El Jinete Olvidado
Cyntia.
Tras varios días de viaje, Ethant, a lomos de su fiel corcel, Hildergart, desde lo alto de un barranco, podía divisar la ciudad de Vaisora, la capital de Alenia. Aún en la distancia, podía apreciarse perfectamente la grandeza y majestuosidad de la urbe. No estaba a más de dos horas de camino. Primero habrían de descender de la montaña en la que se encontraban y luego encontrar el camino principal que llevara a la ciudad.
El día era soleado, sin apenas nubes, con un aire fresco que llegaba a ser frío en contadas ocasiones. Al bajar de la montaña por un camino pedregoso, encontraron de inmediato el camino principal, más acondicionado, que se abría paso entre el gran bosque que rodeaba la mayor parte de la ciudad.
Se cruzaron con varios carros que transportaban diferentes cantidades de sacos, barriles y otras cargas. Nadie parecía fijarse en el jinete que se aproximaba a la ciudad.
Vaisora estaba rodeada por altos muros de piedra, con torres de vigilancia en sus vértices, y por los cuales se podía ver circular soldados reales. En el centro de la inmensa ciudad, estaba ubicado el castillo del rey de Alenia.
Las calles eran bulliciosas y la gente iba de arriba abajo; los niños jugaban aquí y allá y se podían ver animales de todo tipo. El ambiente que se respiraba era, en general, muy agradable. La ciudad estaba viva, alegre… por lo menos así era en sus calles principales.
Cuando Ethant, que avanzaba ahora más despacio, montado sobre Hildergart, pasó al lado del muro de una taberna; vio algo que le llamó la atención… Había cuatro carteles ofreciendo una recompensa por cuatro forajidos: los tres primeros eran Jezabelt, Amadheus y Athlas; y, aunque las cifras eran descendentes siguiendo este orden, las cantidades que se ofrecían eran desmesuradas. Se les buscaban vivos o muertos. Y más apartado de los demás, un cuarto cartel, con una cifra bastante menor como recompensa, aunque considerable, aparecía desgarrado e incompleto, de forma que prácticamente no se distinguía el rostro ni el nombre del forajido buscado… Ethant sabía perfectamente quién era el cuarto forajido… y, durante unos instantes, como en tantas otras ocasiones, se odio a sí mismo por ello…
El joven y su corcel llevaban avanzando durante un rato, y ya habían salido de la abarrotada calle principal, que se dirigía directamente al castillo del rey, y ahora seguían por una calle adyacente, menos transitada y de ambiente no tan animado…
Entonces, comenzó a escuchar voces de una chica provenientes de más adelante. Ethant no veía a nadie, así que dedujo que provenía de una de las calles estrechas transversales… Desmontó de Hildergart y se dirigió a toda prisa a la callejuela situada a la izquierda de la que oía venir las voces que continuaban y cada vez oía con más claridad…
-¡Dejadme en paz! ¡Alejaos de mí!- Les exhortaba una joven de larga melena rubia, ataviada con un vestido rosa, muy escotado, que le llegaba a las rodillas, a la que Ethant pudo ver claramente al doblar la esquina.
Acosándola, había dos individuos desarrapados, que probablemente tenían menos edad de la que aparentaban, y que se iban inclinando lentamente hacia ella…
-¡No me toquéis! ¡Me dais asco!- La voz de la joven sonaba más amenazadora que asustada…
-¡Vamos, cállate! ¡Si es lo que quieres…!- Decía el que estaba más cerca, un tipo con una pequeña cola en el desaliñado pelo.
-¡Sí…! ¡Si te vistes así será por algo…!- Dijo el otro, más bajo y gordo y de aspecto igualmente descuidado.
La joven cada vez estaba más asustada, sin dejar de mirarlos con sus ojos desafiantes, y ya tocaba con la espalda en la pared… Estaba atrapada…
Entonces, cuando el primero de aquellos desagradables tipos estaba a punto de tocar a la joven a la altura del pecho, en la piel tersa y temblorosa, con los ojos desorbitados, una fuerte mano lo agarró por la muñeca. El tipo se giró y se encontró a Ethant ante él.
-¡Eh, tú! ¡¿Qué haces?! ¡Suéltame! ¡¿Es que no ves que esta tía me está provocando?! ¡Lo que quiere es que la…!- No pudo seguir al recibir un brutal puñetazo en la cara que casi le gira la cabeza.
El tipo inconsciente se quedó “colgando” del brazo que aún mantenía sujeto Ethant. El otro tipo tenía los ojos como platos mientras contemplaba aterrorizado la expresión de dolor, con la boca totalmente abierta y los ojos en blanco, de su compinche… Entonces llevó la vista a los ojos de Ethant que lo estaban fulminando con la mirada… Salió corriendo atolondradamente y se perdió callejón abajo. Ethant soltó al tipo a un lado cayendo este al suelo como un peso muerto.
Mientras Ethant lo miraba de soslayo, con desprecio en la mirada, la joven, que había contemplado toda la escena sin perder un detalle, miraba al joven con sus ojos verdes claro con una mezcla de temor y admiración.
Entonces Ethant se dio la vuelta y comenzó a caminar. Al cabo de unos pasos se detuvo.
-¿Estás bien?- Preguntó a la chica sin girarse.
Al ver que no le contestaba, giró levemente la cabeza para mirarla casi de reojo; la joven, con la misma expresión, asintió levemente, aún contra la pared. Ethant volvió a mirar hacia delante y siguió caminando.
Entonces la joven reaccionó.
-¡E… Espera!- Consiguió decir, sin saber muy bien cómo continuar…
Ethant se volvió a detener.
-Gracias…- Le dijo la joven.
Ethant no dijo nada y siguió adelante.
Entonces la chica frunció el ceño y se dirigió decidida a cortarle el paso…
-¡Eh! ¡Te he dicho gracias! ¡Por lo menos deberías mirarme a la cara! ¡Eres muy amable pero muy maleducado…!- Le espetó al joven que no creía lo que estaba pasando…
-Si no te importa… Tengo que irme…- Ethant trataba de evadir la mirada de reproche de aquella joven que tenía inclinada ante él en jarras.
-¡Ni siquiera me has dicho cómo te llamas! ¡Ni me has preguntado mi nombre!- Continuaba aquella chica ante el atónito Ethant…
Entonces el joven no pudo evitar fijarse en ella. Era muy guapa y aquel vestido no dejaba mucho a la imaginación… Su cabello rubio claro le caía por el rostro de piel clara y sus ojos brillaban con fuerza y viveza. Observó que, casi ocultas por el mar de pelo sedoso, llevaba unas pocas finas trenzas que le caían por delante de los hombros.
-Lo siento… No puedo decirte mi nombre- le dijo Ethant, esperando que lo comprendiese y le dejara irse…
Aquello no pareció convencer del todo a la muchacha.
-Vale… vale…- Aceptaba de mala gana- Pero, a cambio, debes aceptar lo que te voy a proponer…- Ethant vio un destello de sana malicia en los ojos de aquella joven que cada vez más le fascinaban…
Ethant no dijo nada, esperando la propuesta; si esa era la manera de poder marcharse…
-Esta noche hay un baile. Está organizado por el duque Vohn Casel; es muy amigo del rey y al baile irán muchos personajes distinguidos de Vaisora. Quiero que tú seas mi acompañante- terminó resuelta.
Ethant se quedó perplejo.
-Oye… Lo siento mucho, en serio… Pero no creo que sea buena idea…- Ethant intentaba que lo entendiera…
Pero aquella joven no estaba dispuesta a aceptar una negativa por respuesta…
-¡¿Qué dices?! ¡Una chica te invita a un baile por el que muchos matarían por asistir, ¿y tú dices que no?!
-Lo siento...- Dijo finalmente Ethant pasando a su lado sin dirigirle la mirada.
La joven bajó los brazos, decepcionada…
-Me recuerdas al lugarteniente del duque… aunque, pensándolo mejor, en realidad no te pareces en nada…- La joven no sabía exactamente porqué decía esto.
Ethant se paró en seco.
-¿El lugarteniente del duque?- Ethant tuvo un presentimiento.
La chica vio que, de algún modo, había captado su atención…
-Sí… Llegó aquí hace dos años. Nadie sabe cómo se llama… y siempre va con su espada… Aunque a lo mejor se lo ha dicho a alguna de sus muchas “amigas”…- Decía, intentando, presurosa, recordar más información…
Ethant se dirigió hacia la joven y le puso las manos sobre los hombros. Al mirarla, la chica se estremeció ligeramente y, aunque Ethant no llegó a percibirlo, se ruborizó.
-¿Cómo es?- Preguntó de forma precisa.
La chica intentó recuperar la compostura y desvió la mirada, intentando recordar. Entonces se acordó de algo.
-Yo y mis amigas lo llamamos “el forajido”- Ethant abrió mucho los ojos mientras la chica seguía hablando- Porque su aspecto recuerda al de un forajido muy buscado. Pero no puede ser él, claro… Además, tienen el pelo de distinto color…- Cuando la chica parecía a punto de llegar a alguna conclusión con sus comentarios, se vio interrumpida por el joven, que la apretó ligeramente los hombros.
-Iré… Iré contigo a ese baile-Dijo, decidido.
A la chica se le iluminó la mirada y una sonrisa se dibujó en su rostro.
-¡Estupendo! ¡Y ahora… vamos de compras!- Dijo “liberándose” de las manos del joven y caminando decidida hacia la salida del callejón en el que se encontraban.
Ethant repetía en voz baja, incrédulo, mirando hacia un punto perdido, las últimas palabras de la chica… Entonces se giró al ver que la joven se había detenido.
-Me llamo Cyntia- le dijo con una amplia y cálida sonrisa cerrando suavemente los ojos.
Caminaban por una de las calles del mercado de la ciudad. Numerosos puestos estaban dispuestos en fila a ambos lados de la calle, en los cuales podían comprarse las más diversas cosas. Cyntia miraba de un lado a otro sin perder detalle de lo que se ofrecía en cada puesto…
-Mmm… aquí hay muchas cosas pero no veo nada que nos sirva…- Dijo pensativa.
Ethant se veía a sí mismo caminando con ella por un lugar así y cada vez se sentía más desconcertado…
En un momento determinado, mientras seguían caminando, Cyntia se agarró al brazo de Ethant ante la sorpresa de este. Cyntia iba sonriendo apoyándose cada vez más en el joven, que miraba a un lado y a otro sin saber qué hacer…
Una pareja de ancianos pasó al lado de ambos y aquellos les observaron con expresión afable; la señora sonrío y dirigió la mirada a Ethant antes de pasar de largo.
-“¡Pero bueno! ¡¿Por qué nos miran así?!”- Se preguntaba el joven sin comprender…
-Oye…- Le comenzó a decir Cyntia- ¿Te has fijado que todo el tiempo nos está siguiendo un caballo más atrás?- Dijo girándose hacia Hildergart, que avanzaba entre la gente, provocando que muchos de los viandantes se lo quedaran mirando, sin perder de vista a su amigo y a la joven que iba con él.
Ethant se giró y lo vio.
-Va conmigo. Se llama Hildergart- dijo.
La joven miraba a Ethant con los ojos muy abiertos, sorprendida.
-¡Pero si no está atado! ¡¿Cómo es posible que te siga y no se vaya por ahí… a vivir su vida?!- Preguntaba la chica pareciéndole algo muy razonable…
-Hildergart es mi amigo… y es libre de ir a donde quiera…- Le intentaba explicar Ethant.
La joven no se lo acababa de explicar y se detuvo en seco, haciendo que Ethant también se detuviera, esperando a que Hildergart los alcanzase.
El magnífico corcel se abría paso entre la gente despertando admiración y curiosidad entre los que se encontraban más cerca; y los que se percataban de su presencia, en general. Llegó a la altura de ambos jóvenes y se detuvo. Cyntia lo miraba maravillada y lo acarició con sus delicadas manos en la cabeza y la frente. Hildergart respondía, encantado, con leves movimientos de cabeza, y uno de ellos fue tan efusivo que desplazó a la chica unos centímetros.
-¡Ey, ja, ja, ja!- Exclamó la joven, divertida.
Emprendieron la marcha seguidos de más de cerca por el noble corcel.
Después de recorrer una gran parte de los puestos del mercado salieron a una amplia calle en la que solo había tiendas, tiendas de todo tipo. Cyntia seguía cogida del brazo de un “paciente” Ethant…
-¡Ah! ¡Allí!- Exclamó la chica después de mirar a su alrededor y fijar su vista en una tienda que quedaba más adelante a la derecha.
Ethant se fijó en el cartel; se trataba de una tienda de ropa para hombre.
Entraron. Cyntia soltó al fin el brazo del joven y se perdió entre las telas y prendas de vestir que inundaban el local. Una mujer joven se acercó sonriente a Ethant.
-Buenos días. ¿Desea algo?- Le preguntó la mujer, muy atractiva, con el pelo negro, liso y en media melena, y los ojos color avellana; vestía camisa, pantalones largos y zapatos cómodos de tacón.
-Eeeh… Yoo…- Balbuceaba Ethant sin saber qué contestar…
Entonces apareció Cyntia con varias prendas sobre las manos.
-¡Mira, pruébatelo!- Le dijo emocionada.
-Muy bien, veo que pueden arreglárselas. Si necesitan algo, no duden en llamarme- decía sonriente la mujer que regresaba al mostrador.
Cyntia asentía sonriendo agradecida sin apenas poder contener las ganas que tenía de que Ethant se probara lo que le llevaba. Entonces le tendió el montón de ropa al joven que casi lo atrapó al vuelo. Ethant bajó la vista y observó lo que la chica le había buscado: unas mallas azul celeste, una camisa emperifollada del mismo color y un sombrerito de tela semejante a una boina, con rabito, a juego con lo demás. Ethant abrió la boca, con los ojos muy abiertos, horrorizado…
-No pienso ponerme esto…- dijo, sin apenas cambiar la expresión y temblando ligeramente…
Cyntia no pareció decepcionarse pero se extrañó al revisar la ropa.
-Mmm… Vale. Creo que no era lo más adecuado. ¡Ahora vengo!- Dijo antes de arrebatarle las espantosas prendas celestes y perderse de nuevo en las profundidades de aquel lugar misterioso e indómito a los ojos de Ethant…
Cyntia volvió de nuevo cargada con ropa.
-Ve al probador y ponte esto- le dijo, al tiempo que casi le golpeaba al pasársela, con una sonrisa y mirada de satisfacción, muy segura de su elección...
Ethant recelaba mirando la ropa que tenía en las manos, y se preguntaba cómo había llegado a aquella situación mientras se dirigía al probador…
Al cabo de un rato, salió ataviado con una túnica de un verde no muy oscuro, chaleco gris con solapas, cinturón negro de hebilla, pantalones negros y botas no muy altas marrón oscuro.
-¡Fantástico! ¡Eso es!- Exclamaba Cyntia entusiasmada mientras le iba recolocando la ropa a su gusto…
Incluso a Ethant le agradaba aquella indumentaria; se sentía extraño sin el peso de la armadura…
Se dirigieron al mostrador y la mujer sonrió al ver a Ethant de arriba abajo y viceversa.
-¿Se lo llevará puesto?- Preguntó.
-Sí- contestó Cyntia.
La joven pagó y ambos salieron a la calle. Ethant guardó su ropa y armadura en los fardos que portaba Hildergart, al lado de la espada.
-Oye…- Le comenzó a decir Cyntia a Ethant.
-¿Mm?- La miró el joven.
-¿Tienes hambre?
Al cabo de un rato estaban sentados en la mesa de una terraza. Alrededor, la mayoría de las mesas estaban ocupadas.
-¿Te gusta? Lo llaman “crema fría”. Curioso, ¿verdad?- Le decía Cyntia mientras se llevaba una cucharada de aquella crema, color amarillo claro, a la boca.
Ethant asentía mientras degustaba la suya, color verde, saboreándola y sin dar crédito a lo fría que estaba. Entonces se dio cuenta de que llevaba varias horas sin pensar en todo aquello que había ocupado sus pensamientos, acompañándolo, durante los últimos tiempos. Tenía que reconocer que el tiempo que pasaba con Cyntia era muy agradable y algo a lo que no estaba acostumbrado… Ethant miró a Cyntia y esta le dedicó una de sus radiantes sonrisas. El joven se la devolvió a su manera. No tenía ni idea de que en la vida pudiera haber algo así…
Cuando terminaron su “crema fría” se separaron durante unas horas y quedaron en verse en el salón principal de la casa del duque. Cyntia había insistido en que podía quedarse en una de las habitaciones de invitados de su casa, pero Ethant no aceptó. La idea le producía un temor que no podía explicar…
Cuando comenzaba a anochecer, Ethant llegó a lomos de Hildergart ante la casa del duque. En realidad se trataba de un pequeño palacio, con guardia personal.
Ethant se despidió de Hildergart. Se dirigió a la puerta de entrada, custodiada por dos guardias armados con ornamentadas alabardas. Se detuvo ante ellos, pero estos se apartaron dejándole pasar. Por lo visto tenían su descripción; eso quería decir que Cyntia ya estaría dentro…
Atravesó un amplio vestíbulo que llevaba directamente al gran salón. Numerosas parejas de todas las edades y debidamente engalanadas iban llegando y dirigiéndose inexorablemente al lugar donde tendría lugar el baile.
Cuando Ethant cruzó el umbral, se encontró ante una sala enorme, llena de cuadros y objetos de arte, en cuyo techo había una lámpara inmensa. La sala estaba repleta de gente que hablaba y reía. Una amplia escalera cubierta por una alfombra rojiza subía hasta el piso superior, en donde se encontraban algunos de los guardias.
Ethant miraba a los alrededores. Y entonces la vio.
Cyntia llevaba un vestido de seda azul celeste, muy escotado, y zapatos blancos de tacón. Llevaba el dorado cabello recogido y portaba dos pendientes que brillaban; aunque no tanto como su rostro… Miraba hacia otro lado, distraída. Entonces se percató de la presencia de Ethant, que se la había quedado mirando, sin moverse, olvidándose de todo durante unos instantes…
-¡Hola!- Lo saludaba la joven con su mano enguantada en blanco hasta casi el codo.
Ethant respondió con un torpe agitar de una mano. La joven se acercó con paso veloz.
-¡Llegas justo a tiempo! ¡El baile va a comenzar!- Decía impaciente.
Ethant no sabía como resolvería aquello de “bailar”… Pero entonces algo reclamó su atención.
Lentamente se giró hacia la escalera… Con los pies en diferentes escalones, mirándolo con expresión incrédula, como si hubiera visto un fantasma, se encontraba un hombre vestido elegantemente… con el pelo largo y bien cuidado… fino bigote y barba pequeña… El pelo era de diferente color, azul oscuro… pero era él…
Era Amadheus.
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