ellos.
Los tres se giraron y vieron a un hombre alto y corpulento, vestido de traje, con el pelo corto, pegado a la cabeza y blanco. Se iluminaba con una linterna y les apuntaba con una pistola.
-¡Mr. Banik! ¿¡Se puede saber qué hace!?- Exclamó enfadada Theresa Moore.
-Tenía curiosidad por saber para qué necesitaba la ayuda de un detective privado. Me imaginaba que podía ser para algo así…
-Eso quiere decir que usted seguía a la señora Moore…- Dijo Hiro, pensando sin parar en cómo resolver la situación…
-¡Vaya! ¡Es usted muy bueno, ja, ja, ja!
Hiro no dijo nada.
-Señora Moore, lo siento… pero no puedo desaprovechar una oportunidad así- dijo al tiempo que elevaba el arma y apuntaba a la señora Moore.
Hiro debía actuar ya.
En ese instante, algo le cayó en la cabeza a Mr. Banik, provocando un golpe seco, y un gran estruendo al caer al suelo, seguido del múltiple tintineo de objetos más pequeños.
-“¡Mei!”- Hiro iluminó fugazmente a Mei que jadeaba por el esfuerzo.
-¡Pero qué…!- Mr. Banik se giró, dolorido y enfadado.
Encontró a Mei que miró con ojos asustados como aquel hombre furioso llevaba el arma a apuntarle a la cabeza. Hiro no se lo pensó y salió lanzado. Mr. Banik se giró y Hiro le propinó un puñetazo en la cara. Luego otro en el estómago. Mr. Banik intentó utilizar el arma pero Hiro le desarmó con una mano. Ahora era él el que le apuntaba con la pistola.
-¿Estás bien, Mei?- le preguntó Hiro.
-¡Uf! ¡Sí, muchas gracias!
-“Gracias a ti”, quiso haberle dicho Hiro…
Avisaron a la policía y Mr. Banik fue detenido. La señora Moore les agradeció la ayuda a Hiro y Mei y les pagó… con unas cuantas monedas de oro.
Ambos volvían rumbo a la agencia.
-Mei…
-¿Sí?
Hiro le lanzó una moneda con el pulgar y formando una parábola. Mei la atrapó al vuelo.
-Considéralo un adelanto.
-¿Estás seguro? Tiene mucho valor…
-Como tú… en todos los sentidos.
Mei se ruborizó y se puso roja.
-Gra… gracias.
-A ti…
No dijeron nada más durante el camino.
Mei se fue a su casa y volvería el día siguiente tras una clase de prácticas en la universidad. Hiro cenó una pizza que había encargado y estuvo un rato viendo la televisión. Ya era noche muy avanzada. Entonces el teléfono sonó. Hiro se dirigió a su mesa y descolgó.
-Diga.
-Señor Red, ¿le pillo en mal momento?
-¿Seitei? No, tranquilo. ¿Qué ocurre?
-Es respecto a la prueba que debía ser analizada…
-Te escucho.
-Señor Red… Es muy extraño. En el laboratorio no me han sabido decir de qué compuesto se trata. Nunca habían visto nada igual.
Hiro se sorprendió.
-Pero, ¿han identificado los componentes?
-Sí, la mayoría… Están terminando el informe ahora mismo.
-Muy bien, mañana iré a la comisaría a buscarlo.
-Pregunte por mí e iré a buscarlo para dárselo.
-Gracias.
Seitei dijo que no eran necesarias y Hiro colgó.
“¿Desconocido?”, pensó. Se dirigió a la ventana y contempló el paisaje urbano nocturno mientras le daba vueltas a la cabeza.
-Esto será más complicado de lo que creía…
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