domingo, 14 de octubre de 2012

Detective Night - Capítulo 14

DETECTIVE NIGHT

El caso del ahorcado (2ª parte).


Hiro regresó de la oscuridad nocturna, reapareciendo tras atravesar el pasillo en penumbra, llegando a la sala donde se encontraba el cadáver y los demás.
-¡Hiro! ¿Dónde estabas?- Preguntó Izo, intrigado.
El señor Waller, imperturbable, no perdía de vista al detective…
-He ido a dar un vistazo…- Contestó el detective como quitándole importancia.
Hiro observaba que los policías estaban terminando de recoger las cosas. Dos ya se habían ido.
-En cuanto llegue el coche especial procederemos a bajar el cadáver para llevárnoslo- comunicó el joven policía del departamento forense al subinspector Brown.
Este asintió. Otro de los policías, cuyo rostro quedaba semioculto por la visera de la gorra, se aproximó a Izo.
-Señor, al final ¿qué ponemos en el informe? ¿Fue un suicidio o un asesinato?- Consultó.
Pero Izo no pudo más que abrir la boca…
-Ha sido un asesinato. Y ya sé quién es el culpable- sentenció Hiro.
La sorpresa se apoderó de la sala, quedando Izo y los policías con la boca y los ojos muy abiertos. El señor Waller también abrió mucho los ojos, tratando con dificultad de mantener la compostura…
-Vaya Hiro, ¿por qué no lo decías nada más llegar? Siempre haces lo mismo…- Dijo Izo con un tono que intentó ser de reprobación- ¿Y de quién se trata?- Preguntó, ansioso por oír la respuesta…
Hiro guardó silencio un segundo, cerrando los ojos mientras se preparaba para contestar.
-Por supuesto, solo ha podido hacerlo una persona… ¡Usted, señor Waller!- Dijo enérgicamente señalándole con el dedo.
El mayordomo abandonó su estática postura abriendo la boca sin saber qué decir…
-Pero Hiro… ¿Le has visto? ¿Cómo un hombre de su constitución y su edad pudo subir a alguien tan pesado como el señor Donalson?- Argumentó Izo.
Estas palabras parecieron tranquilizar al señor Waller, que comenzaba a apoyarse en ellas…
-En ocasiones, las cosas no son como parecen…- Comenzó a decir Hiro.
Izo puso cara de no entender nada.
-¿A qué te refieres?
Hiro volvió a guardar silencio un instante antes de contestar, cerrando los ojos, concentrado…
-Usted, señor Waller, no es quién quiere hacer creer que es…- Dijo ante la creciente preocupación del mayordomo…- Usted, en realidad, es un experto en artes marciales- concluyó el detective.
Al principio el señor Waller se quedó callado, con los ojos muy abiertos, como si estuviera asimilando las palabras del joven detective… Y entonces se puso a reír a carcajadas.
-¡Claro, claro! ¡No hay más que verme! ¡Jua, jua, jua…!- Reía con una risa no demasiado natural…
Izo miró al detective con cara de circunstancias… La teoría de Hiro no se sostenía.
-Algo que caracteriza a un experto en artes marciales es que no necesariamente tiene que verse reflejado en su aspecto…- Dijo Hiro, muy tranquilo…
El mayordomo paró de reír bruscamente. El detective continuó hablando.
-Cuando he salido al patio, he encontrado unas zapatillas desgastadas… desgastadas en el suelo del propio patio. Y un saco roto; un saco lleno de arena donde usted se entrenaba.
Entonces Izo, ante el intercambio entre el mayordomo y el detective, intervino.
-Entonces, Hiro, ¿cómo lo hizo?
Hiro esperaba impaciente que le hicieran esta pregunta.
-Primero esperó a que la víctima estuviera cenando- dijo señalando el plato lleno de comida casi sin tocar que había en la cabecera de la larga mesa, al otro extremo de la sala. El detective prosiguió- El señor Waller se aproximó probablemente para llevarle algo; y cuando lo dejó en la mesa le golpeó de forma precisa para aturdir al señor Donalson sin dejar signos evidentes de violencia. Tras esto, le trajo hasta aquí, le rodeó el cuello con la soga, y tiró con fuerza hasta elevar al dueño de la casa, que comenzó a reaccionar cuando estaba colgado… Después ató la cuerda y dejó una silla volcada, para que pareciera un suicidio.
El mayordomo no decía nada. Entonces pareció ocurrírsele algo.
-Si las apariencias no engañan… ¿porque he tenido que ser yo el que ha usado las zapatillas y los sacos? ¿Por qué no ha podido ser el señor Donalson?- Intentó argumentar, sin poder ocultar que se le iba ocurriendo sobre la marcha…
El detective sonrió cerrando los ojos con su habitual expresión de confianza.
-Como ya he dicho, las apariencias pueden engañar… pero no tanto- dijo, desarmándole…
El sudor comenzaba a correr por la frente del mayordomo.
-Dígame, señor Waller…- Comenzó a decir Hiro- ¿Cuál es su número de calzado?- Dijo, consciente de que no era necesario seguir indagando…
El mayordomo se supo descubierto.
Súbitamente, se irguió y la imagen del hombre débil y avejentado se esfumó en un instante. Le propinó una patada a la caja de los materiales que llevaba el segundo policía y el golpe le impactó en el pecho, cayendo hacia atrás al suelo… El policía más joven se abalanzó sobre el mayordomo y este bajó a una sorprendente velocidad hasta el suelo barriéndole con una pierna y haciendo que cayera igualmente…
-¡Alto!- Exclamó Izo encañonándole con su arma.
El señor Waller, muy a su pesar e intentando controlar la rabia, se detuvo, mirando de reojo al subinspector con una mirada de odio… Izo comenzó a acercarse al mayordomo…
-Queda detenido- decía mientras bajaba ligeramente el arma al buscar sus esposas detrás, en el cinturón…
-¡Izo, cuidado!- Le alertó Hiro.
El subinspector había ido derecho a esposar al mayordomo, guardando su arma, confiado en que no opondría más resistencia… Había cometido un error.
Con un rápido movimiento, el mayordomo apartó la mano que sostenía las esposas y le dio un codazo en el estómago a Izo, que se quedó momentáneamente sin aire… Rápidamente, el asesino le arrebató las esposas y cerró un extremo en la muñeca del subinspector y la otra en la pata de la enorme y pesada mesa que ocupaba el centro de la sala. Casi al instante le arrebató el arma y se quedó apuntando al dolorido subinspector de policía.
Waller, sin dejar de apuntar, miró hacia la puerta que tenía más cerca; pero se lo pensó mejor y comenzó a dirigirse hacia la situada al otro extremo de la sala. Pasó lentamente al lado de Izo, el cual lo miraba con un ojo cerrado por el dolor y los dientes apretados de rabia al ver que aquel lo encañonaba con su propio arma… El mayordomo cruzó la amplia estancia y llegó a la altura donde se encontraba Hiro, que estaba inmóvil, con la mirada hacia otro lado y los ojos cerrados, y con las manos en los bolsillos de su gabardina; como si todo aquello no fuera con él. Muy despacio, apuntándole, Waller pasó a su lado, atento a cualquier gesto que pudiera hacer el detective; pero Hiro no se movió.
Entonces, cuando Waller estaba a punto de acelerar el paso para salir por la puerta que representaba la salida para él, Hiro abrió los ojos y giró la cara lo suficiente para mirar a Goro Waller directamente a los ojos. Este se detuvo un instante; había algo en aquella mirada seria y serena que llamó poderosamente la atención del mayordomo. Pero decidió que debía irse ya.
Dando los últimos pasos hacia atrás, dejó finalmente de apuntar con el arma y salió andando deprisa por la puerta hacia el pasillo.
-¡Maldita sea, va a escapar!- Exclamó Izo, impotente.
Hiro no dijo nada y comenzó a caminar con paso tranquilo hacia donde había ido Waller.
-¿Eh…?- Izo veía alejarse a su amigo sin saber muy bien qué pretendía…
El detective atravesó el oscuro pasillo sin variar en ningún instante su velocidad. Cruzó la cocina, que permanecía con las luces apagadas, y salió al exterior.
Como Hiro se imaginaba, Waller estaba en medio del patio, inmerso en la negrura, esperándole…
-Has tardado mucho…- Dijo Waller, con evidente impaciencia…
Hiro no contestó. Permanecía de pie, de nuevo con los ojos cerrados…
El mayordomo se guardó el arma que aún sostenía en una mano detrás, bajo la chaqueta… y se puso en guardia.
Hiro abrió los ojos; ahora su mirada era más seria… e hizo lo mismo.
El señor Waller sonrió sin dejar de fruncir el ceño.
-Je… Estaba seguro de ello. Esa mirada es propia de alguien que sabe artes marciales- dijo el mayordomo en referencia a la mirada de Hiro que había visto hacía unos minutos y que volvía a ver en sus ojos…
Ambos quedaban débilmente iluminados en la noche. Sin bajar la guardia, comenzaron a acercarse el uno al otro, vigilándose atentamente… Entonces, cuando estuvieron a suficiente distancia, se detuvieron. Así permanecieron durante largos segundos… Hasta que Waller abrió mucho los ojos, alertando a Hiro, y atacó con un puñetazo a la cara del detective… Este lo detuvo con una defensa con el brazo… Waller volvió a atacar con el otro puño… y esta vez le dio en el estómago. Hiro notó la contundencia real de los golpes de aquel hombre. Waller pareció confiarse y le intentó propinar una ágil patada a la cara del joven detective… pero este la esquivó apartándose y devolviéndole el puñetazo en el estómago… Waller retrocedió, primero furioso, y luego sonriendo ligeramente, con satisfación… Hiro no sonreía.
-¡Hacía mucho tiempo que esperaba algo así!- Exclamó Waller al tiempo que giraba a gran velocidad preparando una patada giratoria al pecho del detective…
Este la esquivó haciéndose a un lado.
-Lo sé. Imagino que te sentías muy frustrado trabajando aquí de mayordomo… atrapado- dijo Hiro.
Waller, al oír esto último, se detuvo en seco, abriendo los ojos de asombro. Luego cerró los ojos sonriendo amargamente.
-Aquel desgraciado me hacía chantaje. Me obligaba a trabajar a su servicio a cambio de su silencio…- decía sin bajar la guardia, al igual que Hiro, que escuchaba atentamente…- Hace tiempo, maté a un hombre por accidente; este intentó atracar a una mujer y yo salí en su defensa… pero aquel estúpido sacó una navaja y me vi obligado a defenderme… no era mi intención matarle… Donalson estaba cerca, viéndolo todo… y me amenazó con testificar en mi contra si no accedía a trabajar para él… de mayordomo- a medida que hablaba se enfurecía más y más, temblando y llenándose sus ojos de odio.
-¿Ya os conocíais, Donalson y tú?- Interrogó Hiro.
Waller regresó a la realidad.
-Sí… Donalson era el dueño del gimnasio en el que enseñaba a mis numerosos alumnos… pero ese maldito desgraciado me despidió sin venir a cuento… Y, además, me di cuenta que, en ocasiones, me seguía por la calle… Estaba loco, y obsesionado… Creo que, en el fondo, me tenía envidia… Yo era lo que él hubiera querido ser…- Decía pensativo.
Hiro sabía que Waller probablemente tenía razón.
-¡Ya vale! ¡Continuemos!- Exclamó Waller al tiempo que recuperaba la tensión del combate. Hiro también se preparó de inmediato.
Ahora el tiempo parecía ir más lento. Waller se giró de nuevo para lanzar una patada, esta vez en abanico… Hiro, atento a su ataque, la evitó agachándose… y le dio un duro golpe en la cara a Waller, el cual perdió el equilibrio y cayó hacia atrás.
Este comenzó a levantarse, con la mano en la cara, doloriéndose y apretando los dientes… Y se incorporó del todo al instante, dispuesto a continuar…
-¡Ya es suficiente!- Sonó una voz desde la puerta.
Era Izo, ahora liberado y con un arma que no era la suya.
El señor Waller, impotente y temblando de rabia, desistió finalmente.
-Izo… ¿cómo te has liberado?- Preguntó Hiro.
Izo miró a su amigo, extrañado.
-Me quitó las esposas… pero no las llaves- contestó este, intentando disimular que, hacía un rato, tampoco él había caído en ello…

En el exterior de la casa, dos agentes recién llegados se llevaban a un cabizbajo Waller, que quedaba alternativamente iluminado por las luces rojas y azules del coche de policía. Antes de meter la cabeza en el coche, dirigió una última mirada a Hiro; y sonrió. Pensaba que había merecido la pena renunciar a una improbable huída por un combate como aquel…
-Vaya, Hiro… Veo que aún sabes pelear- dijo Izo con cierto tono irónico.
Hiro había dejado de observar cómo se llevaban al mayordomo.
-Bueno… La verdad es que aún no estoy en plena forma- Dijo Hiro llevándose una mano al dolorido estómago.
Ambos amigos rieron.
-Sube al coche. Te llevaré a casa- se ofreció Izo.
Hiro se quedó pensativo, mirando hacia algún punto lejano en otra dirección.
-No. Gracias, pero prefiero ir andando- decidió el joven detective.
-¿Estás seguro? Hay un buen paseo…- Insistió Izo.
Hiro sonrió. Izo sabía que no iba a convencerle de lo contrario. Entonces asintió.
-Gracias, Hiro.
Este levantó una mano mientras se giraba y comenzaba a caminar.
-Ya sabes…
Izo asintió mientras veía a su amigo marcharse, sabiendo, en efecto, que podrían seguir contando con él en adelante…
El camino de regreso no se le hizo tan largo como se imaginaba. Había estado pensando y pensando, sin apenas prestar atención a lo que tenía alrededor. Cuando no faltaba mucho para llegar a su casa, se dio cuenta de que aún no quería ir allí. Entonces pensó algo. Fue hasta la calle donde se encontraba el bar “Moon”. Y, efectivamente,  a pesar de lo tarde que era ya, estaba abierto.
Hiro entró y vio a Tina dormida con la cara apoyada en los brazos cruzados sobre una de las mesas. No había ningún cliente y todas las mesas estaban relucientes. El joven se la quedó mirando, mientras la chica dormía plácidamente.
-¡Hiro! ¡¿Cómo estás?!- Exclamó Dwayne, que llevaba un par de cajas con bebidas que traía del almacén.
-Hola, Dwayne. ¿Llego en mal momento? Es que como he visto que aún no habíais cerrado…
-¡Tranquilo! Hoy nos hemos quedado un poco más para hacer un poco de limpieza general y algunos arreglos aquí y allá. ¡Pero ven y siéntate! ¿Quieres lo de siempre?
Hiro se acercó al taburete de siempre en la barra.
-No. Hoy prefiero agua- dijo el detective.
Dwayne se extrañó pero no discutió. Observó que el joven tenía la cabeza en otra parte… Le puso una copa y una botellita de agua. Hiro se llenó la copa y se la quedó mirando.
Durante un segundo, tuvo la tentación de coger el móvil y hacer una llamada. Pero, finalmente, decidió que era mejor no hacerlo…
Se despidió de su amigo justo cuando se disponía a cerrar. Tina aún no se había despertado. Ahora sí que tenía que ir a casa.
Llegó y cerró la puerta. Ahí, de pie, en silencio, se dio cuenta que ya comenzaba a amanecer. Había llegado la hora de dormir.

En medio de las ruinas del edificio que había albergado el laboratorio de Lerbat Midrah, un hombre se alzaba contra el cielo que comenzaba a aclararse. Llevaba sombrero y gabardina que llegaba hasta el suelo. Observaba atentamente a su alrededor.
Al cabo de un rato, descendió de la montaña de escombros y caminó lentamente hacia el callejón por el que había llegado. Entonces vio algo en el suelo y se agachó. Eran rodadas: varias pertenecían a coches de policía, otras al camión de bomberos… pero había unas que pertenecían a un vehículo común. El tipo, bajo la oscuridad que le proporcionaba el amplio sombrero, sonrió amplia y maliciosamente.
-Ahora ya tengo por donde empezar.

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