DETECTIVE NIGHT
El caso del ahorcado (1ª parte).
Los sonidos nocturnos de la ciudad se escuchaban lejanos. Hiro estaba de pie entre su despacho y la sala de estar, en medio de un gran desorden. Se encontraba a oscuras; la estancia solo estaba apenas iluminada por la luz que entraba del exterior. Llevaba en el mismo sitio casi una hora… con el teléfono en la mano y el número de Aki marcado en el mismo. Solo debía pulsar el botón de Llamada… Había estado a punto de hacerlo varias veces… pero luego se lo pensaba de nuevo y despegaba el dedo del botón…
-“Vamos… ¿Qué me pasa? Es muy sencillo… Lo pulsas… te contesta… y…- Llevaba repitiéndose estas palabras desde el momento que terminó de escribir el nombre de Aki en la pantalla del móvil…
Finalmente, y aún sin estar muy seguro de ello, se dispuso a llamar… Ya le daban igual las consecuencias… No podía esperar más…
Entonces sonó el móvil. A Hiro casi se le cae al suelo del sobresalto… Miró quién le llamaba a aquellas horas: era Izo.
-¿Izo? ¿Ocurre algo?- Preguntó Hiro extrañado.
-Hola Hiro… Espero no haberte despertado…- Hablaba con cierto tono de culpa.
-No, no, tranquilo… ¿Qué pasa?
-Eeeh… Ya sé que es muy tarde y que hoy han ocurrido muchas cosas… Pero ha surgido un caso y te llamo para pedirte que nos ayudes…
Hiro no sabía qué contestar. En aquellos momentos solo intentaba pensar en lo de Aki…
-¿Y de qué se trata?- Preguntó al fin, sin poderse resistir…
-Un asesinato.
A Hiro se le iluminaron los ojos.
-De acuerdo- dijo con decisión intentando controlar su entusiasmo sin demasiado éxito…
-¡Estupendo! Paso a recogerte en 20 minutos.
Cuando Hiro le dio al botón de Terminar Llamada, se dio cuenta de algo: durante unos instantes, no había pensado en Aki… ni en todo lo que tenía que ver con ella… Se dio cuenta de que se sentía aliviado… y también por no haber llegado a llamar… Probablemente no era el momento.
Se puso en marcha de inmediato, emocionado por la ocasión que se había presentado. El cansancio se había esfumado de golpe; ya habría tiempo de descansar. De todos modos, aquella noche no hubiese dormido en absoluto.
Hiro se encontraba ataviado con su gabardina en el asiento de copiloto del coche de policía que conducía Izo. Las luces de las farolas regulares iban iluminando el capó y la luna delantera del vehículo con un haz blanco intermitente.
-Izo… ¿Cómo se encuentra Mei?- Preguntó Hiro. Ahora era él el que hablaba con un evidente tono de culpabilidad…
-Ah… Bien. Se ha despertado. Aún se quedará hasta mañana por la mañana, hasta que se le pasen los efectos de la droga. Por cierto… Ha preguntado por ti- hablaba en un tono en el que había ausencia total de reproche…
A Hiro se le hizo un nudo en el pecho al oír estas últimas palabras.
-Oye… Izo…- Intentó disculparse el joven detective…
Izo levantó una mano y negó con la cabeza cerrando los ojos momentáneamente.
-No ha sido culpa tuya, Hiro. Yo sabía los riesgos que había… y ella también- dijo con una sonrisa sincera.
Hiro se sintió algo reconfortado. Hasta aquel momento no se perdonaba el que Mei hubiese estado en peligro… por su culpa…
-Imagino que dejará de venir…- Dijo Hiro convencido.
Izo rió.
-¡¿Qué dices?! ¡Ahora tiene más ganas que nunca! ¡A estas alturas ya deberías conocerla!
Hiro se alegró al oír esto y sonrió.
-Por cierto, Hiro… cambiando de tema…- Comenzó a decir Izo.
-¿Mm?- Hiro se extrañó al ver el tono de seriedad que había adoptado su amigo.
-Por lo que sé por las investigaciones preliminares, al parecer, el edificio de donde os sacamos albergaba el laboratorio secreto de Midrah.
Hiro también se puso serio.
-Ya… Por eso tenía ya preparados los explosivos… Por si las cosas le salían mal…- Dedujo el detective.
-Y queda claro que le salieron muy mal…- Dijo Izo con cierta ironía al recordar, al igual que Hiro, la magnitud de los hechos recientes.
Llegaron finalmente a la entrada de una casa en un barrio bastante lujoso. La casa tenía dos pisos y un aspecto algo antiguo, aunque con un aire majestuoso. Bajaron del coche y llegaron a la puerta del muro que separaba el jardín del exterior. Izo pulsó un botón en el portero automático. Hiro observó que había dos coches de policía, aparcados sin orden a ambos lados de la casa. Sonó una voz a través del portero automático.
-¿Sí?- Preguntó la voz de un hombre algo mayor.
-Somos el subinspector Brown, de la policía de Blue City y el detective Hiro Red- contestó Izo.
-Muy bien. Pasen.
Sonó un chasquido metálico en la puerta e Izo la empujó. La puerta se abrió con un ligero chirrido. Ambos la cruzaron y la puerta se volvió a cerrar.
Atravesaron un breve camino de piedra rodeado por un pequeño jardín a cada lado; aunque rebosante de plantas de todo tipo. Al llegar a la puerta, bajo una luz amarillenta que atraía los insectos, Izo tocó el timbre, que sonaba como una campana. Al cabo de unos segundos alguien abrió la puerta.
-Buenas noches. Gracias por venir- dijo un hombre de unos sesenta años vestido de mayordomo.
No era muy alto y más bien delgado; tenía el pelo corto y blanco, al igual que el bigote; y sus ojos negros tenían cierta serenidad. Hiro observó que iba ligeramente encorvado.
-Buenas noches. Necesitamos que nos acompañe hasta donde se encuentra el cadáver- solicitó Izo.
El hombre asintió lentamente cerrando los ojos con una sonrisa forzada, como si, en general, le costara moverse.
-Pasen- les dijo yendo hacia atrás un paso, dejándoles espacio para que entraran.
-Muy amable- contestó Izo comenzando a caminar. Hiro dio un último vistazo a los alrededores y cruzó el umbral.
El mayordomo cerró la puerta tras ellos. Se encontraban en el vestíbulo de una casa de aspecto bastante antiguo, tenuemente iluminada, aunque decorada y llena de objetos que denotaban el poder adquisitivo de su dueño.
-Por aquí- dijo el hombre comenzando a caminar lentamente, encorvándose aún más.
A Hiro le llamó la atención que pareciera más mayor de lo que realmente era.
-Por cierto, ¿usted es…?- Preguntó Izo.
El hombre se detuvo, como si se resistiera a girarse para contestar. Hiro prestó atención a la respuesta del mayordomo.
-Me llamo Goro Waller. Soy el mayordomo de esta casa-contestó con una nueva sonrisa forzada.
Entonces Hiro quiso comprobar algo. Se dirigió derecho hacia el mayordomo ante la sorpresa de Izo.
-Hola. Me llamo Hiro Red y soy detective- le dijo, mostrándose jovial, al tiempo que le ofrecía una mano, ante la cara de asombro de su amigo.
El hombre se quedó mirando la mano, dudando… tal como se imaginaba Hiro. Finalmente, con cierta mala gana mal disimulada, levantó lentamente su mano y estrechó la del detective. Hiro notaba que le daba la mano prácticamente sin fuerza… casi como si no se la diera. El mayordomo continuó caminando sin decir nada. Izo se giró a su amigo al tiempo que ambos comenzaban a caminar siguiendo a aquel hombre.
-¿A qué ha venido eso? No te he visto darle la mano a nadie en mi vida…- Dijo susurrando para evitar ser escuchado por el mayordomo.
Hiro no contestó y siguió mirando al mayordomo mientras caminaba, con aquella mirada que Izo ya había visto con anterioridad, cuando el detective estaba totalmente inmerso en la investigación de un caso…
Tras recorrer un largo pasillo que giraba una vez y continuaba, se acercaban a una amplia estancia con una gran mesa alargada en el centro. Sobre la misma, en el alto techo, se veía una gran lámpara antigua. Desde donde se encontraban, podían adivinarse más de aquellos cuadros que abundaban por la casa; cuadros de dudoso gusto, en opinión de Hiro…
Cuando entraron en la sala abierta, vieron a cuatro agentes de policía de aquí para allá manipulando cámaras de fotos, pinceles y otros utensilios. Cuando el policía que había a la derecha, cerca de la puerta doble por donde habían entrado, se apartó, dejó al descubierto el motivo por el que Hiro e Izo estaban allí…
Colgado de una soga sujeta a una de las vigas de madera situadas en cada esquina de la sala, se hallaba el cuerpo sin vida de un hombre de unos cincuenta años, bastante orondo, vestido en batín y zapatillas; era casi calvo y su cabello, algo largo, y fino bigote eran castaño claro con abundantes canas; tenía la boca muy abierta en una mueca de sufrimiento, y los ojos claros desorbitados, en una expresión de horror… A sus pies, había una silla volcada.
-Aquí tenemos el cadáver. ¿Se trata del dueño de la casa?- Preguntó Izo al mayordomo imaginándose la respuesta.
Este observaba el cuerpo de aquel hombre ahorcado con una expresión difícil de descifrar. Al principio parecía que no había oído la respuesta.
-Sí. El señor Donalson- contestó escuetamente.
Uno de los policías se acercó a Izo. Iba ataviado con la ropa de agente raso del departamento forense: uniforme azul marino con botas, guantes y cinturón negro y una gorra del mismo tono de azul.
-Subinspector Brown. Hemos terminado de procesar la escena. ¿Avisamos a la oficina del forense para que vengan a recoger el cuerpo?
Izo miró el cuerpo inerte del señor Donalson.
-Sí, pero ¿saben si se trata de un suicidio o de un asesinato?- Preguntó.
Hiro caminaba lentamente alrededor del cuerpo, observando atentamente…
-Todo parece indicar que se trata de un suicidio- concluyó el joven agente.
-Ni hablar- dijo súbitamente Hiro ante la sorpresa de los demás, especialmente del mayordomo- Se trata de un asesinato.
Los otros tres agentes dejaron de golpe de hacer lo que estaban haciendo al oír la afirmación del detective.
-Pero señor… Las pruebas que hemos hallado nos indican que el dueño de la casa se suicidó…- Intentó explicar el agente.
Hiro seguía observando atentamente el cuerpo. El mayordomo guardaba silencio, en un discreto segundo plano, sin mirar directamente al detective pero atento a todos lo que decía.
-Hiro… La verdad es que, viendo la escena, estoy de acuerdo en que esto es un suicidio- dijo Izo coincidiendo con el agente- Me temo que te he llamado para nada…- Hablaba con un tono de disculpa.
Pero Hiro estaba convencido.
-Estoy seguro que las pruebas indican que se trata de un suicidio… pero su expresión me dice que no es así- el mayordomo abrió mucho los ojos al oír esto último.
Izo miró alrededor.
-Hum… Veamos… ¿Vivía alguien más en esta casa aparte de usted y el señor Donalson?- Preguntó Izo al mayordomo.
Este negó con la cabeza cerrando los ojos. Su expresión era de creciente irritación contenida…
-En esta casa solo vivía el señor Donalson y yo mismo. El dueño de la casa nunca se casó ni tuvo descendencia.
Izo se quedó pensativo.
-¿Y han recibido en las últimas horas la visita de alguien?- Siguió preguntándole.
El mayordomo volvió a negar con la cabeza.
-El señor Donalson nunca recibía visitas de nadie- contestó el mayordomo.
Hiro prestaba atención al mayordomo, observándole.
-¿Sabe si tenía enemigos? Por deudas… o algo…- A Izo se le acababan los intentos de corroborar la teoría de Hiro…
El señor Waller no pudo contener una sonrisa irónica. Esto llamó la atención de Hiro.
-¿Qué si tenía enemigos…? Más de los que usted se pueda imaginar… El señor Donalson era alguien francamente despreciable…- El mayordomo se detuvo de inmediato, consciente de que se le estaba soltando la lengua…
Y de esto se dio cuenta Hiro.
Izo volvió a mirar el cuerpo de aquel hombre tan voluminoso.
-Haría falta mucha fuera para izar a un hombre de tanto peso…- Decía, dirigiéndose indirectamente a Hiro, en clara referencia a la imposibilidad de que pudiera haber sido el mayordomo…
Hiro captó a su amigo. La verdad es que comenzaba a dudar mientras observaba una vez más el cuerpo colgado del señor Donalson…
Entonces a uno de los agentes que seguía recogiendo muestras, y que estaba situado varios metros más alejado de los demás ocupantes de la sala, se le cayeron unas pequeñas pinzas que produjeron un fino y casi inaudible sonido metálico. En ese mismo instante, con un movimiento corto, rápido e imperceptible de cabeza, el mayordomo desvió su atención momentáneamente hacia el lugar de donde había provenido aquel sonido… en el mismo instante de producirse. A la vez, Hiro percibió esto…
El agente habló un momento con Izo y salió por la puerta. Este se dirigió a su amigo.
-Ahora vendrán a recoger el cadáver. Le practicarán la autopsia para ver si muestra más signos de violencia.
Hiro observó que el señor Waller parecía tranquilizarse por momentos…
-“No encontrarán nada”- estaba convencido el detective.
-Creo que ya hemos acabado aquí, Hiro…- Intentaba decirle Izo, sabiéndole mal que hubiese venido en vano…
Entonces Hiro se acercó al mayordomo. Este se sorprendió un poco.
-Disculpe… ¿Tienen patio exterior?- Preguntó ante la expresión de interrogación de Izo y del propio Waller.
El mayordomo no sabía a qué venía aquella pregunta.
-Sí… Si sale por aquella puerta y sigue recto, saliendo de la cocina hay un patio. ¿Quiere que le acompañe?- Se ofreció de forma inesperada.
Hiro se fijó en este repentino cambio de actitud.
-No se preocupe. Puedo ir yo- dijo encaminándose hacia allí donde le había indicado.
Al principio el mayordomo comenzó a tensarse, preocupado… pero tras pensarlo mejor, volvió a tranquilizarse encogiéndose ligeramente de hombros. Izo no sabía qué pretendía Hiro. ¿Buscaba la vía de entrada de un posible intruso? Las pruebas decían que allí no había entrado nadie…
Hiro llegó al patio. Se encontró con la noche. No era un patio excesivamente grande pero había mucho espacio. Miró atentamente en los alrededores, intentando otear en la oscuridad reinante. Entonces algo le llamó la atención. Se aproximó a un montón de sacos. Sobre uno de ellos vio unas zapatillas; cogió una y observó la suela: estaba muy desgastada. Y cuando la volvió a colocar en su lugar vio que uno de los sacos cercanos estaba roto… y de un agujero había arena salida…
Ahora ya sabía cómo lo había podido hacer el asesino.
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