El Jinete Olvidado
Los recuerdos perdidos…
Pasaron varias jornadas desde que dejaron Vaisora detrás. Ethant había intentado alejarse lo máximo posible cuanto antes… Y, aunque intentaba quitársela de la cabeza, no lo conseguía…
El paisaje no había variado demasiado durante aquellos días: bosques en los alrededores, alternados por amplias zonas de pastoreo, y pequeñas aldeas aquí y allá. El tiempo había empeorado; casi siempre permanecía el cielo gris, con algunas lloviznas ocasionales, y hacía más viento y frío que días atrás.
No faltaba mucho para el mediodía; aunque el sol seguía sin hacer acto de presencia. Ethant, a lomos de Hildergart, contemplaba el camino descuidado que se extendía delante; cada vez estaba en peores condiciones, como si se difuminara, amenazando con borrarse… La maleza cubría salvajemente los alrededores, impidiendo ver más allá.
Como le venía ocurriendo desde que abandonaran Vaisora, el joven se encontraba inmerso en sus pensamientos… A veces se sentía confuso… perdido…
Entonces, a su izquierda, pudo ver entre los matorrales un camino prácticamente oculto que se internaba en la espesura. Ethant instó a Hildergart para que se detuviese. En ese momento, una brisa fría agitó su cabello mientras miraba, muy quieto, hacia el camino recién descubierto… En esos instantes, su atención se centró en aquello. No sabía por qué, pero algo le decía que debía ir por allí; y, por algún motivo, comenzaba a tener una sensación que le resultaba lejanamente familiar…
Se internaron por el camino cubierto de vegetación, claro indicio de haber sido abandonado hacía mucho tiempo. Avanzaron durante largo rato, enlentecidos por los obstáculos que el bosque había puesto en el camino; Ethant debía ayudarse con las manos para apartar las ramas y las hierbas altas. En determinados momentos, tuvo que utilizar su espada para abrirse paso…
Tras avanzar un largo rato, llegó un momento en que el camino estaba cada vez más despejado, hasta que ya no hubo prácticamente ningún obstáculo para avanzar con normalidad.
A medida que continuaba adelante, aquel lugar le resultaba más y más familiar…
Finalmente, llegaron a un claro rodeado de altos árboles. Casi oculta entre otros más bajos y de ramas retorcidas, se encontraba una pequeña casa. Ethant detuvo a Hildergart y observó la construcción con atención.
Era una casa no muy grande. Le faltaba el tejado y la madera estaba carcomida y ennegrecida. Las ventanas estaban cerradas desde dentro, al igual que la puerta desvencijada y de madera astillada…
Ethant desmontó de su fiel corcel y se dirigió lentamente hacia la entrada, como atraído por algo que lo llamaba desde el interior de aquella casa…
Se detuvo ante la puerta. El cielo se había oscurecido levemente. Llevó la mano hasta la agarradera y abrió, haciendo chirriar los goznes de la vieja puerta… Cruzó el umbral.
Dentro, a pesar de no tener techo, se conservaba una atmósfera lóbrega… El polvo flotaba en el aire y había telarañas por todas partes. Los pocos muebles que había en la estancia, estaban volcados y rotos; era evidente que habían desvalijado aquella vivienda. Al caminar, el suelo de madera levantada crujía bajo sus pasos.
Llegó a un corto pasillo que daba a las otras estancias de la casa. Se detuvo en la primera y se asomó. Era una habitación pequeña. Había una cama destrozada, sin ropa, una estantería en el suelo, sin un estante en condiciones, y un escritorio partido en dos con algún tipo de arma contundente. Ethant sentía algo en aquella habitación… pero no sabía de qué se trataba… El joven contemplaba hasta el más mínimo detalle de aquella habitación, cuya ventana estaba abierta. La ventana… El joven se aproximó y miró desde dentro: daba a una hondonada que quedaba a unos cien metros de distancia, con las montañas, borrosas, al fondo; las nubes grises, se movían cada vez a más velocidad, oscureciéndose poco a poco. Aquella visión… ya la había visto antes… Pero, ¿dónde? ¿En un sueño?
Y entonces, al girarse, vio que algo se encontraba semioculto bajo los restos astillados de la cama. Se acercó y se agachó para recogerlo: era un caballo de madera, tallado con esmero…
Entonces Ethant lo comprendió. No es que aquel lugar hubiera aparecido en un sueño… Es que él ya había estado allí antes… Era su casa.
Los recuerdos comenzaron a llegar a su mente como una tromba de agua que lo inunda todo. La puerta, cerrada a cal y canto, tras la cual se guardaban, se había abierto de golpe y salían con una fuerza desbordante…
Aquel caballo de madera lo había tallado su padre cuando él tenía nueve años. Pero, aunque lo intentaba, no conseguía recordar el rostro de su padre, que aparecía en sombras… Al igual que el de su madre…
Pero lo que sí podía recordar claramente era la sensación de seguridad y la calidez de su hogar… Incluso llegó a sentir la felicidad de cuando era pequeño… algo que no había vuelto a sentir hasta aquel momento, aunque fuera de manera fugaz…
Pero entonces sus recuerdos comenzaron a tornarse más oscuros…
Él estaba jugando con el caballo de madera que le había tallado su padre, y sus padres estaban con él en la sala de estar. Fuera era de noche y llovía; llovía muy fuerte… Entonces se escucharon cascos de caballo aproximarse, acompañados de los furiosos relinchos de más de uno, como si fueran a tirar la casa abajo… Su padre se levantó de inmediato y comenzó a apagar apresuradamente las luces de las lámparas mientras su madre lo rodeaba con sus brazos, asustada, y se lo llevaba a un rincón de la estancia… Su padre les hacía una seña para que guardaran silencio…
Al cabo de un rato, ya no se oía ruido del exterior; parecía que, quien fuera que se hubiese aproximado a la casa, ya se había marchado…
Pero no era así.
La puerta se abrió estrepitosamente tras propinarle una patada una figura de pelo largo y bien cuidado enfundada en ropa elegante. Su madre sofocó un grito tapándose la boca con fuerza, mientras que su padre dio un paso al frente, encarando a la negra figura…
-“¿¡Quién eres?! ¡Fuera de mi casa!” Le exhortó levantando el puño apretado. Ahora Ethant recordaba que su padre tenía un espeso bigote y los ojos igual que él…
La figura sonrió burlona mostrando los dientes y se apartó dejando paso a otro hombre, más alto y corpulento, ataviado con una armadura que solo le dejaba la cabeza al descubierto.
-“Buenas noches. Nos hemos acercado hasta tu morada porque llevamos días viajando y tenemos hambre. Necesitamos comer algo decente. ¿No hay nada que nos puedas ofrecer?” Hablaba con voz grave y que no terminaba de inspirar confianza…
Su padre pareció bajar la guardia. Dio unos pasos al frente acercándose a aquel hombre, envuelto en la penumbra, que le acababa de hablar.
-“Si os doy comida, ¿os marchareis?” Preguntó, esperanzado…
Lo siguiente que sucedió transcurrió muy rápido. La figura que se había quedado a un lado se abalanzó sobre su padre tras escucharse un sonido metálico y le atravesó con una larga espada de hoja estrecha. Su madre no pudo evitar emitir un sonido de desesperación aún con la boca tapada. Él estaba totalmente paralizado, como si todo aquello fuera una horrible pesadilla… Su padre inclinaba el cuerpo y poco a poco se le iban doblando las rodillas hasta clavarlas en el suelo. La figura que le había atacado extrajo rápidamente el arma y la volvió a envainar.
-“¿Es que no puedes controlarte un poco?” decía el hombre que más imponía reprobando levemente al otro.
-“No hace falta que perdamos el tiempo, jefe.” Contestó.
El otro hombre no dijo nada, sin mostrarse del todo convencido; aunque parecía que poco a poco le iba dejando de importar…
Su padre, mientras los otros dos seguían hablando, se giró con esfuerzo para mirar hacia donde se encontraban él y su madre. Entonces recordó el cabello pelirrojo, largo y ondulado de su madre, y sus ojos color avellana. Aquellos ojos inundados en lágrimas que miraban fijamente a su herido padre.
En ese instante, sin apartar la mirada, vio que su madre asentía con dificultad y comenzó a incorporarse sin soltarle. Sin hacer ruido, y sin dejar de mirar a su padre, ella prácticamente lo arrastraba hacia el pasillo; él miró hacia su padre, que ahora lo miraba, y vio como una afable sonrisa, como tantísimas otras veces, se dibujaba en su rostro, provocando que las lágrimas resbalaran por sus mejillas, cayendo una de ellas en el caballo de madera que tenía aferrado en todo momento… Su padre se alejaba, se alejaba, hasta que fue engullido por la oscuridad…
Y en ese momento, su mirada se desvió a la vez que dos ojos de luz rosa le enfocaban intensamente a través de la negrura, mientras su madre le llevaba a su habitación, cerrando la puerta de inmediato… Iban dando lentos pasos hacia atrás; notaba cómo su madre temblaba y lloraba, agarrándole con fuerza.
Pasaron varios minutos y casi no se escuchaba a aquellos dos hombres hablar. Pero estaba claro que seguían allí. De vez en cuando se escuchaban pasos que iban y venían de un lado a otro de la sala.
Entonces, las voces elevaron el tono.
-“¡Nunca!” Oyó claramente a su padre. Su madre no pudo contener una exclamación.
Lo siguiente que escuchó fue un fuerte golpe acompañado por un gemido de dolor de su padre y otro golpe contra el suelo.
Su madre se llevaba lentamente una mano a la boca; tenía los ojos muy abiertos y estaba horrorizada. Entonces comenzaron a escucharse las voces y los pasos de los intrusos aproximándose a la habitación. Él apretaba el caballo de madera con más fuerza si cabía…
-“No lo entiendo, jefe. ¿Qué le ha dado con ese niño?” Decía el que había atacado a su padre.
El otro no contestó. Ambos se detuvieron ante la puerta. Él y su madre contuvieron la respiración…
El pomo de la puerta giró lentamente… y, cuando quien intentaba abrir vio que no podía, giró y empujó con fuerza y la puerta se abrió resquebrajándose con estrépito.
El tipo más imponente aparecía ante él; dio unos pasos al frente, mirándole desde su altura…
-“¡Corre Ethant! ¡Por la ventana!” Su madre lo apartaba y lo empujaba hacia la ventana, que ahora estaba cerrada, y se interponía entre él y los dos hombres…
Pero él se quedó paralizado; no quería dejar a su madre sola con aquellos dos malditos…
-“Su padre y yo hemos llegado a un acuerdo… o se podría decir que así ha sido…” Mintió aquel hombre de pelo largo y un extraño halo de majestuosidad…
Pero su madre no se movía, bloqueando el paso con los brazos extendidos…
-“Jefe…” Se iba a ofrecer el otro… pero no pudo acabar de hablar.
Horrorizada, su madre vio como el tipo corpulento la agarraba por el cuello con su mano rugosa y la alzaba del suelo. Él contemplaba la escena muerto de miedo y saltó a agarrarse a su madre, intentando bajarla al suelo mientras se convulsionaba desesperada…
-“Huye… Ethant…” Fueron sus últimas palabras antes de dejar caer la cabeza…
Notaba como sus lágrimas no se detenían y le caían en la ropa, y en la de su madre, que ya no se movía…
Aquel hombre simplemente soltó la mano y su madre cayó como un peso muerto. Ethant se arrodilló, sosteniendo con fuerza el caballo de madera, y contempló, deseando despertar de aquella pesadilla, el rostro en paz de su madre…
-“Vamos, pequeño amigo… Tenemos que irnos” Le decía el hombre que acababa de matar a su madre. –“Podemos esperar a que los entierres…” Concluyó.
El otro miró incrédulo a su jefe… Pero se lo había dicho en serio.
Ethant se incorporó y miró a su madre. Mientras tanto, los dos hombres salieron de la habitación.
En ese momento ya no sabía si aquello era real, si era una pesadilla… o ni una cosa ni otra…
Desde ese momento ya no se cuestionaba nada. Tardó varias horas pero enterró a sus padres, justo al lado de la casa.
-“Nos vamos” Dijo el hombre de la armadura negra.
Ahora Ethant veía claramente sus rostros: eran Jezabelt y Amadheus.
No dijo nada. Estaba cubierto de tierra. Jezabelt le subió a la grupa de su bravo corcel, detrás de él. Emprendieron el camino en mitad de la noche. Ni siquiera se giró para ver su casa por última vez…
Ethant salió al pasillo y siguió mirando el resto de las vacías estancias hasta llegar a la cocina. Entonces llevó la vista a la puerta de atrás de la casa y siguió recordando…
Por la mañana llegaron a una especie de campamento levantado en la llanura. Estaba rodeado por una cerca de altas y gruesas estacas de madera, acabadas en punta. Un tipo muy delgado, calvo, con un fino y largo bigote, ataviado solo con pantalones, cinturón y botas salió a su encuentro. Podían escucharse gritos y sonidos de látigos a lo lejos. Más allá, el terreno descendía hasta llegar a un barranco que daba al desierto. Aquello era un campo de entrenamiento.
-“Hola Tarbas.” Comenzó a decir Jezabelt. –“Como te prometí, aquí te traigo a alguien que puede valer… Ahora estamos en paz.” Terminó.
Aquel tipo le miraba desagradablemente con sus ojos pequeños y expresión desconfiada…
-“Si tú lo dices…” Dijo sin mucha convicción.
-“Dentro de cinco años volveré a buscarle.” Dijo Jezabelt.
Cogió a Ethant y lo bajó al suelo con inusual cuidado.
El tipo delgado no acababa de verlo claro… pero asintió.
-“Espero que no muera en seguida… Necesito mercenarios para seguir con el negocio. Este te lo devolveré pero a cambio de un porcentaje de lo que consiga contigo… Entonces estaremos en paz de verdad” Quiso dejar claro el tipo sibilino.
-“Descuida” Zanjó Jezabelt comenzando a irse, seguido por Amadheus, dirigiéndole una última mirada, con sus duros e intensos ojos de color rosa oscuro...
Aquella noche durmió en la que sería su “habitación” durante los cinco años siguientes: una celda, oscura y húmeda, con una cama mugrienta; alguna rata entraba de vez en cuando, atravesando los barrotes, pugnando con él por atrapar la comida que le dejaban en un plato en el suelo, a veces, una vez al día…
Lo siguiente no lo veía con claridad… Sangre, sudor, dolor, gritos, golpes, arena, huesos rotos, cadenas, latigazos… llegaban a su memoria de forma confusa…
Y llegó el día.
-“Hoy se cumplen cinco años desde que llegaste aquí. Ahora veremos qué has aprendido…” Decía Tarbas con desprecio.
Él estaba en medio del círculo de arena en el que se desarrollaban los combates, vestido con ropas sucias y raídas. Miró a su alrededor y vio que estaban todos: los ayudantes de Tarbas, armados con sus látigos, y sus compañeros de entrenamiento, individuos, todos mayores que él, venidos de varias partes, criminales, los cuales, en su mayoría, le habían maltratado en mayor o menor medida… y los demás les habían seguido el juego burlándose e insultándole… Y ante él el peor de todos: Koros, un tipo enorme de pelo y ojos negros, no mucho mayor que él, pero que ya había asesinado a varios de sus “compañeros” durante los entrenamientos, para satisfacción de Tarbas y sus ayudantes… Llevaba un sable enorme, largo y ancho, y sonreía malévolamente con impaciencia. Koros le odiaba desde el principio y había instigado a otros para hacerle la vida imposible… e incluso quitársela…
Tarbas se acercó y lanzó un arma a los pies de Ethant. Era un sable oxidado y astillado, que parecía que se podía romper en cualquier momento…
-“¡Empezad!” Exclamó Tarbas.
Ethant se había quedado mirando el sable… Era la primera vez que le daban un arma que no fuera de madera… Miró hacia arriba y vio a Koros abalanzarse hacia él con el sable en alto, dispuesto a acabar el duelo cuanto antes… Él se agachaba, como si todo transcurriera a cámara lenta, sin quitarle la vista de encima, y rodeaba la empuñadura del sable con su mano vendada… mientras que Koros ya llegaba…
La mirada de furia Ethant se intensificó hasta casi desaparecer sus pupilas. Y todo se volvió negro.
Jezabelt llegó acompañado de Amadheus y Athlas. Miraba alrededor, sin comprender…
Entonces vieron a Ethant sobre una roca solitaria, en medio de todo aquello… Estaba sentado, apoyado sobre una rodilla flexionada, sudando y jadeando, cubierto por sangre que no era la suya, con las manos heridas y sosteniendo el arma manchada de un rojo oscuro… Levantó la mirada y se cruzó con la de Jezabelt. Este miró de nuevo alrededor. Amadheus y Athlas llevaban un rato contemplando atónitos en todas direcciones.
Todo estaba lleno de cadáveres. La sangre se confundía con la arena. Solo Ethant quedaba vivo.
-“¿Qué… qué ha pasado aquí?” Preguntó Athlas adelantándose a examinar los cuerpos…
-“No puede ser…” Decía Amadheus negando, sin aceptarlo, con la cabeza...
-“¡Están… Están destrozados… Como si los hubiera atacado una fiera salvaje…!” Exclamaba, casi aterrorizado, Athlas.
Jezabelt escuchaba estas palabras mientras seguía mirando a Ethant, que le devolvía la mirada, desafiante, sin dejar de jadear…
Entonces Jezabelt, con una expresión de orgullo en su severo rostro, sonrió.
Ethant salió al exterior y se detuvo ante las tumbas de sus padres. Sostuvo el caballo de madera y lo miró durante unos instantes. Entonces recordó lo que le dijo su padre cuando se lo dio, recién terminado, sin él poder contener la ilusión…
-“Ethant, a este caballo lo llamaremos… Hildergart.”
Ethant miró hacia el cielo, un cielo rosado de atardecer, sin poder contener las lágrimas.
Entonces abrió los ojos, decidido. Guardó el caballo de madera en sus alforjas. Subió a lomos de Hildergart y, tras mirar una última vez hacia su casa... y hacia la tumba de sus padres… miró hacia la dirección por la que se había ido de allí una vez… e, intensificando la decidida mirada, agitó las riendas para salir al galope.
Hacia su venganza.
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