El Jinete Olvidado
Algo más que la sangre…
El sol ya comenzaba a desaparecer tras las montañas distantes cuando las extensas llanuras desoladas finalizaron abruptamente en un espeso bosque que se extendía varios kilómetros más adelante. Ethant decidió acampar en aquel mismo lugar. No le pareció que fuera muy buena idea internarse en un bosque inmenso justo cuando comenzaba a anochecer; aunque, si sus cálculos eran correctos, la noche les alcanzaría al día siguiente en medio de aquel mar de altos árboles…
Encendió una hoguera, y él y Hildergart comieron de las provisiones que había en los fardos. Bajo la luz y el calor del fuego, Ethant durmió profundamente, como si se hubiera ido a un lugar muy lejano…
Se encontraba en medio de la oscuridad, en una sala de suelo de mármol blanco. Estaba descalzo y sin guantes, y no llevaba ni su espada ni su armadura. No veía a Hildergart por ninguna parte. No le gustaba nada la sensación que recorría su interior: desasosiego, tensión… miedo. De pronto, una figura se aproxima en la oscuridad. Es una mujer. Aunque no se la distingue muy bien, Ethant comprueba que está desnuda. Se aproxima lentamente hacia él, pero no puede verle la cara… La mujer levanta los brazos hacia el joven cuando está a punto de alcanzarle… Las manos de la desconocida comienzan a rodearle, aún sin tocarle… Él no puede moverse… No quiere moverse… Entonces una sensación de terror le recorre de arriba abajo justo cuando la mujer le acaricia con la punta de los dedos… y siente como cae en el vacío… en un vacío de oscuridad…
Ethant despertó sobresaltado. Tardó unos instantes en ser consciente de donde se encontraba… de que lo que había visto había sido un sueño… o una pesadilla… Aunque él tenía la sensación de que eran ambas cosas a la vez…
Se incorporó y miró hacia donde se encontraba Hildergart, que aún descansaba. Este, al ver que su amigo se había levantado, hizo lo propio.
Desayunaron. Ethant recogió las cosas y terminó de preparar los fardos. Se colocó la espada enfundada a un lado de la cintura y subió a lomos de Hildergart. Miró hacia el cielo y vio que se trataba de una mañana nublada. Era posible que llegara a llover. Había llegado la hora de adentrarse en el gigantesco bosque.
Multitud de sonidos le llegaban de todas partes en medio del silencio aparente: pájaros, insectos, las ramas de los árboles meciéndose haciendo sonar las hojas de múltiples tamaños y formas…
No había ningún camino, por lo que Ethant dedujo que no era un lugar muy transitado. Había puntos del recorrido por los que parecía que no podría pasar; lugares en los que los troncos de los árboles se unían a otros, con sus ramas enredadas, creando formas grotescas con aspecto de seres indescriptibles…
El día seguía nublado, y la débil luz de la mañana se filtraba entre la hojarasca, creando haces fantasmagóricos aquí y allá.
Al llegar la tarde, una fina lluvia roció el bosque durante más de una hora, haciendo que el aire se impregnara de un aroma intenso de tierra húmeda. Por todas partes brillaban las gotas que aún se deslizaban por la vegetación, iluminadas por el sol que comenzaba a aparecer tímidamente entre las cada vez menos abundantes nubes.
Ethant y Hildergart llegaron a un barranco. Imperceptiblemente, el terreno había ido ascendiendo; y ahora, desde donde se encontraban, descendía de forma algo más abrupta. Ethant miró la panorámica que tenía delante y algo le llamó la atención: no muy lejos de donde se encontraban se podía divisar un castillo, no muy grande, que parecía confundirse con el bosque que lo engullía… En ese instante contempló como una bandada de cuervos sobrevolaba aquella oscura y solitaria construcción, grajeando desde la distancia… El cielo parecía volver a cubrirse de nubes y, a lo lejos, las montañas aparecían casi ocultas por una espesa niebla. Ahora hacía más frío, más frío que todos los días anteriores. Volvía a llover.
Ethant instó a Hildergart para continuar avanzando. Fueron descendiendo con cuidado por el agreste terreno en el que había menos árboles. Se iban encontrando con árboles arrancados, probablemente por la acción de alguna tormenta, que mostraban sus raíces como si pretendieran capturar a alguna presa entre sus largas garras... De vez en cuando, Hildergart parecía dar un paso en falso, pero se recobraba de inmediato pese a la dificultad del descenso; algunas rocas de considerable tamaño aparecían desperdigadas incrustadas sobre la tierra reblandecida. Hacía un rato que llovía con más fuerza.
Finalmente, llegaron a terreno llano, y los árboles volvían a extenderse ante ellos.
La lluvia comenzaba a amainar, al igual que el día, que ya estaba dando paso a la noche con sus sonidos característicos. Ethant decidió que aquel era el lugar más adecuado para acampar por aquella noche.
Cuando se disponía a preparar la hoguera, una sensación de inquietud le alertó, e inmediatamente oyó sonidos no muy lejos de allí; algo o alguien atravesaba el follaje en dirección hacia donde se encontraban…
Ethant se llevó la mano a la empuñadura de su espada y se quedó agazapado, en silencio, mirando atentamente hacia la zona de donde provenían los pasos que se aproximaban…
Entonces, de entre unos arbustos, salió atolondradamente un tipo de algo más de veinte años, algo bajo y delgado, con el pelo un poco largo, liso y rubio oscuro, la cara alargada y los ojos pequeños, de color castaño oscuro; vestía ropa similar a la que usan los bufones, de diversos tonos de verde, con guantes y zapatos marrones. Al ver a Ethant se paró en seco y una expresión de alarma se dibujó en su rostro.
-¡Uaaah! ¡No! ¡Me han encontrado!- Exclamaba aterrorizado.
Ethant no soltaba la empuñadura. Hildergart se encontraba en tensión, sin perder de vista al tipo que tenía los ojos desorbitados.
-¿”Quién” te ha encontrado?- Preguntó Ethant lentamente sin cambiar la expresión.
El tipo recién llegado le miró con detenimiento y pareció tranquilizarse.
-Ah… Tú no pareces uno de ellos… No, no parece que lo seas…- Iba diciendo encerrándose en si mismo por momentos…
Ethant no perdía de vista cada uno de los gestos y movimientos de aquel extraño.
-¿A qué te refieres? ¿Quiénes son “ellos”?- Quiso saber.
El tipo miraba nervioso a los alrededores. Cuando se escuchaba algún pequeño sonido se sobresaltaba y escudriñaba preocupado intentando averiguar su procedencia…
-¿Te has metido en este lugar sin saber lo que hay? Deberías tener cuidado…- Le advertía sin dejar de mirar alrededor, con una expresión más seria.
Hildergart permanecía erguido, intranquilo…
-¿Podrías decirme de una vez a qué temes tanto?- Ethant no podía ocultar que aquel tipo comenzaba a impacientarle…
El asustado individuo tragó saliva y miró a Ethant directamente a los ojos.
-Vampiros… En este lugar hay vampiros…- Decía casi susurrando.
El joven jinete miró hacia el lugar por donde había llegado el tipo con aspecto de bufón.
-El castillo…- Dedujo.
El tipo abrió más los ojos durante un instante.
-Exacto… Allí es donde se ocultan… Yo vengo huyendo de allí…- Relataba con una mirada que denotaba pavor…
-¿No hay nadie más contigo?- Preguntó Ethant.
El tipo negó con la cabeza.
-Llevo días huyendo y escondiéndome…- Hizo una pausa antes de continuar- Pero allí en el castillo hay alguien… Una doncella a la que han capturado…
Ethant reaccionó.
-¿No la han matado?
El tipo guardó silencio unos segundos, sin mirarle, antes de contestar.
-La última vez que la vi estaba viva… Creo que la necesitaban para algo…- Decía sin dirigirle la mirada.
Entonces se escuchó el sonido de pájaros levantando el vuelo de las ramas de los alrededores. El tipo dio un respingo.
-¡Tengo que irme! ¡Tú deberías hacer lo mismo!- Dijo mientras salía corriendo internándose de nuevo en el bosque por otra dirección ante el intento inútil de Ethant de obtener más información…
Cuando el bufón se hubo perdido entre los árboles, el silencio volvió a adueñarse de la noche. Ethant se quedó pensativo un buen rato. Su intención inicial era no acercarse al castillo… hasta que supo de la doncella cautiva.
Decidió no encender ninguna hoguera y mantenerse alerta, intentando descansar. Dentro de unas horas se dirigirían al castillo…
Ya era noche cerrada y la luna menguante aparecía entre las nubes hechas jirones. Ethant avanzaba a lomos de Hildergart a través de la maleza reinante. Los árboles parecían seres diabólicos dispuestos a atacarles en cualquier momento… Hacía frío pero no mucho viento. A medida que se aproximaban al castillo el silencio se hacía más y más intenso…
Entonces, una bandada de cuervos pasó sobre sus cabezas. A Ethant le pareció que tenían los ojos rojos…
A pesar de avanzar con cautela, no tardaron demasiado en llegar al castillo. Era un edificio no muy grande para su clase, antiguo y desgastado; la vegetación lo había cubierto en gran parte y las enredaderas se extendían por todas partes, atravesando puertas y ventanas. No parecía probable que nadie habitara ese lugar; por lo menos nadie vivo…
Ethant se detuvo ante la puerta principal, una puerta doble de madera podrida, y descabalgó de Hildergart.
-No tardaré demasiado… espero- le dijo a su amigo posándole una mano en la crin.
Hildergart meneó ligeramente la cabeza como respuesta; Ethant veía preocupación en sus nobles ojos negros…
El jinete encaró la entrada principal y se dirigió, decidido, a abrirla. Posó ambas manos en la puerta doble y empujó con fuerza… Al cabo de unos segundos venció la resistencia que esta ofrecía y la abrió del todo. Cruzó el umbral.
En el interior todo estaba oscuro, pero la luz de la luna se filtraba por las ventanas desvencijadas y las cortinas vaporosas y ondulantes, agitadas por el viento ululante que circulaba por la amplia estancia. La luz que iluminaba la estancia la confería un tono azulado. Una enorme lámpara muy ornamentada se balanceaba sobre su cabeza, cubierta, como gran parte del vestíbulo, de extensas telarañas. Ethant prefería no pensar en el tamaño que tendrían que tener aquellas arañas para tejer semejantes redes…
Entonces un crujido le advirtió de que algo ocurría. Inmediatamente levantó la vista hacia la lámpara que ahora se balanceaba más deprisa… Y el joven jinete consiguió reaccionar a tiempo lanzándose a un lado justo cuando la enorme lámpara se desprendía del techo y caía a gran velocidad hacia donde se encontraba…
La lámpara se estrelló en el suelo con un enorme estruendo y quedó rota en varios fragmentos. Ethant se incorporó sin apartar la vista del lugar donde había caído la lámpara y que había levantado una espesa nube de polvo.
En ese momento, comenzó a distinguir una figura situada justo sobre los restos de la lámpara y que aún quedaba difuminada por la cortina de polvo que comenzaba a desvanecerse… Entonces vio a un individuo, de edad indeterminada, sin apenas pelo, ataviado con ropas viejas y rotas, que estaba encorvado con la mirada perdida hacia otra dirección… Súbitamente, dirigió la mirada hacia el joven jinete, y entonces este pudo distinguir claramente a la luz blanquecina de la estancia, los colmillos erosionados y los ojos inyectados en sangre de aquel ser que se encontraba ante él…
Ethant desenvainó su espada en el momento justo que el vampiro se abalanzaba hacia él… El ser saltó y se dirigía derecho a su cuello… pero Ethant le atravesó la garganta con la espada y el vampiro quedó momentáneamente suspendido en el aire, ensartado en el arma que Ethant sostenía con una sola mano… hasta que finalmente dejó de moverse.
Ethant lo lanzó a un lado y el ser quedó boca arriba con los ojos en blanco.
Entonces el jinete percibió algo y miró de inmediato hacia lo alto de las escaleras… Le pareció ver a una mujer que se lo quedaba mirando e inmediatamente desaparecía…
El joven jinete comenzó a ascender de inmediato por aquellas amplias escaleras, cuya alfombra estaba sucia, vieja y rota.
Un nuevo vampiro se cruzó en su camino de algún lugar indeterminado en la oscuridad… Pero, justo después de abrir la boca de forma amenazadora mostrando los colmillos y emitiendo un gruñido salvaje, Ethant, velozmente, le atravesó la cabeza por un ojo… El ser se arrodillaba lentamente, temblando, a medida que paraba de convulsionarse… Ethant extrajo la espada apoyando un pie en el pecho inerte del vampiro. Continuó el ascenso.
Cuando hubo llegado arriba, un largo y ancho pasillo se extendía ante él. Vio como la puerta del fondo estaba entreabierta y la corriente de aire frío que salía de ella llegaba hasta donde se encontraba, amenazando con helarle por dentro…
A medida que avanzaba, con la espada en alto, podía observar como, apoyados en las paredes o extendidos por el suelo a ambos lados del pasillo, iluminados por la luz que atravesaba los ventanales, se encontraban los cadáveres de hombres ataviados con armaduras, cuyas espadas se encontraban tiradas cerca de ellos. Estaban cubiertos de polvo y telarañas; y las expresiones de las calaveras le decían que habían sufrido horriblemente antes de morir…
Ethant no se detuvo y siguió avanzando hacia la puerta.
Un nuevo vampiro salió inesperadamente de una de las puertas laterales. Se dirigió precipitadamente hacia el jinete emitiendo una especie de gemido furioso… Pero Ethant le asestó un potente puñetazo con el puño que sujetaba la empuñadura de la espada; el ser dio unos pasos hacia atrás, aturdido… Entonces volvió a lanzarse hacia Ethant, pero este, que había envainado la espada, le cogió por las solapas y lo lanzó hacia el ventanal que quedaba a la izquierda… El vampiro lo atravesó con gran estrépito y quedó hundido boca arriba en los cristales que se elevaban atravesándole el torso. Quedó con la boca totalmente abierta y los ojos en blanco. Ethant lo miró unos instantes para asegurarse de que había acabado con él y continuó hacia la puerta…
Lentamente se aproximó. Apoyó una mano y terminó de abrirla. Una vez dentro, se encontraba en una larga sala abovedada con amplios ventanales a un lado, similares a los del pasillo precedente. Y en el otro extremo de la estancia la vio.
Una mujer, con un vestido blanco, se encontraba de espaldas al final de la sala. Ethant no podía dejar de mirarla… Había llegado hasta allí atraído por una fuerza hipnótica desde que la vio en las escaleras… Desde donde se encontraba podía distinguir claramente su larga melena negra cayendo sobre su espalda descubierta; estaba descalza.
Entonces, el vestido se le deslizó por el cuerpo hacia el suelo y quedó totalmente desnuda. Se giró levemente mirando de reojo al joven jinete. Ethant notaba que estaba levemente paralizado… Unos ojos de un azul como de otro mundo le miraron intensamente. La mujer se giró del todo y se dirigió hacia el joven lentamente… Ethant podía contemplar la belleza de aquella mujer de piel blanca, no mucho mayor que él, que caminaba mostrando sus generosos encantos bajo la luz mortecina de la luna que atravesaba los agrietados ventanales. Ethant cada vez se sentía con menos fuerzas…
Cuando aquella mujer misteriosa se encontraba cerca de él, se detuvo y le miró fijamente a los ojos… y el joven le devolvió la mirada… Entonces, el joven jinete percibió que algo cambiaba en su expresión… La mujer dio un paso atrás e hizo amago de girarse… como si no quisiera que aquel joven la mirase en aquel momento… Pero volvió a mirarle; aunque ahora sus ojos tenían un brillo distinto. Ethant notaba que estaba menos paralizado que antes…
La mujer estaba tan cerca del joven que podía rodearle con los brazos… Ethant sintió el contacto del cuerpo de la joven con el suyo, aunque no percibía calor… solo ahora en su mirada… Ethant sabía que podría atacarle en cualquier momento…
Entonces la miró durante unos instantes a sus ojos azules… Era como si a través de ellos viera a la auténtica persona que una vez fue y de la que aún quedaba un atisbo…
El sonido de la espada desenfundándose resonó en la estancia mientras Ethant contemplaba como aquella joven ahora lo miraba con una mirada suplicante… Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas mientras sus pupilas titilaban…
Ethant cerró los ojos…
La joven abrió mucho los ojos… La espada le había atravesado el corazón… Ethant vio en los ojos de aquella joven paz… y felicidad… antes de cerrarlos para siempre… Ethant la sostuvo en brazos hasta colocarla sobre el frío suelo.
Fue a por su vestido para cubrirla. Pero cuando se giró vio que su cuerpo ya no estaba… solo una brisa pura que le acarició el rostro…
Ethant salió fuera del castillo y Hildergart se acercó a su amigo con efusión. Ethant le acarició la frente. Partieron.
Cuando llevaban un rato avanzando, escucharon un sonido más adelante de alguien corriendo hacia ellos…
De entre dos árboles surgió el tipo con aspecto de bufón. Se quedó paralizado al ver a Hildergart, que lo miraba fijamente… Asustado, se giró de inmediato y se encontró a Ethant de pie ante él… Apenas podía verle el rostro… Solo los ojos que lo sentenciaban… El tipo se aterrorizó y abrió la boca para gritar, mostrando los colmillos… El sonido de la espada cortando el aire fue lo último que escuchó. La cabeza del bufón vampiro, después de elevarse, caía al suelo mientras el cuerpo decapitado se desplomaba hacia atrás… Ethant sacudió su arma y la enfundó.
Cuando subió a lomos de Hildergart y emprendieron la marcha, miró hacia el cielo. Estaba comenzando a amanecer.
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