sábado, 2 de junio de 2012

El Jinete Olvidado - Capítulo 1

El Jinete Olvidado

La amenaza en la noche.


El otoño había comenzado su andadura días atrás. El sol de la tarde brillaba en un cielo azul parcialmente cubierto por nubes blancas. El aire, que comenzaba a ser fresco, transportaba los aromas de la pradera, cuyas briznas de hierba alta se agitaban con diferente intensidad a la vez que las ramas de los árboles, que se mecían haciendo sonar las hojas que estaban próximas a caer. El sonido de alguna pequeña ave oculta resonaba de vez en cuando en aquella extensa soledad.
Por un camino que atravesaba los escasos árboles del trecho, dejando vislumbrar las altas montañas lejanas, avanzaba un jinete sobre su corcel. El jinete era un joven de treinta años. Su cabello no era corto, castaño y sus ojos eran azul oscuro. Su expresión era seria y decidida. Iba ataviado con una armadura gris oscuro, ceñida y sin ornamentos, que le protegía la parte superior del cuerpo, hombros, antebrazos y piernas por encima de las rodillas. Su ropa era de color verde oscuro y llevaba guantes, cinturón y botas color marrón de misma tonalidad. A un lado de la cintura llevaba una espada enfundada. Había varios fardos tras la silla de su montura. Su corcel era un caballo negro, cuya larga crin oscura se movía con el viento que comenzaba a soplar proveniente del norte, hacia donde se dirigían.
La luz del sol que poco a poco comenzaba a ocultarse, hacía que las tierras que se extendían alrededor refulgieran con destellos anaranjados, que contrastaban con la luz menguante de derredor. El sonido del viento silbar se convertía progresivamente en protagonista junto al sonido de los cascos del corcel.
Al pasar cerca de una hora ya casi se había ocultado el sol en su totalidad. El camino se había internado en una zona boscosa. Comenzaban a inundarse los alrededores de sonidos nocturnos: búhos, animales deslizándose a sus guaridas, ramas crujiendo aquí y allá… El joven jinete podía escuchar claramente el sonido de agua cercana; probablemente se trataba de un arroyo.
Al cabo de un rato llevó la vista hacia el cielo parcialmente estrellado y pudo ver la luminosa luna llena surgiendo tras una nube del color de la noche. Comenzó a pensar que iba siendo hora de detenerse y acampar; aunque no le hacía demasiada gracia pasar la noche en un bosque…
Entonces un grito de una joven atravesó el aire llegando hasta sus oídos. Provenía de algún punto no muy lejano hacia la derecha del camino, en las profundidades del bosque. El jinete había notado como su corcel también se agitaba. El joven no se lo pensó dos veces y se internó junto a su caballo en la oscura espesura.
Intentaba avanzar deprisa, evitando las ramas cercanas y mirando a su alrededor intentando encontrar a la joven. A medida que avanzaban, el sonido del agua correr se hacía más intenso.
No sin dificultad, consiguieron salir lo más deprisa posible de entre la frondosa vegetación. Ante ellos apareció el arroyo, en el cual podía verse reflejada la luna llena.
El joven jinete notó algo moverse unos metros a su izquierda. La luz de la luna le permitió vislumbrar a alguien saliendo del agua a toda prisa. Se dirigió hacia allí.
Al llegar vio como una joven de unos diecisiete años se sobresaltaba ante la aparición del jinete y su montura. Se le veía el miedo reflejado en sus ojos claros; estaba desnuda, cubriéndose parcialmente con un vestido blanco algo gastado que había recogido del suelo apresuradamente ante la aparición del joven. Tenía el largo pelo castaño oscuro húmedo cubriéndole parte de la cara y el cuerpo.
-¿Te encuentras bien?- Dijo el joven.
La chica no podía ocultar su miedo y desconfianza hacia aquel desconocido. Entonces miró hacia un punto más lejano y abrió mucho los ojos, aterrorizada.
El jinete llevó la vista hacia el punto que miraba la chica. Pudo ver entre las sombras del bosque, no demasiado lejos, un lobo que caminaba de un lado a otro, con los ojos iluminados.
Entonces el lobo aulló largamente. El jinete pudo ver de reojo como la joven se estremecía encogiéndose aún más. Finalmente el lobo se alejó y se perdió entre la maleza.
-Era un lobo. No ocurre nada- le dijo, tranquilo, el joven jinete a  la chica.
Esta parecía comenzar a calmarse.
-Yo… Yo… creía…- Intentaba decir mirando en la dirección donde había visto al lobo la primera vez.
El jinete se acercó.
-¿Quieres que te lleve a tu casa?- Se ofreció.
La chica aún mantenía cierta desconfianza, pero prefería irse con aquel desconocido que quedarse un segundo más sola en aquel bosque…

La joven iba sentada tras el jinete, el cual le había hecho sitio suficiente para que pudiera subirse. Permanecía cabizbaja y en silencio, manteniendo la distancia con aquel joven. Aún no tenía plena confianza en él...
Tras volver al camino avanzaron durante varios minutos en medio de la más absoluta oscuridad. Oyeron algunos aullidos lejanos. El joven jinete percibía que esto alteraba sobremanera a la chica…
Tras un rato comenzaron a aparecer algunas casas hasta que entraron en una pequeña aldea. Pero algo ocurría en aquel lugar… El joven jinete lo percibía… Las casas estaban a oscuras; y no se oía nada ni a nadie. Era como si aquel lugar estuviese abandonado…
-¿Es aquí donde vives?- Quiso saber el jinete.
-Sí- contestó mostrando su desconfianza.
El joven miró atentamente alrededor.
-¿Por qué están todas las casas a oscuras? ¿Es que vives aquí tú sola?- Insistió.
La joven no estaba segura de si debía contestar.
Entonces una figura se aproximó de entre las sombras tras escucharse una puerta abrirse.
-¿Ralia? ¿Eres tú?- Preguntó una voz de mujer claramente preocupada.
-¡Mamá!- Ralia desmontó con cierta dificultad y se dirigió corriendo a trompicones hacia su madre.
Ambas se abrazaron con fuerza.
-¡Ralia! ¡¿Dónde te habías metido?!- Le preguntó ahora comenzando a mostrar enfado.
La chica se la quedó mirando con los ojos llorosos al tiempo que negaba lentamente con la cabeza, sin saber qué decir.
Entonces la mujer reparó en la presencia del joven jinete y su corcel.
-¿Tú has traído hasta aquí a mi hija?- Le preguntó con los ojos humedecidos aún por la emoción.
El joven permanecía entre las sombras, en silencio.
-Debo seguir mi camino- dijo finalmente.
La chica le miraba y le escuchaba atentamente.
-Muchas gracias. Nos gustaría que pasaras a nuestra casa. Te prepararé algo para cenar. También tenemos comida y techo para tu caballo- se ofreció la mujer ante la mirada de alarma de la joven hacia su madre.
-Gracias. Acepto- dijo el jinete mientras la chica lo fulminaba con la mirada.
Ya en el interior de la casa, la mujer encendió algunas velas que iluminaron tenuemente la estancia. Al joven le dio la impresión de que su intención era que la estancia no estuviese demasiado iluminada…
-Puedes sentarte- le dijo la mujer al jinete mientras se encaminaba a la cocina.
La joven no le quitaba la vista de encima al jinete; lo cual hizo que, sin darse cuenta, se le cayera al suelo un puñal que había llevado oculto hasta aquel momento…
La madre de la chica se detuvo en seco al escuchar el sonido y se giró de inmediato para confirmar sus sospechas. Al ver el puñal en el suelo se dirigió inmediatamente hacia Ralia. Le dio una bofetada. La chica se llevó una mano a la mejilla dolorida mientras se le saltaban las lágrimas. Su madre se llevó una mano a la boca, sin poder contener el llanto.
-¡¿Qué es lo que pretendías?!- Le gritó su madre a Ralia.
La chica se quedó callada unos instantes sin atreverse a mirarla a los ojos mientras su madre se mostraba desesperada.
-Estoy harta…- Comenzó a decir la joven- ¡Estoy harta! ¡Ese monstruo mató a papá y nadie hace nada por acabar con él!- Gritaba furiosa entre lágrimas.
-¡¿Y qué pensabas… que podrías acabar con ese ser tú sola?! ¡Lo único que conseguirías es que te matara!- Gritaba también su madre.
Ralia se calló mordiéndose el labio inferior. Odiaba reconocer que su madre tenía razón…
-¡Prefiero eso que vivir con miedo!- Dijo la chica antes de dirigirse a su habitación subiendo las escaleras y cerrar la puerta de un portazo.
El joven y la madre de Ralia se quedaron unos instantes en silencio. Él esperaba que se tranquilizara…
-Su padre fue asesinado hace unos días…- Dijo la mujer al fin.
El joven no contestó inmediatamente.
-¿“Qué” lo mató?- Preguntó muy serio.
La mujer observó al joven antes de contestar.
-Un licántropo. Hace unas dos semanas ha aparecido en la zona un licántropo. Casi todas las noches ataca… La aldea de al lado ahora está vacía… Además de mi marido ha matado a otras tres personas de la nuestra- consiguió decir.
Entonces se escuchó un grito de dolor de un hombre proveniente del exterior. El jinete y la mujer salieron de inmediato. Varias personas salieron también de sus casas. El joven comprobaba que habían permanecido ocultos…
-¡Es Matt!- Decía un joven delgado que se dirigía corriendo hacia una figura que se tambaleaba en la oscuridad.
El jinete se aproximó hacia donde se encontraba el hombre. Este cayó al suelo.
-¡Matt!- Corría un hombre de unos sesenta años con una frondosa barba y una barriga prominente- ¡Matt, hijo!
El jinete pudo observar bajo la luz de la luna que tenía una terrible herida de garra en el hombro. El joven herido intentaba hablar.
-Casi… Casi lo consigo…- Dijo levantando una daga ligeramente ensangrentada antes de perder el conocimiento.
¡Matt! ¡Oh, no!- Se desesperaba su padre.
Un hombre algo más mayor se aproximó al joven y lo examinó.
-Tranquilo, Bont. Su vida no corre peligro… siempre y cuando deje de hacer locuras- le advirtió.
Entonces varios de los presentes repararon en la presencia del joven desconocido. Se comenzaron a escuchar murmullos…
El hombre más mayor se percató de las murmuraciones y se giró. Al ver al joven jinete se incorporó y se comenzó a acercar lentamente hacia él.
-Hola, joven. Soy el médico y el líder de esta aldea. ¿Qué se te ofrece?-Preguntó, acallando momentáneamente los comentarios a la espera de la respuesta…
El joven jinete miró a los que estaban a su alrededor. Mirara donde mirara veía miedo. Entonces vio que Ralia observaba oculta desde la ventana de su habitación…
-Yo mataré al licántropo- dijo, serio.
El silencio se impuso dejando escuchar los grillos cercanos. El médico, la madre de Ralia y los demás aldeanos allí presentes observaban a aquel joven desconocido, iluminado bajo la luz de la luna, con una leve esperanza pero con gran incertidumbre…

El joven jinete avanzaba lentamente por el descuidado camino secundario que llevaba a la aldea vecina. Los sonidos de la noche se habían intensificado sobremanera y el viento soplaba con más fuerza.
Súbitamente, algo se cruzó en el camino ante el jinete y su corcel haciendo que se detuvieran de inmediato. El joven se llevó la mano a la empuñadura de su espada.
-¡Espera! ¡Soy yo!- Dijo la voz de Ralia.
El jinete dejó la empuñadura y se quedó en silencio. Ralia se acercó.
-Ya sé que quieres que vuelva… Pero quiero ayudar…- Casi rogó.
El jinete se la quedó mirando unos instantes sin decir nada.
-En realidad me viene muy bien que estés aquí… Necesito un cebo- dijo esbozando una ligera sonrisa en su serio rostro.
Ralia no estaba segura de alegrarse por esas palabras…

Al cabo de un rato, Ralia se encontraba sentada sobre una roca plana rodeada de varios troncos de árboles de madera podrida, bajo la luz de la luna llena que resplandecía en un cielo ahora considerablemente despejado. Permanecía bajo la atenta y vigilante mirada del joven jinete que ahora estaba desmontado, oteando los alrededores sin perder de vista a la joven…
Entonces algo surgió repentinamente de la oscuridad sobresaltando a Ralia. Apareció una figura ataviada con ropas raídas: túnica azul oscuro, pantalones grises del mismo tono y un cinturón ancho negro de hebilla grisácea. A la luz de la luna se le podían ver claramente las fauces abiertas y las garras de las manos y los pies. Al acercarse a la joven se le distinguían cada vez con más claridad los ojos negros de mirada ansiosa… No había duda: era el licántropo.
-Hola pequeña…- Decía el licántropo arrastrando las palabras- Eres justo lo que llevaba tiempo buscando… Tranquila… Matarte no es lo primero que haré…- Sonrió de forma lasciva.
La joven, que temblaba de forma incontrolada con los ojos muy abiertos, se estremeció al escuchar las últimas palabras.
Entonces el jinete entró en escena desenfundando la espada produciendo un sonido que atravesó el aire de la noche. La hoja refulgía bajo la luz de la luna como los ojos del jinete…
Ralia reunió el valor suficiente y aprovechó el momentáneo desvío de atención del licántropo para intentar clavarle el puñal en el corazón; el joven jinete se sorprendió ya que ese no era el plan… Pero el ser, aunque inicialmente pillado por sorpresa, reaccionó de inmediato y le dio un fuerte golpe de revés con el brazo a la joven, la cual salió despedida contra un árbol quedando inconsciente…
El joven jinete actuó de inmediato. Se dirigió hacia el licántropo y este intentó alcanzarle con sus garras en varias ocasiones… pero el joven jinete esquivaba una y otra vez. Al levantar la espada el licántropo retrocedió.
El ser estaba contrariado y furioso.
-Tú no eres de aquí…- Dijo con su manera de arrastrar las palabras.
El jinete no dijo nada, manteniendo la guardia sin moverse.
Entonces el licántropo apoyó las manos en el suelo, como si fuera un animal, mirando hacia abajo durante unos instantes… El jinete veía como la musculatura del ser se tensaba; sabía que se disponía a atacar…
Y entonces el licántropo se abalanzó impulsado hacia el joven con las garras extendidas y las fauces abiertas totalmente, dispuesto a destrozar a aquel forastero…
Pero al llegar a la posición del joven jinete, este no estaba. El licántropo no se lo podía creer. Miraba incrédulo y loco de rabia en todas direcciones… Entonces se giró y, sin saber cómo, el jinete se encontraba ante él mirándolo con expresión seria e intensa… Y le clavó la espada a la altura del vientre, empujándolo con tal fuerza que, a su vez, se clavó en uno de los troncos de madera podrida que tenía justo detrás.
El licántropo sangraba por la herida y por la boca mientras miraba, estremecido, la espada que tenía clavada. Entonces elevó la mirada hacia el joven; en aquel momento la luz de la luna le permitía verle claramente el rostro. Y algo le llamó la atención.
-Un… Un momento… Yo a ti… te he visto en alguna parte…- Dijo con esfuerzo pero impulsado por el repentino recuerdo…
Antes de que pudiera seguir hablando, el jinete retorció la empuñadura y la espada se clavó aún más en el cuerpo del licántropo, haciendo que la madera del tronco se resquebrajara de forma sonora. El licántropo quedó con los ojos en blanco y expiró.
El joven se aseguró de que estaba muerto y le extrajo la espada.
Algo se movía a su espalda. Se giró de inmediato y vio a Ralia que se tambaleaba.
-Gracias…- Consiguió decir al tiempo que perdía el conocimiento de nuevo, cayendo lentamente mientras el joven corría a sostenerla, al tiempo que las lágrimas brillantes como perlas de la joven quedaban suspendidas en el aire nocturno iluminado por el resplandor de la luna llena.

A la mañana siguiente, el joven jinete se hallaba sobre su corcel rodeado por la gente de la aldea. Le ofrecieron provisiones, que aceptó, y quedarse si quería… pero él les dijo que debía irse.
-Tengo cosas que hacer- dijo tan solo.
Al alejarse bajo un cielo nublado de una mañana aún algo fría percibió que alguien le había seguido durante un rato. Se detuvo y se giró. Era Ralia. La joven parecía no saber qué decir…
-¿Cómo… Cómo te llamas?- Consiguió preguntar con la voz ligeramente afectada.
El jinete se giró totalmente junto a su corcel. Al principio no tenía ninguna intención de decirle su nombre… hasta que vio sus ojos…
-Mi nombre es Ethant- dijo.
Ralia se llevó una mano al pecho. Antes de que pudiera decir nada, el joven jinete levantó dos dedos juntos despidiéndose de ella mientras se volvía a dar la vuelta y comenzaba a alejarse con su corcel ante la atenta e intensa mirada de la joven.

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