El Jinete Olvidado
Los forajidos.
Hace tres años…
Era un día luminoso de agosto. El cielo estaba casi despejado y no hacía tanto calor como cabría esperar por la época del año. Por un camino principal, rodeado de altos árboles, circulaba un carro tirado por cuatro caballos y escoltado por varios hombres con la armadura y los distintivos del rey de Alenia. Se trataba de un carruaje real conducido por un tipo con expresión dura y seria, de alrededor de cuarenta años. Y protegiendo dicho carruaje iban cuatro soldados armados con sus espadas y mirando con recelo a los alrededores.
Desde lo alto de una loma cercana, cuatro figuras, montadas en sus respectivas monturas, veían avanzar al grupo un poco más abajo; estaban llegando a su altura.
-A mi señal, haremos lo planeado- dijo, con voz grave y autoritaria el que quedaba ligeramente más adelantado que el resto.
Los demás no contestaron pero estaba claro que sabían lo que tenían que hacer…
El carruaje avanzaba pesadamente y el sonido de las ruedas rozando contra el suelo se confundía con el de los cascos de los caballos, tanto unas como otros levantando abundante polvo del suelo al pasar.
Los cuatro individuos que vigilaban permanecían en silencio, atentos… Entonces, el que había hablado levantó una mano despacio y con seguridad… El grupo de más abajo quedaba justo delante en aquel mismo instante…
Y bajó la mano hacia adelante con un movimiento rápido y contundente, e inmediatamente el resto salió al galope en dirección al grupo.
El conductor y los soldados escucharon de inmediato el sonido de los cascos aproximándose a toda velocidad… El conductor detuvo el carruaje y los soldados desenfundaron sus armas casi al unísono…
-¡Preparaos!- Les ordenó el que tenía más edad de los soldados, un tipo con el pelo corto y gris y bigote del mismo color.
Los demás soldados permanecían atentos, en tensión, escuchando el sonido de varios corceles galopando hacia ellos, cada vez más cerca…
Entonces, de entre los árboles, surgió en primer término un hombre muy corpulento sobre un caballo marrón oscuro, también de considerable envergadura, que se abalanzó hacia el primer soldado que tenía delante, portando una enorme hacha doble sujeta con una mano… El soldado intentó protegerse, pero el enorme asaltante, emitiendo un gutural sonido, le golpeó en el cuerpo con el hacha, aunque no con los filos, derribándolo de su montura y haciéndole quedar inconsciente en el suelo. Entonces los demás soldados y el conductor pudieron fijarse en el hombre que vigilaba al soldado que acababa de tumbar: entre treinta años y los cuarenta, el pelo fino hacia atrás, algo largo, de color azul claro, barba media y los ojos negros; vestía una túnica gris oscuro, un amplio chaleco azul de tono similar, un ancho cinturón de hebilla y guantes y botas marrón oscuro.
Acto seguido llegaron los dos compañeros del tipo del hacha, quedando uno más adelantado que otro.
-¡Siempre tienes que adelantarte!- Exclamó el que iba más adelantado, sobre un corcel gris, sonriendo socarronamente.
Era un hombre de cerca de cuarenta años; pelo largo bien cuidado con una raya en medio y llegándole a la altura de los hombros, color castaño claro, con un bigote fino y una pequeña barba bajo los labios, ambos de un color más oscuro, y ojos castaños; vestía elegantemente a pesar de tratarse de un forajido: túnica rojo oscuro, un chaleco negro ceñido, al igual que los pantalones de cuero, del mismo material y color que los guantes, y altas botas marrón oscuro. A un lado del cinturón no muy ancho, portaba una espada enfundada de hoja estrecha y con un amplio y ornamentado guardamano.
-¡Je, je, je! ¡Ya me conoces!- Respondió con su vozarrón el hombre inmenso.
Los soldados no se atrevían a actuar… Sus miradas iban de uno a otro, sin apenas reparar en el otro forajido que había quedado un poco más atrás…
Era Ethant. Y su montura era Hildergart.
-¡Muy bien! ¡Abandonad este carruaje y no os pasará nada! ¡Yo os recomiendo que hagáis caso…! ¡Mi amigo es hasta simpático de buen humor… pero enfadado…!- Les decía en voz alta el tipo del caballo gris a los soldados, que mantenían sus armas en alto…
En ese momento, el soldado real que mandaba a los demás, espoleando con furia a su montura, se dirigía hacia aquel indeseable que les acababa de casi perdonar la vida… Mientras se aproximaba, aquel hombre de porte elegante bajaba la vista con una sonrisa de simulada resignación mientras meneaba la cabeza cerrando los ojos…
Solo levantó la mirada cuando ya tenía al soldado encima… Cuando este alzó la mano con la que empuñaba su arma y se disponía a atacar, su contrincante, con un movimiento veloz y preciso, desenvainó su espada, reverberando el sonido de la hoja deslizándose fuera de su vaina, y cercenó el brazo de su atacante… Era como si el tiempo se hubiera ralentizado mientras el veterano soldado veía, primero incrédulo, y luego horrorizándose por momentos, su brazo volar por el aire, separado de su cuerpo, durante unos instantes que parecía que no se fueran a acabar nunca…
-¡Uuuaaaaaah!- Gritó desgarradoramente el hombre mientras se miraba y sujetaba el brazo herido con la otra mano, sin poder contener la abundante hemorragia que no se detenía…
Los demás soldados, y el conductor, quedaron sobrecogidos ante aquella escena que habían contemplado. El conductor comenzaba a removerse en su asiento mirando desesperadamente en todas direcciones. Quedaban dos soldados más que observaban consternados como su superior caía de su montura perdiendo la consciencia por momentos…
-Los que quedan te los dejo a ti- le dijo el hombre del corcel gris a Ethant mientras envainaba de nuevo su pulida espada.
Ethant había visto la escena sin moverse ni decir nada. Al cabo de unos segundos asintió levemente con la cabeza sin perder de vista a los dos soldados con los que tendría que vérselas…
No llevaba armadura; iba ataviado con una túnica verde oscuro con un cinturón medio de hebilla negro, pantalones gris oscuro y guantes y botas marrones.
Comenzó a avanzar lentamente a lomos de Hildergart… Los soldados le aguardaban poniéndose delante del carruaje… Ethant se llevaba la mano a la empuñadura de su espada a medida que se aproximaba…
Entonces, uno de los soldados arremetió con su espada verticalmente hacia el joven, con un grito de furia… pero Ethant lo detuvo desenfundando a tiempo la suya, que brillaba bajo los rayos del sol, haciendo que el choque de las hojas resonara en la distancia… Inmediatamente, le asestó un contundente puñetazo en la cara con el otro puño y tiró al soldado al suelo, que quedó aturdido… En ese instante, el otro soldado intentó hundirle la hoja de su espada en un costado… pero el joven desvió el ataque con su arma a un lado y golpeó fuertemente con la empuñadura al pecho de su atacante, el cual soltó la espada por el impacto y cayó tembloroso al suelo llevándose las manos a la zona golpeada… Ethant bajó la mano con la que sujetaba el arma y rodeó sobre Hildergart a ambos hombres tirados en el suelo, atento…
El conductor vio que estaba solo, a manos de aquellos forajidos, y saltó del carruaje dispuesto a correr hasta que se le doblasen las piernas… Pero al llegar al suelo, se encontró de pie a su lado al tipo que le había cortado el brazo al soldado al mando. Se quedó mudo, temblando de arriba abajo…
-Lo siento, amigo… pero no podemos dejarte ir…- Decía, con falsas disculpas, mientras se acercaba a aquel hombre bajo y con visible barriga, que intentaba retroceder pese a la paralización que le provocaba el miedo que crecía en su interior…
Al fin consiguió darse la vuelta… pero el forajido le rodeó el cuello con su brazo musculado y, apretándolo intensamente durante un segundo, con la otra mano le rompió el cuello. El forajido soltó al hombre ya inerte y este se desplomó levantando una nube de polvo.
-¡Tienes que terminar con esta costumbre!- Escuchó una voz proveniente del otro lado.
Al dar la vuelta vio al jefe de los forajidos, un hombre de algo más de cuarenta años, llegar lenta pero decididamente a lomos de su imponente corcel negro, en cuyo cuerpo se podían ver las señales de la batalla…
Era un hombre de considerable envergadura, ataviado con una armadura negra que le cubría todo el cuerpo, a excepción de la cabeza. Tenía el pelo hacia atrás, muy largo y de agudas ondulaciones, color rosa oscuro, al igual que sus pobladas cejas, en una sempiterna expresión de gravedad, y sus ojos penetrantes e intensos, que le daban un aire de adulterada majestuosidad…
Ethant se giró y le vio llegar mirándole con expresión reprobatoria y extrañamente paternal, observando a los dos soldados derrotados por Ethant y que aún permanecían con vida...
-Jezabelt…- Pronunció el joven sin perderle de vista...
En ese momento, el primer soldado al que había derribado Ethant se movió en el suelo, con dificultad, aún dolorido.
-¿Je… Jezabelt…?- Repitió, sin dar crédito a sus oídos...
Al escuchar al soldado pronunciar su nombre negó con la cabeza. Se acercó al soldado, el cual estaba de rodillas con las manos apoyadas en el suelo al que miraba, intentando levantarse sin conseguirlo. El alto y corpulento hombre desenvainó su enorme espada de hoja ancha y se la clavó sin miramientos al soldado por la espalda hasta atravesarle y hundirla en el suelo. El impresionado soldado sentía su sangre deslizarse por la hoja de la espada hasta el suelo, hasta que perdió definitivamente el conocimiento… El jefe de los forajidos extrajo la espada del cuerpo sin vida del soldado lanzándole una mirada de desprecio de soslayo y ahora se dirigía inmediatamente hacia el segundo soldado al que había derribado Ethant…
-¿Cuántas veces he dicho que no debemos nombrarnos entre nosotros cuando actuamos…?- Le recordó al joven con tono de reprobación…
Cuando se aproximó lo suficiente al soldado, el cual permanecía boca arriba con las manos en el dolorido pecho, apretando los dientes y con un solo ojo abierto, aunque semicerrado por el dolor, le miró durante un segundo… y ante la expresión de terror del soldado, elevó la espada, tapando el sol, y la descendió de inmediato y de forma contundente en dirección a su cuello desprotegido…
Ethant observaba la escena sin cambiar la expresión; como si aquellas muertes no le afectasen en absoluto… como si no sintiera absolutamente nada…
-¡Athlas! ¡Encárgate de los otros dos!- Ordenó al hombre enorme, mientras miraba hacia el soldado que este había derribado, el cual aún permanecía inconsciente, y hacia el jefe de los soldados, que se arrastraba lenta y dificultosamente por el suelo, presa de la desesperación, sin parar de sangrar por el brazo…
-¡Cuente con ello, jefe!- Dijo el hombretón llevándose con pasmosa facilidad la enorme hacha doble al hombro y sonriendo con satisfacción.
-Creía que había dicho que no nos nombrásemos entre nosotros, jefe…- dijo sonriendo con cordial malicia el hombre que había asesinado al conductor aproximándose al cabecilla de la banda.
Jezabelt le miró un momento y una media sonrisa se dibujó en aquel duro rostro.
-¡Cállate, Amadheus, y ven a ayudarnos a Ethant y a mí con el botín!- Respondió sonriendo divertido.
Tanto uno como otro sabían de sobras que ya eran demasiado conocidos en el reino de Alenia… y en varios de los alrededores…
La guarida de los forajidos se encontraba en una cueva elevada que daba al llano, el cual se extendía hasta el reino colindante. Una hoguera estaba encendida. Athlas llevaba sacos pesados de un lado a otro con increíble soltura. Ethant se encontraba sentado a la salida de la cueva, apoyado en la pared y mirando hacia el cielo, contemplando las aves rapaces que lo surcaban en busca de su presa. Algo en él había cambiado desde el último asalto…
En un lugar apartado de la guarida, Jezabelt y Amadheus conversaban en voz baja mientras iban lanzando miradas a Ethant, con cuidado de no ser descubiertos… Pero Ethant estaba absorto en sus pensamientos.
Por la noche estaban los cuatro sentados alrededor del fuego, encima del cual un jabalí se estaba cocinando ensartado en un palo sujeto a su vez por otros dos, con el sonido del crepitar de las llamas inundando la estancia.
-Mañana daremos un nuevo golpe- dijo decidido Jezabelt.
-¡Magnífico!- Exclamó Athlas golpeando al aire con su enorme puño, exultante.
Ethant estaba mirando el fuego, como si no lo hubiera escuchado… como si nada le importara… Al verle, Amadheus y Jezabelt se lanzaron una imperceptible mirada…
-Ethant…- Comenzó a decir Amadheus- Nos encargaremos tú y yo. Iremos a una granja situada no muy lejos de aquí…
Antes de que Athlas pudiera protestar, Jezabelt intervino.
-Tú y yo nos quedaremos a cierta distancia, vigilando…- Esto convenció a medias al hombretón.
Ethant asintió sin dirigirles la mirada. Tras un silencio, Jezabelt volvió a hablar.
-Bien. Saldremos por la mañana.
A la mañana siguiente atravesaron amplias llanuras hasta divisar una granja rodeada de campos de trigo. Como había sido planeado, Jezabelt se quedó con Athlas a cierta distancia, dejándoles el “trabajo” a Amadheus y a Ethant.
-Es mejor que nos acerquemos a pie- sugirió Amadheus al joven.
Ethant bajó de Hildergart y le acarició la crin para intentar calmarle; por algún motivo, Hildergart estaba inquieto… y él mismo también lo estaba…
Al pasar Ethant delante de Amadeus, camino a la granja, este dirigió una última mirada a Jezabelt, que se la devolvió sin inmutarse.
Caminaron un buen rato, atravesando uno de los extensos campos de trigo para no ser vistos.
Al llegar, se encontraron ante un amplio granero y, a no muchos metros de distancia, a la izquierda, una casa de tamaño considerable.
-Vamos- dijo Amadheus, muy serio y sin mirar a Ethant, dirigiéndose hacia la casa.
El joven se extrañó.
-¿No vamos al granero? Nadie lo está vigilando…- Observó.
Amadheus siguió avanzando hacia la casa sin detenerse, ocultando una sonrisa maliciosa.
Aún sin entender las intenciones de Amadheus, llegaron al portal de la casa. La puerta estaba abierta.
Ethant le siguió al interior de la casa, la cual era muy acogedora. Todo estaba muy limpio y ordenado, y les llegaba el olor delicioso de comida preparándose desde la cocina…
Como guiados por el aroma, llegaron hasta dicha estancia. En ella una mujer de mediana edad, con un delantal, estaba de pie ante una olla, removiendo el contenido con un gran cucharón, rodeada del vapor del agua calentada. Amadheus se detuvo en medio de la cocina con un último y sonoro paso al apoyar la bota contra el suelo. La mujer, sumergida en el sonido del guiso al hervir, levantó ligeramente la mirada, extrañada.
Ethant se detuvo aguardando lo que haría ahora Amadheus: ¿La asustaría? ¿La ataría?
Entonces la mujer se giró de inmediato y soltó bruscamente el cucharón llevándose una mano a la boca, sin poder gritar del miedo que tenía…
Amadheus se aproximaba llevándose un dedo a los labios, mostrándole con una sonrisa inquietantemente tranquila que debía guardar silencio… La mujer intentaba ir hacia atrás, con cuidado de no quemarse con la olla…
Y, ante la sorpresa de Ethant, Amadheus desenvainó la espada y la atravesó a la altura del vientre.
-¡¿Qué haces?!- Exclamó Ethant mientras la mujer expiraba.
-No grites…- Le dijo Amadheus ligeramente irritado.
Extrajo la espada y la mujer quedó sentada contra el mueble sobre el que aún hervía aquel guiso que ya no tenía olor… Ethant se acercó lentamente, titubeante… En ese momento alguien entró en la cocina.
-¿¡Qué ocurre aquí!? ¡Nooo!- Exclamó un hombre de más o menos la misma edad que aquella mujer, no muy alto y con poco pelo, cuando la vio en el suelo sangrando.
Amadheus casi no se giró y lo miró de reojo. Cuando aquel hombre, sin pensar, se abalanzó desesperado en dirección a su mujer, Amadheus describió un círculo preciso en el aire, degollándolo…
Ethant estaba paralizado ante todo aquel horror… un horror sin sentido… No podía quitar la vista de aquel hombre que, irremediablemente, se desangraba por la herida del cuello mientras, en vano, se intentaba detener la hemorragia con una mano. Fue cayendo al suelo hasta morir desangrado.
Entonces Ethant reparó en una nueva presencia en la estancia: en la puerta había una chica de unos quince años, temblando y con los ojos muy abiertos e inundados en lágrimas… El joven quería que le mirara para decirle que huyera… pero Amadheus también se percató de su presencia… Este sonrió malévolamente.
-Bien, Ethant… Te toca a ti…- Sus palabras estremecieron al joven.
La chica, con dificultad por el miedo que la retenía, comenzó a retroceder muy lentamente intentando huir de allí…
Ethant lo vio claro. Todo.
-No pienso hacer eso- contestó de forma retadora…
Amadheus le dirigió una mirada fulminante desde su altura. Podía ver en los ojos del joven el brillo de la rebeldía… Mientras tanto, la chica había dado la espalda y comenzó a correr por el pasillo… Inmediatamente, Amadheus cogió un cuchillo de cocina y se lo lanzó a la espalda… Ante la consternación de Ethant, que aún seguía paralizado, el cuchillo se clavó y la chica cayó al suelo. Dejó de moverse casi al instante de caer.
Amadheus envainó su espada y pasó delante de Ethant, resonando sus pasos en la estancia, y se dirigió hacia la puerta de la cocina.
-Te espero fuera- le dijo muy serio antes de salir y comenzar a atravesar el pasillo hacia el exterior de la casa…
Ethant miró a su alrededor. Primero hacia la mujer… luego hacia el hombre, que yacía sobre un espeso charco rojo oscuro… Y finalmente hacia la chica.
Se aproximó a ella y se fijó en su rostro cubierto por el largo pelo azul oscuro. Su expresión parecía de paz…
Cubrieron el recorrido de vuelta por el camino principal que llevaba a la granja. Ninguno habló durante el trayecto. Ethant no podía levantar la mirada del suelo; y Amadheus solo miraba al frente.
Un poco más adelante los esperaban Athlas, que iba desmontado, y Jezabelt. Al aproximarse lo suficiente, mientras seguían caminando, Amadheus le dirigió una mirada muy seria a Jezabelt, negando casi imperceptiblemente con la cabeza. No era la respuesta que esperaba Jezabelt. Sin apartar la mirada de los ojos de Amadheus, intentando no mostrar su oculto pesar, hizo un leve movimiento afirmativo con la cabeza…
Cuando se reunieron, Ethant miraba alrededor buscando a Hildergart.
-¿Dónde está Hildergart?- Preguntó.
Athlas miró a Jezabelt antes de contestar.
-Lo he atado junto a mi caballo y al de Amadheus a un árbol no muy lejos de aquí. Están bien, ahora iremos por ellos- dijo Athlas como si lo hubiera ensayado repetidas veces…
-Yo me adelanto a la guarida. Os espero- dijo Jezabelt sin mirar a nadie y ordenó a su montura emprender el galope en la llanura, cerrando los ojos intentando contener su cínica aflicción…
Ethant se quedó solo con Athlas y Amadheus. Aquello no le gustaba nada…
-¿Qué hacemos aquí?- Preguntó finalmente.
-Lo siento mucho, Ethant… Debiste hacerme caso ahí dentro…- Se disculpaba no muy convincentemente Amadheus al tiempo que Ethant se daba cuenta demasiado tarde de lo que estaba pasando.
Antes de que pudiera reaccionar, sintió un golpe tremendo en la base del cuello, comprendiendo mientras caía inconsciente que se lo había asestado Athlas… Quedó tendido boca abajo en el suelo.
-¿Qué hacemos con su caballo? ¿Lo matamos?- Preguntó Athlas mientras levantaba al joven como si fuera un saco y se lo cargaba al hombro.
-No. El jefe quiere que lo soltemos lejos- confirmó Amadheus.
-¿Y con él?- Preguntó Athlas haciendo un leve movimiento de cabeza hacia el joven inconsciente.
Amadheus guardó silencio.
Poco a poco, Ethant fue abriendo los ojos, con dificultad. Hacía mucho calor… y casi no podía ver por la potente luz solar que lo inundaba todo. Cuando veía con más claridad, miró a su alrededor. Era un desierto. Notaba que no se podía mover. Estaba fuertemente atado a una gran estaca hundida en la arena del desierto de Alenia, suspendido a casi medio metro de altura. Los buitres revoloteaban sobre su cabeza. Ethant pensó que estaba perdido.
Entonces comenzaron a arremolinársele las imágenes en su cabeza: Amadheus asesinando a aquella familia… a aquella chica… Athlas golpeándole… diciéndole que Hildergart está en otra parte… Y Jezabelt…
A medida que las imágenes se repetían cada vez a más velocidad, Ethant apretaba los dientes y la rabia le daba una fuerza desmesurada… Combatía contra las cuerdas, tensando su cuerpo… Notaba la piel de sus músculos hiriéndose al aumentar de volumen… El sudor recorría su frente hasta llegarle a la barbilla por el tremendo esfuerzo…
-¡Huuaaaaaaaa!- Rugió Ethant haciendo estallar las cuerdas violentamente utilizando sus últimas fuerzas.
Al quedar libre cayó al suelo de arena. Entonces levantó la mirada… Todo era borroso a su alrededor… No le quedaban fuerzas para salir de aquel desierto interminable…
Entonces le pareció ver algo más adelante, a lo lejos. Bajó la vista… y consiguió levantarla otra vez. Aquello, que probablemente sería un espejismo, parecía estar más cerca… Bajó una vez más la vista… no creía que la pudiese levantar más… Pero lo hizo y vio que aquello que se aproximaba no era ningún espejismo…
-¡Hil… Hildergart…!- Consiguió decir justo cuando su fiel amigo apareció dándole con el hocico en la cara.
Ethant le puso una débil mano sobre el morro. Ahora sabía que sobreviviría.
Hoy…
Ethant avanza montado en Hildergart, atravesando la llanura bajo la luz anaranjada del atardecer. Ha pasado los últimos tres años viajando… haciéndose más fuerte… Solo con un objetivo…
Sabe perfectamente donde se encuentran dos de ellos… Y no descansará hasta encontrar al tercero…
Hasta matarlos a todos.
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